La Rosa de los Vientos - Social Presente Relativo
#1
—¿Ross o Capitán, cuál te gusta más? ¿O capitán Ross? — preguntó tomada del brazo de quien la acompaña. Sonrió con suavidad y soltó un suspiro largo, es un gesto que ha comenzado a hacer hace unos días. ¿Lo habrá notado o pasará inadvertido que algo le cruza la mente? — Me gustan ambos, así que decide tú. — porque incluso podría llamarlo como su nombre de estrella, pero en esos momentos, en donde están tranquilos y cercanos, deseó familiaridad, como si buscara lo que ha perdido.

—¿Estamos buscando algo? Se siente como si nos preparáramos para algo — ha sentido esa tensión, mezclada con la ansiedad de que un momento llegue. Es ciega, pero puede sentir los ambientes bien. — Si me explicas estaría bien, digo… para que no sea sorpresa.

Porque nunca ha viajado por el mar de esa manera. Siempre es subirse, sentarse y esperar a que Dios le de un buen clima. Que el viento ayude con su briza, hasta que el siguiente puerto aparezca a la distancia.

—¿Puedo hacerte una pregunta más… uh, más personal? — apretó el brazo ajeno, su voz sonó más baja, porque parece que quiere decir algo. Pero está la duda, existe algo que la tira atrás — Dijiste que los piratas robaban tesoros y besos — apretó los labios, antes de tomar una larga bocanada de aire.

—¿Besos en dónde?

Porque conoce aquellos en las manos, la mejilla y la frente. Esos son los que siempre le han dedicado, pero hay uno distinto que no sabe qué es. No ha escuchado en la iglesia nunca de eso, porque el sacerdote la ha cuidado con recelo, diciendo que solo la gente de Dios debe verla ¡Y si no es de la iglesia, siempre con vigilancia! Como si alguien se la fuese a llevar.

—Verás, antes de conocernos, alguien me acompañaba. Un chico y bueno, pasamos un tiempo juntos y nos tuvimos que separar — carraspeó nerviosa, con el rostro ligeramente tinturado, pero se nota por lo blanco del mismo — E hizo algo que nunca me había pasado y ya sabes — no lo sabe, pero no tuvo idea de cómo debe tomar el tema — Quería preguntar si tu sabes de eso ¡Tu sabes de mucho!

Sabe más que ella, ha hecho además mucho más, como matar a gente. Actos que le confunden, porque ¿No es blanco o negro? Por qué existe este gris al que no sabe cómo juzgar.

—¿Solo los piratas roban besos?

¿Y los amigos? ¿Y la gente a la que se le quiere mucho? Qué puede incitar a un hombre a ser un ladrón.
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#2
¿Ross? ¿Capitán? Jususususu ¡pero qué dilema más delicioso me has dado, honey! Sueno a azote o a consuelo, dependiendo de cómo lo digas, no pude evitar reír, y el sonido se mezcló con el rumor de Samba, ese puerto donde todo huele a fruta, sudor y promesas que nunca se cumplen.

—Llámame como quieras, cariño. “Capitán” suena a autoridad pero “Ross” suena a intimidad. ¿Ves la diferencia? Uno ordena, el otro invita. —Me incliné un poco hacia su oído, lo suficiente para que el aire tibio del puerto nos envolviera —Aunque debo admitir que cuando tú lo dices, hasta “Ross” me suena a pecado.— Ella apretó mi brazo y me preguntó si buscábamos algo.

—Buscamos, sí —respondí, dejando que mis pasos resonaran sobre la madera vieja del muelle —Buscamos señales o tal vez fantasmas, Samba es un lugar que guarda secretos entre los tambores, honey y los secretos suelen bailar antes de morder. — Me detuve un momento, dejando que el viento me despeinara el flequillo y que las perlas en mis orejas tintinearan como si fueran campanas pequeñas.

—Pero tranquila, nadie te va a sorprender. Te lo prometo yo, el mismísimo ladrón de besos —La forma en que repitió esa palabra besos me hizo sonreír. Hay algo en su tono, algo entre la curiosidad y el temblor de quien ha vivido demasiado poco y siente demasiado y entonces vino la pregunta. Esa pregunta. Ah, honey, el mar mismo se detuvo para escuchar eso.

—Depende del tipo de pirata —contesté con una risita suave, con esa cadencia traviesa que precede al caos —Algunos los roban en los labios, por puro vicio. Otros los toman de las manos, por respeto y otros los dejan flotando en el aire, solo para ver si alguien los atrapa. — Le di una ligera vuelta sobre su eje, sosteniéndola del brazo, no para guiarla, sino para que el viento le rozara la piel.

