Eternidad [Priv. Uker] [Presente relativo]
#11
Su mano presionó con más fuerza el hombro del cocinero mientras que luchaba contra la tonta idea que tenían sus pies de tropezar en cada paso que daba, era un alivio que el estudio de Otto no fuera demasiado grande y que los pasos que dio para llegar hasta el frente de la mesa con los mapas ordenados no fueron demasiados, aunque, si tenía que ser sincero, le parecieron una eternidad; sin embargo, esa eternidad no se comparó con la visión enrevesada de los mapas que, como si tuvieran vida propia, a ojos del pelirosa, parecían moverse.

Estaba seguro de que los dibujos y las letras en los mapas estaban estáticos, muy seguro, pero no le pareció tan loco ver la “rotación” del planeta “dibujada” en aquellos papeles que apenas y podía descifrar en su estado y, aún así, por unos cinco segundos, su mente se despejó su suficiente para notar algo extraño en la ruta marcada, algo que notaba incluso sin ser navegante.

—¿Cómo que ruta perfecta? —Bufó con el mismo tono de borracho molesto que cargaba desde que entró a la casa. —Faltan mapas, chico…eh… ¿Cuál era tu nombre? No soy experto, pero las corrientes no concuerdan del todo y aunque unas todos los mapas hay “baches” entre ellos, si siguen esa ruta tal cual, se perderán, porque se encontrarán con más cosas de por medio —. Se encogió de hombros, de todos modos ¿quién le haría caso a un borracho? Aunque su comentario si que iba muy en serio, aunque, luego de eso, los números, letras y otros dibujos en el mapa volvieron a ser parte de un enigma indescifrable producto de su mente trastocada por el alcohol.

No se tomó la molestia de decir más nada y, para calmarse, su mirada se centró en la ventana del estudio, desde donde podía ver el cielo aun celeste y con nubes que fueron suficientes para que el médico se perdiera entre aquella blancura y dejara de escuchar el resto de la conversación entre el historiador y el cocinero.

—¡Será un honor trabajar contigo entonces! ¡Estaré esperando por la información! —El chico hablaba con entusiasmo mientras los tres hombres se dirigían a la salida, aunque uno de ellos, el pelirosa, solo parecía ser guiado por pura inercia, pues parecía estar en otro plano. —Espero que puedan tener un buen viaje…las islas del mapa están en el Grand Line y supongo que saben que es un mar peligroso, no solo por las mareas y el clima, si no por la clase de gente que dicen que hay…tengan cuidado —. Con aquel gesto, el historiador intercambió su den den mushi con el del pelinegro y se despidió del curioso dúo, algo esperanzado al sentir que, aunque fuera poco, algo había avanzado en su “exploración”.

Mientras tanto, ya fuera de la casa, el médico respiró el aire fresco del pueblo, su mente se despejó un poco, pero no tanto como para pensar de manera correcta, mucho menos cuando su preciada menta escaseaba, de hecho, con cada paso que daba empezaba a sentirse más débil, sus piernas temblaban y estaba seguro que había empezado a sudar frío en algún momento…no…no solo era sudor, se sentía más frío, como si su temperatura hubiera bajado un par de grados de la nada, tampoco le prestaba mucha atención a su alrededor, no vigilaba como era debido y las voces de las personas se escuchaban lejanas, incluso la del cocinero que lo acompañaba.

—¿Eh? ¿Barco? No, no, estoy bien, de verdad…muy bien…solo…vamos por las plantas —. Esas primeras palabras salieron entre la calma y el cansancio de alguien que se notaba agotado, mejor dicho, “enfermo” y; sin embargo, fue lo único tranquilo que le siguió a aquella conversación, pues menos de un segundo bastó para que el doctor se diera cuenta de que tal vez no encontraría lo que buscaba y, en su cabeza, los peores escenarios empezaron a formarse con tanta rapidez como la de un tren, ideas que iban y venían sin darle ni un minuto de descanso.

