15-11-2025, 05:11 AM (Última modificación: 15-11-2025, 05:13 AM por Iggy Rock.)
Día 17 Otoño/ Año 16
Isla Karate
Cuanto más tiempo pasaba en esta isla más me aburría, la gente parecía estar más comprometida con la lucha y la disciplina que con terminarse las copas a trago y pese a tener un saque muy bueno este lugar no me podía ofrecer más que eso. Por lo que tras haber convencido a mi hermano comencé los preparativos, y uno de los más importantes era la comida. Por eso estaba sentado en una roca a la orilla de un embalse no muy lejos de la población. Tenia un camino cerca pero no pasaba demasiada gente.
Tenia una botellita de saque de la cual iba da di pequeños sorbos mientras contemplaba el paisaje de bonsáis y calma pues adentro de poco partiría de aquel lugar para siempre. -Oye Travis, ¿A quién coño le puede gustar la piña? Me refiero exprimida esta buena como en un piña colada. ¿Pero la fruta en sí? Vamos no me jodas si es como comerte hebras de fibra. Te apuesto un cangrejo a que un alga sabe mejor.
Según hablaba mi águila volaba en círculos por encima de la superficie del agua para en cualquier momento lanzarse en picado a por algún pescado desprevenido. Tenía ya tres carpas Koi a mi derecha pero iba a necesitar muchas más para no morir de hambre durante la travesía. Me aburría, pese a tener saque y estar tomando el sol de medio día quería algo mas de acción. Probablemente si mi águila fuese una persona estaría diciendo: “Si tanto de aburres ponte a trabajar subnormal.” Pero como es un pájaro no podía decirme nada de eso.
Quería terminar esto cuanto antes e irme de aquí. Y por golpe de suerte ahí estaba un tipo aleatorio del cual podría aprovecharme de su amabilidad. Me levanté de golpe y fui dando pequeños saltitos hasta llegar a su lado. -Perdona… tipo que parece no haberse duchado en una semana. -No pude evitar hacer el comentario al ver sus pintas, pero a pesar del insulto continué hablando con el tono más dulce que pude. -¿Te podría pedir un favor? Como habrás notado por mis pintas no soy de aquí soy un turista, pero mi hermano es muy fan de las artes marciales y le había traído a este lugar por su cumpleaños. La cosa es que mientras él se ha ido a ver como entrena la gente, me han pedido que ayude a vaciar esta charca de carpas. Resulta que son una especie invasora y me han insistido en que acabe con ellas. -Justo cuando comenté esto Travis se zambulló en la charca sacando otro pez. -Ese águila de ahí es mi mascota me está ayudando a terminar antes el trabajo.
Le puse la mano en el hombro y con la otra le ofrecí de mi botella de sake. -Si me ayudas te dejo probar de esta maravilla. -Concluí tratando de convencerle para que se una a mi “noble” causa de “ayudar a la gente.”
Off
Solo quería destacar el uso de mi karma de mentiroso para que me creas esta mentirijilla y te unas a mi en este maravilloso día de pesca.
Enji llevaba unos meses allí por motivos para nada relacionados al placer. Después de enlistarse en la marina, debió de iniciar un proceso de desintoxicación para alejarse de los vicios que tres años de malas compañías habían arraigado en su cuerpo. El alcohol, las mujeres y el cigarrillo eran sus tres marías. Ahora que se había bajado de la cruz y rellenado los huecos en sus palmas con barro y ponzoña, tenía que matar a María. Una a una. ¿Y qué mejor lugar para escapar de las tentaciones que una isla cuya identidad iba de la mano con la disciplina, la austeridad y el trabajo duro? Karate había sido una bendición.
Cosa que para nada atenuaba el hecho de que se aburría como una ostra. Ese era el punto, claro, y no debía quejarse, pero se aburría. Mucho.
¿Ya dije que se aburría?
Después de llevar a cabo la serie de flexiones de brazos número cuatrocientos veinticinco del día —número que se inventó tras haber olvidado cuántas llevaba en verdad—, Enji se incorporó para tomarse una merecida pausa. La sudada camiseta desapareció en un parpadeo y su pantalón iba en el mismo camino cuando una voz a su espalda lo paró en seco, con las manos sosteniendo la prenda a la altura de sus rodillas.
