Ravenna Grimm
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C. de Haki
C. de Akuma
26-10-2025, 01:15 AM
(Última modificación: 26-10-2025, 02:43 AM por Ravenna Grimm.)
[Baquella, Isla Baterilla | Mediodía]
El sol caía con una intensidad dócil sobre los tejados anaranjados de Baquella, tiñendo el aire con un resplandor dorado que parecía casi etéreo entre las callejuelas viejas del lugar. El murmullo del mar se mezclaba con el bullicio de la pequeña zona comercial, donde los pescadores ofrecían su mercancía fresca y el olor a sal se impregnaba en cada rincón. Entre los toldos y las risas, Ravenna se movía con una naturalidad que contrastaba con su origen foráneo, su enorme figura destacaba incluso entre los pescadores y trabajadores mas robustos del lugar. No era raro que las miradas se volvieran hacia ella, aunque lo hacían más por curiosidad que por temor, para su suerte había nacido con ciertos encantos que le permitían actuar de manera relajada con la mayoría de personas.
La lunarian llevaba algunos días en la isla, y ya había aprendido a disfrutar del ritmo apacible del pueblo costero, e incluso ya tenía algunos conocidos. El sol del mediodía le resultaba agradable, casi familiar, y la brisa marina suavizaba el calor abrasador del mediodía. Caminaba sin prisa, observando los puestos de frutas, especias y pescado que llenaban la plaza junto al muelle. Su destino era claro, un pequeño puesto de madera donde un hombre robusto y sonriente limpiaba un enorme atún con manos curtidas por el trabajo.
—¿Buscas algo especial, forastera? Alguien de tu porte seguro necesita proteína extra bahahahaha— preguntó el pescador mientras reía de manera brusca al verla acercarse, sin dejar de afilar su cuchillo sobre la piedra.
Ravenna sonrió apenas, ladeando la cabeza mientras recorría con la mirada los diferentes cortes dispuestos sobre hielo.—Algo fresco para cocinar a las brasas, si es posible que posea mucha grasa— respondió con una voz tranquila, de tono elevado, pero amable —Tal vez un par de filetes de ese colorido atún que está cortando ahora mismo...—
El hombre soltó una carcajada breve. —Hoy estás de suerte. No todos los días se atrapan piezas así de buenas— dijo mientras envolvía dos filetes con destreza —Pero por ser nueva en el pueblo y dar algo de vida a este aburrido lugar, te llevarás un poco más. Digamos...un regalo de bienvenida.—
Ella arqueó una ceja, divertida. —¿Así tratan a todos los visitantes? Siento que podría quedarme toda la vida aquí-jmm— Respondió con una sonrisa juguetona mientras acomodaba su gorro.
—Solo a los que tienen un par de alas mas grandes que la puerta de mi casa— replicó él continuando con su risa rasposa, entregándole el paquete con una sonrisa franca.
Ravenna lo tomó con una leve inclinación de cabeza, su expresión iluminada por un brillo casi imperceptible. Había aprendido a no rechazar los pequeños gestos de bondad, en su experiencia, eran más escasos que el oro.
Mientras se alejaba, el murmullo de las olas rompía suavemente contra el muelle, y el gran faro de Baquella se alzaba a lo lejos, vigilando el horizonte con su blanco resplandor. Aquel lugar, aunque simple, tenía algo que le resultaba reconfortante. Quizás era el calor humano, o tal vez el modo en que la vida parecía fluir sin pretensiones.
Por primera vez en semanas, Ravenna se permitió pensar que, al menos por un tiempo, podía quedarse allí.
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La pesca, el fuerte de la región. Se siente el sol, pleno mediodía. Que bueno que estoy dentro de este negocio. Sentado miro por la ventana y veo a las personas caminar, hacer comercio, hacer vida. Se siente muy tranquilo, por eso me encanta Beterilla. No me gustaría tener que irme de aquí pronto, me encanta lo soleado y tropical que se percibe el clima. Lo único malo es que las pagas nunca son demasiado sustanciales, se puede vivir aquí, pero no podré solucionar mis problemas.
