[Pasado] Donde el techo llora
#1
El calor del trópico me golpeó en cuanto puse pie en Sorbet Sur. El aire estaba cargado de frutas maduras, sudor y un murmullo constante de voces que llenaba el mercado improvisado de la plaza. Cestos de mangos, piñas y frutos que ni siquiera sabía nombrar se apilaban a un lado, mientras cabras y ovejas mordisqueaban cualquier hoja que se les cruzara. Todo era caótico, vivo y desordenado, pero también… auténtico.

Avancé entre la gente esquivando piernas y canastos, escuchando las discusiones por un par de monedas y las carcajadas de niños descalzos que corrían tras un perro flaco. En algún momento, pasé frente a un puesto donde vendían leche fresca; la mujer que lo atendía cantaba para atraer clientes, su voz se mezclaba con el tintineo de las campanas de la Iglesia Austro, que no quedaba muy lejos.

El contraste era brutal: en el horizonte, al norte, se alzaban las murallas de piedra blanca y los techos perfectos de Sorbet Norte, brillando al sol como si fueran de otro mundo. Aquí, en cambio, las casas de madera se sostenían a duras penas, los tablones viejos crujían bajo los pasos, y aun así, todos parecían llevar su vida con una alegría que no se encontraba tras los muros del palacio.
Me detuve frente a la iglesia, un lugar imponente, digno lugar de oración y refugio comunitario. Ya podía imaginar en su interior a los feligreses sentados en los bancos, otros durmiendo y algunos niños jugando, mientras el pastor observa y no echa a nadie, tal vez un fe creyente en la muestra de hospitalidad. O tal vez mi imaginación volaba demasiado alto.

El repicar de la campana pequeña de la Iglesia Austro rompía la calma en Sorbet Sur. El sonido era un poco irregular, como si la cuerda que la sostenía se enganchara en cada vaivén, pero aun así se escuchaba hasta el último rincón del pueblo. Frente al portón de madera, abierto de par en par, varias mujeres habían dejado cestas con frutas exóticas como ofrenda, y los niños se peleaban por la más madura antes de que alguien los espantara. Mientras, un par de campesinos entraban cargando sacos con ofrendas. El pastor, un hombre mayor de sonrisa serena, recibía a cada uno con palabras cálidas. Me pregunté si debería entrar también. ¿Buscar refugio? ¿O tal vez respuestas?

Dentro, el ambiente era más fresco. Un rayo de luz atravesaba las rendijas del techo parchado, iluminando partículas de polvo que parecían bailar en el aire. El pastor Austro hablaba en voz baja con un anciano, pero su tono se perdía entre los murmullos de los feligreses. En uno de los bancos, una mujer joven intentaba calmar a su bebé, y cerca del altar unos campesinos acomodaban flores recién cortadas que llenaban el lugar de color y aroma.

De repente, un ruido seco hizo que varios girasen la cabeza: en la pared lateral, justo donde colgaban los exvotos, una de las vigas del techo había crujido peligrosamente. El agua de la lluvia pasada había hinchado la madera, y una gota insistente caía desde lo alto, golpeando un banco con un ritmo constante. Nadie parecía alarmado: en la Iglesia Austro estaban acostumbrados a que la precariedad se colara en cada rincón. Sin embargo, esa mezcla de voces, flores, niños y tensión leve del crujido hacía del momento algo único, como si cualquier cosa pudiera suceder en cuestión de segundos.

Yo, encaramada sobre el respaldo de ese mismo banco, fruncí el ceño. Me llevé las manos a la cintura y solté un bufido, observando cómo el agua caía, gota tras gota, desperdiciándose en el suelo.

