Con los Korolev a salvo, Stroud pasó varios minutos recorriendo los laberínticos pasillos del edificio, que parecía crujir y derrumbarse casi por momento. Constantemente, incluso cuando parecía reinar un silencio siempre momentáneo, este era inmediatamente interrumpido por pequeños chirridos que parecían provenir de alguna parte de la misma estructura, habitualmente acompañados por pequeñas grietas formándose a través del techo y las paredes, por las cuales se desprendían pequeñas polvaredas de cal y trocitos de cemento que caían sobre el suelo. Aquí y allá, empezaban a acumularse escombros que no hacían más que crecer con cada sutil movimiento del gigante, según parecía, y la harina y el humo, rancio y espeso, que se mezclaban en el aire hacían la estancia en los pisos superiores completamente insoportable.
Tras una búsqueda que se le hizo eterna, Stroud encontró unas pequeñas escaleras parcialmente cubiertas por una enorme estantería que había quedado suspendida sobre las mismas, apoyada sobre una barandilla de una integridad estructural sorprendente. Bajó por los peldaños, cubiertos de pequeñas piedrecitas y cascotes, pero en mejor estado que los pisos superiores, en apariencia. Todo estaba inundado de un deleznable olor a madera quemada y grasa rancia que se impregnaba en la nariz. No tardó en llegar al sótano, donde Imai, pese a todo, parecía haber puesto la situación bajo control. Durante su bajada, había oído cómo la semioni ordenaba a los civiles que trajesen cubos de nieve para apagar las brasas restantes.
"Imai, no creo que sea la mejor idea," afirmó, aproximándose a ella y contemplando la caótica estancia. Las órdenes de Bertram habían sido claras: sacar a la familia de allí y luego lidiar con el incendio. Lo demás iría después, en un principio. Involucrar a más civiles sería dar un paso atrás en el plan, y otro potencial problema a resolver. "Teniendo en cuenta el estado de la estructura y lo imprevisible de... nuestro amigo de ahí arriba," dijo, haciendo un ademán con la cabeza hacia el piso superior, donde se hallaba el gigante, "lo mejor es mantener a los civiles lo más alejados posibles, por lo que pueda pasar. Puede que también ayude a no ponerlo más nervioso de la cuenta," aseveró, pisoteando una pequeña brasa con su bota, seguido de un olor a cuero chamuscado. "Creo que nos podemos ocupar de lo que queda aquí sin necesidad de involucrarlos. Cuanta menos gente aquí, mejor. Sería incluso buena idea vallar el perímetro."
Buscando con la mirada, encontró en un rincón de aquel sótano justo lo que estaba buscando: un enorme rollo, una lona de arpillera apartada a un lado, descansando sobre una pared. "Esto nos puede servir," afirmó, desenrrollando la lona. Estaba sucia, desgastada, pero aquello daba igual. La extendió sobre la nieve que entraba en el sótano, permitiendo que se empapase rápidamente, para, a continuación, extenderla sobre cuantas brasas quedaban, como quien tiende una alfombra. Colocada la lona mojada sobre las brasas, caminó sobre la misma, asegurándose de que no quedase ninguna incandescencia bajo el tejido; bajo sus pisadas, las pequeñas llamas restantes se fueron apagando entre débiles murmullos. Hizo un ademán con la cabeza hacia los múltiples sacos de harina que había en el lugar: "Si eso es harina, creo que la podríamos echar sobre las brasas para ahogarlas, Imai," sugirió, mientras continuaba con su procedimiento y apagaba más brasas.
La tarea resultó más laboriosa de lo que había calculado en un principio, teniendo que volver a empapar la lona varias veces y necesitando presionar cada escoldo significativo antes de que se apagase del todo. A través del techo, de vez en cuando oía a Bertram negociar, presumiblemente en vano, con el gigante, y las sacudidas de la casa parecían seguir sucediéndose. Cuando la situación estuvo bajo control y pareció que no quedaban ya brasas encendidas, se limpió la frente, llena de hollín y carbonilla; evitó el impulso de respirar hondo, recordando lo repugnante y denso del aire allí abajo, y se dispuso a subir las escaleras para echar un cable a Bertram con la gestión del gigante. "Veamos qué podemos hacer con el amigo." La cosa se podía estar poniendo fea allí arriba.
El sótano todavía humeaba, pero gracias a mis manos y a la testarudez de Stroud, lo peor ya estaba contenido. El grandullón de los guantes tenía razón, no era buena idea meter más civiles en medio del problema. Yo, que nunca fui precisamente la tipa más prudente, había actuado por instinto al gritarles a los vecinos, pero verlo tan serio, con esa calma casi militar que tiene incluso cuando todo se tambalea, me hizo dar un paso atrás y reconsiderar.
