¿Hasta donde? +18 (Pasado/Bai)
#11
En principio no era capaz de ver su expresión ahogada. Pero, claramente el sexo nunca se habría tratado de tan solo mirar sino mucho más de servirte egoísta y sin titubeo sobre quien deseabas, siempre de manera premeditada, procurando servir en misma medida, razón por la cual obedecí deteniendo el castigo que había impuesto sobre su cuello cuando entendí que estaba a su límite, no solo aflojando el agarre de mi rodilla sobre su cuello que le instaba en ahogarse hasta el fondo sino en cambio alzando mi pie encima de su cabeza para brindarle un espacio para así levantarse.

Brindándome un respiro para observar del terso canela en su espalda.
Despidiéndome casi romántico con un beso en su glúteo al levantarse,
Arrastrando de mi propio cuerpo sentado sobre la cama más hacia ella,
El pene me tambalearía de una pierna a otra palpitante hasta su cadera.

Y cedi gustoso a su agarre, de sus delicados dedos y su sucio escupitajo, entonces sonreí porque nunca me había imaginado que fuera una mujer con un gusto tan sencillo y me trague lo mío, entonces dispuse ambas manos alrededor de su cuello, aprete delicadamente su barbilla para denotar una misma intención y en vez de escupir o detenerme a observar el brillo de sus ojos, sumergiría nuestras bocas en un beso profundo hasta que logre deslizar mi lengua por encima apartándome casi tras conseguirlo, atrayendo su lengua hacia afuera para lamerle desde abajo.

Mis labios así acabaron dulcemente acariciando de su labio inferior.
Mi sonrisa casi audible denotaba un merito silencioso en la acción,
A razón por la qué sin obligación soltaría su cuello tras aquel beso,
Mi izquierda se volvería la palanca que sostendría de mi equilibrio.

¿En cuanto a mi derecha? lógico, pasional, descendió del agarre acariciando con la yema de sus dedos la apertura entre los pechos hasta que subiendo por las costillas tomaría y apretaría, siempre posesivo, estrujando con gusto y suficiente consideración, tan simple como si quisiera pesar de su bello seno en mi palma o juguetear con su pezón entre mi dedo índice y medio, aunque eso era una simplificación bastante injusta de la cercanía que no sexual sino sensual persistía en mantener mientras mi respiración era exhalada a la altura de sus labios féminas.

Todavía ambos en cama mientras que mi pene quedaba sobre ella,
Palpitante y erguido como sí reclamara desear todavía su atención,
Más mi boca le obligaba a perseguir una sensualidad entre gestos,
Una caricia qué acalambraba alegremente y producía emoción.

A ser justos, también quería detenerme un momento para que me mirase a los ojos directamente como si no fuera a permitirle una excusa de este día y quisiera a su corazón aceptara el momento. -Hijo de Puta.- entonces repetí sus palabras, sin saber exactamente que estaba diciendo o si era algo bueno o malo pero brindándole un acuerdo entre ambos de que fuera lo que fuera era cierto, aunque en mi ilusa perspectiva debo admitir que había creído que significaba algo más importante o provisto de nuestra intimidad, hubiera deseado de alguna manera que fuera algo para ambos.
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#12
Su vello se erizó; su piel sabía mucho ante que ella lo que se cernía: una vasta mano con deseos de recorrerla.
La respiración se le quebró al ser tocada; su pelvis se deslizó silenciosa buscando sentir su cuerpo.
El sudor corría por su cuello y gotas se perdían sobre su pecho.
De nuevo la respiración volvió a la normalidad; el movimiento de su pelvis se volvió brusco, torpe y real.
Ya no quedaba delicadeza en ella; todo era febril hambre.

Mientras tanto su corazón le golpeaba en el pecho con la fuerza de mil caballos desbocados; sus manos se aferraron al hombre y su frente cayó sobre su hombro mientras su cuerpo continuaba bailando ritmicamente.
La urgencia la estaba quemando.
Miró hacia abajo, recorriendo con su mirada primero el pectoral, luego el abdomen y finalmente la virilidad del hombre; sonrió. Dong estaba tan excitado como ella.
Su nariz rozaba la clavícula ajena mientras su halito recorría su bronceada piel. De repente un húmedo sonido surgió de su boca, eran sus fauces al abrirse, se humedeció los labios y, simprevio aviso, mordió su cuerpo con ansias.