— Tch… con lo útil que sería para preparar medicinas —murmuré, bajando del banco de un salto. Me puse a buscar con prisa entre las cestas, entre cálices olvidados y hasta debajo de los bancos, algo que pudiera servirle para recoger aquella agua. Una jarra, un cuenco, lo que fuera. La gotera seguía marcando su compás.
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#2
Ya desde bien temprano estaba despierto, antes incluso que el astro rey coronase el cielo para iniciar el día. Quizás fue l entrada del frío, aunque en Sobert no es que hiciera mucho, o tal vez el viento, pero se notaba que el otoño ya se había asentado. Las hojas caducas ya se encontraban en un anciano color amarillo y muchas habían comenzado a caer, los cielos soplaban y las nubes se veían arrastradas por el viento, pude verlo al mirar la bóveda celeste. Me arropé con los cartones del callejón habitual para no pasar el fresco mañanero y miré a las estrellas rezagadas que aún no habían ido a dormir “Hum… Parece que hoy lloverá” No solo lo leía en las esponjosas nubes que dejaban entre ver las titilantes luces de los últimos atisbos de la noche, ni tampoco me lo terminó de revelar la rodilla que me dolía para avisarme de la lluvia, fue el ambiente húmedo que se podía respirar, eso lo dejaba mas que claro.

Debía cubrirme de lo que se avecinaba, las tormentas en un paraje como Sobert podían ser muy violentas y, sinceramente, no me apetecía mojarme. Por eso volví a enrollar el futón improvisado y lo guardé debajo de un contenedor de basura “Así no se mojará mientras no estoy” No solo por eso lo guardaba allí, claro, también buscaba que manos indiscretas no le echasen el guante. No era el único indigente de la isla y, cuando escasean las comodidades, robar se vuelve una opción para sobrevivir, aunque fuese un triste futón relleno con plumas de gallina y trozos de papel.

Mi estómago rugió con gran fuerza, debía comer, por suerte me había guardado unos trozos de pan duro de día anterior, aquel anciano fue muy amable al darme una hogaza entera para mi solo, a veces me sorprende la amabilidad humana. Saqué una cantimplora hecha con un junco de bambú, curiosamente el bambú trabajado es un excelente recipiente para líquidos, y mojé los trozos de pan para ablandarlos y poder masticarlos con mas facilidad. No es que fuera una mañana productiva, pero a esas horas la gente duerme y los comerciantes están preparando los tenderetes y tiendas, así que no había a quien pedirle monedas hasta dentro de unas horas. Decidí pasear por las calles de la aldea hasta llegar a la iglesia, siempre daban cobijo a los mendigos, así que allí, por lo menos estaría seco y resguardado del frío durante la tormenta. 

A medida salía el sol, el cielo no se veía azul, sino gris, en distintos tonos, pero siempre del mismo color, miré de reojo hacia arriba con algo de nerviosismo "Espero llegar a tiempo..." Pensé mientras giraba por una esquina para atajar, claramente no debí hacerlo. Al cruzar la esquina pude ver a un anciano intentando tirar de un tonel hacia su local, era el cantinero, que ya tenía mas años que el vino que servía y no pude evitar el pararme a ayudarlo, eso me hizo perder un buen rato hasta que, entre los dos, logramos meter toda la mercancía en el establecimiento, demasiado tiempo diría yo, pues al salir del local para dirigirme a la iglesia empecé a sentir las primeras gotas cayendo sobre mi mejilla.-... Mierda...-

No hubo manera, acabé empapado subiendo los escalones del templo, rompiendo el silencio al abrir las solemnes y chirriantes puertas y resonando un trueno tras de mi. -Les aviso, esta lloviendo.- Entré tras mi obvia información y guardé silencio mientras cerraba la puerta.
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#3
Los días de lluvia eran relajantes. ¿Para quién no? Una taza de té o café, un buen libro y a leer. La vida, en ocasiones, consiste en disfrutar de las pequeñas cosas, y dado que yo soy pequeña, en general mi vida es disfrutable por sí sola. El problema estaba en las demás personas: al no saber disfrutar de la vida en sí misma, la complicaban a aquellos que sí sabíamos; el mundo no es algo accesible para mí, todo está fuera de mi alcance. Coger un cuenco de un tamaño considerable para recoger el agua era una odisea para alguien como yo, sin embargo, con un par de gigantescas manos todo sería más sencillo.

