[EVENTO CAMBIO ZONA] El camino para ser alguien; Parte 1 (South Blue)
#51
El joven arquero siguió un rato sentado en el mascarón de proa del Royal Quiver, la fiel embarcación que les trajo hasta la isla Samba, el último puerto del mar en el que se fundó la división y en donde hicieron su primera misión Stroud y Bertram, siendo que el tercer miembro desapareció a mitad de misión, o más bien pereció al perder la concentración y caer desde varios metros de altura sin poder reaccionar, como si hubiera perdido el conocimiento. El arquero de pelo rojo se encontraba bastante cómodo con el ambiente que rodeaba el barco y la isla, una noche oscura, con las nubes cubriendo los cuerpos astrales donde si bien sus ojos no tenían una gran capacidad de visión por la poca iluminación, su origen como cazador le hacía disfrutar de ese ambiente, a pesar de todo el barullo y algarabío que se escuchaba aún en el puerto mientras poco a poco el caos se iba organizando debido al trabajo de los agentes del gobierno, algo que sinceramente hacía que el joven contramaestre se sintiera nervioso, por lo general ese tipo de cosas solía ser trabajo de la marina.

Lentamente la gente iba embarcando los barcos dispuestos para aquellos que no poseían una embarcación propia, posterior al pago del pasaje correspondiente, mientras que el arquero eléctrico esperaba que sus compañeros volvieran a aparecer en el barco. En un punto dado el joven se sentía como cuando le tocaba cacería nocturna, algo que no era del todo habitual y que eran momentos en los que se ponía a prueba no solo la capacidad como cazador y arquero de quien tenía que enfrentarla, sino también su capacidad de adaptación, preparación y supervivencia. El joven no perdió de vista el puerto, no había nada que ver en mar hasta emprender la marcha, por lo que prefiere observar los movimientos de los civiles que embarcan en el puerto, aunque no descarta que algún criminal se esconda entre todos aprovechando la multitud para pasar desapercibidos, y más si sus recompensas aún no han sido hechas públicas. En un punto Gaufrid puede ver que llevan unas cajas al puerto, un lugar que a esas alturas ya está más tranquilo y vacío con todos embarcados, tanto los que van en embarcaciones ofrecidas por una empresa como quien tiene su propia nao, cómo es el caso de la División 84.

De repente un joven parece lanzar un par de periódicos a cubierta, siendo que Kibai llega poco después y recoge ambos periódicos para marchar a la bodega antes de subir a recoger el tablón de desembarque y encender las lámparas para que tanto Stroud como el propio Bertram tengan algo más de visión, siendo que él y Moja tienen la ventaja de poder ver incluso en la poca iluminación natural de esa noche. Bertram decide bajar del mascarón tras verlo y acercarse a Rasmussen para llevarlo a la bodega, siendo que la entrada es lo bastante amplia para que pueda entrar y dejarlo en un punto donde no desestabilice la nave. Tras eso regresa a cubierta justo a tiempo para escuchar las instrucciones del navegante, siendo que se mueve velozmente sin un ápice de duda en cada movimiento, siendo que cada uno se encarga de una parte de la tarea de preparar el barco para partir tras los avisos de partida. Stroud toma su puesto tras el timón mientras que el arquero asegura las velas y amarras según le indica Stroud hasta que poco a poco, como un pequeño bebé aprendiendo a caminar, el Royal Quiver empieza su último viaje en las aguas del South Blue, rumbo a las misteriosas y peligrosas aguas del Grand Line.

El joven arquero normalmente tomaría el hueco en la cofia de vigía, pero pudo ver como Kibai se dirigía a ese lugar, por lo que él mismo se coloca en el mascarón de proa, atento a su entorno, sus ojos fijos en el enorme manto negro que son las aguas nocturnas, mientras el sonido del puerto de Samba se aleja lentamente, haciéndose cada vez más pequeño y suave hasta ser casi inaudito. Cuando Stroud menciona que la división sale en el periódico por lo que el arquero da un salto y se coloca tras él para leer y dice -Parece ser que tienen bastantes expectativas en nosotros, no podemos quedarnos atrás. Habrá que demostrar que no somos una simple división, sino que vinimos a demostrar que la justicia siempre prevalece, sir.-

Los ojos de Bertram se fijan brevemente en la gaviota que se posa en el barco, luego echa un vistazo a las banderas de la marina y de la propia división para finalmente tomar asiento en uno de los mástiles mayores desde donde observa el barco avanzar, notando el viento en su rostro sintiendo una mezcla de determinación, alegría y nerviosismo por el viaje que les espera.

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#52
El sol comenzaba a elevarse sobre el horizonte, tiñendo de tonos dorados las olas que chocaban suavemente contra el casco del barco. Envuelta en la amplia capa con capucha que Ash me había dado, respiré hondo el aire salado. La tela, de un color oscuro y resistente al viento, caía como una cortina sobre mis hombros, ocultando en parte mi imponente figura de seis metros. A mi lado, el capitán Ash, apenas llegando a los dos metros, parecía diminuto en comparación. Sin embargo, entre nosotros no existía diferencia alguna que importara; lo nuestro era un vínculo forjado más allá del tamaño o la fuerza, hecho de respeto, confianza y compañerismo.
—Gracias por esto —


[b]Murmuré, bajando la mirada hacia él, mi voz grave pero suave—. No sabes cuánto lo aprecio.[/b]
Ash sonrió con esa calma suya que parecía inquebrantable, apenas asintiendo con un gesto mientras mantenía la vista al frente, observando el movimiento constante del mar. A un costado de nosotros estaba María Merlot, que jugaba con Cara Melito, una mujer de porte firme y sonrisa deslumbrante, envuelta también en una capa hecha a su medida. Era apenas un poco más baja que el capitán, pero su presencia resultaba igual de sólida, como si la cubierta misma cobrara más estabilidad cuando ella estaba cerca.

Me sentí tranquila, casi en paz. La cubierta del barco estaba llena de vida: marineros que subían y bajaban sogas, el crujir de la madera bajo los pies, las voces mezcladas con el sonido del viento. En otro momento, tanta gente cerca me habría hecho sentir fuera de lugar, vulnerable incluso. Pero la capa de Ash me protegía del bullicio y, sobre todo, de las miradas curiosas. Podía pasar desapercibida, o al menos tanto como alguien de mi tamaño podía hacerlo.