—Los besos, cariño, no se enseñan en iglesias. Se aprenden en el mundo, en los puertos, en los escenarios, en los mares y sí, los piratas los robamos, pero no siempre con la boca a veces robamos el aliento, en ocasiones el sueño y otras tantas el miedo. —Cuando mencionó al chico del pasado, algo en su voz me pareció frágil, como si hablara con una sonrisa que no terminaba de sostenerse, bajé el tono, sin perder mi teatralidad, pero con esa dulzura sucia que me caracteriza.

—Entonces te besaron, darling, o al menos lo intentaron. —Dejé escapar una pequeña carcajada entre dientes, como quien saborea una historia ajena — No importa si no supiste qué era los besos no siempre se entienden, a veces solo se sienten y cuando no se sienten, bueno es que la persona que los da no sabía lo que hacía. — El aire olía a ron, a canela y a lluvia lejana, Samba tiene ese encanto de ciudad que vibra entre lo santo y lo profano, y yo soy el punto medio.

—¿Solo los piratas roban besos? —repetí, imitando su tono con exageración, antes de mirarla con una sonrisa pícara —No, honey. Los amigos también los roban, los poetas los piden, los valientes los toman, pero los cobardes darling, ellos solo los imaginan toda la vida. — Me acerqué un poco más, inclinando la cabeza hacia ella, hasta que mi voz se volvió un susurro.

—¿Y tú? ¿Cuál serías? — No esperé respuesta. Solo rei levemente, alegre, mezclado con la música que empezaba a escucharse desde el interior del puerto, Samba late como un corazón borracho, y en ese ritmo yo siempre encuentro mi papel.

—Vamos, cariño, dejemos los besos para después. Ahora hay que encontrar a quien vende los mapas, dicen que este lugar oculta una historia bajo las tablas del muelle y si hay algo que me gusta más que los besos, es un buen secreto. — Le ofrecí mi brazo otra vez, sin apuro, sin orden. Solo esa elegante costumbre mía de invitar a la gente a caminar hacia lo incierto. —Aunque si algún día quieres probar cómo roba un pirata solo tienes que pedirlo.— Guiñé un ojo, el brillo dorado de mi pendiente reflejó el sol, y la brisa pareció reír conmigo, aunque claramente no Gwen no podria verlo. Aunque habia que dejarlo claro, yo no robo por necesidad, robo por arte.
#3
Es difícil explicar lo que quiere decir, porque no conoce las palabras adecuadas o los sentimientos concretos. Son tantos que apretó los labios, mientras quien sabe más habla sin detenerse, arremolinando en ella una sensación que reconoció — Huh, ya veo ¿Pero es necesario robar? — Porque es quitarle algo a alguien más. No es compartir, es arrebatar — D-Digo ¿No les hará falta lo que les quite? — jugueteó con sus manos, avanzando con cuidado, hasta que la afirmación le tinturó el rostro, en un resalto ligero, como si la hubiesen encontrado haciendo algo malo.

—Lo hicieron. Me dieron uno hasta especial, que no solo se da con los labios — suena extraño decirlo así, pero Owen lo ha llamado de esa manera, por lo tanto no hizo nada más que recordar sus palabras — Una persona especial, pero me dijo que solo se da a quien te guste — es una tontería para Rosse seguramente, porque el gustar parece un juego de niños, porque eso han sido en parte — Así que solo lo hice con él.

Suena a excusa, como si el hacerlo con otros fuese malo ¡En la iglesia con todos lo habria sido! Porque se ha dejado llevar por una sensación que no debería estar. Debota a Dios ¿Dónde ha quedado ese amor? — Yo sí lo sentí. Es solo que no me habían dado uno antes — un acto impensable, porque está ahí para cantar y llamar a los milagros. De enterarse el sacerdote habría pensado que se ha manchado por los deseos de alguien más.

—¿Yo? — Juntó sus manos como si hiciera una plegaria — No lo sé. Creo que ninguna de las anteriores.

¿Es que debería conocer la respuesta?

—Ah, claro. Perdón, es solo que no sabía con quién hablarlo — tomó el brazo de su acompañante aún nerviosa — Un mapa… ¿El papel con dibujos que me dijiste? — un secreto del cual no sabe, por eso mismo bajó la voz, su tono se volvió el intento de susurro, que de cualquier manera se extiende cantarina — ¿Vamos a un sitio secreto? Escuché que hay más mares allá afuera ¿Será que quieres avanzar a uno de esos? — porque el mundo a pesar de ser enorme, se encuentra separado en partes.

¿Por qué no puede ser uno y estar todo junto? Pareciera que el hombre no quiere juntarse, el evitarse entre ellos, trae una paz momentánea que pende de un hilo.

—Huh ¿Y cómo roba un pirata? — no se considera como uno, aunque en realidad ya es parte de eso. Futura cómplice de un hombre sin escrúpulos, no le queda más que aceptar los pecados ajenos como propios ¡No le importa! — No me gustaría tener que hacerlo, pero… si me lo pides yo… lo pensaría.