Pero pensar en la diferencia de altura sería el menor de mis problemas, pues pronto llegó un hombre de larga cabellera a sobresaltarme. No es que ese fuese su principal objetivo, claro, pero fue lo que consiguió. El tempo elegido fue perfecto: su entrada, el trueno, la frase que evidenciaba lo que ya todos los presentes sabían. Nadie dijo nada. Algún tosido de fondo y el Padre de Austro pidiendo, por favor, que cerrase tras de sí la puerta; pero el resto fue un silencio sepulcral, al menos durante los primeros segundos. Algún buen feligrés se le acercaría a ofrecerle su abrigo. Quizás al primero le vendría bien, desde luego, en cuanto se desató la lluvia había empezado a refrescar; pero el de cabellos azabaches lo necesitaría más, con la ropa empapada tal y como la llevaba, solo conseguiría un resfriado.

Yo, sin embargo, seguía a lo mío. Lejos de pedir ayuda, tenía que demostrar mi valía: la altura no lo es todo. Además, el incesante ruido de la gota golpeando el suelo me resultaba estridente. Cloc, cloc, cloc… No es como si al caer en un recipiente fuese a mejorar, pero… ¡oh! Alcancé a ver un cuenco desde mi posición, justo al pie del altar lateral de Santa Elba. Era el copón vacío, olvidado tras la misa de la mañana. Llegar hasta allí era sencillo. El mundo me había dado escasos quince centímetros de altura, pero también metros y metros de salto, kilos y kilos de fuerza. El problema realmente estaba en ver allá donde pisaba al cargar el copón vacío.

Lo cierto es que no sabía nada de los lugares ni de los objetos sagrados. No tenía claro si estaba profanando algo importante para los creyentes, ni siquiera era algo que me plantease. Tan solo pensaba que estaba ayudando a que nadie resbalase por culpa del charco de agua, o que el suelo no se pudriera.

El metal del copón era más frío de lo que imaginaba, y resbalaba entre mis brazos con el mismo descaro que el agua que caía del techo. No era tan pesado, no, al menos no para mí, pero la superficie lisa y pulida hacía que cualquier pequeño temblor de mis manos pareciese un terremoto. Avancé con cuidado, paso a paso, procurando no dejarme arrastrar por la pendiente del suelo ni por la gota obstinada que seguía cayendo desde lo alto.

Había algo hipnótico en aquel sonido, en esa cadencia constante que llenaba el silencio. Cloc, cloc, cloc… Cada vez que el agua golpeaba la piedra, el eco parecía recordar que la iglesia no dormía del todo, que incluso los muros rezaban a su manera.

Di un salto, luego otro. Quizás no era buena idea saltar si el suelo estaba demasiado húmedo. Y, como si el destino quisiera darme la razón, un nuevo trueno sacudió las vidrieras, haciéndome perder el equilibrio por un instante—. Ay… no, no, no... —susurré, aferrándome al borde del altar con todas mis fuerzas. El copón osciló peligrosamente, reflejando un destello de luz que, por puro azar o por pura mala suerte, podía atraer la atención de alguien al otro lado de la nave.

Me quedé quieta, casi conteniendo el aliento, con el metal reluciendo entre mis brazos. No podía moverme ni pedir ayuda sin arriesgarme a caer o hacer un ruido que resonaría como un trueno entre los bancos. Pero si esa persona, quienquiera que fuese, me había visto, quizá podría…— Eh… ¿podrías…? —intenté decir, llamando la atención del pelinegro, sin alzar mucho la voz, apenas un murmullo.
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#4
mi entrada no había pasado desapercibida, pues varios feligreses voltearon la cabeza hacia mi, aunque no pronunciaron palabra, tan solo me miraron con un rostro extrañado ante mi afirmación y volvieron a lo suyo, ¿no decían que al mas tiempo buena cara? Sea como fuere, el silencio fue roto por un clérigo que me pidió con amabilidad que cerrase la puerta para que no se escapase el calor que el templo guardaba con avaricia, y se acercó para darme una manta, aunque no tenía frío alguno, la verdad es que desde hace un tiempo a esta parte empecé a darme cuenta de que... Ya no sentía frío y los pies... Ya no me dolían como antes. 

