[T1- Autonarrado] Otro día más cumpliendo la promesa
#1
Día 76 de primavera del año 11. 10:20 a.m.
 
Atributos Personaje


Otro día más en aquella desierta isla. Otro día más de una insufrible rutina de 5 años, desde que decidí quedarme "en la primera isla que encontrase para esperar un barco y los dioses me dieran una señal para entrar y formar parte de la tripulación”. Cada día pensaba que había sido una idea horrible. El día que llegué había habido elecciones, y hacía poco se habían vuelto a celebrar, saliendo elegido el mismo que había gobernado antes por amplia mayoría. Yo me había instalado relativamente apartado de los dos pueblos de aquel sombrero baquero árido y sin diversión alguna. Era una casa de madera, como las demás, y dedicaba cada mañana a bucear en el mar en busca de algas y secarlas para hacer algún tipo de infusión. A Morrel no le hacían falta ninguna de esas algas y decía que las propiedades ya no le interesaban. Mi amigo había cambiado por completo. Hace tres años, descubrió algo nuevo y, al parecer, adictivo para fumar en su pipa, la cual ya apenas limpiaba. Era tabaco. Fumaba tanto en su vieja pipa como en aquellos asquerosos puros, que dejaban la casa con un hedor detestable, pero al que prácticamente me estaba acostumbrando.
 
Como cualquier otro día, dejé mi túnica en al lado de la puerta, sobre una silla, y me dirigí haciendo estiramientos hacia el agua. Metí las patas traseras y noté que el agua estaba fresca, más de lo habitual. Seguí caminando por el fondo y cuando el agua tocó los pelos de mi pecho, me impulsé hacia adelante, poniendo el pico erguido. Nadé rápido por el fondo, agarré un par de cangrejos y salí del agua. Los coloqué en un cubo con una tapa agujereada y volví a mi tarea. Me fui ahora más lejos de la costa, por la superficie, respirando tranquilo. A unos 50 metros de donde hacía pie, bajé de golpe hasta la profundidad. Agarré algas de distintas especies que crecían allí en multitud y volví a casa. Al llegar a la orilla, solo pensaba -Deben ser las únicas putas plantas de esta maldita isla. Los dioses ya no me tienen el favor de hace unos años.
 
Quizá todo aquel tiempo en aquella isla había sido por no haber viajado con mi padre el día de su accidente. Quien sabe, podría estar a mi lado en aquel momento, buscando una nueva ruta hacia el nuevo mundo. Pero no, ahí estaba, con Morrel, autoexiliado de nuestra tribu nómada. Había pasado de estar viajando continuamente por las islas que visitábamos a estar viviendo durante cinco malditos años en una derruida choza, con una cabra adicta a fumar todo lo que pillara, sin nada que estudiar ni aventuras que vivir. Echaba de menos todos aquellos días, las distintas culturas de las que aprender, los templos abandonados que explorar, la riqueza y la pobreza de la gente del mismo mundo. Aquella era mi vida. El sedentarismo no me sentaba demasiado bien.
 
