[Aventura T1][Presente absoluto] Caña dulce, caña amarga
#1
Día 34 de invierno
Campos de caña de azúcar, Reino de Samba
Mercado de la aldea Vida Velha


El sol de la mañana caía sobre los campos de caña de Samba, como un tambor improvisado, con su calidez constante haciendo vibrar cada rincón. Era un sol que no perdonaba nada, ni la pobreza, pero que en esta época del año se agradecía sobre la piel y sobre los tejados remendados de las casas. Llevaba su luz llena de optimismo a cada rincón de los campos de caña de azúcar, invitando a sus gentes a moverse, a bailar y a reír, aunque a ojos de un extraño no hubiese muchos motivos racionales para ello. Ese era el encanto de Samba. Aunque el dinero no fuese más que una ilusión para muchos de sus habitantes, aunque el pan fuese un esfuerzo de cada día y la ropa tuviera tantos remiendos que no sabrías si decir que era la prenda original, nadie parecía dispuesto a renunciar a la alegría que mantenía el espíritu de la isla en pie. O mejor dicho, danzando.


Y como de costumbre, aquella mañana, la alegría tomaba forma de música.


Golpes de tambor improvisados sobre unos cubos vacíos marcaban el ritmo. Unas cucharas intentaban sacar una melodía de una serie de tuberías viejas. Las voces de un par de mujeres empujaban los pies de aquellos que se resistían a bailar al son de la melodía. Los pasos de unos niños que practican su samba se mezclan con las risas y el griterío de unos vendedores, creando un bullicio cálido y humano, que te envuelve en un abrazo mientras te pone a bailar.


El viento traía consigo el dulce aroma del jugo de caña recién exprimido, que aguardaba para ser convertido en el auténtico oro de aquella región. Al fondo, se podía intuir el edificio de la escuela de danza, si es que un techado de madera con cortinas podía llamarse así, del cuál salía una profesora, delgada como las cañas de azúcar, que llamaba a sus alumnos para que volvieran a las clases. Más cerca, una anciana vendía pan sobre su puesto improvisado; dos piedras y una tabla.

Mercado de las cañas

El mercado de los campos era un lugar en el que la pobreza se lucía sin disimulo, pero donde existía una sensación de comunidad que era casi palpable. Entre las cañas de azúcar, se había formado una calle, franqueada por unos tenderetes pequeños, fabricados con retazos de lona o con tablones y clavos que amenazaban con salir corriendo, pero todos con algo distinto que ofrecer; frutas recogidas en la selva, algunas hierbas, telas o camisas, dulces de azúcar y ocasionalmente, algún otro objeto traído por comerciantes de más allá del mar.



Un grupo de mujeres conversaba mientras pelaba las cañas. Un anciano tocaba una flauta que él mismo se había tallado. Un joven trapecista, sucio de pies a cabeza, hacía unas piruetas con el afán de ganarse unas monedas. Todo transcurría con el ritmo despreocupado y alegre que hacía de Samba una isla peculiar.


En ese ambiente, nuestra revolucionaria, Trixxie Pappitson llegó al mercado. Ya fuera paseando, buscando algo de comer, comprando algún producto exótico o simplemente disfrutando del bullicio, era fácil sentirse parte del lugar. Los vendedores, extrañados de ver caras nuevas por esa parte de la isla, sonreían y llamaban a nuestra aventurera con la idea de haber encontrado una fuente de ingresos. Incluso algunos niños corrían cerca en busca de algún obsequio o un dulce que les alegrase la mañana, o para invitarla a jugar con ellos.


—Señora, no tendrá una goma de mascar, ¿verdad?


—Henrique, no molestes a la señora. ¿No ves que ella lo que quiere es jugar conmigo al escondite?


Era un día normal. O al menos lo parecía. A unos 25 metros, no en el centro del mercado, sino al fondo, donde la sombra del último puesto caía sobre el camino, ocurría una escena que contrastaba con la alegría general. La música seguía sonando, el olor a pan seguía flotando, la gente seguía bailando y vendiendo, pero algo allí no encajaba.


Aunque esa parte del mercado quedaba parcialmente oculta por las telas medio rasgadas que hacían las veces de toldos de un par de puestos, la figura se distinguía con facilidad. Un hombre, con su pelaje rojizo cubierto por un uniforme azul y blanco, con la gorra ladeada y el pecho inflado y cara de superioridad, estaba plantado frente a un anciano vendedor. A primera vista, parecía un marine joven; no tenía ni el porte ni los distintivos de un oficial, ni mucho menos la disciplina del servicio, pero llevaba el uniforme con orgullo, un orgullo excesivo, que le hacía parecer más un pavo que un zorro. La arrogancia de aquel que sabe que puede abusar de su posición sin temor a las consecuencias.


