[Av T4 - Pr Rel] Casino Pegaso (Drum)
#11
Estoy completamente iracundo. Yo no me he colado en este sitio para que un mueve fichas de poca monta me diga que puedo o no apostar en una mesa de juego. ¿Me estás diciendo que este casino es una tapadera para lavar dinero y venden carcasas de Den Den Mushi o qué narices, tío? Yo soy el único que puede manejar mi propia suerte y como tal, apostar tanto como me salga de los cojones. 
La gente parece dividida frente mí reacción. Unos se acojonan pensando que les voy a hacer algo. Otros están conformes con mis formas y se prestan atentos a ver qué sucede. Lo más probable es que pienses como yo y quieran despilfarrar su cash como se le cante. A mí todos ellos me dan igual. Puro oportunista que se ha callado la boca y ha acatado las normas hasta que yo he movido ficha. Que les jodan. 
Con todo el calentón, empiezo a girar la cabeza, buscando algo. ¿Y Ubbe? El mamón me ha dejado plantado, el muy cerdo. Fijo que el capullo se está dando el lote con alguna chica especial de estas que tienen en el barco. Alguna rubia potente con superpoderes o tal vez una tipa cañera que se haga invisible... Ambas. Siendo lo burro que es seguro que ambas a la vez. Este muchacho me llena de orgullo.

Cuando estoy a punto de tomar la decisión de si arrancar la mesa de la moqueta y lanzarla contra la ventana o si estampar el cráneo del dealer contra la ruleta, la música de la sala se detiene. Eso llama mi atención y provoca que me gire en dirección al artista. Este se dirige con aires de grandeza en mi dirección, aunque su andar delata una determinación férrea. Nadie se atreve a cruzarse en su camino. Nadie menos yo, que le devuelvo una mirada sería e impasible. 
Es él quien inicia la conversación. Su tono de voz es ligero, pero afilado. Da la sensación de tener una navaja apuntando al cuello. Si no te mueves no te hará daño, pero de lo contrario la consecuencia es fatal. Aún con esas, sus palabras me llenan de satisfacción y me relajan. Es el propietario del lugar y, como tal, busca un orden para todos. Sin embargo entiende mi postura y le parece alegrar que tenga en sus mesas jugadores que buscan el verdadero desafío. Me reta. Quiere comprobar que voy en serio y está vez me ofrece un puesto en una zona exclusiva. Me es imposible ocultar una sonrisa de placer y devolver una mirada desafiante. -Señoras y señores, no suelo hacer esto, pero observen... ¡Esto es un hombre de verdad!- alzo la voz para que todos me escuchen. Doy una vuelta sobre mi mismo para captar la atención de todos y cuando vuelvo a dar con el hombre de traje rojo, lo señalo. -Un hombre que no se esconde y que entiende que las voluntades más fuertes manejan su propia suerte. Esto ya no va de ganar o perder. Esto va de desafiar al destino sin miedo a las consecuencias.- me señalo a mi mismo con el dedo pulgar de la mano izquierda mientras que con la derecha golpeo la mesa sacudiendo una vez más todo lo que hay encima. Un verdadero golpe de efecto. -¡Como máxima prueba de respeto, acepto el reto, jefe carmesí!- culmino sin vacilar. 

Es el momento de poner toda la carne en el asador. Me desplazo a una mesa que no esté echa polvo a base de porrazos bucanerescos. Todo el mundo se aleja y solo quedamos él y yo en cada esquina de la mesa, frente a frente. -Bien... Hagamos que esto sea memorable.- sonrío con picardía. Hago acopio de cinco cubiletes y cinco pares de dados. Una vez cada cubilete tiene a su pareja, junto a todos en mi mano derecha. Con movimientos rápidos y perfectamente coordinados, empiezo a hacer malabares con cada cubilete, creando un circulo circense entre mis manos, en una demostración de destreza sin parangón. El dominio de juego de manos con ambas manos hábiles provoca espectáculo y expectación entre los presentes. Para finalizar el número, hago aterrizar en la mesa boca abajo cada uno de los cubiletes en una perfecta línea horizontal que divide la mesa en dos. Sin levantar nada y desvelar el resultado, invito al músico a realizar su jugada. -Tú turno, jefe. Destapemos esto al mismo tiempo y revelemos al campeón.- lo desafío, aunque con un aura y tono jugón pero amistoso. Como aquel que lanza un dado, es momento de ver cuantas caras tiene este tipo.

En efecto, cajita feliz
#12
Ubbe intentó esconder una carcajada sin muchos resultados, cuando Sigurd y Pegasus empezaron su duelo verbal. El piano enmudecido, las luces reflejándose en las fichas volando por el aire, el crupier sudando frío… todo el espectáculo era tan exagerado que parecía escrito a propósito.

Ubbe observó la escena un instante, los brazos descansando, sintiendo cómo la atención de medio casino giraba hacia su hermano buccaneer. A su lado, Ravena se mantenía imponente, cuatro metros de semioni perfectamente tallados bajo las luces rojas y doradas del salón. Ubbe no necesitaba que ella dijera nada para notar que la escena le resultaba entretenida; la postura de sus hombros, la manera en que ladeaba ligeramente la cabeza, lo decía todo.
- GAHAHAHA… -se rió Ubbe, sacudiendo ligeramente la cabeza- Este cabrón vive pa’ liarla, baby!

Miró a Ravena de reojo, evaluando la vibra del momento. No tenía intención de meterse en la aventura loca que Sigurd estaba a punto de afrontar; aquello era territorio de su hermano, y Ubbe sabía reconocer cuándo dejar que el fuego ardiera solo.
-Si te parece… -murmuró, inclinando la barbilla hacia la zona de juegos- tengo ganas de probar la ruleta. Pero antes voy por bebida, baby. ¡Me he terminado mi ColaZero, y necesito más gasolina para seguir!