—Tch… está bien, kyararara, te lo concedo, Stroud. Si la casa se viene abajo no quiero estar recogiendo pedazos de vecinos. —dije, rascándome la nuca y lanzando una última mirada a las brasas apagadas.
Con la lona empapada y la harina cubriendo las últimas chispas, el incendio estaba prácticamente sofocado. El olor era horrible, mezcla de pan podrido, aguardiente rancio y madera calcinada, pero al menos ya no había peligro de explosión, mis botas chapoteaban en el suelo embarrado, y cada paso me recordaba que estábamos caminando sobre un tablero a punto de colapsar.
—Venga, no perdamos más tiempo. El problema ahora no son las brasas, es el gigantón ese. —mascullé, siguiendo a Stroud de regreso por las escaleras torcidas.
Al salir del sótano, el cambio fue inmediato. El aire estaba más frío, pero también más pesado por los murmullos de los vecinos y los crujidos de la estructura, el ambiente entero parecía contener la respiración y en medio de todo, ahí estaba Pixie, que para mí no era más que el “niño gigante”, con harina en las mejillas, una sonrisa nerviosa y las manos llenas de cacharros aplastados, Bertram, de pie ante él, hablaba con esa voz calmada que hasta a mí me tranquilizaba, pero la situación era como tener pólvora al lado de una antorcha.
Me crucé de brazos y observé, mientras Pixie preguntaba con esos ojos grandes y torpes si de verdad no queríamos que cocinara, pero el techo respondió antes que nosotros con un crujido largo, profundo, y luego un alud de tejas cayendo a la calle. Los gritos de los vecinos retumbaron como un coro de alarma.
—Esto se va al carajo si no lo sacamos ya. — murmuré para mí misma, con media sonrisa torcida entonces avancé unos pasos, dejando que el kanabō en mi espalda golpeara contra la viga más cercana con un sonido sordo, el eco atrajo la atención del gigante, que me miró curioso.
—¡Oye, grandulón! —troné, usando mi voz fuerte, pero sin sonar amenazante —No es que nadie quiera tu desayuno, ¿entiendes? ¡Es que tu cocina es demasiado chiquita! — Pixie ladeó la cabeza, confundido, como si nunca se hubiera parado a pensar en que podía ser él, y no la receta, el problema, me acerqué otro poco, extendiendo la mano abierta hacia la pared.
—Mira. —con un toque ligero, hice flotar una silla rota, girándola en el aire frente a sus narices —¿Ves esto? La romí yo, también tengo que ir con cuidado, si no, todo se rompe. Igual que tú con esa sartén. — El gigante abrió la boca, sorprendido, mientras la silla flotaba como un juguete ante sus ojos. Bertram seguía con su discurso tranquilo, ofreciéndole un lugar mejor para cocinar, y yo aproveché para reforzarlo a mi manera, más directa.
—Si de verdad quieres cocinar para todos, tienes que salir de aquí ya. — Me hice flotar a mi misma unos metros en el aire quedando frente al gigante, pero no tan cerca para que sea peligroso — Afuera podemos buscarte un sitio grande, fuerte, donde no se caiga nada encima, donde incluso yo puedo volar con total libertad, pero si sigues aquí, lo único que vas a darles es un desayuno de escombros, ¿me entiendes? —Mi tono era áspero, pero no agresivo, quería que lo entendiera como se le habla a un niño testarudo.
El murmullo de los vecinos creció otra vez, algunos pedían que lo sacáramos a la fuerza, otros rogaban que no lo enfadáramos, yo los mandé callar con un gesto seco de la mano, sin apartar los ojos del gigante. —Tu decisión, grandote, o te levantas despacio y sales con nosotros, o esta casa se te cae encima y no quiero tener que hacer que floten tus huesos, kyarararara kyarararara—Esperé, con los brazos cruzados y el kanabō preparado por si acaso, aunque en el fondo esperaba que no hiciera falta usarlo. Porque en su mirada no había maldad, solo esa confusión torpe de alguien que no entiende su propia fuerza.