—¿Quieres? ¿Puedes? ¡Oh no! ¿Y si no encontramos menta en el mercado? —Su tono de voz subió apenas un poco y su manera de hablar se sentía más acelerada. —Ay no, no, no, no puedo quedarme sin menta… ¿Qué voy a hacer? La necesito…es lo único que puede…calmarme…no puedo estar así, no puedo, no puedo —. Soltó el hombro de Uker y, aunque seguía mareado, empezó a caminar en círculos en un mismo lugar al mismo tiempo que sus dientes volvían a morder su labio inferior con fuerza y, por un instante, solo un instante…dejó de respirar…grave error.

Lo siguiente que supo es que empezó a formarse un nudo en su garganta y un cosquilleo ansioso empezó a recorrer su estómago con tanta insistencia que pensó que eran bichos que intentarían salir de su interior —algo improbable y lo sabía, pero que fue lo único con lo que pudo comparar esa sensación—, pero de él no salieron bichos ni mucho menos, solo se quedó en blanco y detuvo su caminar en círculo para volver a apoyarse en el hombro del cocinero, justo frente a él. Ahora sí que jadeaba, retomando el aire que antes se negó y, con eso, una sensación que reconoció bastante bien.

No le dio tiempo de retroceder, tampoco de girar su cabeza hacia otro lado que no fuera el suelo, pues su único instinto fue el de inclinarse un poco antes de soltar el almuerzo y la cerveza justo en los zapatos del pobre cocinero cuyo único crimen fue encontrarse con el pelirosa en la peor situación posible.

El médico, por otro lado, sintió la quemazón en su garganta y el sabor amargo en su boca de la comida desperdiciada. Si tenían que preguntarle era un asco, sí…podía ser médico, pero una cosa no quitaba la otra, el vómito siempre era asqueroso, la sensación viscosa que le dejaba en la boca solo le hacían querer devolver el resto de la comida, pero con la poca consciencia que le quedaba, esta vez sí que pudo contenerse.

—Cocinero, creo que estoy en las puertas de la muerte…— Y, por supuesto que tenía que exagerar, hacer algo de drama. Es médico, no paciente.
#12
El muchacho había sido una persona muy agradable, los había invitado a su hogar y dejado presenciar sus descubrimientos. El cocinero observó con algo de duda el den den mushi, pensando en lo que significaría encontrar algo así. Sería un alivio, tanto para él como para el muchacho, pero no podía quitarse de la cabeza las otras posibilidades. Si el gobierno lo descubría, si ya lo tenía en su poder y de pronto un pirata irrumpía con eso, ¿Qué serían capaces de hacer? Tampoco les debería ser muy difícil rastrear su información hasta el investigador, y eso solo significaba que…

Las palabras del hombre de cabello rosa lo despertaron, sin dejarlo llegar a una conclusión. Parecía desesperado, ansioso, y algo se revolvió dentro del cocinero al verlo así. - Oye, tranquilo, seguro que… -. No pudo terminar de hablar antes de que sus zapatos terminaran cubiertos en vómito. Miró con asco esa sustancia, y con algo de pena a quien había sido el responsable de ensuciarlo. Le estaba claro que esa obsesión por sus plantas era más que eso, parecía sufrir un síndrome de abstinencia.

Lo había visto alguna que otra vez, cuando estaba en el hospital junto a su madre.

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- Oye, tranquilo, no vas a morir -. No sabía como reaccionar más que diciendo esas palabras, que dudaba que fueran a ayudar al pobre hombre. - Vamos al mercado, te aseguro que encontraremos algo -. Y así comenzó su avance hacia ese destino, llevando casi que a cuestas al médico que no podía mantenerse de pie con normalidad. No estaban lejos, no habían caminado tanto, y el hombre de ojos azules comenzó a preguntar en cada puesto si tenían algo de esas hierbas, sobre todo de menta.

En menos de 20 minutos habían conseguido la mayor parte de todo lo que el pelirosa había salido a buscar, pero la menta se les escapaba aún. Sus pasos lo llevaron hacia una farmacia, un negocio que sería perfecto para conseguir las hierbas faltantes, así como algo con menta. El dueño del lugar vio algo raro a Hyakintos en cuanto ingresaron por la puerta de madera, incluso mientras escuchaba a Uker hablar y pedirle lo que necesitaban, pero eso no fue impedimento para que se retirara un momento a una sala detrás del mostrador, saliendo a los pocos segundos con una caja en sus manos.