Dicho eso, se separó de Ravena con un paso firme y tranquilo, abriéndose camino entre mesas, luces y bandejas como quien atraviesa un festival. La barra seguía siendo un mundo aparte: ruido, copas chocando, gritos de victoria, susurros de derrota. Pero en uno de los taburetes, había un hombre derrotado, en completo silencio, quieto, plegado sobre sí mismo, observando el fondo de su copa como si estuviera, esperando que el reflejo le respondiera. Era un contraste brutal con el resto del Pegaso, y Ubbe se sintió arrastrado hacia él por pura intuición.
Se apoyó en la barra con un golpe seco que hizo temblar varios vasos, el barman le miró y Ubbe le enseñó los dos vasos de colazero, se giró de nuevo al hombre alicaído, y le plantó la mirada con una sonrisa enorme.
- Ey, colega… ¿Qué pasa, bro? ¿Te han desplumao o qué? -preguntó con tono alegre, casi festivo.
Ubbe estaba on fire esa noche, ver a su hermano tan motivado, y haber encontrado una mujer tan imponente como Ravena, hacían de esa, una noche memorable, y había veces, que Ubbe era más generoso de lo que parecía, asi que quería repartir su jolgorio con los demás.
GAHAHAHAHA - Se rió junto al hombre entristecido - A ver man, no me mola este rollito que me llevas, con la noche tan de puta madre que estoy teniendo, me estás cortando todo el rollo tío
Sacó 1.000 berries y los dejó delante del hombre sin pensarlo dos veces, como quien deja una ficha más en la mesa.
- Toma, baby. Pa’ que te alegres un poco. Hazte con una bebida rica y levanta ese ánimo, que la noche no acaba aquí. ¡Quiero verte brindar cuando vuelva por aquí! GAHAHAHAHA
Tras esperar un poco junto con el hombre triste, finalmente apareció el barman y le sirvió a Ubbe sus dos ColaZero
Ubbe simplemente le palmeó el hombro con suavidad (suavidad para un buccaneer, que igualmente movió al hombre dos centímetros en el taburete) y se llevó sus refrescos hacia la zona de la ruleta. 

Ravena seguía allí, imponente entre el brillo del casino, como si perteneciera al Pegaso tanto como las luces y la música. Ubbe le tendió su bebida sin decir una palabra más; el gesto bastaba.
Al fondo, Sigurd ya estaba en su duelo, los cubiletes alineados como si fueran parte de un ritual antiguo. El público vibraba alrededor.
Ubbe sonrió, observó la mesa de ruleta unos metros más allá, y luego volvió la mirada hacia la semioni.
La noche todavía tenía mucha cuerda. Y Ubbe la pensaba exprimir entera, baby.
Se acercó a la ruleta y alzó un poco la voz para que todos le prestasen atención, intentando de nuevo como impresionar a ravena.
- 5.000 al Negro,baby, ¡como el menda! GAHAHAHA


INFO
#13
El espectáculo de malabares que Sigurd ejecuta transforma la tensión del momento en teatro puro. Los cinco cubiletes vuelan entre sus manos con precisión que contradice su reputación de bruto violento, creando patrones circulares que hipnotizan a los espectadores mientras los dados dentro tintinean como pequeñas campanas anunciando destino inminente. Cada cubilete aterriza en la mesa boca abajo con sonido satisfactorio que resuena como tambor marcando tiempo, hasta que los cinco están alineados en fila horizontal perfecta dividiendo el espacio verde entre el gigante y el dueño del casino. Maximilian Pegasus observa la demostración con sonrisa que ha crecido genuinamente impresionada, sus dedos saliendo de los bolsillos para aplaudir brevemente antes de acercarse a su lado de la mesa – “Impresionante coordinación para alguien de tu tamaño” – comenta mientras hace gesto hacia un mesero cercano que inmediatamente trae cinco cubiletes adicionales con sus respectivos pares de dados – “pero el corazón de las cartas favorece solo a uno en cada jugada”.
 
Con movimientos que carecen completamente del teatro que Sigurd acaba de ofrecer, Pegasus coloca sus cinco cubiletes en línea paralela a los del gigante, agita cada uno brevemente, y los deposita boca abajo con la confianza de quien se cree ganador desde antes de iniciar la partida – “Destapemos simultáneamente” – dice con voz melodiosa – “y veamos qué historia nos cuentan los dados esta noche.” – Ambos hombres colocan sus manos sobre los cubiletes, la multitud conteniendo la respiración mientras el momento se estira como prostituta profesional sobre la cama.
 

 
Mientras el duelo entre Sigurd y Pegasus captura la atención de la mayoría del salón, Ubbe ha navegado hacia la barra con sus propios propósitos en mente, su risa inicial ante el espectáculo de su hermano transformándose en necesidad práctica de reabastecer su suministro de cola, en este caso zero, pues ya tiene una colota esperándole en la mesa con Ravenna. El piano ha enmudecido con la partida de Pegasus hacia el duelo, las fichas siguen volando ocasionalmente por el aire cuando algún apostador reacciona dramáticamente a victorias o derrotas, y el crupier de la mesa de ruleta donde todo comenzó suda visiblemente mientras limpia el desastre creado por la explosión inicial de Sigurd. La barra es un hervidero de voces superpuestas, copas chocando en brindis, gritos ocasionales de victoria mezclándose con suspiros de derrota, todo orquestado por el barman cuyas manos nunca dejan de moverse preparando la siguiente bebida. Es aquí donde Ubbe nota al hombre que contrasta brutalmente con la energía frenética circundante. Está plegado sobre sí mismo en uno de los taburetes como flor marchita, su postura transmitiendo derrota tan completa que parece haber perdido no solo dinero sino también voluntad de continuar existiendo. El vaso vacío frente a él ha sido observado durante tanto tiempo que probablemente podría dibujar cada imperfección del cristal de memoria. Ubbe se apoya en la barra con impacto que hace temblar varios vasos cercanos, capturando inmediatamente la atención del barman a quien muestra sus dos vasos vacíos antes de girarse hacia el hombre derrotado con sonrisa enorme que promete interacción social inevitable. Ante el llamado de Ubbe, el hombre levanta la vista lentamente como si el simple acto de mover la cabeza requiriera esfuerzo hercúleo – “Lo he perdido todo” – responde con voz que es poco más que susurro rasposo – “casa, ahorros, la joya que era herencia de mi abuela, todo en esas malditas mesas.”
 
La risa de Ubbe resuena por toda la barra haciendo que varios otros apostadores giren brevemente antes de retornar a sus propias tragedias y triunfos, tras lo cual saca mil berries de su bolsillo con casualidad de quien está extrayendo pequeño cambio en lugar de suma que podría alimentar familia durante semana, dejándolos frente al hombre sin pensarlo dos veces como quien deja propina generosa. El hombre mira los billetes y con dedos temblorosos de quien no puede creer verdad aquel acto de desinteresada amabilidad los toma con gusto. Las lágrimas que comienzan a formarse en sus ojos podrían ser gratitud o simplemente el colapso emocional final de alguien que ha alcanzado fondo y descubre que extraños siguen mostrando más bondad que el destino – “Eres... eres demasiado generoso” – logra articular mientras limpia sus ojos con dorso de mano que muestra manchas de tinta y suciedad acumulada – “especialmente considerando dónde estamos. Este lugar...” – hace pausa mirando alrededor como si temiera ser escuchado, tras lo cual se acerca a Ubbe y le susurra – “este lugar no premia la generosidad, solo la devora.” – se inclina hacia Ubbe bajando la voz hasta nivel conspiratorio que apenas es audible sobre el ruido ambiente – “¿Ves esas cortinas rojas? ¿Las habitaciones VIP?” – sus ojos se mueven nerviosamente hacia las alcobas privadas distribuidas alrededor del perímetro – “No es solo dinero lo que se apuesta allí dentro. He escuchado cosas... rumores. Libertad, servidumbre, cosas que ninguna persona cuerda debería poner sobre una mesa de juego. No hay limite en esa zona maldita.” – Toma uno de los billetes que Ubbe le ha dado y lo gira entre sus dedos como si fuera talismán protector – “Hace dos horas vi a tres hombres entrar a una de esas habitaciones” – señala discretamente hacia una de las cortinas que ocasionalmente se mueve sugiriendo actividad interna – “pero ahora, escuché a un mesero comentando algo sobre 'correas' que necesitaban llevar allí.” – su mirada retorna a Ubbe con intensidad que corta a través de su intoxicación.
 