En las manos sostengo un vaso con agua, me lo ofrecieron al llegar por el duro trabajo. son muy amables. Demasiado amables. Lo bebo con mucha calma y me pongo de pie, la casa me queda un poco pequeña, es normal, la mayoría de los que vivimos aquí somos humanos. Lo unico es que soy el único con alas y bueno, este tono de piel, es como ver un frijol en medio de un plato con arroz. Son lo mismo pero lucimos muy diferentes. Me levanto y decido salir de la tienda buscando al dueño para entregarle el vaso en sus manos.
Mi caminar es tranquilo y despreocupado, ni me doy cuenta de que esta atendiendo a alguien hasta que me agacho para poder cruzar el umbral. —Aquí tiene mi lidel. Yoh, recuerde que tiene que tener el dinero listo esta misma semana, cómo acordamos. Así no tengo que volver a trabajar con Octavio.— Claro es normal que mi presencia siempre imponga, rodeado de tantos similares entre ellos puedo destacar, altura, fisico, belleza, alas, soy la fantasía de cualquiera. La sorpresa es encontrarme con una sombra que me tapa del sol.
Ladear es una sorpresa para mi. No imaginé nunca que hubiera un ¿árbol? No, lo que ven mis ojos es una pierna, una inmensa pierna. No es seguido toparse gente tan grande en Batería. Dediqué una mirada hacia arriba y entonces cuando noté bien que es una mujer gigante. —¿Buenas?— Esto es sorprendente, ella tiene un parecido conmigo, de lejos entonces es una mujer que me iguala en belleza. —No me habían dicho que hoy tendríamos tan buenas visitas.—
Demasiada altura. Me molesta un poco tenerla tan cerca, para verle la cara me cuesta demasiado así que tocó pegar un brinco combinado con aleteó para subirme al techo. Sobre la columna que aguantara bien mi peso. —HOI HOI. TU.— La señalé directamente a la mujer. —Mi nombre es Heras. ¿Cómo te llamas? — Le observé con detalle su mirada es brillante. Mis alas abiertas me ayuda a conservar el equilibrio. —¿Cómo le hiciste para ser tan grande? Digo, te pareces un poco a mi, pero eres gigante. — Las palabras directamente desde la admiración por lo majestuosa que es por su tamaño. No es que tenga un complejo, pero si yo fuese de su tamaño sería digno de adoración.
Entonces vi el pescado en su mano, claro pensé que ella había pagado por eso, ni pregunté sobre eso pero lo noté. —¿Eso te alcanza? Digo a mi me cuestan las raciones usuales. — Igual con una mujer tan grande estas conversaciones no están bien dimensionadas.
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29-10-2025, 02:00 AM
(Última modificación: 29-10-2025, 02:00 AM por Ravenna Grimm.)
El aire vibraba con la luz intensa del mediodía, y la brisa del mar arrastraba consigo un aroma a sal y escamas frescas que impregnaba cada esquina del puerto. Ravenna avanzaba con su paso firme y elegante a través de los puestos de venta, observando con detenimiento el bullicio cotidiano del pequeño pueblo. Pensaba en si debería pedir a los granjeros locales algo de la cosecha que no les sirviera para acompañar lo poco que había comprado; últimamente, su subsistencia dependía en gran parte de la generosidad de las personas con las que lograba interactuar. Era casi un milagro que, con su aspecto, no la trataran de monstruo.
La sola aparición de ese pensamiento demostraba que comenzaba a sentirse cómoda en aquel lugar. Baterilla era un respiro en comparación con tantos otros territorios infestados de esclavistas, cazadores y piratas ansiosos por una recompensa fácil.
Finalmente se detuvo frente a otro puesto de comida, observando las delicadezas dulces que allí se exhibían. Eran coloridas, aromáticas...y demasiado caras para su bolsillo. Se limitó a mirar, sin prisa, disfrutando del contraste entre los tonos cálidos del mercado y el fresco roce de la brisa marina.
Su figura destacaba inevitablemente. Era una sombra elegante entre la marea de colores claros y pieles tostadas. Medía seis metros, pero no era solo la altura lo que la distinguía, sino la serenidad con la que se movía. El cabello blanco-plateado, suelto sobre sus hombros, se balanceaba suavemente con el viento, y las grandes alas negras que nacían de su espalda, plegadas en ese momento, parecían absorber la luz del sol que los demás buscaban reflejar.