Y luego le pediría perdón a Dios por hacerlo.

—Capitán no sé si le conté qué… — movió su rostro, como si quisiera escuchar a alguien cerca, pero no hay nadie ¡Está libre para contar un secreto también! — Me comí una fruta extraña. — no se lo ha dicho, porque no le ha parecido importante. Es un milagro de Dios que es extraño y aparece en los peores momentos — Y a veces hago cosas curiosas.

Tragó saliva sin querer asustarlo.

—Lamento no haberlo dicho antes ¿M-Me perdonas?
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#4
¿Robar?  La palabra se me escapa entre los dientes y se convierte en una risa larga, casi musical.  —Jususususu,  si lo dices así, suena como si fuéramos los villanos del cuento, cariño.— El viento en Samba se cuela entre mis cabellos y el perfume del puerto nos envuelve, sal, tabaco, mango y pecado.

—Robar no siempre es quitar —le dije, moviendo la mano libre con ese gesto exagerado que uso cuando quiero dar lecciones que nadie pidió —A veces es rescatar lo que otros olvidan, o tomar lo que el mundo te negó, los piratas no robamos por maldad, honey, sino por hambre de vivir. — y como un bebe con mucha inocencia y ganas de aprender ella pregunta si a otros les hará falta lo que quitamos.

—Seguro sí —susurré, con una sonrisa ladeada —Pero el mundo nos roba a nosotros todo el tiempo, en ocasiones la libertad, en otras los nombres, incluso los sueños. Así que robamos de vuelta. Es justicia con perfume de travesura.—Sus palabras después se vuelven más suaves, más rojas, habla de ese beso, de esa persona especial, y yo me detengo en seco.

No la miro directamente, pero ladeo la cabeza, curioso, casi encantado por su inocencia. —¿Uno especial, huh? —repito con tono divertido —¡Oh, honey! Si solo se da a quien te gusta, entonces guarda bien esa memoria, porque esos son los besos que no se repiten. — Mi tono parece ligero, pero detrás de la sonrisa hay una sombra de algo que no digo, porque he robado besos que ardían como pólvora y ninguno duró más que el instante del fuego, solo los de aquel hombre perduran en mi memoria durante todo el tiempo.

Ella dice que lo sintió, y eso me hace reír de nuevo. —Entonces fuiste valiente, muchos viven toda su vida sin sentir de verdad y no importa dónde fue lo que cuenta es que el mundo te hizo temblar por dentro, eso es vivir, darling. — Cuando vuelve a disculparse, toco su mano con la punta de mis dedos, sin prisa, casi como quien le arregla un anillo invisible.

—Nunca te disculpes por preguntar, yo hablo mucho, pero también escucho, ¿entiendes? —mi voz suena más baja, y mi acento se vuelve un poco más marcado —No soy sacerdote, pero puedo guardar secretos igual de bien. — Ella cambia de tema, con ese salto adorable que solo ella sabe hacer, habla del mapa, del sitio secreto, y yo asiento como si planeáramos una conspiración divina.

—Sí, cariño. Buscamos una historia enterrada y no, no todos los mares se juntan, porque si lo hicieran el mundo sería demasiado hermoso para sobrevivirlo. —reí suave, y añadí con picardía —Algunos mares se buscan toda la vida y nunca se encuentran. — Entonces, la pregunta.  “¿Cómo roba un pirata?” Me lleno de dudas repentinas, pero nada que no pudiera decir o concretar con el poco conocimiento de la vida que tengo.

—Con elegancia, honey. —respondí casi de inmediato, como si la palabra me hubiese estado esperando —Un buen pirata no usa la fuerza, usa el momento. Roba cuando el corazón del otro se abre sin darse cuenta y lo hace sonriendo, para que el robo parezca un regalo. —La frase me quedó flotando entre ambos, con ese dejo de melancolía que llega cuando el juego se vuelve demasiado real y entonces, Gwen suelta su confesión.

Una fruta. Extraña, algo que “hace cosas curiosas”. Sabia perfectamente lo que era incluso yo habia consumido una de esas frutas, mis labios se abrieron en un gesto teatral, pero el brillo en mis ojos se volvió serio por primera vez.  —Oh cariño —mi tono bajó, ronco, casi íntimo —Eso que comiste no era una fruta cualquiera. No sé si alguien te lo dijo, pero hay frutas que cambian lo que somos. Se llaman Akuma no Mi, las frutas del diablo. —Me agaché un poco, buscando su altura, y le susurré como si contara un secreto peligroso.

—Y si es lo que sospecho tú y yo tenemos más en común de lo que crees, porque hace tiempo, yo también mordí una de esas cosas. De hecho, es toda una pena que no puedas ver, porque lo que hizo la mia es darme luz, convertirme en luz— Dejé que el silencio se estirara, solo roto por el sonido de las olas y las risas lejanas de Samba.

