[Aventura T2][Presente absoluto] (+18) Romper un engranaje estropea la máquina
#1
19 de Invierno del año 16 

El repiqueteo de las gotas de agua de un grifo mal ajustado marcan los segundos eternos de una condena injusta. La celda está prácticamente vacía. A la derecha, unos listones de madera que intentan ser una cama sin mucho éxito, con una sábana sucia por encima. A la izquierda, un lavabo que da pena verlo, con oxidación, olor a alcantarilla y un agujero en el suelo donde se supone que uno puede hacer sus necesidades. No hay nada más. Ni un libro, ni unas mancuernas para hacer ejercicio... Nada. Lo único que ilumina la estancia es la luz de vela que se filtra por los barrotes de metal, pues en esa mazmorra no llega la luz del Sol. No hay ruido, pues nadie más comparte su situación. El único sonido que escucha es el del celador para entregar el desayuno cada mañana. Estas condiciones inhumanas vuelven loco a cualquiera. Pero Marlin... Tensui Marlin no es un cualquiera. Este poderoso gyojin ya se las ha visto en su vida en situaciones peores. Se ha acostumbrado a las cadenas y entiende que no solo hay que fortalecer el músculo, sino la mente. Esta situación es un entrenamiento de fortaleza mental más para él, un recordatorio de que tan cruel e injusto puede ser el mundo. Su mente analítica ya ha trazado mil planes de fuga, pero espera el momento. Y la paciencia es una virtud.

Es tarde. Sabes que han pasado horas desde la última visita, donde te han traído un plato de gachas apestosas y un vaso de agua estancada. No esperas a nadie hasta mañana, pero eso tienen las sorpresas, que no las ves venir. Se escucha el sonido de la cerradura de la mazmorra abriéndose y el chirrido agudo de las bisagras de la pesada puerta mientras se retuercen. -Pienso entrar solo, así que retírate.- ordena una voz rítmica aunque imperativa. -Señor... Sabe que esto está mal...- recibe una réplica temerosa. Conoces esta última voz, pues te despierta cada mañana de malas maneras. Lo último en escucharse es un disparo, que viene precedido de un silencio. Tan solo una broma es capaz de cortar la tensión. -Ale, así no me vuelves a rechistar.-
Los pasos se sienten pesados mientras se acercan a tu celda. Los miedos se mezclan con tus sentidos analíticos y empiezan a jugarte malas pasadas. ¿Quién puede ser?¿Qué clase de tipo es capaz de colarse y matar a un guardia sin pestañear? ¿Pero a quién llamarías señor? Un sinfín de preguntas vuelan por tu mente mientras el eco de las pisadas es cada vez más fuerte. Y cuando quieres dar con una respuesta, ya es demasiado tarde, la tienes en frente.
Un hombre, un humano para ser preciso. Los colores de su ropa lo delatan, ese azul y blanco tan característicos con el escudito de la gaviota. Es un Marine. Su capa y hombreras delatan su alto rango, no estás frente a un soldado raso. En apariencia un hombre de color, con una nariz enorme y una sonrisa de oreja a oreja. Lleva unas rastas negras muy trabajadas como seña de identidad. Aunque lo que más destaca es su vista. Unas gafas negras ocultan de forma pésima unos ojos completamente blancos, sin pupilas. Es como si algo le hubiera quemado las retinas en algún momento de su vida. No tardas en deducir que es ciego, sin embargo, se frena exactamente en la puerta de tu celda. Es corpulento. No tanto como tú, pero se le nota un cuerpo preparado para la lucha. Carga con un pequeño saco, dos pistolas en el cinto y... Spien a la espalda. -Bom dia, pequeño rape.- te saluda con burla mientras deja caer el saco, que al chocar contra el suelo, suena metálico. -Veo que estás un poco "entendiado".- su tono de voz parece guardar cierto ritmo al hablar. Uno autóctono de la zona.
Marine singular

Te observa. Espera tu respuesta tanto verbal como física. Sabe que tiene la sartén por el mango, pero le resulta interesante comprobar que haces o dices. Pasados unos segundos, recupera el ritmo de la conversación. -Look at my, Tensui Marlin...- sabe tu nombre. -He estudiado tu caso y es una "vergonha". Si algo he aprendido en este time, es que la justicia no siempre se aplica de forma correcta.- empieza a remover en un bolsillo de su traje hasta sacar una llave de metal chiquitita. -Te vengo a proponer "um acordo"- sonríe.
Cuando valora tus acciones, decide continuar. -Okay, quieras o no, aquí te digo lo que pasa, check It out.- inicia la negociación con un gesto ridículo, apuntando con los dedos como si acabara de lanzar unas rimas. -You don't know who I am. Pero yo sí que te conozco bien. Y tenemos algo en común, "queremos justiça".- se quita las gafas, mostrando la ya evidente discapacidad que tiene. Sin ellas, incluso se pueden ver cicatrices de quemaduras alrededor de sus párpados. -Maybe cada uno tiene sus métodos, pero "justiça" a fin de cuentas.- entonces, tras esta sentencia, la conversación se vuelve seria de golpe. Toda la broma desaparece del rostro y te mira fijamente, con esos ojos blancos que atraviesan tu alma. En un acto de confesión, te lo suelta todo. -Hay un "homem" en mitad de la selva Anozama. Está fugado y el estado no me permite ir allí y lanzar un ataque masivo por los posibles daños al medio ambiente. And you ask me: ¿Y a mí que me importa? And I answer you: Este tipo trafica directamente con el mercado negro a menores y esclavos llegados de todas las partes del mundo.- a pesar de la crudeza de sus palabras, le es imposible eliminar el ritmo en cada frase, aún así sabe que ahí ha tocado fibra sensible contigo. -Sé de tu historial, y si por alguien has de empezar a tirar del hilo de la venganza, es con este "desavergonhado sem moral".- se pausa unos segundos. La sonrisa vuelve a su rostro, pero esta vez con determinación y desafío, aunque amistoso. -Dime, Tensui...- se atreve a volver a mencionarte como si te conociera de toda la vida. -¿Te atreves a ser la ley donde la justicia convencional no llega?- te cuestiona.

Sí, en efecto, un marine te está pidiendo que cometas un delito y a liberarte en el proceso. Algunos pensarán que es un loco. Otros un héroe en silencio en una organización ineficiente. Cada uno tiene su punto de vista. Ahora la decisión es tuya. Puedes negarte a sus propuestas. Puedes negociar. Puedes acceder y cumplir con el trato, pues te interesa vengar a tus difuntos y atacar a aquellos que siguen causando el dolor que tanto te ha marcado. O puedes engañar al marine y fugarte tan rápido como puedas sin cumplir tu parte del trato. ¿Pactarás con el diablo para derrotar a un enemigo común o te las vas a ingeniar para salir beneficiado de está?