Realmente aquella insensibilidad había comenzado hacía unos días, tras comer una fruta que se me indigestó fuertemente y me generó una inconsciencia de dos días, imaginad, dos días tirado en el suelo sin vigilancia, por suerte al ver mis ropas nadie me robó, ventajas de ser vagabundo, que no te queda nada que perder. Caminé decidido pero tranquilo hacia el ábside que se encontraba al final del edificio, donde se encontraba el altar, fui allí para presentar mis respetos al lugar y a la deidad que lo guarda, sin embargo, lo que encontré allí fue mucho mas sorprendente de lo que me esperaba. Los parroquianos estaban distraídos, hablando entre ellos, lanzando plegarias a su Dios; algunos incluso limpiando y manteniendo el mobiliario del interior. Había mucha gente allí, casi todo caras conocidas de los barrios bajos, buscando cobijo de la lluvia como yo, seguramente, era triste ser consciente de como la gente de esta isla, en su mayoría, no puede permitirse un hogar digno en el que no mojarse con un chaparrón.

Cuando llegué al altar hice una reverencia y encendí un incienso que coloqué en un platillo plano de oro, o al menos parecía tal digno metal, junté mis manos a la altura de la boca y cerré los ojos con solemnidad. -Oh Deidad, si estas ahí... ¿Por qué permites tanta desigualdad? Por favor ayúdanos a encontrar el camino.- Aquella leve oración dio paso a la divinidad misma, pues de la nada, proveniente del propio altar donde me encontraba, una vos tenue y dificultada pidiendo ayuda, tenue y bajita, pero claramente era una voz real. Miré algo asustado y sorprendido, bueno, bastante asustado y sorprendido, hacia la efigie de la divina figura que protegía la iglesia, una estatua de piedra que estaba colocada para que mirase directamente a aquel que estuviera en el altar. -E-Eres... ¿Eres tu, Dios?.- Pregunté tímido y con el tono mas amigable que pude emitir, pues lo último que necesitaba era comerme la ira divina, ya tenía suficiente con el diluvio de antes. 

Es verdad que acostumbraba a que me pasasen cosas extrañas, una vez incluso vi a un hombre convertirse en un charco de lodo delante de mi y, en otra, pude observar como un gato era capaz de hablar e insultar, a estas alturas no debía sorprenderme nada ya, pero que el mismo Dios te hable ya era lo último que esperaba ¿Qué venía ahora, una invasión proveniente de las estrellas? ¿Lagartos gigantes que escupían energía de su bota? Cielo santo, las posibilidades comenzaban a ser demasiado locas, solo esperaba que mi mente estuviese perdiendo cordura y, aquellas voces, tímidas y quedas, fueran tan solo un producto de mi triste mente pidiendo ayuda. 
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#5
Por un momento, creí que no me había escuchado. El murmullo del templo, los pasos, el sonido de la lluvia golpeando el techo… todo se mezclaba creando un hermoso sonido casi acogedor. Sin ser yo creyente, era capaz de entender porqué a lugares así la llamaban “la casa de Dios”, aunque lo cierto era que había figuras que no daban muy buena… espina, valga la redundancia y sin pretender hacer mella del árbol caído. Pero entonces la voz de aquel a quien yo había llamado me llegó desde más cerca de lo que esperaba: temblorosa, incrédula. Me quedé paralizada, con el copón todavía en brazos, cuando le oí preguntar si… ¿era Dios? Parece que no había elegido un buen momento para llamarle, aunque si era capaz de creer que mi voz era la de Dios, quizás él no era la persona indicada a la que pedirle ayuda. ¿O por el contrario debería sentirme adulada? Que choque de emociones tan contradictorias.