— Y no tienes por qué preocuparte, mon ange. No hay nada que perdonar, ningún mar es igual después de tocarlo, y ningún cuerpo vuelve a ser el mismo después de probar el poder del demonio. —me enderecé y sonreí de nuevo, dejando que mi tono volviera a su color habitual —Si acaso, debería felicitarte. — Le ofrecí mi brazo otra vez, con ese aire entre afectuoso y burlón. Un guiño, una risita melódica, y el brillo del pendiente volvió a parpadear bajo el sol.
#5
—¿Y qué separa los mares? — porque las islas no parecen ser las indicadas. Qué es ¿Es Dios o algo más? No creyó que la mano de un ser superior haya caído ahí, pero debe existir algo que corta el paso. — ¿Crees que podamos encontrarlos nosotros? — es la emoción de descubrir algo que no estaba ahí, sintió un cosquilleo que reconoció y se rió con suavidad, porque jamás pensó que se encontraría algo de esa naturaleza dentro de ella.

—Así que se siente como un regalo… no suena mal — solo porque endulza las palabras, porque de ver la realidad, quizás no pensaría lo mismo — Así que hay que hacerlo sonriendo. Lástima que no pueda verlo ¿Crees que pueda lograrlo? — pero sí puede hacerlo, el realizar todo de la manera que sea menos dolorosa posible para otras. No deseó lastimar a alguien, pero tiene razón, el robo es por necesidad ¿De qué?

¿Por qué siempre están destinados a querer más? Cuando a ella a veces le parece suficiente ¡De dónde nace esa ambición!

—No, nadie me lo dijo — por eso ha preguntado, porque hasta ahora es una fruta extraña, que mordió para traer el enojo de los demás y que dejen de pensar en ella como lo que no es. No está hecha para venerar — Owen, la persona que estaba conmigo tampoco sabía — ignorantes, han jugado a ser familia por un tiempo, escondiendo todo lo que no saben para no sentir que algo falta.

—¡¿De verdad también comiste una?! — ¿hará lo mismo? ¿Será igual? Cuando escuchó lo que hace se rió despacio — ¿Eres como una estrella en la tierra? ¡B-Bueno, lo eres! — por algo tienen esos nombres, aun así no pensó que sería literal. Que podría traer un trozo del cielo a estar con ella — Pero ahora de más formas. — y seguro se sumarán otras más, hasta que la lista sea tan larga como brillos en el firmamento.

—Yo no quiero mostrarte lo que hago o podría lastimarte — alzó su mano con suavidad, abriéndola y cerrándola — No controlo bien las cosas aunque he practicado — el ocio le ha traído el beneficio de avanzar más, pero no lo suficiente como para sentirse lista — Cuando… cuando me pongo nerviosa o me asusto, comienza a hacer frío.

Quizás lo ha sentido al pasar en el viaje, un soplido refrescante que ha venido de la nada. No es la corriente o un mal augurio, es ella cuando los sentimientos se desbordan.

—Y cuando lo intento, claro — alzó ligeramente la mano como si quisiera mostrárselo — Tenía la corazonada que tu sabrías de eso, después de todo conoces de muchas cosas — sonrió con suavidad — Solo quiero que esto que puedo hacer sea un milagro y no una maldición. Porque todos los regalos que me han llegado, siempre han dicho que son obras de Dios, una bendición — su voz, el amor, y la belleza, todas son parte de un presente que le han dado.

¿Y esto?

Es algo que se ha ganado.

Mío, solo mío.
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#6
—¿Qué separa los mares? —repito su pregunta, y mi sonrisa se estiró hasta el infinito, esa clase de sonrisa que solo se dibuja cuando algo te toca en un sitio que no sabías que aún dolía. —Querida, lo separa el miedo —respondí al fin, con voz suave, casi en un susurro —El miedo de los hombres a perder lo que creen controlar. —
 
Levanté la vista hacia el horizonte, Samba, con su calor, su música y su ritmo, parecía danzar con el viento, la brisa me movía el cabello y, por un instante, los reflejos dorados de la luz me hicieron pensar en los pétalos de una rosa incandescente.—El mundo es así, honey. Lleno de barreras que no existen hasta que alguien se atreve a cruzarlas y créeme, nosotros somos de los que cruzan. — Le guiñé un ojo, aunque no pudiera verlo, solo por costumbre y porque en el fondo, sabía que ella sí lo sentiría.
 
Reí, y di un paso adelante, dejando que el sonido de mis botas resonara con ritmo de tambor —Oh, Gwen, no solo los encontraremos, los haremos pelear entre sí por conocernos. — Había algo en su manera de hablar, esa pureza curiosa, que me revolvía los instintos. No de malicia, sino de protección. como si tuviera en mis manos una flor que podía florecer o helarse dependiendo de mi tono.
 
