Let's cleanse my sins [Pasado-Privado]
#1
Reino de Sorbet
Iglesia Austro
Verano del año 16

Ay, cariño mío qué lugar tan peculiar me recibió esta vez. La isla de Sorbet en el south Blue, tropical, perfumada por frutas dulces y por sudor de campesino. Un contraste tan evidente que casi me dieron ganas de aplaudir cuando puse un pie en el puerto, al norte, torres pétreas que parecen querer rozar el cielo, orgullosas y frías como amantes que nunca te devuelven una caricia y al sur oh, el sur, mi darling. Maderas raídas, casitas endebles que parecen sostenerse sólo porque el viento todavía no decidió derribarlas. Allí, entre el aroma a ganado y mangos recién cortados, late el corazón de los humildes.
 
Y yo, honey, me movía con pasitos ligeros, mis botas resonando contra la tierra como si cada sonido fuera parte de una canción invisible, un saltito aquí, una palmada allá, y claro siempre la sonrisa lista, porque un escenario nuevo exige espectáculo, ¿no?, pero no había venido sólo a jugar entre frutas exóticas y campesinos devotos, no, cariño, esta vez, mis pies me arrastraban hacia algo mucho más, íntimo. Algo que ni siquiera el mejor maquillaje podría ocultar, un pecado, mi pecado.
 
La Iglesia Austro se alzaba al final de una calle polvorienta, como una reliquia olvidada, Sus paredes blancas estaban ajadas, llenas de grietas que parecían cicatrices en una piel antigua. El campanario, torcido, sonaba con un repiqueteo cansado, como un viejo cantante que insiste en dar su función, aunque la voz ya no le acompañe, aun así, había belleza en la decadencia, oh, sí, honey, una belleza tan frágil que me erizó la piel.
 
Entré. Y el olor… oh, el olor. Cera derretida, incienso barato, y algo más, fe, una fe espesa, densa, que casi podía masticarse, caminé por el pasillo central, mis dedos deslizándose sobre los bancos de madera, dejando huellas invisibles, cada paso resonaba, y mi reflejo en los vitrales teñidos me miraba con esos ojitos carmesí traviesos. —Forgive me, father, for I have sinned… —susurré en voz baja, dejando que las palabras flotaran como un eco aprendido de memoria.
 
Me detuve frente al confesionario, esa cajita oscura con olor a polvo y secretos. Ay, cariño, mi cuerpo tembló. Sí, tembló, porque la sola idea de encerrarme otra vez, aunque fuera por unos minutos, me arrancaba recuerdos como cuchillos, aquella oscuridad, aquellos golpes, esa puerta que tardó demasiado en abrirse, por un instante, sentí el sótano otra vez, húmedo, frío, cruel.
 
Tragué saliva, me arreglé un mechón de pelo inexistente, y sonreí. Porque, aunque el trauma me susurrara al oído, yo no iba a perder la función. Me postré frente al confesionario, entonces sentí que la penumbra me abrazó como una vieja amante rencorosa, respiré hondo. — Inhala, darling, que la miel y la sangre saben mejor cuando se mezclan. —
 
—Padre —dije, y mi voz salió dulce, cantarina, como si estuviera empezando un bolero — Vengo a confesar un pecado. Un pecado hermoso, brillante, rojo como un telón cuando cae al final del acto. — Del otro lado, el pastor guardó silencio. Seguro pensaba que era uno de esos campesinos tímidos que habían robado un mango de más, pobrecito, no sabía que frente a él estaba yo, la estrella de mi propio cabaret sangriento.
 
—Yo maté a mis padres. — Lo dije con la misma delicadeza con la que uno confiesa haber robado un beso, dejé que las palabras se deslizaran, lentas, teatrales y cuando el silencio se estiró demasiado, reí.
 
—Jususususu. Oh, padre, no ponga esa cara invisible, fue rápido, elegante, casi un ballet improvisado. They deserved it, honey, si hubieras visto cómo cayeron ¡ah, una ovación de pie hubiese arrancado! — Apreté mi pequeño espejo de bolsillo, miré mi reflejo y me besé los labios.

—Pero dime, padre… ¿eso es pecado? ¿O acaso fue simplemente justicia con tacones? — Silencio otra vez. Y yo, oh, yo me acomodé como una diva cansada después de su mejor función, porque al final, cariño, no había venido a buscar perdón, había venido a recordar, a recordarme que incluso en la casa de Dios, yo sigo siendo un espectáculo imposible de ignorar.