Cruzó los pies y, como si estuviera efectuando un paso de baile, giró 180°. Se irguió, y dejó caer sus pantalones.
—Sólo fueron cinco días, jirafa con delineador —afirmó con esa mirada escéptica de párpados pesados—. Por tus pintas imagino que no tienes papás.
Dejó de mirar al sujeto para fijarse en la charca que su relato señalaba. Estaba cargada de carpas, cosa que se podía apreciar a simple vista pues el agua cristalina delataba las sinuosas trayectorias de su nado. Volvió a mirar a Iggy. Luego, miró la petaca. Mierda.
—Hijo de… perra. ¿Es ron?
A Enji le gustaba el ron. Pese a lo quemado que tenía el sentido del gusto, culpa de fumar como una chimenea, el ron y su intenso sabor lograban tirar abajo ese insípido muro y regalarle un momento de placer. ¿Ese sería el motivo de su antigua adicción? Buscar en el calor del aguardiente algo que pudiera atravesar los nervios muertos de su lengua y hacerlo sentir vivo unos instantes eternos.
La maldita águila volvió a sacar una carpa. Enji apartó la mano de su hombro y dio unos pasos hacia la charca. Pasos de pingüino, puesto que sus pantalones bajos seguían esposándole los tobillos.
—¿Cómo conseguiste un maldito águila de mascota? En fin… todas las carpas que saque, me las quedo, y si tu mascota me caga la ropa tendrás que comprarme ropa nueva. —Se paró al borde de la charca y rascó el cuello con la mano izquierda—. ¿Tienes un arpón o algo?
“Jirafa con Delineador.” Comencé a reír y darle un par de palmaditas en la espalda. -Tienes huevos chaval, tienes muchos huevos de llamarme así y mucho más de decirme que no tengo padres. Pero no te juzgo ya que tienes razón. -Respiré profundamente, tratando de controlar mi mal genio. Le di un trago a la botella para calmarme y continué hablando. -No es ron, es sake, un licor de arroz que hacen en este lugar. Ojalá fuese ron… Pero en esta isla no sabe divertirse. Pero tú parece que tienes espíritu de fiesta.
Sin previo aviso imitando a aquel chico. Me acerqué a la charca lentamente y primero me quité el chaleco y tras ello los pantalones echándolos a un lado junto a mis botas, quedándome únicamente en ropa interior. Por suerte hacía calor, vi orgulloso como mi águila volvía a retomar el vuelo. -Es una larga historia. -Contesté finalmente a la pregunta, entiendo que pueda extrañar a alguien que tenga de mascota una rapaz pero yo ya llevaba unos cinco años con él, y ya me había encariñado con el pajarraco. -¡TRAVIS BAJA! -Solté con un tono autoritario haciendo que el ave descendiera y se posara sobre mi cabeza. -Fue un regalo de mis difuntos padres ahora cada vez que veo su emplumada figura me recuerda a ellos… mientras hablaba fui abriendo los brazos en cruz y a su vez mi mascota fue abriendo sus alas al mismo tiempo mostrando su imponente envergadura, me coloqué entre el peliblanco y el embalse, de espaldas a este último. -Nah es coña, me lo encontré cuando era un polluelo en el suelo del bosque, perdido y hambriento, me pareció mono y me lo quedé. Pero ahora vamos a lo que nos atañe… -Extendí mis brazos hacia delante sacándole el dedo con ambas manos y me dejé caer hacia atrás. Al hacerlo Travis volvió a dirigirse hacia las alturas y la calma y quietud del agua se vio interrumpida por mi persona.
