[Social] Pan de gamba [Presente relativo]
#1
Día 34 de invierno/ Año 16
Puerto de Samba


El compás de las olas rompiendo contra las rocas marcaba el ritmo de una mañana de temporal, el soleado clima de samba había sido sustituido por viento y nubes, además de un frío húmedo que calaba hasta los huesos. No había casi nadie por las calles pues hoy era un día para quedarse en casa con una bebida caliente y no salir de ahí. Pero yo tenía deudas que pagar.

Debajo de los embarcaderos, sobre un montón de rocas apiladas trataba de encajar mi brazo por las grietas entre estas, a la vez que procuraba no resbalar y caer al agua teniendo la muerte más absurda que cualquiera pudiera observar. Mi águila me observaba desde una plataforma cercana con mirada de prepotencia. 
-Cabrón de mierda, sé que he sido yo quien ha perdido la apuesta y te tengo que invitar a la mariscada pero podrías ayudarme un poco, si sigo a este ritmo me voy a pasar todo el día aquí y es probable que me congele. -Mi mascota me conocía bien y sabía que estaba buscando cualquier excusa para hacer el vago el resto del día por lo que se limitó a negar con la cabeza. Yo le saqué el dedo del medio, y con la otra mano sacaba un cangrejo de entre las rocas, tirándolo a un cubo de hierro donde tenía un par de capturas más. 

Quien me mandaba a mi apostar con un pájaro, solo yo podía ser tan imbecil. Según me lamentaba encontré la solución para no pasarme el día trabajando como lo haría una persona honrada. Una chica preciosa de cabello oscuro, alta y con porte de saber pelar captó mi atención. Tras ello señalé a mi mascota mirándole con determinación.
-Doble o nada, si conquisto a esa chica con mi poder de galletas no te debo nada.

No le di tiempo a contestar, llegué a su lado de un solo salgo y comencé a caminar a su lado. -Una señorita tan bella no debería estar a la intemperie en un día como este. -Me quité mi chaleco, y se lo puse sobre sus hombros para cubrirle del frío. -Y también deberías depilarte el bigote, no queda muy femenino de tu parte. -Solté como si nada señalándole la comisura de sus labios. -Pero tú estarías preciosa aunque tuvieras el bigote más frondoso de la isla. -Según hablaba Travis se posó sobre mi cabeza como si nada, como si fuese lo más normal del mundo que un águila se posara en la cabeza de la gente. 

Justo al pensar lo que había dicho deduje que posiblemente no había sido el mejor comentario que había podido soltar así que fui directo a mostrar la artillería pesada. Con un aplauso, una enorme galleta apareció frente a nosotros a lo que yo me subí encima de ella de un salto, y con el dulce aún levitando en el aire, como una balsa flotando en el aire, me arrodillé y le extendí la mano para que montara también sobre él.
-¿Necesitas ir a algún sitio? Puedo llevarte hasta el fin del mundo encima de esta preciosidad. -Solté da do unas palmaditas sobre la superficie del vehículo improvisado. 

Off
#2
El día comenzaba con un humor de perros y un frío de mil narices. El estómago de Lampedusa rugía como nada en el mundo. ¿Rebuscar en la basura? Ni hablar. Hacía años que no necesitaba eso. Solo requeriría de un buen primo al que robarle la cartera. Ni idea de donde se encontraba en ese momento. ¿El muelle quedaba cerca o lejos? Ni idea. El día anterior lo había encontrado de pura chiripa.
 
Por fin vio un objetivo al que quitarle algo. Un hombre que vestía mejor que el resto. «Vamos, ya me jodería que con esas pintas no llevara algo de valor», pensó. Con el sigilo de un gato, se acercó a su presa en cuanto hubo la suficiente gente para entrar en acción. Sus dedos danzaron cuando entraron en el bolsillo. Sacó una cartera y con eso bastó. Adelantó por la derecha a unos idiotas y luego se escondió en un callejón para ver lo que había obtenido.
 
Meh, unos míseros Berries. ¿Tanta apariencia para esa mierda? ¡Con eso no le daba ni para llenar un cuarto del estómago! Más cabreada todavía, marchó hasta llegar al final del callejón y divisó a lo lejos una anciana que daba de comer a los patos. Por desgracia estaba demasiado lejos para robarle la comida, y no tenía ganas de cagarse a piñas tan temprano con las estúpidas aves. Pero bueno, al menos le daría información sobre como llegar a la taberna más cercana.
 
—Eh, vieja, ¿dónde puedo encontrar la taberna más cercana?
 
—Hay una un poco más adelante. —La mujer había sido más amable de lo que ella lo había sido—. Giras a la izquierda y llegas fácil. —Lampedusa, sin agradecerle siquiera la información, se dio la vuelta y marchó por donde había venido—. Chica, vas en dirección contraria.
 
—¿Uh? ¡Pues si me has dicho que vaya por acá! —protestó ella.
 
—No, he dicho por allá, ¡por allá!
 
—Ah, vale. ¡Haberlo dicho de primeras! ¡Puff! —En vez de tirar por donde había señalado, fue derecha por la izquierda tras coger un trozo de pan del suelo y llenarse la boca con las migajas. Al menos tendría al estómago callado durante unos minutos.
 