Sin embargo su hambre no había terminado ahí.
Sus piernas se abrieron ligeramente permitiendo que su flor quedara expuesta para él; su mano se deslizó por el perfil del tonificado cuerpo del amante.
Dong entonces la obligó a mirarle.
Por un instante, los ojos de Bai se oscurecieron. Ya no chisporroteaban de emoción. Eran opacos y serios, sin la crueldad del cazador pero con la seriedad del salvajismo.
Era como mirar a un abismo que te devuelve la mirada del ser primitivo.
La mujer quiso decir algo, pues abrió la boca, pero las palabras se quedaron atrapadas entre los dientes.

¿A caso lo había escuchado bien?

Una sonrisa se dibujó en su tez.
—Bien dicho, mi rey — susurró inclinándose sobre él.

Era la primera vez que le llamaba anax en un contexto tan íntimo.

—Creo que mereces una recompensa —añadió mientras sus labios rozaban los del lunarian.

Su mano continuó el descenso que hasta entonces le habían negado.
Estaba tan inflamado como ella excitada.
Colocó su miembro entre sus labios y empezó a moverse con cuidado; podía sentir las venas acariciar su clítoris, el vaivén de la piel ajena y el ruzumante capullo deslizarse por toda ella.
Lo llevaba de arriba hacia abajo, de la entrada hasta su inflamación, y de mientras su lengua se deslizaba sibilinamente por los labios del hombre recorriendo todo el perfil inferior —de comisura a comisura—, hasta hundirse en el interior de la boca de Dong.

De repente, la mano que guiaba desapareció.
La cama se hundió a un lado.
Bai rompió el beso para respirar, dejando la lengua a medio camino y sin llegar a romper el hilo que los unía.
Mordió su mentón, el movimiento de su cadera cesó y, por un breve instante, una calma feroz los inundó.

Los ojos de Mudai se posaron en los del hombre; su mano tomó la de él.
Obligó entonces a su amante a que la tomara por el glúteo, a que la sujetara como se sujeta a quien tienes miedo de que se vaya, y sonrió con una mueca zorruna.
Sí, sabía lo que hacía.
Sí, sabía lo que quería.
Lo quería dentro.
Y así como lo pensó, se abalanzo sobre su cuello para moderlo mientras su cuerpo lo invitaba a pasar.
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#13
Llegado el peso de su cabeza a mi pecho. Por supuesto, le acobijé con dulzura y paciencia mientras también reposaría con soltura mi propio mentón sobre su risada caballera bicolor, a manera que complete su abrazo, manteniendo la mano izquierda a sostén de mi espalda en lo qué frenaba cualquier intención habida sobre la dirección de mi diestra, sosteniendo el agarre a su pecho, incapaz de soltarla a completo y todavía viajando, presionando, tal vez brusco, a manera que la piel enrojecería y se estiraría alrededor de mis dedos para que quedara una marca que ensanche intencionalmente durante la estira y que se produjera un delicado escozor.

Nada que permaneciera por más que un breve instante.
Todo porque simplemente deseaba cumplir el capricho,
Liberando su pecho bruscamente a manera que tembló,
E inmediatamente rozando la palma hacia sus costillas.

Era consciente, además, del movimiento que no hacía más que solicitar con su pelvis por lo que no indulgente y aunque mi mirada estuviera sobre las hebras de su cabello o las variedades que adornaban en toda la habitación. -¿Bai?- Pregunte, no un algo circunstancial sino buscándola por su nombre con un tono bajo casi susurrante en medio de lo que me sorprendió como una mordida de la mujer sobre la altura de mi pecho cercana a la clavícula, entonces nos sentí como algo más que un polvo, imaginando la marca de sus dientes sobre mi piel como un tipo de firma por sí se me ocurría ver a otras mujeres y enternecido por mi propia imaginación ni siquiera rechiste.

…¿Estaba mal dejarse morder con agrado ante su boca?
La presión o la saliva no fue más que nuestra cercanía,
Tal vez un impulso en ella que no valía la pena juzgar,
Busque no dar importancia más mi pene solo se excito.