La nieve seguía cayendo con pereza sobre el barrio, pero ya nadie la notaba. El aire estaba tan denso que hasta el más leve crujido del suelo sonaba como un rugido de advertencia. La casa de los Korolev o lo que quedaba de ella se balanceaba en una lucha silenciosa entre gravedad y resistencia, cada viga parecía suplicar clemencia, cada ladrillo vibraba con el peso del coloso que seguía en su interior y allí, entre el olor agrio de la harina, el humo y el polvo suspendido, el destino del lugar pendía de un hilo. La voz serena de Bertram fue el primer intento real de romper el muro de confusión que rodeaba la mente del gigante, con palabras medidas y gestos calmados, trató de llegar a él no como a un enemigo, sino como a un niño que necesitaba entender. Pixie escuchó, ladeando la cabeza con una inocencia desconcertante, sus cejas se fruncieron al oír la promesa de una cocina más grande, sus enormes dedos se frotaron entre sí como si procesaran aquella idea por primera vez. —¿Una cocina…para mí? —murmuró, con voz tan grave que hizo vibrar las paredes — ¿Dónde puedo cocinar sin romper nada? —La chispa de comprensión fue débil, pero estaba ahí. El gigante bajó un poco la sartén deformada, dejando que cayera sobre lo que una vez fue una encimera. El impacto, aunque pequeño, fue suficiente para arrancar otro trozo de madera y la casa respondió con un gemido largo, profundo, como si se quejara de cada segundo extra que debía resistir.
(Barra de estructura: 70% → 66%)
Stroud emergió del sótano con las botas empapadas y la frente ennegrecida, su experiencia y frialdad tácticas guiándolo entre los cascotes. Llegaron un par de reclutas para establecer un perímetro improvisado con barriles y sogas, manteniendo a raya a los civiles que se agolpaban cada vez más cerca. Las voces de la multitud eran un cuchillo de doble filo, algunos rogaban que lo expulsaran a la fuerza, otros suplicaban que no lo dañaran, el ruido, sin embargo, comenzó a incomodar al gigante. Pixie se movió nervioso, y cada torpe movimiento era un nuevo golpe para la estructura.
(Barra de confusión: 50% → 60%)
En ese instante, Imai decidió intervenir con el tacto áspero pero eficaz que la caracterizaba, sus palabras eran directas, casi duras, pero llenas de una lógica simple que incluso un niño podría entender. El ejemplo de la silla flotando captó toda la atención del gigante, sus ojos, enormes y brillantes, siguieron aquel objeto como si observaran magia pura, por un momento, el caos se detuvo, el titán dejó de moverse. —¿Yo... rompo las cosas? —preguntó en voz baja, como si aquella revelación fuera un peso nuevo sobre sus hombros. La Oni azulada flotando frente a él y el gesto amable de Bertram reforzaron la idea, no era rechazo, era una invitación a hacer las cosas mejor, esa pequeña semilla de comprensión echó raíces.
(Barra de confusión: 60% → 40%)
Pero el destino rara vez concede descanso. En el sótano, el último resplandor de una brasa que había sobrevivido bajo la lona comenzó a avivarse con el viento helado que se colaba por una rendija, el oxígeno fue el combustible suficiente para que un hilo de fuego volviera a serpentear entre los restos empapados, no era grande, no todavía, pero si nadie lo detenía pronto, se propagaría.
( Barra de incendio: 4% → 6%) ( Barra de estructura: 66% → 64%)
Pixie dio un paso atrás, intentando obedecer lo que había entendido. Su intención era buena, pero su tamaño volvía cada gesto un peligro, el suelo se resquebrajó bajo su talón, y una viga cayó desde el techo, partiéndose contra el suelo con un golpe seco, los gritos de los vecinos volvieron con más fuerza, y el gigante, al escuchar el pánico, empezó a agitarse.
(Barra de confusión: 40% → 50%) ( Barra de estructura: 64% → 60%)
La situación había entrado en un punto crítico. Pixie estaba al borde de comprender o de perder el control, bastaba un mal movimiento o una palabra desafortunada para que todo se viniera abajo, literalmente. Por otro lado, el fuego no había sido completamente eliminado, y si crecía, cada punto significaría un daño irreversible en la ya frágil casa. El gigante respira con dificultad, intentando obedecer, mirando a los tres marines con la mezcla de miedo, esperanza y torpeza de un niño gigante atrapado en un mundo demasiado pequeño. Afuera, los gritos de los vecinos y el viento helado golpean las paredes resquebrajadas.
El tiempo se acaba, la siguiente decisión determinará si Pixie sale caminando por la puerta o si lo hace sepultado bajo toneladas de escombros.
Estado de las barras
Estructura: 60% Incendio: 6% Confusión del gigante: 50%
Importante LEER
La estructura no resistirá muchos más movimientos bruscos. Si baja de 40%, el edificio colapsará.
