[FIC|PASADO] Coqueteo
#1
Reino de Samba | South Blue
Dia 42 de Verano

La medianoche en Samba siempre ha sido una criatura distinta. No es un momento ni una hora, es una piel cálida que se desliza sobre la ciudad, encendiendo los sentidos como brasas bajo una brisa suave y allí estaba yo, caminando entre farolas temblorosas que parecían pestañearme con coquetería, siguiendo el rastro del ritmo que escapaba por las ventanas entreabiertas. Samba respira música incluso cuando duerme, y esta noche yo necesitaba exactamente eso, el abrazo ligero de un ambiente que me permitiera ser yo mismo sin tener que demostrarle al mundo que soy capitán, luchador o protector. Esta noche solo quería ser Rosse Bellecour.

El bar se escondía entre dos edificios altos, como si temiera llamar demasiado la atención en una ciudad que ya brillaba por exceso, pero bastó abrir la puerta para entender por qué sobrevivía en la penumbra, la voz suave de un saxofón llenaba cada rincón, mezclándose con el aroma a ron, madera vieja y perfume barato. La clase de sitio donde las miradas duran un poco más de lo que deberían y la gente se permite el lujo de sentirse deseada, aunque sea por un instante.

Crucé el umbral con mis tacones marcando un compás firme, como si yo también fuera parte de la música. Me encanta ese sonido, es elegante, autoritario, imposible de ignorar. Varias cabezas se giraron a la vez, y sonreí sin necesidad de esforzarme, al fin y al cabo, ser visto siempre fue parte de mi encanto, aunque esta noche, más que brillo, lo que buscaba era un pequeño juego.

Elegí una mesa al fondo, desde donde podía observar la barra sin comprometerme a nada. Me senté con esa soltura que solo se consigue cuando una sabe que todos los ojos que merecen mirar ya están haciéndolo. Crucé las piernas, apoyé un codo sobre la mesa y dejé que mi cabello se acomodara hacia un lado, en ese simple gesto ya había dicho más que cualquier palabra.

El camarero tardó poco en acercarse. Era alto, moreno, con un uniforme que intentaba ser serio, pero no lograba disimular sus intenciones, me preguntó qué quería tomar, pero no respondí de inmediato. Solo levanté una ceja, lo miré de forma lenta y calculada, y cuando mis ojos se encontraron con los suyos, sonreí apenas lo suficiente para hacerle perder la compostura, entonces sí, pedí un trago.

Cuando se alejó, apoyé la mejilla en la mano y dejé que mi vista recorriera la escena. Las luces cálidas se movían sobre las botellas alineadas detrás de la barra, creando destellos que parecían burbujas atrapadas en vidrio, en una esquina, una pareja discutía en voz baja, demasiado cerca para ser pelea y demasiado lejos para ser caricia y la pista improvisada al centro estaba vacía, pero el ritmo seguía allí, como un corazón invisible y en la barra había una figura que captó mi atención casi de inmediato.

No sé si era por la manera en que sostenía su copa, despreocupada pero elegante, o por el leve gesto de su boca, como si estuviera imaginando una historia mejor que la propia realidad, quizá fue simplemente la manera en que sus ojos recorrieron el bar, deteniéndose en mí por apenas un segundo más de lo habitual, Ah, honey, ese era mi idioma, miradas que dicen “ven” sin mover los labios siquiera.

No hice nada al principio, no tenía por qué. Si algo he aprendido es que el coqueteo no es una flecha que se lanza, sino una danza que se invita y yo, querida, soy muy bueno bailando. Recibí mi trago, incliné la copa con gracia y bebí un sorbo, observando por encima del borde del cristal y entonces la figura volvió a mirar, esta vez no apartó la vista tan rápido. Me reí por lo bajo, dejando que el sonido se derritiera entre mis labios y subiera por mis mejillas como un rubor natural, aunque no lo fuera, para mí, el juego había comenzado.