Antes de que Ubbe pueda responder, el barman regresa con dos ColaZero bien frías. El hombre derrotado levanta su vaso vacío en brindis silencioso hacia el gigante, gratitud y advertencia mezclándose en su expresión mientras Ubbe recoge sus bebidas y le palmea el hombro con suavidad que aun así mueve al hombre dos centímetros en su taburete. Durante su regreso a la mesa de la ruleta puede observar como un mesero joven se desliza discretamente hacia una de las habitaciones VIP llevando bandeja cubierta por tela que oculta su contenido, pero el brillo metálico que ocasionalmente destella cuando la luz lo alcanza sugiere que definitivamente no son aperitivos ni bebidas lo que transporta. Casi simultáneamente, desde otra habitación emerge una camarera cuyo cabello despeinado y mejillas sonrojadas podrían interpretarse como resultado de trabajo físico intenso. Ravena permanece donde la dejó, cuatro metros de semioni perfectamente tallados bajo las luces rojas y doradas del casino, su vestido ajustándose a su figura de manera que hace que varios apostadores masculinos cercanos olviden momentáneamente sus apuestas para simplemente observar. Cuando Ubbe se aproxima y le extiende su ColaZero, ella lo acepta con sonrisa que ha crecido desde su interacción inicial, claramente impresionada por la forma en que este gigante trata el dinero como recurso infinito que existe para ser compartido generosamente – “Vi lo que hiciste" – dice mientras toma un sorbo de su bebida – “la mayoría de los hombres con tu cantidad de dinero lo guardarían celosamente. Tú lo regalas a extraños rotos como si fuera confeti.” – su sonrisa se ensancha a la vez que se vuelve a pegar al cuerpo de Ubbe cual calcomanía a una libreta, sus enormes pechos pegados a la espalda del buccaneer, para susurrarle al oído – “Es... refrescante. Estúpido quizás, pero refrescante.” – le dice a la vez que le muerde el lóbulo izquierdo traviesamente.
 
Al fondo del salón, el duelo entre Sigurd y Pegasus está iniciando. Se aproxima a la mesa de ruleta con Ravena a su lado, su presencia combinada haciendo que varios apostadores se aparten instintivamente creando espacio para dos figuras que claramente requieren más territorio personal que humanos de tamaño estándar. Ubbe alza la voz lo suficiente para que los apostadores cercanos puedan escucharlo, apostando la apuesta máxima al negro. Deposita las fichas sobre el área negra del tapete haciendo que Ravena sacuda la cabeza con sonrisa que sugiere que está simultáneamente impresionada y cachonda por la forma de ser del gigante. La crupiére acepta la apuesta con asentimiento profesional, esperando unos segundos para ver si otros apostadores quieren añadir sus propias selecciones antes de hacer el gesto ceremonial que indica que no se aceptarán más apuestas – “No más apuestas” – declara con voz que corta limpiamente a través del murmullo, su mano liberando la pequeña bola de marfil que comienza su viaje alrededor del perímetro de la rueda giratoria. La bola salta y baila como cosa viva, sus movimientos imposibles de predecir mientras la rueda gradualmente desacelera bajo ella, hasta que finalmente, inevitablemente, cae en uno de los bolsillos numerados con sonido definitivo que sella fortunas. Treinta y cuatro. Rojo – “Rojo treinta y cuatro” – anuncia la crupiére con voz neutral que no contiene ni satisfacción ni lástima, mientras sus manos comienzan el proceso de recolectar todas las fichas apostadas al negro, incluyendo los cinco mil berries de Ubbe que desaparecen hacia las arcas del casino. Diez mil berries perdidos en cuestión de minutos entre la mesa de dados anterior y esta ruleta, sumas que harían llorar a trabajadores ordinarios pero que para Ubbe parecen ser poco más que costo de entretenimiento. Ravena lo observa con expresión que ha evolucionado desde impresionada hasta algo más complejo: fascinación mezclada con curiosidad. Su sonrisa se vuelve algo más cálida, más genuina – “Empiezo a entender por qué tu amigo allá” – señala con barbilla hacia donde Sigurd está concluyendo su interacción con Pegasus – “tiene la confianza de desafiar al dueño del casino. Ustedes dos no operan con las mismas reglas que el resto de nosotros, ¿verdad?” – la noche en el Casino Pegaso continúa su curso caótico, fortunas cambiando de manos con cada giro de rueda y lanzamiento de dados, mientras que en las habitaciones VIP ocultas detrás de cortinas rojas, apuestas de naturaleza completamente diferente están siendo resueltas con consecuencias que ningún visitante del salón principal puede anticipar completamente.
 

 
El primer cubilete de Sigurd revela un total de seis, dos dados mostrando tres puntos cada uno en configuración que es sólida pero no espectacular. Pegasus levanta su propio cubilete revelando siete, una combinación de cuatro y tres que le da victoria por el margen más estrecho posible. La sonrisa del dueño del casino es educada y tranquila, sin triunfalismo excesivo mientras asiente reconociendo el resultado – “Un comienzo prometedor” – dice con voz condescendiente – “para mí, por supuesto. Pero dejare que me sorprendas, no creo que puedas ganarme ni un solo turno. Continuemos." – El segundo cubilete de Sigurd revela siete, un total respetable que hace que algunos espectadores murmuren apreciativamente. Cuando Pegasus levanta el suyo revelando solo cuatro, la expresión en su rostro cambia sutilmente hacia algo que podría ser sorpresa ligera mezclada con un dejo de irritación – “Bien jugado” – dice simplemente, sin elaborar, mientras hace gesto para que continúen hacia la tercera ronda. Sigurd obtiene seis nuevamente, una repetición de su primer resultado pero ahora en contexto diferente. Pegasus levanta su cubilete mostrando solo tres, su puntaje más bajo hasta ahora, y esta vez su sonrisa desaparece por completo – “Dos consecutivas" – reconoce mientras la gente que observa lo ocurrido no puede creer que Pegasus este perdiendo, aunque la apuesta original haya sido ganada desde el primer turno, su reputación en juego – “quizás ese corazón de las cartas del que hablas tiene algo de sustancia después de todo.” – La tensión alcanza nuevo pico cuando Sigurd revela ocho, su mejor resultado hasta ahora, los dados mostrando combinación que hace que varios apostadores intercambien dinero en apuestas secundarias sobre el resultado final. Pegasus levanta su cubilete con movimiento más dramático que los anteriores, como si él también sintiera el peso del momento, revelando un ocho. Idéntico. Un empate que hace que el salón entero exhale simultáneamente. El dueño del casino se queda mirando los dados durante varios segundos, su expresión transformándose en algo más complejo, intriga mezclada con coraje – “Esto es mejor que una Caricatura” – murmura – “¿Quién será el protagonista de esta Caricatura?”
 
