[Presente Relativo] Conteo regresivo | Social
#1
30 de otoño – Año 16

09:00AM


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El puerto de la Isla Karate era un espacio dedicado al comercio. Aunque lo ideal era adentrarse hasta el centro para encontrar tiendas especializadas o los famosos dojos de artes marciales, buena parte de la población pasaba sus días montando puestos a lo largo del paseo marítimo, ofreciendo una gran variedad de artículos a los viajeros, trabajadores y turistas que llegaban a la isla.

Decenas, eran las personas que recorrían los mercados de pulgas con gran ilusión, esperando conseguir un buen artículo mientras los barcos que los transportaban se abastecían de recursos. Era un escenario perfecto de simbiosis en donde ambas partes se beneficiaban y permitían que el comercio de la isla se desarrollara.

Aunque no todos eran locales o viajeros de paso, algunos permanecían en la isla esperando a que el siguiente barco comercial zarpara rumbo a otra isla del South Blue. ¿Sería más fácil abordar un crucero? Seguro. Pero turistear, conocer y disfrutar del viaje eran algunos de los motivos más idílicos del protagonista de esta historia para ser pirata.

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“Mierda bro… no pica ningún maldito pez… vaya asco de día…”

Un joven de cabellos castaños y mirada ambarina descansaba plácidamente sobre una pequeña balsa en las aguas cercanas al puerto. Probablemente la había tomado prestada, al igual que la caña de pescar que sostenía entre las manos. Se le veía inmutable, esperando a que por arte de magia algún pez se animara a morder el anzuelo de media gyoza para poder disfrutar de un desayuno nutritivo.

“Tengo hambre… ojalá los desayunos cayeran del cielo…” Murmuró casi sin ganas, con la nuca apoyada contra uno de los tablones de la balsa, justo antes de sentir cómo un panqueque de arándanos caía de repente sobre su rostro. “¿Que?” El aroma a frutos rojos lo hizo reaccionar de inmediato; abrió la boca para saborear el delicioso postre justo cuando una gran sombra cubrió el sol en su dirección.

“Okey… ¿qué tal unos huevos…?” Dijo sin prestar atención a la sombra que lo cubría; solo pensó en cerrar los ojos para abrir la boca, esperando que los huevos cayeran mágicamente dentro de ella… y… justo eso pasó.

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“Kekeke, ¡Esto es genial!, ¡ahora que una chica caiga del cielo!.”

Grito divertido, como si una parte de sí mismo creyera que ante tan gran coincidencia realmente algo como eso fuera a ocurrir.  

Y mientras Ryota se divertía creyendo que los milagros existían, el motivo de aquella sombra se hizo evidente con el vaivén de las olas que movieron su balsa a un costado, pues, a pocos metros de él pasaba un enorme y elegante crucero. El mismo del que habían caído los alimentos y, adivinen qué… justo en ese momento una chica linda estaba cayendo directamente sobre él.

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#2
Detestable.

Los juegos para ancianos eran detestables. Los ancianos aglomerados alrededor de las áreas recreativas solo para juzgar a los más jóvenes eran detestables. Los ancianos que golpeaban con sus bastones las piernas de los niños, que corrían por el crucero, eran el doble de detestables pero a ojos de Runin nada lo era más que el hombre de avanzada edad que sonreía intentando disculparse por el evidente error de comunicación que había tenido para con sus pasajeros.

—No se preocupe, señorita, le daremos solución. ¡Nadie quiere que su bonito rostro se arrugue así! N-No pasa nada.  —El hombre movía sus manos con evidente nerviosismo mientras la fémina lo observaba con mirada entrecerrada, cejas fruncidas y una copa a medio acabar entre sus dedos. El hombre llevaba intentando dar excusas al menos media hora mas la fémina no parecía ceder al constante verborreo.

—¡Un nuevo boleto! Solo será esperar un par de semanas, soy un hombre de palabras!  —Continuó el anciano, sudando, intentando no encontrarse con la tosca expresión de la mujer, quien, hastiada por la incompetencia del hombre, levantó el pie antes de golpear con dureza la madera del navío. El tacón se escuchó estridente aún cuando emprendió camino hacia la mesa del capitán.

Sin pedir permiso observó los papeles regados hasta dar con lo que realmente le importaba, una bitácora. Dándole el último trago a su bebida, dejó cuidadosamente la copa en la mitad de la mesa, previo a ojear las últimas anotaciones del libro. Sus abultados labios se apretaron entre ellos antes de relamerlos con lentitud premeditada.

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—Estoy segura de haber pagado un viaje hacia Isla Karate. ¿Por qué se te ocurrió cambiar el rumbo a última hora, cariño?  —Sentenció, la voz sonaba melodiosa aunque en el fondo se notaba un deje amenazante. Mostró la bitácora antes de lanzarla sobre la mesa. El hombre intentó dar algunas excusas que la fémina evitó levantando una de sus manos. Volvió a relamer sus labios con apremio.

—Estamos por cruzar el puerto y no pienso perder mi destino por la incompetencia de otros.  —Emitió cruzando los brazos bajo su pecho, el hombre pareció distraerse por un momento, el suficiente para que Runin sonriera con ligereza.

—No quiero hacer escándalo en un navío tan bien cuidado, no me gustaría perjudicar a un hombre tan bien vestido y amable que busca opciones para mi.  —El sonido de su voz descendía mientras se acercaba al ajeno. Su rostro descendió un poco encontrándose con la mirada del hombre. —Capitán… ¿Me daría uno de sus botes salvavidas?

La agradable respuesta no se hizo esperar.

