¿Cómo no iba a darse ella un paseo por esos lares? Los verdes e infinitos arrozales que observa y la rodean provocan en su corazón una felicidad extraña, una muy particular. Es cálido el sentir en su pecho, al igual que lo son los débiles rayos del sol que chocan con su piel. Ligera es la sonrisa que ilumina su rostro, una alegría que hasta sus pies llega, pareciendo dar en cada paso un pequeño salto.
No es ignorante del porqué algunos se aburrirían de visitar un lugar como aquel, pues por lo misma está allí: arroz y más arroz. ¿Cómo la gente podía hartarse de tal alimento, cuando había tantas maneras de prepararlo? E, incluso así, el arroz cocido, simple, no lo bajaba de un delicioso manjar. Quizá es por eso por lo que tararea una melodía alegre, en lo que imagina qué hará una vez llegue a encontrar un humilde comedor por allí, cerca.
Pero qué raro es todo, no encuentra más que un verde que de a poco se oscurece, junto a una soledad acorde. El sol se está escondiendo junto a las personas, y Yuqi sigue allí… Lamentablemente, con hambre de arroz.
Es una mierda de suerte, ¿no? Sin que nadie la guíe, pareciendo caminar en círculos cuando es claro que no es así. Así que se ríe y camina. Camina y camina, hasta que un ruido llama su atención. Su mirada es jalada por el ruido, mas con la nada se encuentra.
¿Es que lo ha imaginado? ¿Su cabecita jugándole bromas? ¿Un fantasma?
Alguien se está moviendo entre las plantas de arroz y miedo no le da, sino curiosidad. ¿Quién sería tan pequeño para ocultarse tan bien entre ese verdor? ¿Será un animal? ¿O acaso este nuevo invitado agachado se encuentra? Por lo mismo es que se inclina, solo que no distingue nada raro.
Menos mal no está sola, sino que tiene de buen amigo a un espantapájaros al lado.
—¿Será que no estamos solos? Porque es claro que escuché a alguien… —Ha rodeado a aquel monigote con el brazo como si fuera el mayor de sus conocidos y, claro, como si estuviese vivo. No le hace asco al muñeco, por muy sucio que esté. —¿Estará jugando a las escondidas?
Porque no le importaría ser ella quien lo buscara.
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— Te digo que no hay nada —Exclamó ¿Para quien? Para él.
Los arrozales de Isla Karate se extendían como un hermoso manto campestre que constrataba con la ciudad más cercana, meciendo las plantas crecidas con la brisa. El movimiento del campo al unísono con el viento era como una elegía suave para un recien partido de entre los vivos para él. La naturaleza parecía estar practicando sus pasos de baile, y él tenía la fortuna de poder observarlo. Poco a poco el sol comenzaba a menguar en el firmamento anunciando la llegada del ocaso, largas sombras se iban proyectando entre las plantas y estaba él.
El sepulturero caminaba cuidando no pisar las plantas con ambas botas ya empapadas, usando su mano derecha para evitar que alguna planta crecida por demás le pegase en la cara a medida que avanzaba.
— Te lo digo en serio... —murmuró, mirando hacia adelante sin ver nada más que tallos. — No debe haber nada más que plantas por aquí —Aclaró hablando consigo mismo.
El diminuto esqueleto con una calavera crecida por demás, de no más de veinte centímetros de alto que solo él podía ver, avanzaba por el campo con toda la confianza que solamente un amigo imaginario podría tener.
— Que no vi nada brillar por aquí —Se quejó el muchacho de cabellos violáceos dejando escapar un suspiro colmado de pesadez. — A este paso nos vamos a perder en mitad de la noche en el campo, y no veas para hallar el camino al pueblo cuando baje el sol. Yo no quiero dormir a la intemperie —Protestó en vano mientras seguía a su amigo imaginario pues, quizás, este tenía razón y encontraba algo que lo ayudase en su búsqueda ¿No?
La calaverita enérgicamente se detuvo. Entonces comenzó a agitar sus brazos enérgicamente cuando Eros entre las plantas vislumbró lo que parecía ser una silueta.