El mar se extendía ante mí como un espejo verde azulado que reflejaba los primeros destellos del día. Las gaviotas planeaban en círculos, lanzando gritos cortos y agudos. Con cada hora que pasaba, el color del cielo se transformaba; del azul claro del amanecer fue virando lentamente a un naranja profundo que envolvía el mundo en una calidez casi mágica.

Me acomodé con cuidado cerca del mástil para no hacer crujir las tablas. Desde esa posición, podía ver cómo el viento jugaba con el cabello de Ash y cómo María revisaba el rumbo en silencio, con los ojos entrecerrados por la brisa marina.
Me di cuenta de algo simple pero importante: me gustaba estar allí. Con ellos. Con esa pequeña tripulación que no me miraba como una rareza, sino como parte de algo más grande. Había seguridad en su presencia, y una sensación de pertenencia que hacía mucho no sentía.

—Ash —dije de pronto, rompiendo el silencio con un tono casi risueño—, tengo bastante hambre. ¿Cuándo comeremos?
—. ¿Qué esperas de este viaje?—pregunté al cabo de un rato, girándome hacia Ash
Bajé la vista, dejando que mi capucha me cubriera el rostro una vez más. El viento soplaba más fuerte, llevando consigo el olor del mar y la promesa de lo desconocido. En ese instante, entre el crujir de la madera, el murmullo de las olas y la compañía de quienes me aceptaban sin miedo, supe que aquel viaje sería más que una travesía.


[Imagen: a96ae1758c95d9da4e0a06ca41caf856.jpg]
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#53
La presencia de Zhang se estaba volviendo huraña si bien nos había advertido de todo lo que sucedía cuando la luna se cruzaba en su mente que tal temor se afianzara en su alma tan solo significaba una cosa, había realizado actos de los cuales no estaba orgulloso, Zhang era un alma noble, sabia y además un médico ¿Qué le puede pesar más a un médico? La muerte, sin duda, pero no la suya si no de aquellos inocentes que no ha podido salvar... Quizás y solo quizás por ahí iban los tiros, Cao iba dispuesto a acercarse cuando un periódico lanzado desde el puerto cayó sobre cubierta y sin duda alguna su curiosidad por el chisme pudo más que su necesidad de ver si Zhang estaba bien por lo que se acercó y tomó aquel papel abriéndolo y leyendo cada uno de los datos, una Shichibukai muerta y otro puesto, bandas emergentes tanto de marines como de piratas, algo sobre la dirección de un banco, anuncios deportivos y ...¿Sexuales? y un apartado con carteles... espera ¿Qué estaba viendo? 
Vamos no me jodas... entre todos los carteles dentro de los más valiosos ahí estaban... Han, Cao y Zhang ... y el de más valor de aquellos mares era un hombre o quizás mujer llamado Rosse de peloblanco, no podía olvidar ese rostro pues tal precio por su cabeza debía ser por algo, si Cao había matado un Contramarine ¿Qué demonios había hecho ese ser? ¿O por qué tenía tal recompensa?, No era tiempo de estar haciéndose preguntas, tenían que salir cuanto antes o pronto aquella ingente cantidad de agentes del gobierno se les echaría encima, dejó el periódico sobre un barril y corrió a levar el ancla. 
Burrito de mi corazón, guíanos con presteza pues tenemos que poner pies en polvorosa de aquí, ¡Tenemos recompensa y no precisamente poca! había gente en islas que podría vivir vidas enteras con el precio de nuestras cabezas y dudaba mucho que aquellos agentes allí fuesen a ser almas de la caridad que perdonasen la vida a unos piratas tan buscado, no quería tener que arrebatar más vidas sin necesidad si existía la posibilidad de salir con el barco, pero por si acaso, una vez terminó de levar el ancla, Cao decidió cargar uno de los cañones del barco por estar preparado por los bueno ''Por si acaso'' que pudieran suceder. ¡Han,  Kayseira, haced lo que nos diga Zhang! ¡Tenemos que salir de aquí! Claramente se notaba la premura en el hablar de Cao. 
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Karmas

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#54
Aparentemente el caos se estaba disipando, algo que el yakuza de ojos afilados pudo apreciar. Después de una infiltración exitosa se sentía seguro y calmado... De no ser por el pequeño detalle que conocía. ¿Siquiera recordaría Hyákinthos dónde le dijo que estaría? ¿O quién era? Demasiadas veces parecía olvidar las cosas, un completo y absoluto desastre. Respiró profundamente, adentrándose entre las personas que buscaban a dónde poder acomodarse con sus equipajes para el viaje. Pasar desapercibido era fácil, solo tenía que hacer lo mismo que desde que entró, mantener silencio, solo enfocarse en buscar entre el barco y todo lo demás y, con un poco de suerte, encontrar aquella tripulación con la que se había encontrado el día anterior. ¿Dónde estarían? A saber... Pero no le iba a resultar demasiado complicado. Lo primero que hizo fue caminar hasta donde estaban terminando de ascender los pasajeros y, poco después, tomar una vez más el Den-Den Mushi y hacer la búsqueda de Hyákinthos.

El sonido estaba lejos, aparentemente se habían adelantado, pero gracias a su oído desarrollado pudo seguirlo entre el resto de los sonidos de las personas. El humo del cigarrillo lo seguía en el recorrido que realizaba hasta donde iba a encontrar a sus compañeros temporales, viendo que ya de por sí se encontraban hablando entre ellos. Además, no era demasiado complicado dar con ellos gracias al gigante que también sabía que traía su equipaje, con su baúl.

Guardó su Den-Den Mushi en el bolsillo derecho, cerca de una de sus dagas ocultas, reconociendo finalmente entre la gente el cabello rosado de su socio cirujano. No solo estaba él, también el resto con quienes se había encontrado el día anterior. Sin aviso previo, se puso tras ellos, interrumpiendo a María Merlot, quien parecía entregar algo a aquel joven, un periódico. Arqueó una ceja, con cierta curiosidad cuando escuchó que mencionaba un precio concreto.

Sin aviso alguno, le arrebató el periódico al capitán de la tripulación, abriendo el contenido. Lo inicial le pareció irrelevante... Al menos hasta apreciar la bandera característica de la propia tripulación. Leyó con atención, haciendo una seña al Thrym para que pudiera bajarle el equipaje que previamente le había confiado, donde estaba su baúl con sus propias cosas, y sus Berries.

