Perdidos [Aventura T2, Presente Absoluto]
#1
Día 54, Verano
10:00

El viaje había sido largo y solitario, pero, por fortuna para tu pequeña mascota y comida de emergencia, el destino estaba ya al alcance de tu prodigiosa vista. Desde el aire, tras el siniestro del pequeño bote de remos, distinguías al fin la costa sur de la isla de Briss. 

Aquel lugar no se parecía en nada a la mayoría de islas que hubieras pisado o a la idea típica de una, pues no ofrecía ni palmeras, ni playas doradas, ni pueblos pintorescos recibiendo a los viajeros con bullicio. Lo primero que se alzaba ante tus ojos era un paisaje áspero, casi inhóspito.

El contraste con el lugar de donde habías partido era abrumador, de los bosques de bonsáis a un páramo ennegrecido y aceitoso, de un aire cargado de vitalidad a uno que parecía querer aplastarte con su densidad desde tu llegada.

El aire mismo tenía un peso extraño. A medida que te acercaras podría notarse, de no ser por tu mal olfato, un olor espeso y penetrante a alquitrán. No era un aroma ocasional, sino uno persistente, casi asfixiante, que impregnaba incluso la brisa marina. El mar cercano a la orilla parecía teñido de reflejos oscuros, como si el foso de brea que dominaba la zona hubiera extendido parte de su contenido hasta el océano.

La costa no era de arena suave, sino de roca oscura y húmeda, con vetas brillantes que parecían sudar petróleo. A lo lejos, el terreno descendía hacia una gigantesca hondonada, un foso profundo del que emergían columnas de humo y un calor tenue, como si la tierra entera exhalara. El alquitrán, grueso y viscoso, se acumulaba en charcos que burbujeaban de tanto en tanto, recordando a un monstruo dormido bajo la superficie.

No había gente a la vista, al menos no de inmediato, pues en la distancia habías podido discernir algo que podía parecer una ciudad. Pero, en aquel claro, el silencio era inquietante. Ni gaviotas, ni pescadores, ni ninguna fuente de vida conocida, tan solo el sonido denso de las burbujas reventando y el chapoteo suave de tu bote, o lo que quedaba de él, chocando contra las rocas.

Sin embargo, había algo en esa crudeza que tal vez sintieras que encajaba contigo. La isla, con su tono oscuro y sombrío, parecía un espejo de las cicatrices que cargabas en el rostro y en el alma. 

El sol se filtraba apenas entre las columnas de humo lejanas, pintando el foso y la costa con un resplandor rojizo y lúgubre. En ese instante, instintivamente, podías sentir que aquel sur hostil te iba a deparar problemas. Y, sin embargo, en el fondo eso seguramente solo te daba la bienvenida a la isla.

Y no fue lo único en hacerlo, pues a pesar de las condiciones que impedían la llegada de las ondas de radio de aquellos instrumentos a sus espaldas, el den den Mushi que portabas finalmente comenzó a hablar. Era sin duda la voz de Krysser, aunque el mensaje sería difícil de entender.

-... en la ciudad... reunirnos... pronto. -Tras aquello, la conexión se cortó de forma definitiva, haciendo imposible comunicarse por el momento.

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#2
El impacto del bote contra las rocas resonó con fuerza en aquel oscuro y desolador paraje, antítesis de los verdes bosques de bonsáis gigantes y las playas llenas de vida y gente que habíamos abandonado al dejar atrás la isla Kárate.

Los primeros pasos en aquella isla fueron suficientes como para percatarme de la brutal diferencia. El ambiente estaba cargado de un olor a alquitrán, suficientemente fuerte como para poder percibirlo levemente pese a mi desfigurada nariz. El suelo de oscura roca, por su parte, parecía tener vida propia. El viscoso alquitrán salía de la propia roca y se acumulaba en charcos que burbujeaban como si hubiese algo acechando bajo su oscura superficie.