Quise taparme la boca para no reírme, no por burla, claro, sino por puro desconcierto. Me imaginé por un segundo convertida en una deidad diminuta, con fieles adorándome y todo. “Santa Alana del Copón”, patrona de las goteras. No podía taparme la boca pues aún tenía el copón sobre los brazos, así que respiré hondo para no soltar la carcajada y al fin, muy despacito, asomé la cabeza por el borde del altar. Desde mi posición, apenas se veía más que el reflejo del incienso y un mechón de su cabello negro mojado pegado a la frente—. No… no soy tu Dios —dije entre susurros, aunque mi voz tembló un poco al decirlo—. Solo intento que no se inunde el suelo…

El copón osciló otra vez, quería apresurarme a colocarlo bajo la gotera pero aún tambaleaba sobre mí debido a su gran tamaño y al mal posicionamiento sobre mis brazos, no tanto por su peso, pues se sentía liviano; era como intentar mantener un globo, pero sin ser tan ligero, sabiendo que si caía al suelo, sonaría por toda la iglesia. Las gotas aún caían sobre el suelo, un ritmo hueco. Viendo lo torpe que parecía aquel chico, quizás no estaba pidiendo ayuda a la persona más indicada pero el resto estaban muy lejos. Intenté girarme hacia él desde mi posición, con las manos todavía sosteniendo el copón—. ¡Eh! Que necesito tu ayuda, por favor.

Intenté llamar su atención torpemente mientras el incienso seguía ardiendo, dejando en el aire ese olor denso y dulce. Todo lo demás, por un momento, pareció quedarse en silencio: los murmullos, la lluvia, los pasos, y por fin el sonido del copón chocando contra el suelo. Se me había deslizado de entre mis diminutas manos. Intenté alcanzarlo, lanzándome al vacío junto a él e intentar evitar el destrozo, pero fue imposible. El sonido del metal reverberó por todo el lugar y yo caía dentro del objeto metálico. Para cuando el sonido había cesado, a mí me dolía la cabeza, aún podía escuchar el sonido por toda mi cabeza, rebotando de un lado a otro incesantemente. Nada de esto habría pasado si el fiel devoto de “Santa Alana del Copón”, patrona de las goteras, hubiese acudido al auxilio de su diosa.
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#6
Aquella voz volvió a hablar, afirmando que no era mi Dios, sin embargo, seguía sin saber de donde procedía aquel susurro, ahora algo tembloroso. "Si no es un Dios..." Mis ojos se abrieron como platos mostrando un rostro estupefacto, incluso algo asustado. Un nudo en la garganta se formó, dejándome soltar un aterrado hilo de voz. -Entonces... ¿Eres el diablo?.- No me anduve con demasiados rodeos, si me enfrentaba al maligno quería saberlo lo antes posible, aunque... decir que iba a enfrentarme era demasiado optimista, solo quería saberlo para ver cuan rápido tenía que correr en dirección contraria. 

Para mi alivio, aunque en primera instancia me alertó, pude ver que no era una amenaza demasiado grande, si era el demonio quizás podía haber elegido una forma mas allá del palmo y medio. En la mesa del altar vi que un cáliz se movía y tambaleaba, algo estaba intentando transportarlo "Hhmmm... Para ser un demonio... No parece muy peligroso." Me encogí de hombros tras aquel planteamiento, cogiendo la copa y descubriendo que lo que me pedía ayuda era una persona, o mas bien... Una personita. Dejé el cáliz al lado de la damita y me agaché para dejar mi cara a la altura de la mesa, pudiendo vernos cara a cara. -Vaya... Disculpa, no te había visto antes.- Le dije mientras sonreía de manera algo avergonzada y simpática Analicé la escena, intentando comprender porque una persona tan pequeña quería una copa tan grande a comparación de su tamaño. "¿Querrá una piscina para su casa?" La verdad es que daba la sensación de que intentaba robar la copa, y no era de extrañar realmente, pues parecía estar bañada en un metal preciado y tener alguna decoración de piedras preciosas en forma de símbolo sagrado. -No deberías robar este tipo de cosas mujer.- Alejé la copa de su lado, llevándola al extremo de la mesa. -Esta feo robarle a una iglesia. Si necesitas ayuda te darán cobijo y comida.- Le sonreí de forma apacible, casi incluso iluminada, queriendo transmitirle paz mientras volvía a erguirme y colocaba mis brazos en las caderas en forma de jarra. -Mucho ánimo, verás como puedes superar tu situación de pobreza sin ser una ladrona...-  dirigí entonces mi zurda haca ella y le saqué el pulgar con intención de animo, le guiñé un ojo y sonreí animado. ...-Ten fe.- 