El último cubilete de Sigurd es levantado con confianza que ha ido creciendo con cada victoria, pero cuando los dados revelan solo dos, el total más bajo posible con dos dados estándar, la expresión del gigante se congela como estatua de hielo. Pegasus levanta el suyo revelando once, casi el máximo posible, y la victoria de la casa está sellada con dramatismo que ningún guionista podría haber orquestado mejor. La sonrisa de Maximilian es controlada pero satisfecha mientras inclina la cabeza hacia Sigurd con respeto que parece genuino, detrás de aquella mascara de preocupación que se había estado formando instantes atrás en el rostro del dueño del casino – “Has llegado más lejos de lo que el noventa por ciento de quienes aceptan este desafío logran” – dice con voz que lleva consuelo sin condescendencia – “dos victorias y un empate contra la casa no es vergüenza, es demostración de habilidad considerable. Sin embargo” – hace pausa a su magnanimidad – “Has fallado en la primera, recuperaste terreno admirablemente, pero el destino final sigue siendo el mismo.” – extiende una mano hacia Sigurd en gesto que es mitad felicitación mitad despedida – “Las mesas públicas permanecen abiertas para ti con sus límites establecidos, por supuesto. Pero las puertas de las salas VIP” – su sonrisa se vuelve algo más afilada – “permanecen cerradas hasta que demuestres que puedes completar el desafío como fue diseñado.”
 

 
Resumen

Hides

Dinamicas Casino

Dueño Casino Pegaso

Mapa del Casino Pegaso
[Imagen: Firma-Fuguwu.png]
#14
La fuerza es algo que se labra uno mismo. La fortuna no. Esta llega o desaparece a voluntad, es indomable. Lo interesante es que siempre aparece, antes o después, haciendo una cosa u otra. Por eso es importante que, al igual que la inspiración, te pille trabajando. O en este caso, apostando el orgullo con el jefe del legendario Casino Pegaso. 
No queda nada que demostrar. El respeto que le proceso a este tipo por plantarme cara y desafiarme es inmenso, así que solo puedo ofrecerle la misma determinación y un juego de manos a la altura. Destapo cada cubilete con una valentía acorde al momento, que nadie sea capaz de percibir que en lo más profundo de mí, tengo unas ganas enormes de derrotarlo.
Pegasus no hace ningún tipo de paripé. Suficiente tiene con dejar de tocar y apostar contra mí. Comprensible. Emana un aura misteriosa, dominate. Parece que disfruta del juego pero sabe que ha ganado antes de empezar. Va revelando sus resultados poco a poco, comparándolos con los míos. Y para mí desgracia, me supera en las dos primeras tiradas. Una gota de sudor fría cae por mi frente mientras trago saliva e intento mantener la compostura. No empiezo nada bien y tengo ganas de que me trague la tierra. ¿Y si me he precipitado contra este tío? Pero a la tercera, consigo empatar. Y no solo eso, sino que cuando termina de destapar todos los cubiletes, he conseguido dos victorias consecutivas. -¡Vamos!- me animo a mi mismo, cerrando el puño derecho con fuerza, en un gesto que pretende ser disimulado pero no lo consigue en absoluto.
El resultado final no deja lugar a dudas. Empate técnico, con dos victorias, dos derrotas y unas tablas. El público se anima ante la hazaña de un desconocido frente al magnate todo poderoso, y puedo ver cómo al pianista carmesí no le hace ninguna gracia, pero mantiene una compostura estoica y formidable. Sin embargo, pese a lo extraordinario, la orden es clara, y al no haberlo derrotado, me quedo sin el premio principal.

Lo miro altanero. Sonrío levemente mientras arqueo una ceja dubitativa. No le pienso decir que es un rencoroso y mal perdedor. Estamos en su casa y son sus normas. Al final tiene razón, ha sido un empate. Pero lo es. Lo pienso y lo es. Hubiera preferido un tiro en los cojones que empatar con un vikingo sin clase como yo. Aunque no pienso dejarme derrotar tan fácilmente. V I P son siglas que quedan muy guapas juntas y me merezco ver qué secretos esconde este lugar. -Bien... Es como dices, Pegasus, ha sido un empate y no es suficiente.- digo, relajando mis hombros y quitándole tensión al asunto. Lo que menos le interesa a nadie ahora es iniciar una pelea aquí dentro. -Voy a intentarlo una vez más. Un desafío que me has hecho tú, y ahora una revancha que te propongo yo.- hago una pequeña reverencia, insólito en mi. -Cerremos esto como hombres, con un doble o nada.- 
La gente parece animada. Ansiosa por ver que resultado va a saltar en la mesa. La fortuna me seguirá sonriendo a la casa o un pirata llegado de ningún lugar podrá quedarse con un puesto en las salas más ostentosas del navío. Voy a agarrar los diferentes cubiletes y dados, pero un crupier se me adelanta. Flanqueando mi posición, se atreve a retirar mis dados sin mi permiso y a entregarme unos nuevos. Algo rutinario, llego a pensar. Al igual que a uno le recogen las cartas tras cada mano, supongo que lo mismo con los dados.
Mismo procedimiento. Con destreza precisa y dedos de oro, hago bailar cada cubilete en un circulo de malabares hipnótico, una danza espectacular que capta la atención de propios y extraños. Cuando siento que ya he tenido suficiente mezcla, dejo caer cada cubilete boca abajo, cubriendo el resultado. Todos puestos en una perfecta línea horizontal que divide la mesa en dos. -Momento de destapar, muchachos.- me adelanto. -Veamos mis resultados y luego los de mi magnífico oponente.-