Sin embargo, yo encontré un sentimiento de nostalgia ante ese hostil recibimiento, sintiendo la fría cruz alada en mi pecho al mismo tiempo que recordaba las largas noches de guardia junto a mi hermano Óscar vigilando el orfanato.

Pese a pasar mis primeros años de vida rodeado de los jardines más bonitos del mundo, los siguientes años los pasé sin ver siquiera una sola flor. Estando mucho más acostumbrado al paisaje que tenía delante de mis ojos que al que había estado rodeándome los meses anteriores, lleno de vida y vegetación.

A lo lejos, pese a los vapores y el humo que teñía de un tono oscuro y sombrío el ambiente, podía apreciar la ciudad de Briss. Aunque si quería llegar a ella, primero tendría que atravesar el enorme foso que abarcaba todo el sur de aquella isla.

-... en la ciudad... reunirnos... pronto. - La voz de Krysser resonó en aquél siniestro lugar, entrecortada como si hubiese interferencias pero lo suficientemente clara como para entender el mensaje.

Un sentimiento de alegria invadió todo mi cuerpo al escuchar esa profunda y característica voz. Krysser había conseguido llegar a la isla y estaba de camino a la capital del reino.

-¡Krysser!¿Me escuchas? -El silencio de mi den den mushi junto a las interferencias previas en el mensaje de mi peludo compañero me hicieron comprender que había algo en aquella isla que evitaba el uso correcto de aquellos útiles invertebrados.

Ahora ya sabía mi siguiente movimiento. Una vez pudiese reencontrarme con Krysser en aquella lejana ciudad podríamos empezar a planear nuestros siguientes pasos. Sabiendo eso, desplegué mis negras alas, elevándome unos 5 metros del suelo y poniendo rumbo a Briss. Volando tardaría mucho menos y, además, evitaría los charcos de alquitrán y gracias a la altura ganada podría percatarme con mayor facilidad de la presencia de gente.

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#3
Por culpa de las condiciones locales, el vuelo fue lento, pero pudiste mantenerlo constante. El aire espeso de Briss, cargado de humo y vapores del alquitrán, hacía que cada aleteo pesara un poco más de lo habitual, como si la isla misma quisiera retenerte en su oscuro abrazo. Aun así, lograste sobrevolar un buen rato a unos cinco metros del suelo, avanzando entre las fumarolas y dejando atrás la costa hacia el interior.

Durante un largo trecho no encontró nada salvo roca ennegrecida, charcos viscosos, algunos tentempiés poco apetecibles para cualquiera excepto para ti, y aquella sensación opresiva de que algo lo observaba desde las sombras. El silencio, tan absoluto, era casi peor que cualquier ruido.

Pero, como era de esperar, no tardó en romperse.

El sonido de voces llegó hasta ti, primero lejano, luego cada vez más cercano. Carcajadas toscas, frases arrastradas por el humo, y finalmente el inconfundible chasquido metálico de armas listas para ser usadas.

Al sobrevolar un terreno irregular, donde el alquitrán había formado grietas profundas como pequeños cañones, los viste. Diez hombres, sucios, con ropas remendadas y el cuerpo salpicado de manchas negras que bien podían ser grasa o alquitrán. Sus ojos brillaban con la desconfianza del depredador oportunista, acostumbrado a emboscar viajeros.

Solo uno de ellos parecía haberte visto, el que parecía liderar el grupo, un individuo con un pañuelo rojo atado en la frente y una cicatriz cruzándole el labio, que rápidamente dio la orden, levantó su rifle y gritó con voz ronca.

-¿Qué mierda...? ¡Derriben a ese pajarraco! ¡El jefe no tardará en llegar y no querrá que haya mirones husmeando cerca de la guarida!

No estaba claro si te había reconocido como a un lunarian o como un simple animal extraño, pero tampoco les importaba. Los demás aún estaban algo atontados, tratando de buscarte entre las columnas de humo, hasta que poco a poco comenzaron a verte de lejos también.