Y entonces vino su pregunta, tan dulce que me provocó una carcajada. —¿Si puedes lograrlo? Darling, tú ya lo haces. —alargué una mano, tomando la suya con cuidado, guiándola hacia el costado de mi rostro, para que sintiera la sonrisa —Robas cada vez que hablas, robas atención, miradas, silencios, hasta la tristeza, cariño. ¿Y sabes qué es lo mejor? Lo haces sin darte cuenta. —Su piel era fría al tacto, más de lo que recordaba y cuando mencionó que hacía frío al asustarse, comprendí.

—Ah, así que el invierno vive dentro de ti—murmuré, divertido, claro que tenia que pintarle las cosas hermosas, no era quien para quitarle la inocencia con la que ha crecido —Qué ironía tan deliciosa, una chica que ilumina con voz de verano, pero tiembla como el alba. —Di un paso atrás, dejando que mi sombra se estirara bajo el sol.

—No me asustas, Gwen. ¿Sabes por qué? —hice un chasquido con los dedos, y una pequeña luz brotó entre ellos, tan suave como la de una luciérnaga, brilló apenas unos segundos, flotando, antes de dividirse en varios fragmentos diminutos que cayeron alrededor como polvo de oro —Porque yo también soy un milagro malinterpretado. —Los pétalos de luz se disiparon en el aire, dejando un resplandor leve sobre el suelo.

—Dicen que la fruta que comí me maldijo, que me robó la humanidad, pero yo la convertí en arte, ¿entiendes? Cada maldición puede ser un espectáculo, si aprendes a mover las manos como si tocaras el cielo. —Me acerqué lo suficiente para que pudiera oír la sonrisa en mi voz.

—No tienes que mostrarme nada. Si tu poder enfría el aire, que lo haga. Será nuestro viento, la señal de que estás viva, de que algo dentro de ti responde al mundo, no hay pecado en eso, honey y si en algún momento necesitas que te ayude, no grites, solo enfría el aire y yo llegaré a ti tan rápido que ni siquiera habrás notado mi ausencia, te lo prometo. —
Me giré, mirando hacia el puerto. Samba vibraba con tamboriles, carcajadas y el sonido de copas brindando.

—Te contaré un secreto, las bendiciones de Dios y las maldiciones del Diablo son la misma cosa, lo único que las diferencia, es el aplauso. —le guiñé un ojo, levantando una mano al cielo —Si haces que la gente te mire con asombro en lugar de miedo, ya ganaste. —Caminé unos pasos más, con esa teatralidad que tanto me caracteriza, dejando que la capa ondeara tras de mí.

—Así que no vuelvas a pedir perdón por lo que eres, mon ange. La próxima vez que el aire se congele, solo di que el mundo se quedó sin aliento por verte. — Me volví a mirarla o mejor dicho, a mirarla mirarme sin ver y añadí, con un tono más íntimo unas pocas palabras más.  —Y si alguna vez dudas, recuerda que los milagros, igual que las estrellas, no piden permiso para brillar. Solo aparecen. — Dejé escapar una risita ligera, antes de extenderle la mano de nuevo.

—Anda, ven. El día aún no termina, y tengo un plan para robarle el corazón a Samba antes del anochecer. —
#7
¿El invierno vive dentro de ella? Siempre ha sido más de la primavera, del clima suave y de las flores. Separó los labios para decir algo, aun así ¿No es mejor que esté dentro de ella que con otro? No le pareció un castigo de Dios, sino más bien una prueba que aparece. El cargar con algo que trae frío y hambruna, no existe cosecha o hierba que pueda ir contra él si es inclemente.

—Un milagro — habla de ellos de manera especial, porque en efecto no ha conocido nadie como Rosse o ella. No existe otra favorita u otra estrella que haya caído desde el cielo a la tierra. Se preguntó si por eso los ha llamado así, porque se siente sola, viendo que el resto no se atreve a bajar, para jugar con el mundo y deleitar a la gente normal — Entiendo — porque incluso si no tiene la fruta, tiene deseos nuevos, porque un espectáculo con aplausos es reconfortante, a diferencia de la solemnidad de una iglesia llena de fe — Ya me enseñarás a bailar para que hagamos el espectáculo más grande de todos.

Quiso ser una de las estrellas del show, incluso si tiene que romper votos que ha hecho con el señor de los cielos.

—Lo haré, Rosse — lo haré, capitán, lo haré, aquel que me recibió incluso si no puedo ver el mal. Hay muchas formas de llamar a un hombre, que la ha aceptado como es y por lo poco que tiene — Yo… yo tampoco voy a dejarte — apretó con suavidad el agarre — Así no necesitas a las otras estrellas, esas que están lejos — alzó la mano, para mostrarle a cuales se refieren. Esas que se ríen según algunos y se muestran distantes, para hacerlos sentir pequeños — Estaremos juntos.