Me encontraba satisfecho de mi discurso, sacudiendo mis manos unas con otras mientras me giraba para comenzar a andar a la cola de indigentes que sujetaban un cuenco, esperando todos a su turno para recibir una suerte de sopa con tropezones. Muchos desdeñarían ese manjar, sin embargo, había algo en las manos del cocinero de la iglesia que volvía la comida mas triste en un plato exquisito, con un sabor que, si bien no curaba las heridas, podía subir la moral y sanar el alma, además, nada mejor para el frio y la lluvia que un plato caliente. 
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#7
El cáliz se escapó de mis manos justo cuando lo tenía en el suelo, tras el escándalo producido al caer. Tanto esfuerzo tirado a la basura pues bastó un ligero tirón, un movimiento torpe y una voz que me llamó ladrona para que mi equilibrio, precario de por sí sobre aquel mármol resbaladizo, me traicionara. Sentí el aire cortarme la cara antes de caer sobre mis propias piernas, y luego un golpe seco que me arrancó un quejido ahogado. Por un instante, vi estrellas. O quizá eran gotas de agua cayendo del techo, burlonas, que ahora me empapaban el vestido y el orgullo por igual. O tal vez tan solo era mi propio enojo ante el cambio de situación: no solo no me ayudaba, sino que para colmo de males, ponía trabas a mi actuar ¡y lo criticaba, como si tuviera derecho alguno a hacerlo! ¡Él! ¡Que nada había hecho!

— ¡Por todos los dioses! —exclamé, con una voz tan aguda como herida—. ¿Pero qué haces? ¡Iba a ponerlo bajo la gotera, no a robarlo! —me incorporé a medias, apoyándome sobre los codos, con el cabello húmedo pegado a la cara y la mirada encendida. El dolor de la caída pasó a un segundo plano pues el enfado lo eclipsaba todo. Él, tan ufano, seguía allí, con esa expresión satisfecha de quien cree haber salvado un alma descarriada. Ni siquiera se había dado cuenta de que yo era la víctima, su víctima. Con los labios apretados, me llevé una mano al costado y bufé, empapada hasta las pestañas. Por fin me puse en pie y coloqué los brazos en jarra, evidentemente enfadada.

— ¿Superar mi situación de pobreza? —repetí con un hilo de voz que temblaba entre la risa incrédula y el enojo—. Si tuvieras ojos en la cabeza, habrías visto que lo único que intentaba “robar” era un poco de sequedad para no acabar criando hongos —aunque incorporada por completo, aún sentía el choque del metal contra el suelo por todo mi cuerpo, tambaleante, pero con un gesto brusco me quité el sudor del rostro. Hacía frío pero el susto de la caída fue suficiente para hacerme sudar.

— Ten fe, dice… —bufé con sarcasmo, repitiendo sus palabras mientras miraba al cáliz que él había puesto fuera de mi alcance. No. Podía alcanzarlo pero repetiría el proceso de cero, y no tenía paciencia para repetirlo todo—. Créeme, la pierdo un poquito cada vez que me encuentro con alguien como tú.

Aun así, suspiré. Porque, en el fondo, tenía algo de ternura aquel hombre despistado; tenía que ser capaz de entender la confusión y calmar y aplacar la ira que me había subido de forma visceral por todo mi diminuto cuerpo. Bajé la vista, resignada, y añadí en voz baja, buscando quitarle tensión al asunto—. Y encima me duele el trasero… —con la dignidad que aún me quedaba, y extendí la mano hacia el cáliz, empapada, temblando un poco por el frío—. Devuélvame eso, por favor, antes de que el techo decida bautizarme del todo en su fe.
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#8
Aquella mujercita, lejos de agradecer el consejo, comenzó a gritar desconsolada e iracunda. "Tiene tanta voz en un cuerpo tan pequeño... Eso si que es tener pulmones" Pensé mientras la gente comenzaba a girar la cabeza para ver de donde venía el molesto ruido, molestos por ser interrumpidos en su trance y sus rezos. Ella se quejaba de mi poco intelecto y explicaba de manera que pareciese una energúmena, que no era una ladrona, mientras giré la cabeza y miré hacia arriba para ver la gotera que ella mencionaba. Lo que decía era totalmente cierto, pero sus palabras hirientes y su actitud malhumorada no dejaba que le prestase alguna ayuda, no obstante, podía entender su enfado. 