Así, sin más, aunque en un principio estaba sentado a su lado mi compañera en su manera salvaje de conseguir control y poder acabo por levantar ambas de sus rodillas mientras todavía clavaba su mordida sobre mi piel, acortándose cualquier distancia rápidamente, palpite intencionalmente alegre cuando encima busco tomar del trozo hinchado de mi carne y soltaba su mordida para dirigirme una mirada sombría o agotada de sí misma, ¿qué estaba pensando? me pregunte sobre la altura de sus pechos, abrazado por la eterna y efímera sensación salvaje de sentir el cuerpo ajeno y de ser agarrado, expectante del siguiente instante, de solo metérsela duro.

Más ella restregó mi glande sobre sus labios vaginales.
Labios se estiraban con dulzura áspera sin abrirse paso,
Observando en una sensación ahogada a nuestra carne,
E inhalando y exhalando ella busco refugio en un beso.

No pude estar más de acuerdo. De hecho, aunque la sangre se me subía a la cabeza y no dejaba de palpitar debo haberme detenido un momento para acariciar su boca mientras dejaba sus brazos por encima de mis hombros, pero aquello no era un gesto dulce e inocente sino depravado y demandante, por lo qué cuando introdujo en mi boca su lengua lo primero fue raspar en seco un intento de agarre que inevitablemente no iba a poder sostener, intentando seguir el gesto con mi propia lengua hasta que utilizando la mano libre empujaría con mi pulgar de su índice hacia abajo y succionaría con un sonido pesado a su lengua, para repetir, para saborearla y su saliva.

Entonces ella busco respirar, busco apartarse un poco y me resulto desafortunado por lo qué si había pensado que la iba a dejar ir estaba demasiado equivocada, entonces mordí su lengua desde la mitad atrapándola, entonces con el antebrazo a la altura de su hombro hice fuerzas y la obligue a sentarse hasta el fondo de manera que de pronto estaba completamente adentro, por primera adentro, de forma brusca y seca, repentina y sucia dejando una sensación de falta de aire que ni siquiera podía completarse mientras que mordía su lengua manteniéndome apegado a ella, no quería que se moviera siquiera, en ese momento quería que me sintiera.

De esa manera erguí mi cadera más hacia delante y con el brazo izquierdo presione a su cintura disponiendo como un gesto no verbal que no deseaba que se meciera, no deseaba que saltara y no deseaba nada menos, únicamente deseaba que su interior empezara a grabarse la forma de mi pene, que su calor interno llegara a colmarme y exhale a inhale, negándole un siguiente gesto, negándole ser frenéticos durante el momento, sencillamente obligándola a sentir y respirar.
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#14
Fue efímero el momento en el que, desprevenida, sintió cómo un torbellino de sangre le recorría el cuerpo para descender hacia su vientre.

Y digo efímero porque, en realidad, era un momento difícil. Casi como para salir huyendo.

Pues, durante ese momento, durante ese breve instante, el hombre le demostró que no había prisa entre ellos; había algo más que deseo en esa suspensión del tiempo. Algo que, como una arcilla tibia entregada a las manos del artesano, parecía dar forma a lo que les envolvía.

Y eso, a ella, la hizo titubear.

Un error nefasto para su cuerpo, ya que, pronto, el dolor llegó hasta él. Primero vivo, desgarrador y terrible. Luego, contradictorio como ninguna otra cosa que hubiera probado.

Mientras tanto, su tez procuró no transmutar. Su voz se quebró y el hálito caliente brotó de su boca.

En su mente solo había un pensamiento: No necesitaba ese sentimentalismo que Dong le ofrecía.

Le provocaba un rechazo casi involuntario, porque al recibirlo perdía el acceso a aquello que realmente la mantenía a salvo de sí misma y, en cierto modo, lejos de todos: su dominancia.

Ese territorio íntimo —tan suyo— donde todo encontraba orden.

Y sin él, nada terminaba de encajar.

Dentro de ella, sintió su miembro temblar.

Dentro de ella, su cuerpo empezaba a ajustarse a la forma de él.

El dolor ya no era insoportable; se estaba empezando a alejar. A convertirse en algo bueno. Pero su mente no dejaba de pensar.

