[T1 - Presente Absoluto] - Busqueda y Captura: Ryoma - "El Martillo"
#1
Isla Karate - Dia 5 de Invierno, Año 16

El mediodía reposaba pesado sobre la Isla Karate, ese tipo de calor templado que no abrasa pero que se cuela en la ropa y en los pulmones con la misma insistencia. El bosque de bambú del este, alto y espeso como un muro natural, retenía la humedad en su interior. Allí dentro, el aire era espeso, casi inmóvil, y los tallos se balanceaban con un susurro profundo que parecía surgir de todas partes a la vez.
Enji avanzaba por la senda estrecha sin prisa, con el cigarro a medio consumir entre los dedos. A cada paso, la tierra húmeda cedía bajo sus botas, y el olor a savia fresca se mezclaba con el leve aroma de madera astillada. Estaba siguiendo un rastro, no era algo evidente, pero para los ojos de un Marine aquel detalle no pasaba inadvertido. Entre los tallos, algunos mostraban cortes inclinados, recientes, marcados con violencia suficiente para dejar fibras abiertas hacia afuera. Ahí estaba el rastro. 
Antes de empezar su búsqueda, él den den mushi había dado su orden. La voz de su superior, seca y directa, resonaba todavía en su memoria:

«Ryoma, alias “El Martillo”. Ex-discípulo expulsado por fracturar el brazo de un compañero durante un entrenamiento. Desde entonces, tres dojos pequeños han sufrido sus ataques. Entra, provoca, hiere, se marcha. Ningún motivo más allá de saciar su ego.»
Había sonado un crujido de papeles, un bufido resignado.
«Última ubicación: bosque de bambú del este. Marca los árboles con un símbolo de garras. Síguelo. Encuentra al sujeto, evalúa, neutraliza. Nada más.»

Y la línea se había cortado.
Sin dramatismos. Sin advertencias inútiles.
Ahora, siguiendo aquellas señales en la corteza del bambú, Enji llegó a un claro natural donde la luz del sol descendía en un círculo casi perfecto. El suelo estaba removido, marcado por pisadas profundas y golpes en la tierra, como si alguien hubiese entrenado o peleado allí repetidas veces. Todo indicaba que no era un lugar de paso. Era un lugar elegido.
Y en el centro, inclinado ligeramente hacia adelante, un hombre enorme recogía algo del suelo. La espalda ancha, los antebrazos cubiertos de vendas, los nudillos metálicos atrapando la luz del mediodía. La postura hablaba por sí sola: agresiva, tensa, lista para serpentear hacia la violencia con la misma naturalidad con la que otros inhalan aire.
El hombre no necesitó verlo para saber que estaba allí.
-Sabía que la Marina acabaría enviando a alguien -gruñó, sin moverse- Este bosque ya se estaba quedando sin diversión.
Su voz era ronca, áspera, como si hubiese pasado más tiempo peleando que hablando. Luego se incorporó, girando lentamente la cabeza hacia Enji, y una sonrisa rota, cargada de soberbia, se dibujaba en su rostro.
Ryoma “El Martillo”.
Los dos quedaron separados por apenas diez metros de tierra y luz.
El bambú dejó de sonar.
El aire pareció sostenerse en un equilibrio frágil, expectante.
No era el silencio de la calma; era el silencio que nace justo antes de que algo ceda.
Y en ese instante exacto, sin necesidad de palabras, quedó claro que el encuentro no se resolvería con explicaciones ni advertencias.
Cada gesto, cada respiración, cada tensión en el ambiente apuntaba hacia la misma conclusión inevitable:
el enfrentamiento estaba a un solo paso de comenzar.

INFORMACIÓN DE LA AVENTURA

OFF
#2
La ceniza se desprendió y pulverizó en el aire, víctima del capricho de una tenue brisa, que, como un riachuelo burlando las piedras en su cauce, llenaba el espacio vacío entre los copiosos troncos de bambú. Enji sorbió del humo, sediento. Se llenó los pulmones con su cuerpo espeso mientras sostenía torpemente el cigarro entre índice y corazón. Los Jarngréipr, guantes de batalla moldeados en caucho y con incrustaciones de acero, limitaban mucho la movilidad de los dedos. Estaban hechos para golpear, romper y lesionar. Su forma natural era un puño cerrado, y con un puño cerrado era difícil fumar.

