05-10-2025, 06:59 PM
(Última modificación: 06-10-2025, 12:43 AM por Giyuu Ramhorn.)
Otoño, Dia 10.
Mercado de Samba, Reino Samba.
South Blue. Año 16
El sol de Samba no perdona. No es un sol cualquiera; es un fuego húmedo, que no solo quema la piel, sino que la hace brillar como si uno estuviera hecho de bronce fundido. Llevo caminando desde que el cielo apenas se había teñido de naranja, y aun así, ya siento el sudor correr por mi espalda, pegando mi camisa blanca al cuerpo como si quisiera fundirse conmigo. — !Beeh! maldito calor. —
La orilla del gran río divide esta isla como una herida brillante. Desde donde estoy, la parte baja, donde el agua parece querer abrazar las casas de madera se escuchan risas, tambores, pasos que resuenan al ritmo de la danza. Samba es así, pobre, viva, llena de ruido y de color, la gente aquí no necesita tener oro para brillar, basta con un pañuelo, un tambor y la voluntad de moverse como si el mundo no pesara tanto, yo, en cambio, peso y no solo por la capa de piel de oso marrón que llevo sobre los hombros ,aunque eso ya bastaría para cualquiera, sino por todo lo que arrastro conmigo. Mi historia, mis intenciones, mi cansancio, llevo semanas recorriendo esta isla, de mercado en mercado, vendiendo lo que pude conseguir en los últimos meses, pieles curtidas, trozos de cuero, algunos retales de lana fina que aún guardo como homenaje a mis viejos, nada del otro mundo, pero suficiente para mantenerme a flote, al menos hasta encontrar el siguiente barco que me lleve fuera de aquí.
El puerto de Samba es ruidoso, pero el mercado lo es aún más. Se alza como una bestia viva entre callejones de madera, con cientos de voces mezcladas en una sinfonía de trueque, sudor y azúcar, los vendedores gritan sus precios como si estuvieran lanzando plegarias al cielo, los compradores regatean con una sonrisa de quien sabe que todo en la vida se negocia y ahí estoy yo, entre ellos. Extendí mi puesto bajo una lona color canela, amarrada entre dos columnas de bambú sobre una mesa improvisada dos cajas volteadas y una plancha de madera encima coloqué las pieles dobladas con cuidado, las más suaves al tacto, las de color miel y las de tono oscuro, las organicé arriba, las más bastas, abajo. El olor del cuero mezclado con el aire salado del río y el dulzor de las cañas de azúcar es algo que solo aquí podría sentirse.
A mi lado, un grupo de mujeres vende frutas tropicales, sus risas llenan el aire, y una de ellas me mira con descaro, entonces le devuelvo la mirada, ladeando la sonrisa. —¿Vendes pieles o músculos, forastero? — me dice entre risas, porque al parecer las mujeres de aquí son mas coquetas que en otras islas, y eso era bueno, solo que a mi no precisamente me atraen las mujeres.
—Depende de quién lo pregunte, señorita—respondo, cruzándome de brazos, dejando que la capa resbale un poco y descubra mis hombros. Las demás ríen, y el sonido se mezcla con el tintinear de las monedas y el batir de las alas de los pájaros que sobrevuelan el mercado. A veces basta una sola palabra para romper la distancia entre desconocidos, y en eso, debo admitirlo, tengo cierta maña. Mi madre decía que los ojos pueden vender más que las manos, y tenía razón, el primer comprador llega poco después, un hombre de piel curtida, camisa abierta y manos fuertes, con olor a tabaco y azúcar. Me observa con desconfianza al principio, como si no supiera si acercarse o no.
—¿Piel de qué animal son? —pregunta, tocando una de las piezas marrones.
—De oso, algunas, de jabalí y de ciervo, otras, curtidas por mis propias manos. —Me agacho, tomo una muestra y se la paso —Si la frotas, notarás que no suelta grasa, está bien trabajada. — El hombre hace lo que digo, y por un momento parece impresionado, sonríe apenas, pero no con los labios, sino con los ojos.
—No es mal trabajo, dime ¿Cuánto pides?— Su pregunta fue en un tonto honesto, pero sabia que iba en busca de algún tipo de rebaja.
—Depende de cuál quieras. Esta, la del oso —digo señalando una más gruesa —No baja de siete mil berries.— Ni bien habia terminado de hablar cuando el hombre frunce el ceño.
—¿Siete mil?, eso es demasiado. — Respondió de inmediato.
—Entonces no la mires tanto, que se va a poner celosa —respondo, con media sonrisa, mientras que el hombre suelta una carcajada breve, es un pequeño triunfo, luego me ofrece cinco mil, y tras un par de idas y vueltas, cerramos en seis mil, el hombre paga sin más, enrolla la piel sobre su hombro y se marcha entre la multitud. Primer trato del día.
Me dejo caer sobre una de las cajas y exhalo, siempre es igual, la negociación tiene su propio ritmo, su propia música. Hay que leer las miradas, saber cuándo tensar el precio y cuándo soltarlo, como si uno tocara un tambor invisible, no nací comerciante por azar, lo llevo en la sangre, en los dedos, en la manera de oler una oportunidad. El maldito calor sigue aumentando, me saco la capa solo un instante, la dejo colgada en un gancho de madera, pero siento que al hacerlo dejo también un pedazo de mí expuesto, no me gusta estar sin ella, pero no quiero empaparla de sudor.