Vestimenta
#2
¿Está mal que no quiera volver a mi hogar? Le pido a Dios que me responda por las noches antes de dormir. Luego de la plegaria, luego de entrar a la cama, luego de girar por las sábanas. Pero no responde.

Nunca lo hace, incluso si me han dicho muchas veces que soy la favorita.


El arrepentimiento de la duda sigue ahí, está sobre la piel, porque no debería dudar de él, pero estando en el hogar del señor pensó que encontraría respuestas. Como si éstas fuesen a caer del cielo o aparecer como un susurro en sus oídos, pero no fue así. No hay nada más que cantar en el coro, llamando la atención de unos cuantos, para luego pasearse por los pasillos de un sitio que la mantiene ahí por pena.

No ha dicho quién es, pero sí han notado lo devota, en una fe ciega que se evidencia.

Se preguntó entonces si es momento de preguntarle a alguien, de ser perdonada por alguien más, seguramente por eso se dirigió a aquel sitio. Es la caja de los secretos, en donde se dice todo aquello que Dios tiene que saber para poder estar en paz.

Habría sido mejor que entrara por el lado correcto ¿No? Pero incapaz de ver, simplemente se deslizó tocando la madera, hasta que finalmente entró. No ha preguntado nada, no hizo sonido al inicio, esperando que el encargado de expiar sus pecados le pregunte por qué ha venido.

Pero no ocurre, hasta que finalmente se abre otra puerta e inicia un rito.

No dijo nada, porque la otra persona comienza a hablar ¿Debería decirle que no es el Padre? ¿Qué no puede hacer nada por él? Tragó saliva, hasta que finalmente las palabras salen — ¿Te arrepientes? — porque la curiosidad es más que la verdad, parece impulsarla incluso más que el deber — Incluso si se lo merecían… — porque ese es el consuelo de aquellos que obran mal en ocasiones — Has pecado.

No suena a regaño, sino más bien una explicación dulce, que se esconde detrás de un muro de madera que los divide.

—¿Por qué alguien mataría a sus padres? — porque a tantos les faltan, como para que alguien quiera desecharlos ¡Y declararlo de esa manera! — ¿Por qué alguien mataría a otra persona siquiera?

Apretó sus manos, porque la gente hasta ahora siempre ha sido amable con ella. Sigue sin conocer el mal y si existe, no lo ha podido ver, manteniéndola en esa ingenuidad que amenaza con ser perpetua.

—¿Quieres el perdón de Dios? — porque ella no puede darlo, incluso siendo la favorita no le han enseñado a hacerlo. Pero podría intentarlo — O será que buscas algo más.

Sus manos chocaron con la división que está entre ambos.

—¿Es el mundo tan malo como todos dicen?

Porque no existe razón para mentir luego de tal declaración. Quiso oír la verdad, una que pareciera que le esconden con esmero para que no lo pueda encontrar — ¿Por qué yo no puedo ver eso? — no es un sentido literal, pero se adorna con la ceguera, como si se complementaran.

—Respóndeme.

Ésta vez te hablo a ti, Dios, porque sigues sin hacerlo.
[Imagen: Gwendolain.gif]
#3
Qué sorpresa tan deliciosa me regaló el destino, honey. Yo esperaba el murmullo ronco de un viejo sacerdote, y en cambio lo que atravesó la rejilla fue una voz distinta, suave, inocente, con un temblor que parecía rezar incluso cuando no pronunciaba plegarias, no olía a incienso ni a vino barato; olía a incertidumbre.
 
Mis labios se curvaron en una sonrisa amplia, y una risa bajita se me escapó, como un pétalo de luz que flota antes de arder. —Ay, cariño, no sabes lo divertido que es esto, yo, con mis demonios sobre la lengua, y tú, tan dulce, preguntando como si todavía existieran respuestas limpias en este mundo. — Me incliné hacia adelante, casi pegando mis labios a la rejilla, dejando que mi aliento viajara hacia ella como un secreto envenenado.
 