Unos minutos después algunos hombres le ayudaban a tomar asiento en uno de los botes salvavidas que se encontraban alrededor del navío. Su arco se encontraba sujeto a su espalda y su pequeño equipaje era acomodado sobre las largas piernas. Todo parecía ir en orden mientras el bote descendía, un metro, dos, tres y cosas empezaban a caer desde arriba. Comida en general, esquivó un par de frutas. Lo siguiente fueron piezas de algún juego de mesa.

Cuando Runin alzó la mirada pudo ver cómo un par de ancianos discutían, uno de ellos empujó al otro y por intentar sostenerse hizo que el hombre que sostenía una de las cuerdas del pequeño bote tropezara soltando la soga. Todo pareció ir en cámara lenta cuando el salvavidas se hizo hacia un costado, el otro hombre no aguantó el cambio de peso por lo que no pudo enderezarlo.

Lo siguiente que Runin supo fue que el bote se desestabilizó y que se encontraba cayendo hacia el mar con sus cosas. —¡Malditoooooooos viejooooooooooos!  —Gritó lista para zambullirse en el mar. Grande fue su sorpresa al notar que no iba a caer en él sino en una balsa, sobre un hombre. —¡Quíiiiitaaaaaaateeeeeeeeeee! 

¡PAF!

El trasero le dolía horrores a pesar de haber caído sobre algo relativamente blando. Apretó los ojos con fuerza antes de buscar lo realmente importante: Su arco seguía en su espalda, bien. La maleta había rebotado sobre la barca bien. Su trasero había caído sobre la pelvis de un desconocido, bien. —Agh… Que agradable rescate  —Masculló después de humedecer sus labios.

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—Qué aguante tienes, cariñ…

Las palabras quedaron a medio andar cuando sus manos ascendieron con fuerza hasta el rostro de aquel hombre, no podía creerlo, no podía ser él… él… El intento de agradecimiento sucumbió ante la sorpresa y después hacia la ira.

—¡RY-O-TA!  —El nombre salió como ira contenida contra el rostro de su salvador. Sin pensarlo hizo el amague de querer levantarse solo para volver a descender con fuerza agresiva contra la pelvis del chico. —¡ASÍ QUE AQUÍ ESTABAS, MALDITO!  —Si terminaba destrozándolo del dolor, no le importaba.

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#3
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-¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! –

¡PAF!

El fuerte sonido del impacto retumbo en la balsa generando que miradas curiosas y preocupadas se inclinaron desde el barco para ver como se encontraba la señorita.

Ryota sintió el impacto en carne propia, amortiguando la caída de la joven a costa de su propia integridad. Adolorido por el golpe, apenas logró reaccionar cuando su nariz percibió un intenso aroma a perfume femenino que le resultó familiar. Sus manos se movieron por mero instinto al sentir el peso sobre su cuerpo y se aferraron a algo bastante suave con forma circular. “Espera, esto es…” Fue entonces cuando volvió en sí, recordando lo que acababa de ocurrir.

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“Keke, no te haces una ide…”

Antes de terminar su respuesta ingeniosa y provocadora a las palabras de la hermosa joven, sus labios se detuvieron en seco al descubrir de quién se trataba.

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Un escalofrío recorrió su cuerpo, producto del miedo. Su instinto de conservación le gritaba que corriera, y apenas alcanzó a soltar el pecho de la mujer antes de escuchar su propio nombre en un grito iracundo. Solo pudo ver cómo la fémina se incorporaba y descendía con gran fuerza sobre su ingle, con la clara intención de hacerle pagar por los disgustos que pudo darle en el pasado.

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“¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!”

El grito fue sonoro, escuchándose incluso hasta el puerto, y las expresiones de los hombres que observaban desde el barco reflejaron una clara empatía hacia el pobre pelicastaño, víctima de un golpe tan doloroso que todos pudieron sentirlo como propio.

“¿¡Pero que te pasa!?” Expreso con el dolor reflejado en su rostro mientras trataba de escapar del agarre de la joven con una pequeña lágrima desbordándose de su ojo. “¡Esa no es forma de saludar a nadie después de un tiempo!” Dijo presa del malestar, aunque sabía profundamente que ella tenía toda la justificación para lo que hizo. Después de todo, nadie se tomaría bien aquello que ocurrió entre ambos.

“¡Eh! ¡señorita! ¿¡necesita un médico!?”

Gritó uno de los encargados del barco arriba.

“¿¡Te parece que es ella la que necesita un médico!? ¿¡En Serio, Bro!?” Respondió Ryota, completamente enfadado, al tonto que intentaba ganarse la aprobación femenina después de semejante atentado contra la dignidad masculina.

El pobre hombre en respuesta hizo lo que cualquier otro habría hecho si un desconocido lo gritaba. Respondió con la misma ira y enojo. “¡¿Por qué no te callas tu imbécil?!”

“¿Por qué no bajas y me obligas, payaso?” Contestó Ryota empezando a irritarse e incapaz de levantarse por el vaivén de la balsa y la presencia de la joven todavía sobre él.

“¡¿Ah, sí?!, ¡¿Por qué no subes y me obligas a bajar?!, ¡payaso!” respondió el marinero con gesto iracundo.

“¡Sí voy a subir! ¡Pero a patearte las nalgas!” gritó Ryota, furioso.

“¿¡Si!?, ¡A ver si puedes pendejo!, ¡sube a patearme el culo si te atreves!” replicó el hombre.
De pronto, una voz chillona se coló desde una de las ventanas del crucero.

“¡HIASHON SHAKUNTIN KUTIN!”

Una anciana gritaba palabras ininteligibles en un idioma extraño que dejaba claro que era extranjera.

“¡Usted cállese, vieja bruja!” respondió el marinero sin pensarlo.