El anciano, un hombre de piel curtida por el trabajo al aire libre, con un cuerpo pequeño y unas manos temblorosas que simulaban hacer un redoble de tambor, estaba sentado frente a un carro lleno de pequeños objetos: cucharas de madera talladas a mano, pulseras de cuerda, figuras y silbatos hechos de caña. Artesanías simples, pero hechas con la paciencia y el esmero de quién pone su vida misma en el trabajo. El anciano tenía el gesto arrugado, no un ceño fruncido por el enfado, más bien el gesto de alguien atemorizado.


—Ya te lo he dicho, viejo —dijo con una voz chillona llena de arrogancia—. El impuesto de la caña se paga a primeros de mes. ¿No sabes que día es hoy?
El anciano murmuró algo que apenas se oyó desde el resto del mercado. El marine respondió con un bufido exagerado, con los gestos del secundario de una obra de teatro de poco presupuesto, levantando los brazos como si el mundo entero lo irritara. 

—¡Que no me vengas con excusas! —gritó de nuevo mientras pateaba el puesto—. ¿Crees que puedes vender estas... porquerías sin pagar nada? La marina te protege. El sargento Aldair te protege. ¡Yo te protejo! —concluyó con un énfasis desmedido cuando se refirió a sí mismo.


Hubo quien escuchó, quien miró de reojo, quien frunció el ceño... pero nadie dijo nada. Todos simularon seguir con su día cómo si no pasase nada, como si el miedo a ser el siguiente objetivo fuese mayor que su espíritu de lucha. Cada mes ocurría lo mismo. Y siempre la gente miraba para otro lado, porque sabía que aquel marine no actuaba solo. Detrás de él había alguien más, alguien con más rango dentro de la marina.


El anciano se giró para decir algo en voz baja. Tal vez fuera algo como «no tengo dinero», o tal vez «por favor». Quizá fuese algo parecido a «te lo pagaré la próxima semana». No importaba la frase exacta, porque la reacción del marine hubiese sido la misma; inmediata, excesiva y cruel.


El joven uniformado agarró al anciano por el cuello de su polvorienta camisa y trató de levantarlo unos centímetros. No era un gesto impresionante, ni mucho menos, pues la complexión del anciano no distaba mucho de la de las cañas. Pero sí que fue un gesto humillante al empujarlo hacia atrás, dejando al anciano caído junto a su puesto. La gente alrededor contuvo la respiración. Algunos incluso apartaron la mirada. Otros fingieron no ver nada.
—¿Me estás desafiando, viejo? —preguntó el marine entre gritos mientras apretaba los dientes—. Porque si quieres que llame al sargento puedo hacerlo ya mismo. ¿Eso quieres?


El anciano sacudió su cabeza en negativa. Entonces el marine pateó con fuerza su puesto, volcando los pocos objetos que aún aguantaban sobre él. Las artesanías se esparcieron por el suelo como las semillas que se lanzan a un sembrado. Una niña soltó un grito ahogado. Un hombre, cerca de Trixxie, murmuró: "Otra vez no..."


A ojos de la revolucionaria, la escena era totalmente visible. No era necesario acercarse para saber que algo estaba mal, pero tampoco era obligatorio intervenir; al fin y al cabo, había gente que llevaba presenciando aquello durante meses y no habían hecho nada. Trixxie podría mirar, ignorarlo y seguir su camino o afrontar aquella situación. 


Lo interesante era que, pese a lo tenso de la situación, la melodía que arrastraba el aire seguía sonando. Un contraste propio de este mundo, en el que la injusticia a menudo suele ser tapada con música o espectáculo, que nos hagan creer que aquello es alegría. Una escena que espera algún héroe que luche contra ella, o algún otro partícipe que se una a sacar provecho.


El marine sacudió sus manos para librarse del polvo y la mugre que le pudiera haber dejado el contacto con la camisa de aquel hombre. Luego miró alrededor, en busca de aprobación o al menos sumisión. La gente bajó la mirada. No querían problemas.


—Vamos, abuelo —dijo el marine mientras aplastaba una figurita con su bota—. ¿Cuánto vas a pagar?


El anciano intentó levantarse. Falló y lo volvió a intentar, con sus manos temblorosas. Y en aquel preciso instante, sus ojos se cruzaron con los de Trixxie. El mercado seguía bailando, el mundo aún giraba. Pero allí al fondo, una escena esperaba la decisión de una sola persona: Trixxie Pappitson.



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#2
Aquella mañana había llegado a Samba, y desde el primer instante entendí por qué la gente habla de esta isla casi con reverencia. Incluso antes de atracar, podía sentirse algo en el aire, un ritmo suave que viajaba con la brisa, como si la música fuera parte del clima. Dicen que aquí el ambiente vibra, que las personas son cálidas y que la alegría se contagia sin pedir permiso y quiero creer que todo eso es verdad.
 
Mientras caminaba por el muelle, cada rincón parecía moverse al compás de un tambor lejano, las voces, las risas, los colores, todo tenía una energía distinta, viva, chispeante, era como si la isla respirara música y la dejara escapar por cada calle y yo, que venía con curiosidad y el corazón ligero, no pude evitar sonreír. Samba prometía ser un lugar donde el alma se suelta, donde los pies se mueven solos y donde una viajera como yo puede perderse sin miedo, solo para encontrarse bailando sin darse cuenta.
 