Volteé de nuevo el rostro para mirarle con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados, alguien ya nos estaba chistando, exigiendo silencio. Puse el dedo índice de mi derecha sobre mis labios. -Estamos en una iglesia, habla más bajo.- Exigí entre susurros mientras mi otra mano recogía el cáliz para ahorrarle trabajo a la muchacha y ponía el copón bajo la incesante gota que chocaba contra la roca desnuda. -Además, utilizas palabras demasiado grandes para una persona tan pequeña, habla con educación.- Otro nuevo consejo, esta vez con un tono mas tranquilo y amable, sonriendo de una manera tranquila. "Para que vuelva a llamarme idiota" Pensé mientras reía internamente a modo de pequeña venganza. 

Una vez pasado ese momento de tensión le miré mientras seguía sonriendo de una forma amistosa, la postura de mi cuerpo se relajó y mi ceño dejó de estar fruncido. -Por cierto, me llamo Han ¿Tu como te llamas? Nunca te había visto por aquí.- Aunque tampoco era de extrañar, seguramente habíamos coincidido en alguna que otra ocasión, pero por la diferencia de tamaños, lo mas probable es que no le hubiese visto. Alzó un momento la mirada, observando la cola de indigentes hacerse mas grandes, aunque fuese a buen ritmo. "A este paso se acabará la comida..." Medité mientras ella se presentaba o me reprochaba por mis palabras. 

Cuando terminó le enseñé mi cuenco y mi cuchara de madera vieja, con el dedo de la otra mano señalé la cola. ¿Quieres comer un poco? Aunque no lo parezca el cocinero de esta iglesia es un virtuoso de las cacerolas.- Una pequeña muestra de amabilidad para dejar atrás todo aquel malentendido y la trifulca que ella parecía querer comenzar. Si la dama se fijaba, podría ver mis ropas ajadas, mojadas y viejas, un aspecto mas bien austero, siendo similar a la de los mendigos que formaban la cola tras de mi, ella misma podría darse cuenta de que, muy probablemente, llevaría mas de un día o dos sin comer. Su ropa, en cambio, se veía elegante, abundante en sedas, daban la sensación de no ser de este lugar, sino de uno mas exótico, su piel era bronceada, como el del pan cuando esta en su punto perfecto de horneo y sus mejillas sonrosadas y algo hinchadas, dándole una forma circular a su cabeza. Dos coletas, una a cada lado, eran lo que recogía su pelo castaño, dejando ver una aniñado rostro con una afilada nariz.  

Sus rasgos eran peculiares, pero mucho mas peculiar era su tamaño "Si que ha tenido que mojarse para encoger tanto." Pensando mientras intentaba deducir por que diantres era tan pequeñita, parecía un muñeco que se movía por si solo, qué digo, yo tenía muñecos algo mas altos que ella. 
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#9
Me quedé quieta, como si me hubiesen golpeado con un cubo de agua fría, aunque bueno, técnicamente ya estaba mojada, cuando me mandó callar. En una iglesia, decía. En una iglesia. Como si no fuese suficiente tener el cabello pegado al cráneo, el vestido chorreando hasta los tobillos y medio orgullo hundido en ese charco que se me hacía a los pies. ¿Lo peor de todo? Que él bien sabía lo que era. No es que él se hubiese librado de la lluvia. A pesar de eso, era capaz de escupir tales absurdas palabras. Tragué saliva con un sonido desagradable, ese que uno hace cuando intenta no soltar otra barbaridad.