“¡Oiga, cállese, señora!” Continuó Ryota, ahora los dos contra la señora.

En un abrir y cerrar de ojos, los tres estaban gritando al mismo tiempo.

“¡¿Por qué no se regresa a su isla y deja de chingar a su madre?!” vociferó el marinero.

“¡Primero aprenda a hablar y deje de gritar! ¡hay gente tratando de disfrutar el crucero!”, contraatacó Ryota.

“¡HIDUNSHINSHIN UNDEPOKT!” bramó la señora, aún más molesta.

“¡Vieja loca!” Grito Ryota.

“¡Su pu$#” madre!” Alcanzó a decir el marinero justo antes de que la anciana cerrara la ventana de un portazo, furiosa.

El silencio se extendió unos segundos, dejando nuevamente a los dos hombres que en un principio habían iniciado la pelea.

“¡Oye, una disculpa!” gritó Ryota hacia el barco.

“¡Sí!, ¡Yo igual!”, respondió el marinero.

“¡Esta es peor que nosotros!”, opinó el pelicastaño, rascándose la cabeza, pues tanto enojo hizo que se olvidara completamente del dolor.

“¡Sí! ¡ya es nuestra enemiga!” Compagino el marinero soltando una carcajada, ahora parecía que ambos se llevaban bien. “¡¿Todo bien allá abajo?!, ¡¿quieres un médico?!” Pregunto con aprecio el marinero mientras observaba la escena, al parecer todo lo que dos hombres necesitan para llevarse bien es discutir.

“¡Si! ¡No te preocupes! ¡es amiga mía! ¡yo me encargo!” Sonrió hacia el barco, ahora regresando su mirada hacia Runin habiendo olvidado su enojo. “¿En qué estábamos? Ah si, te ves hermosa Runin.”
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#4
Música.

¡Música para sus oídos!

La añorada sinfonía del resarcimiento se mezclaba con las expresiones coléricas que lentamente parecían cambiar a regocijo ante el sufrimiento ajeno. ¿Dolia? Perfecto. ¿Sus gritos? Exquisitos. ¿Que intentara escapar de su delicado y mal intencionado peso? Inconcebible.

—¡Es lo mínimo que mereces!  —Respondió perdiendo ligeramente el equilibrio. ¿Realmente Ryota pensaba que se alejaría sin más? Estaba equivocado y así lo hizo notar cuando sus brazos se aferraron al cuello del ajeno. Cierta sonrisa malintencionada se intensificó al mover su cadera contra la ajena, haciendo el amague de volver a subir.

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—¿No lo es?

Runin pestañeó suavemente, emulando la inocencia que no portaba, sonriendo cada vez más, humedeciendo sus labios. —Porque juraba que era tu forma favorita de saludarnos, Ryota. Fufufu~  —A pesar de las coquetas palabras, la expresión al fin se había transformado en una risa burlesca que fue interrumpida por una desconocida voz.

Levantando la cabeza notó a un preocupado hombre que gritaba desde las alturas del navío. Estaba a punto de responder hasta que el castaño se le adelantó, provocando que la fémina frunciera el entrecejo nuevamente. —Llórica.  —Masculló entre dientes, subiendo una de sus manos para jalar el cabello del varón.

La conversación entre los hombres terminó por transformar el ambiente en la cosa más extraña y cómica que había vivido en los últimos días. Una discusión en la que no sabía a quién sacarle partido hasta que la anciana se atrevió a abrir la boca y ser el nuevo objetivo de odio. El enfado nuevamente parecía disiparse cuando Runin intentó tragarse la risa reiteradas veces. ¡¿Y luego se hacían amigos?!

Hombres.

Runin rodó los ojos lanzando un suspiro derrotado.

¡Ah! ¡Ahora si le ofrecía un doctor! Con las ganas que la fémina aún tenía de patearlo, seguramente necesitaría uno en un futuro muy cercano. —Dime algo que no sepa, cariño.  —Sentenció acercándose a los labios del más alto. —¿Ahora soy tu amiga? ¿Cuántas amigas más has conocido en esta isla?  —Siseó observando la sonrisa ajena. —Dame un motivo para no romperte la ingle ahora mismo, a-mi-go.  —Pidió en un tono tan mordaz como dulzón, casi parecía ronronear de fondo.

Hasta que un par de piezas de ajedrez golpearon contra su cabeza.  —¡Putos viejos!  —La ira hacia el castaño se había desviado por segundos. 

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—Argh solo sácame de aquí y consideraré no dejarte esteril ni bien lleguemos a tierra.  —Bufó soltando el cuello del ajeno aunque sin bajarse de él.

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#5
Runin era una mujer de carácter fuerte, decidida y peligrosa. Ya lo había dejado más que claro con la violenta demostración que había descargado sobre el cuerpo de nuestro joven protagonista, quien no pudo hacer otra cosa que soportar sus provocaciones y amenazas, temiendo que en cualquier momento llegara otro golpe… cortesía de su temible pelvis.

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“Bro, No es gracioso…”

Habló entrecortado, con el dolor todavía vibrando en su voz por culpa del movimiento ajeno.

¿Tenía ella razones para estar tan enojada? Quizás, pero ninguna ofrenda es demasiado grande para golpear las partes nobles de un caballero. O al menos eso es lo que cree este humilde narrador.

De una forma u otra, el juego diabólico de la hermosa pero peligrosa Runin quedó relegado por culpa del encargado del barco, quien desató la hilarante discusión entre Ryota, una anciana y él mismo.

Pasada la discusión, que, dicho sea de paso, alivió el dolor del peli castaño y le consiguió un buen amigo en los mares, Ryota volvió a centrar su atención en Runin. Si no fuera por el dolor que ella le había causado desde el principio, en realidad no le habría molestado en lo más mínimo haberse reencontrado nuevamente.
Aunque sus palabras volvieron a despertar la violenta actitud de la morena.