Difícil, mas no imposible.

El sol del mediodía ardía en lo alto y sus rayos, aunque fraccionados por la espesura del bosque, llegaban a besar la tierra y calentar el aire. Al evaporarse, el rocío de la mañana se convirtió en un tufo húmedo que lo impregnaba todo. Un velo fino y brillante. Una película de agua condensada que se instalaba en la frente, sobre el labio superior y en las sienes. Su amado invierno estaba corrompido.

¿Cuánto tiempo había estado siguiendo el rastro de ese hombre?

Enji miraba al frente, la espalda recta, los ojos cansados y un cigarro moribundo como única compañía. Ford, su gato, se había quedado en la casa del viejo Garlo. Sabía a lo que iba y un gato no pintaba nada en la guerra

«El martillo, eh», pensó. Después de meses, la marina había conseguido la información necesaria para localizarlo y, oh, que casualidad, el soldado más próximo a la ubicación era él. «Bendita sea mi suerte»

La espesura del bosque se cortó y Enji salió a un claro, emergiendo de las sombras a la luz. El cabello largo, blanco, y las cuantiosas cicatrices destacaron bajo el foco del día. Tardó unos segundos en darle forma a las siluetas que sus ojos, saboteados por el contraste, discernieron en un primer vistazo. Poco a poco los manchones brillantes fueron ganando contorno y detalle. Cuando se logró acostumbrar, dejó caer el cigarrillo y sonrió, pues había alguien allí. Alguien demasiado parecido al hombre que estaba buscando.

Enji se fijó en el suelo, en las marcas en él, y luego volcó su atención en el sujeto que habitaba el claro.

—Ryoma, ¿verdad? Pues mira que eres más feo que en el cartel —Se rascó el cuello tras escupir la última voluta de humo—. Estás bajo arresto por órdenes de la marina, bajo el cargo de agresión y… ah, en fin, te sabes el resto. ¿Te vas a entregar? No, claro que no. ¿Nos vamos a pegar? Oh, sí, claro que sí.

El corazón empezó a latir fuerte dentro de su pecho. Alzó sus manos, envueltas en Jarngréipr, y separó ligeramente los pies mientras empezaba a dar pequeños saltos en el lugar, desplazándose pocos centímetros de izquierda a derecha. Calentaba los músculos. La guardia en alto con el puño derecho cerca del hombro y el izquierdo unos centímetros más abajo, a la altura del estómago.

—¡Divirtámonos un poco, Martillo! ¡Shihahahaha! —Emitió una larga carcajada mientras se lanzaba contra el criminal.

Su movimiento dibujó un arco, una medialuna siguiendo las huellas en el suelo, que de pronto se cortó al dar un poderoso salto hacia su oponente. El pie izquierdo adelantado se plantó en el suelo al cerrar distancias y con la inercia proyectó un puñetazo al cuerpo con la diestra, que, con un latigazo del brazo, impactó de lleno en la zona alta del abdomen de El Martillo. Los nudillos de acero se marcaron en el esternón.

—¡Tengo algunas preguntas que hacerte! —rugió Enji al separarse un instante después. Retrocedió dos metros dando zancadas de huella en huella, la guardia otra vez en alto y una sonrisa larga en los labios, ubicado a la derecha del peleador. La emoción se reflejaba en su mirada, cuyas amplias pupilas se cerraban, apretadas, centrando toda su atención en su oponente. Regalándole ese momento eterno.

Cositas
#3
Ryoma había sido, alguna vez, un hombre tranquilo.