¿Por cuánto? Habría deseado decir para siempre, pero se lo ha prometido a alguien más y han terminado en lados separados ¡Aun así! La promesa permanece, porque ha decidido que la distancia no marchite lo que siente.

Se rió con suavidad ante su comentario, porque podría decir algo así, pero ella no es tan elocuente como el navegante del barco que los llevará a lugares lejanos — Oh, qué vas a hacer para robarte el corazón de Samba. Muero por saber — no literal, pero seguro si es algo peligroso el corazón le de brincos al darse cuenta. Porque… muy posiblemente no entienda de inmediato — ¿Es un espectáculo? Estoy practicando mi canto, ya sabes, porque estaba acostumbrada a cantar en la iglesia, pero es un canto distinto a lo que se canta en el mar — un ritmo que no es solemne, sino que agita el corazón en vez de buscar la calma — Cuando esté lista ya lo verás ¡Seguro te gustará!

Y si no, no le quedará otra opción que volver a intentar.

Una, dos, tres. No le importó cuántas veces o canciones tenga que cantar.
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#8
—¿Primavera, dices? —reí con suavidad, inclinándome un poco hacia ella, dejando que mi voz se deslice con ese tono melódico que roza lo burlón y lo tierno a la vez — Entonces el invierno dentro de ti solo está dormido, cariño. Quizás no vino a congelarte, sino a recordarte que incluso las flores necesitan reposo antes de volver a florecer. —Mi dedo rozó con ligereza su mentón, apenas lo suficiente para que sintiera la sonrisa.

—Y créeme, cuando floreces, eclipsas a todo lo demás. — La brisa volvió a pasar, arrastrando el olor a sal y a madera húmeda. Samba seguía viva, rugiendo con los tambores del puerto, pero por un instante, el ruido pareció detenerse para escucharla a ella hablar y sus palabras tenían esa mezcla de fe y deseo que pocas veces se encuentra en una persona. Era como si cada frase suya viniera del mismo sitio de donde nacen las oraciones, pero sin culpa.
 
—¿Bailar, eh? —le respondí, con una sonrisa que se torció hacia lo travieso —No hay problema, honey, te enseñaré. Pero aviso, no enseño pasos, enseño emociones. En mi pista no se sigue el compás, se sigue al corazón. — Me llevé una mano al pecho, teatral, y añadí —Aunque si te tropiezas conmigo, prometo no quejarme. — El “yo tampoco voy a dejarte” me detuvo, no era solo una frase, era una promesa pronunciada por una voz que no sabía mentir.
 
La miré un momento más, con ese aire de quien intenta parecer despreocupado, pero que guarda un pequeño temblor en los labios. —Tú y yo estaremos juntos —repetí en voz baja, casi para mí mismo —Eso sí que suena a pacto celestial y a una condena deliciosa. —Ella habló de las otras estrellas, de las que están lejos, y no pude evitar soltar una carcajada suave.

—Oh, ellas brillan, sí, pero tú, mi querida Gwen, tú eres la que hace que el cielo valga la pena mirar. — extendí la mano al frente, señalando el aire —Las demás estrellas no me pertenecen; solo orbitan. Pero tú, tú estás aquí. En la cubierta, conmigo. —Entonces, buscando algo entre los pliegues de mi abrigo, saqué un pequeño objeto redondo, cubierto con un pañuelo de seda roja, lo puse entre sus manos con delicadeza.

—Ten, ábrelo. — y Cuando lo hizo, un pequeño Den Den Mushi bostezó, estirando sus diminutas antenas y parpadeando con ojos aún soñolientos. Su conchita era de un color nacarado, con un leve brillo rosado, como si hubiera sido barnizada con pétalos de rosa.
 
—Este pequeño es tuyo —le dije, acariciando con un dedo la cabeza del molusco, que respondió con un suave sonido apagado —Con él podrás hablar con quien quieras, siempre que tengas su frecuencia y por supuesto, conmigo. —
 
Bajé la voz, haciendo que el tono se volviera confidencial, casi íntimo —A veces el mar separa, Gwen, pero no hay distancia que este bichito no atraviese. Si alguna vez me necesitas, si quieres cantarme una canción, un miedo, o solo escuchar el sonido de mis pasos en cubierta, llámame. Prometo contestar. — El Den Den Mushi imitó una sonrisa como si entendiera la promesa y yo también lo hice.

—Ya ves, incluso las criaturas del mar saben de espectáculo, este pequeñín te servirá para que el mundo no se atreva a hacerte sentir sola. — Me enderecé, soltando un suave suspiro y volviendo a mirar el horizonte, donde el sol comenzaba a bajar, pintando el cielo de un naranja denso y brillante.