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“¡No!, ¡no!, ¡espera keke!, claro que a ninguna keke”

Respondió nervioso, con la misma actitud de quien quiere evitar responder con la verdad al conocer las consecuencias que podría sufrir si fuera honesto en ese momento. “Oye, oye, no hagas algo alocado, mejor vamos al puerto”. Trataba de zafarse del peligro, pero parecía no conseguirlo. “Piensa que de otra manera tendrías que remar por ti misma mientras me tratan en el crucero, y no conoces la isla, yo podría ser tu guía kekeke…” Continúo, tratando de ganarse su favor con vocablos nerviosos ante lo que pudiera acontecer.

Por suerte para Ryota, uno de los ancianos del crucero, animado por su aplastante victoria en ajedrez, reaccionó con más vitalidad de la esperada y, sin querer, lanzó un par de fichas que recorrieron todo el camino hasta caer sobre la cabeza de Runin, rebotando en ella con un sonido seco. Dicho acontecimiento dio como resultado que la joven dejara de lado sus intenciones asesinas, ordenándole llevarla hasta la orilla.

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“¡De inmediato!”

Sin pensarlo dos veces, Ryota, con una expresión alegre y burlona, se reincorporó aun con ella encima y tomó los remos de la balsa para comenzar a remar hacia la orilla. “¿Sabes? Pese a todo, me alegra verte de nuevo Runin” Expreso con genuino agrado en un tono de esfuerzo por el acto de los remos.

“Y ¿qué te trae a isla Karate? Es decir, creí que estarías buscando camino hacia tu hogar.” La conocía lo suficiente como para saber cuál era el objetivo de su viaje, del mismo modo que ella comprendía el suyo: ir adonde el viento lo llevara, como una suave brisa en busca de placeres y diversiones. “¿O acaso me extrañabas tanto que estabas buscándome?” Bromeo, tratando de dejar atrás la violencia con la que se habían reunido.

Aún tardarían un poco en llegar a la orilla, más aún si era él quien remaba solo, pero no le molestaba en lo más mínimo el contacto con el cuerpo de Runin; era tan natural como respirar. Además, el aroma que ella desprendía le evocaba hermosos recuerdos compartidos entre ambos.
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#6

En ocasiones Runin no podía evitar pensar que Ryota apestaba a un pésimo mentiroso, con esa sonrisa nerviosa, la conocida risa que hacía tiempo no escuchaba y su facilidad para intentar escaquearse de situaciones poco favorables. ¿Realmente pensaba que la fémina sería tan estúpida como para ceder ante su constante palabrerío? ¿Que no podía sentarse a remar por sí misma? ¿Que la solitud en un nuevo entorno le provoca pavor? ¡Ja! ¡Pues estaba equivocado! La morena se sentía capaz de cualquier cosa.

De ser estrictamente necesario.

Y no pensaba que las circunstancias lo fueran, obviamente.

Tan insatisfecha como podía estarlo decidió que no le hacía mal a nadie escuchar los intentos de eludir sus amenazas, permitir que el ajeno reme por sí mismo y que decidiera acompañarla. ¿Ryota intentaba manipular su suerte? Si, lo hacía, pero en cierta medida ver el rostro burlón del castaño le resultaba reconfortante, también fastidioso y le hacía preguntarse cómo es que continuaba con vida considerando el nulo sentido de supervivencia con el que viajaba de isla en isla.

—“¿Pese a todo?”  —Masculló intentando fruncir el entrecejo aunque al final simplemente suspiró, acomodándose mejor para no ladearse por el constante movimiento del bote. La fémina relajó los hombros y brazos, usándolos sobre el ajeno para sostenerse mejor. —No se puede llegar a la meta en un día, cariño. Incluso para alguien tan maravillosa como yo, existen las complicaciones.  —Sonrió de medio lado, inclinando su rostro, parpadeando con soltura como quien no quiere la cosa. ¿Ryota le estaría juzgando? No, no era ese tipo de persona con ella.

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—Fufufufu~ Realmente eres un descarado sinvergüenza.

Las palabras podrían parecer temerarias mas la sonrisa que los labios abultados presentaban tan solo destilaba sinceridad y cercanía, en más de un aspecto. —¿Si te digo que te busqué tanto como pude, día y noche, en mis sueños, en el mar y en la tierra, añorándote… ¿Remarías más rápido?  —La burla se mezclaba con esa voz dulzona que parecía susurrar descarados anhelos aunque no era más que una manera de tomarle el pelo al ajeno. La risa se estancaba en su garganta.

—Mi objetivo sigue siendo el mismo, pero, como siempre, es complicado.  —Pretendió restarle importancia aunque sabía perfectamente que eso no serviría con él, la conocía demasiado bien. —No es tan sencillo llegar a un lugar que no quiere ser encontrado por nadie.  —Los labios se fruncieron durante una fracción de segundo antes de coincidir que no se debía ver bonita de esa manera, así que volvió a sonreír con desdén.

—Así que solo diré que estoy en un interminable viaje por las islas hasta que encuentre pistas o hasta que encuentre un imbécil abandónico, tonteando en una barca que tiene olor a pescado podrido.  —Frunció el puente de la nariz con evidente desazón. 

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—Y ya encontré a ese imbécil.

Parecía que estaba a punto de volver a enfadarse, con esa personalidad voluble que tanto le caracterizaba, aunque al final simplemente volvió a sonreír divertida, levantando su diestra para distraerse jugando con el pequeño pendiente del lóbulo de Ryota.