[Imagen: 11gi01D.jpg]

—Has sido muy amable en hacerme el favor de traérmelo. Lo agradezco.

Sus ojos no se apartaron del periódico en cuanto se sentó sobre su propio baúl, cruzándose de piernas y revisando mejor la información, arqueando una vez más la ceja.

[Imagen: 6Hw0yDc.jpg]

—¿En qué os metisteis para que el periódico reconozca vuestra bandera?

Se tenía que ser estúpido para comenzar a llamar la atención apenas planeando que iban a...

.....

No, ya no podía seguir hablando. Los Wanted estaban claros y él mismo estaba allí. Una suma de recompensa que claramente no iba a pasar desapercibida. No era solo él mismo, estaban casi todos... Unos pocos se libraban. Luego le iba a tocar calmar a su jefe. Chasqueó la lengua, molesto, sus ojos fijos en su propia imagen y el precio. Revisó de nuevo el resto de los Wanted, reconociendo también a Han entre ellos. ¿En qué diantres se había metido ese vagabundo esta vez? Lo recordaba por su competición de comida y, por supuesto, por la ayuda que tuvo que ofrecer en su momento a María Merlot, quien entonces solo era un producto hasta ese encuentro. Respiró profundamente , cerrando los ojos y el periódico, poniéndose en pie para devolverle de mala gana el objeto al mismo capitán de quien se lo había arrebatado. Se mantenía sentado sobre su baúl, buscando entonces la mirada de Hyákinthos, con un rostro más serio.

—Con esto supongo que... — oh, claro, tenía que volver a hacerle recordar quién era él. Emitió un suspiro, algo cansado. —Soy Jin, ya sabes, por lo del trabajo. — tenía conocimiento de que Ashveil sabía sobre sus trabajos, mas no podía decir lo mismo del resto de la tripulación, por ello prefirió ser precavido. Solo deseaba que con eso fuera suficiente para que comprendiera un poco quién era. Volvió la mirada al frente, cruzándose de piernas en una nueva calada. El amarillo del cigarrillo se intensificaba, tomando una tonalidad naranja, el humo esfumándose en el aire. —Supongo que sabrá que será más complicado poder ayudarlo a que no lo capturen con eso, Hyak. — si no era en la intimidad, siempre hablaba con él usando su nombre en vez de su apodo. Sopló el humo de su cigarrillo, señalando con el mismo al joven capitán frente a él.

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—No crea que no sé lo que hizo. No lo repetiré; no toque mis cosas, o habrá consecuencias.

Porque sí, no había nadie más que hubiera tenido acceso a sus cigarros cuando el día anterior parecía que uno de sus paquetes había desaparecido. No era necesario ser un genio para adivinar quién era, no solo por la cercanía, sino también por el encuentro en que parecía molestarle el que fumara.

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—Y se lo aseguro, Ashveil, no le agradarán mis métodos de castigo, se lo aseguro.

Lo repitió dos veces a propósito, para que quedara muy clara su posición. Su voz, capaz de hacer temblar a sus hombres, ahora había sido usada contra el joven en aquella silenciosa amenaza y, por supuesto, ahora se dirigió a la sirena. —Y usted, no hable de esto en medio de un lugar cargado de personas cosas sobre precios. ¿No ve que solo puede hacer que alguien nos reconozca o nos escuche? Dudo que quiera que... ¿Cómo lo llama a Hyákinthos? ¿Algodón de azúcar? Como sea, dudo sinceramente que quiera que alguien lo reconozca y lo lancen al mar.

Se puso en pie, caminando con más seguridad, con su aire serio, sus ojos afilados clavados en lo que sospechaba que eran sus ojos bajo la capucha. —Así que deje de llamar la atención. Usted, y todos. Ahora hay que pasar desapercibidos.

Al menos era una fortuna saber que el que más podía llamar la atención, el gigante, fuera el único que no tuviera un Wanted en la cabeza. Sus ojos se elevaron hacia dicho gigante por unos segundos, antes de volver la mirada hacia Hyákinthos. —Hyak, procura no separarte de nosotros, o volverás a olvidarte dónde estás. — sus ojos se pasearon entonces a su alrededor, analizando su alrededor en busca de cualquier cosa que pudiera llamar la atención, ya fuera alguien indeseado o una posible persona que pudiera reconocerlos.

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#55

Continuó en la misma posición por un par de minutos, escondido en las sombras de su alma. Aquella noche el clima era terrible, y pronto tendrían que empezar a navegar. Zhang era el mayor de todos y debía hacerse responsable. Por esto, y para tomar un poco de fuerza, abrazó a Silencio con firmeza, hasta que este lanzó un pequeño chillido y se zafó de sus invernales manos, seguro a hacer alguna fechoría. 

Poco a poco se armó de valor y, con desgana, pero con la terquedad de un burro, avanzó directo al timón para conocer a qué se enfrentaba. Resguardó las pocas pertenencias que lo acompañaban y siguió avanzando, como siempre. El vacío en el pecho aún estaba presente, pero ahora tenía que ocupar un poco sus pensamientos para que todos salieran con vida de aquel viaje.

El barco parecía agradable, aunque su vista no le permitía entrar mucho en detalles, por lo que se limitó a observar el timón. Ya casi zarparían, y para el Mink era necesario pedir permiso a los cielos y a los mares para un buen viaje. Zhang se aferró con fuerza y conversó por unos segundos con el viento, a la espera de dar inicio a aquella travesía. Esperaba que la habilidad de navegar no se olvidara con los años.

Zhang se volvió hacia sus compañeros, y tragándose el miedo, recordó la conversación que tuvo con Kayseira en la Isla Karate. Les dedicó una pequeña sonrisa sincera. Pero aquel intento de encontrar algo de paz fue interrumpido rápidamente por la voz de Cao, quien sostenía un periódico entre sus manos y anunciaba las noticias relevantes. Las cosas en el mundo parecían estar agitadas; muertes y nombres famosos resonaron sobre los labios del monje con la fruta del barro, hasta que finalmente anunció cuatro nuevas bandas.

Tras esto, observó con su único ojo a aquellas tres personas que zarparían a su lado. —Nuestra bandera no representa destrucción, sino un voto de libertad — Hablo sin pensarlo mucho. —¡Qué clase de mentiras son las que tiene ese papel! — Se molestó un poco por las palabras tan soeces con las que los comparaban.
La noticia de que cuatro miembros de la Mano Vacía tenían precio por sus cabezas llegó como un susurro helado que sacudió el pelaje de Zhang, el burro. Al sacudirse, brotaron pequeños copos de nieve a su alrededor que desaparecían en el aire. 