Lampedusa vagó por varias callejuelas, pero ni rastro de la taberna que le había indicado la vieja. Maldita bruja, ¡seguro que se la había gastado a base de bien! Soltó un buen bufido y a la derecha vio por fin el muelle. Ahora, claro, cuando lo que necesitaba era otra cosa.
 
—¡Que bien me habrías venido que aparecieras ayer cuando te buscaba, medio mierda! —le gritó a la nada. Un marinero la miró sin entender nada, pero ella ni siquiera se dio cuenta y siguió su camino.
 
Su intuición le decía que tenía que haber algún restaurante a primera línea de puerto. Los pringados a los que le robaba carteras siempre soltaban Berries por la zona, ¿no? Algún establecimiento de mierda tenía que haber por ahí cerca. Un salto repentino hizo que girara los ojos hacia el origen del ruido. Un mierda seca con pinta de pringado. Genial.
 
—Una señorita tan bella no debería estar a la intemperie en un día como este. —El tipo le puso el chaleco como si fue un puto modista salido de un estercolero. Solo esperaba que no oliera a mierda, era lo que le faltaba—. Y también deberías depilarte el bigote, no queda muy femenino de tu parte. —le señaló el labio superior mientras las venas comenzaban a hinchársele a velocidad de vértigo. Lampedusa había comenzado a convertirse en un volcán a punto de estallar—. Pero tú estarías preciosa aunque tuvieras el bigote más frondoso de la isla.
 
Un pajarraco se sentó en su cabeza como si fuera un nido. Bueno, no le extrañaba. Tenía el peinado de un pollo. Seguro que los dos eran parientes. La paciencia se le agotó al ver que no le cagaba la cabeza, ni siquiera la camiseta. Eso habría estado bien. Pero como no ocurrió, al final Lampedusa estalló por fin.
 
—¿A ti que te pasa, medio mierda? ¿Te arrancaron los huevos y te pusieron una pi* ortopédica o…? ¡¿Qué c*jones?!
 
El capullo había dado una palmada mientras se cagaba en sus muertos y había hecho aparecer una galleta de la nada. Una. Jodida. Galleta. Gigante. Se subió a ella con elegancia, cosa que no iba a negar pese a que seguía pensando que era un pringado, para luego arrodillarse y extenderle una mano. Solo que ella tenía los ojos puestos en la galleta. En esa deliciosa y suculenta galleta.
 
—¿Necesitas ir a algún sitio? Puedo llevarte hasta el fin del mundo encima de esta preciosidad.
 
Sin haber escuchado una sola palabra, Lampedusa se lanzó a la pata izquierda del dulce y le clavó los dientes. Demonios, era la cosa más dura que había probado en años. Tuvo que comenzar a raspar con los dientes su superficie para al menos llevarse algo de ella a la boca. Estaba bueno, pero le supo a poco. Dios, ¡que pereza más grande! Si ya estaba cabreada, ahora lo estaba aún más.
 
—Ni zorra de como has hecho esta mierda, parguela, pero es patética. ¡Me voy a quedar sin dientes a este paso! —soltó. Terminó por agarrarse al bicho galleta, trepo como pudo por él y se puso a la altura del tipo de pelo de colorines. La boca se le hizo agua al mirar al pájaro—. Espero que al menos ese bicho esté más rico.
 
Y sin dudarlo ni un instante, Lampedusa se lanzó hacia el pollo para comérselo, aunque estuviera crudo.

cosos
#3
El párpado tembló en cuanto comenzó a insultarme, puse los ojos en blanco viendo que iba a tener que invitar al pájaro a otra mariscada. Debería haber hecho trampas y decirle primero que me siguiera el juego para que el águila me invitara a mi. Pero ya no había vuelta atrás. -Mira, tonta del culo, estaba intentando ser amable. -Murmuré entre dientes notablemente cabreado abriendo los ojos más de la cuenta, casi inyectados en sangre conteniéndome para no pegarle un puñetazo en toda la cara, el único motivo por el cual no lo hacía era porque no quería perder una apuesta contra un animal dos veces seguidas.

Respiré hondo, tratando de calmarme, volviendo a esbozar la mejor sonrisa que mi mal humor me permitía fingir. Pero antes de que pudiera volver a articular palabra la chica comenzó a tratar de comer la galleta que había creado, vi como trataba de morderla pero apenas podía rascar la superficie con sus dientes. Reí de una forma más genuina al ver el patético intento de devorar mi medio de transporte. -Yo tampoco sé cómo lo hago, creo que es por una fruta que me comí hace un par de meses, tenía como los bordes de galletas y era tope rara. Pero no estoy seguro… -Traté de aclarar en un tono amable, que cambió de nuevo a enfada de un segundo a otra cuando vi que al subirse a la galleta junto a mi trató de comerse a Travis. -EH, ¡¿Qué haces puta terrorista?! Ni se te ocurra comerte a mi puto pájaro niñata. -Desenvainé la palanca de mi cinturón, para advertirle que iba enserio. Conmigo se podía meter lo que quisiera pero si amenazaba al pájaro esto se volvía personal. Debido al movimiento de la chica el ave salió asustada al cielo y comenzó a volar en círculos a unos metros por encima de nuestras cabezas.

