Lelith en el País de las Pesadillas - [Aventura, T1, Presente Absoluto]
#1
Día 4, Invierno
12:17


El sol del mediodía caía a plomo sobre Centáurea, filtrándose entre las copas inmensas de los árboles como lanzas doradas que fragmentaban la sombra. Lelith había decidido adentrarse en la selva, y ahora avanzaba sin prisa por el sendero de tierra que conducía hacia la espesura, seguramente más por curiosidad que por necesidad. El calor hacía brillar su piel perlada, resaltando aún más los reflejos rojizos de su cabello oscuro, que opacaban con su brillo las hebras negras. Su paso, ligero y silencioso, apenas levantaba polvo; y mucho menos sonido alguno.

La frontera entre los asentamientos y la jungla no era un límite claro; era más bien una transición, un desvanecerse paulatino del orden humano. A sus espaldas quedaban las estructuras elevadas de Hydrangea, casas de madera suspendidas entre ramas colosales, conectadas por puentes que crujían suavemente con la brisa. Desde lo alto se oían voces dispersas, el sonido metálico de herramientas, la vida cotidiana de aquellos que habían decidido convivir con la selva en lugar de combatirla.

Pero delante empezaba otro mundo.

La vegetación era exuberante, desbordada. Helechos del tamaño de personas, raíces que rompían la tierra como serpientes petrificadas, flores de colores imposibles que exhalaban perfumes dulces, casi intoxicantes. Cada ruido, un crujido de ramas, el zumbido de insectos o el batir lejano de alas, parecía parte de una orquesta indomable. La luz del mediodía, tan abierta y sincera en los claros, se volvía tamizada y misteriosa apenas unos pasos dentro de la maleza.

La jungla estaba repleta de presencias, algunas diminutas, otras demasiado grandes como para mostrarse. Podía sentir el pulso del lugar bajo los pies, un latido lento que invitaba y advertía al mismo tiempo. Ese tipo de ambigüedad que seguramente la haría sonreír.

Entonces, tras un buen rato avanzando, algo perturbó la armonía del paisaje.

Un movimiento súbito, pequeño, blanco como una chispa de luz entre tanta sombra. Allí, sobre una raíz gruesa y retorcida, un conejito blanco la miraba fijamente. Su pelaje resaltaba de manera casi absurda entre el verde profundo del entorno, como si hubiese escapado de otro lugar, de otro contexto. Ladeó la cabeza, arqueó las orejas y, en un gesto casi teatral, dio la vuelta y saltó entre unos matorrales.

Era una criatura insignificante y débil, sí. Pero no era eso lo que más llamaba la atención, sino lo fuera de lugar que aquel indefenso animalito estaba. ¿Cómo podía sobrevivir un tierno conejito en aquel ambiente hostil? Seguramente, Lelith pronto lo descubriría. 



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#2
[Imagen: ilustracion-arte-digital-paisaje-selva_2...w=740&q=80]
El sendero terminó por desvanecerse bajo mis pasos, como si la selva se hartara por fin de fingir cortesía... Mucho mejor, los pocos asentamientos que había dejado atrás me habían parecido insignificantes en comparación a la imponente naturaleza que se abría frente a mi. La vegetación aquí tenía otro encanto... desordenada, excesiva, llena de formas que casi suplicaban por ser desmembradas para revelar su interior. Mis tripas rugían ya, cómo no... se me ofrecían
colores, aromas, sonidos enigmáticos... todos menos entretenimiento digno o un pequeño bocado que no me aburriera.

Fue entonces cuando las vi. Un par de setitas solitarias, surgiendo del musgo como una joya torpe. Grandes, de colores que en cualquier otro lugar indicarían un mal presagio, pero que aquí se me aparecían como una invitación descarada... 

[Imagen: setas-trippy-psicodelicas-retro-s-aislad...w=740&q=80]

Las tomé con delicadeza del suelo, las observé girándolas... el perfume que se desprendía era dulce y acariciaba mis sentidos con una suavidad no esperada. El sabor estalló de forma brutal, como si de un bocado hubiese probado la selva entera. Un segundo después, una oleada cálida recorría mi cuerpo, cosquilleando bajo la piel. Quizá esta isla si tuviese algo interesante que ofrecer...