Me sequé y me puse mi túnica con la capucha que me cubría del sol aplastante que parecía también residir en aquel lugar. -Morrel, voy al pueblo. En este puto sitio no hay otra cosa que hacer que ir a beber al bar o estar 24 horas bajo el agua. Ojalá en otra vida poder estar en el agua hasta ahogarme, JODER! Salí dando un portazo y, encapuchado, me dirigí al pueblo.
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Pasé por al lado de una granja donde criaban un montón de vacas que producían leche en cantidades industriales. De hecho, la vendían a los pueblos e islas vecinas. Entré a saludar al dueño, un opulento y gordo señor que no pisaba mucho sus propias instalaciones, pero temeroso de los dioses. Había hablado varias veces sobre ellos con él y pensaba que eran unos seres terroríficos. Para divertirme, le había contado que tenían cuernos y alas. La diosa de las tormentas, con su martillo hacía retumbar el cielo, y al partirlo, salían los rayos. El dios del océano, que creaba olas de muchos metros e inundaba islas enteras para hacerlas desaparecer. El dios de los aires, que emitía tal calor que podía hacer que la gente se fundiese…. Jiajiajia… todas mentiras para entretenerme un rato. Creo que me creía y confiaba en mí por la capucha y el bastón que siempre portaba. Al verme, sonrió muy falsamente
Sage, amigo mío! Que quieren los dioses de mi esta vez? Quizá algún sacrificio?
Sabes, Karl, que los dioses no funcionan así. Tienes muy pocas posibilidades de que se fijen en ti, pero eso si, no les enfades. Si llamas su atención no dudarán en matarte, solo por capricho. Son crueles, como te dije. Venia a por un poco de leche para el viejo Morrel. Hoy me tocan a mi los recados, él se pasará todo el día sentado, fumando ese asqueroso tabaco
Muy bien, te la daré lo más fresca posible
Llamó a uno de sus empleados y le pidió que fuse a por leche recién ordeñada para el “enviado de los dioses”. Me hacía gracia ese apodo, pero de cierta manera, yo continuaba allí por los dioses, así que quizás tuviese algo de sentido.
 
Al salir con la leche gratis y levantando el bastón a modo de despedida, me dirigí al pueblo. Entre el baño recolectando plantas y cangrejos para la cena, y el paseo, se había hecho medio día. Me dirigí a la taberna del pueblo Goruden, donde, ya por experiencia, sabía que estaba el mejor bar para comer de la isla sombrero.
-Jimmy, se puede comer ya?- Pregunté al voluminoso hombre que atendía la barra. -Anna acaba de llegar, chico. Pide lo que quieras y en unos minutos lo tendrás. -El hombre era muy pulcro. Siempre estaba con alguna jarra, vaso o copa en las manos, frotando hasta que quedasen lo más brillantes posible. La comida de Anna era deliciosa. El solomillo a la brasa era una exquisitez que la gente debía probar, por lo menos, una vez en la vida. Y la cerveza del bar no estaba nada mal, aunque para beber hubiera ido al motel que se hallaba en el pueblo de al lado, Kokutasu. Allí se servía, para mí, la mejor bebida de la isla. Pedí de comer copiosamente una parrillada a la brasa y una jarra grande de cerveza. Lo que me sobró, lo guardé en una fiambrera impermeable para Morrel. Era lo único bueno de la isla. Su comida y su bebida. Pagué y me despedí del señor de la barra. Me dirigí hacia una pequeña tienda de ultramarinos, donde vendían un poco de todo. Ropa, juguetes infantiles, juguetes no tan infantiles en su trastienda, carne seca, sombreros y… lo que yo andaba buscando, tabaco para mi viejo amigo. Lo compré sin entablar demasiada conversación con el dueño y salí de la tienda, guardándome el tabaco en la bolsa que llevaba cosida a la túnica.
 