Para Zhang Guolao, aquella recompensa no era ningún motivo de orgullo, sino de resignación. Lo primero que sintió fue una fractura en su interior, en su tranquilidad y su armonía. Aquella recompensa iba en contra de su filosofía de vida y lo convertía en lo que más temía: el problema, el conflicto. Ahora Zhang  Guolao era una amenaza para todos. —Hmmmm —Lanzó un resoplido al aire y luego golpeó la madera de la embarcación, aún sin lograr entender qué era lo que estaba sucediendo.

Zhang, hasta entonces, se reconocía como alguien bueno. Siempre ayudando o curando a su alrededor, ese era su estilo de vida. Y sin embargo, aquellas noches oscuras que tanto evitaba, le habían hecho cometer acciones injustas y reprochables. Asoció de inmediato la recompensa con su reciente visita en la Isla Karate. Sabía que, pese a haber salvado vidas, había desatado la furia que tanto temía. La isla Karate había sido testigo de una violencia que lo avergonzaba. La recompensa, pensó, era el precio de haber permitido que su bestia salvaje despertara más de una vez; ya no era un simple error, era un crimen.

La luna pasó a ser el último de sus problemas. “Quien retrocede no huye; simplemente ve el abismo desde otro ángulo”, solía repetir Zhang como un loro, todo aquello que le habían enseñado en Zou. Pero ahora, frente al wanted, Zhang debía preguntarse si su retroceso era sabiduría… o simplemente cobardía disfrazada. Su recompensa era la manifestación de una verdad amarga: el mundo ya no lo veía como un sanador, sino como un ser de caos, él era el problema.

Comprendió que aquel wanted era un recordatorio del pasado que nunca pudo enterrar. A pesar de sus años como ermitaño y sanador, las sombras de su vida anterior aún lo perseguían, la voz de su burro interior le recordaba la verdad que siempre intentaba ignorar: la furia con la que defendía a otros era también la que lo condenaba.
El precio de su cabeza era la tarifa del amor y el odio en su alma. Por naturaleza, aquel burro era alguien tranquilo, era pacífico e intentaba siempre evitar todo tipo de conflicto. Pero el mundo de los piratas no siempre entendía la paz. Y ahora con un precio sobre su cuello, colocaba en riesgo no solo a Silencio, sino a sus nuevos Nakamas.

—Hmmm… Así que este viejo burro vale tanto… —murmuró, mientras Silencio regresaba a escena y se posaba sobre el hombro frío de Zhang Guolao, chillando suavemente, como si lo entendiera.

—El precio no cambia lo que somos. Solo recuerden que, mientras el viento siga de nuestro lado… deberán correr mucho para alcanzarnos. — El mono se aferró a su cuello, y Zhang dejó que la brisa jugara con su pelaje. —El mundo puede poner precio al cuerpo, jóvenes, pero nunca al alma —susurró finalmente—. Y mientras tengamos un buen té y una historia que contar, seguimos siendo libres.— 

Zhang guardó su cartel con cuidado y, sin mucho tiempo para procesar todos los pensamientos de su mente, terminaron todos los preparativos para zarpar. —Tranquilos, por algo me dicen el ermitaño del mar... Hmmm no se preocupen.  Cao, Han y Kay, confío en ustedes, ya es hora de irnos... Cao, revisa las anclas, y que no falte nada, Han y Kay  las velas, y Han si quieres tocar alguna canción harías mas agradable este viaje... Amarren todo lo de valor, el viaje no será agradable... ¿Kay puedes cuidar de Silencio por un rato?   — pregunto a la chica. 

No tenía tiempo para pensar, no tenía tiempo para sentir miedo. La vida lo había llevado a ese punto, y la vida siempre tenía una manera peculiar de hacer las cosas. Zhang observó a su alrededor y, observando con dificultad la sombra de los otros barcos, comenzó a alejarse de aquel puerto. Si tenían un precio por sus cabezas, lo mejor era pasar desapercibidos, por lo que intentaría avanzar a los demás. Zhang buscó entre sus ropas una vieja brújula e intentó seguir sus indicaciones. Poco a poco aquella embarcación comenzó a avanzar, y con el favor del viento, tomó su rumbo. Los murmullos iban cesando, y a lo lejos, la sombra de aquella embarcación pirata se mezcló con la noche y siguió su camino.

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Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
❄ La Calma del Vacío
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#56
Continuaba observando la ciudad desde la borda, las manos sobre el rifle. El puerto estaba agitado, pero no más que nuestro barco. La señorita Gwendolyn y su acompañante seguían con sus declaraciones, de amor y de intenciones. Hablaban sobre volver a encontrarse, sobre celebrar su unión, sobre la fiesta en que cantarían y a la que deberíamos acudir todos nosotros. Sonreí. Tenía que reconocer que la idea de acudir a una celebración así no me dejaba impasible, en parte, por no haber podido asistir a ninguna durante mi vida, y en parte por el deseo ferviente que sentía por abandonar aquella isla. Mi mente no tenía tiempo para festejos, al menos mientras no nos alejásemos de allí.

Sin embargo, mis pensamientos se diluían con la entretenida conversación que aún mantenían mi tripulación y nuestros invitados, pues por mucho que lo intentase, mi curiosidad no me permitía dejar de prestar atención a lo que decían. Más aún, cuando el pelirrojo nos planteó una apuesta, entrañable. Una en la que prometía, más a sí mismo que a nosotros, que volvería a encontrar a Gwendolyn. No hacía mucho que había lanzado mi apuesta a Giyuu, pero no podía rechazar una nueva. Al menos no una con tan noble intención.

—Acepto la apuesta —dije con una sonrisa en mis labios, pero sin la convicción de que me hubieran escuchado—. Iré preparando mi traje, tú prepara el dinero.