— ¿Qué? —preguntó casi en un susurro. Aunque, para variar, sus amigos imaginarios tendían a desaparecer cuando se asustaban dejándolo a él solo para enfrentar las situaciones. — Seguro es un espantapájaros —murmuró casi asumiendo su derrota contra sus propias alucinaciones. Pero no, era distinto. Había una silueta abrazando un espantapajaros.
Tragó con nerviosismo. Se podía decir muchas cosas de Eros Focalor, pero no precisamente que era un cobarde. Pese a su miedo, dio un par de pasos al frente lentamente como una criatura que acechaba de entre las plantas.
Eros sintió el corazón en la garganta. Era quizás... Definitivamente...
— ¿¡F-Fantasma!?
Elevó la voz cuando el pensamiento llegó a su cabeza. Aterrado tapo su boca, sabía que era tarde y ahora el fantasma que rondaba los arrozales le iba a dar caza. Entonces avanzó, pues claro, ante el miedo el siempre daba un paso hacia adelante. Puso ambas manos en alto.
— ¡F-Fuera fantasma! ¡No hay lugar para tí en este arro... Arro... Arrozal! ¡D-Deja de poseer a es espa-pa-pa-pantajaros!
Pero fue el sol en el horizonte, el crepúsculo, la posición relativa, la perspectiva y su mala vista pues. Teniéndola en frente notó que solo era una persona tan viva como él, seguramente un poquito más.
Un grito basta para que el titubeo se desvanezca, como si nunca hubiese existido. Por supuesto que esa voz que se ha dejado escuchar es real, esa es la razón por la que una risita brota al instante. La satisfacción colorea su boca, a la vez que la fémina abandona al montón de trapos sucios que conformaban a su más reciente amigo. Un corto tiempo, muy sentimental, pero que la disculpe el espantapájaros: la compañía de los vivos es mejor que la de los muertos.
¿No piensa lo mismo quién será nuestro nuevo amigo, Yuqi?
Un paso, luego dos; toma los necesarios para acortar distancia con aquel ser que tan bien oculto había permanecido. ¡Por fin! Por la emoción es que se acelera su corazón, el terror alejado se encuentra. Quien la viese con facilidad descifraría esos destellos de diversión que iluminan su mirada, al igual que la malicia que se asienta en la curva suave que es su boca.
—Vaya, así que eres tú el que pululaba por aquí… —Disimulada no es precisamente la ojeada que le otorga al muchacho, pero sí rápida. Enciende su curiosidad su apariencia y la invita a que rompa la distancia. Sus pies avanzan, dejándolo pronto sin espacio personal. —¿Te asusté? ¿O no soy lo que esperabas? —En su pregunta la burla no se oculta del todo, pues incluso su rostro intenta acercar al ajeno tras ponerse de puntillas. Luego, solo hacia atrás se echa y deja la sombra de una risa. —Lamento decepcionarte, pero no hay ningún fantasma aquí. Solo tú y yo.
Lo cual a ojos de muchos no seguía siendo un buen escenario, pero él no la conocía. De hecho, ella tampoco lo conocía a él. Así que, ¿Quién estaba en peligro realmente? Nadie cerca, oscureciendo. Él un extraño, ella una linda chica.
¿Quién podía necesitar la ayuda?
—Al menos que me hayas visto como alguien horrible como para creer eso —Afectada no luce con la posibilidad, sino que encantada. ¿No es una rareza esta mujer? Pero duda que este hombre no sea otro excéntrico. Bien podría haber sido ella quien le hubiese regalado la palabra “fantasma” a él. —Lo cual es muy ofensivo, ¿no lo crees? — Y ella tan herida, ¿verdad? —Más para una chica.
Porque eso es lo que es: una chica, no un espíritu o similar. ¿Ya lo tenía claro el contrario? Porque podía regalarle todavía más pistas de que viva se hallaba. ¿O es que acaso tímido se pondría? Porque el tacto real se vuelve cuando su dedo índice roza el centro del pecho ajeno y empuja apenas.
—Solo bromeo —Y las palabras no son un artificio. —No me gustan las disculpas, ¿así que crees que puedas darme unas cuantas respuestas, desconocido? —Deja caer a un lado su cabeza, mas fija se encuentra su mirada en el joven. —Tu nombre, por ejemplo. O la razón por la que estás aquí, asustando los pobres espíritus.