—¿Y el corazón de Samba? —repetí, retomando su pregunta con una sonrisa traviesa —Claro que pienso robarlo, pero no con mis manos. — me giré hacia ella y le susurré al oído —Lo haré con tu voz y con mis pasos. —Retrocedí un paso, soltando una carcajada ligera, con esa elegancia de actor que cierra su escena perfecta.

—Canta, Gwen. Cuando llegue tu momento, canta. El mar recordará tu melodía, y yo…— Hice una breve pausa antes de acercarme nuevamente. —Yo haré que el mundo la escuche. —Di media vuelta, la capa ondeando tras de mí mientras el Den Den Mushi murmuraba un suave sonido entre las manos de ella.

—Ahora somos dos que robamos tesoros invisibles, honey —añadí, sin mirar atrás — Tú, las almas y yo, los aplausos. —
#9
El toque suave le provocó un cosquilleo que revolvió su cuerpo, no es una sonrisa, pero sí es un gesto ligeramente nervioso, porque le gustan, pero también le recuerdan a algo del pasado ¿No le han dicho que eso se hace con personas especiales? — ¿No te da miedo marchitar? — porque es parte del proceso, las flores llegan a su máximo esplendor, para luego perderse ¡A diferencia de las estrellas! Que parecieran ser eternas, esas no temen a las tormentas o al invierno.

Quizás ella si es una flor, pero a quien tiene junto a ella no lo es, una vez más lo piensa.

—Me es más fácil seguir al corazón — porque los sentimientos no necesitan ser vistos o explicados, sino aquello que los provocan. Un baile le parece una forma de sentir que siempre ha sonado bien, pero que le han prohibido para que no se lastime, como si el darle ánimo para las cosas… fuese a llevarla a otro sitio, enseñarle algo que no debe — Perdón si pasa eso, será sin intención — se rió como si hubiese dicho un buen chiste, porque va a ocurrir, seguro es una situación que se van a encontrar. Que va a tocar el suelo, que seguro tropezará con alguien más, son parte de intentarlo de verdad.

Los halagos tinturaron el color pálido de carmín, porque nunca le han gustado, hasta ahora, cuando sabe que son genuinos. No hay petición detrás, no existe la espera de un milagro, simplemente debe ser la verdad ¡Cómo va a mentir alguien que ha declarado ya sus pecados! Y acepta sus futuros crímenes con gracia.

—¿Qué es esto? — aceptó el objeto sin temor, antes de repasarlo con sus manos con suavidad y cuidado, como si un movimiento fuerte lo fuese a romper — Es una caja — es un susurro, que termina con la indicación de abrirlo. Ahí fue en donde se encontró algo más, es un objeto nuevo que al mover sus dedos supo qué era — Es el caracol ¡Los conozco! Pero no sabía que eran para eso — porque en sus recuerdos los han utilizado para otra cosa — ¿Con quien yo quiera?

Ah, existe algo que no tiene para encontrar a alguien más. Su rostro mostró molestia, es un mohín que existe por unos segundos, para terminar con un suspiro suave — Claro que no dudaré en hablar contigo, Rosse, incluso si nos separamos un tiempo o si hay un mar de por medio — lo guardó como si fuese un tesoro, incluso más valioso que cualquier joya o trozo de oro. Es suyo, le pertenece a ella y nadie más.

Que egoísta es aferrarse a cosas materiales, pero… esto la mantiene unida a los demás, sin importar la distancia entre ellos.

—Entonces esperaré el momento — para cantar y brillar más que el resto, encontrar un público que haga ruido y vitoree por ellos, sin importar si han robado o algo más ¡Qué importa! Deseó llenar el corazones de todos aquellos que pueden escucharla, porque tal vez robar de esa manera no es tan malo.

Un regalo para alejarlos de lo material y lo mundano.

—Tengo tiempo — se rió y volvió a avanzar junto a él, con un paso animado. Ya no es la procesión a un sitio que no puede ver, es el inicio de una nueva aventura — Y tengo compañía — suena animada, tanto como para que no se necesite ver su rostro para saber que existe una sonrisa en él — Tengo todo lo que querría y más…

Hubo un silencio, como si pensara algo más, porque sí hay algo que le falta.

—Me gustaría que Owen estuviese aquí — no suena triste, aun así apretó el objeto que tiene en el bolsillo — ¿Sabes que me dio su apellido? Ahora somos familia. Ya quiero que lo conozcan, seguro les va a encantar.

Se llenó de recuerdos amables y de palabras dulces. Hasta se soltó de él, como si no temiera a caer.

—Deberíamos darnos prisa, Rosse, que el público nos espera.