Entonces el chico se deshizo en elogios para Gwendolyn hasta que se plantó frente a ella y la besó. Un escalofrío recorrió mi espalda hasta la nuca. Ya estaba haciendo un gran esfuerzo por luchar contra mi fobia hacia el contacto físico, más teniendo en cuenta el bajo, o más bien nulo, concepto que tenía Rosse sobre el espacio vital. Sin embargo, aquello era demasiado para mi. Solo pensar en la cantidad de enfermedades que podían pasarse unos a otros por la saliva... Un nuevo escalofrío recorrió mi cuerpo, haciendo que tuviese que agitar mi cuerpo para librarme de aquella sensación. Por suerte para mi, el espectáculo terminó pronto, pues los dos hombres se marcharon de allí, no sin antes dejar una amistosa despedida, que dejaba en firme la intención de facilitar un nuevo encuentro entre los prometidos. Los seguí con la mirada y fue cuando me percaté de que los agentes habían desalojado el puerto casi por completo, pues apresuraban a embarcar a la muchedumbre que se amontonaba cerca de las pasarelas que daban acceso a los barcos. 

Pronto habían despejado la zona y fue entonces cuando aparecieron un par de carros tirados por caballos, llenos de cajas, de los que bajaron unos chicos con boinas y camisas remangadas, con un estilo que me recordaba a los chicos que recorrían los suburbios de la ciudad entregando mensajes para la familia Reena. Se acercaron a unos agentes y comenzaron a descargar las cajas en los barcos custodiados. Uno de ellos vino corriendo hacia nuestro barco. La madera del guardamanos de mi rifle crujió bajo el peso de mi cuerpo al sujetarlo con firmeza. No iba a disparar, al menos no todavía, pero no podía estar relajado sin conocer las intenciones de aquel chico, pues lo había visto hablando con los agentes. Corrió hacia nosotros y lanzó algo hacia el barco. Alcé mi rifle en dirección al joven hasta que pude comprobar qué era lo que volaba hacia la cubierta. Un par de periódicos. Dejé de apuntar al chico y asentí con la cabeza, mi mano en el ala del sombrero, como signo de agradecimiento. Me acerqué para coger uno de los ejemplares, pues leer  las noticias era algo que siempre me había gustado. Ver qué pasa en el mundo, leer acerca de otros reinos, otras islas, fantasear con las aventuras que podría vivir en ellas... Y ahora estaba más cerca que nunca de poder llevarlas a cabo.

En portada, el periódico mostraba cambios en algún banco importante, aunque la imagen que acompañaba la noticia no mostraba gente con aspecto de banqueros, más bien de guerreros, temibles. Continué hojeando el periódico, leyendo los titulares por encima, ya tendría tiempo de leerlo una vez que nos hubiéramos puesto en marcha. Guerras, revoluciones, alguna muerte destacable y... piratas. Mis manos se aferraron al papel, arrugando las páginas, que crujían hasta casi rasgarse. Mis músculos se habían tensado, casi por instinto, al ver un artículo que hablaba sobre las nuevas bandas piratas que habían surgido en el South Blue. Una de ellas, los Piratas del Cabaret. Unas páginas sueltas aparecieron de entre el periódico. Comencé a revisarlas, con ansia ante lo último que había leído. Eran carteles, de esos que utiliza la marina para poner recompensa por los criminales. Pasé un par de carteles antes de reconocer una cara, la de Alana. Me estremecí y comencé a pasar carteles a toda prisa, hasta que lo vi. Un cartel con mi cara. 104.325.000 berries. No podía creerlo. Eso me situaba como uno de los criminales más buscados de aquel mar. Mi respiración se aceleró. Se había terminado aquello de ir por las sombras. 

—Capitán, creo que tenemos un problema —dije mirando hacia Rosse con el periódico extendido en dirección hacia ella—. Tal vez deberíamos... No sé, escondernos. Podríamos intentar viajar en otro momento, uno con menos agentes por aquí —dije entrecortado, nervioso e hiperventilando. Me movía de un lado a otro en cubierta, como si llevase un fuego a la espalda que pretendiese apagar—. ¡No! Ya se. Podríamos disfrazarnos. Seguro que abajo podemos encontrar ropa que nos haga pasar desapercibidos... —dudé al pensar el tipo de ropa que podría encontrar en nuestro barco-sala de variedades—. O bueno, al menos no ser tan reconocibles.

Bajé de nuevo al interior del barco a la carrera, como si mi vida dependiese de ello. Sí, estaba decidido. Debía encontrar algún atuendo que me ocultase a simple vista.



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#57
El Camino Para Ser Alguien
Reino de Samba, South Blue ~ 22:36 p.m, 30 de Otoño, año 16.
[Imagen: PxbK1Pqn_o.png]
Desde un principio la flama sobre mi espalda estaba apagada.
Vestía discreto, envolviendo el asta y con una bufanda a boca.

La transacción había sido exitosa. Lamentablemente, con gran diferencia de lo que había imaginado nuestra embarcación temporal distaba enormemente del lujo que se acostumbraba en los cruceros, por lo qué a primera impresión no pude sino experimentar una decepción genuina ante la simpleza estructural del embarque desprovisto de habitaciones o igual de menor característica de privacidad, ¿como alguien siquiera iba a poder descansar en tales términos? cuestionaba en mi propia cabeza y rechistaba, agobiado, pensando, “qué cruel!” resignado, mientras avanzaba por la extensa cubierta.

Buscando con la mirada de un lugar tranquilo donde recostarme.
Avanzando sin prisas hasta ir entre el costado y la aleta de babor.

Lo bastante cercano a la popa como para qué llegaras a considerarme adentro de sus fronteras aún inclusive cuando evitaba ubicarme tan lejos de todo y despertar del interés de cualquier sospecha, encaprichado en conseguir un espacio lo bastante amplio, para entonces ocupar cómodamente los 4 mientras no teníamos otra opción más que observar de la noche todavía nublada y del oscuro mar, -Uhm, ¿todas habeis ido al baño antes de subirse al barco cierto?- preguntaría, realmente sin pensar que fuera el caso contrario, sino más como una formalidad de viaje adquirida en propia experiencia.

En lo que observaba a la distancia como solicitaban todo animal.
De manera qué mi mirada recaería en Lan y en sus dos mascotas.

No buscaba meterme en su conversación con Bai. Por supuesto, incapaz de entender aquel lenguaje unicamente seria un estorbo innecesario a traducción entre ambas y no parecía ser buen momento, porqué incluso aunque no sabia el lenguaje podía reconocer cuando el tono de mi compañera era a cierta medida importante, transmitiendo tal vez cierto aire de severidad o inclusive de introspección, fuera de cualquier manera el temperamento de ambas no era para jugar, por lo qué al momento en sí tan solo apuntaría en medio de ambas para que visualizaran que debían ocuparse de Coalt y Larry.