Eros se quedó tan quieto como una estatua cuando ella se acercó con la gracia de un felino, estaba cerca quizás demasiado para su propio gusto. No retrocedió, pero su postura sí se tensó sin ningún tipo de intención de esconderlo pues no sabría cómo para empezar. El sepulturero prestó atención a sus palabras y ese tono que usaba burlón para pinchar su orgullo, casi inconscientemente arqueó sus cejas penitente.
— ¡N-no dije que sea horrible! —Espetó el afectado, carraspeando tras su declaración para aclarar una voz que de pronto sentía demasiado torpe y vulnerable para aquella interacción. — Es que de golpe veo a alguien abrazando un espantapájaros en mitad de los arrozales, y el ocaso no ayuda... Uno imagina cosas... En fin... —Sabía que nada de lo que dijese lo haría verse menos lamentable en éste momento.
Desvió la mirada un segundo, pues la proximidad de la muchacha era algo con lo que no sabía lidiar si iban al caso.
— Además si usted fuese un fantasma no podría sentir su tacto ¿verdad? Entonces estamos bien... Aunque le pediré que no me toque de buenas a primeras, por favor —casi inconscientemente llevó su propia mano al pecho, donde ella lo había rozado momentos atrás.
Cuando ella pidió respuestas, Eros ordenó la respuesta en su cabeza. Palabra por palabra, para mucho era tan natural el hablar con los demás pero para él un desafío.
— Mi nombre es Eros Focalor —Hubo una muy ligera reverencia de su cabeza acompañado de su espalda para con ella, por cortesía y costumbre. Entonces suspiró dejando salir el aire que había tomado momentos atrás cuando se dispuso a hablar. — Llegué a la isla hace poco, estoy de paso y decidí caminar por los alrededores del pueblo pues... Estoy buscando pistas para algo —No diría más, pues ya dijo suficiente información poco relevante.
La contempló de pies a cabeza en un momento, ella no parecía portar nada que él buscase y eso era en cierto punto un alivio.
Rascó su nuca, aun tímido. — Pues es natural temerle a los espíritus, de las personas uno se puede defender pero no de aquello que escapa a la lógica —Trató de defender su propia cobardía, haciendo una pausa para elevar su índice.
Y con el mismo la señaló, casi inquisitivo. — ¿Y usted? ¿Cómo puedo llamarla? ¿Qué hace abrazando un espantapájaros? Una chica, como usted dice, en mitad de los arrozales abrazando un espantapájaros Yo andaba paseando, ¿Usted tiene algún tipo de... fijación que no comprendo con ese tipo de cosas? No la juzgo, no la juzgo —O quizás sí, pero nunca lo diría en voz alta.
—No me digas que te pusiste nervioso por un toque apenas. —Porque la afirmación lejos está de detenerla de hacer lo que quiera, sobre todo cuando la reacción ajena no hace más que entretenerla. Sin querer, el joven está invitando a la peliverde a que siga. Para el infortunio de su nuevo amiguito, ella nunca rechaza una invitación— .Dime, ¿qué harás si me atrevo a hacerlo una vez más?
¿Temblar? ¿Incomodarse más? ¿Podría ir más lejos él? ¿Atacarla, quizá? El abanico de posibilidades es tan amplio, y todas son oportunidades de juego.
—Eros, Eros... —Un nombre particular, acorde a quien lo porta. Tan estirado, tan educado... Tan gracioso, porque nunca había conocido a alguien así—. ¿Qué pistas buscarías aquí, en medio de estos arrozales? —Genuino es el interés, tal como la curiosidad que eleva su ceja—. ¿Un mapa del tesoro? ¿O es que estás perdido? —Allí está otra vez: malicia en sus ojos perezosos y toda la voluntad de saciar la duda de segundos atrás. ¿Hacerlo o hacerlo? Unos segundos esperará—. Alguien podría aprovecharse de eso, ¿sabes?
Una vez más, la distancia cero se vuelve cuando su dedo en el pecho del joven halla lugar y repicotea. Una, dos, tres veces toca, sin desviar los ojos del rostro que tiene al frente.