Claro, el sexo, sexo es. Y dos cuerpos pueden disfrutarlo sin más cuestionamientos.

Pero para ella había algo distinto en ese encuentro. Porque su dominancia no era un juego: era lo que le permitía respirar sin miedo, la estructura donde su naturaleza más antigua, más honesta y más salvaje podía asomarse sin reservas.

Sí, era ese acto donde no hay necesidad de pensar, y mucho menos de calcular, que te libera de las estructuras mentales que cargas durante el día.

Y él no estaba respetándolo.

Miró entonces al muchacho, opacando su mirada, resignada a lo que él quería, y trató de relajar el cuerpo.

Para ello, respiró hondo, como un animal herido que quiere huir pero no puede, sintiendo cada músculo tratar de bajar la guardia. Luego, cerró los ojos y dejó que el aire recorriera su cuerpo, queriendo apaciguar lo que no podía nombrar.

Así, para cuando los abrió de nuevo, se encontraba extrañamente distante.

Y es que, sin que ella lo advirtiera, el momento se había diluido debido a la presión que él ejercía, sutil pero innegable, empujándola hacia fuera de sí misma, alejándola de la situación sin que ella tuviera conciencia de cómo había sucedido.

Y entonces dejó de haber urgencia en sus gestos.

Se resignó a juntar los labios con los de él. A permitir que le mordiera y la atrapara mientras, no sin cierta resistencia, se movía tanto como él le permitía. Lento, pausado, lánguido. Buscando que de su cuerpo se apoderara la cálida sensación de su miembro. Buscando que el deseo se apoderara de todo su cuerpo, de la cabeza, del ímpetu que llevaba dentro y, por supuesto, también del pensamiento vencido.

Pero no era fácil. Era incómodo.

Se sentía negada.

Y aunque en su vientre el fuego crecía, la gélida sensación que recorría su columna la apagaba.

Sí, deseaba liberar la adrenalina, pero no de esa manera.

De nuevo sus pulmones ardieron. Necesitaba volver a respirar. Así que rompió el beso y reposó su cabeza sobre el hombro de Dong mientras el sufrimiento abandonaba su cuerpo y la cabeza. Mientras, imperceptiblemente, abandonaba toda la superficie de su piel y se perdía en una aparente felicidad todavía desconocida.

Después, con la pereza de quien no conoce el tiempo, deslizó su mano por el pecho moreno de su amante buscando palpar la cercanía que, en algún momento, pensó encontrar. Recorrió su pectoral, subió por la clavícula y, al llegar a su cuello, afirmó lo que ya sabía.

Apenas quedaba curiosidad o ardiente deseo.

Acarició su cuello y hundió sus dedos en el cabello de él.

En cualquier otro momento lo hubiera atrapado, le hubiera guiado a mantener un ritmo, pero ahora solo era una respuesta mecánica de un pensamiento que vagaba buscando refugio lejos de aquel contacto.

Si en algún momento habían realmente intimado, ahora todo aquello se había perdido.

Eran solo dos cuerpos asíncronos. Y no sabía si valía la pena sincronizarlos.
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#15
De mordida, a caricia y esté a beso, tras acabar, de ahora en más diferente, ella sembró una mirada distinta distante distinguible apenas por la falta de forcejeo y de jugueteo que empezaba a volverse una costumbre, “¿Había ganado su enfado?” sospeche de inmediato a su palidez, imaginando que bien podía deberse de una manera natural y sin capacidad de habla o escucha a qué no sin razones había mucho sobrepasado un límite, claro y sí ¿cómo no?, acabe por suponer había hecho mal con morder de su lengua y que más era lo natural evidente y obvio por lo qué durante nuestro momento, no pude imaginar otra razón hacia su mirada pálida.

No sabia exactamente como disculparme. Pero, conseguí acercar de nuevo nuestros rostros para descansar reposando mi tabique nasal a su lado mientras que mis manos se retiraban tanto de sus costillas y cadera, irguiéndome hacia adelante con lentitud, cargando e inclinando el cuerpo clavado, pero aunque pudiese dar cualquier menor indicio de apartarme parecía todo lo contrario mientras llevaba ambos cuerpos para abajo, manteniendo una palma abierta sobre el peso de su espalda que cubría a mitad de su columna o en altura aproximada a su cintura mientras media la distancia bajo la casi sencilla intención de acostarla al completo.