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#2
Sería una mentira barata decir que perdí la noción del tiempo aquí dentro. No, yo sé exactamente cuántos días, horas, minutos y malditos segundos llevo encerrado en este hueco que llaman celda. Lo cuento todo, es la única forma de no olvidar quién soy mientras intento no sofocarme con este olor a óxido, humedad y estupidez humana y claro que podría salir cuando quisiera. Mis manos, mis piernas, mi propio cuerpo son más que suficientes para romper estas paredes raídas, pero no lo hago. No por ellos, sino por mí, porque si me escapo sin juicio, entonces les regalo la satisfacción de creer que tenían razón y no pienso concederle nada a esta guardia mediocre.

Algunos le dirían a este sitio ¨infierno¨. Yo simplemente lo llamo por lo que es, un intento torpe de matar a un hombre antes siquiera de escucharlo, pero entre todas las cosas que esta isla pretende saber sobre mí, hay una sola verdad que llevo clavada en los huesos, aunque a estos idiotas de Samba les cueste entenderlo, soy inocente, por no decir que soy una víctima del mal al que la marina y los reinos llaman Gobierno mundial. 

Me encontraba sentado en el suelo helado de esta celda miserable, con la espalda apoyada en una pared que se sentía igual de muerta que el ambiente. Tenía las manos posadas sobre los barrotes, ese hierro frío y oxidado que parecía querer contagiarme su podredumbre. Hacía horas que habían dejado la miseria que llaman comida, un cuenco de gachas que olían a trapo viejo y un vaso de agua que probablemente llevaba más días estancada que yo aquí dentro. Ni me digné a mirarlos, prefería aguantar el hambre antes que permitir que algo tan repugnante entrara a mi cuerpo. Normalmente, después de esa porquería, el celador idiota, el mismo que lleva días trayéndome la comida como si estuviera alimentando a un perro callejero, venía a reírse de mí, a recordarme que soy ¨el único prisionero de este maldito lugar¨, como si fuera un chiste del que él estuviese orgulloso, pero hoy ya ni eso me importaba. Si venía, bien, si no, mejor y entonces la escuché.

No era su voz. No era la del imbécil de siempre, era otra, más firme, más segura, demasiado limpia para pertenecer a alguien de aquí. Escuché cómo hablaba con el celador, ambos lo bastante lejos como para que no pudiera verlos, pero no tan lejos como para que mis oídos no captaran cada palabra que decían, entonces alcé lentamente la vista hacia el pasillo oscuro, sintiendo cómo el aire cambiaba, algo o alguien nuevo había llegado y eso, en un sitio donde nada cambia, significa problemas o una oportunidad.

La charla entre esos dos apenas duró un par de minutos, pero suficiente para despertarme cierta intriga. No alcanzaba a distinguir todas las palabras, pero el tono, oh ese tono sí lo capté, tenso, incómodo, como cuando alguien está a punto de hacer una estupidez demasiado grande para echarse atrás y entonces ocurrió, un disparo, seco, lejano, pero tan claro que me atravesó el pecho como si hubiera sido dirigido a mí. El sonido rebotó en las paredes de piedra y me encogí de inmediato, apretando los dientes. No fue aquí, no fue para mí, pero eso no impidió que mi cuerpo reaccionara como si el infierno entero se hubiera abierto bajo mis pies.

No pensé en el celador, ni en si el otro tipo lo había matado, eso me daba igual, lo que me hundió fue la memoria, ese disparo, ese maldito, único disparo que selló la muerte de mi pequeña, el mismo que se llevó su risa, su voz, su vida y que todavía, tantos meses después, sigue sonando en mi cabeza como si no hubiera pasado un solo día, sentí el estómago revolverse y la vista nublarse en mi por un instante. Mi corazón golpeaba contra mis costillas como queriendo escapar, pero me obligué a mantenerme de pie, a respirar hondo, a no caer de rodillas como un desgraciado incapaz de enfrentar un simple sonido.

La impotencia me quemó por dentro, un gyojin como yo, con mi fuerza, con mi tamaño, con todo lo que he sobrevivido ¿Y aún así un disparo basta para desarmarme por dentro? Apreté los barrotes hasta que mis nudillos se pusieron blancos y es que soy fuerte, lo sé, pero ese sonido, ese maldito sonido siempre encontrará la forma de recordarme que no fui lo suficientemente fuerte cuando importaba. Los pasos que resonaban en el pasillo no eran los de un guardia común, eran firmes, pesados, casi calculados y cada uno me apretaba el pecho un poco más, no porque temiera por mi vida, eso hace mucho que dejó de importarme, sino porque por un instante pensé que quizá y solo quizá era uno de ellos, los mismos bastardos que me habían secuestrado, los mismos que dispararon, los mismos que me arrebataron a mi hija.

Mi mente corrió más rápido que mis propios latidos, preparándose para hundirse bajo tierra y destrozar a cualquiera que intentara siquiera acercarse, pero algo no encajaba en ese cuadro, el celador lo llamó señor. ¿“Señor”? ¿A un cazador de niños? ¿A un criminal? No tenía ningún sentido, pero cuando la figura finalmente apareció frente a la celda, todo ese revoltijo de miedo, sospecha y furia simplemente se disipó. No porque se calmara, sino porque se transformó en otra cosa.

Era un humano, ropajes azules y blancos, una capa demasiado limpia para este basurero y un porte que ningún rufián ni mercenario podría imitar, un marine y no un soldado raso, sino alguien con rango, con presencia, con autoridad suficiente para que incluso ese celador idiota se cuadrara como si le hubieran metido un palo en la espalda. ¿Pero qué rayos hacía un marine aquí? ¿En esta celda? ¿En esta ciudad donde nadie mete mano en nada que realmente importa?

Cuando me saludó con aquella voz tranquila, educada, casi amable, fue peor. La cortesía siempre me ha sabido a veneno cuando viene de gente uniformada, lo miré directo a los ojos, aunque no podia verlos, tenia unos lentes tan negros como el mismo abismo, aún apoyado en los barrotes, con la mandíbula tensa y la respiración forzada por el recuerdo del disparo que aún vibraba en mis huesos. —¿Vienes a burlarte, marino? —escupí con un tono seco y frío, porque si algo tengo claro es que si alguien se acerca a un hombre injustamente encerrado, no es por amabilidad, nunca.

La voz del marine siguió fluyendo como si mis palabras hubieran sido humo, como si el veneno que le lancé no tuviera peso alguno. Esa tranquilidad, esa compostura nunca me ha gustado la gente que puede sostener una mirada o siquiera una presencia sin inmutarse, pero lo que realmente me descolocó fue ver Spien, mi estoque, mi única pieza de familia que aún me queda, colgando de su espalda como si fuera un simple recuerdo recogido del suelo.