El hombre la abrió, mostrando el interior, casi vacío, solo dos pequeñas botellas que contenían un líquido reposaban en el fondo. Uker se hizo con una de ellas, y el olor del contenido le llenó la nariz de inmediato: Menta, un olor bastante fuerte y puro. - Hyak, ¿esto será suficiente? -. No habían conseguido las hojas, por mucho que buscaron, pero tal vez ese líquido podría ser una salvación temporal.
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#13
De haber conservado algo de lucidez, su comportamiento le habría avergonzado. Su caminar errático lo hizo trastabillar en más de una ocasión y sus manos, tan temblorosas como frías, luchaban por aferrarse al hombro de quien se había convertido en su improvisado compañero en esta búsqueda de provisiones.
 
Sin embargo, nada de lo que hiciera, ni siquiera cuando intentaba actuar con mayor normalidad o respirar hondo para atenuar su malestar, evitó que los transeúntes lo miraran como si fuera un loquito de centro, aunque, por supuesto, no fue consciente del juicio en las miradas de los desconocidos y, de hecho, agradeció que se apartaran de su camino, a fin de cuentas, eso le daba algo de espacio para respirar, por no mencionar que evitaba que otro accidente como el anterior —el vomitar los zapatos del cocinero —, le sucediera de nuevo, aunque, en honor a la verdad, su mente estaba tan en las nubes que había olvidado ese incidente, aunque la sensación en su garganta intentara recordárselo.
 
A este punto solo se dejó guiar sin oponer más resistencia que un niño malcriado, uno que balbuceaba insultos entre dientes porque su padre no lo quería llevar de regreso a su casa. Solo deseaba dos cosas: una silla y algo de menta.
 
No vale la pena mencionar que los 20 minutos que tardaron en recorrer los puestos del mercado, fueron los más eternos de su vida y que, cuando por fin entró a la farmacia, ni siquiera prestó atención al olor de los fármacos, solo se recostó de espaldas en una pared y se deslizó sobre esta hasta sentarse sobre el suelo con las rodillas dobladas y los brazos sobre estas. Agotado y sintiendo que el mundo le daba vueltas. No tenía más fuerzas para seguir andando.
 
Si tuviera algo de razonamiento habría notado su propio pulso acelerado y la sudoración fría que perlaba su rostro, de hecho, habría notado que su reflejo en el vidrio del mostrador se veía como el de alguien que ha perdido todo el sentido de la vida: rostro amarillento, labios blancos y mordisqueados —por él mismo— y ojos sin brillo, como si hubiera presenciado una catástrofe; sin embargo, algo en su expresión cambió cuando el cocinero volvió a acercarse a él con un frasco.
 
—¿Suficiente? —Su olfato no es el mejor de todos, pero a pesar de la ansiedad que lo carcomía por dentro, fue capaz de distinguir el líquido dentro del frasco transparente, algo que lo hizo arrugar la nariz; siempre es mejor guardar aceites esenciales en frascos de vidrios oscuros, pero…no es como que tuviera demasiadas fuerzas para formular frases decentes como para exponer su molestia…aun así, aceptaría aquello que el cocinero le extendía.
 
Su mano tembló al acercarla al frasco. El olor a menta se había extendido por la farmacia, pero, el escaso olfato del médico apenas y pudo notarlo, fue por ello que acercó aquella esencia a su nariz e inhaló con fuerza una, dos, tres veces.
 
Cerró sus ojos mientras que el olor inundaba sus fosas nasales y, finalmente, una larga exhalación terminó por relajar sus músculos que estuvieron tan tensos durante gran parte del viaje. Era como si por fin el aire que respiraba estuviera llegando de manera correcta a sus pulmones. En ese momento también fue consciente de como sus manos se posaban con más firmeza sobre el frasco. Los temblores cada vez eran menores con el pasar de los minutos y, por último, sus ojos parecían tener de nuevo ese brillo que antes se había perdido.
 
Fueron varios minutos que transcurrió de esa manera antes de atreverse a abrir los ojos de nuevo y alejar de su nariz el frasco con esencia de menta que, en su mente, le había salvado la vida. Parpadeó un par de veces y, luego, por fin fue consciente del sitio en donde estaba. Miró a su alrededor y notó los frascos y demás medicinas dispuestas de manera ordenada en anaqueles, incluso notó al dueño de aquella botica que, aunque parecía estar leyendo el periódico, de vez en cuando miraba hacia donde estaban el cocinero y el médico.
 