Por cosas del destino o simple fortuna mía, el primer lugar que pisé fue un rincón humilde de la isla. Gente vestida con harapos, cuerpos delgados por las carencias y miradas que contaban historias duras apenas con un parpadeo y aun así, todos seguían bailando, cantando, riendo entre dientes y vendiendo las pocas cosas que tenían para sobrevivir un día más. Había algo profundamente hermoso en esa contradicción, la pobreza colgando de sus ropas, pero la alegría aferrada a sus huesos. Como si la música fuera su única riqueza, y aun así la compartieran sin reservas con todo aquel que pasara.
 
Mientras avanzaba por aquel sendero improvisado un camino que parecía haber nacido únicamente de la insistencia de cientos de pies atravesando el cañaveral día tras día, me fui encontrando con varios puestos pobres pero llenos de vida. Cada persona vendía lo poco que tenía, frutas golpeadas por el sol, artesanías hechas con paciencia o simples objetos recuperados quién sabe de dónde, todo servía si ayudaba a sobrevivir. En medio de ese recorrido, dos niños se me acercaron. El primero, un pequeño de ojos enormes y belleza frágil, demasiado delgado para su edad, me pidió una goma de mascar con una timidez que casi dolía. Obviamente no llevaba nada de eso, pero en mi bolsillo derecho tenía un pequeño paquete de paletas en forma de corazón—No tengo goma de mascar, pero tengo estas paletas. — lo saqué sin pensarlo y se lo entregué.
 
El niño me miró como si le hubiera dado un tesoro, luego sonrió, una sonrisa tan luminosa que por un instante hizo que todo aquel entorno duro pareciera menos cruel y se alejó corriendo, con su dulce en la mano, como si ese pequeño gesto bastara para alegrarle el día, mientras tanto otra pequeña me invitó a jugar al escondite, pero claramente primero necesitaba buscar donde asentarme.  —Justo ahora no puedo jugar, pero dentro de poco volveré para jugar contigo. — Le comenté pintando una sonrisa en mi rostro viendo como se iba a jugar con el primer chico.
 
Caminé unos veinte metros más, dejándome llevar por el ritmo contagioso que parecía brotar del suelo mismo. Cada puesto tenía un color distinto, un aroma diferente, una historia escrita en manos callosas. Estaba a punto de dejarme llevar por la música cuando una conversación rompió la armonía del ambiente. No era un grito, pero tampoco un simple murmullo: una voz firme, con un filo desagradable, se imponía sobre otra que apenas lograba sostenerse.
 
Volteé casi por reflejo hacia el final del camino, donde la sombra del último puesto se extendía como un velo oscuro sobre el suelo caliente. Allí, en evidente contraste con la alegría colectiva, se desarrollaba una escena que no encajaba con nada de lo que la isla parecía ofrecer. La música seguía vibrando, el olor a pan recién hecho llenaba el aire, la gente continuaba bailando y vendiendo como si nada ocurriese. Pero ese rincón se sentía distinto, casi ajeno a la propia isla. Un hombre vestido con el clásico uniforme azul y blanco de los marinos, esos mismos de los que tanto escuché hablar en la isla de las Kuja, discutía con un anciano que apenas tenía la fuerza para sostener el cuerpo, mucho menos la voz. El marino hablaba con autoridad, con impaciencia, mientras el viejo intentaba responderle sin poder levantar más que un hilo de sonido. Aquella desigualdad, tan evidente, se clavó en mi pecho como un recordatorio de que incluso en los lugares más alegres siempre existe una sombra que nadie quiere ver.
 
El pobre anciano al parecer no tenia siquiera el dinero para pagar una cuota de no sé qué, y tampoco me importaba mucho, pero para mí parecía injusto, el marino, aparentemente de otra raza pues parecía un animal antropomórfico gritaba algo del dinero, de la cuota, de que el viejo no podía vender sus cosas sin pagar y que no se quien le protegía, yo terminé de acércame lo suficiente para ver la escena en donde el hombre empujaba al anciano y cuando este intentaba levantarse sus ojos cruzaron con los míos. —No hay que ser tan malos con las personas mayores, eso todo el mundo lo sabe precioso. — dije mientras me acercaba por completo ayudando a levantar al anciano y sus pertenencias.

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#3
En ocasiones, la fragilidad del momento es tal, que solo hace falta un pequeño gesto para que el día de un vuelco, con la facilidad con la que el aire cambia de rumbo. Ya sea saludar a un desconocido con una sonrisa o darle un caramelo a un niño que no se los puede permitir, o algún acto más valiente, todos podemos influir en cómo irá el día de los demás. Aunque hay ocasiones, en las que todo debe detenerse, un instante. No porque la música se acabe, sino para coger fuerza y cambiar de rumbo. Hasta las mejores canciones varían su ritmo, y eso era lo que parecía estar pasando en el mercado. Si bien estaba acostumbrado a mirar a otro lado, este día era diferente, hoy no escucharían el mismo estribillo repetitivo de todos los meses. No, porque hoy, había una nueva cantante en escena.