Me giré hacia él muy despacio, como quien gira una puerta vieja que cruje. Un suspiro. Un temblor en la ceja. Y luego le miré hacia arriba, porque, claro, todo tenía que estar por encima de mí, hasta él, y con un gesto que podría haber detenido al mismísimo destino si hubiera querido me forcé a mí misma a sonreír.

— Puedo hablar más bajo —susurré, casi pero no del todo controlando el enfado—. Más alto no. Créeme, ya lo he intentado… me falta cuerpo —un mechón empapado cayó sobre mi frente y lo aparté con la mano de un manotazo torpe, entre irritada y resignada. El suelo seguía frío bajo mis zapatos y me recordó, con crueldad innecesaria, que ese hombre me había visto caer como si fuera una criatura torpe intentando bajar el copón demasiado incómodo y grande para mi diminuto cuerpo, ese copón que me hizo desestabilizarme. Y encima se atrevía a corregirme. A mí. Di varios pasos hacia él, apenas medio metro, lo justo para que me escuchara bien, y levanté el dedo índice apuntando a su pecho, aunque no llegué a tocarle, no podía. No hacía falta—. Y no son palabras demasiado grandes —remarqué despacio—. Son las que uso porque las sé. Y aunque algunas cabezas elevadas no estén muy acostumbradas a… escucharlas, no voy a hacerlas más pequeñas para que quepan mejor.

Mi dedo bajó, pero mis ojos no. La rabia se me desinfló un poco, como un fuelle agujereado, cuando lo vi mover el plato él mismo, sin reproches, sin teatrales “te lo dije”, sin nada. Solo lo cogió y lo colocó bajo la dichosa gotera como si fuese lo más natural del mundo. Y por un momento, uno minúsculo, casi imperceptible, tuve que contener un gruñido porque me sentí ridícula al seguir enfadada—. Gracias.

Han. No le pegaba nada, para lo grande que era—. Alana —respondí finalmente, con una falsa compostura que ya no sabría de dónde estaba sacando—. Y no, yo tampoco te he visto nunca. Probablemente porque estás demasiado… —me lancé a señalar hacia lo más alto de él, exagerando el gesto— allá arriba. De todas formas es mi primera vez aquí.

El agua me recorría el cuello como un dedo ajeno y odioso. Di un pequeño temblor, involuntario, que intenté disimular levantando la barbilla. No funcionó. Y entonces yo también vi cómo la cola de indigentes seguía creciendo y cómo su expresión cambiaba un poco al mirar el cuenco de madera. Y entendí. Yo lo miré como si fuera un espejismo en mitad del desierto—. No he comido —admití a regañadientes, como si confesara un delito menor. Había estado, además, obcecada en la maldita gotera—. Y visto lo visto, no voy a fingir que no me vendría bien.

Mi mirada bajó a su ropa, desgastada, húmeda, tan humilde. Uno siempre cree que tiene mala suerte hasta que mira alrededor. Y allí estaba él, empapado igual que yo pero con aparentes diferencias. Suspiré despacio, muy bajito, con ese aire de quien se rinde un segundo solo, sin que nadie lo note—. Y… de nuevo, gracias por lo del cáliz —dije deprisa, como quien arranca una venda. No lo miré cuando lo dije. O no del todo. Después sí. Entonces empecé a avanzar, mínima cosa, para ponerme a su altura, o bueno, a la altura que podía, y señalé su cuenco con la barbilla—. Voy contigo. Pero escucha muy bien esto, Han —levanté otra vez el dedo, como un arma diminuta—: si vuelves a repetir lo de las palabras demasiado grandes… te juro por todos los dioses de esta iglesia que te las hago tragar. Una por una. Y sin agua.

Y ahí, empapada, helada, temblando un poquito y con la dignidad colgando de un hilo, avancé a su lado. Aunque la verdad… mi expresión ya era más de curiosidad que de enfado. No pensaba admitirlo. Pero ahí estaba. Avanzando hacia la larga cola de indigentes pidiendo comida. Aún no tenía la suerte de estar con mi capitán.
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