Como decía, la fortuna viene y va. A veces está, a veces no... Y a veces confías y te la roban en la cara. Mi cara es un poema. La ira brota en mi interior por la injusticia que acaba de suceder. Pero me mantengo estoico. No pienso ceder a mis impulsos de aplastar su cráneo por placer, aunque no me lo pone fácil. -Gente... Juzguen ustedes mismos lo que acaba de suceder...- Como si fuera una harmonia ensayada, los dados dibujan un patrón evidentemente. En el centro, 2 cuatros perfectos puntuando un poderoso ocho. Y en el resto, todo con el mismo resultado. El dado de la izquierda 1 uno. El de la derecha 1 tres. Todos exactamente idénticos. Misma posición, mismo resultado. 4 cuatros consecutivos. 
Golpeo la mesa con ambas manos abiertas, apoyándome en la misma y haciendo saltar los dados, que caen en la misma posición. Sonrío por no saltar a matarlo. -Señoras y señores, parece que el señor Pegasus tiene un mal perder...- hago una pausa dramática. Lo he respetado, pero todo era fachada. Me siento estafado, y con razón. Ya no con los dados, sino en el orgullo. Podría llamar a Ubbe y convertir este barco en menos que polvo. -Y todavía un peor disimular, por lo que se deja ver...- pero si algo le duele más que una puñalada, fijo que es dejarlo en evidencia en frente de todo el casino. Abrir el cajón de mierda. Revelar las trampas de la casa. -Señor Pegasus, dime. ¿Quieres que discutamos el resultado en la sala VIP o quiere que esta vergüenza salga de estas paredes?- 

¡¡¡No tengo más cartas que jugar, es un All In. Y no voy de farol!!!

En efecto, cajita feliz
#15
El sonido del “Rojo treinta y cuatro” todavía flotaba en el aire cuando Ubbe se quedó mirando las fichas desapareciendo de la mesa como si fueran agua que se escurría entre sus dedos. La ruleta seguía girando, indiferente, y Ravena bebía tranquilamente a su lado, su presencia enorme y cálida pegada al costado del buccaneer.
Pero la mente de Ubbe ya no estaba allí. Estaba en la barra. En el hombre derrotado. En lo que le dijo sobre las cortinas rojas.
Sobre apuestas que no eran dinero. Un hormigueo incómodo le subió por la nuca. No era miedo. Era instinto. Ese que le avisaba cuando algo olía mal… y esa parte del casino apestaba a problemas.
Chasqueó los dedos, su tic seco, habitual, inevitable, últimamente lo estaba usando también cuando se le ocurría alguna cosa, como era el caso, y se giró hacia Ravena.
-Oye, baby… ven conmigo un momento -dijo en voz baja, tirando suavemente de su brazo. No la obligó, simplemente la invitó, y la semioni si le seguía o no ya sería decisión de la semioni. 
Ubbe dio cinco pasos cuando un rugido se desató detrás de el.
La voz de Sigurd.
Un estallido que reventó el silencio como un cañonazo.
-Señoras y señores, parece que el señor Pegasus tiene un mal perder...-
Ubbe no entendió qué coño había pasado exactamente, pero no le hacía falta. Conocía la voz de su hermano. Esa no era de enfado… era de “acabo de hacer temblar el mundo”. Y aprovechando la distracción que todo aquello provocaba, Ubbe se dirigió hacia la zona VIP, que esperaba que estuviera menos vigilada ahora. 
Ubbe ladeó la cabeza. Miró la cortina. Miró a Ravena. Miró nuevamente la cortina, como si estuviera evaluando si era suficientemente grande para colar a dos montañas vivientes.
Lo era.
-Baby… -murmuró, con una sonrisa lenta, ladeada, peligrosa- si vamos a ver qué coño pasa ahí dentro… este es el momento.
Esperaba que el estruendo y la acusación de Sigurd fueran suficientes como para pasar desapercibido. 
-Vamos -susurró, inclinándose apenas hacia Ravena- Antes de que se den cuenta de que medimos cuatro metros.
Y sin más ceremonia, sin pausa ni duda, Ubbe dio un paso decidido hacia la cortina roja, empujándola con dos dedos como si fuera la entrada a su propia casa.
Pegasus y Sigurd eran la tormenta. 
Ubbe y Ravena iban a moverse en la sombra de ese estruendo.
Directos a la zona donde, según el hombre del bar… no se apostaba dinero sino algo mucho peor.
Ayuda Visual

INFO
#16
El crupier que ha reemplazado los dados de Sigurd retrocede hacia su posición original con movimiento que es tan fluido que casi pasa desapercibido, excepto para aquellos cuya paranoia está suficientemente desarrollada como para cuestionar cada gesto rutinario en un establecimiento donde las probabilidades matemáticas siempre, siempre favorecen a la casa. Sigurd ejecuta su espectáculo de malabares con la misma destreza que la primera vez, los cinco cubiletes danzando entre sus manos en patrones hipnóticos que capturan la atención de todos los espectadores. Cuando finalmente los aterriza en línea horizontal perfecta dividiendo la mesa entre él y Pegasus, hay anticipación palpable en el aire que hace que varios apostadores contengan la respiración esperando la revelación. Los cinco cubiletes se levantan simultáneamente revelando un patrón que hace que el murmullo del salón se congele instantáneamente en algo más denso, más incómodo. El cubilete central muestra ocho, dos dados perfectos mostrando cuatro puntos cada uno en configuración que es sólida y respetable. Pero es lo que flanquea este resultado lo que transforma la escena de juego limpio en algo que huele a manipulación tan obvio que incluso los apostadores más ingenuos pueden percibirlo. A la izquierda del centro: cuatro puntos. A la derecha del centro: cuatro puntos. En el extremo izquierdo: cuatro puntos. En el extremo derecho: cuatro puntos. Cuatro dados mostrando exactamente cuatro puntos, todos en la misma posición exacta, sus caras superiores alineadas con precisión que desafía probabilidad estadística hasta el punto de volverse imposible sin intervención externa. No es solo que los números sean idénticos, es que están orientados de manera que sus patrones de puntos forman espejo perfecto, como si alguien hubiera colocado cada dado manualmente en lugar de permitir que el azar los posicionara naturalmente.
 