Se me tensó la mandíbula. Se me crispó la piel, mis dedos se apretaron contra los hierros, la sensación fría del metal casi crujió bajo mi agarre y ahí estaba él, hablando de justicia, ellos siempre hablan de justicia, una justicia que nunca llega a quienes realmente la necesitan, una justicia que no salvó a mi hija, una justicia que dejó libre a sus asesinos y al principio pensé en rechazarlo. Mandarlo al diablo, a la Marina entera y su sentido de moral acomodada, no quería ser parte de ninguna operación suya, ningún favor militar ni ninguna misión que me pusiera bajo su sombra.

Pero entonces lo escuché decir, cazadores de personas, en esta isla, cerca de mí, demasiado cerca y allí fue cuando algo dentro de mí se quebró y se volvió filo, me incliné un poco hacia adelante, mis manos rugieron contra los barrotes y casi los arranco de la pared, no por fuerza, sino por rabia, por la clase de rabia que sólo nace cuando uno se entera de que el mismo dolor de su pasado podría estar repitiéndose frente a sus ojos. —¿Conque hay cazadores de personas aquí? —murmuré, y cada palabra salió como si estuviera triturando vidrio con los dientes, quizá uno de esos malnacidos, quizá uno de ellos, quizá el que apretó el gatillo aquella noche, mi respiración se volvió pesada.

—Voy a ayudarte —dije finalmente, no como un gesto de buena voluntad, sino como una sentencia —pero tengo una condición. — Lo miré fijamente, no sé por qué lo hice si sabía que no podía verme, pero igual lo miré, porque algo en él, algo me decía que no necesitaba ojos para leerme, que podía sentir la intención, la tierra, la vibración, mi ira, todo. —Necesito que encuentres la manera de hacerme entrar a la mansión del conde Voldimore. — Ahí estaba mi precio, mi único precio, no quería dinero, no quería un favor, no quería un perdón de la Marina, solo quería entrar ahí, aunque fuera lo último que hiciera.

—No intentes engañarme, marino —le advertí, con una calma que me costó horrores sostener —Si quieres un trato justo, lo tendremos. Cada quien cumple su parte. ¿Qué dices? — Extendí mi mano hacia adelante, mis nudillos chocaron levemente contra los barrotes, un sonido metálico, corto, seco, que sabía que su oído entrenado captaría con claridad y allí me quedé, mi mano firme, tensa, esperando, no como un gesto de amistad, sino como un pacto, uno de esos pactos marcado por la rabia, por la necesidad y por la justicia que ambos parecíamos buscar, por razones muy distintas.

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#3
La situación es incómoda para todos. Nadie quiere verse en un escenario tan funesto con el bando enemigo. Ningún soldado busca favor del criminal y el criminal no le quiere deber nada al soldado. Pero la vida es cruel e injusta, y a veces hay que negociar una tregua para conseguir objetivos comunes.
La determinación de Tensui es firme durante la conversación. No se deja intimidar por nada e intenta sacar provecho del trato. Este carácter desafiante le gusta a DaSilva. -¿Incluso en estas circunstancias te ves en el derecho de pedirme algo a cambio?- pregunta de forma retórica con una sonrisa. Él mismo se responde. -Hay que tener... Agallas. ¡YaHajHaJHaJhaHaj...!- se ríe de su propio chascarrillo. Sin embargo, una afonía en la voz no le deja mantenerla por mucho rato y se interrumpe a si mismo con una tos ronca. Demasiadas experiencias bélicas para un cuerpo que no se recupera bien. 
Alza entonces la mirada y te observa con los ojos muertos. Es curioso como sin la capacidad de ver, es capaz de saber donde mirarte y como moverse por el entorno como si no hubiera perdido la vista. -Bien, vamos a hacerlo así...- acepta tu demanda. Lentamente, se retira la espada y la deja el el suelo, al lado de la bolsa. Luego te lanza el manojo de llaves al pecho, esperando que mi cojas al vuelo. -Me vas a dar media hora para que me vaya antes de que te des a la fuga. Así no nos relacionarán.- te ordena. Su voz ha dejado el humor a un lado. La cosa es sería de ahora en adelante. Se da la vuelta y empieza a marcharse con paso lento y pesado. En su retirada, te grita desde la distancia. -Frecuento el club nocturno más grande de la ciudad cada noche. Trae una prueba de muerte de ese mamón que se esconde en Anozama y yo te daré lo que buscas...- 

Y tal como llegó... Desaparece.

Selva Anozama, cuatro horas después 

Anozama es un paraíso natural en todo su esplendor. La vegetación reina con fuerza allá donde mires, con inmensos árboles de raíces fuertes y flores gigantes de colores estridentes. La fauna queda relegada a un segundo lugar, con pequeños roedores que se esconden en agujeros bajo tierra o aves diminutas que vuelan entre las ramas de las palmeras intentando pasar desapercibidas sin éxito, pues el eco de su cantar delata la posición para aquel que las busca.
Vas preparado para esta misión, pues en la bolsa que el marine dejó caer, no solo estaban todas tus pertenencias, sino que una foto del traficante y un mapa cartográfico para localizar su base. No hay pérdida. Tan solo las inclemencias de un clima húmedo y algún que otro mosquito con muy mala leche.

La caminata se te hace larga, pero refugiado en tus pensamientos, sacas las fuerzas necesarias para llegar sin dificultades. Ahí la tienes, la guarida del enemigo. Una construcción lujosa sobre una sima rocosa. Gracias a este desnivel de terreno consiguen ocultarse mejor de la vista del ojo ajeno y protegen la retirada a través de cuevas o túneles excavados en la piedra. El tipo que se ha montado este chiringuito, no ha sido tonto en absoluto. 
Frente a la parcela, hay un puñado de hombres armados con rifles, asegurando el perímetro de curiosos. Suerte que te escondes entre matorrales. Sin embargo, entre ellos y tú hay un claro de unos 10 metros, donde te expones al peligro. A tu izquierda, la derecha de la casa, hay un contenedor metálico opaco. Tiene la pintura sucia y el acero de las esquinas comienza a oxidarse, como si hubiera sufrido varias travesías por mar abierto. Es una forma de flanquear a los enemigos, aunque si por algo destacan estos containers es por ser ruidosos al mínimo contacto. Subiendo un poco la mirada puedes llegar a ver el segundo piso de la construcción. En él hay una gran vidriera que transparenta la silueta de hombre teniendo relaciones con otra persona. También hay una gran mancha negra al fondo, aunque no la consigues distinguir desde aquí.
Base enemiga

Todas las cartas están sobre la mesa. Es tu momento de actuar. ¿Cómo vas a conseguir infiltrarte en territorio hostil? ¿Encontrarás un método silencioso para eliminar al objetivo? ¿O tú poder bruto es suficiente para arrasar con todo? Que comience el espectáculo.