No tardé en incorporarme con euforia pues el agua me llegaba a la altura del estómago. -Coño que fría está. Se me van a quedar los cojones como dos cubitos. -Farfullé para mi mismo, tratando de centrarme, en lo que había venido a hacer desde un inicio. -Porque no eres una mujer preciosa si no te diría que el verdadero arpón lo tengo aquí abajo. -Continué agarrándome el paquete de forma vulgar y descarada. -Pero no, no lo necesitamos, hoy pescaremos como los verdaderos hombres, con las manos desnudas, y te preguntarás… ¿Iggy cómo vamos a hacer eso? Y yo te responderé. Muy sencillo querido amigo, para pescar una carpa no tienes que hacerlo como si fueses humano… Pues una carpa solo puede pescar a otra carpa… -Según continuaba hablando daba vueltas sobre mi mismo de una forma algo torpe pues el suelo estaba resbaladizo por las algas y moho adherido a las rocas del fondo.
Poco a poco me fui agachando hasta que solo mis ojos quedaron fuera de la superficie, levanté mis pies del suelo y comencé a serpentear mi cuerpo tratando de imitar lo mejor que podía el movimiento de un pez. Que en mi cabeza quedaba bastante guay pero desde fuera seguramente se vería algo patetico.
Las altas expectativas hicieron que el golpe fuera más duro, el agua del balde más fría, cuando supo lo que contenía la petaca. Arrugó la nariz con asco. Sake. El maldito sake, otra vez. ¿Es que nadie en toda la isla tenía un mínimo de buen gusto? ¿Una pizca? ¿Nada? Enji apoyaba la idea de alentar la producción local, estaba perfecto, pero, carajo, producían arroz, comían arroz, ¿también tenían que beber arroz? ¿Cuántos se iban a morir de hambre si importaran unos pocos barriles de ron? Quería saber el número. Estaba seguro de que valdría la pena. Lo que no daría por una buena botella de ron añejo...
«Imbecil, se supone que ya no bebemos», se reprendió.
—¡Ja! ¿Quieres ver lo que me dejaron a mi? —Se sujetó los elásticos del boxer, preparado para bajarlos y quedarse completamente desnudo. La aclaración lo detuvo. Vio un par de dedos medios, luego la caída de Iggy al agua y sus labios se apretaron, conteniendo algo: risa—. Pff, ¡shihahahaha! ¡Te van a desaparecer las pelotas, jirafa! ¡Shihahahaha!
A un lado de la charca, mientras se sostenía el estómago, Enji se sentó. Retrajo una pierna, el pie posado en el límite del agua y la rodilla en alto, sobre la que posó un brazo. La otra pierna, relajada, se había sumergido hasta la rodilla en el agua.
—Tan gracioso como una patada en las pelotas.
Iggy acababa de ganar un pequeño galardón, una estrellita. Hacía un buen tiempo, después de todo, que Enji no se reía a carcajada suelta. «El tipo sin padres me cae bien», pensó, y ese no era un pensamiento para nada común, razón por la que le dio el beneficio de la duda. Escuchó su explicación, palabra por palabra y con suma atención. ¿Se supone que su nombre era Iggy? Y lo que estaba haciendo era… ¿Imitar…?
—Eres patético —dijo Enji, y se dejó caer dentro de la charca como peso muerto. Emergió después de hacer pie en el fondo, con el cabello mojado tapándole la mitad de la cara—. ¡Eso no es una carpa! Más pareces un arenque. Te mostraré cómo putas se hace.
Imitó a Iggy de forma bastante evidente al dejarse caer hacia atrás. Enji flotó al filo de la superficie, se colocó de costado, la mitad de su rostro sumergido y la otra mitad sobre la línea del agua, y con pequeños espasmos empezó a moverse. Los brazos pegados al torso, las piernas juntas, y la boca haciendo grandes gestos que pretendían imitar la boca de un pez al comer. Las contracciones musculares hacían serpentear su cuerpo como una bandera empujada por el frío viento del sur.
¿Una carpa? Podía estar muy convencido, pero eso no hacía menos estúpida su imitación. Obligados a compararlo con un animal, parecía una serpiente marina con epilepsia. O una anguila que sufre calambres.
—¡Avísale a tu pajarraco que no soy una carpa, cabrón! —Fulminó al ave con la mirada de su único ojo visible—. Ese pico bien lejos de mis pelotas, eh. ¿Ya atrapaste algo?