—¿Qué haces en una isla tan seria? No combina con tu espíritu, cariño. ¿O decidiste convertirte en un hombre fuerte repentinamente? Fufufufu~  —Sin piedad se burló en la cara del castaño, al menos ahora reía con más claridad, no es que pensara que él fuera débil, solo que no se lo imaginaba entrenando en un dojo, sudando, cambiando su expresión a algo mucho más reservado, circunspecto, con voz grave y profunda, enfocado y… —¿Lo hiciste?  —Ahora parecía más curiosa, quizá un par de aspectos hasta podrían ser atractivos, un poco… nah, demasiado aburrido.
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#7
“Pese a todo…” ¿realmente no veía mal haberlo golpeado?

Ante esas palabras, una sonrisa irónica se dibujó en los labios del castaño. Sabía perfectamente que responder a eso sería como ponerse la soga al cuello. Por suerte para él, la conversación continuó con calma entre el vaivén de las olas, dejando atrás aquellos gestos de incomodidad.

Por lo escuchado, llegar al destino que Runin mencionaba parecía mucho más complicado y peligroso de lo que había imaginado. Incluso alguien tan decidida y obstinada como ella tenía dificultades para tal proeza.
Ryota no hizo más que seguir observando el hermoso rostro frente a él mientras movía los remos, disfrutando del leve roce de sus pieles. “Kekeke… si realmente es así, ¿no preferirías que remara más despacio? Digo, por fin encontraste lo que tanto buscabas.” Respondió con un aire coqueto, casi ignorando las amenazas previas. Sabía que aquello no era del todo cierto; tal vez había algo de sinceridad en sus palabras, pero lo más probable era que la idea de Runin fuera simplemente encontrarlo con la intención de hacerle sentir mucho dolor, a modo de venganza.

“Así que es tan difícil llegar allí…” Pensó en voz alta, analizando lo escuchado.
 

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“Al menos encontraste al imbécil como consuelo”

Volvió a bromear, esta vez con una sonrisa más relajada en los labios, reflejo claro de la comodidad que sentía en ese instante, incluso cuando Runin comenzó a jugar con el lóbulo de su oreja.

Las bromas de la morena sobre los posibles motivos de su estancia en Karate le arrancaron una pequeña risa divertida. “¿Te imaginas? Yo, un hombre fuerte que entrena todos los días.” Expresó con naturalidad, sin dejar de remar, mientras se acercaban poco a poco a la orilla.

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“En realidad, estoy aquí porque escuché sobre un gran festival en agradecimiento a la isla por la buena cosecha de arroz.”

Lo confesó sin el menor tapujo. A esas alturas, Runin ya debía saberlo: Ryota era como una pequeña nube, movida únicamente por el viento de su propio interés. Sin rumbo fijo, más allá de su propia diversión.

“Oye, ahora que viniste, deberíamos ir juntos, ¿no crees?” La invitó con naturalidad, alzando la mirada para encontrarse con la suya, sin apartarse de aquella cercanía que ya se había vuelto natural entre ambos, marcada por el roce constante de sus pieles.

La invitación quedó suspendida en el aire justo cuando la balsa chocó suavemente contra uno de los pequeños puentes de madera del puerto. “Sé que tienes un destino importante, pero no creo que se vaya a ningún lado mientras lo pasamos bien.” Comentó con un gesto cómplice, soltando los remos y tomándola de las piernas para incorporarse, con la soltura y el equilibrio de alguien que había crecido sobre barcos de pesca desde que tenía memoria.

De pie, esperó a que Runin apoyara los pies sobre la balsa y la ayudó a subir al puente de madera. Luego tomó el equipaje de la joven y saltó con calma a su lado.

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“¿Qué dices? ¿O prefieres seguir atacándome para asegurarte de que no tenga descendencia? Kekeke.”

Pese a su risa, realmente temía que ella tomara aquella decisión; después de todo, pensaba que no existía nada más peligroso que una mujer enojada.

Dependiendo de la respuesta de Runin, Ryota continuaría caminando junto a ella por el puerto. “Antes de que nos cruzáramos, estaba esperando pescar algo para desayunar, pero la suerte me permitió hacerlo antes de que cayeras, keke. Así que podremos partir hacia el poblado del que te hablé.” Expresó con una sonrisa, casi olvidando por completo que, al principio, ella había estado tan molesta que lo único que quería era golpearlo.

“Para ir hasta allá, lo mejor sería tomar una carroza; podrías descansar un poco en la parte trasera mientras tanto.” Continuó la charla con tono tranquilo mientras ambos avanzaban por el puerto, cuando, de forma insólita, distinguió a lo lejos cómo la última carroza del lugar se alejaba rumbo al centro de la isla. “Bro… qué mala onda… esa parecía ser la última. Tendremos que buscar otra forma de llegar.” Comentó con desasosiego, justo en el instante en que un hombre montado en un caballo, tirando de un cargamento de paja, pasó junto a ellos.
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#8

¿Lo que tanto estaba buscando? ¿Consuelo? ¿Acaso se estaba burlando de ella? Lejos de molestarla solo provocó que la pequeña risa se acentuase, haciéndose más notoria. Jaló con suavidad el lóbulo de la oreja, sin pretender hacer daño, antes de volver a acariciarlo, jugando con el pendiente. —¿Imaginarlo? Mi mente casi se hace una imagen, pero se tergiversó. Hasta para la imaginación, algo así, termina por ser un delito, cariño. Fufufufufu~

—¿Ves, Ryota? Eso tiene más sentido.  —Sentenció observándolo con una de las cejas arqueadas, casi parecía juzgarlo aunque la media sonrisa que permanecía en su rostro anunciaba todo lo contrario. La diestra dejó de jugar tan solo para reposar sobre el cuello de Ryota, haciendo figuras o letras inentendibles. —¿Tú y yo juntos?  —Los labios se unieron en un mohín tan pensativo como fastidiado, como si algún sabor amargo intentase escapar en forma de mal vibrosas palabras.