Las palabras de Trixxie llenaron la calle que formaba el mercado y, tal vez por primera vez en tiempo, hasta los mismos puestos parecían contener la respiración. ¿Cómo se atrevía alguien a plantarle cara a aquel marine? ¿Acaso no sabía de las consecuencias que eso podía traer? Poco a poco, las caras desconcertadas de los allí presentes se giraron para mirar a la revolucionaria, la cual pudo ver algún gesto desencajado, con mandíbulas que amenazaban con llegar hasta el suelo y ojos que parecían dispuestos a salir corriendo para huir de la escena. Incluso, por un segundo, y sin que sirviese de precedente, la melodía que venía de todos lados, se detuvo. Solo un segundo, como si las manos que golpeaban los metales hubiesen dudado si debían seguir con su melodía. Como si las gargantas de las mujeres que cantaban no se atrevieran a interrumpir el momento. La música siguió, como si solo se hubiese tomado una pausa para coger fuerza, aunque, a oídos de cualquiera, el son traía consigo una pequeña incertidumbre. Esa que se forman cuando el ritmo decae, la letra para e incluso el tono baja justo antes de estallar en el estribillo.

El marine giró su mirada hacia Trixxie. Despacio, su gesto se torcía a la vez que lo hacía su cabeza. No podía creerse que alguien osara a hacerle frente, a llevarle la contraria. Pese a no ser uno de los reclutas más fuertes del cuartel, había aprendido que hay otras formas de tener poder, y es por eso que se había dedicado a ser poco más que el perrito faldero de sus superiores. Llevó su mano a su cartuchera, temblorosa, dejando claro que aquello no era algo a lo que estuviera acostumbrado. Sus garras arañaron el cuero de su cartuchera mientras quitaba el cierre que mantenía el arma sujeta. Pero en ese momento, Raposo se fijó en la revolucionaria. Comenzó por mirar sus ojos, cautivadores, de un verde que combinaba con el de las cañas que los rodeaban, que reflejaban dulzura. Tras esto, llevó su atención al resto de la cara, angelical, y sintió que ella no era una amenaza. Sin embargo, no pudo detenerse ahí. Siguió bajando su mirada hasta dejarla fijada en los dos atributos generosos de la revolucionaria.

—Se... Señorita —dijo y su lengua salió de su boca por un lateral, como el perro que espera ansioso a que le lancen un hueso—. Estamos en época de recaudación. Yo vine aquí a hacer mi trabajo.

Su mirada no se despegaba del pecho de Trixxie. De haber sido posible, sus ojos habrían saltado para pegarse a su cuerpo. Entonces, el marine cayó en la cuenta del estropicio que había a su alrededor. Comenzó a frotar sus manos, sus garras, cuidadas y afiladas, mostraban el ritmo al que iba la sangre a su cabeza, en busca de alguna excusa.

—Este viejo torpe hizo caer su mercancía. Aquí no hay nada más que inútiles, vagos y maleantes. No es lugar para una señorita como usted —ofreció una mano hacia la revolucionaria—. Si quieres, puedes venir conmigo al cuartel y allí te explico cómo el sargento Aldair... No, yo mismo protejo a esta panda de vagos a cambio de... una cuota —concluyó con una sonrisa de medio lado dibujada en la cara.

El viento agitaba las cañas que daban el toque de percusión que faltaba a la melodía que ya volvía a sonar. El canto no era más que un murmullo, pero dejaba claro que la actividad del mercado retomaba su normalidad, como si cada uno de los presentes supiese cómo iba a acabar aquello. Si bien nunca habían visto a nadie llevarle la contraria a Raposo desde aquella primera y fatídica vez, todos creían que no habría manera de cambiarlo. Parecían convencidos de que la chica tendría suerte y todo aquello quedaría en un malentendido. El viejo pagaría y Raposo continuaría con su recaudación mes tras mes. Todos habían vuelto a sus tareas, pues la escena ya había terminado para ellos. ¿O tal vez no sería así?



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#4
Las personas a mi alrededor me observaron con los ojos muy abiertos, como si de pronto un espíritu antiguo hubiese descendido entre ellos. No estaban acostumbrados a que alguien interviniera, mucho menos a que una forastera lo hiciera sin pensarlo dos veces. Pero yo jamás he sido de esas que se quedan quietas cuando la injusticia toma forma delante de mis narices, y menos aún si proviene de quien debería encarnar la justicia.
 
¿Desde cuándo la gente debe temerle a quien supuestamente los protege? ¿En qué mundo tiene sentido que la autoridad sea la sombra que oscurece en lugar de la mano que sostiene? Para mí, eso es una contradicción imposible de aceptar. La figura que protege debe ser el eje, la base firme en la que cualquiera pueda apoyarse sin miedo, la que mantenga la paz y no la que la rompa, eso todo el mundo lo sabe.
 