En efecto, cajita feliz
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#4
—Como lo veo yo—exhalé despacio, dejando que cada palabra saliera cargada de la seguridad que solo da la verdad — sin mí no puedes completar tu cometido. — Levanté la barbilla apenas, no en desafío, sino en absoluta certeza, mis dedos golpearon suavemente el metal, un sonido hueco, sin burla, solo con seguridad. —A diferencia de mí, que sin ti puedo salir de aquí cuando me dé la gana. — No hubo arrogancia, solo hechos, solo la simple constatación de que estos barrotes jamás han sido un obstáculo real para un hombre que nada por la tierra como si fuera agua, entonces lo miré desde mi sombra, respirando hondo. Porque, aunque podía marcharme a mi estilo y hundirme en el suelo, desaparecer sin rastro, dejar esta jaula y esta isla atrás, hacerlo así sería desperdiciar la oportunidad que él representaba.
 
—Pero hacerlo a través de ti —continué, con mi voz grave, tranquila y firme— sería mejor— no por él, tampoco por la Marina y mucho menos por ningún ideal barato, sino porque tendría la cooperación de alguien a quien no le importa el “qué dirán”, alguien que está dispuesto a ensuciarse las manos con tal de llegar al fondo de este asunto y ahí estaba la verdad desnuda, yo no necesitaba al marine para escapar, pero sí podía ayudarlo y luego usarlo para algo más grande, para algo que realmente importaba.
 
Me tomó por sorpresa lo fácil que aceptó el trato. No dudó, no cuestionó, no intentó endulzar la propuesta ni disfrazarla con palabras bonitas; simplemente la tomó como si fuera un veredicto. Escuché lo que dijo después, claro que lo hice, pero no respondí, ya habíamos hablado suficiente, al final de cuentas, el acuerdo estaba hecho y cualquier cosa adicional habría sido pura pérdida de tiempo.
 
Yo cumpliría con el trabajo sucio que él necesitaba, y a cambio él abriría para mí las puertas de la mansión del conde Voldimore, ese nido de secretos donde, con suerte, encontraría las respuestas que buscaba. Para mí, eso bastaba. Él conseguía a su muerto, y yo un acceso que de otra forma sería imposible, un trato limpio, directo. Un ganar–ganar y si todo salía como esperaba, quizá también sería un paso más hacia la justicia que yo mismo llevaba años persiguiendo.
 
Esperé unos treinta minutos después de que él se marchara, sentado en aquella celda como si todavía fuera preso, con mi estoque ya enfundando en su sitio, y mi sartén bien amarrado en mi espalda, tomé de aquel saco unos binoculares y algo interesante que me parecía suficientemente interesante como para llevar al menos dos, dos granadas de humo, no harían daño, ni mucho ruido, pero el humo siempre es un buen distractor cuando uno llega por tierra, solo para asegurarme de que ningún idiota de la guardia intentara jugar al héroe de último momento. Cuando por fin decidí moverme, no escapé nadando bajo tierra como suelo hacer. No. Salí caminando por la puerta abierta, con paso firme, tranquilo, con esa sensación rara de quien acaba de ser liberado, no para “rehacer su vida” ni para “buscar un camino distinto”, sino para hacer exactamente lo que sabe hacer, enfrentar de frente al desgraciado que tiene que caer.
 
Caminé como si el mundo entero me perteneciera, como si cada adoquín bajo mis pies estuviera ahí para sostener mi voluntad. Aunque la verdad era mucho más simple y cruda, no iba en busca de gloria, ni de venganza todavía, solo de un malnacido, un incompetente que quizás, solo quizás, tuvo algo que ver con aquello que destruyó mi vida y si resulta que no fue él, bueno, igual le estaría quitando de encima a otro parásito al mundo.
 
Al llegar, me oculté entre unos matorrales lo bastante densos como para tragarme entero. Saqué los binoculares que había tomado del saco en la celda, uno de los pocos artefactos que tomé de la bolsa que me dio el marino y observé con calma cada ventana, cada sombra, cada movimiento. Conté diez guardias en total, si, diez. Bien armados, disciplinados o eso creerían ellos, para mí no eran más que obstáculos respirando, nada que realmente pudiera detenerme.
 
Mientras los vigilaba, tracé el plan en mi cabeza con la precisión de quien ya ha hecho cosas peores. Cuando uno de los guardias dio la espalda, aproveché el instante y lancé con fuerza una de las granadas de humo hacia el túnel cercano, la más próxima entrada al sistema subterráneo. El artefacto rodó un par de vueltas y, al activarse, empezó a escupir una cantidad absurda de humo, como si de pronto una nube entera hubiera decidido nacer ahí mismo, funcionó al instante, todos los guardias corrieron hacia la bocanada espesa, empujándose entre ellos, intentando averiguar qué clase de desgracia estaba ocurriendo. En segundos, se amontonaron en la entrada del túnel, justo donde yo quería que estuvieran. Eran diez hombres, bien armados y completamente ciegos, ahora era mi momento.
 
Me deslicé bajo la tierra con la misma calma con la que un depredador deja de respirar antes de atacar. El suelo me recibió como si todavía fuera agua, y avancé entre las rocas sin prisa, sin dudas, sin permitir que ningún pensamiento, ni siquiera los viejos, estorbara la única conclusión aceptable, esos hombres estaban muertos desde el momento en que decidieron ver el humo, cuando emergí detrás de ellos, desenvainé mi estoque con la precisión que da una vida entera de trabajar con las manos y matar sólo cuando es necesario. Una sola estocada para cada uno; directa al corazón, limpia, silenciosa. No hubo gritos, no hubo súplicas. Lo último que escucharon fue el latido que les quedaba.
 
Sus cuerpos cayeron juntos, como si la tierra los reclamara antes de que pudieran manchar más el aire. Desde la ventana opaca del segundo nivel, aquel bastardo seguía entregado a sus placeres, ajeno al hecho de que sus guardias ya no custodiaban nada. Así es la gente de la superficie, viven con la certeza de que otros morirán por ellos, hasta que descubren que ya no queda nadie a quien pedirle que reciba la bala.
 
Me sacudí el polvo de la ropa al salir del túnel y avancé entre los cuerpos todavía tibios, dejando que el silencio pesado me envolviera como una manta hecha de ira contenida. El olor a humedad y sangre fresca se mezclaba con el dulzón perfume del campo de cañas cercano, que se extendía a lo lejos como un mar verde mecido por el viento. Trepé por el borde del agujero y me senté sobre la tierra blanda, permitiéndome por primera vez respirar sin el zumbido de la adrenalina en los oídos.
 
Entonces volví a nadar, si, en tierra, nade y luego me sumergí para bucear hasta donde según yo estaba la casa y emergí en la sala de estar, en el primer piso, buscando las escaleras concretas que me llevarían al segundo piso.