-¡Ahí está! ¡Ese cuervo negro raro debe ser el pajarraco del que hablabas! -Vociferó uno, levantando una vieja arma de chispa.

-¡No es un cuervo, parece una persona...! -Comentó otro, dudando de lo que sus propios ojos veían.

-¡Da igual, no lo dejéis escapar! -Añadió otro, mientras varios más apuntaban con pistolas cortas, mosquetes e incluso un par de antiguos trabucos rudimentarios que parecía que se fueran a romper tras usarlos.

El aire se tensó de inmediato, la hostilidad del grupo entero era palpable. El grupo se había desplegado formando un semicírculo en el suelo, obligándote a elevarte más, actuar contra ellos, o arriesgarte a ser alcanzado en pleno vuelo. No parecían cazadores, sino bandidos locales que habían encontrado en el caos de Briss una forma de sobrevivir, robando y matando a cualquiera que pusiera un pie en su territorio.

Diez armas apuntando hacia ti, diez gatillos a punto de apretarse. El cielo ennegrecido de Briss podía estar a punto de llenarse de plomo y de sangre.

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#4
La gran cantidad de humo, los vapores del alquitrán y la monotonía del ambiente dificultaban el avance en aquella hostil isla. Después de un largo rato en el que el silencio era mi único acompañante, noté cómo mis alas se sentían poco a poco más pesadas de lo normal y cómo cada aleteo me iba impulsando menos que el anterior.

Necesitaba desconectar un rato y tomar uno de mis peculiares snacks para recuperar fuerzas, por lo que procedí al descenso de forma controlada ya que no quería llevarme ninguna sorpresa en aquél inhóspito paisaje, sentándome sobre una gran roca negra al mismo tiempo que sacaba mi den den mushi personalizado esperando poder contactar con Krysser.

-Nada... -Suspiré en voz baja algo desilusionado tras ver cómo aquel pequeño caracol seguía sin funcionar.

Mientras guardaba de nuevo el den den mushi en el bolsillo interior de mi oscura gabardina, mis afilados y rojos ojos vieron como unos pequeños y extraños escarabajos negros se arremolinaban a mis pies.

-¡Estos son nuevos! -Exclamé con alegría mientras agarraba uno de esos extraños escarabajos, con una especie de trompa flexible que usaban para tratar de golpearme.

Al sentarme, había golpeado con mis pies unas pequeñas rocas que escondían la despensa de aquellos insectos y habían salido en tropel para defenderla. Junto a ellos también salió una extraña fruta que nunca había visto, siendo una especie de racimo de uvas grises unidas entre si en forma de cadena.

-Hoy toca comer fruta. -Pensé mientras me quitaba la mascara, devorando primero al escarabajo elefante que ya tenía en la mano y notando como su caparazón era mucho más flexible y gomoso que el de los escarabajos a los que ya estaba acostumbrado.

Acto seguido, agarre un puñado de aquellos escarabajos junto con aquella extraña fruta, devorándolos con un par de enormes bocados.

-Puaj... Para que luego me digan que los insectos están malos... -Escupí en voz alta, llegando a notar un regusto asqueroso pese a mi atrofiado paladar y sabiendo que el causante de ello había sido la misteriosa fruta.

Después de ese pequeño descanso y con un nuevo suministro de insectos en mi canana, volví a emprender el vuelo en ese viciado aire. Aunque no tardé mucho en ver, en una de las muchas grandes grietas que había formado el alquitrán, un pequeño grupo de 10 hombres vestidos con ropas desgastadas y manchadas y con varias armas de fuego cerca de ellos.

Los gritos de alerta de aquellos hombres rápidamente envolvieron el ambiente, dejándome claro con sus palabras y actos que eran el mismo tipo de bandidos que habían matado a mi madre y a varios de mis hermanos en el orfanato. Gente sin moral a la que no le importaba hacer daño a inocentes para proteger sus intereses.

Segundos después el aire se llenó con el sonido de sus disparos, todos dirigidos a la posición en la que me encontraba hace un instante y que, de no ser por mí gran velocidad, habrían acabado impactando en mi cuerpo.