El incendio puede apagarse por completo en la siguiente ronda o propagarse más si no se le presta atención.
La confusión de Pixie es inestable: está en un punto medio. Cualquier estímulo negativo puede hacerlo perder la calma.
El joven arquero tiene una enorme cantidad de paciencia, una educación previa a la marina que le prepara para situaciones delicadas y complicadas, donde la brusquedad es el enemigo y la sutileza y paciencia son la clave. No viene de una familia muy dada a resolver conflictos mediante el diálogo y la diplomacia, tampoco se metían en conflictos con tanta frecuencia, eran cazadores y cada uno respetaba el territorio y el horario de los demás, dejando siempre suficientes animales para que todos tuvieran su parte sin dañar el equilibrio natural del entorno. Sus palabras y gestos calmados logran que el gigante empiece a entender lo que pretende y la razón de que estén ellos allí, y parece que lo está logrando, aunque la casa parece estar a punto de caer mientras Stroud se encarga de que unos reclutas organicen un perímetro con los civiles alejados. Sin embargo, eso no basta, sus gritos son molestos y para alguien en estrés y confundido como el gigante puede ser devastador.
Imai por su parte se une a la conversación tras la confusión del gigante aumentar por los gritos de la gente, con su característica brusquedad a la hora de hablar, pero completamente llena de una lógica que hasta un niño sería capaz de entender. Por el momento todo parece ir bien, el gigante se está intentando mover para salir de allí y obedecer lo que le dicen Bertram y demás, pero parece que el destino está empeñado en hacer que las cosas se compliquen, pues cuando Pixie trata de salir su peso rompe el suelo ya dañado y provoca que una viga caiga al suelo de forma muy estruendosa haciendo que vuelvan los gritos y el gigante se vuelva a poner nervioso. El sargento suspira y se rasca la cabeza mirando el entorno, a los civiles en el perímetro, a sus compañeros y al gigante, tiene que haber una forma de salir de ese embrollo sin dañar a nadie, el gigante no es un criminal, simplemente es como un niño con buenas intenciones que no se ha dado cuenta de lo que pasa.
Con sus ojos acostumbrados a buscar detalles el pelirrojo ve algo que le molesta y es que vuelve a haber un indicio de incendio, lo cual complica más las cosas pues de no contenerlo la casa no aguantará y si eso pasa va a ser más complicado sacar al gigante tranquilamente. Bertram toma aire y dice -Stroud necesito que vuelvas al sótano, el viento que se cuela por los huecos ha revivido las brasas, es necesario apagar por completo el incendio de inmediato, no podemos permitirnos que se extienda por más tiempo sir.-
Tras eso se gira a uno de los reclutas y dice lo suficientemente bajo para que Pixie no le escuche -Necesito que el área se quede lo más vacía y silenciosa posible, buscad que los vecinos se mantengan en silencio o aumentar el tamaño del perímetro, pero es indispensable que el gigante deje de escuchar sus gritos y su pánico, en su estado eso solo complica las cosas. Por ahora estamos logrando que se mueva por voluntad propia y se dé cuenta de que no somos enemigos, si se pone más nervioso no puedo asegurar que eso pase sir.-
Ahora su mirada se vuelve hacia Imai y el gigante y dice -Oye Imai, ¿hasta qué peso puedes mover? Tenemos que buscar alternativas para todas las situaciones posibles. Disculpame no me había presentado, mi nombre es Bertram y quiero ayudarte a poder ser un buen cocinero y un buen panadero, para ello es que estoy aquí, dispuesto a ayudarte a conseguir una cocina tuya, donde nadie pueda echarte y donde podrás dar de comer a mucha gente sin miedo a que la gente se moleste. Incluso te prometo que iré a comer tu comida cuando tenga tiempo. Por ahora intenta quedarte quieto y cuando te lo indiquemos moverte despacio y con cuidado, no queremos que te hagas daño, sir.-
Stroud subió las escaleras con cierta lentitud, pero con la firmeza que lo caracterizaba, resoplando en silencio y limpiándose el hollín de la cara. Podía sentir cómo la casa se estremecía incluso ante la voz del gigante, que parecía tener la capacidad de tambalear la estructura con solo hablar. Pese a haber rescatado a la familia y haber controlado, más o menos, el incendio del sótano, la situación no dejaba de ser crítica, y el Marine era consciente de que en cuestión de minutos él y toda su división podrían estar enterrados en escombros. Tal vez su fruta le fuese de ayuda... o no. Aún no había tenido oportunidad de ponerla a prueba en una situación de verdadero estrés, por lo que no sabía hasta qué punto podía confiar en aquellas habilidades.