Razón llevaba el castaño aunque escucharlo de esa manera casi le era desalentador, los hombros estaban a punto de caer derrotados cuando instintivamente se sujetó a él, abrazando por completo su cuello durante un par de segundos, bien, sus piernas seguían siendo ágiles y resistentes. De tanto escapar de mi pensó con disgusto, estuvo a punto de querer morderle el cuello con fiereza aunque al final otra idea rondó su mente. Fugaz fue la maliciosa mirada que le regaló antes de ponerse completamente de pie y aceptar el instante de caballerosidad.

Las zapatillas de tacones altos y dorados sonaron contra la madera del muelle. Se enderezó por completo, moviendo con gracilidad su cabello, dejando que esta resbalara por su espalda. La lengua se deslizó humedeciendo su labio inferior sin dejar de observar de arriba hacia abajo a su acompañante. —¿Intentas librarte o motivarme, Ryota?  —La tonalidad de su voz se diluyó en un sonido que bien podría haber parecido una invitación. —Puedo asegurarme de eso utilizando otros métodos, cariño.  —Guiñó uno de sus ojos hacia el más alto antes de girarse por completo, el movimiento rápido provocó que algunas de sus hebras golpeasen suavemente al castaño.

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—¿Te quedarás atrás o me llevarás a disfrutar del festival?

Preguntó en un timbre tan almibarado como enigmático. Detuvo sus pasos para al fin caminar uno junto al otro. —Espero no hayas comido pescado crudo, no me gustan los sabores tan concentrados, cariño.  —Entrecerró los ojos con cierta picardía que terminó siendo sustituida por la imaginación de verse cómodamente sentada bajo la sombra del transporte, por un instante suspiró aliviada en medio de un gesto contento, es más, sus hombros se movieron un poco más hasta que cayeron cuando notó lo mismo que Ryota.

—Cariño, empiezo a dudar de esa suerte de la que tanto te has estado jactando.  —Las opciones encallaban en esperar que alguna carroza volviera hacia el muelle en algún tiempo aproximado o… —No.  —Frunció el entrecejo viendo la misma dirección que el castaño. —No, no, no, no, no. Ni se te ocurra.  —El hombre del caballo se detuvo observando a la pareja. Runin se acercó más a Ryota, aferrándose con fuerza a su brazo al notar que el caballo empezaba a hacer sus necesidades justo frente a ellos. Una cosa era haber aprendido a cazar animales en el bosque y otra muy diferente es tenerles algo de empatía como para acercarse a interactuar con uno, a excepción de Cardan pero él era una criatura majestuosa, completamente diferente a los estándares mundanos.

—¡Hey, ustedes! ¡Cuidado con los caminos! ¡No se paren en medio! No lo parece pero es una zona transitada.  —Habló el desconocido hombre, sonaba experimentado, un poco pueblerino y le faltaba algún diente. A pesar de las palabras directas, del fondo de la garganta se escuchaba un gorjeo amistoso. —¡Tienen cara de estar perdidos! ¿Van hacia el pueblo?  —Preguntó con vehemencia, inclinándose un poco para mirarlos mejor.

—¡Qué mujer! ¿Es tuya? Con esos zapatitos no llegarás a salir ni del puerto, el camino es irregular. ¿Les doy un aventón? Aunque costará un poco ¿Eh?  —El hombre sonrió de oreja a oreja, riendo con fuerza y volviendo a su posición original para no caerse del cabello. —Suban, suban, debe haber algo de espacio.

La insistencia empezó a irritar a Runin quien lentamente frunció el entrecejo aunque el hombre llevaba razón. Miró hacia los costados, a lo lejos, entre los barcos, pero no parecía que hubiera alguna carroza cercana. ¿Y si obligaba a Ryota a cargar su equipaje y también llevarla en brazos como una princesa? Corrección: Como la princesa que era. Podría ser una opción aunque en algún momento empezaría a sudar y a bañarla de sudor. ¡Imposible! ¡Su cabello estaba recién lavado y su cuerpo olía a flores por la ducha que se dió en el crucero!

Sacar ventaja, siempre era necesario sacar algo de ventaja.

—¿Realmente nos permitiría viajar con usted? En realidad me duele un poco el tobillo y no puedo caminar del todo bien… Es solo que no tenemos demasiado dinero para ofrecer y no queremos convertirnos en un inconveniente para usted, mi buen señor.  —La mentira destilaba cual dulce miel, el tono medido de lástima y de vergüenza combinado con la forma en la que levantaba ligeramente el pie, inclinándose para que sus pechos resaltaran.

—¡No, no! ¡Lo haré sin cobrar! Suban, suban. Los llevo. Faltaba más.  —Runin guiñó uno de sus ojos en dirección a Ryota, yendo hacia la parte trasera del carromato. Miró con algo de desdén la paja antes de hacerle un ademán al castaño. —¿Me ayudas, cariño? Me duele mucho…  —Sonrió torpemente aunque la mirada brillaba con diversión.

El camino en general empezaba a abandonar el aspecto salino del océano para mostrar las verdes y montañosas vistas, como si estuviera adentrándose a un lugar completamente diferente del esperado. El ambiente se tornaba húmedo por secciones y la aprehensión fue desapareciendo cuando decidió dejar de usar a Ryota como asiento personal, a modo de esquivar la paja sobre su ropa, para elevar la vista hacia los alrededores. El hombre narraba alguna historia de fondo sobre las últimas lluvias que habían arrasado las cosechas pero que el pueblo continuaba vigoroso porque su fortaleza estaba en la perseverancia. Runin hacía oídos sordos, Ryota era el de socializar por amor al arte, no por amor al interés. —Aún si viniste por un festival, no parece el tipo de lugar al que podrías aferrarte aún siendo tan libre, Ryo.  —Habló bajo, mirando de reojo al ajeno.

