[Aventura T3][Presente absoluto] El final de un comienzo apoteósico
#31
Mis ojos vuelven a ser los que guían mis pasos. Ya no tengo que seguir la voz de Rosse o ese aroma a miel que desprende a cada paso, para huir de los pasos de los agentes que venían a por nosotros. Pero aquí sigo, a la carrera tras la estrella que nos deslumbró a todos en la fiesta, por su actitud y por su actuación. Seguro que DaSilva no va a olvidar fácilmente esta humillación, aunque parecía muy alegre al haber llamado a los refuerzos y con los abucheos que aún nos dedica la gente. Unos abucheos que también parecen divertir a Rosse, pues nos dice que no son más que una ovación. Curiosa manera de verlo a mi entender, pues creo que nos hemos ganado la aversión de unas cuantas personas esta noche. Siento que ya no podré seguir siendo la sombra anónima que tanto me gusta ser, la que me permite llevar mi doble vida como ladrón.

Sigo avanzando tras ellas sin dudar que mi camino es el correcto. No se a dónde me llevará, solo se que no puedo permanecer más tiempo en esta isla. Rosse nos anima y su mano nos marca el camino hacia un mañana que no dudo estará lleno de aventuras, peligros y sobre todo, libertad. 

La noche comienza a despedirse y los rayos del sol nos tiñen de dorado. Unos rayos que inundan la calle como lo hizo Rosse en el local, pero para nuestra fortuna estos no son tan potentes y solo con entrecerrar los ojos podemos seguir nuestro camino. Noto la calidez del día sobre mi pelaje y observo a Rosse que resplandece bajo su luz, como si estuviese ardiendo, como si se convirtiese de nuevo en la estrella que es. Ríe con seguridad, como quién tiene seguro que no tendrá problemas, como quién sabe que conseguirá lo que se propone. No se si es su risa o la brisa marina lo que me hace sentir en calma. Al fin, después de varios días en los que el miedo y la incertidumbre fueron mis únicas compañeras. Aún no conozco a mis nuevas compañías, pero al verlas reír mientras avanzamos estoy convencido de que sin duda serán mejores. 

Los pasos de los marines que nos perseguían ya no son más que ecos en la distancia, perdidos entre el bullicio de una ciudad que empieza a despertar con los primeros rayos de luz. Veo como Rosse se gira, dejando bailar su pelo al aire, y habla sobre los periódicos que sin duda pondrán a los marines como héroes, pero convencida de que todos deben recordar que el Cabaret brilló primero. Una de sus acompañantes se une a su declaración en la misma línea y la llama capi. ¿Será que Rosse es la capitana? Tiene sentido, si pensamos que son piratas. ¿O sería más correcto decir que «somos» piratas?

—Yo no tenía pensado ser ningún héroe. Lo mío es más permanecer oculto, en las sombras.


Rosse vuelve a hablar de los Piratas del Cabaret y por cómo habla, sé que me considera parte de ellos. Siento que soy una de las estrellas de las que habla y de las que tiene seguro que darán buen espectáculo. Yo, el amante de las sombras, junto a una luz tan brillante... No puedo esperar a ver dónde me llevará todo esto.


La mink ratón se presenta y al fin se que su nombre es Alana.

—El gusto es todo mío —respondo con un gesto de respeto con mi cabeza mientras sujeto el ala de mi sombrero—. Yo soy Varo. Y soy un mink hurón. Nada de panda —comento con una sonrisa hacia Rosse.

Parece que al fin encontré mi lugar. Parece que por fin, tengo la libertad al alcance de mi mano.
#32
El aire olía a pólvora, a sudor y a gloria, una mezcla que siempre me supo a victoria. Entre el humo y los gritos, mi risa resonaba —WUAWUAWUAWUA—, rebotando entre las paredes destrozadas del bar como el último acorde de una canción prohibida, mientras el eco de esa carcajada era todo lo que quedaba de la diablesa que pateó al mismísimo DaSilva y vivió para contarlo. Bueno, casi pateó. 

Aún podía sentir el ardor en el vientre donde su maldita gota me alcanzó, un recordatorio de que la arrogancia también duele, pero qué sería de mí sin ella. El dolor me mantenía viva, alerta, hermosa incluso en mi miseria. Al fin y al cabo, las cicatrices son solo joyas que no se quitan, encogida todavía, del tamaño de una botella de ron, una proporción perfecta, si me preguntan, iba aferrada al hombro izquierdo de Rosse, mientras Alana se aferraba al derecho, desde esa altura, el mundo se veía distinto, las luces rotas del bar se mezclaban con los primeros destellos del amanecer, y por un momento juré que estábamos volando y quizás, solo quizás lo hacíamos.

—¿Escuchas eso, Rosse? —grité, alzando mi diminuta copa invisible— ¡No son abucheos, son aplausos con resaca! WUAWUAWUAWUA —mi carcajada resonó por encima del caos, tan fuerte como podía permitirme mi cuerpecito encogido mientras el paso de Rosse era firme, casi teatral, como si el mundo fuera su escenario y el fin del mundo, su último acto. Yo la veía avanzar y sentía una electricidad subir por mis huesos. Esa mujer irradiaba un tipo de locura que me resultaba adictiva, la clase de fuego que te quema pero te hace reír mientras ardes.

Abajo, los guardias vociferaban órdenes, los perros del Gobierno ladraban con rabia, y aun así, ninguno de nosotros corría como fugitivo, sino que caminábamos como estrellas después del espectáculo, brillando incluso en la retirada, y yo, la quiue podía volverse la más pequeña del grupo, me sentía enorme, no por mi tamaño real, sino por lo que había hecho, por lo que habíamos hecho. —¿Sabes qué, capi? —, porque si, ya era mi capitán, lo habia prometido y yo cumplo con mis promesas, dije, dándole un golpecito con el puño a su cuello, apenas una caricia —Creo que hoy nací dos veces, una cuando abrí los ojos y otra cuando cerraste los de ese maldito DaSilva, aunque haya sido solo por un momento. —

El viento del amanecer nos envolvía, y con cada paso hacia la libertad, el dolor se transformaba en orgullo, miré hacia atrás una última vez, viendo cómo el bar se hacía pequeño, como una vieja botella vacía después de una buena noche. —Brindemos por eso, por los que nos llamarán criminales y por los que nunca olvidarán que una diablesa en miniatura les pateó el ego —dije mirando a Alana, riendo de nuevo, con esa risa tan mía, tan escandalosa que incluso los marines la escucharían al otro lado del puerto.

El sol nos alcanzó, dorando nuestros cuerpos, y por primera vez, no sentí miedo de brillar, me acomodé en el hombro de Rosse durante un momento, luego cerré los ojos y susurré, con la voz arrastrada de quien ya tiene ron en la sangre —Piratas del Cabaret, ¿eh?... Qué nombre más hermoso para una locura tan divina. — Me tiré del cuerpo de Rosse como quien se lanza de un precipicio y aumente el tamaño de mi cuerpo para volver al tamaño real. —Yo soy Mercedes, Mercedes Benz—  Y así, entre risas, cicatrices y promesas, la diablesa diminuta se dejó llevar por la brisa, convencida de que el mundo pronto sabría su nombre.
#33
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Aventura TX: Completada


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