De pronto, sintiéndome observada giré la cabeza bruscamente y me sorprendí de mi acechador, quien había aparecido de la nada como un destello blanco. Un movimiento mínimo entre las marañas verdes y las sombras fue lo que lo delató...

Un conejito. Un conejito. 

Blandura encarnada, torpeza y calidez tan fuera de lugar que casi me hizo reír. ¿Una broma del propio entorno o... una pieza colocada a propósito ahí...? Me sostuvo la mirada. Era adorable su acto de inútil valentía... Repentinamente se giró y saltó entre los matorrales, haciéndome esbozar una sonrisa.

- ¿Te vas sin presentarte si quiera? Qué mala educación... -dije ensanchando la sonrisa sin darme cuenta-.

La jungla vibró a mi alrededor. Nada exagerado… solo un leve temblor, como si cada hoja reaccionara un segundo tarde al viento, como si los colores decidieran respirar... Una desviación tan sutil que cualquiera la habría atribuido al calor. Yo, en cambio, la sentí como una caricia prometedora. Mis sentidos se abrían apenas un poco más de lo necesario por la expectación de la persecución que emprendería. De tal forma, me lancé tras él, ligera como una sombra, moviéndome entre raíces y fragancias espesas. A cada salto mío, el mundo parecía inclinarse apenas, como si la selva jugara a acompasar mis pasos. Y ese tímido desfase, esa insinuación de que algo estaba a punto de volverse más intenso, me hizo sonreír aún más.

- Ven, pequeño... -canturreé-.

Esta vez la risa surgiendo sin que yo la llamara, fina y brillante, escapando de mis labios incesantemente... no era carcajada ni delirio, todavía. Era solo el inicio. Un temblor de risa que prometía crecer.

- Muéstrame quién te ha puesto aquí… -añadí entre risas suaves, casi musicales-. O deja que lo descubra por mí misma...

Porque en un lugar tan hostil, un conejito no es nunca solo un conejito. Y yo tenía hambre.
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#3
La selva pareció plegarse alrededor de Lelith mientras avanzaba, como si el propio aire se hubiera vuelto más espeso, más consciente de su presencia. Los hongos que había probado dejaban ya de ser un sabor en la lengua para convertirse en una pulsación bajo la piel, un cosquilleo ascendente que convertía los colores en algo demasiado vibrante, demasiado vivo. 

Estaba drogada.

La luz del mediodía, antes directa y nítida, comenzó a fragmentarse en haces que parecían moverse con voluntad propia. Las hojas respiraban con un ritmo irregular. Los troncos se curvaban apenas cuando no se les miraba de frente. Nada era totalmente extraño, pero tampoco totalmente lógico.

Entre la maleza, el rastro blanco del conejito reapareció un instante, como un destello, un parpadeo pálido entre los verdes y espesos arbustos. Luego se desvaneció de nuevo, como si jamás hubiera estado allí.

En su lugar, en mitad de un claro diminuto, algo brilló.

Un pequeño reloj de bolsillo descansaba sobre una raíz, dorado, reluciente, totalmente fuera de contexto. La superficie reflejaba la luz como si no perteneciera a ese mediodía sino a otro más brillante, más pulido. Sus manecillas se movían con una velocidad que no obedecía a la razón, saltando de minuto en minuto, luego de hora en hora, girando como si quisieran desgarrar el tiempo mismo.

A su alrededor, la selva se comportaba de manera extraña. Las sombras parecían inclinarse hacia el reloj. El viento evitaba tocarlo. Incluso los insectos que revoloteaban cerca cambiaban abruptamente de dirección, como si un límite invisible rodeara el objeto.

Y justo cuando el silencio se volvía demasiado denso, demasiado expectante… El conejo habló.

La voz no surgió de ningún sitio visible, y con ella no vibraban las hojas, no temblaba la tierra. La voz simplemente apareció, profunda, resonante, como el eco de un tambor enterrado bajo la raíz de un árbol anciano, pero con un deje agudo bastante molesto.

-Llegas tarde, eres muy leeeeeeeenta.

El sonido recorrió el claro entero, abriéndose paso entre los árboles. Las manecillas se detuvieron de golpe.