—¿Quieres saber por qué corté esos hilos familiares? Porque a veces, darling, lo que llaman amor no es más que una soga. Porque los mismos labios que decían “te quiero” fueron los que me escupieron veneno. Porque no todos merecen el título de padre o madre, aunque la sangre los delate. — Mis dedos, con uñas rojas como pecados, rascaron la madera, marcando un ritmo que era más confesión que música.
 
—¿Crees que vine aquí a buscar absolución? No, honey. Lo que busco es jugar con el eco de mis propios crímenes, ver si la fe es tan fuerte como dicen o si basta con un poco de teatro para quebrarla. — Hubo un instante en que la penumbra me apretó el pecho, recordándome ese sótano húmedo que me convirtió en lo que soy. Mi sonrisa se tensó, pero no la dejé caer. Al contrario, la afiancé, como quien se pinta una máscara antes de salir al escenario.
 
—El mundo —murmuré, saboreando cada sílaba —Es un cabaret. Tiene luces hermosas, sí, pero tras bambalinas sólo hay ratas, sudor y gritos, te puede ofrecer miel en los labios y luego clavarte cuchillos en la espalda, es un espectáculo eterno, dulce y cruel, brillante y podrido al mismo tiempo. — Saqué mi pequeño espejo de bolsillo, lo acerqué a la rejilla y me miré, solo para besar mi propio reflejo, una caricia teatral que no podía compartir con mi interlocutora invisible.
 
—Y tú… oh, cariño… tienes una voz que todavía suena a inocencia, como una canción que no ha sido interrumpida por disparos, créeme cuando te digo que hay cosas que mejor nunca veas, aunque algún día te las susurre la oscuridad. — Incliné la cabeza, como un gato curioso, dejando que mi voz bajara hasta volverse casi un ronroneo.

—Pero escucha bien esto, si alguna vez el telón de este mundo te resulta demasiado pesado, Rosse Bellecour lo alzará para ti. Y entonces, honey, I'll invite you to dance.  —
 
—Pero, darling… si resultara que detrás de esta rejilla no hay inocencia sino una farsante jugando a ser sacerdotisa, oh, qué divertido sería arrancarte la máscara, because i kiss with the same mouth with which i bite, y te juro que mis dientes no distinguen entre la piel y la mentira, así que elige bien tu papel, cariño, puedes ser my confidant en la penumbra o the corpse que inspire mi próximo acto. —
#4
Apretó los labios ante la confesión, porque el amor que conoce es incondicional. Es el que ha sentido, el que dedica y el que pide de Dios. Amor, amor, amor, siempre se habla de él como si no fuese de malo ¿Entonces por qué en esta historia es tan amargo?

—La verdadera fe es solo de aquellos que no la pierden con facilidad — porque de nada sirve creer una vez. Se supone que es ciega incluso, que no debería temblar o derrumbarse, pero es difícil. — Por eso solo algunos pueden estar sentados en este lado del confesionario — ella no pertenece ahí, porque a veces la fe se desvanece como si fuese agua, se desliza, se evapora y congela, volviéndola difícil de sostener ¡Son tantos obstáculos los que hay que pasar! Y no supo si está lista para eso.

—N-no sé que es un cabaret — pero suena a un sueño que nunca tuvo, a una situación que no vio, al igual que ese mundo que nunca podrá ver — Yo creo que el mundo no es tan malo — sus dedos a diferencia se posaron con suavidad sobre la madera y se pasearon por las vetas — La gente es amable conmigo, a donde voy siempre hay alguien que me salva de los apuros, me tiende la mano sin esperar nada a cambio.

¿Por qué? ¿Por qué ocurre eso? Dónde está el mal, pareciera que se esconde en una sombra del mediodía, bajo de ella.

—¿Es porque he tenido suerte o porque… porque se supone que soy la favorita de Dios?

¿Por qué ser la favorita provoca tanta angustia? Seguramente porque no ha querido ese puesto nunca. Porque nunca podrá ser como los demás, no importa cuánto lo intente o lo pida. Encerrada entre plegarias y encadenada a la fe de otros, solo está para hacer algo que no puede lograr.

—Lo es, es pesado, yo ya no quiero esto. — ¿Cuándo se han dado vuelta los roles? ¿Desde cuándo es quien se confesa? — Solo quiero conocer el mundo, incluso si no lo veo como los demás… ¿Crees que pueda hacerlo?

Seguramente falta algo importante, es lo principal que adorna su rostro.

