Stroud Nanashi
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Al cabo de apenas un par de días de navegación por el South Blue, Stroud permanecía, impaciente, apoyado sobre el pasamanos de proa. Con un pequeño catalejo, contemplaba la lejanía, intentando vislumbrar la costa. De cuando en cuando, y como iban faltos de personal, debía compaginar tareas de vigía, de navegante y de timonel, pero no le molestaba. En la Marina no era raro que los formasen para ser capaces de llevar embarcaciones pequeñas y medianas entre un par de personas a lo sumo y, aunque costoso y de un enorme tedio, era posible. Finalmente, la vislumbró: la enorme montaña que coronaba la Isla del Kárate. Alzó las cejas, esbozando una sonrisa, aguzando la vista e intentando verla mejor, pero no cabía duda. A toda prisa, corrió de nuevo hacia sus cartas de navegación, sextante en mano, y se aseguró: en efecto, estaban llegando a su (primer) destino. ¡No era tan mal navegante después de todo! Corrió al timón, exclamando: "¡Tierra a la vista! ¡Nos acercamos a la Isla del Kárate, División!"
Al cabo de escasos minutos, el relativo calor húmedo de la isla los golpeó, condensando sus alientos y, de alguna manera, ablandado sus ropas marinas. El aire empezaba a entremezclarse con el olor salobre y dulzón, combinados con el aroma de aceites y frutas que se amontonaban en las cercanías del puerto al que se dirigían. El mar pareció adquirir una tonalidad única, turquesa, con vetas casi verdes, mucho más claro que las aguas grisáceas del North Blue. Gradualmente, la enorme montaña que hacía célebre a la isla parecía casi emerger de las aguas ante ellos. Empezaban a oírse sonidos propios de aquel lugar, bullicio, campanas, gongs que resonaban desde los temblos y los dojos cercanos a la costa.
En cuestión de poco tiempo, el Royal Quiver, como habían bautizado a la embarcación, desembarcaba en el Muelle 9 de la Isla del Kárate. Stroud fue dando indicaciones para que, a medida que se aproximaban al puerto, fuesen replegando las velas y echando el ancla, aunque él mismo debió tomar parte de aquello. Los muelles, de madera, eran más anchos y ruidosos que los de Roshwan, plagados de vendedores, barcos y gente de todas partes. Aquí y allá se podían leer carteles pintados a mano anunciando distintos torneos de artes marciales. A los lados del puerto, distintas estatuas ennegrecidas por el tiempo parecían custodiar el lugar. Stroud bajó del barco, limpiándose el sudor de la frente. Incluso la luz parecía distinta allí, de tonos dorados y verdosos en lugar de los grises y azulados a los que Roshwan los tenía acostumbrados. Sin embargo, no podía acomodarse demasiado allí; venían con un objetivo claro: recoger a Moja y partir hacia Samba.
En este tema, los miembros de la División 84 recién llegados de Roshwan relatan su desembarco en la Isla del Kárate.
Bertram Gaufrid
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C. de Haki
C. de Akuma
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El joven arquero había pasado un par de días a bordo del Royal Quiver, nombre que entre todos decidieron poner a la pequeña embarcación que los llevará de momento por el mundo, siendo que posteriormente mejorarán la embarcación conforme su navegante mejore su oficio y tengan la capacidad de pagar por la misma. Eso lo prefiere dejar para luego, por el momento hay que centrarse en lo que les espera y es que tienen que recoger a Moja en Karate y luego inmediatamente después partir hacia Samba para poder recibir más indicaciones de como llegar a los cabos gemelos, punto de entrada al Grand Line y su nuevo destino. El barco aguantó bastante bien el viaje, y por fortuna el clima no se puso complicado por lo que el viaje fue tranquilo, reduciendo los riesgos de daños al barco. Bertram se encuentra en cubierta, donde pasó la mayor parte del tiempo entre ayudar a mantener el rumbo siguiendo las indicaciones del navegante y descansar subido al palo mayor, encontrándose bastante tranquilo y cómodo en lugares altos.