-Tarde. Siempre tarde... -Añadió la voz.

A unos metros, entre la vegetación, una figura nívea emergió con un parpadeo tembloroso, inconfundible. Era aquel conejito. Su forma parecía multiplicarse por momentos, como si la luz jugara con él. ¿Siempre había sido así de grande? Un instante tenía contornos nítidos; al siguiente, se estiraba ligeramente, casi líquido, como si no estuviera hecho de carne sino de un destello. Sus ojos, negros y profundos como fosas, estaban fijos en Lelith.

El conejo entonces habló de nuevo, con aquel tono insoportable suyo.

-Cógeme si puedes, lenta. 

La selva vibró, un susurro profundo en la corteza y en la tierra.

El conejito dio un pequeño salto hacia atrás, no huyendo, sino indicando algo. Una dirección. Un sendero que no había estado allí un segundo antes y que ahora parecía un pasillo de luz distorsionada entre los troncos, una invitación o un engaño, imposible saber.

Las copas de los árboles se inclinaron apenas, como conteniendo el aliento.

El reloj, inmóvil sobre la raíz, añadió en un murmullo que se deshilachó en el aire, y un tono metálico casi robótico.

"Es la hora. La entrada ya está abierta."

Tras eso, su tapa comenzó a cerrarse lentamente, casi como un ojo que decide dejar de observar.

El resto quedaba en manos de quien escuchaba, o de quien creía escuchar tanto al reloj como al conejo. ¿Seguirlos o correr bien lejos de aquel extraño lugar?


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#4
El reloj parlante, las sombras inclinándose, ese maldito brillo blanco moviéndose donde no debía… Todo ello debería haberme divertido. Pero esa palabra... “Lenta".
Ese tono. Esa voz irritante, quebró mi sonrisa.

- ¿Cómo has dicho? -susurré, y la selva pareció tensarse con mi voz-.

De entre los árboles, el conejito parloteó su provocación como si fuera una criatura con derecho a existir.

- Cógeme si puedes, lenta -resonó el eco profundamente-.

Mi ceja tembló, noté como se hinchaba la vena de mi frente y un calor comenzaba a recorrer mi cuerpo...

- ¿Lenta? -repetí más alto, cómo si no pudiera creerlo- ¿LENTA?

El aire alrededor de mi mejilla vibró cuando lancé el primer corte, un tajo rápido, invisible, dirigido a la nada solo para descargar el impulso asesino que me rugía por dentro. La hoja de mi arma dejó una estela brillante en la luz distorsionada.

- ¡Voy a arrancarte esas orejas y a usarlas de adorno en mis botas, maldito roedor inflado de aire y estupidez! -escupí, lanzandome ya hacia él-.

Di otro tajo al aire. Otro más. Cortes limpios, perfectos diría, demasiado cerca de troncos que se doblaron solo un poquito para esquivarlos. O eso parecía. O tal vez era la seta. Daba igual.

- ¿Lenta yo? ¡VEN AQUÍ! ¡Voy ha hacerte suplicar que te mate! ¡Pienso desollarte, destriparte mientras aun respiras y luego arrancarte esas patitas tan monas...! -rugí con una carcajada que se me escapó casi sin permiso, tensa de irritación y furia-.

<< A pesar de que solo suelo disfrutar con la tortura si son personas, ya que los animales no gritan suplicándome de forma deliciosa que los "MATE YA". Hoy, ahora, este Conejito, quizá por las setas, quién sabe... acaba de conseguir que la prioridad número uno en mi existencia, sea ARREBATÁRSELO TODO. Quiero deleitarme en su sufrimiento hasta que se apague toda luz en su asquerosa mirada, hacerle desear el no haber aprendido a hablar jamás. Aunque... ¿desde cuándo pueden hacer eso? >>

El sendero se abría ante mí. Un pasillo de luces ondulantes, por las que el conejito se deslizaba, fanfarrón, burlesco, demasiado blanco para seguir existiendo. La selva respiraba en mis oídos, el pulso de la droga marcando un ritmo que hacía vibrar la sangre.

- ¡CORRE! -grité detrás del conejo, entrando en el sendero como quien entra en una arena de espectáculo-. ¡CORRE TODO LO QUE PUEDAS!