—Yo… yo no puedo ver, soy ciega ¡P-Pero he viajado todo este tiempo a pesar de eso! — suena a una excusa, como si se encontrara a la espera de un regaño como los demás. Que no debe hacerlo, que no puede avanzar así, por el peligro, por la gente, por el futuro que no puede ver.

—No es una farsa, puedo demostrarlo — la seguridad de sus palabras resonaron en la caja, hasta que finalmente la puerta se abrió y se volteó. No pudo ver quién ha entrado. Alguien se encuentra en la entrada, esperando que de las excusas adecuadas.

—Ah, yo me equivoqué de lado… lo lamento.

Se arrepiente, pero no de su confesión, sino de ser diferente.
[Imagen: Gwendolain.gif]
#5
Ay, cariño… ¿qué voy a hacer contigo? Tus palabras se deslizan como agua fresca, inocente, preguntando y preguntando, como si quisieras arrancarle los secretos al universo sin darte cuenta de que a veces esas respuestas muerden. Me reí bajito y no sonó a burla, sino a pura fascinación.

—Evolución, Songbirds, colores, honey, hablas como un niño que aún no se ha manchado las manos de barro, y eso es precioso. Yo por mi parte los he visto todos, los pájaros que cantan porque sí, las bestias que devoran, los mares que brillan y luego tragan barcos enteros. El mundo es peligroso, sí, pero también es un espectáculo sin igual. ¿Y sabes qué? — me incliné, bajando el tono como quien comparte un secreto íntimo — Tú deberías verlo todo. — Mi reflejo en el espejito me devolvía los ojos carmesí brillando como brasas, pero mi voz salió suave, como un abrazo.

—No importa si tus ojitos no distinguen el rojo del azul, darling. El mundo no se conoce sólo con la vista, está en la textura de los troncos, en el olor de la sal, en el temblor del suelo cuando miles de pasos bailan al mismo tiempo y tú… tú puedes sentirlo todo, incluso mejor que yo. — Un impulso travieso me recorrió el cuerpo, esa emoción que da cuando encuentras un juguete raro y quieres protegerlo tanto como romperlo. Extendí la mano hacia la rejilla, mis dedos acariciando la madera como si pudiera alcanzar los suyos.

—Te contaré algo, honey, soy pirata. Sí, pirata de los de verdad, de los que roban besos y tesoros, de los que entran a los palacios sólo para criticar los muebles, viajo por el mar, de isla en isla, sin cadenas ni anclas y si tú lo deseas podría llevarte conmigo. — La idea me hizo sonreír más, y mis botas repiquetearon en el suelo, marcando un ritmo juguetón.

—Imagínalo, cariño, tú y yo, descubriendo juntos los misterios de este cabaret llamado mundo. Yo te describiría cada detalle, cada pluma de esos Songbirds, cada ola que acaricia el casco del barco, cada luna que se refleja en el mar como si fuera un espejo roto, no serías una carga, darling, you would be my special audience. — Besé la yema de mi dedo índice y lo apoyé en la madera, justo donde intuía que su mano temblorosa podría estar.

—Así que dime, ¿quieres seguir rezando a un Dios que guarda silencio? ¿O prefieres tomar mi mano y saltar al escenario conmigo y convertirte en mi estrella de la paz? — Porque, honey, lo único que puedo prometernos a ambos, es que conmigo, cada día será una función nueva.
#6
Las palabras aparecen y le preguntan qué hace ahí. Debería salir, debería pedir disculpas, alejarse de ese mundo, pero no hizo nada más que cerrar la puerta, sorprendiendo al hombre que intenta entrar. Buscó el pestillo y lo encontró con facilidad, Dios quizás lo ha puesto ahí para darle unos segundos más de privacidad. Para escuchar lo que tienen que decir ¡La respuesta a las plegarias! De un hombre desconocido.

Es lo que quiere oír, que no necesita de sus ojos y podrá verlo todo. Por un instante el confesionario, la iglesia o la isla le parecieron pequeñas. Como si su curiosidad no pudiese contenerse más — ¿D-De verdad lo crees?

Un pirata, sabe de ellos, pero nunca son buenas noticias. Cuando aparecían en el pueblo es para quitarle las cosas a los demás, en un egoísmo que le entristece, aun así jamás logró encontrarse a ninguno ¡Ni se asomaron por la iglesia! ¿Por qué habrá sido así? ¿Buena suerte o algo más?