-No deberíais ir disparando a desconocidos. - Dije en voz alta con calma tras aterrizar en el duro suelo, situándome en un lateral de su formación para tenerles a todos a tiro mientras cambiaba las balas de Sekator por unas normales, calculando con precisión que líneas de tiro debía ejecutar. -Estos pueden devolveros los tiros. -Mi tono se volvió extremadamente serio y amenazador, notando el miedo en la cara de algunos de esos hombres mientras trataban de volver a apuntarme a una velocidad extremadamente lenta para mis ojos.

Hacía muchos meses que no mataba. No era una actividad con la que disfrutase y normalmente prefería resolver las cosas sin llegar a esos extremos, pero era conocedor de la crueldad que impregnaba cada rincón de ese vasto mundo y de cómo esa clase de personas, si se podían llamar así, abusaban del débil y mataban a cualquiera que pudiese causarles problemas sin importarle quien fuese.

3 disparos me bastaron para acabar con 7 de ellos antes de que se dieran cuenta de lo que sucedía, viendo cómo las balas iban atravesando de lado a lado el cuerpo de los bandidos sin apenas resistencia y como continuaban su camino para impactar en el siguiente bandido.

Los 3 restantes trataron de reaccionar, pero fueron igual de lentos que el resto. Con un rápido salto reubique mi posición para situar a 2 de ellos en la misma linea de tiro, disparando antes de que pudiesen moverse y acabando con su vida de la misma forma que los 7 anteriores.

-¡Monstruo! - Gritó aterrado el último bandido en pie, el mismo que me había llamado cuervo, disparándome de forma desesperada tras ver caer al resto de sus compañeros en apenas unos segundos.

-Tus amigos han tenido más suerte.  - Mi tono seguía siendo amenazador mientras me quitaba la mascara, acercándome con paso tranquilo al último bandido y viendo cómo esté retrocedía tras tirar su arma y empezaba a correr completamente aterrorizado. -No puedes escapar de un cuervo. -Le susurré al oido antes de derribarle, sentándome encima suya mientras recargaba a Sekator con la munición del propio bandido para apoyarla acto seguido con fuerza en su sien. -No quiero alargar mucho esto... He quedado a las 5 a tomar el té con un tigre de 3 metros y tengo algo de prisa, por lo que seamos breves y no tendré que irte comiendo cachito a cachito. Dime quién coño es tu jefe y que cojones hacéis aquí. -Pregunté con calma tras analizar el terreno que nos rodeaba para ver si había más bandidos cerca, notando la mirada de terror en el rostro de aquél despojo humano.

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#5
El último hombre en pie, por decirlo de algún modo pues estaba rendido bajo tu cuerpo, aún gemía en el suelo cuando un sonido sordo interrumpió cualquier respuesta que pudiera pretender dar. Eran pasos pesados, acompañados del rasgar de acero contra el suelo, como el choque de un barco contra un faro, que penetraba el aire denso hasta tus oídos. Con apenas alzar la mirada podrías ver una sombra gigantesca recortarse contra el humo, dibujando la figura de un hombre colosal, que avanzaba por la grieta con pasos que hacían temblar las pequeñas burbujas de alquitrán a su alrededor. Pesado, sin duda. Al menos más de lo que pesaba Krysser. 

No era sólo su tamaño lo que imponía, pues a los más de dos metros de imponente figura se debía sumar el arma que llevaba consigo y lo convertía en una fortaleza andante en sí mismo. Apoyado sobre su hombro, como si fuera una extensión de su propio cuerpo, un escudo de torre se alzaba mucho más alto que él, formado por una losa metálica curvada y pesada, remachada y marcada por signos evidentes de combate. El escudo chirriaba al rozar el suelo, abriendo las vetas de alquitrán en el mismo y expulsando un olor metálico que se mezcló con la pestilencia de la isla.