Aclaración importante
Enji posee una fruta del diablo. Sin embargo, la fecha en la que sucede el tema es previa a que la consumiese, así que en este punto cronológico todavía puede nadar y el agua no lo convierte en un ancla.
Al reírme tragué agua quemándome la garganta y tosiendo sin parar. -Joder, se te da bastante bien esto de ser una carpa. -Me reincorporé de nuevo y señalé al águila. -A ÉL NO, ÉL ES HUMANO. -Mi pájaro pareció no hacer demasiado caso pues siguió volando en círculos sobre nuestras cabezas, probablemente porque le pareció tan obvio que ignoró mis palabras. Me encogí de hombros y volví a sumergirme pero esta vez solo sacando mi cabeza por encima de la superficie.
-Lo que he capturado no lo he hecho yo, ha sido el pájaro, mientras tanto yo me estaba rascando las pelotas. Pero bueno, ya que me he mojado hay que ponerse a trabajar. -Desvié la mirada hacia una roca a la cual también señalé con la cabeza, casi rompiéndome el cuello para ello. -Por ahora solo llevo esas cuatro de ahí, pero con tu ayuda espero poder sacar más.
Respiré profundamente y me relajé entrecerrando los ojos. -Si te soy sincero no es la primera vez que pesco un par de carpas de algún estanque de un parque, como soy huérfano y me he criado en la calle he tenido que hacerlo para sobrevivir. -Mi cuerpo se quedó completamente quieto, los músculos relajados sin perturbar el agua de mi alrededor, solamente mis brazos se movían por las corrientes que el otro joven hacía al moverse tratando de imitar a estos peces. -Estos animales son tontísimos, más incluso que yo. Por lo que si te quedas quieto pensarán que eres parte del estanque, o al menos que no van a pensar que eres una amenaza para ellas.
Conforme hablaba veía como algunos de estos animales comenzaban a rodearme, curiosos, como si mi cuerpo fuese una decoración más de aquella charca donde nadaban. Sonreí y miré al chico. Sin pronunciar una palabra y solo moviendo los labios realicé una cuenta atrás desde tres. Cuando llegué a cero mi brazo se movió de forma pendular hacia arriba, golpeando el cuerpo de uno de los peces, el estruendo fue tal que salpiqué todo a mi alrededor y el resto de presas salieron nadando lejos. Pero a la que había golpeado salió volando hacia arriba y como si se tratase de una jugada en equipo Travis la cogió al vuelo, clavando sus uñas en su torso, matándola y lanzándola al lugar donde yacía el esto de mi pesca matutina.
Me levanté y salí del embalse, sentándome justo al lado de donde tenía mis capturas. -¿Ves? No es difícil. Ahora prueba tú, te prometo que el águila te asistirá cuando mandes el pescao a volar. Demuéstrame de lo que estás hecho y si me sorprendes te llevo conmigo a Samba. Ahí si que hacen un ron que te cagas de bueno, o eso he oído. -Le animé chasqueando los dedos y le guiñé el ojo. -Give it a try, baby. -Mi tono era animado como si me estuviese animando con toda esta situación. Observé con atención, con los pies aún en remojo. Aun no me había dicho su nombre pero era divertido, era raro y extravagante, tenía la sensación de que podíamos ser amigos y quién sabe tal vez también si me demostraba que tenía madera para la piratería merecía la pena navegar juntos.
Off
Yo no lo aclaré pero también tengo fruta pero me la comí más adelante en samba, de hecho tengo un fic comiéndomela para saber el día exacto en el cual lo dice.
Los caóticos espasmos se detuvieron y Enji, como un tronco hueco, se inclinó y luego se hundió en el agua. Juntando brazos y piernas al torso, formó una bola, dio una vuelta completa bajo la superficie y luego, con un abrupto despliegue de sus extremidades, emergió con fuerza.
—¡PWAH! Viejo, no empecemos a hablar de nuestras vidas. —Enji puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos. El agua corría fuera de su nariz y oídos como cataratas—. Puestos a comparar tragedias, tengo para hablar toooodo el santo día. Primero las carpas, después las charlas, va.