—¿Te podrías defender aquí entonces? ¿De mí? —Gracioso, ¿no? La manera en que la pregunta se desliza peligrosa de su boca, cuando por la diferencia de alturas es obvio quién pierde—. ¿No tienes miedo de las chicas con fijaciones incomprensibles como yo? Quizás muerdo, y tengo dientes muy afilados. —Los mismos que muestra en una sonrisa, aunque ella se refiere al filo de la daga que, de la nada, ha aparecido y apunta al hombre en el vientre—. Es broma, no te asustes.
Busca hacer que le crea al hundir el arma... que realmente no es un arma, sino un juguete. La punta no hace más que retraerse dentro del mango una vez es presionado contra la tela que viste Eros. Apenas Yuqi jala aquel objeto para sí, vuelve a hacerse presente aquel filo falso.
—Tadá. ¿Qué te pareció? —Como si hubiese sido lo más natural del mundo, irrelevante, pregunta—. Está siendo un éxito en juegos de niños. Ahora todos quieren ser piratas. —Pero lejos estaba eso de ser una queja—. No me digas que te orinaste encima.
Porque de la risa moriría allí mismo.
Sacó un caramelo de algún bolsillo que poseía el vestido, lo desenvolvió y se lo metió en la boca.
—¿Quieres uno? —Ofrecimiento que nada oculto tenía detrás, pues hasta le extendió el caramelo—. Y antes de que digas que no aceptas nada de desconocidos... —Su propio dedo índice la señaló, luego al contrario—. Yuqi, Eros. Eros, Yuqi.
Eros tragó, pero no estaba asustado, los vivos no le causaban pavor. Nervioso... Sí, bastante, porque no acostumbraba a las cercanías y la confianza que ella esgrimía. No confiaba en ella, para empezar, porque no la conocía y quizás tras conocerla tampoco podría confiar en ella. Como una pava silbadora su garganta emitió un pitido, era su voz intentando responder algo coherente pero solo balbuceó quedándose rígido como una estatua. — Yo... Es que... No la estoy amenazando ni nada, para empezar —Aclaró, aunque ella insistiese en invadir su espacio personal tampoco es que fuese a golpearla. A menos que ella lo hiciese primero, o le pidiese que así sea, era curioso cómo funcionaba la moral del sepulturero. Pero definitivamente no buscaría amedrentar, o agredir en una primera instancia.
— Unos piratas me arrebataron algo, lo estoy buscando y por eso me he ido de mi hogar —Ya no era su hogar, lo entendía, pues no había nadie más que él ¿Un hogar sin una familia? Solo una casa. En su caso, criptas que ahora nadie cuidaba. Inspiró y suspiró con profundidad arqueando la ceja al notar la daga. Sus musculos se tensaron, los de su cuerpo, más no hizo ademán para correrse simplemente dejando que la misma lo tocase. Era un juguete ¿Lo sabía? Para nada. Pero era un hombre dispuesto a dejarse apuñalar, Al menos en ese momento, al menos en esos campos, al menos por ella. — Me parece... Bien que los niños jueguen a ser libres, habla bastante de la sociología. Si la generación que viene idealiza a aquellos que representan los valores de una ley propia por encima del sistema, del gobierno, de la casta o el dinero... Bien por ellos —Aunque también le gustaría que jugasen a ser civiles quizás.
Absorbió su nombre, lo mamó con atención. Yuqi. Era curioso, fácil y práctico.
— ¿Solo Yuqi? —Dudó ladeando la cabeza hacia un lado para asentir. — La verdad es que no soy muy de los dulces, le agradezco pero... No ha respondido a mi pregunta ¿Por que abraza espantapájaros? En cierto punto me da ternura, pero si he vulnerado lo que pensaba usted era un momento de privacidad me disculpo... Igual sí me parece un poco rara, pero yo tampoco es que sea precisamente de los comunes y corrientes —Sus palabras no buscaban faltar el respeto, de hecho modulaba con una cortesía casi ceremoniosa en la que cada palabra tenía un peso digno de una elegía para los difuntos.
Una duda en su mirada se hizo presente, sus ojos ambarinos se mantuvieron firmes sobre ella. — ¿Acaso usted se ha perdido? —Espetó inquisitivo.