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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 866 + 0 = 866
Energia: 769 - 200 = 569
Espiritu: 120 + 0 = 120
#5
Todos los tratos y condiciones están cerrados. Tan solo queda que cada uno cumpla con su parte. Tensui confía en que DaSilva vaya a ser honesto y le entregue esa vía de acceso a la mansión del conde Voldimore. De su propia palabra ya se encarga él, consciente de que no hay objetivo que se le escape ni obstáculo que lo detenga.
No tardas en encontrar la base enemiga gracias a la información que has obtenido por parte de tu benefactor. Y no solo eso, sino que también te ha obsequiado con dos granadas de humo y unos binoculares. El equipo perfecto para una misión de entrar, ejecutar y salir. Lo que no esperas es este recibimiento tan especial. Un grupo entero de asalto custodiando el perímetro. Típico de los traficantes cobardes, escondiéndose tras un montón de matones en vez de dar la cara.
La idea de flanquear al enemigo se te pasa por la cabeza, pero tú no eres una rata, eres un tiburón. Planteas una estrategia perfectamente calculada. Gracias a tu inventario, consigues convertir tu punto más débil, el terreno plano, en un mar de muerte. La granada de humo estalla cegando a todos los presentes, que se empiezan a llamar unos a otros completamente aterrados. Tan solo el frío sabor de la muerte es capaz de apagar su agonía. Nadie puede saber donde estás. Te buscan, pero no te encuentran. No sé esperan que su verdugo se oculta bajo sus pies.
Mientras tanto, en la planta alta del edificio

Uno por uno, todos los enemigos van cayendo. Spien perfora sin dificultad carne y órganos con la precisión de un cirujano, sentenciando una vida dedicada al crimen con la pena máxima.
El humo empieza a disiparse y tan solo queda eliminar a tu objetivo, que disfruta de sus últimos minutos de placer. Tienes sumergirte una vez más y entrar sigilosamente, pero algo se adelanta a tus acciones. Uno de los tuyos cruza la puerta y da contigo de frente. Es un enorme gyojin tiburón. Su cuerpo asusta al pánico, pero su cara dibuja un rostro incómodo e inconforme. Su postura no es violenta, al contrario. Va con los brazos al frente y las manos abiertas, como si te pidiera tiempo. Intenta hablar contigo. -Hermano... Porfavor... Escúchame...- te implora. Su voz y forma de hablar es agotadora, pero se nota la virtud de la sinceridad. -Si matas a... Este hombre... Mi hija... Secuestrada... Morirá...- se mantiene al margen de la puerta, impidiendo que pases de forma convencional y resolviendo de forma pacífic
a el conflicto. -No quiero... Hacer daño... A un hermano del mar...- dice colocando su mano en el pecho, sentido. -Vete... Porfavor...-

Nada puede frenar a un padre vengador, de la misma forma que nada ni nadie le va a devolver a su hija. Pero... ¿Y la hija de los demás? ¿La espada podrá sentenciar a aquellos que sufren condiciones similares? La muerte de un proxeneta peligroso y la entrada a la mansión Voldimore a cambio de eliminar a un inocente y a su hija esclava. ¿Merece la pena? La decisión es tuya.

En efecto, cajita feliz
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#6
Nadé unos metros más, dejando que el terreno húmedo guiara mi avance. A estas alturas, moverme por la tierra como si fuese agua ya no me resultaba extraño; mi Akuma no Mi me había convertido en algo que ni los de arriba ni los de abajo terminaban de entender, pero para mí era simple: sentir vibrar el mundo y avanzar a través de él. Esa vibración, justamente, fue la que me detuvo.

Alguien interrumpió mi nado y entonces salí a la superficie con un impulso seco, dejando que la humedad resbalara de mis brazos mientras mis ojos se acostumbraban a la luz. Frente a mí, plantado como si la miseria misma le hubiese aplastado el lomo, había un gyojin tiburón, grande, hecho para el combate, pero con la mirada rota, como si la vida le hubiera mordido más veces de las que él alcanzó a devolver. Me quedé quieto, midiendo su respiración, su postura, esa mezcla de miedo y súplica que nunca debería verse en un hermano del mar. Algo en él hizo que mis manos dejaran de tensarse, no me había detenido el camino, me había detenido él y por la expresión que llevaba encima, tenía un motivo de peso. 

Su postura no era violenta, nada que ver. De hecho, lo primero que noté fue lo contrario, los brazos extendidos al frente, las manos abiertas, los dedos temblando apenas. Esa no era una posición de pelea, era una petición, tiempo, aire o incluso una última oportunidad para no romperse por completo y cuando habló, maldita sea, cuando habló lo hizo como alguien que ya había gastado toda su fuerza mucho antes de mi llegada hasta aquí. 

Su voz, maldita sea, su voz estaba hecha pedazos, era el sonido de un gyojin que había peleado contra todo lo que tenía y aun así había perdido más de lo que podía cargar, sentí el pecho tensarse un segundo, casi imperceptible, pero suficiente para saber que lo que viniera después no sería mentira. Había demasiado cansancio en sus palabras, demasiada verdad en la forma en que me miraba, como si yo fuera la última muralla antes del desastre y aunque no quería admitirlo, algo dentro de mí se preparó para escuchar, porque un hermano del mar pidiendo así, no lo hace por cualquier cosa.

Cuando dijo que si yo mataba al proxeneta, su hija secuestrada moriría, algo dentro de mí se quebró. No fue un gran estruendo, no fue un derrumbe lento, fue un chasquido, breve, preciso, letal, en el instante en que sus palabras tocaron mis oídos, mis recuerdos me golpearon con una fuerza que ningún espadazo, bala o dentellada habría podido igualar. La imagen de mi hija apareció tan vívida que sentí el mundo hacerse más pesado alrededor, sus risas mientras corría por la costa, la forma en que se aferraba a mi brazo cuando tenía miedo, los almuerzos torpes que compartíamos, los trabajos escolares donde hacía más dibujos que letras, incluso sus pequeñas jugarretas, esas que me sacaban de quicio pero que ahora daría todo por volver a ver.

Todo eso pasó por mí en un segundo y me destrozó, sin avisar, sin compasión, fue un dolor seco, profundo, el tipo de dolor que no se llora ni se grita, el que simplemente te parte por dentro y te deja respirando como si el aire de repente se hubiese vuelto demasiado pesado para un solo pecho, porque entendí, con la claridad cruel de un arpón entrando al hueso, que ese gyojin estaba viviendo un infierno que yo ya conocía demasiado bien y ese infierno, es el único del que no se vuelve igual. Mi pecho empezó a apretarse de una forma que no recordaba desde hacía semanas. Era un dolor hueco, como si alguien me exprimiera el corazón desde dentro, el aire se me volvió escaso, hiperventilé sin darme cuenta. No podía, ni iba a permitir que un hermano gyojin cargara con el mismo infierno que me arrancó a mi hija y tampoco iba a cargar con la muerte de una niña, no otra vez, no más niños.