-Sé que están duras, pero si las mojas se pueden comer. -Le señalé el chaleco rojo que llevaba puesto con mi arma metálica. -Bolsillo interior izquierdo, hay una petaca con algo de ron. -Volví a guardar el fierro en el cinturón, y mi tono de golpe se volvió irónico, soltando una risita malvada. -Posiblemente una gallina como tú preferiría un vasito de leche calentito y un besito de buenas noches… -Volví a aplaudir creando una segunda galleta a nuestro lado, flotando en el aire a tan solo unos centímetros de nosotros, me crucé de brazos, alzando la cabeza con un gesto de superioridad, esperando que se rajara. -Te apuesto una pinta de cerveza y un plato de pan de gambas a que no puedes acabarte el dulce mojándolo en licor. 

Si no era por el licor iba a ser por el tamaño enorme de la galleta, la chica pese a ser alta estaba delgada y no de coña le podía caber eso en el estómago. Era una apuesta segura mirase por donde mirase, un plan perfecto, sin fisuras. 

Karmas

Akuma y aclaraciones
#4
—Yo tampoco sé cómo lo hago, creo que es por una fruta que me comí hace un par de meses, tenía como los bordes de galletas y era tope rara. Pero no estoy seguro… —En cuanto terminó de hablar, se dio cuenta de que Lampedusa había ido derecha hacia el pájaro y trató de impedírselo—. EH, ¡¿Qué haces puta terrorista?! Ni se te ocurra comerte a mi puto pájaro niñata.
 
Por supuesto, Lampedusa, al oír la palabra terrorista, se inclinó hacia delante hasta casi chocar con la cabeza del galletero. Si antes tenía el rostro rojo, ahora parecía de un carmesí intenso a punto de brillar como el sol.
 
—¿A quién llamas terrorista, galletero de tres al cuarto? ¿Y ese es tu pájaro? —El ave hacia tiempo que se había largado volando al ver las intenciones homicidas y hambrientas de Lampedusa—. ¡Ya tiene que tener el p*to pico más duro que la roca para comerse esas galletas, porque no hay quien se las coma! ¡Puff!
 
El tipo sacó una palanca que había guardado en su cinturón. Lampedusa no se dejó intimidar y se puso a la defensiva, a la espera de que lanzara el primer golpe. Solo que no llegó a darlo. El tipo terminó por tomar una opción sabía y tratar de calmarse. «Cagueta» pensó la chica de cabello negro, aunque no bajó los puños en ningún momento.
 
—Sé que están duras, pero si las mojas se pueden comer. —Señaló hacia ella y Lampedusa se miró la ropa como si tuviera un gato amarrado a sus tetas. Aunque lo único que vio fue un chaleco de mierda. ¿De dónde había salido? Ah sí, que antes le había puesto esa gilipollez encima—. Bolsillo interior izquierdo, hay una petaca con algo de ron. —Sacó la lengua mientras se esforzaba en sacar el objeto que le había dicho. En efecto, en cuanto lo tuvo en sus manos y abrió el tapón, olfateó y comprobó que había dicho la verdad. Oye, pues al final hasta olía bien y todo. Debía de ser del malo, del que le gustaba birlar a los borrachos cuando estaban a medio camino del otro barrio—. Posiblemente una gallina como tú preferiría un vasito de leche calentito y un besito de buenas noches… —¿Le estaba retando? Le estaba retando. El muy gilip*ertas no tenía ni idea de donde se acababa de meter. Volvió a aplaudir y una segunda galleta apareció de nuevo ante sus ojos. Alzó la cabeza como si fuera el rey del mambo, en un gesto de superioridad—. Te apuesto una pinta de cerveza y un plato de pan de gambas a que no puedes acabarte el dulce mojándolo en licor.
 
—¿Qué no? ¡Trato hecho! ¡Cómo voy a gozar cuando pongas cara de retrasado! ¡Voy a comer como una reina! ¡Puff!
 
Lampedusa se agarró a la nueva galleta y comenzó a echarle el licor a tope. Le dio un leve mordisco y apretó con cuidado hasta que comprobó que, efectivamente, el alcohol había blandeado la galleta. El resto fue una sinfonía para su paladar. Ardor por el líquido, una delicia para las papilas gustativas. Tal fue la sentada que, cuando solo le quedaba la cabeza, ya no pudo más. Había perdido, aunque para ella era una victoria. No había logrado llenar el estómago así desde hacía mucho. ¿Cuándo había sido la última vez? Ni se acordaba. Pero desde luego, entre la comilona y la petaca, ahora parecía una bola con brazos, piernas y cabeza.
 
—Buah, ¡estaba delicioso! La madre que te parió, pastelero, ¡esto sí que es un manjar! —Eructó con fuerza, rebuscó con dificultad en sus bolsillos y sacó la cartera que le había robado al tipejo de antes—. Te lo has ganado, la cartera que le quité a un medio mierda paga. No sé de qué verdulería sacarías esa fruta pestosa, pero yo quiero una de esas. Comer galletas todos los días, ¡buah! ¡Puff!
 