El tiempo apremiaba y su orgullo también. Era así cuando algo se le metía en la cabeza, como un toro que ve rojo y avanza recto, empujando fuera del camino todo lo que se le atraviese. El águila, en particular, estaba tocándole los huevos, sumergiéndose y sacando carpas con la facilidad natural de un cazador, un ave rapaz. Competir no tenía sentido. Enji, por supuesto, opinaba distinto, y quería irse del estanque habiendo atrapado más peces que el animal. ¿En qué momento se le metió esa idea en la cabeza? Difícil saberlo. Probablemente estuvo ahí, cosquilleando en el fondo de su trastocada mente, desde el instante en que vio al águila sumergirse.
Bufó.
—¿Ah? ¿Quedarse quieto y esperando? Me voy a morir de viejo si tengo que quedarme parado en el agua hasta que una de esas cosas se me acerque pensando que soy un palo seco. —Enji nadó hasta el borde del estanque, aferró sus manos a la tierra y se propulsó fuera. Al aterrizar lo primero que hizo fue acomodarse el boxer, que se había bajado por el peso del agua—. Carajo, este elástico no aguanta más… —masculló tras volverse a cubrir el trasero—. Ni creas que voy a dejar que tu pajarraco se lleve el crédito. Esas carpas son mías.
Se giró e irguió frente al estanque. Con los pies posados en el horizonte entre la tierra y el agua, fijó la mirada, y sus pupilas se contrajeron notablemente. Las pulsaciones de su corazón bajaron. Asumió una postura de largada, encorvado y en cuclillas. Los brazos al frente y las manos juntas, palma con palma, dedos extendidos y pegados unos con otros. Tenían la forma de una aleta. O la punta de una lanza.
Silencio, concentración… locura.
—¡AHÍ TE VOY HIJO DE PUTA! —exclamó, gritó, rugió como un animal salvaje, rompiendo cualquier tipo de sigilo. El pequeño grupo de carpas que seguía con la mirada se disgregó a causa del chillido. Una de ellas siguió en línea recta alejándose de Enji. Allí vio la oportunidad y se lanzó—. ¡ERES MÍO!
El estanque explotó en un gran levantamiento de agua cuando el cuerpo de Enji se sumergió como un torpedo en las profundidades.
Debajo del agua sus manos chocaron y empujaron al pez, que, desorientado, empezó a girar y hacer espirales. Los brazos del marine se movieron desesperados en todas direcciones hasta que sintió el familiar tacto de las escamas. Allí se aferró, apretando los dedos con la fuerza suficiente como para atravesar la babosa película que hacía resbalosos a los peces y arrancarlo del agua al mismo tiempo que emergía a la superficie.
—¡Lo tengo! ¡Ja! ¡Mira si voy a necesitar la ayuda de un pajarraco! —Abrazó su preciada captura mientras esta se removía furiosamente entre sus brazos, dándole un coletazo en la cara tras otro, cosa que nunca borró su triunfal sonrisa—. ¿Cuántos kilos debe tener? Este vale por cinco de los suyos.
Y, mientras celebraba su victoria parcial, un lagarto seguía moviéndose con fuerza entre sus brazos, llorando de desesperación ante el abrupto asalto que había sufrido mientras descansaba en lo profundo del estanque bajo una capa de sedimento.
Aplaudí efusivamente al ver el pedazo pez que tenía en sus manos, no era mi método pero había resultado efectivo y no merecía la pena criticar el medio si el resultado ha sido exitoso. No obstante al ver como el pez se zarandeaba tratando de zafarse del agarre para volver al agua, no dudé en meterme de nuevo en la charca para sujetarlo entre ambos y poder dejarlo en tierra. -Buena captura. -Le dije al ver la pedazo presa que había capturado por sí solo, dándole una palmada de aprobación en el hombro. Es cierto que era más grande que las mías pero no por ello le iba a dejar ganar tan fácilmente. -Pero aún así cuenta como una. Es imposible que me ganes en velocidad si yo trabajo en equipo. -Puse los puños en la cintura según caminaba al centro del estanque una vez más.