No cualquiera lo diría al verlo ahora, con la espalda ancha, el gesto pétreo y la violencia brotándole por los poros como una segunda piel. Pero hubo un tiempo en que sus días consistían en entrenar al amanecer, comer arroz sin sal, y reírse con los demás aprendices del dojo mientras el maestro los hacía repetir cien posturas bajo el sol.
Un tiempo en que la disciplina templaba su fuego, no lo alimentaba. Lo que quebró esa calma no fue un acto heroico, ni un trauma profundo, fue algo más simple, más humano y, quizás, más triste.
Ryoma descubrió que la fuerza era lo único que le hacía sentir algo.
El respeto de los demás no lo llenaba, las enseñanzas del maestro no lo inspiraban, La armonía del dojo, esa búsqueda de perfección interior, le resultaba insoportable.
Pero cuando golpeaba…Cuando su puño encontraba hueso…Cuando un rival caía de rodillas con los ojos nublados…
Ahí, en ese instante exacto, algo dentro de él se ordenaba.
Una claridad cruda, primaria, casi animal. No era maldad. No era sadismo.
Era la única manera que conocía de sentir paz.
Hasta que un día, fracturó el brazo de un compañero estando ya fuera de combate. No por accidente. No porque se le escapara la fuerza.
Sino porque, por un par de segundos, sintió de nuevo esa serenidad absoluta… y quiso prolongarla.
Lo expulsaron al instante.
Y desde entonces, Ryoma buscó esa misma calma donde fuera, como un adicto buscando la primera dosis:
En cada puerta rota, en cada alumno derrotado, en cada dojo pequeño que se interponía en su camino.
Aquella mañana, en el claro del bosque, había encontrado por fin un momento de silencio.
El sol descendía en rayos rectos. El bambú se mecía con un ritmo lento. La tierra olía a humedad y sudor seco.
Por un instante, muy breve, todo estuvo quieto.
Muy quieto.
Casi perfecto.
Hasta que un puñetazo de acero le partió el pecho.
El golpe sonó como un madero partiéndose.
El cuerpo de Ryoma se arqueó hacia atrás con brusquedad cuando los nudillos de acero se hundieron en su esternón. El aire le estalló en el pecho en un gruñido ronco, una exhalación forzada que levantó motas de polvo en el claro. La marca del Jarngréipr quedó impresa en la piel tensa y enrojecida, un rectángulo perfecto de dolor que aún vibraba cuando Enji ya había retrocedido.
Por un instante, apenas un parpadeo, el bosque pareció contener la respiración.
Los bambúes dejaron de murmurar.
El viento dejó de moverse.
Hasta la luz pareció detenerse en mitad del golpe.
Pero Ryoma no cayó, aún mareado y desorientado se acabó irguiendo.
Se tambaleó un paso atrás, hundió los talones en la tierra blanda, y dejó que la vibración del impacto recorriera su torso desnudo. El rostro se le descompuso en una mueca que mezclaba sorpresa, rabia y una sonrisa torcida, más animal que humana. Pasó un pulgar por la zona golpeada y escupió al suelo.
-Solo te responderé si me ganas... -murmuró, la voz grave, cargada de una excitación oscura- Marine... 
El cuello crujió cuando lo giró hacia un lado. El sonido resonó entre los troncos como si alguien hubiese quebrado una rama seca. Sus pupilas se afilaron, una chispa de violencia pura encendida tras el impacto.
No era la mirada de alguien intimidado.
Era la mirada de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando una excusa. El Martillo flexionó las rodillas, y la tierra bajo él respondió con un leve hundimiento. La tensión subió desde los pies a los hombros, piel a piel, músculo a músculo, como una ola ascendente. El cuerpo entero se le transformó en un resorte.
-¡VENGA! -rugió de repente, la voz explotando como un cañonazo.
La reacción llegó con la velocidad de un depredador.
Ryoma cargó hacia él sin dudar, sin medir, sin preguntar.
Un sprint brutal, directo, sin técnica, abriendo los brazos como si quisiera arrancar del aire todo lo que se interpusiera en su camino.
Las zancadas levantaron hojas, astillaron pequeños brotes de bambú, y dejaron marcas profundas en el barro húmedo.
Cerró la distancia en un suspiro.
El primer ataque del martillo, fue un puñetazo directo, buscando desequilibrar a Enji.
Tras el golpe, Ryoma se quedó en posición de combate esperando la respuesta de su rival. 
El combate había comenzado de verdad.


INFORMACIÓN DE LA AVENTURA
#4
Enji se movía.