Decidí levantarme y caminé hacia la barra con ese paso calculado que era puro veneno dulce, lento, elegante, insinuante sin caer en lo obvio. Cada tacón golpeó el suelo con la seguridad de alguien que sabe que la noche entera está mirándolo. Me apoyé en la barra a un asiento de distancia, sin pedir permiso ni disculparme, después de todo, las distancias son una sugerencia cuando quiero que no lo sean.

El bartender se acercó para preguntarme si quería algo más, pero negué con la cabeza. No vine por otro trago, yo vine porque me gusta ver quién se atreve a acercarse cuando dejo la puerta entreabierta, porque coquetear para mí no es promesa, es un arte y esta noche estaba de humor para practicar.

La figura, un hombre de mirada pícara, barba arreglada y camisa ligeramente abierta como si la noche hubiera decidido consentirlo también, giró apenas hacia mí. No dije nada y solo jugué con la copa entre mis dedos. Noté que observaba mis manos, mis uñas, mis anillos, por mí, bien, ese era el lenguaje universal del interés silencioso.

—¿Noche pesada? —preguntó con una voz grave, suave, casi tímida, pero no respondí con palabras. Preferí mirarlo de arriba abajo, sin esconder que estaba evaluando lo que tenía frente a mí, luego ladeé la cabeza con esa sonrisa que mezcla complicidad y desafío, tal vez esperaba una respuesta verbal, pero nunca he sido de dar lo que esperan.

Se rió un poco y volvió a su copa y yo también tomé un sorbo, disfrutando la tensión deliciosa que se acumulaba entre nosotros, no era una tensión agresiva ni desesperada, era ese punto exacto donde dos personas se reconocen como posibles, me encanta ese estado previo, ese borde del abismo donde aún no se sabe si uno va a saltar o si solo quiere ver quién dispara primero.

El ambiente del bar nos envolvió como una música lenta. El saxofón continuó con una melodía melancólica que invitaba a recargar el cuerpo en cualquier hombro disponible lo pensé por un instante, pero preferí mantener el misterio. A veces el coqueteo es más delicioso cuando nunca llega a nada.

Cuando nuestras miradas volvieron a encontrarse, esta vez yo fui quien habló —No tan pesada como podría ser —murmuré con voz suave, reposada, dejando que cada palabra saliera como miel tibia y él sonrió, bueno, más que sonreír, me regaló esa expresión de quien se siente halagado con solo existir frente a ti y honey, esa es una sensación que siempre me gusta provocar.

Conversamos poco, muy poco de hecho, intercambiamos frases cortas, preguntas leves, comentarios que no cambiaban el mundo ni pretendían hacerlo. Todo estaba entre líneas, en el espacio entre los cuerpos, en la forma en que me inclinaba hacia adelante o él dejaba caer una mano sobre la barra, suficientemente cerca para darse a notar sin atreverse a rozar. El calor del bar hizo el resto, nos envolvió en un ambiente donde el sudor no es molestia, sino decoración.

En un momento me preguntó si vivía cerca, reí, casi en un suspiro, sin confirmar ni negar nada, de nuevo ese juego mío de dar solo la mitad. Él asintió, comprendiéndolo sin ofenderse, qué raro encontrar alguien que entiende que no toda curiosidad necesita respuesta.


La noche avanzó, y yo sabía que estaba llegando a ese punto mágico donde debía decidir si dejar que el aire se cargara de promesas o si retirarme con la elegancia de quien deja un sabor dulce sin necesidad de un final y honey, yo soy experto en finales que no necesitan desenlace.

Terminé mi trago, dejé unas monedas sobre la barra y me levanté. Él me miró como si fuera a decir algo, tal vez una invitación o una despedida verbal, pero yo solo pasé a su lado, rozando su brazo con la punta de mis dedos, tan leve que quizá lo imaginó. Me incliné lo suficiente para que mi perfume lo envolviera por un instante.

—Buenas noches —susurré, y eso fue todo. Salí del bar con mis tacones golpeando la madrugada, la brisa cálida de Samba acariciándome el rostro y la sensación deliciosa de haber dejado a alguien pensando en mí. No necesitábamos más, el coqueteo no siempre busca conquista, a veces solo busca encender un poco la noche y esta noche, honey, yo brillaba lo suficiente para encender todo Samba.
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