—Solo Yuqi. Sencillo, ¿verdad? —Sin apellido, pues hace años había decidido ignorarlo. Nunca le trajo nada, tampoco le quitaría algo. —En fin, te lo pierdes —Y sin complicaciones el dulzor del caramelo no tarda en invadir su paladar, sin pensar siquiera en un segundo ofrecimiento. —¿Raro? —Una pausa ante su propia pregunta, masticando el caramelo ruidosamente entre los dientes. —Es simple: me sentía sola y necesitaba compañía —Mentira que suena a genuina, por muy simple que de sus labios se escapa. —No me digas que nunca lo has hecho. ¿Ni siquiera hablar con algo que no te responderá?
De interés está llena esa última pregunta, aunque algo debe advertir esa burla que afila esa curva que se vuelve su boca. —Luces de esos que son solitarios —Sin amigos, ni siquiera conocidos. —En ese caso, tendríamos algo en común —Sobre todo si acostumbrados se encontraban a la soledad, a que no les pesase como otros. —Solos y raros. ¿Es muy malo para ti? —¿O algo normal para él? Simplemente suposiciones de su parte, que en sus titubeos encontraban razones y qué decir de su nerviosismo sobre el acercamiento físico. No le desagradaba, sino que le divertía y hasta le gustaba. Eros no parecía formar de esos círculos desagradables de hombres que se acercaban a ella con solo una intención, tan repulsivos y tontos. —Yo lo prefiero así.
Estaba acostumbrada a ello, a la mirada de disgusto de la gente, a que la evitasen como si fuese una enfermedad. Mejor eso a que se acercasen a herirla, y es que el hombre no parece cargar esa intención. ¿No es un milagro aquello? ¿O solo espera la oportunidad como todos?
—Vaya, me has descubierto. Sin embargo, debo decir que no suelo perderme, quizá solo me dieron mal la dirección —En realidad nada había preguntado, ni siquiera una guía. Asumió y allí estaban las consecuencias. —Simplemente buscaba dónde comer un buen plato de arroz. Supuse que por aquí cerca estaría el lugar perfecto —Pero los minutos convertidos en horas decían otra cosa. Las plantas de sus pies comentaban a cada paso que todo había sido en vano. Detenerse e irse la solución inteligente, no la entretenida. —Pero no encontré ni una mierda. Nada.
Esperen.
—¿No es “mierda” una palabra muy fuerte para ti, no? Suenas más educado que yo con tus dichos y tonos —Correcto y no queriendo herir su sensibilidad, al menos daba la imagen de eso. Un ser de luz en medio de esa oscuridad que estaba sobre ellos. Gracioso, ¿no? E irónico cuando el hombre lucía como todo, menos como un rayo de sol. —Lo que menos quiero es herir tu sensibilidad o ensuciar tus lindas orejas.
Otra mentira. ¿Cuántas iban ya?
—Dejando eso de lado, ¿tienes algo que hacer ahora? Aparte de buscar lo que seguirás buscando mañana aquí —Mirando a los lados, luego al muchacho, es que cuestiona. La respuesta la sabe, pero quiere escucharla de todos modos. —Me cansé de dar tantas vueltas sola y tú eres más entretenido que todo este arrozal. Vamos a por algo —Así empezó una nueva caminata, hacia donde creía iba la salida de todo ese campo lleno de plantas. —Ah, y para que no te asustes: no estarás solo, puede venir el espantapájaros si eso te hace sentir más seguro.
Eros escuchó el análisis agudo y tajante como una navaja de parte de Yuqi con sus orbes ambarinos abiertos de par en par como platos, estaba sorprendido de haber sido leído con tanta facilidad pero pese a su vergüenza no se molestó en ocultarlo, asintiendo con la cabeza tímidamente un par de veces; ella le había pegado en el blanco despues de todo. — Pues... si, mi vida siempre ha sido un poco solitaria quizás y... —si bien empezó con un tono alto fue bajando poco a poco igual que sus hombros como si se desinflase al confesarlo. El comentario sobre hablar con cosas que nunca le responderían se sintió como una daga en su pecho, de las cuales retuercen para que la herida duela quizás un poco más — A veces... Hablo solo —Al confesarlo comenzó a rascar su mejilla derecha con nerviosismo. — O no solo, pero le hablo a cosas que en realidad no están ahí es... una mala costumbre que tengo desde pequeño —No solía abrirse de buenas a primeras, pero la jovenzuela parecía ser una experta en operaciones a corazón abierto involuntarias ¿Verdad? No hacía falta mucho más que las palabras correctas para darle cuerda al muñequito roto.