De lado a lado mecía su cuerpo, dando pasos cortos que hacían circular la sangre, saltos breves para cambiar el centro de gravedad, oscilando el peso entre una pierna y la otra. Un movimiento de ritmo caótico, difícil de esquematizar y leer. No había un patrón fijo a simple vista, sino una docena de variados e intrincados juegos de pies que se solapaban unos con otros. Los brazos, aunque estables en su guardia, también seguían una pauta rítmica, se movían con fluidez e independencia, cambiando de posición a intervalos cortos.

El viento se detuvo por un instante, congelado en el tiempo junto al aleteo de una libélula. Enji, con los dientes apretados y esa mirada desorbitada, lo vio. Vio como el suelo se hundía bajo la huella de El martillo. Lo vio partir de una postura estática y vapulear los brotes de bambú con fuertes pisadas que hicieron vibrar las raíces del bosque. Con la sonrisa impresa en los labios, lo vio. Un puño apretado a pocos centímetros de su cara. Nudillos de hierro que buscaban su mandíbula.

Y lo bloqueó.

En el último segundo, el brazo izquierdo del marine se elevó e interpuso el antebrazo en la trayectoria del golpe. El impacto fue poderoso. Una oleada de dolor viajó a través de su carne, que, bajo la nudillera, había quedado marcada con la forma del puño. Se negó a retroceder un paso, los pies bien afirmados en el suelo y los ojos clavados en su contrincante.

Todo sucedió en un parpadeo.

—¡Shihahaha!

Enji estalló en una fuerte carcajada. Agotado el impulso del impacto, empujó a un costado el brazo del Martillo antes de que pudiera retirarlo y con ello abrió su guardia por un instante. El tiempo suficiente para levantar el brazo derecho.

Jarngréipr reflejó el brillo del sol en sus incrustaciones de acero. El puñetazo, un golpe ascendente, llegó como un rayo escupido por la tierra, un geiser o un volcán. Una descarga de pura fuerza bruta que encontró su destino en el mentón de Ryoma. Chocó, removió y empujó, terminando su trayectoria en lo alto, pues la fuerza obligó al artista marcial a echar la cabeza hacia atrás de forma violenta.

—Pegas bastante duro, ¡eso lo reconozco! —dijo Enji dando dos pasos hacia atrás mientras agitaba el brazo izquierdo, entumecido por el impacto recibido—. ¡Pero hay al menos una estudiante en esta isla que tiene mejor puñetazo que tú! Y bien que a ella no le buscaste pelea, ¿no, Ryoma?

Enji recordó su pequeña aventura haciendo de sparring para los novatos de un dojo, y, en especial, como una alumna le había dejado la cara morada por confiarse demasiado.

—¿Qué tiene de divertido pelear con alguien que no te puede ganar?

Cositas
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 578 - 64 = 514
Energia: 583 + 0 = 583
Espiritu: 99 + 0 = 99
#5
El mentón de Ryoma salió disparado hacia atrás como si un gancho invisible lo hubiese arrancado de golpe de la tierra. El latigazo del cuello dejó un chasquido seco en el aire, y por un instante sus ojos se pusieron en blanco, como si la luz del claro lo hubiese cegado. El Jarngréipr había entrado limpio, ascendente, con la precisión y la furia de un arma hecha para romper hueso. Ryoma retrocedió un paso, solo uno. Las plantas de sus pies resbalaron un instante en la tierra húmeda antes de encontrar de nuevo agarre,y entonces, lentamente, volvió a enfocar.
Primero una sombra. Luego la silueta de Enji. Luego la forma clara del marine riéndose.
Algo dentro de Ryoma se torció, como una cuerda demasiado tensada.
Se llevó la mano vendada al mentón, lo masajeó con una expresión inexpresiva, y cuando apartó los dedos había allí un leve rastro de sangre. Lo miró como si fuese un descubrimiento interesante, algo que no veía desde hacía demasiado tiempo.
- Hm… -gruñó, casi en un susurro.
Luego, esa quietud se quebró. Se quebró con una carcajada, profunda y raspada, como un tronco partiéndose:
- ¡GRAAAHAHAHAHA!
El sonido resonó en el bosque como el estallido de un tambor, haciendo vibrar los bambúes a cada eco.
Cuando cayó en silencio, Ryoma ya había bajado la barbilla y alzado los ojos hacia Enji, con esa chispa salvaje que solo tienen quienes aman el combate más que la victoria.
- Una estudiante… ¿eh? -escupió un poco de saliva teñida de rojo- No peleé con ella porque no valía la pena.
Chasqueó la lengua.
-Pero tú sí. Pegas bastante fuerte para ser un crio... 
Ese “tú” no sonó como un halago. Sonó como un veredicto.
Ryoma flexionó las piernas y, antes de que el aire tuviera tiempo de asentarse, se lanzó hacia delante. Nada de fintas. Nada de técnica. Nada de medias tintas. Fue un embiste brutal, un choque directo, un muro de músculo y rabia intentando aplastar al marine bajo puro impulso.
Pero esta vez, no era un puñetazo amplio ni un golpe visible.
Esta vez fue un rodillazo, dirigido con mala intención, buscando el costado derecho de Enji. Un ataque sucio, directo y animal.
El tipo de golpe que Ryoma reservaba para quienes quería derrumbar de verdad.
-¡Veamos si ríes con esto, MARINE! -bramó, con el rostro desencajado por la violencia.
Y como un latigazo de carne, el rodillazo descendió con toda su fuerza.