Perdí a mi propia hija, y vivir sabiendo que, por mis decisiones, otra pequeña, encima una gyojin, moriría dejándole a su padre el mismo vacío que me consume era algo que yo no podría perdonarme ni en mil vidas. Mis piernas cedieron y caí de rodillas, no me importó la postura, lo único que sentía era ese dolor antiguo, ese que no sana. —Hermano —logré decir, con la voz hecha pedazos, las palabras se me atoraban en la garganta como si fueran espinas. —Sé perfectamente lo que estás viviendo — Y cuando lo dije, las lágrimas simplemente salieron, no quise, no debía, pero no pude contenerlas. Era la misma sensación que me hundía cuando era un esclavo, ese peso frío, sofocante, que te recuerda que el mundo puede romperte sin tocarte. No lloraba por debilidad, lloraba porque entendí su dolor y porque reconocerlo me abrió de nuevo la cicatriz más profunda que tengo.

Dogeza


De rodillas, el cuerpo me cedió solo. Me incliné hasta tocar el suelo con ambas manos, hundiendo los dedos en la tierra como si necesitara aferrarme a algo para no quebrarme por completo, era una postura de dogeza, sí, pero no por vergüenza, era una súplica nacida desde un vacío que conozco demasiado bien. —Hermano, te lo ruego. —Mi voz salió grave, áspera, como si arrastrara años de sal y luto. — Déjame rescatar a tu hija. Permíteme ayudar a uno de los nuestros. — Los gyojin solemos cargar con el orgullo como si fuera armadura, pero aquel momento no tenía espacio para máscaras. Lo que pesaba en mi pecho no era dignidad herida, sino los recuerdos de mi niña, su risa, sus pequeñas manos, la forma en que corría hacia mí como si el mundo fuera un lugar seguro. Todo eso se mezcló con el rostro desesperado del gyojin tiburón que tenía enfrente.

—Sé que es difícil, sé que es un infierno—continué, manteniendo la frente contra el suelo. — Yo también fui un esclavo, también perdí lo que más amaba, pero puedo ayudarte. — Respiré hondo, sintiendo cómo la melancolía se clavaba en cada palabra. —No quiero que otro padre conozca el mismo vacío que yo. No dejes que tu hija tenga mi mismo destino. Déjame traerla de vuelta. Te lo juro por la mía, que no fallaré. — No sabia como lo haria, no tenia idea de como lo lograria, pero con un poco de información del paradero de su hija me moveria, conseguiria rescatarla y una vez resuelto, acabaria con el proxeneta. 

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#7
Las decisiones más duras de la vida no afectan al fisico, sino a la mente. Todo el mundo sabe dar un puñetazo o accionar el gatillo de una pistola, pero nadie se atreve a enfrentar la moral y la ética de los propios ideales. El sacrificio para conseguir los objetivos propios puede ser una carga demasiado pesada y para los hombres buenos, hacer lo correcto es algo determinante. Tensui Marlin ha podido sortear cualquier obstáculo con destreza y análisis. Pudo fugarse romper las cadenas de la esclavitud. Pudo eliminar decenas de enemigos que buscaban someterlo. ¿Pero convertirse en aquello que juró destruir para cumplir con su venganza personal? Esa es una línea que no piensa cruzar.
Las palabras del gyojin tiburón martillo calan profundamente en nuestro protagonista, que entra en un conflicto mental que no tenía previsto. La misión era sencilla, acabar con un criminal y conseguir una vía de acceso para la mansión Voldimore. Pero este tipo de calaña repugnante tiene siempre un as bajo la manga. En este caso, un aliado de la causa al que extorsiona para defenderse de cualquier tipo de agresión. Solo con escucharle hablar puedes sentir el peso de una vida de tratos forzados y abusos, ya no es sus músculos, sino en su psique. Aún así, se resiste ha hacer daño a un camarada.
Un corazón noble puede transformar un alma llena de dolor, y en acto insólito y de total empatía, Tensui se niega a pisotear sus principios e ideales. Con absoluta solemnidad, deja sus motivaciones y ego aparcados, mientras se desarma y se coloca de rodillas y cabeza gacha en absoluto respeto. El guardaespaldas quiere impedirlo, pero sabe el valor que tiene esa reverencia, así que la acepta en silencio, con una ligera sonrisa de orgullo por su raza y la resiliencia de la misma. No cae una lágrima, pues ya ha llorado demasiado en su vida, pero sus sentimientos florecen con pasión y cariño.
Marlin no solo se arrodilla demostrando lo sentido de la escena, sino que le hace una petición a su semejante que lo deja paralizado unos segundos. -Salvar a Sara...- las palabras del esclavo suenan tan dolientes como un puñal. Es una idea que le ha rondado mil veces por la cabeza. Un mal sueño, demasiado perfecto para convertirse en realidad y termina siendo una pesadilla en vida. Da unos pasos al frente y planta una rodilla en el suelo, agachándose. Su mano derecha se planta en el hombro de Marlin, haciendo un poco de presión hacia arriba para que se levante. -Sara está... Demasiado lejos de aquí... Para salvarla debe...-
-¡BANG!-
Un silbido metálico cruza la estancia desde lo alto de la escalera. El olor a pólvora es leve, pero se deja denotar en un silencio sepulcral que paraliza el tiempo unos segundos. Aún así, en tu cabeza se escucha todavía un pitido agudo que conoces bien. Sangre mancha tu rostro y hombros. Hay salpicaduras en tu torso y algunas en el estoque que descansa entre Federico y tú. La mano ya no te sube con respeto, sino que se desploma, y con ella, toda su buena fé. El cuerpo se apaga y se empieza a caer de lado, al opuesto que la rodilla plantada. Mumbo muere fulminado, aunque con el corazón en calma.
Alzas la mirada y lo ves. Un humano de aspecto débil y cara de asco. Su apariencia es vergonzosa, semi desnudo, con un cuerpo escombro y aires de superioridad. Lleva un revolver semiautomático que todavía suelta humo. -Maldito esclavo inútil...- insulta desde las escaleras laterales. -No servís para nada los de tu especie.- Te mira con desprecio y te apunta con el arma.
Eres el siguiente.
Proxeneta


En efecto, cajita feliz
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#8
Entre todos los ruidos que podían haberse alzado en aquel instante, fue el disparo el que me atravesó como un arpón. El estruendo me sacudió los huesos, me encogió el alma y, por un latido apenas, me dejó sin aire. Ya estaba dolido por la súplica del hermano gyojin frente a mí, por la sombra de su tragedia, pero ese sonido, ese maldito eco, terminó de desmoronarme. No lo entendí al principio. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, los hombros tensos, la respiración rota, el pecho encogiéndose como si el mundo se hubiera cerrado sobre mí. El miedo me heló la sangre, el trauma me arrancó el presente de las manos, porque ese disparo no fue solo un disparo, fue el disparo. El mismo que se llevó a mi niña. El mismo que aún retumba en mis noches y me arranca el sueño, la calma y la cordura.