De repente sintió un nudo en su pecho y es que, por algún motivo, ese tipo de sitios, tanto farmacias como boticas, le dejaban una sensación extraña, hacían que su “cerebro picara”, como si intentara recordar algo que estaba tan enterrado en su subconsciente que sería imposible traerlo a flote algún día.
 
—Eres el cocinero… ¿cierto? —Prefirió no pensar tanto en la familiaridad que la farmacia le evocaba y centrarse en quien tenía en frente…aún podía recordarlo, a pesar de su pequeño colapso, el rostro atractivo y el cabello negro con mechones blancos, aun tenía un espacio en su memoria. —Lo siento…no quise ponerte en apuros…Jmmm… ¿Cuánto te debo por esto? —Movió el frasco transparente entre sus dedos y, de repente, a su mente llegaron fragmentos de todo lo que había ocurrido desde que se encontró con Rackham.
 
Dejó escapar un suspiro de cansancio, se puso de pie para estirar sus músculos y se apresuró a salir de la farmacia, aunque no sin antes agradecer al sujeto que ahí trabajaba y esperar que el cocinero saliera junto con él.
 
De nuevo el bullicio de la calle llegó a sus oídos y, aunque su primer impulso fue caminar hacia el barco —donde sea que estuviera — para descansar y olvidarse de la pesadez aun presente en su cabeza, prefirió recurrir a la sensatez por una sola vez y aprovechar la ventaja del paisaje y de la banca que estaba en el exterior de la tienda, en la que no tardó en sentarse. Necesitaba descansar antes de emprender un viaje de regreso a donde sea que estuvieran anclados.
 
—Supongo que debo darte las gracias por no dejarme tirado en la calle —. Se acomodó mejor en el banco, por si el pelinegro pensaba en sentarse también. —Te debo una…supongo que podría pagártelo ayudándote a investigar eso que dijo el historiador —La cara del chico que les habló de un lugar fantástico empezaba a borrarse de su mente, pero recordaba la interacción y la leyenda…por ahora. —, aunque antes de eso, debo preguntar… ¿Por qué decidiste enviarle información? ¿Te interesa lo que dijo de la inmortalidad? ¿Crees en esos cuentos o…acaso es por algo más? —Podía ser distraído, sí, pero cuando se trataba de asuntos académicos prestaba más atención de lo usual.
#14
Pagó con el dinero que llevaba encima en ese mismo momento, una cantidad que le pareció muy elevada para un solo frasco con menta, pero que al fin de cuentas debían llevarse. - Aquí tiene -. Dijo mientras le entregaba el pago al trabajador, quien le sonrió e hizo un gesto con su cabeza, un saludo. Tal vez era una despedida, una invitación a que se marcharan luego de ver el estado en el que se encontraba su acompañante, pero Uker no hizo eso.

Volvió al lado del médico, esperando que este reaccionara. Había inhalado con fuerza el olor que provenía del frasco, tan potente que incluso él podía sentirlo desde la otra punta de la tienda mientras pagaba. - Hyakintos, ¿estás bien? -. Movió su mano frente a sus ojos, al mismo tiempo que el médico parecía recuperar la conciencia. El rostro del hombre recuperaba color lentamente, sus labios no iban a ser sanados pero no dejaba de verlo mejor que antes, incluso pudiendo hablar con algo de normalidad. - Si, soy el cocinero. ¿Te encuentras mejor? -. La disculpa y la pregunta llegaron de pronto, sorprendiéndolo, sin dudas.

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- No me debes nada, y tampoco debes disculparte -

Es cierto que no había sido una tarde tranquila, pero tampoco es que pudiera culpar al pelirrosa. Simplemente se pasó un poco con los tragos, y su… ¿afición? hacia la menta debía ser saciada. - ¿Puedes pararte? Ahora que conseguimos todo podemos volver al barco -. Ahí podría descansar apropiadamente, pues su búsqueda de las plantas que necesitaba no había terminado del todo bien para él.