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#6
La sonrisa de Enji se ensanchó, retorcida y maniática, como el filo de una daga envenenada. En sus ojos se reflejaba la locura, el suspiro previo a la carcajada, las llamas del incendio que lo carcomía. El negro de sus pupilas quería descascararse en un manto de cenizas, y llorar de la dicha. Oh, el gozo. El éxtasis. La diversión.

La risa.

—¡SHIHAHAHAHA!

Carcajada que resonó fuerte, proyectándose a través del bosque de bambú. Las aves, temerosas de su rugido, volaron en busca de refugio. Una docena de siluetas surcaron el cielo, atravesaron el sol y salpicaron de sombra el claro por un instante. Cuando pasaron y el astro volvió a reinar, deslumbrando la tierra removida con la intensidad de sus rayos, el combate se reanudó.

—¿Crío? —replicó Enji, y recibió el golpe. Un rodillazo directo a su costado derecho que no hizo nada por detener, esquivar o enfrentar. Lo encajó pleno y el dolor recorrió su cuerpo. Una inyección de fuego directo a las venas. Ese dolor era distinto, especial, nostálgico. Evocaba recuerdos amargos que engrosaban los trazos de sus cicatrices. Enji saboreó esa sensación, la paladeó y se alimentó de ella. Recordó el odio y lo notó fresco en la punta de la lengua.

Enji encajó el golpe, pleno y fuerte en su costado derecho, directo a la cicatriz de la quema de su casa. El mismo lugar donde la viga que sostenía su techo lo marcó, como un sello de hierro hirviente al ganado.

—¡¿Y por qué no me reiría, Martillo?! ¡Esto es la vida!

Pese al dolor, la reacción fue rápida y el movimiento, certero. Enji, desde su posición, encogido sobre su costado derecho a causa del impacto, se incorporó y usó la fuerza de su espalda y hombros para proyectar un puñetazo lateral desde el mismo lado, que, como un gancho en el paladar de un pez incauto, se incrustó en las costillas del artista marcial. El hierro chocó con el músculo y pulverizó, como estaba designado. Como un martillo de madera ablandando la carne, su martillo de acero estaba ablandando al Martillo a punta de golpes secos, impiadosos, que se repetían uno detrás de otro.

Un pequeño salto hacia atrás construyó una distancia de cinco metros entre los dos. Enji miró a Ryoma, evaluó su estado mientras tomaba aire y, por un instante, calmaba su genio y menguaba su locura. El mismo instante que demoraría el Martillo en regresar a la realidad después del puñetazo.

—Esto es divertido, grandulón, pero no aguantarás otro golpe como ese —señaló—, Así que dime, Ryoma, ¿vas a rendirte, venir conmigo y llegar ileso al calabozo? ¿O prefieres que, como tú, te rompa algunos huesos antes de llevarte? Soy un tipo benevolente, mi religión me impide matar así que... tú verás.

Enji se rascó el cuello con la mano izquierda mientras aguardaba, atento, por una respuesta.