—S-Si quiero.

La respuesta no tarda en salir, y la honestidad avanza desde sus labios hasta el otro lado del pequeño recinto. Incluso si el hombre golpea la puerta diciendo su nombre, lo ignoró, porque algo más importante ocurre.

—Acepto.

Son palabras comprometedoras en la iglesia y aunque no es un matrimonio, se preguntó si será hasta que la muerte los separe. No le molesta pensar en el fin de sus días, si puede vivirlos como desea, libre y sin ataduras.

—Estaré en una hora afuera, con mis cosas — porque necesita encontrar lo que le pertenece. No es mucho, pero a ella le cuesta el doble, además hay alguien que comienza a preocuparse al ver que no abre la puerta — Gwendolyn es mi nombre.

No se han encontrado, porque sigue existiendo un muro entre ambos. Pero incluso con ese obstáculo, el destino sigue avanzando, llevándolo a un lugar nuevo que la llenó de emoción ¿Confiará en un pirata? No creyó que todo esto sea casualidad, sino más bien es la señal que tanto ha pedido.

Por eso es que la va a tomar sin dudar.

Finalmente salió del cuarto y pidió disculpas, apresurando el paso para ir por sus cosas. Una hora para decir adiós, porque éste seguro es un viaje de ida sin vuelta ¡Y qué importa! El mundo es tan grande que siempre se encontrará algo nuevo adelante.

Acomodó el bolso, tomó el bastón y a pesar de las preguntas, simplemente salió al exterior, encontrándose con el desconocido. Es lanzarse a un mar sin fondo, pero no importa — Estoy aquí — finalmente se lo encontró, esperando que sea él. — Como lo prometí — dio un par de pasos acercándose, con el bastón en una mano, mientras la que está libre busca el calor de alguien más.

—No creo poder robar besos o tesoros, lo lamento

Se rió con suavidad de ese comentario, porque todo lo que le ha dicho ha quedado grabado en su mente.

—Pero sí quiero descubrir el mundo — ofreció su mano para que la tome, porque le es más fácil avanzar así — Sin importar lo que haga falta.
[Imagen: Gwendolain.gif]
#7
La espera se convirtió en mi propio escenario. Qué ironía, ¿no? Yo, un pirata acostumbrado a robar minutos y tesoros, ahí, dejando que el tiempo me robe a mí, pero había algo delicioso en esa hora de anticipación, como si el mundo entero hubiera decidido sostener la respiración antes de levantar el telón.
 
Apoyado contra una columna, jugué con el humo de mi cigarro, dibujando figuras en el aire, pájaros, coronas, rosas encendidas que se deshacían con un soplido, cada mirada curiosa que se clavaba en mí recibía de vuelta una sonrisa coqueta, un guiño atrevido, i don't mind being a scandal in the house of God. ¡Al contrario! Un escenario tan solemne merece un toque de color.
 
Y entonces, darling, se cumplió la hora. La puerta de la iglesia se abrió y allí estaba, bastón en mano, pasos que hacían temblar más corazones de los que ella misma podía contar. No diré que parecía un ángel caído, eso sería demasiado fácil, más bien parecía una pregunta con forma humana, y yo bueno, yo siempre he sido un amante de las preguntas. Me adelanté con esa teatralidad que me caracteriza, my jacket fluttering like a velvet curtain, el tacón de mis botas marcando ritmo en el suelo, ni lento ni rápido, simplemente con el tempo justo para que cada segundo pesara como música.
 
Y la recibí en un abrazo. Sí, un abrazo, porque no todos los gestos deben ser un beso robado, aunque créeme, honey, las ganas de convertirlo en otra cosa nunca me faltan. —Querida, el cielo está ardiendo ahora mismo —le dije, con la voz cargada de un dramatismo delicioso, como si fuera un narrador presentando la gran escena —Se ha teñido de naranjas y carmesíes, como brasas derritiéndose en un mar de oro. Las nubes parecen plumas esponjosas, apenas rozando el telón del horizonte. Y el sol ah, el sol se despide con la elegancia de un actor que sabe cuándo dejar el escenario. —Solté una risa, clara y musical, antes de añadir con un tono juguetón.
 
