02-11-2025, 11:49 PM
Hace 1 año, Año 15
El aire de Terminal Grey era denso, casi sólido. Olía a hierro, aceite y podredumbre. Las fábricas seguían rugiendo aunque el sol ya se había ocultado tras la bruma, dejando el cielo teñido de un naranja sucio. Caminaba con cuidado entre los callejones húmedos, con la capa echada sobre los hombros y el rostro cubierto por una bufanda. Tenía un objetivo: conseguir la pieza que necesitaba para reparar el generador de presión del dojo. Sin esa pieza, el sistema hidráulico del área de entrenamiento quedaría inutilizable por semanas, y no podía permitírselo.Preguntando entre los chatarreros y mecánicos del mercado negro, el nombre de un solo hombre aparecía una y otra vez: Rugor, el matón más conocido de Terminal Grey. Nadie lo miraba a los ojos, y los que lo hacían no duraban mucho. Golpeaba, robaba, extorsionaba y mataba con una facilidad que lo había convertido en una sombra temida. Si alguien tenía una pieza extraña, valiosa o difícil de encontrar, era él.
Lo encontré en un taller improvisado cerca del límite del distrito sur. El lugar era un caos de metal retorcido y bidones oxidados. Había dos hombres vigilando la entrada, ambos armados, con chaquetas de cuero desgastadas y miradas vacías. Me miraron con recelo, pero me dejaron pasar cuando Rugor levantó una mano desde su asiento.
Era enorme. Tenía la cabeza rapada, la mandíbula cuadrada y una cicatriz que cruzaba desde su ceja hasta el cuello. Fumaba un cigarro grueso, dejando que la brasa iluminara su rostro cada vez que inhalaba.
—Dicen que buscas una válvula de triple flujo —gruñó, sin levantarse.— No son comunes por aquí. —
—La necesito para una máquina —respondí, manteniendo la voz baja.— Dicen que tú tienes una. —
Rugor soltó una carcajada ronca.
—Tengo muchas cosas. Pero todo tiene un precio. —
Se levantó y caminó hasta un estante de metal. Rebuscó entre cajas, latas y engranajes, hasta sacar una pieza plateada, perfectamente limpia, como si nunca hubiera estado en contacto con el polvo de la ciudad. La colocó sobre la mesa con un golpe seco.
—Aquí está. Funciona, lo comprobé yo mismo. Pero no será barata. —
—¿Cuánto? —
—Veinte mil berries. —
—Eso es demasiado. No vale ni la mitad. —
—Lo vale si la tengo yo. —Dijo, con una sonrisa torcida.
Sabía que discutir no serviría de nada. Fingí dudar, revisando mis bolsillos, hasta que solté un suspiro.
—Está bien. Déjame sacar el dinero. —Me agaché para buscar la bolsa de monedas, y en ese instante, dejé caer una pequeña tuerca al suelo. Me incliné para recogerla, y mientras su mirada se desviaba por un segundo, mi mano libre se movió como un reflejo. La pieza desapareció de la mesa, oculta bajo mi capa.
Me levanté con calma.
—Quizás vuelva más tarde, necesito revisar el precio con mi maestro. —Dije.
—Haz lo que quieras, chico. —Rugor se giró hacia sus hombres, sin sospechar nada todavía.
Salí del taller sin mirar atrás, pero no había avanzado ni tres calles cuando escuché el rugido.
—¡Ese maldito me robó! ¡CIÉRRENLE EL PASO! —
Mi corazón se disparó. Corrí entre montones de chatarra, saltando sobre tuberías oxidadas y escombros. Las calles de Terminal Grey se enredaban como un laberinto, y aunque las conocía, Rugor las dominaba mejor. Lo escuchaba detrás, gritando, pisando fuerte, con una rabia que resonaba en el metal.