Justo mientras subía los peldaños en dirección a la destrozada cocina, Stroud oyó un pequeño chisporroteo proveniente del sótano que acababa de abandonar, y que reconoció al instante. Se llevó una mano a la sien, conteniendo un suspiro. Lamentablemente, aquel no era el tipo de problema que se podía solucionar como a él le hubiera gustado. Ni siquiera tuvo que oír las indicaciones de Bertram para saber que aún le quedaba trabajo por hacer allí abajo. Serio, como de costumbre, asintió con la cabeza. "Ya me ocupo," se limitó a decir, girando sobre sí mismo y volviendo a bajar aquellos dichosos peldaños, con cuidado de no resbalar con los numerosos ripios y los trocitos de yeso que se agolpaban sobre la madera. El fuego no sería el único problema con el que lidiar.
Un brillo rojizo iluminaba el denso humo que empezaba a acumularse bajo el techo del sótano. Bajo trozos y astillas procedentes de una de las vigas medio derruidas, unas minúsculas brasas incandescentes se habían esparcido por el suelo y empezado a producir pequeñas llamas que, come lenguas, se iban esparciendo por cuanta madera encontraban a su alrededor. Por las paredes, agujero, rendijas y grietas dejaban entrar chorros de aire gélido que no hacían sino alimentar el fuego, que, una vez más, comenzaba a crecer. El aire se encontraba repleto aún de ceniza en suspensión, que picaba en los ojos y la gargante del Marine. Aquí y allá, había harapos y mantas empapadas ya a medio chamuscar, con bordes humeantes que desprendían un espantoso olor a lana quemada. Stroud pateó el barril más cercano a las llamas, y que podía prender con más facilidad, echándolo a un lado y alejándolo del calor.
Ignorando las llamas por un momento, se aproximó a una de las rendijas de la pared, que daba casi a nivel de la calle, desde la cual vio cómo algunos vecinos se agolpaban en torno al edificio mientras un par de reclutas establecían un perímetro de seguridad como buenamente podían. Stroud llamó la atención del pequeño grupo de civiles con gestos, pero sin llegar a gritar. "Por favor, respeten el perímetro de seguridad y dispérsense," indicó con autoridad, "la situación es crítica y la presencia de más factores de estrés puede empeorarlo todo." Factores de estrés, ¿cómo se le había ocurrido eso? "Es importantísimo que no griten ni produzcan más sobresalto del estrictamente necesario. La Marina está trabajando en ello, déjennos actuar. Si quieren ayudar, atiendan a la familia Korolev. Es una situación crítica: quien se pase de ruidoso o se salte el perímetro de seguridad será procesado en juicio militar," afirmó con gravedad.
Encogiendo los hombros frente a lo que él mismo acababa de decir, volvió a centrar su atención en el sótano. Esta vez, tenía que asegurarse de solucionar el problema en condiciones. Se llevó la mano al mentón, pensando por un momento, mientras susagudos ojos oscuros se deslizaban por toda la estancia, analizando las posibilidades. Al cabo de unos instantes, caminó con seguridad hacia los múltiples trozos de lona, esparto y arpillera que descansaban por el suelo y las esquinas del sótano, acumulándolas bajo su brazo. En todo momento, mantuvo vigiladas las llamas asegurándose de actuar antes de que se esparcieran por encima de lo que pudiese controlar, moviéndose con firmeza pero con presteza. Una vez más, se dirigió a los montículos de nieve encharcada y hollín que se formaban bajo las grietas, empapando cuanto trozo de tela pudo encontrar. Debía darse prisa. A continuación, analizó las paredes y el techo, buscando cuanta grieta hubiese por la que pudiese estar colándose el aire: era fundamental limitar el oxígeno entrante, acabar con cualquier fuente de aire extra que pudiese alimentar las llamas. Una por una, fue encontrando cada grieta y taponándola con trozos de tela empapados y sucios. Sentía que se le congelaban los dedos, pero debía ignorar la sensación. Al cabo de unos minutos, el poco aire del exterior que lograba entrar en aquel sótano no lo hacía sino filtrado por una capa de humedad.
El siguiente paso sería, evidentemente, ocuparse del fuego en sí. Stroud se aproximó a la fuente de las llamas. Las brasas habían crecido ligeramente, pero la enorme humedad que se empezaba a formar en el ambiente había hecho que no se saliesen de control. Ahora, no quedaba más que repetir la técnica: agarró la misma lona de arpillera que antes, aún empapada, y cubrió las brasas que quedaban con el tejido, pisoteándolo y permitiendo que los escoldos silbasen y se ahogasen bajo su bota. Al cabo de unos minutos, se hizo el silencio más absoluto en el sótano. Stroud suspiró, aliviado.