Empezó a rodar de lado a lado hasta que bajó toda la comida. Aunque la cogorza que había pillado era de campeonato. Se tambaleó un poco hasta que se acostumbró al mareo. Por suerte había digerido toda la galleta, que sí no la habría vomitado por la borrachera. Comenzó a caminar y se dio la vuelta al ver que el tipo no le seguía.
 
—¡Venga, pastelero, que no tengo todo el día! A ver si me voy a zampar yo el pan con gaviotas y te vas a quedar tú sin nada, ¿eh?

cosos
#5
Casi se me sale una lágrima al ver como utilizaba todo lo que me quedaba de ron en la galleta, empapándola de arriba a abajo en licor, y tras ello comenzó a devorarla como si no hubiese comido en dos años. Se me ocurrieron muchísimos chistes sobre la velocidad a la que tragaba y las enormes cantidades de alimento que se llevaba a la boca, pero preferí ahorrármelos. Pero me contuve por no recibir un puñetazo en la boca. Según iba a llegando al final mi boca fue abriéndose de par en par hasta quedar estupefacto, viendo como la chavala se había terminado tanta comida en apenas unos minutos.

Tenia los modales de un bucanero, lo cual me agradaba, bajé la guardia que había tenido en todo momento y le di un suave golpecito en el hombro. -Eso ha estado brutal… - Confesé agarrando de nuevo mi petaca de entre sus manos y guardándomela en uno de los bolsillos del pantalón. No obstante mi asombro no terminó ahí en cuanto sacó la cartera diciendo que era de otro hombre al cual había robado. Sonreí con orgullo pensando que aquel acto era propio de alguien tan rastrero y ruin como yo, vaya dos ratas nos acabábamos de juntar.  

-Bueno, si ese hombre insiste en pagar quien somos nosotros para decirle que no. -Me encogí de hombros viendo como se tambaleaba. Después de todo se había terminado mi petaca, y para alguien que no estuviera acostumbrado a beber le podía afectar más que a mi. Me quedé parado un momento, contemplando como la chica se oscilaba de lado a lado al caminar, me llevé la mano a la boca aguantándome la risa. Me increpó por no seguirle, diciendo que se iba a comer todo el “pan con gaviota” y no me iba a dejar nada. 

Deshice la galleta como si nada y me puse a caminar a su lado. -No pienses que voy a ayudarte si vomitas, a mi no me van esas mariconadas de sujetar el pelo y darte golpecitos en la espalda. -El águila volvió a bajar desde los cielos, esta vez para apoyarse en mi hombro, acaricié levemente su cabecita emplumada antes de continuar. -Conozco un sitio donde sirven la mejor cerveza y el mejor alcohol de todo este puto lugar, porque otros sitios no pero los bares de esta ciudad me los conozco todos. 

Caminamos por las calles desiertas de samba, el temporal había hecho que muchos de los locales estuviesen cerrados y  solo se podían ver algunos valientes, o insensatos circulando por estas, en nuestro caso era más bien lo segundo. De camino, me di cuenta que mi nueva conocida cada vez que que cambiaba de dirección, ella tomaba una completamente diferente a la que había que seguir. Este comportamiento lo achaqué a los efectos de la embriaguez, por lo que no le di demasiada importancia. 

No tardamos en llegar al lugar, el edificio de dos platas y fachada de madera rojiza se hallaba frente a nosotros. Sobre esta el mismo cartel en letras escarlatas inamovible. “BAR CACAHUETE”. Estaba cerrado seguramente también por el mismo motivo que el resto de locales, no obstante eso nunca me detuvo a mí. Abrí la puerta de par en par de una patada, y con los brazos abiertos grité con entusiasmo. -¡RIGOBERTO VIEJO AMIGO! Vengo a gastarme unos cuantos berries así que ya puedes ir sirviéndonos a mi y a mi amiga borrachuza esa un par de cervezas bien frías y una ración de pan de gambas. -Dije dirigiéndome hacia la izquierda del local, donde se hallaba la barra.

Tras ella un chico joven, moreno y con tatuajes se hallaba limando y ordenado las estanterías de botellas de licor. Al verme entrar puso los ojos en blanco como si fuese la última persona del mundo a la que quería ver. -No me jodas… -Masculló entre dientes con su acento latino característico. -¿No sabes que hay alerta de temporal y nos deberíamos quedar cada uno en sus casas? -Le hice un gesto a mi acompañante para que entrara sin miedo a la tasca, debido al cierre estábamos solos, un ambiente poco peculiar en este local, pues siempre tiene comensales ocupando sus pequeñas mesas o bailando y montando jarana alrededor del escenario de madera barnizada situado en el centro de esta. 

-Venga no me jodas, sácate ese palo del culo y sírvenos un par de copas, invita ella. -Solté guiñándole un ojo apoyando mi codo sobre la barra, a regañadientes, el dueño sirvió un par de pintas y un pequeño plato de pan de gambas. Pese a estar dentro del local, la sensación de frío y viento seguía presente pues justo en el centro, el edificio no estaba techado convirtiendo este más en un patio que en un bar convencional. 

Off
#6
—Bueno, si ese hombre insiste en pagar quien somos nosotros para decirle que no. —Mientras se encogía de hombros, Lampedusa no pudo evitar reír ante el comentario. Debía de ser la cogorza que llevaba encima la que actuaba por ella. Dios santo, el mundo daba vueltas a la velocidad del rayo. ¿No se podía estar quieto? Que fastidio. Casi parecía que hubiera sido él quien se hubiera bebido la petaca entera.
 