— No me escandalizaría por escuchar que alguien dice mierda... No soy alguien que haya nacido ayer, yo también blasfemo e insulto pero tiendo a hablar con más cortesía supongo —También eran hábitos adquiridos de su hogar, quizás. Su madre siempre fue más confianzuda, directa y risueña pero su padre era un hombre parco que trataba con distancia inclusive a su familia.
Una risa escapó de sus labios, un "Teeheehe" pues le resultó sumamente divertido que ella buscase comer un plato de arroz... en un arrozal. Parecía un chiste que se podría escuchar tranquilamente en un bar despues de todo, teniendo que taparse la boca para no faltarle el respeto. — Me resulta muy ocurrente buscar arroz aquí... Si quiere ponerse a cosechar no la detendré —Espetó intentando bromear para entonces desviar la mirada, nervioso y huidizo señalando en dirección al pueblo. Mientras antes escapase de la desolación del campo mejor, no por las cigarras que cantaban a lo lejos, ni porque el espantapájaros le incomodase, sino porque cierto era que la privacidad parecía ser una buena herramienta para molestarlo. — Creo que el espantapájaros está ocupado trabajando, no creo que la pueda acompañar, ni que quiera venir conmigo —Se encogió de hombros, dando un par de pasos hasta el camino de tierra que conectaba con el poblado más cercano.
Dudó por unos momentos, breves instantes finalmente elevó el índice. — Acepto... Con una condición —Ese mismo índice lo señaló. — Yo la invito, el plato que quiera y la bebida que guste... Yo tomaré agua, si, no soy muy dado del alcohol despues de todo —Nadie le había preguntado, pero él tendía a compartir de más siempre que habría la boca. Era tímido, más no tan taciturno como su lúgubre aspecto podría delatar.
—Así que puedes reír también —Lo cual es de las sorpresas más gratas para la de ojos violetas, su boca no es más que una curva que pronto deja escapar una carcajada. —Vamos, no tienes que aguantar la risa. ¿Crees que me sentiré mal? —Qué considerado y esperable de él. ¿No es curiosa su personalidad? Luciendo de una manera, actuando de otra. No va a negar que ha juzgado a este libro por su portada. —No es necesario preocuparse. Ya ha roto mi corazón mi amigo el espantapájaros al no ir con nosotros.
Como si en algún momento hubiese importado realmente, como si fuese a importar. ¿En serio alguien pensaba que Yuqi no abandonaría esa escena con tal de una pizca de entretención? A sus ojos, Eros es más que eso. ¿Quién desperdiciaría la oportunidad de probar un juguete nuevo? De distraerse con esa boca que no suelta más que inesperados comentarios. Como el que sigue, por ejemplo.
—¿Tú invitas? —No han dejado de examinar la silueta del hombre por muy perezosos que luzcan sus ojos. El rostro ajeno escudriña, un pellizco busca, un resquicio del por qué de su gentileza. ¿Es un artificio? ¿Es genuino? —¿Cuál es el truco, Eros? ¿Qué quieres en verdad? —En su voz la desconfianza se encuentra presente, por mucho que se deje escuchar burlona. Extraño cómo lo único que la alarma es la bondad que se le regala, porque no es común. Nunca lo ha sido. —¿Quizás esto?
Es lo que siempre buscan ellos, ¿no? Piel que ver, piel que expone en el momento que baja el escote de su vestido. Puede que el frío viento choque con su cuerpo, pero no tiembla: está acostumbrada a esto. ¿No funciona así el mundo? Con intercambios, porque nada es gratis. ¿Es mucho para ti, Eros? ¿No es esto lo que deseabas? ¿O quizá Yuqi está siendo una desvergonzada al exponer su sujetador a tu vista? No es nada, al menos para ella.
¿Qué no había obtenido de los hombres actuando así? Hombres que jurarían no ser unos desvergonzados, que jamás pensarían de esa forma, podían ser convencidos de muchas cosas si te veías bien y comportabas encantadora, dulce. ¿Verdad, Yuqi?
En el rostro de la fémina ningún rubor aparece, ¿y qué podríamos decir de su interior? Timidez no siente, pues tal y como está, paso a paso acompaña al hombre. No teme ser vista por alguien más, incluso cuando la soledad de los arrozales ambos están dejado atrás con cada pisada.