Mientras subía los peldaños de vuelta hacia la cocina, se le ocurrió una idea. Esbozó una media sonrisa, justo cuando empezaba a ver a Imai y Bertram, y sacó un Den Den Mushi de su bolsillo, fingiendo coger una llamada: "Berep berep berep, berep berep berep... Gacha. ¿Sí, Coronel?," inquirió, haciendo como que hablaba con alguien al otro lado de la línea. "Ah, sí, el Premio al Cocinero del Año," afirmó, asintiendo con la cabeza y asegurándose de que Pixie oyese cuanto decía en pretendida discreción. "Sargento Bertram, me informan de que van a nominar a Pixie al Premio del Cocinero del Año, pero que se está portando muy mal." Observó a sus compañeros, esperando que entendiesen qué intentaba hacer. ¿Y si funcionaba?
Interrumpo brevemente esta aventura para confirmar que Ashura tomara la batuta en calidad de narrador.
Sobre Imai, puede seguir participando en caso de querer regresar, con el entendimiento que los usuarios que no tengan el mínimo de posts al terminar la aventura perderán la recompensa.
Pueden continuar con la aventura.
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. PX-5
La situación, aún con la diligencia de los marines estaba resultando insostenible. Pixie no era malvado ni nada por el estilo, era un ser que el mundo se le había quedado pequeño y su propio cuerpo se había vuelto un peligro tanto para él como para la gente de su alrededor. Para otros aquello podría ser duro pues enfrentarse a Pixie, un gigante confundido que podría ser peligroso por accidente, requiere de una enorme destreza para evitar que los nervios o la presión hagan estallar la situación, pero la nueva división estaba demostrando que los galones se hacen no se nacen.
Bertram buscando parar la desidia que el gigante está formando habla con él de la manera más sincera que le es posible e intenta que todo se pare.
El gigante le observa, tanto a él como a Stroud, quienes han sido capaces que el caos del ambiente cese un poco. Los gritos se atenúan y la situación va menguando de catástrofe a algo que mañana se convertirá en una anécdota.
- ¿Cocinero del año? - Los ojos de Pixie se hacen enormes (más si cabe) - ¡SÍÍ! - Grita con emoción mientras caen cascotes sobre su cabeza, aunque para el sean chinas - Cocinerooo, cocinerooo - los hombros del gigante se mueven con un leve ritmo de baile lo cual empeora la situación, los cascotes y los esfuerzos de los cadetes consiguen apagar el incendio del todo permitiendo a los marines puedan pasar a centrarse solamente en la estructura, la cual, debido a los daños integrales del incendio y el último movimiento del gigante parece resentirse.
Estructura: 60% - 45 %
Confusión del gigante: 40% Incendio: 0%
Sin lugar a dudas tratar al gigante como a un niño grande estaba sirviendo, el edificio estaba en mal estado, pero era mejor salvar aquello que volver a construirlo.
- ¿DÓNDE PUEDO SER COCINERO DEL AÑO? - Pregunta el gigante totalmente eufórico, la idea de hacer lo que más le gusta y dar de comer a la gente las ingentes cantidades de comida que podría llegar a preparar con su tamaño es el sueño que Pixie lleva persiguiendo una vida - ¿Puedo ayudar a gente? - los ojos casi parecen encharcase, igual haberle echo llorar hubiera sido una perfecta manera de apagar el incendio - Quiero ayudar - dice mientras se levanta un poco de su postura y la infraestructura vuelve a sentirse inestable.
Necesitaban que se quedase quieto y alguna manera de sacarle de allí sin que el edificio se viniera abajo. Los segundo escaseaban, pero ya habían conseguido lo más difícil: controlar la situación, ahora solo debían sacar al gigante sin que el edificio se viniera abajo ¿sería capaz esta nueva división?