O casi al completo.

Llevando a todo momento el hermoso cinturón de sus piernas dispuesto a sobre mi propia cintura para así apreciar apartándome en nuestras sabanas a su figura desnuda, su cabello revuelto y su vientre flexionado, incapaz de negarme a la belleza de observar sus pechos cayéndose hacia ambos lados mientras retiraba con pausa las mismas manos, pesadas y callosas, con las que le había dispuesto con cuidado todavía conectados, realmente no alejándome de mi amada, apenas retrocediendo por necesidad, para entonces finalmente poder tomar ambos muslos e inclinarlos hacia arriba mientras que flexionaba de mis rodillas irguiéndome otra vez.

-¿Hijo de puta?- preguntaría, repitiendo la única palabra en el idioma de mi compañera y de la qué todavía desconocía su verdadero significado solo para evitar el mismo error, brindando una primicia antes de iniciar.

Entonces, le sonriera a la distancia del acto, hermosamente vestido con las pantorrillas de mi compañera en altura de mi pecho y así también sus delicados talones sobre mis hombros, flexionando hacia atrás un poco, suficiente para que viera el tallo venoso, su flor cansada llena de la saliva y entonces regrese flexionando en descenso y presionando tanto a su espalda como a su vientre, así su cabeza se acercaría más hacia la pared, ambos de sus pechos rebotarían por la inercia y no repetiría sin mayor pausa, tal y como si estuviéramos haciendo algún tipo de ejercicio me esforcé presionando la zona lumbar, mi abdominales contra los suyos.

Así, sin más, empecé a inclinarme hacia adelante mientras que esperaba que ella misma lograra mantener correctamente su trasero lo bastante arriba, indispuesto a tenerla completamente acostada en el momento, indispuesto a centrar mis brazos únicamente en sostenerla mientras igual y había dispuesto sus pies sobre hombros no sin razón sino premeditadamente por el sencillo fin, entonces deslice en un principio de ambos pulgares presionando alrededor del vientre, de la cintura y brindando una secunda sacudida de sus tripas.

El sonido era igual que un aplauso, un poco más hundido, un tanto más húmedo y aunque igual de rápido resultaba un esfuerzo distinto mantener el ritmo pero no era en vano, observando a su pecho moverse, percibiendo de primera mano la expresión de su rostro y no por ultimo tras las dos primeras embestidas intentando un tercer movimiento de pelvis en donde movería mi trasero en círculos buscando acomodarme, hurgando el lugar que empezaba a sentirse más cómodo, más propio a mi y recordara o no mi forma esta vez trate de hacerla chillar lo suficiente para que supiera que estaba a su lado, en cualquiera de los malos sentidos.
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#16
En el aire se podía respirar la tibia fragancia de la resignación. Tan sutil y amarga que se escondía a la perfección bajo el penetrante olor de la excitación de ambos cuerpos. Y no era para menos. Pues cada partícula de su cuerpo consciente y viva había decidido que no había necesidad de interrogantes ni de expectativas. Solo de sentir. De sentirlo a él dentro de ella, de sentirse a sí misma, de cómo se tensaba, de cómo respiraba e incluso, de cómo temblaba bajo el influjo del cuerpo ajeno.

Y todo porque no había nada bajo su control.

No obstante, todavía quedaban movimientos que se resistían a esa resignación, como, por ejemplo, el gesto de sus dedos al aferrarse a su cabello blanco y níveo o el pequeño estirón que le regaló. Gestos tan efímeros, tan sin valor que, sin ni siquiera darse cuenta, habían empezado a perderse en ese mar de carencias que ahora la asfixiaba.

¿Y todo por qué? Se preguntaba al verlo acercar su rostro al de ella. ¿Por ser empujada a explorar otra faceta de su sexualidad? Visto de esa forma tan fría, sí. Era simplemente por eso. Cerró los ojos entonces, sintiendo el calor del rostro de Dong; la humedad de ambos era palpable. Los cuerpos exudaban; de repente sintió su mano sobre su cintura. Era como había sido hasta entonces. Juguetona, inquieta y sin pedir permiso, y aun así, no la apartó. Por el contrario, su cuerpo continuó meciéndose en el baile mientras suspiraba entrecortadamente.