Mi risa rebotó contra los troncos, afilada, temblorosa, hambrienta.
Y así, con la hoja ya alzada y la sangre hirviendo, me lancé tras él sin mirar atrás.
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#5
La selva recibió el estallido de furia de Lelith como si lo estuviera esperando desde hacía horas, respondiendo con un viento fuerte, como si cada tronco sintiera la vibración y la devolviera de nuevo al aire. Las luces del sendero distorsionado parpadearon en un ritmo burlón, casi acompasado con la respiración acelerada de la muchacha, y acelerado por la sustancia que había consumido.

Y entonces el conejo, con su silueta nívea, demasiado brillante y demasiado insolente, se detuvo un instante a unos metros por delante. Había conseguido sacarle ventaja en su huida, suficiente para tomarse unos segundos para recrearse en ella.

Giró la cabeza lentamente hacia ella, como buscándola con la mirada. Sus orejas se movieron con un tembleque irritante, burlón, mientras una sonrisa se dibujaba en sus pequeños labios, asomando sus dientecitos con gracia.

Su voz surgió de nuevo, chillona, aguda, como una cuchilla oxidada rascando metal.

-¿Eso es correr? Pensé que querías atraparme, leeeeenta... -Canturreó, estirando la última palabra hasta volverla insoportable. -Qué lenta. Lenta. LEEEENTA. -El eco repitió la palabra, fragmentándola y haciendo que envolviera a la asesina. 

Entonces, el conejo se incorporó sobre sus patas traseras por un instante, inflando el pecho con una arrogancia absurda para una criatura de su tamaño. Una de sus patitas delanteras hizo un gesto que solo podía interpretarse de una manera: Ven y cógeme, si puedes.

Luego, volvió a caer a cuatro patas y se inclinó hacia adelante, preparándose para huir de nuevo.

-Mira, te enseñaré cómo se hace. -Dijo con un brillito cruel en los ojos. -Así es como corre alguien realmente rápido. -Y, tras decir aquello, desapareció.

No corrió, sino que saltó, y su salto quebró la lógica del espacio. Su figura blanca se duplicó, luego se triplicó, generando rastros luminosos que serpenteaban entre los árboles como líneas de tiza dibujadas con violencia, brotando de cada salto nuevo que pegaba aquel grácil animal. Cada copia dejaba escapar una risa distinta.

-¡Más ráaaapidoooo!
-¡Vamos, leeeeenta!
-¿Sigues ahí atrás? ¡Qué penaaaa!

Podía ser alguien tremendamente molesto, pero era igualmente rápido. No sería fácil agarrarle, aunque el conejito sabía que, si ella lo lograba, pagaría caras esas osadías. Por eso no pensaba vender barata su piel. 

-¡Jamás me cogerás! -Gritaba mientras continuaba huyendo, mirando cada pocos segundos hacia atrás para cerciorarse de que la presa de sus burlas seguía recibiéndolas en la distancia, hasta que, tras un último giro, su destino quedó sellado en un choque. Golpeó de bruces un enorme muro, un pequeño acantilado que bloqueaba su huida. 

Finalmente, nuestra querida pelirroja tenía una oportunidad.

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#6
El impacto del conejo contra la pared retumbó en la selva como un pequeño chasquido de justicia retrasada. El dichoso conejito blanco rebotó y quedó confundido por un instante, lo justo para que mi risa se desbordase aún más; aguda, temblorosa y empapada de esa droga que me hacía bailar o temblar, ya ni siquiera me importaba...

Llegué tan frenética que la respiración me ardía en la garganta y el corazón me martilleaba el pecho con un ritmo que parecía querer romperme las costillas desde dentro... La droga me empujaba y me zarandeaba, cantándome canciones que nadie con lucidez escucharía jamás... Cada latido se convirtió en un pensamiento cruel. El conejo está acorralado. No atrapado aún, no al alcance de mis manos, pero ya sin escapatoria. Y la selva… la selva parecía darse cuenta. Las lianas que cuelgan alrededor tiemblan, largas y húmedas, traicioneras, como si llevaran horas esperando la ocasión perfecta  para participar. Algunas parecen descender apenas un palmo más de lo que deberían, como si hubieran olido la violencia en mi risa y quisieran unirse a la fiesta. El aire, espeso y mareado, se arremolinaba a mi alrededor como si se me animase a hacer algo horrible... Maravilloso.