Junté las menos en señal de oración y aguanté el equilibrio con una sola pierna, creyéndome un monje con mil años de sabiduría. -Las carpas son un símbolo de esfuerzo y superación. Pues dicen que cuando una carpa escala una cascada es capaz de transformarse en dragón. -Volví a abrir los ojos, y con la pierna que tenía levantada, la bajé repentinamente removiendo las aguas y espantando a los peces de mi alrededor. -Yo creo que eso no son más que chorradas, y la gente se lo inventa para engañar a imbeciles.
Salí de nuevo, sentándome en la roca, agarrando la botella de saque y dando un gran trago hasta casi terminarla. -Esforzarse no merece la pena, no te vas a transformar en un puto dragón si trepas una cascada, seguramente te mates en el proceso. -Me tumbé, con mis pies aún en remojo y el resto de mi cuerpo rozando el césped de alrededor, sintiendo como la brisa otoñal me dejaba la piel de gallina. ¿Y por qué me cubra este cabron todo esto te preguntarás? Pues porque no soy una carpa, y prefiero que mi trabajo lo hagan otros.
En cuanto solté esto Travis volvió a bajar como un torpedo tomando otro pez entre sus garras y dejándolo junto al resto. Pasaba de esforzarme más, era de mis últimos días en karate y si no había seguido la disciplina y el camino del esfuerzo durante este último mes no iba a comenzar ahora. Levanté un poco la cabeza para mirar al chaval. -Así que puedes seguir pescando y compitiendo contra mi águila pero no tienes nada que hacer contra él, pues está diseñado para hacer esto. Así que… ¿Prefieres ser una carpa y tratar de convertirte en dragón esforzándote, o prefieres que hagamos un trato y compartamos todas las capturas si viajas conmigo?
No lo iba a negar, el chico era peculiar pero comenzaba a agradarme, y esperaba realmente enseñarle a tocar algún instrumento como las castañuelas y que se uniera a mi banda, siempre que él estuviese de acuerdo.
Con su captura batiéndose furiosamente entre sus brazos, Enji sonrió, orgulloso, y miró de reojo al ave con esa expresión pícara cargada de soberbia. Un golpe seco en la cabeza noqueó al lagarto. Se lo echó al hombro, como un costal de papas o una gruesa bufanda, mientras se acercaba al borde del estanque y tomaba asiento en la orilla.
—Entonces, cada una de las tuyas vale por media. Dividen el esfuerzo, dividen la recompensa. Eso es lo malo de trabajar en equipo. —Sujetó la cola del lagarto y se envolvió el cuello con ella, acentuando la imagen de bufanda—. ¿Ves este bicharraco? Es todo mío.
El beso helado de la brisa reconfortaba su cuerpo, cuya naturaleza cálida hacía de los climas templados una tortura. El frío, por otro lado, equilibraba su balanza y le brindaba confort. Donde en otras circunstancias estaría sudando, rascándose la picazón y bebiendo agua a raudales, ahora podía yacer sentado a orillas del estanque, tranquilo, incluso planteándose la idea de volver a colocarse los pantalones. Cosa que, por supuesto, no ocurriría, y el pensamiento se quedaría en nada más que una anécdota. Un susurro entre los millones que tamborileaban en la pared de su subconsciente.
La historia de las carpas y el dragón hizo eco en su memoria y resonó con un recuerdo. Enji alzó una ceja, convencido de haberla escuchado en otro lado. ¿El pueblo, quizá? O en otra isla. Borracho, sí; era lo más probable.
—Te pones bastante filosófico, amigo Jirafa.
Se dejó caer hacia atrás, reposó la espalda en el césped y cruzó sus manos detrás de la nuca para hacerse almohada.
—Tu águila está diseñada para hacer esto… ¿Y qué? ¿Crees que no podré superarla solo por eso? —Enji chasqueó la lengua en desaprobación—. Una carpa no se puede convertir en dragón trepando una cascada, creerlo es bastante patético, pero, ¿sabes qué es peor que eso? —Se fijó en el cielo que los vigilaba e hizo una mueca de asco, desdén—. Que un grupo de carpas inútiles se ayuden para subir la maldita cascada y al llegar arriba esperen convertirse en una lagartija que vuela.