El clima fuera de la farmacia había cambiado en cuanto salieron. El sol ya no golpeaba con la misma fuerza, pese a seguir presente, y la gente que antes vagaba por las calles parecía haber disminuido. El cocinero se hubiera dirigido directo hacia el barco, pero vio como Hyak tomaba asiento en una banca de madera fuera del local del que acababan de salir, por lo que se quedó a su lado, sin ocupar el lugar que el otro hombre le ofrecía. - ¿Hm? Supongo, si es que quieres -. No esperaba que el tipo de ojos dorados estuviera interesado en esas cosas, así que ni siquiera le había pedido formar parte de todo eso. - No tienes que ayudarme si no lo deseas -. Como siempre, tan bueno y tan solitario a la vez.

Pero entonces, la pregunta llegó. Una duda que sería suficiente para lograr que agachara la mirada.

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- La razón… -

¿Debería contarlo? Su mente dudó por un momento, tal vez más tiempo del que él mismo pudiera notar. - Perdí a mi familia, a manos de gente muy mala. Yo era demasiado joven, demasiado pequeño cuando sucedió -. Su semblante, pese a lo trágico de lo que relataba, se mantenía sereno y tranquilo. Una pequeña ráfaga de viento movió sus cabellos en el momento en el que se detuvo a pensar, como si el propio universo lo animara a no quedarse callado. - Tuve que vivir en las calles, solo, mi cerebro solo buscó algo con lo cual dejar pasar el dolor. Encontré una forma de calmarme, pensar en esas historias que mi madre me contaba, en que en algún lugar del mundo había una forma de traerlos de vuelta, o de al menos conseguir que los recuerdos de ese lugar que llamé hogar no se pierdan -.

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Miró hacia otro lugar, justo hacia donde ninguna casa o construcción le tapaba la vista del horizonte. Parecía buscar algo con la mirada, querer encontrar una cosa valiosa que había perdido. - Cuando crecí me di cuenta de que no eran más que cuentos, viví mucho tiempo simplemente pensando en sobrevivir, en tener una vida pacifica y en no terminar como ellos. Honrarlos de la mejor manera que pudiera en vida -. Sus ojos no abandonaron esa aparente calma, tampoco su postura o su respiración, que seguía inflando su pecho casi imperceptiblemente. Para quien no supiera la verdad, o aquello que atormentaba su mente, diría que se trataba de alguien insensible.

- Aún así, escuché sobre las Akuma no Mi, frutas capaces de otorgar poderes asombrosos, de convertir a su portador en una bestia, en fuego puro, de llenar el mundo de oscuridad o tinieblas si una sola persona lo decidía -. Viéndolo así, parecía una exageración, pero era cierto que las frutas podían ser impresionantes, pues había visto cómo funcionaban las de Maki y Ashveil. - Supongo que debe haber alguna que me garantice eso, que sea capaz de darme la vida eterna, la capacidad de no envejecer -. Había dicho que lo había dejado atrás, pero volvía a ese sueño de la nada, acaso… ¿hay algo más? - Tal vez las investigaciones de Otto no nos lleven a una fuente mágica, pero… ¿y si ahí se encuentra esa fruta? Si pudiera obtenerla y vivir para siempre… -.

- Podría llevar los recuerdos de mi familia hasta el fin de los tiempos -

Sonrió tras decir eso, recordando a sus seres queridos. La sonrisa de su madre, la paciencia de su padre tras verlo llegar lleno de tierra y barro luego de jugar tanto tiempo en la calle, el pequeño cuerpo de su hermana y como sus manitos se agarraron con firmeza a su dedo en cuanto la vio por primera vez.

Y luego el fuego, los gritos, los carteles que antes habían estado ahí por una celebración y ahora se hallaban quemándose frente a sus ojos. Las ultimas palabras de su padre, el bote en el que cargó a su hermana, esperando sacarla con vida.

Y no lo consiguió.

Cerró los ojos y sacudió la cabeza, quitándose esos recuerdos de la mente, al menos por ahora. - Lo siento, supongo que querías una respuesta más simple -. Había hablado mucho, y aún así se guardaba gran parte para él, pues aún no confiaba del todo en aquellos que llamaba compañeros. - Solo es por eso, por cumplir un deseo infantil. Tal vez simplemente quiera saber que existe, tal vez lo tome si veo la oportunidad, tal vez no llegue a encontrarlo, quien sabe -. Se encogió de hombros, ahora sonriendo de nuevo. - ¿eso es suficiente para llamar tu atención? -.
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#15
Curiosidad.
 
