El Mar y las Espinas [FIC DE AKUMA]
#1
El viento arriba es distinto, no huele a arroz, ni a sudor, ni a incienso de los dojos que llenan las laderas. Huele a altura, a piedra viva y a un silencio que no me gusta. El tipo de silencio que te recuerda que estás demasiado lejos de todo lo que late, subí durante horas, sin saber por qué, tal vez porque el cuerpo me lo pidió, o porque abajo no quedaba nadie dispuesto a lanzarme un golpe, la verdad es que no lo pensé demasiado, de hecho, no suelo hacerlo nunca.
 
Cada paso crujía sobre la grava seca, el sol me daba en la espalda como una antorcha, y el pelaje ya me pesaba, sudaba, resoplaba, pero sonreía, sentía cómo cada músculo se estiraba y ardía con cada metro que ganaba, eso también es pelear, desafiar la montaña, el aire, el cansancio, a veces las mejores peleas no tienen puños, solo piernas tercas.
 
Llegué a la cima cuando el sol estaba en su punto más alto. Un pequeño claro se abría entre las raíces enormes de un bonsái que parecía sostener el cielo. Allí soplaba el viento más limpio del mundo, me dejé caer de espaldas sobre la piedra y cerré los ojos, el corazón aún martillaba, escuchaba el eco de mi propia respiración, fuerte, viva, “Así es como debe sonar la libertad”, pensé.
 
No sé cuánto tiempo pasó antes de que ocurriera, tal vez minutos, tal vez horas, el viento cambió de dirección y oí un zumbido leve, como un insecto grande que se acercaba, entonces abrí un ojo y algo caía del bonsai, girando, brillando bajo la luz, ni siquiera tuve tiempo de moverme. ¡Paf! Me golpeó directo en la cabeza. —¡Magagagagaga! —grité, llevándome las manos al cráneo —¿Qué demonios…?—
 
La cosa rebotó y rodó por el suelo hasta quedar a pocos metros de mí, me incorporé, frotándome el golpe, y la miré, era una fruta, pero no cualquier fruta. Tenía una forma retorcida, casi como una piña cubierta de espinas, de un color púrpura sucio con vetas más oscuras que parecían moverse si las mirabas demasiado, el tallo se enroscaba como un cuerno. La observé un largo rato, olfateando el aire, no olía bien, tenía ese aroma espeso, medio salado, que me recordaba al metal después de una pelea.
 
—¿De dónde carajo caíste tú? —murmuré, inclinándome. La toqué con una garra, estaba tibia quizás por el sol, y sentí una vibración sutil, como si algo dentro respirara, la verdad era que no tenía hambre, pero la curiosidad es un veneno peor que el hambre y yo siempre fui un idiota para resistirme a los impulsos. “Debe ser alguna fruta local”, pensé. “Quizás amarga, quizás fermentada… bah, da igual.” Sin pensarlo mucho, la levanté y la miré contra el sol, tenía algo hipnótico, como si me llamara, como si quisiera ser comida.

—No digas que no te avisé —dije como si pudiera escucharme, y le clavé los dientes, lo primero fue como me clave las malditas espinas que pensé que serian suaves y lo segundo fue el sabor atroz que tenía, amargo, ácido, una mezcla de óxido y ceniza que me hizo toser de inmediato, escupí rápido, pero ya era tarde, había tragado un bocado.
 
—Puaj puaj puaj… ¿qué mierda fue eso? —gruñí, limpiándome la boca con el antebrazo y fue entonces que lo sentí, primero fue un calor en el estómago, leve, casi agradable, luego empezó a expandirse, subía por el pecho, por la garganta, por los brazos, era como si algo reptara dentro de mi piel, buscando salida.
 
Me quedé quieto, mirando mis manos. Las venas se marcaron más de lo normal. —¿Qué demonios…? — El dolor llegó como una ola, no fue un golpe, más bien fue un estallido, uno que hacía que mi piel ardiera, las cicatrices se encendieron como brasas, sentí que mi pelaje se erizaba y cada músculo se contraía al mismo tiempo, grité, no de miedo, sino de furia. —¡Maaaagagagagaga! ¡Ahora sí que duele, maldita sea! — El aire alrededor vibraba, podía oír cómo mi cuerpo cambiaba, cómo los huesos temblaban.