Comenzó a caminar a su lado tras decirle lo del pan de gaviotas. Ahora solo faltaba encontrar una taberna. Diablos, ¿dónde le había dicho la vieja que estaba esa que le había preguntado? Ni pajolera idea. Ya ni se acordaba.
 
—No pienses que voy a ayudarte si vomitas, a mí no me van esas mariconadas de sujetar el pelo y darte golpecitos en la espalda. —La comida de emergencia, que así era como iba a llamar al pájaro a partir de entonces, se posó en el brazo del pastelero—. Conozco un sitio donde sirven la mejor cerveza y el mejor alcohol de todo este puto lugar, porque otros sitios no pero los bares de esta ciudad me los conozco todos.
 
—¿Sujetarme el pelo? ¿Además de pastelero eres peluquero o que mierda? ¡Ni que fuera una cría de tres años! —Vaya, le había temblado la voz. Quizá no debería de haberse bebido toda la petaca. Pero en fin, lo hecho, hecho estaba—. Y te sigo, que no tengo ni pajolera idea de donde es. La peña me da las indicaciones con el culo.
 
El camino en búsqueda de una dichosa taberna fue largo. Todos los caguetas de la isla se habían encerrado en sus casas como conejillos asustados. ¡Si era una birria de temporal! Que parguelas. De vez en cuando, el pastelero le dio varios toquecitos para que le siguiera en dirección correcta. Con la cogorza que llevaba encima, no le extrañaba equivocarse tanto. Estaba de buen humor. La comilona, y tal vez el estado de embriaguez, eran las causantes de ello.
 
El pastelero se plantó delante de una taberna de mala muerte con un letrero que, por culpa de su nula educación, ni siquiera sabía que ponía. Pero en fin, o era una taberna o la casa de señoritas elegantes que tanto ponían cachondos a los hombres.
 
—¡RIGOBERTO VIEJO AMIGO! Vengo a gastarme unos cuantos berries así que ya puedes ir sirviéndonos a mí y a mi amiga borrachuza esa un par de cervezas bien frías y una ración de pan de gambas.
 
Entrar allí le confirmó que se trataba de lo primero, y ver al tipo moreno con tatuajes le valió como prueba de ello. Los dos se pusieron a hablar como si fueran viejos amigos, o algo así entendió. La borrachera que llevaba encima embotaba un poco sus sentidos. Ya empezaba a pasársele el efecto. Pero bueno, al menos había tenido el estómago lleno. Eso bastaba todas las resacas del mundo que sufriera después.
 
—Venga no me jodas, sácate ese palo del culo y sírvenos un par de copas, invita ella.
 
—¿Cómo que yo? ¡Paga la jodida cartera! ¡Yo no pago ni harta de licor y galletas! —Dejó la cartera encima de la barra y sonrió con ferocidad—. Lo que sea que te haya dicho el tolai este, y rapidito, que no tengo todo el día. ¡Puff! —Añadió unos cuantos golpes en la barra para que se diera prisa, si no quería que le metiera la cara en el culo.
 
La comida se sirvió en menos que cantaba el pajarraco ese que le despertaba a traición antes de que saliera el sol todas las mañanas. Estaba buena, y la cerveza también. Solo había una pega: eso no sabía a gaviota, sino a gamba. ¿Se habría equivocado el camarero? Seguro. Pero en fin, al menos estaba rica la cosa.
 
—Bueno, dime, pastelero. ¿Qué te trae por acá? Porque tú no tienes pinta de pringado con esa habilidad tan buena de hacer galletas duras. Si no te las mojan, hasta diría que son capaces de meter una buena ostia por cómo se movía la de antes. —dijo. Tal vez estaba tan borracha todavía que estaba lo suficientemente alegre como para escuchar lo que quiera que le dijera el pastelero—. ¿Y cómo te llamas? Porque seguro tendrás un jodido nombre, aunque sea algo patético como Juanito Valderrama.

cosos
#7
Me senté de un salto directamente sobre la propia barra. Travis bajó de mi hombro, agarró una de las piezas de comida y voló hasta la otra punta empezando a devorarla por su cuenta. Por mi parte agarré el vaso de cerveza fría y inclinando la cabeza hacia atrás le di un enorme sorbo, bajando el vaso hasta la mitad de una sola vez. Suspiré satisfecho, como si aquella bebida dorada me hubiese dado más años de vida. 

Recriminó que no era ella la que pagaba sino la cartera, a lo que le puse la mano sobre la cabeza y comencé a sacudirla para despeinarle un poco. -Pero eres tú la que la tiene en la mano, subnormal. Así que es como si pagaras tú. -Arranqué el dinero de las manos de la chica y se lo lancé todo a Rigoberto. -Según vayamos acabando las cosas ves trayendo más, esta chica come como un Jabalí. -El dueño del local ya retirándose a hacer sus cosas me miró con una mirada incriminatoria como si hubiese algo extraño en aquella escena. -¿No estarás timando a la señorita señor Rock? -Lanzó de forma fulminante, supongo que al ver que la chavala no llegaba del todo sobria y que ella había sido quien “pagaba” las cosas, pues era imposible que él supiera que la cartera era de otro tipo. 