Mientras tanto, el mercado se llena más, los niños corren entre los puestos, los vendedores de pescado gritan las ofertas del día, y el aire huele a caña recién molida, mientras que a lo lejos, se escuchan tambores y una voz. —¡Ramhorn! —escucho una voz conocida. Es un joven de cabello trenzado, un ayudante del puerto con el que compartí una botella de ron hace unos días. Se acercó a mi con una sonrisa amplia.
—¿Todavía aquí, grandullón? Pensé que ya te habías marchado. —
—Planeaba hacerlo —le digo —Pero el barco mercante que iba a tomar cambió de ruta, parece que el capitán prefiere la calma de las islas del Este. —
—Entonces tendrás que seguir bailando al ritmo de Samba. —Se ríe y señala mis pieles — ¿Qué tal las ventas amigo? —
—Van como el ron barato, despacio, pero calientan.— El chico suelta una carcajada, me gusta esa expresión suya, despreocupada, hay algo de la juventud que siempre me recuerda lo que todavía me queda por vivir, pasada la mañana, las monedas en mi bolsa ya hacen un sonido decente, claro que no es una fortuna, pero suficiente para una buena comida, algo de ron y quizás un alojamiento con cama limpia.
Una mujer se acerca después del mediodía. Alta, de piel oscura y mirada firme, viste un vestido ligero de lino y un turbante rojo, parece conocer de telas. —¿Cuánto por esa piel clara? —pregunta, señalando una que había guardado para el final del día.
—Depende —respondo, levantando una ceja —¿Para qué la quiere?—
—Para un abrigo muchacho. Tengo un cliente en la zona alta que paga bien si el material es bueno. —
—Entonces diez mil berries. — Ella ríe, sin sorpresa y se prepara para una contraoferta.
—Ocho mil. —
—Diez mil —repito, mirándola a los ojos. El silencio entre ambos se llena del murmullo del mercado, puedo oler el perfume dulce en su cuello, una mezcla de jazmín y sal marina, me gusta.
Finalmente asiente —Tienes buen instinto, mestizo. — El comentario me atraviesa un instante, pero solo sonrío.
—Y usted buen ojo, señora.— Intercambiamos dinero y piel, y ella se va con paso firme, sin mirar atrás, me quedo observándola entre la multitud, no me molesta el término, ya lo he escuchado demasiadas veces, a veces hiere, otras no, hoy, simplemente resbala.
El resto de la tarde transcurre tranquila, el calor cede un poco, y las sombras se alargan, algunos niños se acercan a mirar mis cuernos, curiosos y uno de ellos me pregunta si soy un demonio, pero le respondo con una sonrisa torcida.
—No, pequeño soy lo que pasa cuando un carnero se enamora de un humano testarudo. — Ellos ríen y yo no puedo evitar hacerlo también.
Cuando el sol comienza a caer, el mercado cambia de tono, los vendedores guardan parte de sus productos, y otros encienden lámparas de aceite, mientras el aire se llena del sonido de las primeras flautas, los primeros tambores que anuncian la noche, Samba baila incluso cuando el cuerpo está cansado.
Yo en cambio recojo mis cosas con calma, no vendí todo, pero sí lo suficiente. Mi bolsa está más pesada que esta mañana, y eso ya es ganancia, mientras pliego la lona, un viento suave llega desde el río, trayendo consigo el olor de la selva lejana, cierro los ojos un momento, pienso en mis padres, en la tienda de lana en Sorbet, en las tardes en que ayudaba a mi madre a separar las fibras y a mi padre a contar monedas con las manos agrietadas, nunca entendí por qué sonreían tanto, incluso cuando el negocio apenas daba para comer, ahora lo comprendo, no se trataba de lo que ganaban, sino de lo que construían.
— Cuánto daría por volver a escuchar el ruido del telar una vez más, Beeh!.— susurre mas para mi que para cualquiera que pudiera escucharme. Camino hacia la taberna más cercana, una estructura de madera sobre pilotes, donde el olor a ron y la música se mezcla con el murmullo del río, al entrar, el ambiente es cálido, casi familiar. Los parroquianos me reconocen ya que he pasado por aquí varias noches seguidas.
Pido una botella de ron oscuro y me siento en una mesa junto a la ventana, desde ahí veo cómo el mercado se apaga poco a poco, dejando solo luces dispersas entre los puestos, bebo un trago y arde, es justo como me gusta. Pienso en el barco que partirá dentro de dos días, rumbo al norte, tal vez sea el momento de dejar Samba atrás, me ha tratado bien, pero mi camino no está aquí, tengo una meta más grande que vender pieles o seducir con palabras, quiero una bandera, una tripulación, un nombre que haga temblar los mares.
Sin embargo, esta tranquilidad tiene su encanto. Mientras estaba absorto en mis pensamientos una mujer toca un tambor cerca del escenario, acompañada de un hombre con flauta, la melodía es lenta e hipnótica y los cuerpos empiezan a moverse, y el suelo tiembla con el ritmo. —¿No bailas, forastero? —pregunta el tabernero al servirme otra copa.
—Ya estoy bailando, solo que con el destino —le respondo, y como quien entiende cada refrán sin hacer preguntas, él suelta una carcajada.