-¿Que tal si van ambas y se turnan para informar que todo va bien?- comentaría, proponiendo que obedeciéramos las reglas del barco en lo posible y no nos alejáramos demasiado de las mascotas, demostrando una preocupación genuina por ambos animales aunque estuviéramos en lo que era considerado como embarcación legal, porque no me gustaba nada la idea de encerrar a cautiverio, ¿acaso no iban a sentirse solas las criaturas con un trato como ese? bueno, tampoco era problema mio así que regrese mi mano a mi bolsillo, no quería ser un entrometido pero era de nuestro grupo.

¿Honestamente? había decidido recostarme en el suelo sin más.
Manteniendo de mi agarre del asta entre mis rodillas y mi cuello.

Observe a la distancia como los marines parecían despejar la zona. Por supuesto, parecía inusual y algo apropiado para una operación, aunque no podía sacar conclusiones o solo bajarme al punto, razón por la qué mire por lo bajo a Mahou y su rostro de niña buena para con cierta incredulidad dirigir un entrecejo profundamente intrigado, bajo la sencilla pregunta que no sabia como iniciar, entreabriendo la boca, cerrándola poco después, negando con la cabeza posibilidades absurdas hasta que empezaron a repartir las cajas donde sin reaccionar particularmente tome un periódico.

-Uhm, ¿qué mas da? espero que no te moleste, actuare como tu pareja si la situación lo amerita.- racionalizaría con destreza, bostezando, aburrido y agobiado, de manera que alzaría ambos brazos estirándome tan solo un poco mientras iba acostado en el suelo y me transformaba en la híbrida, adquiriendo un rostro felino que distaba lo suficiente del wanted como para qué incluso en caso improbable de que alguien exigiera quitarme la bufanda encontrara un rostro propio de un mink. Aunque claro, lo recordaba, Zhang habia mencionado en el puerto que su pueblo debía evitar un contacto directo a la luna llena o sunlong ocurriria, ¿qué era? tsk, solo era esconderme de la luna.

[Imagen: k7BdEg2s_o.png]


Off

iTEMS


[Imagen: tb8pZzN.png]

➶ — Evento Regional en Isla Samba con Mahou, Bai, Lan.
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 2292 + 0 = 2292
Energia: 1861 + 3 = 1864
Espiritu: 282 + 0 = 282
#58
Jensen Valentine miraba las nubes que cubrían el cielo mientras se frotaba frenéticamente las manos. Estaba intranquilo, quería salir de ahí cuanto antes. El pistolero empezó a moverse por el barco amarrando los cabos mientras maldecia a Owen por haberse marchado quizás donde.
 
-Ojalá Uker lo encuentre pronto – dijo con un pésimo humor mientras daba tres golpes con la punta del pie al piso, suspirando y tratando de calmarse. Jensen miro a su alrededor, podía ver en el muelle como aparecía un carruaje y de este bajaban personas cargando con cajas grandes, el pistolero se preguntaba que había dentro de estas mientras seguía frotándose las manos cuando un chico lanzo algo al barco.
 
-Hey tu bellaco no huyas – dijo corriendo hasta el otro lado del barco y cargando en su mano a Cerbero, su pistola de triple cañón. Si el chico quería dañar el barco se encargaría de volarle los sesos, sin embargo, al llegar a la popa del barco vio que lo que había tirado era un periódico, suspiro guardando nuevamente entre sus ropas a Cerbero mientras agradecía no haberle volado la cabeza cuando Maki, su bella valquiria besada por el fuego lo llamo.
 
- ¿Qué sucede? – dijo acercándose y viendo varios carteles que venían en el periódico, ahí estaban todos los miembros de la tripulación además de algunas caras conocidas, como Han, también conocido como el Kami de MM, la misma MM, Ashveil y Cherry. –Cincuenta y siete millones vale mi cabeza – dijo mirando su cartel antes de pasar a los demás. –Han, Ashveil y Uker superan los cien millones, eso es mucho dinero – dijo pasando por todos los carteles hasta llegar al de un hombre llamado Sigurd Haakon cuya cabeza valía más de doscientos millones. –Préstame el periódico – dijo leyendo sus páginas y encontrando una noticia acerca del carnicero de Whisky Peak. –Ese tipo debe ser una bestia para pelear… Oigan chicos, no sé cómo, pero aquí esta nuestra Jolly Roger – dijo mostrándole a sus compañeros el apartado del periódico donde nombraban a cuatro tripulaciones del South Blue, una de ellas eran ellos mismos y su bandera pirata estaba impresa en el periódico.
 
Antes de poder decir más Uker y Owen aparecieron. Jensen dejo el periódico en el barril y se acercó a sus compañeros con cara de pocos amigos. - ¿Dónde demonios estaban? Debemos irnos pronto si queremos cruzar los cabos gemelos – dijo dando tres golpes en el piso con la punta de su pie mientras Owen daba vueltas quejándose de su recompensa y dandole un golpe al barril. - ¿Y a ti que carajos te pasa? Si estas de malas no te desquites con el pobre barril – dijo con ganas de darle un golpe, la actitud del pelirrojo no había sido la mejor los últimos días y empezaba a cansarse de su mala actitud.
 
Uker tomo el otro periódico que el chico había lanzado al barco y le mostro su recompensa a Kiyoshi quien empezó a quejarse de que la tripulación había arruinado su vida. Jensen bufo frotándose las manos mirándolo con recelo. –Cálmate señor Siempre Limpio. Apenas tienes una recompensa de once millones, si te sirve de algo te veo como a un hermano pequeño asi que te protegeré y me encargare de que nadie te mate – diría el pistolero de la capucha roja antes de mirar a su capitán Uker – Debemos zarpar – dijo volviendo a preocuparse del barco, atando nudos e izando las velas mientras Uker tomaba el timón, finalmente partían rumbo a los cabos gemelos.
 
-Si me necesitan peguen un grito – dijo trepando por el mástil para finalmente posarse en el nido de cuervos, el lugar perfecto para un pistolero. Desde ahí podía ver los distintos barcos zarpando al unísono mientras la travesía hacia los cabos gemelos y el grand line empezaba. –Ahora es cuando empezara la verdadera aventura – dijo frotándose las manos tratando de calmarse, seguía inquieto en aquella fría noche.