El aire alrededor vibraba. No como un temblor real, sino algo dentro de mí.
Podía oír cómo mi cuerpo se tensaba, cómo los músculos parecían hincharse por dentro, como si algo quisiera salir. el dolor subió desde la espalda, punzante, irregular, recorriéndome los brazos, el cuello, la nuca, por un segundo, pensé que iba a desmayarme. Me arrodillé, jadeando, con los dedos clavados en la tierra, el corazón me golpeaba en el pecho con un ritmo desordenado, animal.

El sudor me caía por la frente y tenía la boca seca, sentía, no, sabía que algo dentro de mí estaba cambiando. Eran punzadas que se movían por debajo de la piel, como pequeñas descargas, un cosquilleo que dolía más de lo que debía, el cuerpo no me obedecía del todo, cada respiración era una lucha entre querer parar y no poder. Me doblé sobre mí mismo, gruñendo, riendo al mismo tiempo.
  —Magagagagaga… qué mierda me está pasando. —
Intenté levantarme, pero las piernas temblaban, el aire me sabía a hierro, y tenía una sensación áspera en la garganta, como si hubiera tragado polvo y piedra, me toqué los brazos, buscando alguna herida, pero no había nada visible, solo un calor extraño, profundo, casi líquido. —Esa maldita fruta era venenosa— fue lo único que pude susurrar, porque era como si mi cuerpo se estuviera preparando para algo y no sabía qué, eso me asustaba y me excitaba.
 
Me arrastré hasta una roca y me senté con la espalda apoyada en ella, respirando despacio, el dolor se fue calmando poco a poco, pero el eco de él seguía allí, un latido nuevo, una presencia que no era mía. —No sé qué demonios era esa fruta, pero me jodió bien —dije, escupiendo a un lado, el viento sopló con fuerza, y por un momento creí escuchar algo, una especie de murmullo dentro del pecho, como si el cuerpo intentara hablarme en un idioma que todavía no entendía. “Si duele, es porque sigo vivo”, pensé y reí de nuevo, aunque el sonido me salió entrecortado.
 
Dormí poco esa noche, no porque el viento fuera fuerte, sino porque el cuerpo no me dejaba en paz. Había algo que no encajaba, algo moviéndose por dentro, como si cada músculo estuviera respirando por su cuenta. A ratos sentía calor, a ratos frío, y entre medio una punzada extraña que recorría la espalda, bajando hasta las costillas. No era un dolor normal. Era algo vivo.
 
El amanecer me encontró sentado, con la mirada fija en el horizonte. El cielo estaba limpio, y la cima de la montaña parecía cortarlo en dos. Me pasé una mano por la cara y noté la piel caliente, húmeda, el pulso irregular. Tenía la boca seca y la lengua pesada, con un sabor amargo que se negaba a irse. Ni el agua del manantial lo quitó.
 
Me incliné sobre el arroyo y me miré en el reflejo. No reconocí del todo la mirada que me devolvió. Los ojos parecían más encendidos, más vivos, como si algo detrás de ellos estuviera esperando el momento justo para salir. Toqué la superficie y el agua se distorsionó. Por un instante creí ver sombras moverse bajo el reflejo, pero quizás era solo el cansancio.
 
El cuerpo dolía, pero no de la forma habitual. No era el dolor de un golpe ni el de una herida, era más profundo, más interno. Como si los huesos se estuvieran ajustando, probando nuevas posiciones, cada respiración era una fricción. Me hice un nudo en el estómago y reí, bajo, ronco, apenas un murmullo. —Magagagaga me va a matar el desayuno.—
 
Pasé el día intentando entender qué me pasaba. Caminé por los senderos que serpenteaban entre los bonsáis gigantes, buscando alguna respuesta, pero no la encontré, pero el cuerpo seguía hablándome, en su lenguaje de latidos y ardor, a veces una punzada súbita me recorría los brazos otras, un cosquilleo me subía por la nuca y lo peor era que, en el fondo, no me disgustaba, era raro, incómodo, sí, pero había algo en esa incomodidad que me resultaba familiar.
 