—Yo sé, yo sé… no puedes verlo. Pero darling, no te preocupes. Si Dios tuvo el descaro de cerrarte los ojos, yo tendré el gusto de abrirte el mundo entero. — Me incliné, como si estuviera haciendo una reverencia, exaggerating the gesture con todo el descaro posible, porque soy incapaz de ser discreto.
 
—A partir de hoy, escucharás cómo se ve cada paso de nuestra aventura. Cada color, cada escenario, cada locura que el destino nos regale, te lo pintaré con palabras, con música, con risas, con todo lo que haga falta. Serás mi espectadora y mi cómplice, honey. Y yo seré tu narrador favorito. — Hice una pausa dramática, dejando que las palabras colgaran en el aire como una nota sostenida, antes de reír suavemente y chasquear los dedos.
 
—¿Dices que no puedes robar besos ni tesoros? Entonces déjamelo a mí. Te aseguro que tengo experiencia en ambas artes. — Incliné el rostro, con esa picardía ambigua que nunca me falta, y dejé que el silencio hiciera el resto.
—Bienvenida a la tripulación, Gwendolyn —declaré alzando una mano como si anunciara a la estrella principal de un espectáculo. No le tomé decisiones, ni pasos, ni sonrisas, solo le ofrecí mi brazo, tendido con la elegancia exagerada de un caballero y el descaro evidente de un pirata.
#8
Es un abrazo, un gesto inesperado que le sacó un respingo suave y le quitó el aire, no es lo que esperaba. No es susto, no es angustia, es la nostalgia de que alguien haga eso con ella. Porque desde que ha partido no se recuerda con un gesto así para ella.

Sus palabras las escuchó, mientras que según su acompañante el cielo arde. Aunque más bien pareciera que amenaza con llover para ella. Sorbeteó la nariz con suavidad, porque esa dedicación tan simple ha provocado más de lo esperado — El mundo es fantástico si lo dices así — suena a que se está perdiendo mucho, pero finalmente alguien le permite sentir la envidia de no poder ver. De querer conocer más.

¿Es malo tener tantos anhelos?

—No odio a Dios por cerrarme los ojos. — no hay rencor con el destino, ni con un ser mayor. Tal vez lo fue en el pasado, en un resentimiento que escondió por años hasta que ese fuego se apagó al escuchar los pesares de otros. — Pero agradezco que tu me ayudes a hacer lo que tanto quiero. Gracias, no sabría cómo pagártelo — pareciera que el pago depende de ella, no existe Dios, iglesia o creyente para hacerse cargo, ésta vez debe ser independiente.

Se limpió la cara con la manga de la camisa, volvió a hacerlo una vez más a pesar que las gotas no cesan. No hay mal tiempo, sino una alegría que se rebalsa, engañando a la gente que se queja llevar por las impresiones.

El narrador favorito.

¿Es eso posible? Hasta ahora no hay uno y quizás es posible que llegue a serlo. Porque el mundo que le cuenta la gente es simple. Existe belleza en ese tipo de experiencia, pero cuando Rosse parece hablar, todo es más, tanto que pareciera que las cosas no necesitan ser observadas para que estén ahí.

—No es necesario que lo hagas por mi, yo… yo no necesito ninguna de esas cosas — porque por ahora, no hay ambición de lo material o lo carnal. Seguro por eso su mano subió cuando lo sintió cerca. Posó la mano en la mejilla, pasando por suavidad por la misma, en un gesto amable — Con un lugar para mi es suficiente, capitán ¿Así debo decirte ahora?

Nunca pensó que podría decir algo así, porque cuando está sobre el barco se siente a esperar que todo llegue a su fin. Los viajes en el mar hasta ahora han sido un trago amago que escuece las heridas por la sal ¡Más en el último! Pero el mismo le ha traído una libertad que nunca creyó tener.

—Haré que no te arrepientas — su mano se encontró con el brazo ajeno y se rió con suavidad, esperando que sea su guía — ¿A dónde iremos ahora? ¿Hay más gente contigo? — no le importa quién sea o cómo, no temió a la gente, no lo ha hecho antes, menos razones ahora para hacerlo.

Perdóname Dios, porque seguro he perdido el camino que has querido para mí.

Pero he encontrado uno que va conmigo.