Así que, aun con las miradas clavándose en mi espalda, aun con el murmullo silencioso de sorpresa expandiéndose entre la gente, no di un paso atrás. Si nadie más se atrevía, entonces lo haría yo, porque alguien tenía que hacerlo, yo no salí al mar para ver como otros se aprovechan de los débiles. —Oh, señor justicia, no sabía que su labor consistía en intimidar ancianos indefensos — solté con esa suavidad mía que nunca viene sola y siempre trae un poco de veneno escondido entre las sílabas —Debería ser más paciente con él, ¿no cree? — mantuve mi sonrisa, ligera pero firme, como quien no teme en absoluto a la respuesta.
 
—Todos queremos que alguien fuerte nos proteja —continué, paseando la mirada por la gente que ahora observaba con un silencio inquieto —Pero no es precisamente ideal que tengamos que temerle a quien se supone que nos cuida, eso todo el mundo lo sabe — Mis palabras cayeron despacio, como gotas de miel, pero miel hirviendo y aunque mi tono siguió siendo amable, cada frase llevaba la intención clara de ponerlo en su sitio sin necesidad de alzar la voz.
 
Terminé de ayudar al anciano a recoger sus cosas, acomodando cada paquete y frasco sobre la mesa como si así pudiera devolverle un poco de la dignidad que aquel uniformado había intentado arrebatarle. Sentí la mirada del marino clavada en mi espalda incluso antes de girarme, y cuando lo hice, me encontré con una escena que me habría dado risa, si no fuera tan lamentable. El hombre tenía esa expresión que ponen los perritos cuando huelen comida, solo que en su caso no era precisamente comida lo que observaba, tenía los ojos fijos, descarados, en los melones que los dioses tuvieron a bien colocar en mi pecho. Eso, sinceramente, no me hirió ni un poquito, estoy acostumbrada. Lo que sí me revolvió el estómago fue lo que vi cuando levantó ligeramente las manos para gesticular.
 
Unas garras, no uñas largas, no. Garras, filosas, brillantes, cuidadas y absolutamente repugnantes. Mi piel se erizó al instante, como si el simple hecho de verlas me hubiera tocado. —¡Iughhh, no, no, no! —di un paso atrás con total y sincero rechazo —Aléjate de mí. —  No pude evitarlo. Algo en mí simplemente se encoge y se retuerce cuando veo a alguien con garras animales. Me da asco, me recuerda suciedad, falta de higiene, bestialidad, por más que quiera mantener la compostura, no puedo soportarlo y ese marine, con su uniforme impecable y sus garras brillantes, era justo el tipo de criatura que me hacía querer arrancarme los ojos.
 
Por puro instinto llevé la mano al cinturón y tomé mi látigo, desenrollándolo con un chasquido seco que dejó claro que ya no estaba para juegos. Todo el encanto, toda la suavidad que había mantenido hasta ese momento desapareció de mi rostro como si nunca hubiera existido. —No te acerques a mí con esas asquerosas garras — le advertí, y esta vez mi voz no tuvo ni una gota de dulzura, ahora era firme, cortante, casi tan afilada como esas cosas que él llevaba en las manos.
 
No tenía idea de si el marine daría un paso, quizá para intentar explicarse, quizá para imponerse, pero yo ya estaba retrocediendo, manteniendo la distancia como si su mera presencia pudiera contagiarme algo. —Las garras son sinónimo de suciedad, asquerosidad y la peor de las bestialidades — dije con una sinceridad que no dejaba espacio a dudas —Eso todo el mundo lo sabe. — Lo miré con un asco tan evidente que incluso la gente a mi alrededor empezó a apartar la vista, incómoda, mis pasos hacia atrás fueron medidos, elegantes, pero tensos como una cuerda estirada al límite, mientras mi látigo seguía preparado en mi mano, marcando muy claramente que, si el hombre daba un paso más, yo no dudaría en responder.

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#5
En ocasiones, el mundo se toma un suspiro, y es ahí dónde surgen los héroes. Bien sea con pequeñas acciones, o bien enfrentando la injusticia, cada gesto puede decantar la balanza hacia un lado u otro. Trixxie comenzó por tomar cartas en el asunto haciendo gala de su amabilidad, la cuál mostró con el anciano al ayudarle a recoger sus mercancías. También, hizo uso de una sutil ironía, que fue bien percibida por alguno de los presentes que comenzaron a cuchichear y darse golpecitos con los codos. No fue así con el recluta Raposo, el cual parecía estar aún más pendiente de la figura de la revolucionaria que de el significado oculto bajo sus palabras.

Trixxie continuó vertiendo su veneno sobre el marine. Sus comentarios sobre temer a quién se supone que debe cuidar del pueblo aumentaron el ritmo de los susurros entre los aldeanos, incluso aquellos que bailaban parecían haber cambiado el ritmo, de un sueva son a una alegre y enérgica samba, somo si pretendieran que sus pies formaran un redoble, listos para acompañar el gran número final de aquella escena. En el escenario principal, Trixxie continuaba ayudando al anciano a recoger sus cosas: unas figuritas de madera tallada, algo magulladas; una flauta artesanal, que quedó embotada con el barro del cañaveral; las borlas de un par de pulseras que salieron rodando al romperse el hilo que las unía. El viento volvió a azotar, pues no había nadie que se quisiera perder la función. Las cañas golpearon entre sí una vez más. Todo parecía entender que la tensión subía a cada segundo que pasaba.