Cuando estuvo a diez pasos el gigante se detuvo y, con voz ronca y potente, rompió el silencio sin cortesías.

-¿Quién cojones eres? -Preguntó, sin dar tiempo a responder, pues parecía alguien que trataba de ser cortés torpemente. -Ah, por cierto, yo soy Andrew. El menor de los hermanos Onyx. -La simple pronunciación del apellido parecía arrastrar una reputación consigo, los pocos hombres aún conscientes se aterraron de verlo de vuelta y de recibirlo en tan lamentable estado. 

Miró entonces a los suyos, a los rostros ensangrentados y tambaleantes de los bandidos que él mismo había mandado, y una mueca de desprecio cruzó su cara, aunque también de cierta rabia con quién los había abatido.

-Era de esperarse. Sois terriblemente débiles cuando estáis solos. -Gruñó, señalando con la mirada a los hombres caídos. -Pero, ahora que yo he llegado, podréis mostrar vuestro verdadero poder.

No necesitó decir más. Desde la sombra formada por el humo de la grieta, detrás de él, surgieron pasos adicionales y un total de otras diez figuras emergieron como si hubieran estado agazapadas en las grietas de la brea. Iban armadas de la misma forma que los anteriores, con armas toscas de fuego como fusiles, escopetas y algunas pistolas oxidadas, pero sus movimientos eran medidos, sincronizados. Se desplegaron con rapidez alrededor de Andrew, formando una segunda línea defensiva tras su jefe, que hacía de tanque principal.

Los nuevos hombres tomaron posiciones con rapidez y disciplina inesperadas, con alguien dando órdenes, fueron capaces de mejorar su desempeño. En cuestión de un segundo cubrieron ambos flancos, alzaron sus armas y te apuntaron sin vacilar. Andrew permaneció en el frente, inmóvil como un muro, mientras su escudo de torre cubría gran parte de su cuerpo y proyectaba una sombra amplia sobre sus seguidores, la viva imagen de un tanque humano dispuesto a absorber cualquier embestida para proteger a sus hombres.

Era una formación sencilla, pero complicada de afrontar. Además, aquel hombre no parecía dispuesto a perdonarte lo que habías hecho con sus subordinados. 

-Matadlo. -Ordenó en voz baja, mientras todos sus hombres tras de él abrían fuego sin vacilar, y él se preparaba para contener cualquier amenaza de tu parte, elevando su escudo al frente. 

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#6
Antes de que aquél sucio bandido empezará a cantar todo lo que sabía, un pequeño retumbar empezó a aparecer en el terreno. Al principio era leve y apenas perceptible, pero, conforme avanzaban los segundos, incluso los charcos de alquitrán y vibraban al compás que marcaba los pesados pasos que provocaban ese temblor, acompañado de un característico y molesto ruido, como si estuvieran arrastrando algo muy pesado.

Gracias a mi afilada vista pude apreciar rápidamente quien era el causante. Un enorme hombre de más de 2 metros que emergía del humo junto a un enorme escudo de torre.

Aquél tipo tenía la suficiente confianza en sus habilidades como para presentarse de aquella forma ante alguien que acababa de derrotar a 10 de sus subordinados. Decía que era uno de los hermanos Onyx, pero eso a mí no me aclaraba nada salvo que, en esa isla, eso debía ser suficiente como para instaurar el miedo en sus oponentes.

-No te voy a mentir, colega. No sé quién cojones eres Andrew y tampoco se quiénes son tus hermanos. - Empecé, estampando la cabeza del bandido que tenía a mis pies contra el suelo, pues ya no me servía de nada teniendo a su jefe justo delante. Aprovechando para quitarle toda la munición que tenía en el cinturón de su pantalón antes de levantarme. -Pero han sido tus hombres los que me han atacado sin venir a cuento. Así que... ¿Que te parece si nos quedamos en paz y aquí no ha pasado nada? - Concluí con tono amable, sabiendo que aquella mole difícilmente cesaría su actitud y preparándome para la batalla al mismo tiempo que permanecía tranquilo y me ponía de nuevo mi calaverica mascara.