—¿Los otros también son estrellas? ¿Cómo las del cielo o del mar? ¿Crees que me lleve bien con ellos? Ya quiero conocerlos, no puedo esperar. A que llegue mañana y el día siguiente ¡Y el siguiente a ese!

Quiero saberlo todo, cada cosa y detalle. Hasta que finalmente Dios pueda responderme de vuelta.

[Imagen: Gwendolain.gif]
#9
La manera en que su voz tembló cuando me dio las gracias me golpeó más que cualquier cuchillo, ¿quién lo diría? Yo, el pirata sin bandera ni rezos, convertido en narrador de los cielos para una pequeña estrella que todavía cree en milagros. —Oh, darling el mundo es fantástico porque yo no sé contarlo de otra manera. Si lo hiciera gris, me aburriría y créeme, honey, yo no nací para aburrirme. —Sonreí de lado, con esa mezcla de picardía y ternura que me ha salvado más veces que mi espada. Su “no necesito” me arrancó una carcajada suave, musical, con ecos de burla y cariño al mismo tiempo.
 
—Claro que no necesitas nada de eso, pero yo necesito contártelo —dije inclinándome un poco hacia ella —Lo hago porque me divierte verte escuchar, no porque te haga falta, porque cuando abres esos oídos y te dejas pintar el mundo, darling, eres como un lienzo vivo. —Dejé que mi voz bajara, envolviéndola en un tono cálido, casi ronroneante.
 
—No me pagues nada. El pago es verte sentirlo, el pago es saber que mis palabras te hacen querer algo más que esa cajita de iglesia donde te han guardado tanto tiempo. —Me enderecé y di una vuelta teatral sobre mi propio eje, dejando que la chaqueta burdeos girara como si fuera parte de un show.
 
—¿Capitán? Jususususu. Me encanta cómo suena. Capitán Rosse Bellecour, querido público, capitán del barco sin reglas, de las canciones que aún no se han cantado, del cielo que nunca se termina. Sí, puedes llamarme así. — Le ofrecí mi brazo, con los dedos engalanados en anillos brillantes, cada uno reflejando un destello del sol que ya caía. No la obligué; simplemente lo dejé ahí, como una invitación con perfume de miel y peligro.
 
—Harás que no me arrepienta, dices, oh honey, yo no me arrepiento nunca. Yo solo improviso y si alguna vez me caigo, lo hago bailando. — Me agaché un poco, acercándome a su oído, dejando que mi aliento le rozara como un secreto.
 
—Pero cuidado, porque quien camina conmigo termina siendo parte del espectáculo y en el espectáculo, cariño, todos brillan, hasta las sombras. — Cuando preguntó por “los otros” y por las estrellas, sonreí con un brillo felino en los ojos.

—No hay otros aún. Nadie más se ha ganado un lugar en este escenario, eres la primera, honey. Mi primera estrella y no esas del cielo aburrido que miran todos tú eres una estrella de mar, rara, imposible de encerrar en un cielo, llena de secretos. — Di un paso hacia atrás, extendiendo ambos brazos como si estuviera presentando un mundo invisible frente a ella.
 
—¿A dónde iremos? Al puerto primero, a buscar mi barco. Después, a donde sople el viento, tal vez a islas donde la arena brilla como plata o a selvas donde los árboles cantan en lugar de crujir o al mar abierto, donde los songbirds del océano cuentan historias que ni Dios se atreve a escribir. — Me incliné de nuevo, esta vez más cerca, con el tono ambiguo de un amante y un bromista al mismo tiempo.
 
—Pero antes de todo eso, honey, aprenderás a escuchar el color de cada ola. A oler la forma del cielo. A sentir con tus dedos la textura del horizonte y yo seré tu narrador, tu guía, tu compañero de juego. Nada de cadenas, nada de muros. Solo mar, risas y palabras. — Dejé escapar una risa alegre, que rebotó contra las piedras del muelle como si fuera un eco de cabaret.
 
—Vamos. El telón está arriba. El mundo no espera. — Le tendí la mano, con la palma abierta, dedos largos y uñas pintadas, brillantes al último sol de Sorbet. No la tomé, no la empujé. Solo la ofrecí, como un pase VIP al show más impredecible del South Blue. —Ven, darling. Hagamos que Dios se ponga celoso. —
#10
TEMA CERRADO


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