You're lost little girl (Pasado — Sadako)
#1
—Dos años atrás, capital de Baterilla—



La lluvia había comenzado a caer tímidamente como un susurro en la lejanía hace algunas horas, apenas un susurro suave sobre los tejados de Baterilla en los pueblos más lejanos, pero hacía poco más de una hora el cielo se había sumido completamente para acompañar el dolor de aquellos que la habían sobrevivido. Una bruma espesa trepaba por las calles empedradas de la isla, mezclándose con el rocío que sin cuartel empapabas las superficies, encontrándose la ciudad en ese mediodía cubierta en un sudario. Eros acomodó con serenidad el cuello de su largo abrigo negro, quitándose los guantes blancos mientras satisfecho contemplaba la lápida que él mismo acababa de colocar.

No más de unos minutos, quizás cuatro o cinco, habían pasado desde que terminó de enterrar a la pobre anciana. No sabía su nombre antes de que la trajeran a sus manos, de hecho no la conocía y definitivamente nunca se habían cruzado, pero aprendió todo lo pertinente al momento de tallar la placa del ataúd en enchapado cobre, tarea que le habían enseñado a tomarse con solemnidad honrando los rituales fúnebres que había aprendido. Él con ahínco la había preparado la noche anterior, le puso el vestido que sus nietos habían preparado, había peinado sus cabellos blancos con tanto cariño que uno pensaría que era él su propio nieto. Y ahora juntó ambas palmas en una silenciosa plegaria, contemplando el ataúd que junto con su padre habían preparado durante días viendo como la tierra volvía a reclamarla ahora que estaba siendo sepultada.

Eros se mantuvo estoico y quieto observando a los familiares en completo silencio, mientras las gotas de la lluvia caían sobre el nombre empedrado en la lápida que había cincelado. El olor a tierra mojada siempre lo ponía a pensar, era uno de sus olores favoritos y en cierto punto era el aroma que más sentía cuando cuidaba las criptas. No debía involucrarse demasiado, simplemente asintiendo con la cabeza para saludar a los familiares una vez que su labor como tanatopraxista y sepulturero se había realizado satisfactoriamente.

Finalmente giró sus talones emprendiendo la retirada y el cementerio quedó atrás como como poco más que un recuerdo, su padre siempre le decía que una vez terminada la faena tocaba pasar página y volver con los vivos. Su mirada cabizbaja se mantuvo serenamente analítica del empapado empedrado, comparado a su pueblo natal y rural con calles de tierra, la capital de Baterilla era una ciudad mucho más viva, repleta de personas al pasar que van y vienen, de distintos ritmos de vida. Él simplemente había venido a trabajar, se conformaba con ser solamente un visitante por lo abrumadora que podía resultarle la sociedad.

Pero hoy sería distinto

Eros detuvo su andar camino a la estación, a su izquierda aun podía contemplar las rejas medio torcidas y descuidadas del cementerio. A sus pies contempló su propio rostro en un charco de agua, y si bien normalmente se iría sin chistar algo en él picaba, ardía, molestaba. Posó su palma contra su pecho, pensativo ¿Qué pasaba? Sentía un palpitar extraño, nuevo, llamativo ¿Se iba a morir? ¿Y que pasaría cuando se muriese? Preguntó a la nada misma, no estaban hoy con él sus amigos imaginarios para responderle.

Levantó sus ojos ambarinos hacia el centro de la ciudad, viendo entre la bruma las sombras de los viejos edificios, entre carretas y transeúntes que en la distancia parecían sombras difuminadas de un cuadro.

— Quiero... pasear... —Aclaró para si mismo, como si se estuviese pidiendo permiso explícitamente para enfrentar sus miedos e incapaz de entender esa sensación avasallante que ahogaba su pecho en éste momento. Quizás hundirse entre la multitud serviría para hacerlo invisible, ¿Qué era mejor que la terapia de choque?

Con el ahínco de volverse quizás más pequeño, de ocupar menos espacio, metió ambas manos en los bolsillos de su traje andando como un fantasma entre la multitud en pos de fundirse con la nada misma. Esquivó ante cada paso a cada persona, algunos lo miraban extrañados y es que, desde una tercera perspectiva el mismo podría ver su rostro pálido y empapado, ojeroso por las noches de cansancio, sucio por la tierra del cementerio. Un espectro, y poco más.

Antes de cruzar la calle, un caballo que tiraba de una carreta se asustó ante la apariencia del muchacho. Parándose en dos patas y relinchando. Eros mismo se sobresaltó dando un salto hacia atrás, levantando ambas manos.

— ¡P-Perdón, señor caballo!

¿Quién le pedía perdón a un caballo? Él.

El jinete se enojó con él, le gritó palabras que solo hicieron que su corazón latiese más rápido. Pasos, ruidos, cada vez se sentían mas fuertes. Sus manos temblaban, sus ojos se llenaron de lagrimas y, sobrepasado por los estímulos, comenzó a correr sin un rumbo pues los puntos cardinales eran para los sensatos, no los colapsados.

Se tropezó finalmente cayendo en un charco, y vió su reflejo nuevamente. Había pequeñas ondas, pero ya no llovía, eran sus lágrimas ¿Quizás el no pertenecía ahí? Entre la gente, en la ciudad, entre los vivos.

Como pudo, y de a poco se levantó del suelo, empapado. Quería algo caliente, tenía frío y se sentía desamparado. Recordó las palabras de su padre diciéndole que pase página, que no se quede con los difuntos ¿Pero cómo hacerlo cuando ellos nunca eran crueles? Temía volver a su hogar y que su padre lo regañase, o peor aun, se preocupase.
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