La curiosidad mueve a cualquier amante de las ciencias sin importar el área de especialización.
 
Preguntar el motivo que impulsaba al cocinero a buscar algo tan inalcanzable como la inmortalidad fue un acto de curiosidad.
 
Creyó que sería como él, que tras la fachada de chico guapo y buena gente habría una pasión por el conocimiento que no había mostrado.
 
No pudo estar más equivocado.
 
El brillo que apareció en sus ojos cuando hizo la pregunta se fue borrando poco a modo a medida que escuchaba la historia.
 
No había interés científico, no había amor por el conocimiento, lo único que encontró en las palabras del otro hombre fue la nostalgia de alguien que mira al pasado con deseo de devolver sus huellas hasta el punto en donde la felicidad aun primaba y, luego, quedarse ahí, inamovible, sin que el tiempo y el espacio pudieran intervenir en sus acciones.
 
Un imposible.
 
Una razón que no podía entender.
 
Una causa con la que no podía empatizar.
 
La palabra familia se le hacía desconocida.
 
No sabía si había tenido un padre o una madre, aunque, por reflejo, sus ojos se desviaron hacia la botica que habían dejado atrás, como si aquel sitio de venta de remedios estuviera a punto de desbloquear una memoria enterrada en su subconsciente, pero, nada pasó, la indiferencia al pasado siguió tan presente en su cerebro que era también fácil de notar en su rostro que, aunque sereno, se notaba apático: piel pálida, la boca formada en una línea recta, ojos vacíos, sin expresión.
 
Cualquiera pensaría que solo estaba prestando atención y, bueno, sí, en parte lo hacía, pero más por educación que por interés genuino.
 
Aunque, de todos modos, una parte logró despertar algo de esa curiosidad que se había apagado: las akuma no mi.
 
¿Cómo sería tener una en las manos?, ¿podría estudiarlas?, ¿serían como el resto de las plantas? Dentro de todo, había visto a personas con habilidades extraordinarias, habilidades que les costaban su capacidad de nadar y ningún poder, solo uno que una vez leyó en un libro sobre esas frutas, podría hacerlo cambiar de opinión; sin embargo, ahora que el cocinero mencionaba la posibilidad de que alguna de esas frutas pudiera servir como fuente de inmortalidad, se preguntaba si acaso podría replicarla…si algo así existiera…¿Sería posible que más de una persona pudiera gozar de eterna juventud?
 
Mientras el muchacho frente a él seguía hablando, el médico sacó su libreta, esa misma en donde anotó la lista de plantas y semillas necesarias para poder crear antídotos, medicinas y esencias, y un lápiz que no tardó en colocar sobre el papel para empezar a anotar palabras sueltas que, en orden, podrían leerse como:
 
“Cocinero…
 
Busca inmortalidad.
 
¿Medusas?
 
¿Fuente de la juventud?
 
¿Cómo evitar el envejecimiento?
 
¿Akuma no mi? ¿Habrá alguna que sirva para esto?
 
INVESTIGAR.”
 
Bien, podía ser que la razón del cocinero no le resultara fascinante, pero eso no quería decir que la investigación en si no lo fuera, por eso, cuando estuvo satisfecho con sus escuetas notas, levantó la cabeza y miró al sujeto de mechón blanco para dedicarle una sonrisa que mostraba que el interés en “ayudarlo” seguía intacto, aunque, la disculpa que le siguió a aquel gesto no fue algo que se esperara.
 
Lo confundió.
 
¿Por qué se disculpaba ahora?
 
Ah…por su respuesta.
 
Entonces hizo bien en decir “lo siento”.
 
—¿Simple? No —. Aquí es donde cualquier otra persona en su sano juicio y con algo de empatía diría “está bien, puedes hablar de eso”, pero alguien que pecaba con, de vez en cuando, decir en voz alta lo que pensaba, a veces a propósito, a veces sin querer…aunque está vez, si que quería expresar su opinión. Lo sentía mucho si no era la respuesta que se esperaba el cocinero. —Más bien, esperaba algo más lógico y menos…sentimental, sí…eso —. Sus hombros encogiéndose y su mirada seria dejaban en claro que sus palabras no eran una broma de mal gusto, si no un pensamiento real. —Sin ánimos de ofender, claro está —. A pesar de todo, no dejaba de ser “educado”.
 