A pesar de las miradas furtivas, del temor y la curiosidad mezcladas en los ojos de los lugareños, había algo en la vida de Baquella que la relajaba: su ritmo lento, su sencillez, la manera en que el mar y el viento parecían marcar el compás de cada día. Por primera vez en mucho tiempo, podía caminar sin mirar por encima del hombro, sin tener que recordar el fuego de las armas o las persecuciones que habían marcado su pasado.
Entonces, algo interrumpió el murmullo del mercado. Una voz masculina, alta y directa, rompió la calma. Ravenna giró el rostro con tranquilidad, el movimiento apenas perceptible en su porte imponente. La sombra que se proyectaba ante ella se movió, y levantó ligeramente la cabeza. No era un humano. Lo percibió antes de enfocarlo del todo: había algo en la tonalidad de su piel, en la vibración de su presencia, que le resultó extrañamente familiar.
Cuando sus miradas se encontraron, el contraste fue evidente. Era un hombre alado, más bajo que ella, de piel más oscura y porte firme. La familiaridad racial saltaba a la vista, aunque la diferencia de escala resultaba abrumadora.
¿Otro lunarian? pensó con un destello de asombro que hacía mucho no sentía. La curiosidad se le dibujó sutilmente en el rostro.
Sus ojos siguieron al joven cuando este se impulsó con un ágil aleteo hacia el techo de una casa, buscando mirarla desde una posición más cómoda. La escena le resultó tan natural como extraña: había pasado toda su vida siendo la única de su especie en kilómetros a la redonda, y de pronto, alguien con alas se le dirigía con una confianza casi desarmante.
El aire se agitó con el batir de sus alas, levantando un poco del polvo salino del suelo. Ravenna entrecerró los ojos, clavando la mirada en él, y por primera vez dejó ver una ligera sonrisa.
—Así que eres Heras...— dijo, pronunciando el nombre con precisión antes de hacer una leve pausa, como si lo probara en el aire —Mi nombre es Ravenna.— Acomodó su gorro con sutileza —Ravenna Grimm. Un placer.—
Su voz, grave y clara, no necesitaba adornos. Había una firmeza innata en su tono, una autoridad tranquila que no buscaba imponerse, pero que inevitablemente se hacía sentir. Algunos lo llamarían “presencia”, otros, arrogancia. A ella simplemente le gustaba mantener cierto aire de grandeza.
—¿Cómo lo hice?— repitió su pregunta, apenas moviendo una mano para sostener la cesta con un solo dedo —No lo sé, supongo que nací así. Lo mismo podría preguntarte a ti. No hay muchos con alas por aquí. De hecho— añadió, bajando la voz con un matiz más íntimo —Eres el primero de nuestra raza que veo en todos mis años de vida. Parece que no soy la única lidiando con esto...— dijo, señalando con un leve movimiento de cabeza las pequeñas llamas que danzaban en su espalda, reflejándose sobre la textura oscura de sus alas.
El sol se reflejaba en la curva metálica de su pendiente, y por un instante la luz delineó el contorno de su silueta, dándole un brillo iridiscente. Extendió apenas las alas, lo suficiente como para sentir la temperatura del aire cálido, y el movimiento bastó para provocar reacciones inmediatas entre los presentes. Algunos retrocedieron, otros se quedaron inmóviles, contemplando con asombro el espectáculo poco común de dos lunarianos en medio de un mercado de pescadores.
El comentario de Heras sobre el pescado la hizo soltar una leve risa, breve y algo seca. A pesar de tener frente a ella a otro de su especie, Ravenna mantenía su sencillez natural: no era de hacerse demasiadas preguntas. Aun así, cierta curiosidad genuina comenzaba a encenderse en su interior.
—Guririririri....Bueno...digamos que alcanza para un aperitivo— respondió con humor contenido, bajando la mirada hacia la compra en su mano —Suelo cazar, pescar o pedir a los lugareños algunos víveres extra para mantenerme en forma.— Sus labios se curvaron apenas en una sonrisa —No suelo comer tanto como aparento... o eso quiero creer.—
Tras ese comentario, se cruzó de brazos y cerró los ojos un instante, como si evaluara al joven a través del sonido del viento. Había algo en él que le resultaba familiar, pero no tanto como para confiar. Lo observó de nuevo, fijando sus ojos ámbar sobre los suyos.