Raposo extendió sus manos hacia Trixxie, buscando que la revolucionaria la tomase, pasase por alto aquella escena y fuese con él al cuartel de la marina. Sin embargo, Trixxie no podía hacer la vista gorda ante aquello, y mucho menos ate las garras del marine. Pronto, ella hizo un par de comentarios: primero, pidiendo al marine que se alejase de ella, en un acto reflejo ante el asco que a ella le daban las garras; después, lo verbalizó, su asco, a la vez que desenfundaba el látigo y lo hacía restallar casi por reflejo. Raposo, que hasta ese momento pensaba estar encandilando a la revolucionaria, comenzó a cambiar su gesto. Aquella cara angelical no podía confundirle más. Esa chica estaba riéndose de él, de sus garras. Estaba dándole una reprimenda por cómo se había comportado con el viejo. En un acto ensayado, llevó de nuevo su mano a la cartuchera, tomó la pistola por la empuñadura y apuntó a Trixxie, mientras esta se apartaba un par de pasos y continuaba desprestigiando sus amadas garras.

—Tú eres la sucia, escoria —dijo el marine claramente herido a juzgar por su gesto—. Ya veo que no eres más que otra desagradecida, como todos estos pordioseros.

Entonces, accionó el gatillo de su pistola, disparando hacia el pecho de la revolucionaria. Un estallido que volvió a cortar el aire, que hizo exclamar a los presentes. Todos los allí presentes miraban, pero nadie se atrevía a actuar. No desde aquel día en que todo había cambiado. ¿Sería hoy un día en el que, al igual que aquella vez, u nuevo héroe nacía y moría a la vez?



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#6
Fue casi instintivo. Apenas me alejé de él, el marino se transformó, como si le hubieran pisado el orgullo. Su rostro se torció de rabia, comenzó a escupir insultos y a alzar la voz, creyendo quizá que eso me haría volver o bajar la cabeza, pero no, nada de lo que decía me importaba realmente, lo único que ocupaba mi mente era que no se me acercara con esas garras asquerosas. Me giré solo lo suficiente para mirarlo de frente, con el gesto ya endurecido y el cuerpo tenso por la pura incomodidad que me provocaba su presencia tras todo ese espectáculo innecesario.

—Tu falta de respeto es incalculable, salvaje —dije con total claridad, sin elevar la voz, pero cargando cada palabra con el desagrado que sentía, no había miedo en mí, solo rechazo. Un rechazo profundo y visceral y si algo tenía claro en ese momento, era que no pensaba tolerar ni un segundo más de su cercanía, pero todo pasó mas rápido de lo que pensé, el tipo sacó su arma de fuego y disparó hacia mí.

Para cualquiera de los presentes, aquello habría sido el final perfecto. El momento justo para apartarse, bajar la cabeza y seguir con su vida, pero para mí no lo fue, yo no soy una persona cualquiera y eso, todo el mundo lo sabe. Retrocedamos un instante, a ese segundo extraño en el que mi vista pareció ralentizar el mundo. Todo se volvió claro, demasiado claro, vi cómo su mano iba hacia el arma, cómo sus dedos la rodeaban con torpeza y rabia. Vi la gota de sudor deslizarse por su rostro, bajando lentamente hasta quedarse atrapada en su mejilla, incluso escuché el silencio justo antes del estruendo.

El disparo fue un sonido seco, violento, fuera de lugar en una isla que solo quería bailar, pero desafortunadamente para él, la bala no encontró su objetivo. Antes de que el proyectil pudiera tocarme, mi cuerpo ya se había movido, apenas un metro hacia la derecha, lo justo, lo exacto, la bala pasó rozando el aire donde yo estaba un instante antes, buscando, quién sabe, acabar con mi vida, o tal vez con su propio orgullo herido. Como pude reaccioné al instante, el cuerpo moviéndose antes incluso de que mi mente terminara de ordenar los pensamientos. Mi mano se cerró con fuerza alrededor del mango del látigo y, con un giro seco y preciso de muñeca, lo lancé directo hacia él.

El latigazo cortó el aire con un chasquido violento y fue a impactar justo en su rostro. No buscaba elegancia esta vez, ni advertencias, solo hacerlo caer o, al menos, obligarlo a retroceder. El golpe fue lo suficientemente fuerte para quebrar su impulso, para devolverle un poco del miedo que había intentado imponer con su arma. La música de la isla seguía sonando a lo lejos, casi burlona, mientras el eco del impacto resonaba entre los puestos, yo me mantuve firme, el látigo aún vibrando en mi mano, los ojos fijos en él, lista para lo que viniera después.