Salté sobre un viejo contenedor y trepé por una montaña de basura mecánica. Desde arriba vi su sombra subir tras de mí, pesada, brutal. Antes de que alcanzara la cima, giré y desenvainé mi daga. Cuando su mano se asomó para atraparme, clavé el filo con toda mi fuerza.
El grito fue desgarrador. Cayó hacia atrás, golpeando contra el suelo con un estruendo de chatarra. Aproveché esos segundos para escapar, pero su rabia fue más rápida que el dolor. Se levantó con la mano sangrando y sacó una pistola de su cinturón.
—¡Te voy a hacer pedazos, desgraciado! —gritó, disparando.
El primer disparo rebotó en un tubo. El segundo me pasó rozando la oreja. Corrí por la pendiente del basurero, deslizándome entre cables y piezas rotas hasta alcanzar una calle lateral que llevaba al borde del bosque. Pero al final del camino, dos hombres bloqueaban la salida: sus subordinados.
—Ahí está —dijo uno, levantando una barra de hierro.
Ambos se lanzaron a la vez. Esquivé el primer golpe, agachándome, y respondí con una patada en la rodilla del segundo. El hueso crujió y cayó de inmediato. El otro intentó golpearme por la espalda, pero giré rápido y desenvainé mi espada. Un tajo diagonal bastó para cortarle el antebrazo y hacerlo caer de rodillas. Gritaban, retorciéndose en el suelo, mientras yo saltaba sobre ellos y salía por fin del distrito.
El aire cambió en cuanto crucé la línea que separaba Terminal Grey del bosque. El olor a metal se convirtió en el aroma húmedo de la tierra viva. Corrí entre los árboles, pero pronto tuve que detenerme para recuperar el aliento. Pensé que ya estaba a salvo… hasta que una bala silbó a pocos centímetros de mi cabeza y se incrustó en un tronco frente a mí.
Rugor no había desistido.
—¡Sal de ahí, cobarde! ¡Voy a colgarte del cuello! —gritaba entre los disparos.
Lo escuchaba romper ramas, cada vez más cerca. Pero aquí, el terreno ya no era suyo.
Respiré hondo, bajé el cuerpo y empecé a moverme entre los árboles con sigilo. Cada disparo que sonaba me decía dónde estaba. Me desplacé en silencio, usando los troncos como escudos, avanzando en círculos hasta rodearlo. Rugor seguía disparando al vacío, maldiciendo, hasta que el sonido de su pistola quedó a unos pocos pasos.
Cuando lo vi, estaba jadeando, con el sudor cubriéndole la frente y la mano herida goteando sangre.
Desenvainé ambas armas, espada y daga. Me deslicé fuera de las sombras y, antes de que pudiera apuntarme, avancé con un salto rápido. Dos cortes precisos: uno en el antebrazo derecho, otro en el izquierdo.
Rugor soltó un grito ronco. Las armas cayeron de sus manos. Se miró los brazos temblando; los nervios cortados le habían quitado toda fuerza.
Apoyé la punta de mi espada contra su cuello.
—No vuelvas a aparecer delante de mí. Si lo haces, esta vez no fallaré. —
Lo miré a los ojos. Por primera vez en su vida, tenía miedo.
Retrocedió tambaleante, sin atreverse a hablar. Luego giró y huyó entre los árboles, desapareciendo en la espesura.
Me quedé quieto unos segundos, respirando despacio. Guardé las armas, limpiando el filo en la manga. El viento soplaba entre las ramas, trayendo el eco distante de los disparos que ya se apagaban.
Volví al camino con la pieza aún segura dentro de mi capa. El bosque estaba tranquilo otra vez, y solo se escuchaban los pasos lentos del regreso.
Cuando llegué al borde del sendero, el cielo ya estaba cubierto de nubes grises. Caminé un rato más, hasta que el ruido de las fábricas de Terminal Grey se desvaneció completamente. Entonces me senté bajo un árbol, saqué la válvula de triple flujo y la observé a contraluz. Luego suspiré, cerré la mano alrededor de la pieza y la guardé antes de irme.