—Dime, Heras...—dijo finalmente, con un tono más bajo y reflexivo —¿Hay otros como nosotros? ¿O también viajas solo?—
El aire volvió a moverse entre ambos, cargado de sal, calor y una curiosa sensación de reconocimiento. A su alrededor, la vida del puerto continuaba, el pregón de los pescadores, el tintinear de las monedas, el murmullo constante del mar. Pero en ese instante, todo parecía haberse ralentizado. Dos hijos del fuego, reencontrados bajo el sol de un mundo que rara vez los aceptaba, compartiendo un diálogo sencillo que, al menos para Ravenna, significaba mucho más que eso.
Ravenna lo observó un segundo más, con el rostro sereno, pero los ojos atentos, expectantes. Había en su voz la mezcla exacta de calma y fuerza que la definía, una presencia que imponía sin necesidad de levantarla. El calor del mediodía seguía golpeando con fuerza, pero a ella no parecía afectarle, el fuego que llevaba en la espalda era, después de todo, su naturaleza.
—Quizás no sea coincidencia— añadió, casi en un susurro, más para sí misma que para él —Que nos hayamos cruzado aquí, en esta isla alejada de todo—
La frase quedó suspendida en el aire, diluyéndose entre el sonido de las olas que rompían contra los muros del puerto y el canto lejano de las gaviotas.
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Su nombre es Ravenna Grim. Todo en ella parece ir acorde con su tamaño. Hasta el tono de voz. Me intriga, pero cuando estás tan acostumbrado a ver que eres el diferente al grupo, la oveja negra en medio del rebaño de ovejas blancas, es imposible no querer pegarte cuando ves a otro igual a ti. La tierra de los hombres ahora me hace dudar de si soy como ellas. Sí silueta despampanante, su tono de piel, bueno, aun la veo un poco clara, pero en esencia cada uno tiene lo suyo. Lo que más me atrapa son sus alas igual de negras que las mías. Claro, las mías son preciosas pero las suyas son descomunales.
Estoy tranquilo conteniendo la emoción de encontrar a un semejante. No negaré que ganas de abrazarle y comerle a besos no me faltaron desde el momento que me habló. —Que va, que va, tienes que comer acorde a lo que eres. Si no, no podrás mantener tu belleza. — Mi aleteo es solo para ayudarme a conservar el equilibrio, pero el techo no es cómodo para estar de pie. Igual el hombre de la tienda se quejó desde abajo que estaba ensuciando su negocio. Normal, si me paré en su techo sin avisar. —Disculpeme, me emocioné.— Respondí hacia abajo antes de pegar otro bico y mantenerme aleteando para conservarme a la altura.
Su pregunta es una que me hago mucho todo el tiempo así que solo queda ir con sinceridad. —Bueno, si hago memoria no recuerdo haber visto otro como tu.— Claramente no miente, pero es extraño como ella hace las preguntas. ¿A que se refería con nosotros? Será que está interesada con que si soy un hombre casado. La verdad es una mujer que puede ser guapa y todo pero no somos compatibles, yo no no tengo las dimensiones que ella necesita para un abrazo cálido, para ser ese hombro sobre el que apoyar su cabeza. —Yo por ahora estoy solo, pero ciertamente, otros aquí no hay. Tampoco he revisado toda la isla, pero si hubieran ya nos hubiéramos cruzado.— Tengo que darle la mala noticia, pero en el momento no quería herirla, es una mujer gigante y la acabo de conocer, no le daré un rechazo fulminante.
—Igual no podemos estar anclados para siempre. Yo puedo ser tu amigo o tu pariente adoptivo. Ya encontrarás a alguien apropiado. Seguro habrá algún otro talla extra extra grande.— Si yo creo que eso ha sido suave. La verdad aletear para mantener una altura está comenzando a ser un fastidio, no es como volar para desplazarte, es agotador estar moviendo tanto las alas así que al final busco otro techo donde aterrizar y de inmediato el dueño comienza a quejarse.