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 455 + 0 = 455
Energia: 452 - 87 = 365
Espiritu: 150 + 0 = 150
#7
Un disparo, un chasquido, y todo cambió para siempre. El marine había visto herido su orgullo y es por ese motivo que quiso acabar con aquella bella mujer que se había enfrentado a él. Era consciente de que si la dejaba marchar como si nada, tal vez una semilla caería en el fértil suelo que era la desesperación de la gente de aquel poblado. Porque a veces, solo un pequeño gesto sirve para que algo grande comience a crecer. Aquel día, podía ser una chica que le plantó cara y él no se atrevió a castigarla. Mañana, podían ser varios los que perdiesen el respeto a aquel marine. No podía fallar a sus superiores, los cuales habían confiado en él para llevar a cabo aquellas extorsiones. No podía permitirse perder su estilo de vida. Por esa misma razón, empuñó su arma una última vez.

Raposo solía sobreestimar sus capacidades, poco acostumbrado a que la gente le hiciese frente. Pensaba que lo hacían por miedo a su fuerza, sin pararse a pensar que el miedo real se lo tenían a otros. Había levantado su arma, su dedo apretó el gatillo. Sin embargo, la chica desapareció de la mira de su pistola. Como un parpadeo, al menos para sus poco entrenados reflejos, la figura frente a él se esfumó. Y acto seguido sintió un estallido en su cara. El golpe fue tan fuerte que pronto perdió la estabilidad. Comenzó a caer de espaldas, pues sus piernas ya no tenían la fuerza suficiente para sujetarlo. La vista se le apagó, no con un difuminado lento, ni volviéndose borrosa. Fue como si alguien hubiera cortado el cable que se encargaba de llevar la imagen a su cerebro. En sus oídos, el eco de la voz de su enemiga que lo llamaba salvaje. Su espalda golpeó el suelo y Raposo sabía que ya no se volvería a levantar. Estaba muerto.

El viento dejó de soplar y con él, cesó la danza que se traían las cañas de azúcar. Ya no sonaba tampoco la dulce tonada que improvisaban los habitantes de la aldea. Ni siquiera los pasos de baile de los niños de la escuela. Solo algún murmullo tímido, como si fuese pronunciado a kilómetros de distancia. Unas palabras que fueron creciendo, como la imagen de unas rocas que se precipitan colina abajo tras un desprendimiento.

—¿Es... Está muerto??

—Alejaos de ella. ¡Es una salvaje! 

—¡Es el fin de Raposo! ¡Al fin somos libres! —celebraba otro.

—¿Libres? Seguro que ahora mandan a alguien peor. Y estará enfadado.

Las opiniones eran muy distintas entre sí. Incluso dentro de cada individuo, se daba una sucesión de sensaciones; alegría de haberse librado de un tirano, incertidumbre ante su futuro, miedo por la fuerza de la revolucionaria. Tan solo una persona se atrevía a estar a poca distancia de Trixxie. Ese era Ayrton, el anciano al que la revolucionaria había ayudado. El estaba ya erguido, con un gesto difícil de descifrar. Su sonrisa, aunque apagada por la edad, dejaba claro que aquello le había supuesto una liberación, como si se acabase de librar de una soga que no permitía al aire pasar por su cuello. Sin embargo, sus ojos dejaban escapar un destello de tristeza. Tristeza por algo perdido hace años.

—Esta es nuestro oportunidad —dijo el anciano dirigiéndose a sus vecinos—. Hace años que vivimos atados, humillados y explotados. Un día, Thiago, mi hijo, se enfrentó a ellos por todos nosotros, pero lo dejamos solo. Ese día fue su fin, pero también el nuestro. Hoy esta chica nos ha abierto una pequeña rendija por la que entra la esperanza —continuó con la mano extendida hacia Trixxie—. ¡Aprovechemos esta situación y recuperemos lo que es nuestro!

Y es que así es como surge normalmente el fuego. Solo hace falta una chispa para prender un campo, lleno de ramas y hojas secas, que tuvieron días mejores, pero que aún guardan una gran energía en su interior. El anciano, con lágrimas en los ojos, miró a cada uno de los presentes. Hubo quién se había escabullido para ocultarse nada más empezó su discurso. Otros, se veían paralizados por el miedo. Sin embargo, unos cuantos vitorearon las palabras del viejo. Ayrton se giró de nuevo hacia Trixxie, una enorme sonrisa dibujada en su rostro.

—Muchas gracias, joven. Hace años, los superiores de Raposo nos comenzaron a exigir dinero a cambio de protección. Mi hijo los enfrentó y acabaron con él. Desde ese día nadie se había atrevido a levantar la voz. Pero hoy... Hoy tú nos has dado fuerzas. Muchas gracias, de corazón.

El hombre mantenía sus manos cruzadas sobre el pecho y no cesaba de hacer gestos con la cabeza en señal de respeto.

—Ya has hecho mucho por nosotros. Y no se cómo decir esto, pero me gustaría contar con tu fuerza para recuperar lo que es nuestro. Si en algún momento deseas ayudarnos un poco más, ven a verme y te contaré más al respecto —sonrío y llevó una mano a su nuca—. No se ni como tengo la cara de pedirte esto.