Los siguientes segundos me dieron la razón y un motivo para comprender porque estaba tan seguro de su mismo. Detrás suya, tras haber permanecido escondidos tras las rocas de la grieta, aparecieron otros 10 hombres que, al igual que los anteriores, también portaban armas de fuego. Estos se parapetaron detras de la muralla que había creado su jefe con el enorme escudo.

-Yo solo quería ir a la ciudad y encontrarme con el lindo gatito. -Suspiré agarrando mi rifle con la mano izquierda, pues en la derecha tenía a Sekator a la cual estaba enfundando de nuevo, mientras veía como aquellos tiradores se colocaban, con una precisión milimétrica y una sincronización perfecta, como si lo hubieran hecho 1000 veces antes y que me ponían en alerta, sabiendo que no iba a ser tan sencillo como antes.

Justo cuando aprecié como se disponían a disparar salte en vertical con todas mis fuerzas, notando la resistencia del duro suelo al impulsarme en él. Una vez llegué a los 5 metros de altura, en los que sólo Andrew pudo ver a duras penas una sombra negra moverse, desplegué mis alas y avance a mi máxima velocidad, notando el viciado aire meterse entre las rendijas de mi mascara y golpear mi aterrador rostro, situándome justo en la espalda del gigantesco hombre muralla, encima de sus 10 subordinados que, al igual que su jefe, no habían tenido tiempo para reaccionar.

-Roza. -Fue lo único que salió de mi desfigurada boca, disparando mi rifle mientras apuntaba a la desprotegida espalda del jefe de aquél grupo de despreciables bandidos.

La explosión siguiente abarcó un área de 5 metros, acabando con los 10 hombres que se creían a salvo tras la imponente muralla humana que era su jefe y que, por su compenetración, tantas veces les había funcionado.

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#7
No hubo tiempo de recorrer toda la distancia, pero sí la suficiente. El disparo salió limpio y frío, todo lo frío que podía ser algo que precedía a una explosión de aquel tipo. Notaste la sacudida en el cañón, el retroceso fue un latigazo por ti de sobra conocido, y la boca de fuego vomitó la carga explosiva. El estallido que siguió iluminó por un instante la humareda del sur de Briss y un olor acre a pólvora y alquitrán llenó el aire. Pudiste observar cómo los diez hombres de Andrew volaron por los aires como muñecos de trapo, trozos de madera, balanceos de armas y un grito largo que se quebró en silencio. La onda te zarandeó también a ti, pero su trabajo estaba hecho, el muro humano había cedido y el resto del grupo se había desintegrado en una masa retorcida sobre el suelo, ahora en llamas por aquella explosión.

Andrew, sin embargo, no fue un cadáver más entre la brea. El impacto había abierto una costura en la parte trasera de su ropa tras recibir la explosión en la espalda. El gigantón gruñó, escupió alquitrán y sangre, y por un instante pensaste que la masa enorme se desplomaría. Sus piernas temblaron, sus manos aferraron el borde del escudo con uñas que arañaban el metal, y luego, con una furia brutal que resonó en su pecho, milagrosamente se recompuso.

No lo viste venir por muchas razones. Primero fue aquella capacidad para no ceder al impacto, y después, aquel movimiento contra toda lógica, con unas capacidades que superaron las de aquel hombre durante un instante de furia. Como si la misma tierra le impulsara, Andrew dobló las rodillas y, con una fuerza que dejó temblando las piedras negras a su alrededor, se elevó en un salto desconcertante para alguien de su tamaño. La distancia entre vosotros se acortó en un parpadeo, mientras las llamas danzaban aún a su alrededor. Alcanzó sobradamente la altura en la que tú volabas y, sin ceremonia, descargó sobre ti la masa fría de su escudo.

El golpe sería como recibir un mástil de barco en el pecho, de recibirlo, difícilmente podrías permanecer en el aire. 