<< Pero... demasiado oportunas... ¿De dónde ha salido para empezar este bicho que puede hablar? ¿Antes no era mas grande? Bah que más dará, veamos que guardas bajo esa blanquita piel... >>

Levanté la katana con una energía delirante, alimentada por una mezcla de furia, risa y química. Perdí enseguida la cuenta... Las lianas se desplomaban como serpientes muertas, cayendo sobre el espacio donde el conejo intentaba moverse. Alguna golpeó el suelo a centímetros de él. Otra se dejó balancear justo frente a su ruta. Otra cayó sobre su lomo y lo hizo agitarse con torpeza, luchando por recuperar el control. Las sombras vibraron a su alrededor, como si celebraran la inminencia del desastre... como si incluso las propias alucinaciones quisieran observar como terminaba finalmente el pobre conejito.

Cada vez más atrapado entre lianas cortadas y obstáculos improvisados que lo hacían resbalar, tropezar y perder esa agilidad insultante de hace un momento, el conejito tembló. La pared del acantilado se mantuvo firme, implacable, convirtiendo la escena en una esquina sin salida. Y mi risa incontenible, afilada como un filo recién pulido, resonó por media selva.

La última liana cayó con un golpe húmedo, lo que me hizo sospechar que esta vez no era una liana. La sangre cálida que me salpicó la mejilla fue demasiado roja para ser savia. Alguna que otra serpiente se había mimetizado con ridícula dedicación... La vi caer a mis pies, partida en dos, y solté una carcajada detrás de otra.

- Quédate quieta o deja de parecerte tanto a una puta liana, ¿quieres? -no pude evitar decir entre risas, limpiándome la sangre con el dorso de la mano, extendiéndola aún más por mi mejilla torpemente-.

[Imagen: 71162eec-6f6d-4983-9ff2-c0729e37a8f3.web...9b6a6135fd]

La droga siguió cantándome en los oídos, intensificando cada color, haciendo que la selva pareciese más verde de lo posible. Demasiado verde. Ridículamente verde. Demasiado incluso para serpientes que no sabían qué demonios era el camuflaje discreto.

Pisando hojas, sangre y pedazos de serpiente me acercaba al conejo pues, casi ahogándome de la risa incontrolada.
Con cada carcajada, las venas de la frente me palpitaban... gordas, irritadas, marcando un pulso que parece gritar que iba demasiado acelerada para estar viva.

- Ven aquí, pequeño insulto con patas… Vamos a dejarte bien sujeto. Bien cómodo. No querría que te me vuelvas a escapar, ¿entiendes?

La primera vuelta era fuerte. La segunda, más fuerte aún. La tercera ya fue innecesaria. La cuarta, directamente absurda. Pero no me detendría ahí... La droga me decía que aún no era suficiente. Y el ritmo frenético de mi corazón, exigió seguir...
En algún momento perdí la cuenta. Quizá por la respiración agitada. Quizá porque las carcajadas se volvieron algo  espasmódicas. O quizá porque estaba demasiado ocupada intentando que las lianas dejasen de resbalar por estar cubiertas de sangre de las malditas serpientes... 

Cuando terminé, el resultado fue… espectacularmente ridículo. El conejo no era ya un conejo. Era un bulto desproporcionado de cuerda temblorosa, como si de una fruta demasiado madura y envuelta con cien capas de hojas ensangrentadas se tratase... Al mirarlo detenidamente, parpadeé. Incliné la cabeza con curiosidad, y estallé en la mayor risa de mi vida, tan fuerte que hice salir volando a un par de pájaros de las ramas.

- Bueeeeno… -jadeaba- Igual… igual me he pasado un poquito. Solo un poquito... Bah, da igual. Si te asfixias, gritas. Y si no gritas… también me sirve -dije de nuevo sonriendo-.

Satisfecha, me incorporé y me volví a limpiar la sangre que se había extendido no sé cómo por mas partes de mi cara... con el orgullo absurdo de quien cree haber hecho un nudo perfecto. Aunque el nudo era tan exagerado que necesitaría un manual de instrucciones para si quiera encontrar dónde empezaba...
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#7
El silencio que siguió a la risa frenética de Lelith vaticinaba un resultado horrible.  