—Vamos a un granero cerca de aquí. Yo me estoy quedando allí y puedes preparar eso bien.— No me quedó de otra que volar para que ella pudiera seguir, claro que iremos volando coño, para eso tenemos unas fabulosas alas de color negro, geniales, brillantes y hermosas. Con ninguna otra persona podría darse este lujo de darme el paseo en vuelo. Claro no vuelvo a mi máximo ya que ella es tan grande imagino que debe volar lento pero igual no esta tan lejos pues el pueblo no es tan inmensamente grande tampoco.
Suelo de tierra húmeda, olor a establo, un granero que usan de depósito pero que tiene suficiente espacio para que pudiera estar yo adentro. A ella no podía entrar salvo que entrara sentada, el techo estaba como a cuatros metros de altura. —Aquí todo esta hecho a las medidas de los humanos, así que toca apoyarlas.— Encendí una madera usando el fuego típico que nos caracteriza. Tenía un lugar de hoguera que siempre encendía y alimentaba con madera nueva y cortada. La cocina no es mi fuerte, todo me queda muy mal de sabor o es muy simple o es muy salado. —Sirvete, tengo algunos calderos si ocupas.— Con la misma aproveché de poner una parrilla para así tener donde cocinar las cosas y también sostener una olla para calentar agua.
—¿Vienes desde muy lejos Ravenna? La verdad que es un placer ver a alguien con tanto parecido. — Espero que ella no se sienta mal por el rechazo así que la atenderé lo mejor que me sea posible.
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01-11-2025, 02:35 AM
(Última modificación: 01-11-2025, 02:36 AM por Ravenna Grimm.)
El sol de Baquella seguía alto cuando Ravenna se permitió una breve pausa, observando cómo el joven Lunarian flotaba frente a ella con evidente entusiasmo. Había algo curioso en él, una energía casi contagiosa que contrastaba con la mayoría de personas con las que se cruzaba a lo largo de su viaje. A su modo, le recordaba lo que era vivir sin tanto peso sobre los hombros.
El comentario sobre su belleza le sacó una ligera sonrisa. —Guri Guri guriririri...Supongo que tienes razón. Sería un desperdicio dejar que algo tan raro como nuestro cuerpo se desperdicie— respondió con tono sereno, algo burlón, como si estuviera probando hasta qué punto él podía seguirle el juego. Aun así, sus palabras tenían una naturalidad desarmante, Ravenna no coqueteaba, simplemente existía con una seguridad que lo hacía parecer innecesario.
—Eres un tipo peculiar, Heras— comentó con una leve inclinación de cabeza —No sé si todos los de nuestra especie son así, pero me alegra saber que al menos uno de nosotros conserva el entusiasmo— Cuando lo escuchó decir que no había más como ellos en la isla, asintió con calma, sin decepción alguna. —No me sorprende. He viajado por muchos tiempo y nunca vi a otro Lunarian...hasta ahora. Supongo que eso hace este encuentro un tanto especial, ¿no?—
Cuando él propuso ir al granero, Ravenna ladeó la cabeza, arqueando una ceja con un gesto más divertido que escéptico. —¿Un granero? Suena...hogareño— respondió, y cuando lo vio alzar el vuelo, desplegó lentamente sus alas. Las plumas negras se abrieron con majestuosidad, reflejando un leve brillo carmesí bajo la luz del mediodía. Con un solo movimiento, el viento se arremolinó a su alrededor, levantando polvo y papeles. —Bien, encabeza el camino, Heras. Intentaré no derribar ninguna casa-jmm— dijo con una sonrisa leve, y con un impulso elegante, tomó el aire.
El vuelo fue breve y silencioso. Desde lo alto, Ravenna podía ver el diminuto pueblo extendido entre la costa y las palmeras, los tejados anaranjados brillando como brasas en la distancia. El viento cálido le acariciaba el rostro y las alas, y aunque no lo admitiera, la sensación le resultaba agradable. No había tenido muchas oportunidades de volar en paz, sin estar huyendo de nada. Aterrizó frente al granero apenas unos segundos después que Heras, plegando las alas con la precisión de quien conoce su tamaño y el espacio que ocupa. Su sombra cubrió buena parte del suelo, y aun inclinándose un poco para asomarse al interior, su presencia llenaba todo el marco de la puerta.