Mi visión se nubló por un instante, no por el cansancio, sino por la memoria que me arrastró sin permiso. Y mientras el mundo en frente seguía moviéndose, yo quedé atrapado entre el ahora y aquel día maldito, incapaz de reaccionar, incapaz siquiera de comprender lo que acababa de ocurrir ante mis ojos y justo después de ese segundo en el que dejé de sentirme a mí mismo, llegó la gota, no era sudor, la gota tampoco era mía, era una gota tibia que recorrió mi cabeza inclinada y cayó al suelo con una suavidad que me insultó, un chiste cruel para alguien como yo.

Y entonces el cuerpo del hermano gyojin se desplomó a mi lado, fue ahí, recién ahí cuando lo entendí. El gyojin que me había dicho el nombre de su hija, el que estaba a un paso de decirme dónde encontrarla para sacarla de ese infierno, cayó muerto antes de poder terminar la frase, un disparo limpio, cobarde, directo a la cabeza, a traición y lo peor, provenía de su propio jefe, ese maldito proxeneta que decidió callarlo antes de dejar que yo hiciera lo correcto, sentíi que ese disparo no fue solo para él, tambien fue para mí, para mi memoria, para la herida que nunca terminó de cerrar y lo sentí arder mientras mi cuerpo se llenaba de furia.

Sentí la ira subir desde las aletas hasta los dientes, una oleada caliente que me quemó por dentro. Ver a ese enclenque, a esa basura de hombre, frágil como un saco de huesos y aun así tan malditamente arrogante, tan seguro de sí mismo como para matar a un gyojin que trabajaba para él fue la gota final. No había espacio para más paciencia en mí. Me hundí en la  tierra como si el propio océano me hubiese tragado, una brazada y ya estaba frente a el, salté justo delante de él con la fuerza de un arpón disparado, lo agarré del cuello sin pensarlo, sin dudar, apretando hasta sentir cómo le fallaba la respiración. —Eres un maldito imbécil —escupí, con una furia que ya no sabía contener. 

—Vas a decirme, con lujo de detalles, dónde está esa niña, porque si no, te juro que vas a morir de una forma que ni tu sucia imaginación alcanza. — En ese instante dejé de ser el marlin tranquilo que muchos creen conocer, ya no quedaba nada del tipo que se detiene a pensar antes de actuar, no, claro que no, en ese momento, si ese desgraciado no hablaba, yo lo mataria y no iba a sentir ni un solo remordimiento. 

Aun con mi mano cerrada sobre su garganta, localicé una de las suyas. Era pequeña, temblorosa, débil, sentí un asco profundo recorrerme los nudillos. —Escúchame bien —murmuré con un tono tan bajo que casi parecía un gruñido —Por cada vez que me obligues a preguntar dónde está Sara, te voy a romper uno de estos asquerosos y frágiles dedos— No esperé respuesta. No me interesaba, tomé uno de sus dedos y lo doblé hacia atrás con la calma de un cirujano, pero con la intención de un verdugo, el crujido me llegó claro, limpio, como si el hueso se hubiese rendido en cuanto sintió mi fuerza, el grito que soltó me pasó por encima como si no existiera y, maldita sea, tuve que admitirlo: empecé a sentir una satisfacción peligrosa creciendo en mi pecho, una parte de mí que llevaba mucho tiempo dormida, despertando otra vez, yo no odio a los humanos, pero hay cierta satisfacción en verlos sufrir.

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#9
Si la vida no es justa, ¿Por qué la muerte debería de serlo? Federico García Mumbo vivió como esclavo durante gran parte de su vida, desde que alguien consiguió apoderarse de la libertad de su hija y no tuvo más remedio que sacrificarse para mantenerla mínimamente a salvo. Tuvo que ver cosas que las mentes comunes no soportarían. Y fue obligado a hacer monstruosidades a personas que no habían hecho nada malo. Su voluntad era férrea, pues la esperanza de volver a encontrarse con el amor de su vida, su niña, era inmensa. Hoy Federico cierra los ojos para siempre, sin haber cumplido aquella promesa que se hizo, pero con la esperanza depositada en uno de sus hermanos, en alguien que ha entendido como nadie su sufrimiento y la carga que ha llevado durante años.

La mente de Tensui se paraliza durante un segundo, pero su cuerpo se niega a rendirse. La ira lo invade desde lo más profundo de su alma y actúa antes de que el putrefacto proxeneta pueda accionar el gatillo por segunda vez. Él mismo se convierte en la bala asesina, aunque decide no sentenciar al criminal de primeras.
Con su fuerza superior, alcanza el cuello del miserable y lo presiona hasta cortarle la respiración por completo. El humano, aterrado e incapaz de ver tu movimiento, deja caer el arma al suelo y siente como sus pies, lentamente, se despegan del suelo para alzarse unos centímetros. Sus manos diminutas agarran la tuya, intentando desprenderse de forma instintiva , aunque sin éxito ninguno. Lo invade la ansiedad, mientras te mira fijamente por detrás de unas gafas de Sol horteras. Aún y con esas, puedes ver los ojos de terror suplicando por su vida.
Escucha tus palabras atento, pues en ellas encuentra la salvación. Piensa responder sin vacilar, aunque antes lo enganchas de un dedo de la mano y empiezas a retorcer hasta el límite del dolor agónico y la rotura de las falanges. -¡¡¡AAAAGGGHH!!!- aúlla de dolor. Le falta aire, pero aún así hace un esfuerzo inmenso en responder. -Te diré donde está su hija... Te lo diré todo...- suelta con un hilo de voz mientras la presión en su garganta va en aumento. -La vendí hace años a un casino ambulante, algo de un Pegaso, sí...- fuerza una sonrisa y asiente como puede. Piensa que colaborar le salvará la vida y no duda en hacerlo. -Eso es todo lo que sé... Casino Pegaso o lo que sea...- empiezan a caerle algunas lágrimas de desesperación. Es incluso más patético de lo que podías imaginar. Sus pies bailan sostenidos en el aire buscando una superficie donde apoyarse y notas como si sigues forzando un poco más, lo asfixiaras hasta morir. -Solo si vivo... Ella vivirá...- termina de decir mientras se empieza a apagar. Sus ojos inyectados en sangre pierden la noción del norte y parece que va a desmayarse. Ahí resuena con fuerza en tu cabeza las palabras de Mumbo, sobre como solo la vida de esta mierda seca mantiene a salvo a la joven. Así conseguía extorsionar al gyojin.