Me dirigí hacia el barranco, donde esperaba algún día, ver un barco al que poder subir. Cumplir mi promesa de hace tanto, surcar el mar con compañeros de distintos lugares, hacer nuevos amigos. Me senté durante un par de horas hasta que, sin más, salté del acantilado hacia el agua. Había explorado mucho aquella zona y conocía la profundidad y la localización exacta de los peñascos donde pudiera hacerme daño. Mientras caía, una corazonada me hizo tener ánimos renovados. Mientras comía, oí a un parroquiano decir que hace un mes que se había producido un accidente en los cabos gemelos. No tardarían en llegar barcos para aprovisionarse. O eso, o escogerían otra ruta, como la mayoría de los que habían pasado por aquella funesta entrada a un mar que mataba solo con asomarse. Era consciente de ello por vivencia propia. Pero aquello era diferente, no había sentido nunca nada así. Entré al agua con una sonrisa en el pico y di una vuelta por aquel estrecho corredor. El tabaco estaba a buen recaudo, pues el dueño de la tienda sabía que debía impermearlo bien si me lo llevaba yo. Fui nadando alrededor de la isla, con la capucha quitada por la velocidad, con el pico sobre el agua como una proa de un barco fino y veloz. Cuando llegué a casa, colgué la túnica vieja y desgastada en una percha y me senté al lado de la vieja cabra mink, mientras le contaba lo que le había dicho a Karl, el dueño de la granja, y le pasé la botella bien cerrada de leche fresca y fría del mar y la comida para que la guardara o la comiera. Morrel reía, pero de repente me miró con seriedad.
Estas muy animado, joven Sage. Ya hay algún barco a tu espera?
No, pero me ha dado una corazonada. Los dioses quieren que me vaya preparando para volver a ver el territorio de Dahnnan, la diosa de los bosques, y vuelva a recolectar hiervas de increíbles olores con las que poder estudiar propiedades de las mismas.
Me alegraría saber que cumples tu sueño, pero, de veras crees aún que los dioses te aguardan un futuro así? Míranos, solo somos dos minks nómadas atrapados por una promesa en una isla enana a la espera de no se que tipo de barco y no se que tipo de señal divina. Los dioses se están riendo de ti. No quisiste ver que te querían hacer sufrir cuando Oryku murió y no quieres ver que ahora también te han dado la espalda. Por qué insistes en seguir esperando? Puedes salir cuando quieras. Podemos irnos cuando queramos de esta isla!
Es cierto, mi querido maestro. Pero yo tampoco te obligué a venir -Dije en un tono muy calmado- Puedes irte cuando creas conveniente, y siempre te agradeceré tus enseñanzas y tu compañía. Pero yo seré fiel a mi palabra, aunque pasen otros 3 años y me vea obligado a trabajar en las minas de oro de la isla. Aún así, iré cada día a uno de los pueblos y a la Barranca a esperar a que un barco sea el adecuado para irme. Quizá un día no regrese a esta casa, y ese día sonreirás y pensarás que di el paso más importante para alcanzar mi meta, mi sueño. Y reirás como lo hacías antes. Y cogerás el viejo den den mushi y el barco para volver a echarte a la mar en busca de los nuestros.
La vieja cabra sonrió, asintió y me dijo que esperaba que eso pasase pronto. Estaba viejo y no tenía ganas de hacerse a la mar, pero sí de volver con los demás compañeros a los que ambos tanto añorábamos. Después de el monótono día repetido tantas veces antes, salvo por aquella sensación al tirarse desde la barranca, Morrel y yo, cenamos cada uno un cangrejo de los pescados aquella mañana y nos fuimos a dormir.
#2
Día 77 de primavera del año 8.45 a.m.
 
Las palabras del viejo maestro desilusionado por aquella árida isla habían hecho mella en este, ya desesperado ornitorrinco. Le serví un té a Morrel y una infusión de algas a mí. El día anterior debía haber comprado más de esa rica planta. Solo quedaba para un desayuno y eso me hizo a mí beber la infusión recolectada por mí mismo. Tras un saladísimo sorbo, miré al mink cabra, con su perilla siempre bien peinada y sus cuernos relucientes y le comenté que había estado pensando en sus palabras de la noche anterior. Había decidido que, si no llegaba ese barco y esa señal en una semana, quería decir que los dioses no esperaban que me convirtiese en pirata, y que él debía ser mi compañero de viajes, el que me había acompañado toda mi vida, el único que no me había abandonado en mi loca decisión de viajar por el mundo y atravesar el Red Line por el otro extremo. Claro que debía ser él, en qué estaba pensando? Solo había una forma de averiguarlo. La semana siguiente, saldría de aquella isla en un barco o junto a Morrel. Salí de casa como siempre, tan apartada de los pueblos, al otro lado de la barranca profunda y de la mina de oro que nadie querría ir hasta allí. No había nada de interés, realmente. Dejé, como cada mañana, mi túnica en el respaldo de la silla al lado de la puerta y me dirigí al agua. El mar estaba algo más picado de lo habitual, pero no me llamó demasiado la atención y me eché a nadar. Recogí donde siempre, unas cuantas algas y esta vez encontré cuatro pececillos para la cena. Al llegar a casa de nuevo, mi maestro estaba mirándome sonriente y con un ligero brillo de nostalgia en su cara, como hacía mucho que no me miraba. -Creo que los dioses sí te sonríen, después de todo, mi querido Sage. Sabes qué? Estoy muy a gusto aquí, en verdad. Hoy iré yo al pueblo y comparé lo que nos hace falta para sobrevivir un mes.- Lo miré extrañado y me encogí de hombros. Me puse mi túnica, agarré mi bastón y me fui a dar un paseo, rodeando por el norte los pueblos hacia la mina de oro. Morrel salió detrás de mí, con su túnica también. Estaba bastante más nueva que la mía, pues había tenido la genial idea de pedirle a los ancianos una nueva antes de partir. Cerró con llave, se colgó la manija de un cinturón que llevaba sobre la vestimenta reglamentaria de la tribu y partió hacia el pueblo Goruden.
 