A ti y a mi.
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#10
—¿Marchitarme? —repetí, dejando que la palabra rodara entre mis labios con una sonrisa distraída, como si probara su sabor —Si supieras cuántas veces lo he hecho, Darling, podrías escribir un jardín entero con mis restos. —Levanté el rostro hacia el cielo, dejando que la luz se derramara sobre mí. Samba tenía un cielo tan claro que dolía verlo, el tipo de azul que parece pintado por alguien que no ha conocido la tristeza.

—Pero las flores, incluso marchitas, siguen siendo hermosas. Solo cambian de escenario. —bajé la mirada hacia ella, la sonrisa curvada con cierta dulzura —Algunas viven en los altares, otras en los recuerdos de quien se atrevió a tocarlas. — Sus palabras, su risa, su torpeza; todo en Gwen parecía venir de un sitio donde la malicia no ha nacido todavía y eso, en un mundo como el mío, era un lujo, uno muy peligroso.
 
—Si tropiezas conmigo —le murmuré, con un dejo burlón —Al menos prométeme que no pedirás perdón, soy de los que cree que hay caídas que valen la pena. — El Den Den Mushi asomó sus ojos de nuevo, curioso, como si reconociera la voz de su nueva dueña. Me incliné un poco hacia él, hablándole como si fuera un niño caprichoso.

—Cuídala bien, ¿sí? Que no se pierda por los mares ni por las bocas equivocadas— y el molusco, en un gesto casi cómico, asintió con su caparazón rosado entonces no pude evitar reírme, una risa baja, más humana que teatral.

—Parece que ya te tiene cariño —comenté, volviendo a mirarla —Eso o sabe reconocer a las almas brillantes. — Gwen hablaba con una fe tan simple que dolía. Fe en mí, en ese pequeño caracol, en el mar mismo, mientras tanto, yo me debatía entre el deseo de protegerla y la certeza de que un hombre como yo solo sabe arrastrar a otros a su propia marea.
 
Aun así, la escuché con atención, cada palabra, cada promesa ingenua, cada sueño vestido de esperanza. —El público, dices, Gwen —sonreí despacio —El público siempre espera, Gwen, pero lo que no saben es que el verdadero espectáculo ya empezó desde que pusiste un pie en mi cubierta. — Ella se reía, y el aire parecía llenarse de música, yo, en cambio, me descubrí mirándola con algo que no había sentido en años.
 
Cuando mencionó aquel nombre —Owen— el eco de su voz cambió. No era tristeza lo que la envolvía, sino gratitud, me quedé en silencio unos segundos, ese concepto, esa palabra “Familia.” Oh honey. qué palabra más peligrosa. En mi mundo, las familias se hacen a fuego, a sangre y a traición, pero ella hablaba de la suya como si fuera un milagro.
 
—Lo conoceré —le dije al fin, sonando casi serio —Y si no me cae bien, bueno, tendré que competir por tu atención. —alcé una ceja, dejando que el tono coqueto suavizara la frase —No me subestimes, puedo ser tan encantador como un demonio con flores. —La vi avanzar unos pasos, segura, libre en ese momento no buscaba ya que la guiara, ni que la salvara. Solo que la acompañara y para alguien que no puede ver, comenzó a tener suficiente espíritu aventurero para convertirse en mi protegida.
 
Ese pensamiento me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Avancé detrás de ella, sin prisa, observando cómo la luz del atardecer bañaba su cabello. Cada movimiento suyo era un recordatorio de que, aunque ella decía no ver, era la única capaz de mirar de verdad. —Tienes razón, honey —dije finalmente, alzando la voz lo suficiente para que me escuchara —El público nos espera.—
 
Mis dedos rozaron el borde de mi capa, y la brisa marina la hizo ondear, como si fuera el telón que anuncia el cierre de un acto. —Pero que no te engañen los aplausos —añadí, bajando un poco el tono, como si se lo confesara solo al viento —Algunos de nosotros no bailamos para ser vistos, bailamos para seguir vivos.— Quizás ahora mismo Gwendolyn no entendería esta frase, no sabría a que me refería, pero el futuro esta mas cerca de lo que parece.
 
Me acerqué a ella y extendí el brazo, ofreciéndoselo una vez más, con esa elegancia de cabaret que no me abandona ni en el silencio. —Vamos, flor de invierno. —su nombre favorito en mis labios sonó como un verso improvisado —Hagamos que esta isla recuerde por qué las estrellas también saben robar corazones. — Y cuando ella tomó mi brazo, el Den Den Mushi soltó un pequeño sonido, como un aplauso diminuto que sellaba la escena, aunque probablemente haya sido imaginación mía.

Avanzamos entre el bullicio de Samba, con las risas, la música y el eco del mar mezclándose detrás. Dos figuras distintas, una flor y una estrella, y entre ambas el principio de un nuevo pecado disfrazado de promesa.

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