Estado de las barras: Ocultar Estructura: 45% Incendio: 0% Confusión del gigante: 40%
Off
Siento mucho si cometo algún error o no llego a la calidad/intención que sam os estaba brindando, creo que esta es la penúltima ronda, sacad a ese gigante chicos lo habéis echo genial
El sargente se encuentra en una situación compleja, aunque fue elección suya aventurarse a ser el que se encargue de una situación cuanto menos curiosa, es consciente de que hay gente que no logra discernir situaciones, gente cuya naturaleza es más direccionada a la acción y a las situaciones donde se requiere de fuerza y una capacidad combativa en lugar de diplomacia y diálogo, pero en este caso la violencia es el último recurso necesario, de hecho no es una situación donde emplear la fuerza sea eficiente. Poco a poco y con calma el arquero logra conseguir que el gigante se mantenga calmado, al final su personalidad es como la de un niño, por lo que el marine actuó como si estuviera enseñando a un niño de su antigua aldea y estaba logrando grandes avances, los cuales eran mejores cuando los ciudadanos no gritaban, pues el barullo producido por sus gritos ponían nervioso al gigante, haciendo que los avances fuesen más lentos.
El joven ve como los reclutas van expandiendo el perímetro y los gritos se atenúan, haciendo que el ambiente sea más relajado y por tanto sea más sencillo poder calmar al gigante. Stroud se quedó a cargo de terminar de apagar el fuego, pero al parecer antes de ir a ello logra que la gente se calme y se tranquilice por lo que el ambiente se vuelve más tranquilo, algo ideal para poder lidiar con un gigante que está confuso por la situación, siendo que no entiende porque la gente está molesta si simplemente quería prepararles algo de comer. Bertram ve como la falta de ruido mantiene al gigante más tranquilo, y ve que la forma que tuvieron de llegar a él es eficaz, es como tratar a un niño pequeño, explicando que no es que sea culpa suya, sino que hubieron ciertos accidentes pero que le ayudarán a cumplir su sueño.
En ese punto escucha la voz de Stroud, pues Imai al parecer se quedó paralizado en mitad del problema siendo que ya lidiaría con eso más adelante, ahora lo importante es que Stroud mientras regresa anuncia que nominaron al gigante al premio cocinero del año, pero que se está portando mal. Esas palabras hacen que el gigante se emocione y se alegre, llegando a hacer caer algunos cascotes en su propio pelo, y trate de levantarse, haciendo la estructura verse inestable nuevamente. Bertram actúa rápido y dice
-Así es, han visto tu pasión y quieren premiarte, pero necesitamos que te quedes quieto, como cuando tu madre te cambiaba la ropa de niño. Avisaremos para que te ayuden a salir de ahí sin hacerte daño y te llevaremos a una cocina hecha a tu medida, donde podrás preparar comida muy rica para hacer felices a muchas personas.-
Tras eso el joven arquero mira a uno de los reclutas que está por la zona y le indica que vaya corriendo al cuartel y pida apoyo para mover a un gigante de forma segura tanto para él como para el edificio. Tras eso su mirada vuelve de regreso al gigante y con una sonrisa amable y cercana el arquero dice
-Y tal y como te dije, en cuanto tengas tu cocina, iré a probar uno de tus platos para celebrarlo contigo.-
Tras eso, mientras mantiene la atención en el gigante el joven va a comprobar el estado de su compañero caído, al haber estado flotando antes de todo esto y comprueba a ver su estado, y al ver que no se mueve toma su abrigo y sus cosas para decidir luego qué hacer con todo lo que tiene, mientras que con el abrigo se acerca a donde se encuentra la familia aún afectada por el incendio y casi sin abrigarse y les coloca el abrigo encima, al menos de los más jóvenes, para que puedan al menos mantener el calor, manteniendo siempre una sonrisa amable y tranquilizadora.
Aún sujetando su Den Den Mushi, Stroud respiró hondo ante la tensión de la situación, que parecía disiparse ligeramente, de forma gradual, aunque ya el riesgo parecía ser algo menor. Al menos, si pasaba algo, no habría demasiados civiles involucrados, y eso siempre era algo a apreciar en una situación como aquella. En un principio, cuando les habían contando la situación en el cuartel, había supuesto que sería un enfrentamiento con alguna clase de matón monstruoso, o una amenaza sobrenatural de algún tipo, o, en definitiva, algo de naturaleza violenta, maligna. Lo que se había encontrado, sin embargo, era prácticamente lo contrario: alguien que no quería sino ayudar, que no pretendía hacer daño a nada ni nadie, cuyo único pecado era una inconsciencia profunda y la ceguera ante su propia capacidad destructiva.