-No te preocupes, la cartera creo que la ha robado. ¿A qué es guay? Es una ratera como yo. -Soleté feliz pataleando el mueble sobre el cual me hallaba sentado, sonriendo genuinamente. Observé como la chica devoraba el plato que tenía delante, pese a haber comido la galleta hace unos momentos, engullía como si se hubiese estado muriendo de hambre durante meses.

Le miré en silencio hasta que abrió la boca sin ningún tipo de modales, pues aún tenía esta llena de comida. Me preguntó por mi, por lo que hacía y como me llamaba, pues al parecer le había gustado el mote de pastelero por mi habilidad de crear galletas de la absoluta nada. Me levanté de golpe, aterrizando grácilmente en el suelo de azulejos blancos y azules. -Me llamo Iggy, Iggy Rock, un placer conocerle señorita. -Hice una reverencia algo torpe y agarré su mano, dándole un beso. -Por desgracia no tengo un nombre tan genial como Juanito Valderrama, pero el mío también está guapo.. 

Tomé lo que me quedaba de cerveza y retrocedí un poco dando un par de vueltas sobre mi mismo como en una coreografía de ballet. Y qué me trae por acá, es una muy buena cuestión amiga mía. -Salté de golpe sobre una de las mesas de madera produciendo un estruendo enorme al aterrizar sobre esta. Acabé lo que me quedaba de cerveza de otro largo trago y tiré el vaso al suelo rompiéndolo en mil pedazos. -Ese vaso te lo añado a la cuenta señor Rock. -Dijo de la nada Rigoberto, pero sin sorprenderse, como si todo aquello fuese lo más normal del mundo. -¡QUIERO PASÁRMELO DE PUTA MADRE! -Grité a los cuatro vientos casi dejándome la voz. -Beber hasta caer inconsciente, follar hasta quedarme seco y tocar la guitarra hasta que se me caigan los dedos. Y aquí en Samba, hay alcohol, mujeres y música. -Pateé una de las sillas de la mesa y tras ello salté de nuevo al suelo, algo más calmado acercándome a la barra a recoger otra cerveza que el barman ya me había servido eficientemente. 

Se me puso la piel de gallina, tal vez por la emoción, tal vez por el frío. -Es raro que no me conocieras de antes, pues mi nombre y… -Corté de golpe la frase, quedándome un par de segundos en silencio, dándole otro trago al nuevo vaso que había frente de mi, me limpié la espuma de la comisura de mis labios con el brazo y girándome se nuevo a la muchacha, venciendo todo mi peso sobre la barra le pregunté cómo si nada, tratando de pasar de tema y no continuar la frase que me había quedado apunto de soltar. -¿Y tú qué zampabollos, estás aquí por algo en concreto, buscas venganza, riquezas, amor…? -Le endiñé un par de codazos y le guiñé el ojo, mientras una sonrisa traviesa se dibujaba en mi cara.

Karmas
#8
—Pero eres tú la que la tiene en la mano, subnormal. Así que es como si pagaras tú. —¿Le acababa de despeinar? ¡Será hijo de p*ta! El tipo se tomaba unas confianzas que no le gustaban—. Según vayamos acabando las cosas ves trayendo más, esta chica come como un Jabalí.
 
—Vuelve a tocarme el pelo y te enseño como uno más uno son dos ostias, gilipollas. ¡Puff! —Una advertencia bastaría. Si no, a las malas, podía enseñarle la tabla del cuatro y destrozarle la columna—. Pero llevas razón, es como si pagara yo, sí.
 
—¿No estarás timando a la señorita señor Rock? —soltó el camarero. ¡Ja! Timar. Una apuesta era una apuesta, y la habían ganado los dos. Por lo tanto, Lampedusa había tenido derecho a saciar su estómago y él a comerse el pan de gambas ese que tanto le gustaba, aparte de las birras.
 
—No te preocupes, la cartera creo que la ha robado. ¿A qué es guay? Es una ratera como yo.
 
—Ratero, pastelero, peluquero, al final te van a explotar como a un pringado. —Le dio un pequeño sorbo a la cerveza, para después volver a inflarse a comer.
 
Joder, cuanta hambre tenía. No estaba tan bueno como la galleta de antes, pero oye, a caballo regalado… Tras preguntarle por su nombre, el pastelero se puso de pie e hizo el gilipollas antes de agarrarle la mano.
 
—Me llamo Iggy, Iggy Rock, un placer conocerle señorita. —Le plantó un beso y prosiguió—. Por desgracia no tengo un nombre tan genial como Juanito Valderrama, pero el mío también está guapo…
 
—Yo diría que es hasta mejor. Juanito Valderrama suena a típico tío que cuenta chistes de mierda en la cantina de un bar. ¡Puff! —El resoplido logró apartarle el mechón de pelo castaño oscuro que tapaba su vista.
 
El tipo continuó haciendo cabriolas como si fuera un payaso de circo. ¿Tal vez lo era? Con tanta tontería que hacía no le extrañaba en lo absoluto. Al final le tendría que enseñar varias cosas sobre como no pluriemplearse. Lo mejor en la vida era disfrutar de una buena pelea verbal o con los puños, viajar, ver mundo y hartarse a comer. Él tabernero como que le cortó un poco el rollo, pero el tal Migaja siguió con su cantinela. Al menos compartían lo de pasárselo de p*ta madre. ¿Y quién le hacía ascos a una buena música?
 