Cositas
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 514 - 33 = 481
Energia: 583 + 0 = 583
Espiritu: 99 + 0 = 99
#7
El golpe de Enji golpeó más que el cuerpo de Ryoma: le arrancó de cuajo aquello que había sostenido su carácter durante años. El impacto, seco y ascendente, se estrelló contra su costado izquierdo y las costillas cedieron con un chasquido sofocado. No se trataba de una fractura completa, pero sí de un daño que se extendió como un latigazo desde el torso hasta la espalda, cortándole el aire en mitad del jadeo que intentó soltar. La visión se le nubló unos segundos, lo suficiente como para obligarlo a dar un paso hacia atrás con la torpeza de quien no está acostumbrado a que el dolor venza primero que la voluntad.

Ryoma siempre había sido fuerte, sí, pero fuerte dentro de la escala humana. Un luchador de dojo, alguien que había entrenado toda su vida, que sabía lanzar golpes potentes y resistir unos cuantos. Su orgullo nacía del sudor y de las cicatrices, no de un cuerpo colosal ni de una fuerza sobrehumana. Por eso, cuando su pierna izquierda falló ligeramente y tuvo que reajustar el peso sobre la derecha, sintió por primera vez en mucho tiempo que algo dentro de él se estaba desmoronando. No era solo el dolor físico. Era la certeza, tan clara como una campanada, de que su resistencia estaba llegando al límite.

Intentó incorporarse de inmediato, pero el costado reaccionó con una punzada punzante, un latigazo interno que le obligó a contener la respiración. La postura, normalmente firme y agresiva, se volvió rígida, obligada, como si cada músculo tuviera que negociar su participación. Y aun así, trató de avanzar un paso hacia Enji por instinto, ese impulso visceral que le decía que la pelea no había terminado, que debía seguir hacia adelante para no perder el control sobre sí mismo.

Pero el cuerpo no respondió.

A mitad del avance, la rodilla se le dobló ligeramente. No llegó a caer de golpe, pero el movimiento se convirtió en una especie de descenso brusco, un fallo en la estructura que lo obligó a apoyar la mano en el suelo para evitar un colapso completo. La respiración le llegó entrecortada. No era debilidad emocional; era pura fisiología. Sus pulmones intentaban expandirse, pero el costado le recordaba a cada intento que allí dentro había algo desplazado, inflamado, herido.

El bosque pareció detenerse. El viento cesó. Incluso los bambúes dejaron de murmurar. Ryoma, todavía de rodillas, levantó el rostro hacia Enji con una expresión distinta, muy distinta a la de antes: ya no había fuego, ni rabia, ni esa adicción terca al choque de golpes. Había cansancio. Había un reconocimiento silencioso de que la pelea había llegado a un punto donde continuar no solo era inútil, sino físicamente imposible.

-…basta… -murmuró, con una voz que apenas logró escapar de su garganta.

Trató de recuperar la postura, de forzar el cuerpo a levantarse, pero el dolor le subió desde el costado como un recordatorio constante de sus límites. Sus dedos se hundieron ligeramente en la tierra húmeda, buscando apoyo, pero no hubo fuerza suficiente para erguirse. Solo pudo sostenerse a medias, con la respiración temblorosa y el pulso desordenado.

-No… no puedo… seguir… -admitió con una mezcla de frustración y resignación.

No había cobardía en esas palabras.
No era una súplica.
No era miedo.

Era un hecho.
Un hombre derrotado no por la moral, sino por el cuerpo.

Ryoma bajó la mirada un instante, respiró con dificultad y, sin intentar ocultar la derrota, dejó caer el peso sobre sus nudillos, usándolos como único soporte.

-Haz lo que tengas que hacer, marine… -murmuró, con un gesto tenso, incapaz de pretender ya que podía continuar.

El hombre que había buscado pelea como refugio solo encontró, al final, el límite natural de su propia humanidad. Esa frontera que ningún entrenamiento, ningún enojo y ninguna terquedad podía atravesar.

Ryoma no cayó inconsciente.
Pero lo que lo hacía pelear ya no estaba ahí.