El viento sopló una vez más y los mechones blancos se alborotaron. Varios cayeron sobre su rostro, pero no les prestó mucha atención.
—Digamos que, si una carpa tiene que convertirse en dragón, más les putas vale que sea la que se rompe el culo para llegar sola hasta arriba —sentenció, declaró, en un pequeño lapsus de claridad dentro de su habitual tontería—. Ahora, si quieres tener tu propio ejército de carpas, adelante, tienen que ser bastante útiles, y nadie te quita el derecho de rascarte los huevos mientras otros hacen el trabajo. Es algo que a mi también me gusta hacer. Lo primero. Para lo segundo nunca consigo a nadie.
Enji se encogió de hombros en el lugar y el lagarto alrededor de su cuello tuvo un espasmo que hizo mover sus patas.
Le dio otro coscorrón para que siguiera bien dormido.
—Gracias, eh, colorines, pero voy a buscar mis propias capturas. De otra forma nunca le voy a ganar a tu pajarraco.
Comencé a reír, cubriéndome el rostro con una mano al escuchar sus palabras. ¿Filosófico? Era probable, a veces me ponía a pensar en mierdas y podía dar la chapa. El alcohol me estaba friendo el cerebro, pero sabía lo que decía. El chico parecía estar de acuerdo con lo de tocarse los huevos mientras los demás hacían el trabajo. Pero en desacuerdo con que mi águila podía pescar más que él.
Me quedé en silencio escuchando, pensando que cualquiera que viera esta situación desde fuera tendría que pensar que estábamos borrachos o nos habíamos tomado algo peor. Por lo que me reiconroosé, sentándome apoyando mi espalda en una roca notablemente más alta que el resto. -Tampoco te piques va… -Solté en un tono calmado a la vez que hacía unos estiramientos de brazo. -Es cierto no creo que puedas ganar a un ser creado al milímetro para pescar, pues es así como sobrevive. -Suspiré profundamente, y le lancé una de mis capturas directa al pecho. -Toma, estás famélico capullo. La vas a necesitar más que yo, espero que la próxima vez que nos veamos tengas mejor aspecto y no parezcas un puto mendigo con lepra.
¿Estaba siendo amable? ¿Enserio? Esto no era propio de mi, pero suponía que si no podía convencerle que viniera conmigo al menos quería que estuviera bien y se cuidara. Era un chico peculiar, posiblemente de las personas más raras que me he encontrado en esta isla junto al chaval joven de la capa extraña. Le sonreí mientras el sol de medio día quemaba mi piel blanquecina, ayudándome a paliar los efectos del frío de la brisa otoñal.
Puede que fuera la última vez que viera a ese chico así que decidí darle un último consejo. -Las carpas tienen sueños. -Dije agarrando una entre mis manos, mirando los colores ya apagados de sus escamas y sus ojos sin vida. -Las carpas se juegan la vida para conseguir ser un dragón porque ese es su sueño y no se van a ayudar entre ellos para lograrlo, más bien todo lo contrario. Si pueden pisar y hundir al resto de su especie con tal de avanzar cinco centímetros hacia su destino lo harán sin miramientos. -Según hablaba iba aumentando el la fuerza del agarre, hasta que finalmente el pez que sostenía explotó manchando mi piel con su sangre y sus tripas y con la mirada más seria que le había dedicado hasta ahora me quedé en silencio unos pocos segundos que seria hicieron eternos.
-Las personas y las carpas no son tan diferentes, ten cuidado con las personas que se obsesionan con conseguir algo pues no dudarán en hundirte en la mierda más absoluta con tal de lograr lo que buscan. -Tras soltar aquello mi expresión volvió a su despreocupación natural, limpiándome la mano cubierta aún de vísceras de pescado sobre el césped. -Tan solo cuídate, quién sabe si nos volveremos a ver en un futuro, las corrientes del destino son demasiado extrañas a veces, y suerte pescando en otra parte.