Cuando vio que el gigante empezaba a moverse de nuevo, con su correspondiente caída de cascotes y rocas, apretó los labios, haciendo un gesto apaciguador con las manos, intentando al mismo tiempo ser visible para el enorme Pixie y mantenerlo bajo calma. "Ten cuidado, Pixie," afirmó con su voz, de natural con un tono de autoridad y seriedad, "nos dicen que es muy importante que esta casa continúe en pie para que puedas participar en el premio. Es una casa muy importante para el jurado. Si le pasa algo a la casa, no hay premio," explicó. Continuó fingiendo que hablaba con alguien a través del Den Den Mushi: "Sí, así es, Coronel, Pixie se está portando bien, la casa está casi entera. Pero, si se sigue moviendo, se tendrá que quedar sin premio," improvisó. "Ajá, ajá... Sí, así es. Gracias, Coronel. Pixie, nos comunican que tienes que salir muy despacito y con mucho cuidado, te van a ayudar. Después de eso, vamos directos a que te den el premio: ¡verás la cantidad de gente a la que vas a poder ayudar!," dijo, a la vez que Bertram empezaba a examinar con cuidado a Imai al otro lado de la cocina.
Stroud tragó saliva, esperando que el gigante le siguiese el juego; al mismo tiempo, sus músculos se empezaron a tensar, a medida que se preparaba para una respuesta rápida, según la forma en que respondiese Pixie. Era perfectamente consciente de que la violencia era la última salida deseable para aquella situación, y que lo mejor sería que Pixie saliese de allí por su propio pie, pacífica y tranquilamente. Sin embargo, también sabía que los daños colaterales podrían ser significativos, empezando por la propia casa, si Pixie no se calmaba de inmediato. El gigante era enorme y de gran fuerza, naturalmente, pero calculaba que entre él y Bertram no deberían tener problema en reducirlo, llegado el caso. Los siguientes segundos se le hicieron eternos; pese a su natural frialdad, una gota de sudor cayó por su sien, emborronando la carbonilla que le cubría parte de la cara.
"Esta va a ser la primera parte de la competición para que te lleves el premio, Pixie: salir de aquí sin que se caiga ni una piedra más, ¿de acuerdo?," añadió. Hizo un ademán con la cabeza en dirección a una de las vigas maestras que sostenían lo poco que quedaba de la cocina. "Y si esa viga de cae, creo que nos quedamos sin premio, ¡así que ojo! Muchos aspirantes al premio lo pierden precisamente en esta prueba," afirmó con gravedad, como si él mismo fuese un enviado del concurso.
Pixie, estaba totalmente eufórico, no solo iba a poder cocinar, si no que, le iban a dar un premio. Pero el único problema era que no podía moverse... Si no fuera él no sería ningún problema claro está.
El gigante pestañeo incrédulo.
- ¿Esa viga? - su voz sonaba infantil - ¿todos vienen a esta cocina? - le preguntó a Stroud quien junto a Bertram había sido capaz de dominar la situación sin problema ninguno - ¿quieto decís? -
Entonces el gigante hizo el ademán de moverse pero la estructura empezó a tambalear y se quedó quieto.
- Si esto se cae, no cocino - se dijo muy serio a si mismo - yo quiero cocinar - y entonces como si fuera una estatua el gigante se quedó completamente inmóvil, tanto que ni contestó a las siguientes palabras que los marines pudieran dedicarle. Tanto que a veces respiraba por obligación debido al mareo que sentía de aguantar el aire.
Pasados un minutos una patrulla marine llegó, traían con sigo maderas reforzadas, andamios y demás artilugios para reparar o reforzar estructuras. El capitán del servicio de reparación saludo a los marines y les ordenó que mantuvieran al gigante tranquilo mientras trabajaban.
Con una mano de obra equilibrada y perfecta reforzaron la estructura en un momento. Las vigas fueron recubiertas por grandes trozos de hierro que hacían de parce, algunas vigas de las que traían se clavaron en pilares claves para mejorar la estabilidad y la estructura, aún con grandes daños por los movimientos del gigante y el incendio se habían salvado.
Ahora solo quedaba un problema...
-¡QUE YO NO ME MUEVO! - Gritó Pixie al grupo de restauración que necesitaba que se quitase con cuidado para asegurar la zona en la que se había quedado parado - Vosotros sois cocineros de casas y lo que queréis es cocinar esta para ganarme en el concurso. ¡QUÉ NO ME MUEVO! - El grupo de albañilería buscó ayuda en los marines que estaban llevando a cabo la misión desde primera instancia, sus miradas eran de agobio, debían sacar al gigante de allí y llevarlo al cuarte para tranquilizarlo, ahora todo dependía no de que Pixie no se moviera, si no de que lo hiciera y tenía que hacerlo con cuidado.
Estructura: 45% + (35 restauración ) Incendio: 0% Confusión del gigante: 70% (hora no quiere mover un dedo)