EL anciano se agachó para terminar de levantar su puesto y continuar con su día a día habitual. Y así fue surgiendo en todo el mercado. El primero fue el viento, que comenzó a zarandear las cañas de nuevo. Más tarde, los vendedores retomaron sus ofertas a cualquiera que pasaba por delante de su puesto. Incluso el aire volvió a traer el sonido de la samba que tanto caracterizaba aquella isla. Esa samba que te arrastra. Una melodía que no permite que nadie se quede parado. Porque por muchas barreras que uno ponga, la música siempre encuentra una manera de llegar a nuestro corazón.



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Emme's Codes

#8
Bajé un poco la mirada, sintiendo aún el eco del golpe recorrerme el brazo, s verdad, no medí mi fuerza. Como Kuja, mi cuerpo no posee la fragilidad de una mujer común, y con un solo latigazo apagué la vida de uno de los enemigos del pueblo. No hubo tiempo para dudas, ni para corregir el movimiento solo ocurrió. Mis dedos se tensan alrededor del mango del látigo mientras exhalo despacio. Lo más probable es que esto se convierta en un problema a largo plazo. Al fin y al cabo, no pertenezco a este lugar. Soy solo una forastera, una mujer llegada del mar, en una isla que no es mía.
 
Aun así, no me arrepiento. Si debía elegir entre contener mi fuerza o proteger a quienes estaban detrás de mí, mi cuerpo decidió antes que mi mente. Quizá ese sea el peso que debo cargar por ser Kuja y por haber salido al mundo sin conocer aún todas sus consecuencias.
 
Mis ojos recorren a los campesinos uno por uno, sin detenerse demasiado en ninguno, puedo sentirlo, sus miradas pesan más que cualquier herida, cada uno tiene su propia opinión de mí, escuché como alguien, allá atrás, me llamó salvaje en voz baja, como si esa palabra pudiera herirme. Otro, en cambio, no ocultó su alivio al ver que acabé con el marine que los tenía a todos viviendo en zozobra constante, eran dos juicios distintos y yo estaba justo en medio.
 
Si hay algo que sé con certeza es esto, como revolucionaria no podía darme el lujo de mirar hacia otro lado. No podía permitir que la Marina siguiera viniendo a esta isla a arrancarle los pocos ingresos que estas personas logran reunir con tanto esfuerzo, eso eso no es justicia. Aunque, siendo honesta y siempre lo soy, mi asco por ese marine mink era aún mayor. Su arrogancia, su abuso, su sonrisa confiada, sus asquerosas garras, una cosa llevó a la otra, y cuando quise pensarlo ya había actuado. Tal vez me vean como una amenaza o tal vez como una salvadora, pero yo solo sé que no podía quedarme quieta no después de haber elegido este camino.
 
—No he hecho nada por nadie, abuelo, lo hizo la Revolución y eso todo el mundo lo sabe. — Lo digo con suavidad, casi con una sonrisa tranquila, porque en el fondo es verdad. Yo solo fui el brazo, la causa es mucho más grande que yo. Tiene todo el sentido del mundo dejar que el nombre de la Revolución eche raíces aquí, entre esta gente. Quién sabe, quizá de este mismo pueblo nazca algún día el próximo soldado capaz de salvar su hogar por sí mismo.
 
Inclino un poco la cabeza en señal de respeto antes de darme la vuelta. —Ya volveré más adelante, abuelo. No se preocupe. — Empiezo a alejarme con paso firme, el látigo rozando mi costado, mientras el viento juega con mi cabello. Sé que probablemente tendrán unos días de paz, hasta que se den cuenta de que Raposo no volvió a entregar el dinero y cuando eso ocurra, cuando la calma se quiebre otra vez, entonces será el momento de regresar.

Mientras avanzo por el sendero de tierra, siento las miradas clavadas en mi espalda, algunas llenas de gratitud, otras cargadas de temor. No me detengo. Aprendí hace tiempo que quedarse demasiado en un lugar solo hace que las expectativas crezcan y yo no vine a que me veneren. Vine a sembrar algo más fuerte que el miedo.

El mar aparece de nuevo frente a mí, amplio y paciente, como si supiera que tarde o temprano volveré a cruzarlo. Me llevo una mano al muslo izquierdo, donde la vieja herida palpita levemente, recordándome que cada decisión tiene un precio. Sonrío aun así. Si este mundo es cruel, entonces aprenderá a conocer la fuerza de quienes no agachan la cabeza. Y si debo volver aquí con el látigo en alto, lo haré sin dudar.

Soy un Botón
#9
✓
Aventura T1: Completada
RECOMPENSAS:

— Recompensas Narrador (Varo Ganchín)

 

— Berries:15.000

— Puntos Mugiwara: 6

— Puntos de Rol: 10


— Recompensas Participante (Trixxie)

 

— Berries:10.000

— Puntos Mugiwara: 5

— Reputación: 10

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