Cada vez que el dolor volvía, respiraba hondo y lo dejaba pasar, aprendí hace mucho que resistirlo solo lo empeora, el cuerpo siempre encuentra su forma de ajustar las cuentas, así que lo acepté, cerré los ojos, apreté los dientes, y esperé. Por la tarde me crucé con unos monjes que bajaban desde un dojo más alto, me observaron de reojo, quizás notaban que algo no andaba bien, uno de ellos, viejo como el musgo, se me acercó y me estudió con atención.

—Tienes los ojos cargados —me dijo como si me conociera de toda la vida.

—Debe de ser el cansancio. —Mentí, al final de cuentas un dia antes había llegado diciéndole a todos si tenían el valor de pelear conmigo.

El anciano negó con suavidad. —A veces, la montaña da más de lo que uno viene a buscar. — No supe qué responder y se marchó despacio, y yo seguí mi camino. El cuerpo volvió a tensarse, pero ya no luché contra ello, me detuve sobre un risco y miré el mar, desde esa altura parecía una plancha de acero, el viento traía olor a sal y a tierra seca, mezclado con ese perfume agrio que deja el sudor cuando se junta con el miedo, no miedo de morir, sino de no entender lo que te pasa.
 
Cerré los ojos y me concentré en mi respiración; Inhalar era lo mismo que sentir dolor. Exhalar era el equivalente a sentir un ardor, una corriente subía por mi pecho, vibrante, eléctrica, no podía describirla bien. Era como si mi propio cuerpo estuviera despierto en demasiados lugares al mismo tiempo, cada nervio pulsaba, cada músculo temblaba, y por un instante sentí que podía escuchar el sonido de mi sangre moviéndose.
 
Me reí. No porque fuera gracioso, sino porque no supe qué otra cosa hacer. —Magagagagaga… esto es nuevo. — El sol bajaba lento, y cada sombra que caía sobre mí parecía más densa, me senté sobre una raíz enorme y dejé que el cansancio me atrapara.

Pensé en los del dojo, en sus rostros, en cómo me habían ignorado cuando los desafié, tal vez fue mejor así, si me hubieran hecho caso, tal vez habría terminado desmayado a mitad de la pelea, o peor. Había una voz en el fondo de mi cabeza que me decía que algo estaba mal, que debía preocuparme, que debía buscar ayuda, pero otra, más vieja y más terca, le respondió: “Si duele, es porque sigues vivo”. Y eso bastó para que sonriera.
 
La noche cayó por completo. El aire era frío y denso, y el cuerpo, aunque cansado, seguía vibrando, me tumbé y miré el cielo, sintiendo los latidos golpearme el pecho, las estrellas parecían más cercanas, más brillantes. No sabía si era efecto del cansancio o del extraño mal que me recorría, pero el mundo se veía más nítido, cada ruido, cada hoja moviéndose, cada respiración tenía peso.
 
Soñé poco. En el sueño, caminaba sobre un campo de piedras, cada paso dolía, pero no sangraba, había algo enterrado bajo la tierra, latiendo, me acerqué, lo toqué, y sentí el mismo calor que ahora me quema por dentro. Cuando abrí los ojos, el amanecer estaba rompiendo el horizonte. Mi cuerpo se sentía más liviano, pero no igual, las punzadas seguían allí, agazapadas, esperando, no se habían ido, solo se habían calmado, como lo hace un animal dormido.
 
Me incorporé, estiré los brazos, respiré hondo y el aire sabía distinto, no mejor, no peor, solo distinto que cosa más extraña pasa en esta isla, cada día que pasa el aire sabe diferente, nunca había oído hablar de algo así. —No sé qué demonios te metiste en mí —murmuré, mirando al suelo —Pero si vienes a quedarte, al menos dame pelea. — El viento respondió con un silbido entre las ramas, como una carcajada vieja, y por un momento casi me pareció que el monte me devolvía el saludo.
#2
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Fic de Akuma: Completado

Recuerda pedir la tabla de tu nueva fruta en tu hoja de creación de personajes mandando una nueva petición administrativa
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