—¿Qué? ¿Es muy extraño para ti? —Persiste la burla, persiste la curiosidad. —¿Eres así de ingenuo realmente? —No le extrañaría tampoco, por lo que la curva que es su boca no deja de ampliarse hasta concluir en una carcajada. Si la mujer se burla de él o de lo irrisorio de la situación, eso queda a opinión de Eros. —Nadie confiaría en una cena gratis de un desconocido. Todo regalo siempre tiene condiciones.
Únicamente obtenías algo de la vida si lo tomabas por tu propia mano, nadie te lo daría.
Sí, es eso lo que provoca su risa.
—Quizá te hace falta salir más, conocer más gente —Salen las palabras, luego un suspiro. Su cuerpo se ha apegado otra vez al de cabellos azules, invadiendo el espacio personal que se le pidió respetase. Cercana se encuentra su boca al oído del varón cuando divertida su voz resbala peligrosa: —Puede que así aprendas que nada es gratis.
¿Cuál es el precio de esa caminata entonces? ¿Quién debe pagarlo? ¿Con qué lo pagará? La respuesta la busca aquella mano que con cuidado se infiltra en el bolsillo del peliazul, sigilosa.
Sus ojos parecían radar que observaban los movimientos y las palabras de la muchacha con mecánica precisión, era pintoresca por no decir llamativa pero cierto era que aquel tango de interrogaciones, cuestionamientos, propuestas y desconfianza no era siquiera algo en lo que remotamente podría defenderse el pirata. — Uhm... —Quiso hablar en un principio pero las palabras no fluyeron precisamente de buenas a primeras, su mirada se desvió un poco cuando notó la aparente cercanía a la desnudez de la muchacha aunque no era por pudor, pues había visto miles de cuerpos en estados de semidesnudez con anterioridad, sino por costumbre. Asumió que la muchacha habría tenido quizás malas experiencias en la vida, y no podía juzgarla o decirle que él se comportaría distinto a los demás pues le doliese a quien le doliese, él era uno más — Bueno si eso que está diciendo es una regla... Me parece una regla tonta, a mi me gusta invitarle un plato de comida a las personas que tienen hambre —Aclaró a la par que se sacaba el abrigo para ponerlo alrededor de los hombros de Yuqi en pos de que se cubriese.
— Se va a resfriar —Añadió finalmente dando un par de pasos frente a ella, con ambas manos reposando en los bolsillos de sus pantalones. Se preguntó cuan herida debía estar la muchacha para desconfiar así de las personas, o cuando herido debía estar él para no poder confiar en ella aún. — Dijiste que si sabríamos nuestros nombres ya no eramos desconocidos... ¿Eres entonces una mentirosa también? No me gustan las personas que me mienten, porque yo soy de los que se creen las mentiras —Era sincero en eso, y en casi todo, pues no tendía a buscarle la hilacha a los tejidos de las palabras que las personas les daban. Si alguien le decía algo, debía ser por algo.
Poco a poco Karate se veía a la distancia, marcando lentamente una separación del camino rural de los arrozales a la llegada al pueblo. — Estoy saliendo más... Me fui de mi casa despues de 28 años, y ahora no puedo volver nunca más —Aclaró risueño, o al menos tan risueño como su expresión parca le permitía. Lo que parecía ser la confesión de un fugitivo, era en realidad una suerte de voto y de aciaga resignación pues al darse a la mar sin permisos de ningún tipo, y por el historial de violencia que traía a cuestas en pos de defenderse en los mares cardinales Eros había sido catalogado nada más, ni nada menos, que como un criminal.
Finalmente, ladeó un poco la cabeza deteniendo su andar. Giró los talones y nuevamente buscó a Yuqi con la mirada. — Ahora que lo pienso... Si dices que nada es gratis en la vida, es porque lo conoces todo o lo has tenido todo, y hay muchas cosas que no conocemos aún. Si, vivimos en una sociedad que hasta comercia con la vida de personas pero... Hay cosas que a uno simplemente le pasan, o se gana con esfuerzo, dedicación, suerte —Añadió su perspectiva, levantando un índice. — Yo trato de ser siempre generoso con los demás, así me enseño mi familia