Sigurd golpea la mesa con ambas manos abiertas, el impacto haciendo saltar los dados que increíblemente caen de vuelta en exactamente las mismas posiciones, la probabilidad de esto ocurriendo naturalmente siendo tan astronómicamente baja que varios apostadores intercambian miradas de desconcierto. Su sonrisa es tensa, músculos de su mandíbula contrayéndose visiblemente mientras lucha contra impulsos violentos que amenazan con explotar. La pausa dramática que sigue a la acusación de Sigurd permite que el veneno de la acusación se filtre por todo el salón, silenciando conversaciones y deteniendo movimientos mientras todos procesan las implicaciones de lo que el gigante está sugiriendo. La multitud reacciona con espectro completo de emociones, algunos asienten reconociendo lo obvio de la manipulación, otros murmuran entre ellos debatiendo si esto es evidencia suficiente de trampa o simplemente coincidencia imposible, y varios más simplemente observan con fascinación mórbida esperando ver cómo el dueño del casino responderá a acusación pública que amenaza con destruir la reputación de su establecimiento.
 
Maximilian Pegasus permanece completamente inmóvil durante varios segundos que se estiran como chicle, su expresión no revelando nada mientras sus ojos escanean los dados con interés que parece genuinamente curioso. Cuando finalmente habla, su voz es suave como seda, pero lleva filo que corta más profundo que cualquier grito – “Una acusación fascinante,” – dice mientras camina lentamente alrededor de la mesa para examinar los dados desde múltiples ángulos, sus dedos rozando ligeramente las superficies sin moverlos de sus posiciones – “y comprendo completamente por qué la formularías. Este patrón es, admito, estadísticamente improbable hasta el punto de parecer imposible.” – se endereza mirando directamente a Sigurd con ojos que brillan con algo que podría ser diversión o quizás desafío – “Sin embargo, debo corregir un malentendido fundamental sobre cómo opera este establecimiento. El Casino Pegaso no hace trampa. No necesitamos hacerlo.” – dice a la vez que hace gesto elegante que abarca todo el salón – “Esto es tan real como lo es que este barco flota y continúa prosperando mientras que apostadores vienen y van dejando sus fortunas en nuestras mesas.” – recoge uno de los dados cuestionables, examinándolo bajo la luz como joyero evaluando diamante sospechoso – “Estos dados son completamente legítimos, sin peso alterado, sin caras modificadas. Cualquier experto puede verificarlo.” – lo deja caer sobre la mesa donde rueda naturalmente antes de detenerse mostrando número diferente – “Lo que has presenciado es simplemente la manifestación de que, en un universo gobernado por probabilidades, incluso los eventos más improbables eventualmente ocurren. No es trampa. Es simplemente... mala suerte.” – su sonrisa se ensancha ligeramente, revelando dientes perfectamente blancos – “Pero aprecio tu pasión y tu disposición a defender tu honor públicamente. Entonces procedamos con mis propias tiradas usando los mismos dados y dejemos que los resultados hablen por sí mismos sobre quién tiene razón en sus acusaciones.” – Pegasus toma los cinco cubiletes de Sigurd y sus respectivos dados con movimientos rápidos, pero carecen del teatro de Sigurd, agitándolos brevemente antes de depositarlos boca abajo en línea paralela, para luego revelarlos sin un atisbo de sorpresa en su mirada: 7, 9, 6, 10, 6.  
 
El resultado final es devastador en su claridad. Cuatro victorias para Pegasus, una sola para Sigurd. Una demostración tan dominante que hace que la acusación previa de trampa parezca desesperación de mal perdedor en lugar de observación legítima de irregularidades estadísticas. Maximilian Pegasus se endereza completamente, sus brazos extendiéndose ligeramente como si estuviera absorbiendo la energía de su victoria aplastante, su rostro transformado en máscara de satisfacción pura que bordea lo orgásmico – “Cuatro a uno,” declara con voz que resuena por todo el salón, “le debe 20,000 berries a la casa” – dice con un atisbo de decepción en su voz – “espero siga disfrutando del casino” – se inclina ligeramente hacia Sigurd con sonrisa que es simultáneamente respetuosa y despiadada – “Has luchado valientemente, has hecho acusaciones audaces, y has perdido convincentemente. Las puertas de las salas VIP permanecen cerradas para ti, y sugiero que aceptes tu derrota con la misma dignidad que mostraste al aceptar inicialmente el desafío.”
 
Mientras este drama se desarrolla en el salón principal capturando la atención completa de prácticamente todos los presentes, Ubbe ha aprovechado la distracción perfecta para ejecutar su propia investigación hacia territorios que han sido prohibidos para apostadores ordinarios. El rugido de Sigurd acusando a Pegasus ha creado un momento de caos donde los guardias y el personal están enfocados en la confrontación potencialmente violenta entre el gigante y el dueño, sus miradas dirigidas hacia el centro del drama en lugar de escanear los perímetros donde cosas menos obvias pero potencialmente más interesantes podrían estar ocurriendo. Ravena ha seguido a Ubbe con curiosidad que ha vencido cualquier cautela que pudiera tener sobre meterse en áreas claramente marcadas como restringidas, su masa de cuatro metros moviéndose con sorprendente sigilo considerando que debería ser imposible para alguien de su tamaño pasar desapercibida. La cortina de terciopelo rojo que marca la entrada a una de las habitaciones VIP se aparta bajo los dedos de Ubbe como si estuviera invitándolos a descubrir secretos que el casino preferiría mantener ocultos del público general. El interior de la habitación es opulento de manera que contrasta brutalmente con lo que están a punto de descubrir. Paredes forradas con papel tapiz color burdeos decorado con patrones dorados, una mesa de póker elaborada ocupando el centro con sillas de cuero genuino alrededor, y lámparas que proyectan luz suave diseñada para crear atmósfera íntima. Pero ninguno de estos detalles arquitectónicos importa cuando los ojos de Ubbe y Ravena caen sobre la figura que yace en el suelo junto a la mesa.
 
Tristan está completamente desnudo, su cuerpo desplomado en posición que sugiere que simplemente colapsó donde estaba parado, miembro aún parcialmente erecto dando testimonio de sus actividades recientes. Su piel está cubierta con capa fina de sudor que brilla bajo las luces de la habitación, mientras que su respiración es superficial y errática, pecho subiendo y bajando con ritmo que indica que está vivo pero profundamente inconsciente. Sobre la mesa cercana, restos de sustancias en polvo blanco y pequeñas pipas usadas revelan exactamente qué tipo de entretenimiento había estado disfrutando antes de que su cuerpo decidiera que suficiente era suficiente. El cuerpo de Tristan permanece inmóvil durante varios segundos hasta que de repente comienza a convulsionar violentamente, su torso arqueándose mientras vómito emerge de su garganta en oleadas que no puede controlar debido a su estado inconsciente. El líquido, mezcla nauseabunda de alcohol, drogas y vómito, comienza a llenar su boca y fluir hacia sus pulmones, el sonido de asfixia transformándose en gorgoteo húmedo que señala que está ahogándose en su propio vómito mientras su cuerpo es incapaz de ejecutar el reflejo básico de girarse hacia un costado. Ravena reacciona instantáneamente comprendiendo en fracción de segundo que este hombre morirá en los próximos minutos si nadie interviene, moviéndose hacia él mientras su voz emerge en grito – “¡AUXILIO!” – Su voz es tan potente que hace vibrar los cristales de las lámparas, el sonido atravesando las cortinas de terciopelo y penetrando el salón principal donde transforma el drama controlado del duelo de dados en algo completamente diferente. Cabezas giran hacia la dirección del grito, conversaciones se detienen abruptamente, y varios miembros del personal comienzan a moverse hacia las habitaciones VIP con expresiones que mezclan preocupación profesional y pánico absoluto sobre qué secretos están a punto de ser revelados públicamente.
 