Vas a tomar la decisión de si matarlo definitivamente o dejarlo para poder algún día rescatar a Sara. Pero oyes unos pasos. Unos pasos lentos y asustados. Desde lo alto de la escalera, alguien baja. Giras la mirada y la ves. Una mujer increíblemente hermosa, con un cuerpo estupendo y un rostro angelical. Pero golpeada y con varias cicatrices en su cuerpo. La ropa está rasgada y sucia, y se puede ver a simple vista el mal trato y el comienzo de una desnutrición evidente. En sus ojos ves una mezcla entre terror y frustración, como si quisiera ser ella misma la que lo estrangula. Aún así, me da pánico la idea de que lo sueltes. -¡Mata a ese monstruo, te lo ruego!- grita desesperada mientras las lágrimas le brotan de forma descontrolada. Puedes hacerte una idea de lo que sufre a diario. -¡No eres consciente del daño que me hace a mí y a decenas de mujeres al día!- su aguda voz se tropieza con la agonía del momento. -¡Si no acabas con él, muchas más como nosotras seguiremos condenadas a sus crímenes!-
Esclava sexual

La mente vuelve a jugarte malas pasadas. Has de tomar otra decisión y rápido, pues el hombre se marchita en tus manos. La vida de Sara, la querida hija de Mumbo, está enlazada a la vida de este sujeto. Sin embargo, el éxito de la misión y la vida de tantas otras esclavas dependen de que acabes con él definitivamente. ¿Qué harás, Tensui Marlin?

En efecto, cajita feliz
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#10
Después de lo que, en este punto de mi vida, solo puedo llamar un incentivo, el maldito proxeneta por fin decidió abrir la boca. Y ojalá no lo hubiera hecho. Cuando escuché que hacía unos años había vendido a la niña, vendido a un casino ambulante, sentí cómo una vena se tensaba en mi cuello. La furia que ya tenía clavada en el pecho se expandió como un incendio, comiéndose cualquier rastro de paciencia que pudiera quedarme. Mi primera reacción fue simple, instintiva, apretarle el cuello hasta que dejara de mover siquiera los ojos y lo habría hecho, si no fuera porque sus siguientes palabras me frenaron por un segundo.

—¿Qué mierda estás diciendo? —le solté, helado por dentro. Incluso en ese estado lamentable, incluso con los dedos rotos y la garganta dentro de mi mano, el bastardo tuvo la osadía de soltar que si él vivía, solo así la niña seguiría viva. Lo dijo con una seguridad repugnante, como si yo fuera tan manipulable como el pobre hermano que acababa de morir frente a mí y ahí entendí que este tipo no hablaba para salvarse, hablaba porque creía tener poder sobre mí, no tenia idea del error que estaba cometiendo. 

Sus ojos, ya inyectados en sangre, empezaron a perder el eje, parecía a un paso de desmayarse, y por un instante sentí cómo mi propia respiración se volvía un hierro caliente en mi garganta. Las palabras del hermano muerto resonaron con una fuerza brutal dentro de mi cabeza, solo la vida de esta basura mantiene a salvo a la niña, qué maldito destino el depender de la supervivencia de alguien así. Entonces escuché pasos bajando desde el segundo piso, automáticamente, mis músculos se tensaron, pensé que sería uno de los guardias de este asqueroso proxeneta, y preparé el cuerpo para partirle el alma al primero que se asomara, pero al girar el rostro hacia la escalera, mis ojos no encontraron a un enemigo, vi a una mujer hermosa, incluso bajo todo el maltrato que llevaba encima, piel marcada, mirada rota, postura temblorosa, una belleza quebrada por manos que merecían el infierno y fue ahí, justo ahí, donde el asco que sentía por el hombre que sostenía volvió a multiplicarse, como si cada una de sus miserias me golpeara de una sola vez.

En los ojos de aquella mujer ardía una furia que reconocí al instante, una rabia antigua, profunda, dirigida al mismo desgraciado que casi colgaba inconsciente de mi mano. Esa mirada decía todo lo que sus labios no habían podido gritar durante años. Y cuando habló, sus palabras golpearon directo contra mi alma, que ya venía ardiendo desde hacía demasiado. —No tienes que decirme nada—le respondí, sintiendo cómo la furia se me apretaba en el pecho —Yo sé lo que este engendro del demonio merece. — Solté el cuello del proxeneta apenas un momento, lo suficiente para verlo a los ojos y sentir el hedor de su miedo.
 
—Si la vendiste a un casino ambulante—escupí las palabras como veneno —Significa que ni siquiera tú sabes dónde está ahora. No me sirves para nada. — Y entonces, sin dudar, sin pestañear, sin dejar que la sombra del hermano muerto me detuviera, hundí mi arma directo en su corazón, sentí la resistencia, el temblor final de esa vida miserable apagándose. —No me manipularas como a ese pobre hermano que estuvo cegado todo el tiempo que te protegió. —  Vi cómo su aliento se escapaba en un hilo roto y cómo la vista se le nublaba mientras moría a solo unos centímetros de mí, para mí no hubo gloria, ni satisfacción completa. Solo justicia y un silencio pesado que me dejó con la mandíbula apretada y el alma aun ardiendo.

Me giré hacia la mujer y avancé despacio, sin brusquedades, como si cualquier movimiento fuerte pudiera romperla aún más de lo que ya estaba. Levanté la mano y apoyé mis dedos en su rostro, recorriendo con la vista cada herida, cada marca que aquel maldito le había dejado grabada en la piel y en el alma. Su mirada estaba perdida, sostenida apenas por un hilo. —Toma lo que necesites y vete—le dije en voz baja, pero firme —Yo me quedaré aquí, hasta que considere que has ido lo bastante lejos, no dejaré que nadie te siga. — La mujer tragó saliva, temblorosa, y por un instante sentí ese mismo vacío que conocí años atrás, el de quien escapa con lo justo, con lo que queda de sí.

—Corre tanto como puedas —añadí —Y si ves a cualquiera del círculo de este maniático, escóndete. No les des ni una sombra tuya. — Cuando dio un paso atrás, me volví hacia el cadáver. El cuerpo aún estaba tibio, me agaché, tomé uno de sus anillos, pesado, vulgar, digno de él y luego sus lentes, ahora bañados en sangre. Los levanté, los observé un segundo, no necesitaba nada más, era la prueba irrefutable. Eran prueba suficiente para ese marine que me había enviado, prueba de que la encomienda estaba resuelta aunque el precio, como siempre, se clavara un poco más en mis costillas.

—También puedo llevarte con el marine que me envió, si eso quieres —dije, sin girarme todavía, mi voz más grave de lo normal —Pero no confío en él. Y si te soy sincero, no te lo recomiendo en absoluto. — Mi mirada seguía fija en el suelo, en la sangre que corría hacia mis pies, mientras hablaba. Ni siquiera podía verla estando detrás de mí, pero sabía que me escuchaba, sabía que cada palabra le pesaba igual que a mí. No necesitaba verla para saber que estaba hecha pedazos, yo también he hablado desde ese lugar y por eso mismo, no iba a entregarla a manos dudosas. No a otro infierno.

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