Entre las lianas cortadas, las serpientes decapitadas y el aire espeso que parecía palpitar con la misma locura que ella, el enorme bulto de hojas, cuerda vegetal y pelaje blanco comenzó a temblar. No con fuerza, sino con un temblor hecho de puro pánico. Intentó moverse, pero solo consiguió que el amasijo de lianas se apretara todavía más. 

La selva respondió con un crujido al tensar de las lianas, casi como si los árboles se inclinaran para observar la macabra escena.

La primera reacción del animal fue la negación pura. Un par de sacudidas, un intento de saltito inútil. El tintineo ridículo de sus patitas atrapadas bajo capas y capas de verde y sangre. Pero ya no había huida en ninguna dirección posible, ni mucho menos, espacio para alguna de sus burlas. En su lugar el conejo, aplastado bajo el nudo absurdo que Lelith había tejido con una furia e imaginación desbordadas, emitió un chillido diminuto, agudo, como el pitido de un juguete roto.

Sus orejas, antes altivas y llenas de insolencia, se movieron apenas en un vaivén minúsculo, tembloroso. Algo que en cualquier otro contexto podría haber resultado adorable, pero ahora únicamente sobresalían del nudo como dos banderas blancas derrotadas, casi suplicantes de una piedad que sabía que no llegaría. Aquí solo lo hacía parecer consciente del desastre.

Y entonces, como si incluso la selva quisiera asegurarse de que Lelith tuviese su premio, una de las lianas que había quedado a medio cortar terminó de romperse, ajustando aún más el nudo a la altura de la garganta del pobre animal. El conejo soltó un grito ahogado, una mezcla indescifrable entre protesta, miedo y resignación absoluta.

La mirada rojiza de Lelith, intensa y peligrosa, probablemente se clavó sobre él en ese instante con especial interés.

Y el animal, por primera vez desde que comenzó el encuentro, no tuvo nada que decir. Ni burla, ni insulto, ni aquella risa aguda. Solo el temblor, el miedo en los ojos, y el sonido de la agonía. Finalmente era suyo.

Cuando Lelith se inclinó para levantar el bulto, con esa mezcla de risa y jadeo que la droga alimentaba, el conejo emitió un último sonido apenas audible.

-Psicopatilla... -Pronunció en una especie de chillido suplicante, como si intentara recordar cómo era exactamente eso de ser valiente. Pero no lo logró.

Sus ojos se encontraron por un instante con los de ella. Grandes, por la presión asfixiante, y brillantes, por las lágrimas que los inundaban. Y ahora llenos de una comprensión brutal y tardía. Había jugado demasiado, la había provocado demasiado. Y en aquel rincón húmedo había quedado sólo, a merced de la asesina que había decidido convertirlo en el centro de su delirio. 


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#8
La risa me salió sola, demasiado aguda, demasiado larga, demasiado... yo. Me temblaban los hombros mientras levantaba aquel bulto ridículo, tenso y palpitante entre mis manos. No sabía si era por la droga, por la victoria o por lo absurdo que se veía todo envuelto así, pero no podía dejar de soltar carcajadas que me doblaban la espalda.

- Miraaaad lo que teeeeeengo… -canturreé, levantándolo por encima de mi cabeza como si fuera un trofeo y se lo enseñase a todo ser vivo de la isla-.

El peso casi no importaba. La adrenalina hacía el trabajo por mí. Me lo eché al hombro con un golpe seco, como si cargara un saco lleno de oro y joyas. El bulto chilló algo, pero estaba demasiado entretenida riéndome como para escucharlo bien.

- Ay, calla, que te estoy presentando en sociedad... -me burlé mientras avanzaba por la selva- ¡Un poco de educación, 'coneji–coooosaaa'!

El eco repitió mi risa entre los árboles, distorsionándola todavía más. La droga me hacía creer que incluso ellos se inclinaban a mi paso, que sus troncos se retorcían, murmurando cosas entre toses de madera. Yo, por supuesto, les respondía como si realmente me hablaran.