Pero antes de que el personal pueda alcanzar la habitación donde Ubbe y Ravena han hecho su descubrimiento, otra de las cortinas rojas se abre dramáticamente como telón de teatro revelando espectáculo que ningún guionista sobrio habría imaginado. Kaiba emerge con postura de conquistador que acaba de someter continente entero, su expresión transmitiendo satisfacción absoluta. Detrás de él, conectados mediante correas de cuero negro que están atadas alrededor de sus cuellos como collares de perro, completamente desnudos, caminan Yugi y Bakura en sus manos y rodillas con la dignidad destruida. Las correas tienen argollas metálicas que tintinean con cada movimiento, y Kaiba las sostiene con mano casual como si estuviera paseando mascotas particularmente bien entrenadas en lugar de seres humanos que claramente han apostado algo que nunca deberían haber puesto sobre mesa de juego – “Vamos, mis pequeños esclavos” – dice Kaiba con voz que destila satisfacción sádica – “es hora de que todos vean qué sucede cuando se apuesta contra mí y se pierde.” – tira ligeramente de las correas haciendo que Yugi tropiece brevemente antes de recuperar balance, mientras que Bakura mantiene ojos fijos en suelo como si pudiera volverse invisible mediante pura fuerza de voluntad si evita contacto visual con cualquier espectador.
 
El salón principal explota en caos que trasciende cualquier cosa que hubiera ocurrido durante las horas previas de la noche. Apostadores que habían estado observando el duelo entre Sigurd y Pegasus ahora giran sus cabezas frenéticamente entre múltiples puntos de interés. El grito de auxilio proveniente de una habitación VIP, el espectáculo imposible de Kaiba paseando humanos como perros, y la expresión de Maximilian Pegasus que se transforma en algo que ninguno de ellos ha visto antes. El dueño del casino comienza a reír como un desquiciado. Su risa es genuina, profunda, que emerge desde su centro como si hubiera presenciado el chiste cósmico más brillante que universo puede ofrecer. Sus manos se llevan a su estómago mientras se dobla ligeramente, lágrimas formándose en esquinas de sus ojos mientras su cuerpo se sacude con espasmos de diversión que parecen casi dolorosos en su intensidad – “¡Oh, esto es perfecto! ¡PERFECTO!” – grita entre carcajadas que hacen que varios apostadores retrocedan instintivamente – “¿Lo ven? ¿TODOS LO VEN?” – extiende brazos abarcando todo el salón – “¡La vida es exactamente como una caricatura! ¡Nada de esto es real! ¡Todo es espectáculo diseñado para nuestro entretenimiento!” – camina hacia su piano con pasos que son mitad danza mitad tambaleo de borracho que ha consumido algo más fuerte que alcohol, sus dedos encontrando las teclas y comenzando a tocar melodía que es simultáneamente hermosa y discordante, notas saltando entre escalas mayores alegres y menores melancólicas sin patrón predecible como si la música misma estuviera teniendo crisis existencial.
 
Y entonces, como si sus palabras fueran señal que todos habían estado esperando inconscientemente, el Casino Pegaso se transforma en algo que trasciende establecimiento de juego y se convierte en manifestación física de todos los pecados capitales ejecutándose simultáneamente sin restricción ni vergüenza. La lujuria explota primero. Una pareja que había estado coqueteando tímidamente en la barra durante horas finalmente abandona pretensión y comienza a besarse con intensidad carnal, sus manos explorando cuerpos con urgencia. Otro grupo de tres, aparentemente inspirados por el ejemplo de Kaiba y sus esclavos, comienza a discutir términos de apuesta donde perdedor servirá sexualmente a ganadores durante resto de noche. La avaricia se manifiesta en mesa de póker donde apostador que acaba de ganar mano grande se niega a compartir incluso propina microscópica con crupier que ha estado sirviéndole durante horas. Otro hombre literalmente está gateando por suelo recogiendo fichas que cayeron durante explosión inicial de Sigurd, metiéndolas en bolsillos hasta que su traje abultará cómicamente, completamente ajeno a otros jugadores que ahora lo observan con mezcla de asco y comprensión porque ellos harían exactamente lo mismo si pensaran que podrían salirse con la suya. La gula se expresa en barra donde apostador ordenó la botella de whisky más cara del establecimiento y consumirla completa en cuestión de minutos, el alcohol derramándose por su barbilla mientras traga con desesperación. Meseros que habían estado circulando profesionalmente ahora encuentran sus bandejas saqueadas por manos que agarran todo lo comestible sin consideración por modales o incluso por si realmente tienen hambre.
 
Kaiba continúa su paseo triunfal con Yugi y Bakura, tirando ocasionalmente de correas cuando sus esclavos no se mueven suficientemente rápido, deteniéndose frente a grupos de apostadores para que puedan presenciar completamente la humillación de quienes pensaron que podían desafiarlo y perder solo dinero en lugar de dignidad fundamental. El personal del casino está completamente desbordado, algunos tratando inútilmente de restaurar orden mientras otros simplemente se han rendido y están observando con fascinación mórbida cómo su lugar de trabajo se transforma en zona de desastre humanitario. Maximilian Pegasus continúa tocando su piano, la melodía transformándose en algo que suena como un funeral para la civilización misma. El Casino Pegaso, que había comenzado la noche como un establecimiento donde fortunas cambiaban manos con dignidad y protocolo, ahora es un laboratorio donde un experimento social ha salido gloriosamente mal o quizás exactamente como fue diseñado.
 