Yo iba por un camino pedregoso, pensando en mis cosas, apoyado en el bastón que me había dado el sobrenombre de Sage, por el que me conocía todo el mundo. De hecho, solo los miembros de la tribu me conocían por mi verdadero nombre, puesto que nunca me presentaba con él. Sage era mi título, los dioses así lo habían querido y así me llamaría a partir de ahora. Comencé a contarle al báculo, pues sabía que, como todo, tenía alma, lo que me preocupaba. Sabía que no me respondería, no estaba loco, pero sí me aliviaba la mente hablar y poder decirlo en voz alta. La verdad es que no quería dejar a Morrel atrás. Realmente quería continuar mi viaje junto a él, pero sabía que no aguantaría un camino tan largo. Desde que habíamos llegado a la maldita árida isla, había engordado hasta ser el doble de lo que era cuando llegó. Se pasaba el día tirado en una silla o en el Saloon bebiendo cerveza y fumando en pipa. El tabaco había amarilleado aún más sus dientes y ya no tenía la agilidad de antaño.
 
-Sabes una cosa?- Le conté a mi bastón, aprovechando la soledad del camino- Creo que partiré solo al acabar la semana. Me iré nadando, y así Morrel se irá con la barca a que los miembros de nuestra tribu lo cuiden como se merece. Se que les escribe todas las semanas contando como estamos y que los tiene localizados.
Estaba ya en lo alto de uno de los picos de la isla. Se veían los dos pueblos y la barranca, quizá mi lugar favorito para sentarme, pensar e imaginarme un barco llegando y uniéndome a una tripulación de seres increíblemente fuertes. En ese preciso instante, alcé la vista hacia el mar, pensando en la posibilidad de ver un futuro mejor, que la diosa de la naturaleza, Dhanna me aguardaba en otra isla en aquella dirección. Vi algo que me impactó. Barcos, Y se dirigían hacia la isla. Estaban muy separados entre ellos, pero venían hacia aquí. Seguramente llegarían por la mañana o al anochecer. Salté de alegría, pero al caer, di con una piedra y rodé colina abajo hasta dar con la cabeza en una gran roca.
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Me desperté por la noche, desorientado y mareado. No sé que pasó. No se en que lugar estaba. Solo, con dolor de cabeza. Me levanté y vi a mi alrededor. Cogí un palo de madera largo que estaba allí tirado y caminé hacia la costa. Me senté en la orilla, con mis patas en el agua, intentando pensar. Los dioses estaban jugando conmigo?, o solo era parte de su plan? Tenía claro que existían, pero no sabía sus nombres, no sabía qué hacía cada uno, la cabeza me daba vueltas y todas las ideas que venían a ella eran confusas. Gorilas, gacelas, ornitorrincos… Donde estaban todos aquellos minks de los que tenía imágenes en la cabeza? Era mi familia?  Quién me había hablado de ellos? De donde venía? No recordaba nada. Ni siquiera quien era...
#3
Aventura Tier 1 Autonarrada Completada


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