- Sí, sí, ya sé… soy increíble, ¿a que sí? ¡Claro joder! lo sé, lo sé, no hace falta que me aplaudáis... -acaricié un tronco húmedo con la palma ensangrentada- Bueno, un poquito sí, podéis aplaudir un poquito, preciosos...

Un arbusto se movió... o una sombra... o un pensamiento... qué más me daba... Yo igual me acerqué, orgullosa, señalando mi premio.

- Miraaaaad, ¡lo he cazaaado! -dije arrastrando la última palabra, burlona- Y no es cualquier cosa, ¿eh? Este era rápido… rápido, rápido… ¡demasiado rápido para su propio bien!

Di un par de pasos más y una serpiente cruzó el camino... o quizá era una liana... o quizá una 'serpiente-liana' de las de antes... Ni idea, pero la apunté igualmente con un dedo tembloroso por la euforia.

- ¿Qué? ¿Tú también quieres verlo? ¡Pues mira, mira! MI TESORITO -agitando el bulto en su dirección, ignorando totalmente el pequeño quejido amortiguado- ¡Ahora es mío! ¡MÍO! Tú ya no te me escapas, 'orejitas'…

Seguí caminando como una reina delirante, enseñándole mi presa a cada raíz, rama o piedra que mi mente decidía considerar público atento. Algunas cosas incluso me parecieron asentir. Una roca me pareció que se emocionaba. Un tronco me pareció decirme bien hecho. No discutí con ellos...

La playa apareció al final del sendero como si hubiera estado esperándome, bajo el ya caído sol de la tarde. El olor a sal me recibió con un golpe cálido que casi consiguió marearme... Solté el bulto en la arena con un ¡Pof!, poco elegante pero satisfactorio. Y me agaché sobre él, apartándome un mechón teñido de sudor y sangre.

- No te muevas mucho, ¿vale? -le dije con una sonrisa enorme- Que vamos a preparar algo bonito…

Mientras él temblaba dentro de su envoltorio vegetal, me puse a recoger leña seca, ramas, restos de troncos... Los apilé formando algo que pretendía ser una barbacoa improvisada, aunque era más un caos artístico con aspiraciones de fogata... Me notaba muy, pero que muy, DROGADA, pero estaba encantada...

- Porque claro, 'coneji-cosa', tú no eres solo rápido... —dije mientras clasificaba ramas como si fueran ingredientes de lujo- ¡También hablas! y si vas a dar guerra, por lo menos tendré que darte buenas razones... ¿no crees?

Me eché a reír otra vez, sin freno, sin medida, sin oxígeno casi. La droga, peor que antes, me hacía disfrutar cada segundo excesivamente extendido, cada chispa imaginaria, cada palabra que me parecía brillante y de colorines... La imposibilidad de la situación tan sólo me provocaba más risa.

Cuando tuve el fuego listo, para tan sólo esperar a que se formasen las brasas... me giré hacia él, todavía tirado en la arena, envuelto, tembloroso, mirando con esos ojos enormes y húmedos que parecían suplicar y odiar al mismo tiempo.

[Imagen: images?q=tbn:ANd9GcStP15t_q7LhqnhABEyOzY...w&usqp=CAU]

- Bueno, pequeñín… -dije con una dulzura envenenada- Vamos con la parte divertida…

Y ahí fue cuando lo empalé con mi propia katana, él chilló y suplicó, pero ni siquiera había empezado... No sólo me sorprendí con su aguante... aún con la pérdida de sangre, el animalito aguantó que lo desollase torpemente debido a mi estado frenético, a mis temblorosos dedos... aún con los parones momentáneos de risas desenfrenadas o de improvisadas cancioncitas que se me ocurrían y le obligaba a escuchar... no. Él aún me calificaba a través de llantos y suplicas, poniéndoles nota... Hubo un momento que incluso le pidió su opinión a una ola que se estrellaba en la orilla... No supe si ésta respondió, pero el 'coneji-cosa' entabló conversación con ella hasta que ya no pudo más, y finalmente se desmayó.

Al final, entré con hambre a una selva y volví de una playa, con una bonita piel de conejito blanco y el estómago lleno de una carne deliciosa. Ya vería donde sacarle provecho a aquella piel, de momento me había ganado una buena siestecita...
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