Mas no abriría los ojos, pues, de hacerlo, dejaría de sentir el calor recorriendo su piel.

Así pues, continuó centrándose en cada roce, en cada choque entre lo que su cuerpo deseaba y lo que su mente ordenaba. Ya que solo de esta forma no habría lucha: solo una aceptación mecánica, automática, donde su cuerpo respondía, pero su conciencia se mantenía al margen.

En medio de este huracán de sentimientos, los dedos del joven despertaron algo primitivo en ella. Algo que la obligó a curvar la espalda ligeramente y a tensar los muslos. Quizás, en otro momento, habría negado el momento o habría buscado otra reacción pero, ahora, cada estremecimiento que recorría su columna, cada hilo de deseo que brotaba desde su vientre, era lo único que importaba.

Entonces, su respiración se volvió profunda y animal, su mano, suelta, se aferró a él y, mientras se entregaba al vaivén, sus dedos se deslizaron sobre su pecho recorriendo la dureza de sus músculos hasta clavar sus uñas sobre su bronceada piel.

Abrió entonces los ojos y lo observó. Su expresión era aún más cálida y paciente que antes.

—No —respondió—. Creo que esa he sido yo —continuó sin importar si le entendía.

Pues, para su desgracia, podía ver cómo el hombre se esforzaba en hacerla sentir bien. ¿Por qué?, se preguntó una vez más mientras él se acomodaba y sus muslos se abrían para luego ser cerrados.

Era irónico. Pues ella, que no podía hablar, y que había sido arrancada de los brazos de la soledad gracias a él, era la misma que apenas sentía algo más que gratitud por aquel hombre que la estaba penetrando con ternura. Y él, que podía haber elegido a cualquiera, había decidido conscientemente amar el cuerpo de la forastera.

Y lo volvió a sentir. Lo sintió salir de ella, dejarle un vacío, para luego volver a entrar.

Pero esa sensación no se iba. Quería reírse de sí misma, de la paradoja que la mantenía atrapada: el cuerpo que gritaba y la mente que ordenaba calma. Pero no había escape. Solo podía continuar, dejar que cada gesto físico sucediera mientras su conciencia se mantenía a salvo en su refugio mental.

—Hm —. Se quejó al ser embestida una segunda vez.

No estaba bien posicionada.

Así que levantó el trasero para que pudiera deslizarse mejor hacia su interior. Aprovechó que lo tenía casi encima y lo rodeó con los brazos a la altura del cuello tratando de dejarse llevar.

Pero no había nada que callara a sus voces. Y, sin querer, lo mordió. Había sido un acto inconsciente, una reacción automática a la nueva embestida que había erizado su piel. Un calor brotó de nuevo en su vientre y su cadera se empezó a mover también.

Cerró los ojos, intentando regular el temblor que su cuerpo comenzaba a mostrar. Y es que, sin quererlo, encontraba que la contradicción era exquisita, dolorosa y liberadora al mismo tiempo.

Su vientre se ajustó por fin a su contacto.

Sus dientes rasparon su hombro y se acercaron a su cuello donde volvió a morder.

Y entonces, por un instante, la tensión se volvió insoportable. El placer físico la reclamaba, fuerte e insistentemente. Sus pulmones ardieron, su vientre palpitó, y su mente… su mente ya no pensaba. Respiró hondo, como un animal que quiere huir pero no puede, y dejó que el cuerpo siguiera su curso sin intervenir. Cada movimiento era automático: un vaivén de caderas, un ajuste de muslos, una presión sutil de manos. No había pensamiento, no había cálculo, solo la existencia pura del contacto.

Pasó su lengua por su cuello hasta llegar a su oreja y jadeó.