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#8
Con la caída del velo, el fin de la brisa y el silencio de las chicharras, el combate llegaba a su ocaso mediante la palabra. Enji exhaló el aire que guardaba, tenso, preparado para accionar ante un último ataque; bajó la mirada y sus puños se apretaron una vez más. Una última vez. Luego, se relajó. Sacó de su bolsillo la cajetilla de cigarros, tomó uno y se lo llevó a la boca mientras se acercaba al derrotado artista marcial.

—Eres una bola de músculos, Ryoma, pero una bola de músculos racional. —Del otro bolsillo sacó el mechero y le dio vida al cigarro sorbiendo de su humo—. Muy bien.

La distancia entre ellos se cerró al ritmo de sus pasos, que, contrario a las carreras del combate, eran lentos y pacientes. Dejó su huella entre los tallos de bambú, pisoteados y rotos, y se paró junto a Ryoma.

—Te voy a patear, Martillo. No me gusta la idea de golpear a un hombre que se rindió, pero tampoco me fío de ti. Esto debería dejarte tranquilo durante el camino al pueblo —explicó, anunciando su movimiento antes de ejecutarlo al considerarlo algo necesario pero poco digno—. Buena pelea.

Enji levantó el pie izquierdo y pateó a Ryoma en el estómago, forzandolo a escupir el poco aire que hubiera podido entrar en sus pulmones después del último puñetazo. Una patada firme, medida, que dejó a “El martillo” en el límite entre la inconsciencia y la realidad. Después, lo empujó al suelo, boca abajo, y, mientras ataba a Ryoma utilizando sus propios pantalones para asegurarle las piernas y su chaleco de marine para sostenerle los brazos, sacó el Den Den Mushi y contactó a la marina.

—Ryoma “El martillo” localizado, evaluado y neutralizado. —Apretó un nudo, su cigarrillo firme entre los dientes—. Voy a atarlo y llevarlo conmigo a la base de Isla Baterilla, donde será juzgado y encerrado hasta cumplir condena de servicios comunitarios. Enviaré mi reporte desde allí. Enji fuera.

El caracol envió el mensaje y antes de que pudiera tener respuesta, Enji colgó.

—¿Qué te parece, grandullon? Parece que vas a ser mi compañero durante un pequeño viaje en alta mar. ¿Sabías que fui un grandísimo navegante cuando joven? Competí en tres carreras de velero locales y gané las tres. Era todo un prodigio. —Haciendo gala de su portento físico, Enji levantó a Ryoma con un brazo y se lo echó al hombro cual costal de patatas—. El problema vino con mi lesión de rodilla. ¡Me jodió la carrera! ¿Por qué? Bueno, es una jodienda izar velas siendo cojo.

Y así dio inicio una larga y enrevesada historia que Enji se encargaría de tatuar a fuego en el pobre cerebro de Ryoma. A través del bosque de bambú, los caminos de arroz y el pueblo, relató las falsas hazañas de su falsa infancia siendo un prodigioso navegante. Una forma de matar el tiempo y no aburrirse, puesto que El martillo, después de la pelea, se había quedado demasiado cerca del mundo onírico. En otras palabras, se había quedado tonto y tardaría un buen par de horas en recuperarse. Hasta entonces, Enji tenía tiempo de hacerle escuchar sus mentiras y conseguir mejores cuerdas.

Las reacciones del pueblo al ver llegar a Enji, el loco nudista, cargando en sus hombros al salvaje de Ryoma fueron numerosas y variopintas, mas ninguna célebre ni animada. La historia de Ryoma era algo triste para ellos. Un joven que había seguido los caminos de la disciplina y la humildad, para después descarrilarse de la peor manera. Un pequeño ejemplo de eso que las artes marciales pretendían erradicar: la violencia desmedida e injustificada, arrogancia, brutalidad. Un hijo de Isla Karate convertido en traidor de sus principios.

Cositas
#9
✓
Aventura Tier X: Completada

NARRADOR (Ubbe):

— Puntos Mugiwara: 6

— Puntos de Rol: 10

— Berries:15000



PARTICIPANTE 1 (Enji):

— Puntos Mugiwara: 5

— Reputación: 10 + 5 popularidad

— Berries: 10000


STAFF DE NAKAMA NO MI


Salto de foro:


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