—Ya veo lo que decías— murmuró, observando el interior con curiosidad —Todo en este pueblo parece hecho para gente mucho más... compacta.— Heras encendió una llama, y Ravenna se inclinó hacia adelante, sus ojos ámbar reflejando el movimiento del fuego con un brillo cálido. Dio un paso al interior, dejando que las alas rozaran apenas el marco de madera. Luego se acomodó en cuclillas frente a la hoguera, apoyando un antebrazo sobre la rodilla, como quien observa algo que le resulta familiar pero distante.
—Vaya— dijo en un tono bajo, casi meditativo —Es hasta raro ver a otra persona utilizando las llamas de esa manera— Alzó la mirada hacia él, una chispa de humor en sus ojos dorados —Es un buen día para asar a la leña...—
El calor de la llama la iluminaba desde abajo, dibujando matices dorados sobre su piel clara. Dejó la cesta a un lado y, con movimientos tranquilos, comenzó a sacar el pescado que había comprado en el puerto. —Tienes buen instinto, Heras. Si me hubieras dejado sola, habría terminado cocinando esto en unas rocas— comentó con una sonrisa apenas visible, cortando el pescado con un cuchillo pequeño que guardaba a la altura del muslo.
Mientras lo hacía, sus alas se movían sutilmente con cada respiración, plegándose y abriéndose lo justo para mantener el equilibrio. No era común verla tan relajada, pero había algo en ese lugar, quizás el fuego, o la presencia del otro Lunarian, que le permitía bajar un poco la guardia. —No suelo aceptar invitaciones— añadió mientras colocaba el pescado sobre la parrilla improvisada —Pero haré una excepción. No todos los días se conoce a alguien con alas negras— Le dedicó una mirada breve, pero directa, con una ligera sonrisa bromista que no necesitaba más palabras.
Cuando él preguntó si venía desde lejos, Ravenna se tomó un momento antes de responder. El fuego crepitaba entre ellos, y el olor a madera quemada llenaba el aire. —Depende. He recorrido varias islas del South Blue...algunas amables, otras no tanto. Pero todas distintas— Se encogió de hombros, con una naturalidad casi desinteresada —Originalmente provengo del sur de Sorbet, o al menos ahí me críe en un orfanato—
Dejó que el silencio se extendiera unos segundos antes de mirarlo de nuevo. —¿Y tú?— preguntó —¿Qué hace un Lunarian en un pueblo de pescadores? No pareces alguien que se conforme con la rutina.— La pregunta no era un reproche, sino una observación directa. Cuando el aroma del pescado asado comenzó a llenar el granero, lo retiró del fuego con cuidado y lo partió en dos. —Toma— dijo, extendiéndole su porción sobre un trozo de madera limpio —No prometo un sabor memorable, pero al menos está hecho con buena intención— Probó un bocado del suyo, asintiendo con satisfacción —No está mal. Tal vez debería dedicarme a la cocina. Soy buena navegante pero tengo tiempo de sobra para alguna que otra actividad—
El comentario fue acompañado por una sonrisa casi imperceptible, de esas que apenas curvan la comisura de los labios pero cambian toda la expresión. Luego se acomodó mejor, aún en cuclillas, mirando las llamas con aire sereno. —Sabes, Heras..— dijo tras un momento de silencio, sin apartar la vista del fuego —No sé si hay más como nosotros allá afuera. Tal vez sí, tal vez no. Pero si los hay, espero que tengan la mitad de tu espíritu. Es refrescante ver a alguien que no se oculta.—
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A pesar de ser una mujer gigante ella hasta ahora me ha mostrado una mujer bastante tratable. Puede que mi presencia al tener tantas similitudes con al suya le permitiese sentir empatía conmigo. Por mi parte quería atenderlo lo mejor posible, ya que no sabría si tendría de nuevo una oportunidad de conocer a una mujer con mi parecido.