RESUMEN


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#59
El viento seguía soplando con la misma calma tensa que precede a las tormentas, levantando el olor salado del puerto y mezclándolo con la humedad que empezaba a calar en la madera del muelle. Fyodor se alejó tras pronunciar su última broma, dejando a Krysser solo entre la multitud.

-Lo divertido, ¿eh? -Se cuestionó a sí mismo el tigre, mientras observaba a su alrededor igual que había ido a hacer el lunarian. -No sé yo...

El mink lo siguió con la mirada durante unos segundos, viendo cómo desaparecía entre la gente con ese vuelo ligero y confiado suyo. Luego bajó la vista, ajustó el cuello del abrigo y se limitó a observar. No tenía prisa, ni interés en llamar la atención. Prefería escuchar el rumor de la masa, los pasos, los murmullos.

A su alrededor, la gente se empujaba por conseguir un sitio, un billete o una última palabra antes de partir. No se movió del lugar. Solo dejó que el tiempo pasara. Sus orejas se movían de un lado a otro, captando voces sueltas entre el gentío. Todo lo que pudiera escuchar, desde “Listos los cargamentos”, “no queda mucho”, “los civiles primero”. Tal vez no fuera nada relevante, pero el tono… Ese tono medido y artificial que usaban los hombres acostumbrados a seguir órdenes sin comprenderlas, era suficiente para mantenerlo alerta.

Unos minutos después, el sonido de un aleteo reconocible lo sacó de su quietud. Fyodor descendió desde el cielo, ligero como una sombra, aterrizando a su lado con la naturalidad de quien acaba de volver de un simple paseo.

-Me he enamorado, colega. Toca otro mes comiendo gusanos, pero ha valido la pena.

Krysser lo miró de reojo, con el ceño apenas fruncido, como si tratara de decidir si debía reírse o gruñirle enfadado.

-¿Quién iba a meterse en líos? -Murmuró con tono grave, casi resignado, aunque el brillo en sus ojos delataba una leve sonrisa contenida. -Ya me la presentarás en alguna ocasión. Si sobrevivimos al viaje.

El lunarian bromeó al rato con los agentes cercanos, y Krysser, que prefería pasar desapercibido, se limitó a observar cómo se alejaban los hombres con los animales. Su cola se movió lentamente bajo el abrigo, un reflejo instintivo de desconfianza. No le gustaba cómo se movían aquellos tipos, y tampoco que se hicieran distinciones así con las mascotas, por más que pudiera comprender los motivos.

Las campanas del puerto resonaron, cortando el murmullo del gentío. Los muelles ya estaban despejados, y todos los que habían de partir se encontraban ya a bordo. La procesión de embarcaciones se extendía por el muelle como una fila de bestias marinas despertando de un largo sueño.

Entonces llegaron los carros.

Krysser alzó la cabeza, atento. Los jóvenes que bajaban de ellos no tenían pinta de marineros ni de soldados. Llevaban boinas, camisas remangadas y la energía y alegría de quien hace un trabajo que no entiende del todo. Las cajas que descargaban olían a tinta y papel fresco. Periódicos, probablemente.

Vio cómo hablaban con los agentes, cómo repartían las cajas en los barcos autorizados, y cómo uno de ellos, más joven y descarado, lanzaba ejemplares a los barcos “no oficiales” con una sonrisa traviesa antes de huir corriendo.

El tigre frunció el ceño. Observó el intercambio en silencio mientras los agentes del Gobierno Mundial comenzaban a abandonar los barcos, uno tras otro, dejando el control a tripulaciones civiles. Aquello no encajaba.

-No tiene sentido. -Murmuró más para sí que para Fyodor, aunque sabía que su compañero lo oiría igual. Se apartó de la borda y miró hacia el puerto, donde aún quedaban algunos uniformados dando las últimas órdenes. -Esto no me gusta. -Añadió en voz baja, llamando la atención de su compañero para compartir sus pensamientos. -Primero la Marina apenas aparece, ahora estos se marchan antes de tiempo. Huele raro... 

El tigre no era el más listo del grupo, pero tenía cierto instinto para las trampas, pues él mismo acostumbraba a tenderlas a menudo.

Tomó uno de los periódicos que había caído cerca, tratando de distraer su mente con algo más alegre. Estaba arrugado y húmedo por el rocío del mar y el paso de mano en mano tras la apertura ansiosa de la caja que lo contenía. Lo abrió con cuidado, moviendo las páginas con las garras, leyendo entre líneas con la paciencia de quien no confía en nada de lo que está impreso.

El rostro de un pirata conocido apareció en la sección de recompensas. Luego otro. Luego varios más. La lista de criminales del South Blue parecía haberse alargado en solo unas semanas, y muchos de esos nombres ni siquiera le sonaban. Sin embargo, reconoció entre todos ellos a alguien de sobra conocido. 

-¿Cao? -Pensó por un instante, solo tratando de entender cómo había llegado a alcanzar aquel precio. ¿Tendría algo que ver con aquella extraña habilidad? ¿Tan peligroso lo consideraban por ello, o quizá, por sus ideas? El gobierno a menudo temía el cambio, y aquello parecía una clara señal de ello. Resignado, decidió dejar de pensar en aquello también. Todo le daba dolor de cabeza.

-Míralos, tú eres mejor para estas cosas que yo. -Dijo alzando el papel para que Fyodor pudiera ver bien a todos los sujetos, pues sabía de su prodigiosa memoria. -Todos ellos buscan el mismo mar que nosotros. No me extrañaría que algunos estén en estos barcos... O tal vez en aquellos. -Añadió, señalando los barcos que acompañaban al convoy principal pero no eran oficiales del gobierno.

Bajó entonces momentáneamente el periódico, retomando el hilo de su principal temor.

-Pero no son ellos los que más me preocupan. -Su voz se volvió más grave, más baja, mientras se posaba en otro de aquellos barcos que acompañaría la travesía. -¿Ves ese barco, el que lleva el estandarte de la Marina? -Sabía que podía sonar raro desconfiar de un barco marine, así que matizó sus palabras rápidamente. -Lo raro no es que haya un barco marine, sino que haya solo uno, en toda la travesía.

Sus ojos, de un amarillo intenso, se clavaron en el horizonte donde aquella nave, pequeña pero visible, se mantenía a una distancia prudente del resto.