—Jmmm…Quieres que sea sincero? —Más. —No, la razón por la que buscas la inmortalidad no es suficiente para llamar mi atención —dijo con voz monótona, sin ningún dejo de burla —, no me malentiendas, es solo que no puedo comprenderlo…ya sabes…los lazos, la familia, el extrañar a alguien —. Alzó su cabeza y miró el cielo, las nubes blancas lo entretuvieron, le hicieron pensar en cuan acostumbrado estaba a ellas y que, tal vez, solo tal vez, las extrañaría si algún día, por arte de magia o por una tragedia, desaparecieran…pero… ¿Hasta cuándo las extrañaría? ¿Cuánto duraría ese luto? Cuando sus parejas “morían” en circunstancias desafortunadas los extrañaba por un tiempo hasta que alguien más los reemplazara y me brindara ese subidón de serotonina que necesitaba cada cierto tiempo…todo y todos eran reemplazables, por eso no entendía el apego. Tal vez era culpa de su mala memoria, de su incapacidad para recordar más allá de ciertos eventos.
 
—No puedo recordar el haber estar tan apegado a alguien como para querer pasar toda mi vida y más a su lado, mucho menos para cargar sus memorias y transferirlos a otros…lo siento…no lo entiendo, quizá algún día lo haga, pero ese día no es hoy —. Dejó de mirar las nubes y ahora miró directo a los ojos del cocinero, como si intentara memorizar su rostro…una lástima que sería inútil. —Me pregunto que se sentirá…poder recordar a tu familia…o recordar…a secas —. Giró su cabeza un poco, de nuevo miró a la tienda del boticario y, de repente, sintió una presión en su pecho y se arrepintió de mirar en esa dirección, de hecho, se arrepintió de haberse sentado afuera.
 
Se levantó como si lo hubieran pinchado con un alfiler, esta vez quedando a un lado del cocinero que, supuestamente, pertenecía a su misma tripulación.
 
—Deberíamos avanzar hacia el barco… ¿En qué dirección esta? ¿Puedes guiarme? —preguntó demasiado rápido al mismo tiempo que sus acciones lo contradecían, pues había empezado a caminar hacia un lugar “x” de la calle, esperando que el cocinero lo siguiera y, cuando estuvo a su lado, ya fuera para regresarlo a al dirección correcta o para seguir en esa misma…no podría saberlo, sintió un dejo de culpa por haber hablado de esa manera.
 
Suspiró.
 
—¿Sabes? No quiero que pienses mal, no me burlo de tu sueño…solo no puedo comprenderlo, aunque…si te sirve de algo, quizá tu razón no llame mi atención, pero la investigación misma si lo hace —. La libreta que aun llevaba en sus manos seguía abierta en la página en donde anotó sus “instrucciones” para la búsqueda de la “inmortalidad”, así que se detuvo en seco y, como al inicio, le puso el papel casi que en la cara al pobre hombre que tenía la mala suerte de acompañarlo. —¿Lo ves? Lo anoté para no olvidarlo…me interesa…la idea de una juventud eterna me interesa…así que…aunque no entienda tus razones, voy a ayudarte por las mías.
 
A fin de cuentas, la idea de experimentar en varios sujetos de prueba era algo que llegaba a emocionarlo más de lo que podía permitirse mostrar en plena vía pública.
 
—¡Ah! Y no te preocupes, no le contaré a nadie de la tripulación lo que me dijiste…tampoco es que lo vaya a recordar de aquí a mañana…no sé si era un secreto, pero, sea como sea, está a salvo conmigo —. Soltó una risa para alivianar el ambiente y para burlarse de su propia condición amnésica antes de que alguien más lo hiciera.
 
—Ahora sí…vayamos al barco…quiero darme un baño y recostarme…seguro me despertaré mañana luego de todo lo de hoy —. Estiró sus brazos y empezó a caminar nuevamente…aunque no supiera en que dirección estaba yendo en realidad.
#16
✘
TEMA: CERRADO

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