Una vez ya efectuada la despedida miré a mi águila, dando vueltas en el cielo, localizando su siguiente presa. Que ganas de terminar de pescar y zarpar hacia Samba junto a mi hermano…
El lagarto, entre los numerosos espasmos sufridos a causa de las dos contusiones que tenía en la cabeza, atinó a prensar la cola y, con ello, asfixiar a Enji, que la tenía enrollada en el cuello. La presión de las escamas y los músculos del reptil alcanzaban para cortar de lleno su respiración; sin embargo, Enji se mantuvo quieto, impasible en su postura, completamente ajeno, en apariencias, a la falta de aire que su cuerpo empezaría a resentir. Tenía la atención puesta en Iggy, pues, aunque su mirada seguía en el cielo despejado, escuchaba atentamente las palabras del pirata. Iggy se había demostrado como un tipo divertido, así que esperaba la próxima oportunidad para reír como un desquiciado. A Enji le gustaba reírse.
—¿Famélico? ¿Tú no has visto mis brazos? Son pura fibra, hermano. Putísimas bestias —dijo, y enseñó los bíceps, lo que implicó soltar al animal. El lagarto no dudó en apretar más fuerte su agarre constrictor—. Envidia se llama lo que sientes.
La voz del marine se tornó ligeramente más grave y rasposa al pasar por la garganta contraída. Venas se empezaron a inflar en torno a la línea de agarre. Pese a eso, Enji perpetuó su tranquilidad, atestiguando el sangriento ejemplo. Las vísceras de pescado salpicaron por todos lados. Y vio, con asco, como escurrían de las manos de Iggy y se precipitaban el suelo bolones de carne y tripa.
Sacó la lengua y frunció el ceño en una mueca de disgusto.
—Sí, sí, se entendió el punto. ¿Por qué mierda tenías que detonar la carpa para… explicarlo…?
El aire empezó a faltarle y se puso paulatinamente más rojo de la cara al cuello.
—Sí, sí, me cuida… ré… —Como quien tira de una corbata muy ajustada, Enji tiró de la cola del lagarto con el índice de su mano, pero no consiguió soltar mucho el agarre—. Tengo un ob… objetivo… y, hasta conse… guirlo, morirme no es… es…
El tono de su piel se tornó morado en labios y mejillas. Los ojos empezaron a írseles para atrás. Perdió las palabras que estaba por decir y permaneció en silencio unos segundos, hasta que, en una reacción que más pareció un espasmo, Enji golpeó al lagarto en la cabeza una tercera vez. Su puño se hundió en el cráneo del reptil, lo partió y dejó una huella con la forma de sus nudillos en el punto de impacto. El animal murió de forma instantánea y sus músculos se relajaron, lo que liberó presión en el cuello del marine y le permitió dar una gran bocanada de aire.
—¡Carajo! Decía que tengo una putísima cosa que hacer y hasta que no la haga, pisaré carpas como un cabrón, ¡pero este hijo de puta no me dejaba terminar! —explotó, rojo esta vez de la furia de haber tardado tanto para completar una frase. Se llenó de aire los pulmones para poder reponerse y continuó—: Después de eso, seguro me busque un lugarcito para envejecer como un puto cabrón que le tira piedras a las carpas pequeñas que cruzan la calle. Shihahaha… ¡Atchú!
La risa más contenida, siniestra, dejaba entrever que no se trataba de ninguna broma, pero el posterior estornudo rompió con esa imagen.
—¿Sabes? Estoy empezando a pensar que me usaste como carpa para atrapar más carpas… —Aguzó la mirada sobre Iggy mientras se limpiaba la nariz con el dorso de la mano—. Pero fue entretenido —se encogió de hombros e incorporó, poniéndose de pie con el lagarto muerto en el hombro—. Voy a cocinar a este chico malo. Trata de que no se te caigan las pelotas en el agua fría, jirafa.
Se levantó el boxer, flojo por el desgastado elástico, palmeó su captura y se dirigió al pueblo dejándole un saludo con la mano alzada al pirata.
Tras alejarse cinco metros, regresó corriendo y trató de patear las carpas capturadas por Iggy de regreso al agua, sólo para joderlo antes de huir.