-Un barco es demasiado poco si pretenden vigilar una flota entera… O demasiado si no pretenden vigilar nada. -Su mandíbula se tensó, dejando ver por un segundo los colmillos bajo la capucha. Tal vez eran marines que no querían tener en medio. Sus dudas continuaban creciendo, cada vez más consciente del peligro. -Algo están preparando, y no creo que nos convenga estar en medio cuando ocurra. Será mejor que estemos alerta. 

Durante un momento, ninguno de los dos habló. Solo el rumor de las olas golpeando el casco, el crujir de las velas y el murmullo lejano de los otros pasajeros llenaron el silencio. Krysser volvió a mirar el periódico, lo dobló con cuidado y lo guardó bajo el abrigo.

-Será mejor que no perdamos de vista a nadie. Ni a los marines, ni a los que mandan estos barcos. -Miró al lunarian con una expresión seria, casi paternal, aunque su tono volvió a suavizarse apenas un poco. -Y si ves a tu amada por ahí, no la pierdas de vista tampoco. -Krysser había tomado tal vez demasiado literal la afirmación de su compañero, pero si de verdad se había enamorado, no quería que perdiera a aquella persona importante para él así. 

Se permitió una sonrisa breve, casi invisible, antes de girarse de nuevo hacia el horizonte.

El barco avanzaba lentamente entre las sombras del puerto, alejándose de Samba con cada golpe de ola. El aire era pesado, cargado de una expectación muda y un peligro latente, al menos, en la mente del mink, pues los demás no parecían estar tan alterados. Krysser apoyó las garras en la borda y dejó que el mar empapara la punta de su abrigo.

-¿Tal vez sólo estoy exagerando? -Pensó que, tal vez, con su objetivo cada vez más cerca el miedo al fracaso era cada vez más fuerte. -El Grand Line… -Murmuró, apenas audible. -Un paso más cerca de casa... Siempre soñé con regresar. Solo espero que no sea un sueño que nos cueste demasiado caro.


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#60
Sin saber a donde nos dirigíamos acabé subido con mis otros tres compañeros en un barco, mas no cualquier barco, aquel sería el transporte que iniciaría nuestras aventuras y, con suerte, nos acompañaría en todas y cada una de ellas, aunque ese pensamiento fuera mas idealismo que otra cosa, pues bien sabía que eso era muy posible que no pasase. Yo sabía que no debía ser tan emocional con un objeto, pues no era mas que eso, sin embargo un barco... No era solo un montón de madera, hierro y cuerdas, era historias, aventuras, eran secretos, protección y hermandad, y, por sobre todo, era el corcel que surcaba los reinos de su Dios del mar para llevarnos a la libertad tan anhelada por el hombre desde su nacimiento a su muerte. 

Subí a cubierta mientras Zhang, mi rebuznante compañero, compartía sus temores ante la luna llena, aquel astro de poder en las mareas tenía también un gran poder sobre la fuerza y la razón del médico. Yo solo lo miré de medio lado mientras me acercaba al mástil y acariciaba su vertical madera. -No temo los puños de un amigo Zhang, solo temo aquellos que si quieren hacerme daño.- Intenté calmar sus cavilaciones, de hecho, si era necesario sería yo quien lo dejase noqueado. Al acariciar el mástil  miré hacia arriba, sonriendo con ilusión "Esta hecho buena madera" Pensé para luego bajar la mirada, viendo una panorámica de cubierta hasta que Cao se interpuso en mi vista, agachándose para coger un periódico del suelo. -¿Qué es eso Cao?.- Pregunté curioso al ver su cara de sorpresa mientras me acercaba a él para descubrir que era tan apabullante en aquellos papeles impresos, no esperaba lo que iba a encontrarme. Aquello que sus manos sostenía era un periódico, mas no uno cualquiera, era una prensa en la que mi rostro, junto al de la mayoría de mis compañeros, aparecía con un precio por nuestras cabezas, y no eran precios bajos precisamente. Mi cara cambió de golpe a preocupación mientras mi piel palidecía y una gota de sudor frío recorría mi frente. -Pero si yo no he hecho nada...- Leí los cargos de los que se me acusaba, cómplice de asesinato a un miembro de la marina, entonces miré lentamente a mi lodoso amigo. .¿Pero cómplice de qué? Yo solo cobré...- Aparté la mirada lentamente de la tinta mientras Cao le pedía a Zhang partir cuanto antes y suspiré, me acusaban de algo que no hice, pero tampoco era algo que pudiera remediar sin traerme mas problemas aún de los que ya tenía, así que tendría que aprender a vivir con el hecho de que sería un fugitivo buscado. Escuché al asno darme una orden directa sobre el manejo de las velas del navío, así que fui al mástil que me había embelesado anteriormente y agarré uno de los cabos que arriaban o recogían las velas, soltando de su atadura la cuerda para que las velas se desplegasen y cogiesen el aire que nos impulsaría fuera de ese lugar lleno de marines y miradas indiscretas.-Por suerte repartieron el periódico estando ya en el barco, lejos de miradas ociosas, pero...- Paré un segundo, dándome cuenta de que parte de la tripulación estaba su suerte.-... Espero que Lan... Digo... Espero que los demás estén bien.- No podía hacer mas sin poner en peligro a todo el mundo, incluido a mi mismo, pues no podía salir de allí a toda velocidad sin levantar sospechas de toda la gente del puerto. "Maldita sea... Esto empieza a complicarse..." Comencé sin quererlo a estar alerta, observando de cuando en cuando mis alrededores, por suerte Zhang me dijo que cantase o tocara algo para distraernos, no obstante, mi mente no se encontraba en posición de improvisar algo, así que tiré de un repertorio antiguo. 

Yohooooy, Yohoooy
Escuchad mi canción sobre el hombre que este mundo mas fuerte pisó
Con pasos potentes y barba azul como el mar
Un pirata con sueños que hizo todo lo que quiso
Con su sonrisa, engañaba sirenas a las que dejaba atrás para su botín aumentar

Decían de él que era temido y también bonachón
Pues su ira y clemencia afloraban sin mas
Depende del tuviera delante era un santo o todo un rufián
Decían que era alto y apuesto y a todos solía encantar
Mas cuando gritaba aquel que lo oyese sentía el mundo crujir

[...]

resumen

 
bélico

karmas
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