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#8
Mi disparo dio en el blanco de forma limpia pero, debido a los vapores, el humo y la peculiar forma del jefe de aquellos bandidos, había calculado mal la distancia y había avanzado menos de lo que pensaba. Esto provocó que mi bala golpeara de forma más vertical a lo que tenía pensado, impactando al final en la zona lumbar de aquella mole que se había inclinado levemente preparado para recibir un ataque de frente mientras levantaba su escudo.

La bola de fuego que provocó aquella explosión abarcó 5 metros a la redonda, quedándose a un escaso par de metros de mi pero lo suficientemente cerca como para sentir el calor de la misma. Los subordinados de Andrew no tuvieron tanta suerte, siendo los 10 engullidos por una deflagración que dejó formados varios fuegos en los charcos de alquitrán que rodeaban la zona.

Gracias a mí privilegiada vista pude ver, a través del humo y el fuego posterior a la explosión, la gigantesca sombra de Andrew en pie, negándose a caer. Su fuerza de voluntad era de admirar, recordándome al joven del torneo de la isla Karate, y, tras recomponerse en unos instantes en los que yo ya había terminado de recargar mi arma, pegó un potente salto que hizo retumbar el suelo, dirigiéndose justo hacía donde me encontraba mientras desplazaba el humo y las llamas que quedaban con su enorme cuerpo y su gran escudo, saliendo de aquella vorágine infernal a escasos 2 metros de distancia.

Pese al sorpresivo ataque en el que pude darme cuenta de la gran intuición del bandido para saber dónde me encontraba, seguramente debido a que podía verme o a su amplia experiencia en cientos de peleas, mis reflejos y velocidad eran muy superiores a los suyos. Sus ojos, inyectados en sangre, telegrafiaban de forma clara su movimiento y el tamaño de su escudo no le ayudaba a la hora de que fuese sorpresivo.

La brisa que sentí posterior al ataque con el escudo, el cual me costó ver cómo ejecutaba, hizo que me diese cuenta de la fuerza que tenía aquél bandido. Le había esquivado dando un simple aleteo con mis poderosas alas negras aprovechando la inercia que llevaba mi veloz cuerpo, alejándome 5 metros de él mientras le apuntaba al desprotegido pecho justo antes de disparar, notando el retroceso del cañón en mi hombro al mismo tiempo que una bala salía directa hacía mi objetivo, rasgando el viciado aire de aquella isla.

Está vez mi ataque haría mucho menos daño. No había usado ninguna bala especial y mi concentración al disparar había sido mucho mejor. Pero lo que me importaba era volver a ganar espacio y lo había logrado llegando ahora a estar a 8 metros de distancia y teniendo el gigante una caída de otros 8 metros.


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#9
No dejó margen a la duda. Andrew había fallado el impacto por apenas un suspiro, a pesar del sobreesfuerzo titánico y de su gesta sobrehumana. Su enorme escudo golpeó el aire donde tú habías estado un instante antes y, con un ruido que cortó el aire y deshizo alguna nube de gases cercana, la masa metálica descendió contra la roca. El gigantesco se desequilibró en el aire por culpa del golpe, y pese a su intento de recuperar el centro de gravedad, su pesadez le traicionó y comenzó a caer sin control. Pudiste ver cómo sus ojos, llenos de rabia, buscaban en el aire en vano tu figura, mientras el mundo alrededor se inclinaba con él, y la tierra klo llamaba de vuelta a sus brazos. 

Aprovechando ese brevísimo instante de clara vulnerabilidad, tu dedo presionó el gatillo con la calma de quien sabe que el destino de la pelea cabe en una fracción de segundo. La bala encontró el blanco con precisión despiadada, un impacto directo en la cara de Andrew mientras caía, detonando contra la armadura y la carne una explosión concentrada que lo dejó sin reflejos ni defensa posible. El chorro de fuego lo golpeó en pleno descenso y la fuerza del estallido lo lanzó hacia abajo como si una ola le hubiera arrastrado hacia el fondo desde la orilla del mar. 