Se nota el cambio de clima de Roshwan a Karate, el ambiente es más cálido haciendo que el abrigo sea innecesario y por lo tanto provocando que el arquero lo guarde empleando únicamente un uniforme de la marina conformado por una camisa, pantalones y unas botas, siendo que como siempre porta su arco a su espalda junto a las flechas, siendo que el segundo carcaj se encuentra en uno de los compartimentos cargados por el hipopótamo lanudo al que decidió llamar Rasmussen. El barco se va acercando y en cuanto Stroud da el aviso de tierra a la vista por lo que todos empiezan a moverse y ayudar a preparar el barco para el desembarque, mientras el joven arquero espera que Moja esté ya preparado para partir a nuestro nuevo destino haciendo que el barco poco a poco se acerque a un muelle libre y finalmente, en un tiempo relativamente corto el barco ya está deteniéndose en el muelle, donde volverán a subir a recoger a Moja y partir hacia Samba.
Kibai
Fuerza
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C. de Haki
C. de Akuma
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11-10-2025, 09:37 PM
(Última modificación: 11-10-2025, 09:47 PM por Kibai.)
Kibai dormitaba tranquilamente sobre el bauprés del Royal Quiver, nombre que finalmente habían decidido poner a la nave, cuando la voz del Sargento Redgrave se escuchó desde la zona del timón.
"¡Tierra a la vista! ¡Nos acercamos a la Isla del Kárate, División!"
El mink abrió levemente un ojo, para observar como en el horizonte se dibujaba ahora la línea de costa de una isla, con una enorme montaña que se elevaba hacia el cielo como el dedo pulgar de un gigante. Desperezándose, se puso en pie de un salto, antes de agarrarse a uno de los cabos del foque para inclinarse sobre el mar que surcaban en aquel momento. Las aguas mucho más cálidas de la zona, en comparación con Roshwan arrojaban brisas cálidas que le recordaban mucho más a su hogar natal, y el mink sintió una punzada de nostalgia momentánea.
Sin embargo, este no era momento para andarse con sensiblerías. La isla se acercaba rápidamente, y había mucho que hacer. Kibai se apresuró a subir hacia los aparejos del palo mayor, haciendo gestos a sus compañeros en cubierta para que liberasen los cabos de las bitas para arriar el velamen a la mitad de su extensión, de tal manera que el Royal Quiver pudiese entrar en los amplios pantalanes de la Isla Kárate de manera segura.
Al irse aproximando más al puerto, el familiar ajetreo propio del lugar, sonido que tras varios días en alta mar llegó a los oídos de Kibai casi como algo extraño, los envolvió. Unido a ello, el fino olfato del mink captó a su vez aromas bastante diferentes a los de Roshwan. Cítricos, especias e incienso, olores muy diferentes a los que se había acostumbrado durante su estancia en la isla helada.
"Vaya, así que nuestro compañero se la ha pasado a gusto en esta isla al calorcito y nosotros pelándonos el culo de frío en Pushkin. Que mala pata" pensó Kibai mientras acababa de amarrar la vela de mesana al mástil.
Siguiendo las indicaciones de Redgrave, el Royal Quiver fue conducido hasta uno de los amarres del puerto, dónde una vez soltada el ancla, quedó convenientemente asegurado. Kibai tomó un cabo y con un salto apoyándose en el borde del pasamanos de babor, aterrizó sobre los maderos del puerto para atar la nave al noray más cercano, antes de recibir de sus compañeros el extremo de la tabla de madera para bajar por fin a tierra.
Al ver a un sudoroso Redgrave bajar del Royal Quiver, mirando a ambos lados, seguramente buscando a su nuevo compañero, Kibai se le acercó.
"Entonces señor, ¿qué opina? ¿Se queda el carnet de navegante, o buscamos una academia por aquí? dijo con un tono sonriente.
Lo cierto es que la nave había aguantado bien, aunque aquí y allá comenzaban a verse desperfectos: las jarcias ya estaban deshilachadas en varios puntos, y más de un mástil había soltado algún crujido más preocupante de lo que debería. Asimismo, los remiendos que tenían algunas velas habían tolerado bien el viaje, pero Kibai no estaba seguro de que fuesen a soportar los vientos huracanados que a veces podían soplar en la región del Grand Line.