El tipo dijo que le resultaba raro que no le conociera de antes, lo cual, para Lampedusa, tenía todo el sentido del mundo. Era la primera vez que veía al pluriempleos en su vida. El tipo se volvió hacia ella de nuevo con esa cara de querer trincársela en un callejón solitario.
 
—¿Y tú qué zampabollos, estás aquí por algo en concreto, buscas venganza, riquezas, amor…?
 
Ya estaba otra vez con las gilipolleces. La borrachera comenzaba a pasársele, así que estaba más o menos centrada. En su interior había dos Lampedusas, una cabreada con tanta confianza que se tomaba el tipo y otra que despertaba una calidez que hacía muchos años no había sentido. No pudo evitar recordar a su antiguo capitán, Merza. El roca boba se parecía en algunos aspectos a él.
 
Terminó por claudicar ante la Lampedusa tranquila, cosa que ya de por sí le resultó increíble que sucediera. Se cruzó de brazos y sonrió con ferocidad mientras se señalaba con el dedo pulgar.
 
—Me llamo Lampedusa, pero todos me llaman La pelusa. Supongo que es porque es más fácil de recordar, eso y porque siempre me dejaba porquería al barrer la cubierta en mi antigua tripulación. —Recordarlo hizo que bajara la mirada antes de continuar—. Mi vieja la palmó cuando yo nací, y mi viejo a los pocos años también. Viví en la calle como una parguela hasta que me recogió Merza. —En sus labios se dibujó una sonrisa bobalicona—. Aquella fue como la familia que nunca pude disfrutar. Unos eran más cabrones que otros, pero familia al fin y al cabo. Solo que al final la marina de los coj*nes la mandó a tomar por culo. Solo yo me libré, y porque mi capitán, que para mí fue como mi segundo padre, me ayudó a escapar en un bote a cambio de perder la oportunidad de escapar. —Casi se le escapó una lágrima. Casi. Dios, debía de parecer una cría llorica de esas—. Ejecutaron a casi todos, entre ellos a Merza, y al resto los metieron entre rejas. —Tomó otro buen sorbo de cerveza y prosiguió—. Y yo, bueno… Desde entonces sobrevivo. Robo a pringados para comer y si con eso no tengo nada que llevarme a la boca pues me voy por ahí hasta encontrar algo por el bosque, la selva, donde p*llas me lleven los pies. Pero a veces, por lo que sea, le da el terreno por moverse y me pierdo más que un pulpo en una casa. Y esa es mi mierda. Supongo que la tuya será más llena de colorines y brillitos de los coj*nes, supongo.
 
Se encogió de hombros y se llevó otro pan de gambas a la boca. Puede que tuviera el estómago casi saciado, pero su corazón tenía por dentro un vacío que dudaba poder llenar jamás.

cosos
#9
Le escuché atentamente tomando pequeños sorbos de cerveza según hablaba. En ciertas partes de su historia no pude evitar sentirme identificado. Riendo casi entre un gesto burlón y compasivo, estuve a punto de darle un abrazo. -Joder eres la primera mujer que conozco que no sabe limpiar. -Pero en lugar de eso se me escapó un chiste de mierda otra vez. Prefería escudarme en mi humor que abrirme, porque si, yo también lo había pasado como el culo pero no quería que las personas que conocía lloraran y se compadecieran de mí diciendo “ay probre Iggy, que mal lo ha pasado”. Prefiero que la gente siga pensando que soy un capullo, egocéntrico, mujeriego, alcohólico y sin futuro. Era más fácil comportarse así y que me odiaran por ello.

Finalmente por primera vez, tranquilo, sin hacer tonterías o aspavientos como había estado haciendo hasta ahora. -Si, mi vida es una jodida maravilla… Por eso estoy aquí bebiéndome una cerveza en un día con un clima de mierda sin saber que puto hacer con mi puta vida. -Dije en un tono altamente sarcástico, derrotado, apoyando la cabeza en la barra. -Es una putada lo de que pillaran al viejo ese que has comentado. Los marines son una mierda… Juran protegernos, que si ellos están aquí la gente no sufrirá, pero todo ello es un mentira, son todos unos tocacojones profesionales. La vida debería ser una fiesta sin fin, sin límites, sin control… Si me apetece meterle la cabeza a un tío en el culo de una cabra debería ser capaz de hacerlo si me da la gana. -Golpeé la mesa y miré a la chica con una mirada sincera. -Aun no consigo pagar la multa que me pusieron por hacerlo. -Al soltar ese último comentario comencé a reírme, tratando de destensar el ambiente.