Se estrelló con estruendo, levantando una nube de alquitrán y polvo que picó en la garganta. Andrew quedó inmóvil unos segundos, luego su pecho convulsionó, pues ya no era el muro imparable de antes, el golpe había hecho mella en algo más que su cuerpo. Habías destrozado el orgullo de aquel que se consideraba realmente duro, y lo habías transformado en un juguete roto y frágil.

El silencio que siguió fue pesado, roto sólo por el crepitar lejano de las llamas y el goteo lento de alquitrán sobre metal frío.

Desde ahí abajo, con claros signos de confusión y enfado, observaba la figura del ángel de la muerte alado que, como cuervos en el desierto, parecía otear a su presa en la distancia. 

-Tú... Eres fuerte... -Habló con calma, sin dejar de apretar los puños por la frustración de su impotencia. -Pero... Mi hermano... Sí, él... No, incluso Axel te partirá en dos... -Parecía estar hablando de dos personas, aunque tampoco era fácil comprender aquel mensaje sin contexto. El gigantón trató entonces de levantarse, sabiéndose completamente derrotado, sudando por el calor que la brea ardiente provocaba y sufriendo por las quemaduras ocasionadas previamente. -¡Los putos hermanos Onyx somos los más fuertes! -En la boca de alguien que pretendía ser educado aquellas parecían palabras prestadas, como si repitiera las de alguien más como un mantra del cual sacar fuerzas. 

Con su voluntad renovada, agarró una piedra cercana y la arrojó con fuerza, tratando de golpearte con ella en un esfuerzo fútil. 


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#10
Los cielos eran mis dominios y el escudero acababa de descubrir el motivo de ello. Por mucho que pudiese saltar la fuerza de la gravedad era una ley universal para todos y sólo unos pocos podíamos combatir contra ella y salir victoriosos.

Mi disparo fue preciso. Aprovechando la caída de mi pesado rival para acertarle de lleno otro disparo explosivo que le impulso con aún más fuerza contra el duro suelo, ahora lleno de llamas que abrazaban con delicadeza el cuerpo de Andrew justo antes de impactar con violencia y generar una gran nube de alquitrán y polvo que, de haber estado cerca, me habría cubierto por completo.

Por mi lado, yo continúe apuntando al cuerpo de aquel hombre con mi rifle y una sola mano, aunque las palabras que salieron de su boca rompiendo el silencio se ganaron mi atención, pues parecía estar dispuesto a revelarme información importante.

Mientras escuchaba los lloros y amenazas vagas del menor de los hermanos lo único en lo que pude pensar era en si mi compañero y amigo se encontraba bien. Krysser era más fuerte que yo y era un luchador excepcional, pero si se había encontrado con los otros 2 hermanos quizá habría sido demasiado para él.

-Llorale a tus hermanos en el infierno. - Mientras el hermano pequeño trataba de levantarse yo saqué a Sekator de nuevo, dispuesto a podar aquella mala hierba y acabar con el problema de raíz. -Roza. -El suave retroceso de Sekator fue amortiguado con mi propio aleteo, silencioso como el de un shinigami que buscaba segar las almas de sus víctimas sin que se dieran cuenta.

El hermano pequeño no pudo terminar su última frase. La bala impactó en el centro de su frente justo cuando la palabra Onyx resonaba en el foso, siendo opacada al instante por el sonido del disparo y la posterior y pesada caída del escudero cuyo cuerpo volvía a estar abrazado por las llamas.

-Que desperdicio de dinero. -Me lamenté en voz baja mientras, antes de aterrizar en una zona despejada de llamas, veia los cuerpos de todos aquellos bandidos en búsqueda de alguno que pudiese responder mis preguntas. Si Krysser y yo fuésemos cazarrecompensas podríamos ganar mucho dinero al mismo tiempo que limpiabamos el mundo de toda esa basura cuyo único fin era propagar el mal.

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