"Y no soy un experto señor, pero me da que a nuestro barco no le vendría mal que le echasen un ojo... Si vamos a entrar al Grand Line, no quiero que una mala tormenta me devuelva a la situación en la que me encontraron..."
Stroud Nanashi
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11-10-2025, 11:53 PM
(Última modificación: 11-10-2025, 11:54 PM por Stroud Nanashi.)
Stroud se cruzó de brazos al bajar a tierra, esperando a sus compañeros, retirándose el sudor de la frente con el dorso de la mano en un gesto descuidado, casi impropio de él. El aire estaba cargado de una humedad que hacía que hasta su respiración se sintiese más densa. El contraste entre la rigidez marcial de la División 84 y la energía despreocupada del puerto era evidente, incluso recién desembarcados. Nadie les echó demasiada cuenta; debían de estar acostumbrados a ver Marines de paso por allí, y abundaba esa actitud de no meter las narices donde no se ha llamado a uno. No parecía el tipo de isla en que fuesen a tener muchos problemas; si iban a lo que iban, estarían de camino a Samba en apenas unas horas. Stroud alzó una ceja ante el comentario de Kibai, negando con la cabeza. "Bueno, creo que no lo he hecho mal, ¿no?," inquirió, pasando la mano por el casco del Royal Quiver con delicadeza, como sintiendo la madera. Lo cierto es que, aunque iban a necesitar reparaciones, el navío aguantaba bien bajo su mando. "Sí, entra dentro de nuestros planes. Una vez lleguemos a Samba, buscaremos un buen lugar donde pegarle un repaso. Más vale que esté en plena forma cuando lleguemos al Grand Line," aseguró.
"Bueno, creo que Bertram ya se ha puesto en contacto con el recluta Moja, así que no debería tardar mucho en aparecer. No os acomodéis mucho; en cuanto aparezca, levantamos el ancla de nuevo," recordó, procediendo a caminar hacia los pequeños puestos de vendedores que abundaban por el puerto de la Isla del Kárate. Si ya en un lugar como Roshwan podía llamar la atención por su tamaño (y por su perenne falta de adecuado abrigo, todo sea dicho), allí no era muy distinto, aunque casi pasaba desapercibido cuando se aproximaba a grupos de luchadores y practicantes de artes marciales. Al cabo de apenas unos minutos, volvió al barco cargando un botecito de pintura y un pequeño pincel. Ambos parecían de segunda mano, pero no es que aquello le importase, había sido una ganga. De un saldo, se aupó y colgó del bauprés casi como un mono, para a continuación situarse sobre la cubierta de otro salto, sujetando el cubo de pintura con los dientes. Caminó hasta la popa, de cuyo borde volvió a colgarse. Con un sorprendente pulso, extrajo el pincel, lo humedeció en la pintura y comenzó a rotular sobre el casco: Royal Quiver. No sabía cuánto les duraría aquel pobre navío, pero, mientras fuese, le darían la digna vida de un barco de la Marina, con todas las letras.
![[Imagen: 0DfgOWt.jpeg]](https://i.imgur.com/0DfgOWt.jpeg)
Cuando finalizó, volvió junto con Kibai. "Bueno, esperemos que dé tiempo a que se seque," se limitó a comentar, mientras, a lo lejos, monjes-guerreros cargaban sacos de arroz junto a los marineros, y decenas de animales domésticos los rondaban, esperando algo de comer. El lugar parecía realmente interesante, y estaba seguro de que, en otras circunstancias, podría aprender mucho de aquellos combatientes. Lamentablemente, los tiempos eran los que eran, y las órdenes eran, también, las que eran. No había tiempo que perder.
Kibai
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Kibai se crujió las falanges observando el trabajo del sargento. Con el nombre pintado en aquel tono dorado y el símbolo de la Marina en la bandera, el Royal Quiver empezaba a parecer más un barco propiamente dicho. Con una sonrisa de orgullo, hizo un breve paseo por el barco, asegurándose de que todos los aparejos estuviesen preparados para iniciar los preparativos de la marcha, antes de bajar a la bodega, donde recogió los barriles de agua dulce que habían consumido durante aquellos días y se dirigió hacia los puestos cercanos, provisto con una pequeña lista en la que había anotado las provisiones que debían renovar antes de salir.