—Tampoco parece que hubiera una gran cantidad de bellezas por aquí.  —Una sonrisa petulante mordió el aire cuando elevó el mentón mostrándose tan jocosa como mal intencionada, hasta que el pueblo al fin se abrió ante sus ojos. No era especialmente tecnológico o interesante pero había una gran cantidad de personas yendo de un lado a otro, cargando cosas que parecían pesar el doble de ellas, utilizando trajes de diferentes artes marciales, oliendo a sudor y constancia.

—¡Bienvenidos a la mejor festividad con la que se van a encontrar! ¡Si tienen suerte pueden beber sake fermentado escupido por las diosas más bellas de nuestra isla! ¡No me mires así, bombón! ¡Es algo especial!  —El hombre continuaba riendo con fuerza.

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—Dime que no viniste aquí solo por eso.
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#9
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Ryota sonrió ante la nueva resolución de la hermosa joven, cuyas hebras oscuras abofetearon suavemente su rostro cuando desvió la mirada en un acto coqueto. “Runin…” Dijo con agrado, pues le agradaba que los vientos volvieran a soplar a favor de que ambos estuvieran juntos, al menos hasta que ella quisiera castrarlo de nuevo. 

Ambos eran algo difíciles, complicados y muy lejos de cualquier fantasía utópica que pudieran relatar las historias de romance. Sin embargo, de algún modo, su vínculo resultaba funcional para las agitadas vidas de dos personas cuyos caminos habían sido separados por el destino: ella, anhelando regresar a un lugar apartado de todo hombre; y él, deseando recorrer el mundo sin ataduras, libre como el viento.

“Haha el atún crudo es un manjar, deberías probarlo, pero no, de hecho, fue cuando caíste, antes de ti cayo un panqueque y una tortilla a mi boca.” Río tras sus propias palabras, llevando ambas manos a la cabeza con un aire despreocupado para peinarse. “Te lo dije: soy un hombre con suerte.”

Inmediatamente después ocurrió lo inevitable: se habían quedado sin transporte. La única opción disponible apareció como caída del cielo… aunque de un cielo bastante desaliñado, con una evidente falta de higiene y modales.

En principio, una sonrisa burlona se dibujó en los labios de Ryota al ver a Runin aferrarse a él, incómoda ante la idea de viajar en la parte trasera de un carro de carga. Sinceramente, el castaño estaba disfrutando la situación, incluso con los malos modales del viejo conductor.

“Sí, sí, lo sentimos. Vamos hacia el pueblo, por el festival del sake,” expresó con su habitual cortesía, esa que había perfeccionado tras tanto tiempo viajando y engañando a más de uno. Todo parecía salir bien, el se aprovecharía de la amabilidad o gusto por el dinero de algún campesino mientras obtenía un viaje con promesas de recompensa, hasta que escucho las palabras.

“¿Es tuya?”

De inmediato la expresión de Ryota cambió.

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¿Acaso ese viejo había tratado a Runin como si fuera un animal de montar? En ningún momento Ryota la había considerado de ese modo, ni mucho menos como algo que le perteneciera. Su filosofía era clara: nadie pertenece a nadie; todos son libres de elegir su propio camino, siempre que no causen un daño directo e inmediato a la vida de otros. Además, como amante declarado de las mujeres, jamás se rebajaría a alabar un piropo tan mediocre y carente de sutileza. “Vea viejo tripleh...” Antes de poder continuar con lo que claramente les habría sentenciado a tener que recorrer todo el camino a pie, Runin se adelantó a sus vocablos, utilizando su encanto natural para intentar persuadir al anciano que conducía el carro.

Como era de esperarse, el asqueroso cayó rendido a los pies de la amazona, aunque Ryota no podía dejar de mirarlo con recelo por su modo de pensar. Quizás su acompañante se percató de eso ya que le pidió ayuda para subir antes de que el chico quitara la sonrisa idiota que el viejo tenía de oreja a oreja. “Si, te ayudo… maldito viejo… teton… gorodo choto…” Refunfuño el camino para ayudar a subir a la joven y luego tumbarse de espaldas sobre la paja, no le importaba que esta pinchara un poco su cuerpo y mucho menos que Runin lo usara como asiento.

De hecho, durante parte del recorrido decidió ignorar las interminables palabras del vejestorio y aprovechar para dormir un poco, al menos hasta que los senderos comenzaron a volverse más regulares gracias a la mano del hombre. Entonces, Ryota abrió ligeramente los ojos, incorporándose sobre la paja para observar cómo el paisaje costero quedo atras, dando paso al interior de la isla, donde se extendían hermosos valles de arroz que brillaban bajo el sol.

Entonces las palabras de Runin rompieron su silencio, preguntándose por qué el castaño se encontraría en un lugar tan poco llamativo, ya que una festividad no parecía ser tan importante como para un interés tan grande.

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“Lo importante nunca es el destino, sino que el viento sople con fuerza hacia donde te lleve.”

Era un proverbio heredado de su padre, quien solía referirse con él a los vientos que guiaban a los pescadores hacia cardúmenes cada vez más grandes. Sin embargo, para Ryota aquel dicho se había convertido, literalmente, en su manera de vivir la vida.