-Yo nací en una isla lejos de aquí, más allá de las nubes, mi padre era un pirata de mierda y mi madre… simplemente vivía ahí. No fui un hijo ejemplar, me fugaba de casa, me metía en peleas, dando un por culo que flipas a mi madre con ello. -Hice una pausa algo nostálgico pensando en aquellos días. -Pero finalmente después de una discusión decidí irme definitivamente dejando mi isla natal, comenzando a malvivir en la calle, solo en compañía de mi guitarra… -Negué con la cabeza dándome cuenta que estaba comenzando a contarle mi vida a una completa desconocida. ¿Por qué? ¿Por qué no podía simplemente pretender que todo estaba bien como siempre? Me llevé las manos a la cabeza confundido. -Pero buen, eso, que en resumen, no has sido la única que ha vivido en la calle teniendo que robar a tolais para vivir. -Terminé la segunda cerveza de un sorbo y le di un golpecito en el hombro a mi acompañante, no sabía cómo sentirme, pero quería lo que si sabía es que no quería que esta chica se sintiera sola.

Rompiendo completamente todo el momento Rigoberto alzó la voz desde la otra punta del bar. -Hacen buena pareja con la tontería… -Soltó formando un corazón con sus manos para picarme aún más. Sin previo aviso agarré el vaso de pinta y se lo lancé, impactando en la pared y rompiéndose en mil pedazos, fallando por poco. -¡Que te calles gilipollas! -Le solté algo cabreado. -Ese también me lo vas a pagar. -Dijo según seguía barriendo el suelo. 

Karmas
#10
—Joder eres la primera mujer que conozco que no sabe limpiar.
 
Ese comentario del Higo pastelero le hizo reír. No fue una risa producto de la borrachera; esa ya se le había pasado hace rato. No, fue una risa genuina. La primera en mucho tiempo, desde luego. Siguió contándole su historia, pese a que era un completo desconocido. Pero cuanto más hablaba con él, algo despertaba en ella. El recuerdo de Merza se hacía más presente. Era como ver una versión más joven y alocada del mismo pirata que la había sacado de la calle. Solo que con un pajarraco raro por mascota y con colorinchis en el pelo.
 
—Si, mi vida es una jodida maravilla… Por eso estoy aquí bebiéndome una cerveza en un día con un clima de mierda sin saber que puto hacer con mi puta vida. —A Lampedusa no se le escapó la ironía de sus palabras—. Es una putada lo de que pillaran al viejo ese que has comentado. Los marines son una mierda… Juran protegernos, que si ellos están aquí la gente no sufrirá, pero todo ello es un mentira, son todos unos tocacojones profesionales. La vida debería ser una fiesta sin fin, sin límites, sin control… Si me apetece meterle la cabeza a un tío en el culo de una cabra debería ser capaz de hacerlo si me da la gana. —Dio un golpe en la mesa que hizo que la modorra del alcohol se le fuera de un plumazo—. Aun no consigo pagar la multa que me pusieron por hacerlo.
 
—Espera, espera, espera: ¿le metiste la cara en el culo de una cabra a un tío? —Bebió cerveza y la escupió hacia un lado, a carcajada limpia—. Me cago en todo lo cagable, pastelero, ¡eres mi puto ídolo! Lahahahahaha.
 
Los dos rieron un buen rato, hasta que el pastelero terminó por sincerarse sobre su pasado. Al igual que ella, había tenido un pasado de mierda hasta las orejas, con la diferencia de que él al menos había conocido a su madre. Lampedusa ni siquiera le ponía cara. Recordaba que su padre le había mostrado una foto, pero era tan pequeña que la imagen se había borrado de su mente.
 
—Pero buen, eso, que en resumen, no has sido la única que ha vivido en la calle teniendo que robar a tolais para vivir. —Le dio un toque en el hombro mientras se bebía la cerveza. A Lampedusa no le incomodó ese gesto en lo absoluto.
 
—Tío: tienes mis respetos. —Alzó la copa para hacer un brindis con él, pero por desgracia el capullo del barman soltó una cursilería tan grande que se cargó el ambiente tan bueno que había ahora entre los dos. Higo chumbo fue el primero en lanzarle la copa, lanzándole un improperio como recompensa por su gilipollez. Lampedusa lanzó el suyo y a punto estuvo de escalabrarlo—. Me cago en ti, gilipollas, ¿tus padres eran hermanos gemelos o que coño te pasa? ¡Ya te has cargado el momento! ¡Puff!
 
Le dio tal cabreo que se zampó los dos panes de gambas que quedaban de un solo bocado. Casi se atragantó por ello, pero al final, tras varios golpes al pecho derecho, logró que la comida entrara a su estómago en vez de a sus pulmones. Ah, mucho mejor. Se volvió hacia el pastelero y sonrió con fiereza.
 
—La calle no nos mató, eso es lo que importa. ¡Que le den a la marina, al gobierno y a su santa y puta madre! A lo mejor robaremos para comer y pagar deudas, en tu caso, ¡pero el pasarlo bien no nos lo va a quitar nadie! Tú, canta mañanas, —Señaló al gilipollas con un dedo—, ¡sírvenos otra jarra!
 
—Con las jarras que os habéis cargado ya no os queda dinero para más, ¡y agradeced que no os echo del local!
 
—¡Uh! ¿El viento de afuera te ha dejado sordo o qué? ¿Quieres que te enseñe la tabla del cuatro? —Levantó los brazos en plan amenazante, gesto que sirvió para hacer que moviera el culo de una puta vez—. De verdad, los de este pueblo de mierda son gilipollas. ¡Puff!

cosos


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