El mercado de la Isla Kárate era muy distinto al de Roshwan. El tamaño no era demasiado mayor, pero el ajetreo era considerable, y las mercancías mucho más variadas. El arroz parecía ser el principal objeto de comercio, aunque las frutas abundaban, así como el olor picante de las especias.
"Supongo que esto también será gracias al clima" pensó el mink mientras colocaba uno de los barriles junto a la manivela mecánica de un pozo y comenzaba a bombear agua.
Como añadidura, había una considerable cantidad de monjes, cosa que no sorpendió a Kibai teniendo en cuenta los numerosos templos que asomaban por encima de los primeros tejados. Aquellos humanos (en su mayoría) iban ataviados con túnicas que exhibían diferentes símbolos de sus dojos, aunque la convivencia parecía ser pacífica entre ellos. Deseoso de tener una mejor perspectiva de aquel lugar, el mink se apresuró hacer rodar los barriles ya rellenos con agua dulce de vuelta al barco, así como a dejar en la bodega los dos sacos de víveres frescos (y un nuevo suministro de leche fresco para animar las primeras noches), antes de dirigirse hacia uno de los numerosos callejones que salían del puerto.
Con cuidado que nadie le echase el ojo encima, Kibai sacó las garras y comenzó a encaramarse al tejado de uno de los edificios, empleando los canalones y alféizares para darse impulso. Tras un breve rato de escalada, consigió ponerse de pie en el tejado, dónde se sentó a contemplar el panorama que se extendía ante sus ojos.
La enorme montaña dominaba completamente la isla. En ella, contruidos como si fuesen gigantescos brotes de piedra y madera, numerosos dojos de artes marciales se organizaban a diferentes alturas, escalando hasta la gigantesca estructura que se adivinaba en la cumbre, muchos metros por encima de su cabeza. A su base, casi como si la montaña fuese un nenúfar, enormes campos de arroz se extendían en todo su contorno, dando al conjunto de la isla una apariencia cuanto menos curiosa.
Soltando un suspiro, Kibai se dejó caer sobre el tejado, disfrutando del agradable calor del sol y cruzó los brazos detrás de la espalda, echando un ojo de vez en cuando hacia el barco por si sus compañeros volvían para zarpar.
Bertram Gaufrid
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Bertram ve como el barco se detiene por fin en el muelle que le corresponde, con cuidado y sin daños extras gracias a las indicaciones precisas de Stroud, quien ha logrado que lleguen todos vivos a la isla y sin que el barco acabe más destrozado de lo que le causa el viaje de por sí. En esta ocasión Rasmussen permanece quieto sobre el barco, pues no van a pasar mucho tiempo en la isla, están ahí únicamente para recoger a Moja y poner rumbo a Samba, siendo su destino final antes de embarcarse a la aventura en las famosas y temibles aguas del Grand Line, siendo que el viaje en sí puede ser bastante peligroso por lo poco que conoce el arquero de la situación. El joven pelirrojo se encuentra junto a sus compañeros, que mencionan el trabajo de Stroud a cargo de la navegación y el estado del barco a lo que Bertram con una sonrisa dice
-La verdad es que seguramente no tendríamos tanta suerte si no hubieras aprendido a manejar esta embarcación. Hablé con Moja y le expliqué el itinerario no debería tardar en llegar, sir. Además, cuando lleguemos a Samba haré que revisen bien el barco para dejarlo en perfecto estado para el viaje, seguro que no será fácil, pero la aventura nos espera y muchos obstáculos, pero los superaremos y haremos que sepan que la división 84 no se quedará quieta, sir.-
El arquero avanza un poco más adentro del muelle, sin alejarse del mismo, mientras se rasca tras la cabeza para esperar la llegada de Moja y poder partir a su última parada en las tranquilas aguas de los Blues. Mientras él se encarga de vigilar atentamente la isla en busca de la llegada del recluta, Stroud parece encargarse de pintar el nombre del barco en el casco, mientras que Kibai parece moverse por la isla para echarle un ojo antes de partir a Samba.
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