Un aire misterioso y cautivador sopló alrededor del joven de mirada color miel. Los cabellos de Runin se agitaron al compás de la brisa mientras su mente, por un instante, quizás le dio la razón. Tal vez él había percibido algo que ella no. Tal vez aquel lugar era más especial de lo que creía. Tal vez Ryota no era solo un aventurero en busca de saciar sus propios deseos.

Aunque antes de que pudiera decir algo, el anciano los interrumpió con alegría para darles la bienvenida al Festival de las Diosas del Sake y disipando por completo cualquier aura profunda que el castaño hubiera logrado proyectar.

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“Kekeke ya escuchaste al viejo, Runin, es algo especial kekeke, de una sola vez en la vida kekeke”

De repente, Ryota se colocó junto al anciano, riendo y haciéndole preguntas sobre el sake y sobre si las chicas del festival eran tan lindas como se decía en el puerto. Durante unos pocos minutos ambos compartieron risas y comentarios hasta que las palabras misóginas del viejo terminaron por hastiar a Ryota. Sin pensarlo demasiado, le dio un golpe certero en la nuca, dejándolo inconsciente y empujarlo a la paja que llevaba detrás para que durmiera un rato.

“Kekeke, bro, si no fueras tan idiota, quizás hasta me habría caído bien.” Continuó riendo, ajeno al aura de ira que se expandía detrás de él, donde una mano se cerraba con furia contenida. Ryota no lo sabía, pero estaba a punto de recibir el castigo por sus propias palabras… y decisiones.
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#10
Si existía algo más interesante que ver la sonrisa de Ryota cuando se mostraba tan estrafalariamente despreocupado, era, sin duda, verlo enfadado. Las soeces palabras escurrían en mascullos desde los labios del castaño, provocando una tenue sonrisa contenida por parte de la fémina. Ni siquiera hacía falta preguntar el motivo tras la irritada expresión, lo intuía por los recuerdos que de tanto en tanto florecían en su mente. Con un gesto suave los dedos de la fémina se arrastraron por el rostro del muchacho que por momentos parecía quedarse dormido.

Las palabras del dueño del carromato de carga terminaron por desaparecer entre los árboles y la fría tendencia de Runin a perder el interés en aquellos que ya habían servido su propósito. Un par de caricias breves más y el castaño despertó, provocando que la fémina se resbalara un poco de su cuerpo cuando este se enderezó sobre la paja, soltando una frase que haría levantar las cejas de la fémina. Su expresión tan sensata, serena y convencida hizo que volviera a brotar otra sonrisa de los labios de la amazona.

Asintió un poco. ¿El viento tendría la consideración de llevarla hacia su objetivo o se desviaría una y otra vez hasta que sus sueños se diluyeran tras el velo de la aventura? El paisaje quedó relegado a una segunda posición mientras la fémina se cuestionaba con ahínco cuál sería su siguiente paso y qué tan ciertas eran las palabras del hombre que se codeaba con la libertad y el día a día.

Intempestivamente los pensamientos desaparecieron porque nunca podía perder la oportunidad de levantar el mentón y establecer realidades porque Ryota podía llegar a ser bastante profundo cuando el cerebro le funcionaba pero en otras ocasiones como esa, bueno, Runin solo quería enterrarlo en la paja y que pataleara sin aire en sus pulmones. Suspirando relamió sus labios, mirándolo con fijeza.

—En serio que tu descaro no tiene límites, cariño. Ojalá te haga mal al estómago y termines en el baño durante todo el festival. —Podría ser algún tipo de burla o que estuviera manifestando para que Ryota sufriera de algún colapso intestinal durante el resto del día, en especial cuando repentinamente empezó a tratarse de buen conocido con el ajeno. ¿No lo estaba insultando hace un rato? Si no sintiera repelús por arruinar su imagen, seguramente la fémina golpearía su frente contra la palma de su mano.

Las manos lentamente se iban cerrando a sus costados, una molesta vena parecía querer palpitar en alguna parte de su anatomía, los labios se fruncieron al igual que sus cejas. ¿La estaba ignorando? ¿El imbécil de Ryota se estaba atreviendo a ignorarla mientras hablaba de otras mujeres? Ni siquiera le importó cuando el hombre quedó inconsciente, no, eso era irrelevante. ¡Es más! Si se hubiera caído del caballo durante el trayecto hasta se hubiera reído con ganas.

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—Tú…

La voz escapó en un hilillo gélido, casi parecía contenido por algo más intenso que un simple nudo en la garganta, no, era coraje y el objetivo estaba justo frente a ella. Un solo golpe en la nuca bastó para despeinarlo, después le jaló la mejilla.—Manifiesto que te de diarrea cuando veas otras chicas. —Siseó contra su oído. —¡Vamos! —Sentenció al final, alejándose del carromato, sin olvidar su arco, para integrarse al bullicio que empezaba a formarse en la isla.

Los pasos se escucharon fuertes aún contra la superficie irregular en algunas zonas, movió su cabello con algo de fuerza para eliminar cualquier paja que intentase quitarle glamour, limpió por costumbre el brazalete de oro en su bicep y, sintiéndose lista y embellecida, giró hacia él. Más relajada sonrió de medio lado, humedeciendo sus labios con lentitud. —Aunque aún si ves otras chicas, dudo que alguna pueda siquiera compararse. —El ego rozó cada aspecto de su personalidad y anatomía, en especial cuando le guiño haciendo un gesto con la mano, como si lo llamase con el índice. —No olvides mi mochila, cariño, vamos por un poco de vino, mi garganta empieza a resecarse. —Retomó el paso, contorneando sus caderas. —Tenemos un festival que disfrutar, el día aún es joven… —Se detuvo solo un instante para observarlo de medio lado.

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—La noche lo será aún más~
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