Sus palabras, cómo ejecuta las oraciones me ponen un poco tenso. Eso de que la invité era sugestivo y eso de que ella no le acepta a todos me sigue pareciendo aun más sugestivo. Por un momento tuve esos pensamientos intrusos que esta vez no son bienvenidos. Y la entiendo a ella, pero cada vez me hace tragar seco. —Toda una viajera, pero es que Baterilla es una isla tran tranquila y tan cálida que siempre hay que pasar por aquí si estás en el sur.— Esta isla parece un pequeño paraíso tropical. Puede que al final como una pequeña isla no puedes quedarte demasiado tiempo.
Sorbert no es esa clase de lugar del que yo quiera hablar así que mientras me ocupaba sacando algunas cosas de mi residencia ví a Ravenna agachada cerca del fuego agarrando calor. La hoguera cumplía su función y busqué alimentar el fuego con más paja para que la madera tuviera todo el tiempo necesario para arder correctamente. Encontré aquellas ramas que puse en la olla con el agua que en corto mostró una coloración ambarina muy leve. Supe que entonces ya estaba casi lista. Le adicioné un poco de miel de una botella transparente que luego volví a ubicar dentro.
No soy un experto cocinero mucho menos, de hecho la mayoría de las veces poco me detengo aquí a comer ya que es más trabajo saber cocinar correctamente y luego tener que limpiar todo. Fijate lo buen anfitrión que soy que me tomo todas estas molestias. Paciente aproveché para unirme bien a la conversación mientras está lista la infusión. Había escuchado sobre un pasado en un orfanato.
—Ciertamente no soy de los que tratan de pensar mucho en el pasado. Ciertamente nos marca pero no define quienes somos. Pero si de viajes me hablas, estoy preparándome para moverme de isla, probablemente la próxima estación. Ahora mismo la pesca es buena y me permite hacer dinero, no estoy amarrado a baterilla pero admito que es un lugar excelente para conocer personas.— Hay que agradecer a esta isla ya que a ella conocí a excelentes personas como a Ravenna por ejemplo.
—No era necesario primor. Aunque ahora podré juzgar si eres apta para una familia. JAJAJAJA— Claro ya es costumbre entre las familias de los marinos creer que aquella mujer que sabe hacer cosas del hogar, cocinar, lavar, atender la familia, es apta según la sazón con la que cocina.
Rompi un poco con el glamour y al ver la porción de pescado supe que ella era una buena persona. Ella podía no compartirlo, no la iba a juzgar, yo la traje aquí después de todo es mi deber ofrecer de lo que tengo y ella no está obligada a ofrecer nada a mi. Me senté en el suelo en postura de mariposa y sujeté el plato. Comí y me percaté de inmediato que es un sabor sencillo, no está quemado, o es lo que noto. ¿Tendría sal? parece que sí, pero no voy a preguntar tampoco.
—Ya me estas abochornando. Si me quieres conquistar no te detengas belleza, que ya te has vuelto mi persona favorita.— Entre bocados esas palabras, para evitar hablar con la boca llena. Le hice un gesto para tratar de restar importancia. Mi espalda iba de lado a lado, porque ya habían sido varios halagos y eso obviamente me pone de un excelente humor.
—Si eres una viajera en solitario y tratas así de seguro debes tener tu amante secreto en cada pueblo. Eres una mujer peligrosa y eso me encanta. Ten eso siempre seguro.— Claro, describirla en negativo no siempre significaba malo, es como cuando a las mujeres les gusta el tipo malo, no lo describen así en negativo y significa que son el hombre que les pone a temblar el piso, a mojar el paso, a flotar, si me entiendes. El agua habló y casi se me pasa. Bosque quitarla del fuego y con colador removí las hojas y las arrojé algo retiradas. me serví una buena tasa y le acerqué el resto a ella.
—Por proporcion te hice una olla. Espero que te guste es té de malojillo y manzanilla. No hace falta pero es refrescante y si te da sueño me avisas, te acomodo algo para que recargues la cabezota.— Claro es un té muy relajante pero es excelente para compartir con la visita. —Si viajando por el sur llegas muy lejos siempre recuerda a este Lunarian, por si vez mi foto alguna vez. — Le hice una pose mostrándole mi puño para que ella pudiera verme bien con todo y tatuajes expuestos.
—Por cierto que metas tiens. ¿Quieres llegar a algún lugar en especial?— Todos los viajeros quieren llegar a algún sitio, eso todos lo sabemos.
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