—No pares, mi rey.
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#17
Exhale con una sonrisa abierta. Excitado y en espera, buscando aire, ensanchándose en complicidad la expresión ladina igual que una mueca traviesa de manera qué llego haciéndose hoyuelos que fruncirían alegre mi atención, ¿era acaso mi mirada burlesca o incrédula? a quien supiera, no a mí en definitiva, he de confesar que muy lejos a cualquiera de las suposiciones que pudiera brindar mi atrevimiento o posesividad vele por consentirla con tacto, aunque bien debo resaltar me faltaba delicadeza, manteniendo mi corazón en una carrera constante entre lo qué aún emocionado no me permití descuidar obligaciones inclinando de la cadera sujeta en mis manos hacia arriba.

Hundido, abrazado y desbordante adentro de su pelvis, casi estático, maneando de un lado a otro sus interiores a manera que iba ejerciendo presión nuevamente mientras que ambas de mis bolas colgaban gordas en su trasero, frotándome sobre su piel no de arriba hacia abajo sino más estrechamente con un movimiento circular de cadera que lograba encontrar los vellos púbicos de ambos cuerpos mientras que me daba tiempo para acercar mi rostro, deslizando el agarre de su cadera a sus muslos, hasta presionar con el pulgar por debajo de sus rodillas a manera que con cierta medida empecé a erguirme lo suficiente hacia arriba como para considerarme levantando en cama.

La distancia entre nuestros rostros incluso aún estando inclinado en su búsqueda era evidente por lo qué como resulta entendible apenas había sobrepasado sus rodillas y sí ella estiraba los brazos igual seria con sus codos, ¿estaba bien alejarse tanto de sus labios? me sopesaba la duda, pero hundiendo ambos pulgares y separando de ambas piernas de izquierda a derecha según mis brazos quise estirarle por completo mientras retiraba el tallo, entonces con suma lentitud para que ambos pudiéramos observar de la piel morena se estiraba lentamente del miembro enrojecido y palpitante me detuve una vez que se denotaba la fisura rosa anterior del propio glande.

Y me hundí nuevamente con brusquedad, flexionando las piernas con todo el peso de haber estado levantado mientras que las bolas le golpeaban detrás y seguía presionando ambas palmas sujetas a su rodilla hacia abajo, pero esta vez seria particularmente diferente siendo que además de la inclinación quería que el movimiento quedara grabado en su carne por lo qué retrocedí mi trasero y volví, apenas separándome para hundírseme, retrocediendo otra vez el trasero y doblando ligeramente el tallo con brusquedad hasta que se deslizo otra vez hacia adentro de ella como si no tuviera cuidado o importancia, raspándome, frotándome, con ella y sus vellos.

Más la palpitación a este punto parecía peligrosa.

Así que, precavido, inhalando y tembloroso de ahí, saque el tallo por completo, reposándolo encima de su coño justo en medio de los labios mientras bajaba la cabeza para encontrar aire y flexionando mis piernas para bajo, sabía que la posición que había estado forzando a mi compañera era incomoda, no imaginaba que tuviera algún disgusto, pero podía suponer que, igual que mi propia persona encontraría cansancio sobre esta posición rápido, entonces solté de sus rodillas por completo, dejándola descansar sobre mis muslos y decidí que mientras había mitad de su cuerpo encima de mi podía permitirme desviar mi atención, tal vez sonriendo cómplice en la mirada.

Todavía seguía erguido y palpitante. Tal vez, más sensible, por lo qué dispondría mi mano izquierda por encima de mi miembro hundiendo el pulgar y deslizando hacia arriba sobre la parte superior al tallo para tranquilizarlo, entonces incline la parte curva inferior del cuerno venoso entre ambos labios vaginales para frotar con dulzura y con la mano libre (la diestra) dispuse el pulgar por encima del clítoris para bajar con movimientos circundantes, frotando con lentitud, aunque no suavemente, sino de hecho con cierta presión que consideraba esencial para que la piel de mi compañera se estirase y llegara a sentirlo correctamente, aunque no supiera que me indicaba.

-Ok Buena chica, buena noche ¿Qué te gustaría hacer ahora?- pregunte, medio sonriente y medio intrigado, consciente de que las palabras no eran realmente importantes del todo así que simplemente acentuando el tono de voz como una interrogante, mientras que acentuaba con evidencia y obviedad esto bajo la expresión de mi entrecejo que se alzaba a medias con una sonrisa expectante a su evaluación, a lo quisiera hacerse y sí deseaba que le tratara con más brusquedad.
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