 
Resumen

Hides

Dinamicas Casino

Dueño Casino Pegaso

Mapa del Casino Pegaso
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#17
Outfit ---- Sigurd de Drum

La honestidad es algo que me caracteriza. Solo los débiles de espíritu utilizan el engaño y la estafa para salir beneficiados. Y sobretodo detesto que me mientan a mí. ¿Qué necesidad? ¿En qué momento se te ocurre hacer esto a un tipo como yo? Todo el respeto que se ha podido ganar el señor Pegasus durante la noche, se acaba de esfumar en un suspiro. Toda esa fachada de jugador honrado y desafiar al destino, se han quedado en nada. 
Como era de esperar, bajo mi acusación publica, el jefe carmesí tiene ya su respuesta preparada y bien el hilada. El muy sinvergüenza, con su tonillo de voz pasivo y relajado, está en control total de la situación. Habla sobre la estadística, la probabilidad y la mística sobre "un resultado tan improbable". El hijo de puta no se corta un pelo y destapa sus cubiletes con la certeza de que va a ganar. Y así es. No solo gana, sino que humilla. Con suerte y para no ser descarado, me regala una victoria, pero si se cree que puede irse de rositas, está muy equivocado. Ingenuo de mi, que he ido a enfrentar a un tío que debe de pasar por acusaciones similares a diario. La zona VIP sigue siendo un imposible para mí. Tonto de él que no sabe que a Sigurd Haakon, orgulloso Bucanero, nada le frena.

Antes de que pueda hacer nada y responder, algo sucede que se roba el show por completo. Un hombre sale de una sala arrastrando a otros dos como vulgares perros. Está completamente ido, gritando por todas partes y orgulloso de si mismo a pesar del espantoso ridículo que está haciendo. Aún así, nadie lo detiene, al contrario. Parecen disfrutar del espectáculo. Llega a escalar tanto la situación, que la locura se apodera de Pegasus, que parece hipnotizado por completo. Ha perdido ese estatus analítico y se ha dejado llevar por el momento, con fuertes carcajadas y discursos que abocan al caos. En otra situación me habría unido a él, sin embargo, mi cara dibuja un semblante seco, inexpresivo. No hay sonrisa de disfrute ni muecas de frustración, tan solo un ceño ligeramente fruncido y sombreado. 
Sus palabras accionan el mecanismo de la depravación de la gente, que dejan de lado el sentido común y se convierten en animales inconscientes. El sexo, el alcohol y la avaricia se ponen a la orden del día y todos pierden los estribos. Aún así, falta algo en esa "fiesta". Algo que no voy a dejar pasar, pues tengo un objetivo bien claro. El gran propietario quiere adelantarse para ponerle banda sonora a esta velada, como si los gemidos, los vidrios rotos y las fichas volando no fueran suficiente. Pero no se me va a escapar. 
Mientras camina hacia su piano de vuelta, lanzo rápidamente mi mano izquierda abierta hacia él, por la espalda. La palma lo toca, y como si fuera un resorte trampa, mis dedos se cierra a su alrededor comprimiendo su tórax y sus brazos con una fuerza abrumadora. No hay dinero que pueda pagar la deshonra de las trampas, así que como no tiene ojos en la nuca, le ataco por la espalda como la rata que es él y lo agarro con firmeza, cortando su flujo de aire y asfixiándolo. Lo levanto del suelo sin dificultad mientras lo acerco a mi cara para verle ahogarse, pues solo su cabeza y sus pies escapan de mi mano. -No sabes a quien has engañado, chaval...- mi mirada se cruza con la suya, fría, impasible. -Podrás haber organizado este desmadre. Pero en mitad del caos... Yo soy el rey.- Ahora sí. Mi rostro demuestran los verdaderos sentimientos que llevo dentro. Todo el dolor que le pienso causar a este tipo. Una sonrisa malévola y unos ojos que solo buscan sangre ajena.
Mirada asesina de Sigurd

-¡¡¡UBBE, NOS LARGAMOS!!!-
Grito con furia. El rugido suena por encima del desorden general, pero tampoco lo frena, solo se mimetiza con él. Todos están demasiado enfrascados en sus propios pecados como para buscar problemas conmigo. Me mantengo alerta, buscando a mi compañero de lado a lado, a ver si aparece, mientras en una mano se muere el estafador y en la otra, la derecha, me hago con uno de los martillos gemelos. La guerra está servida, y como alguien venga a tocarme los huevos, le voy a polimerizar mi martillo en la cara de la tremenda ostia que le pienso dar.

En efecto, cajita feliz
#18
La cortina roja cedió bajo los dedos de Ubbe con sorprendente suavidad; apenas un gesto, apenas una presión, como si el terciopelo reconociera que aquel gigante tenía derecho a pasar. Entrar allí sin ser detectado debería haber sido imposible, pero por una vez en su vida, lo imposible estaba sucediendo. Al cruzar el umbral y ver que nadie gritaba, nadie les detenía, nadie les apuntaba con un arma, Ubbe sintió un pequeño y orgulloso cosquilleo subirle por el pecho.
Pasar desapercibido… Él, un buccaneer de cuatro metros. No era poca cosa.
Durante unos segundos se permitió disfrutarlo mientras Ravena se deslizaba detrás de él, enorme, silenciosa, elegante como un felino de cuatro metros de altura con vestido rojo. Pero aquella sensación duró lo que tardó en fijarse en el suelo.
Había un cuerpo. Un hombre, desnudo.
Desplomado en posición que no podía llamarse otra cosa que “muy mala señal”.
Sus músculos habían perdido el tono, la mandíbula colgaba, el pecho subía y bajaba en respiraciones torpes y descoordinadas. Sobre la mesa cercana había restos de polvo blanco, pequeños tubos de cristal… un cuadro completo de exceso llevado demasiado lejos.
Cuando Ravena pegó un grito que atravesó la habitación como una cuchilla, Ubbe ya estaba arrodillándose.
Actuó con precisión sorprendente para alguien de su tamaño. Cogió el cuerpo con cuidado, pero sin perder firmeza, y lo giró sobre un costado. Con una mano inmensa le mantuvo la cabeza alineada mientras con la otra despejaba la boca y la garganta. La postura lateral de seguridad, el control de las vías respiratorias, la presión justa para evitar que se atragantara con su propio vómito. No era la primera vez que salvaba un borracho… aunque este estaba peor que la media.
Mientras lo hacía, su mente se fue a un lugar familiar: Una mesa pequeña para alguien de su tamaño.
Un libro de portada gastada.
"Anatomía para principiantes"
Y un profesor demasiado atemorizado para negarse a enseñarle.
Un Ubbe de unos años atrás, inclinado hacia adelante, pasando páginas con dedos enormes y una concentración férrea.
“Una buena espalda empieza en el dorsal ancho, baby”, se decía con convicción.
“O este músculo de aquí… si lo rompo en una pelea, ¿cuánto tarda en curar? ¿Y qué se hace para que vuelva más fuerte?”
No era vocación heroica. Era puro interés.
Una obsesión real con el cuerpo, el movimiento, la fuerza, las palancas, las articulaciones.
Si quería crecer, tenía que saber cómo funcionaba cada pieza. Y si quería evitar romperse… lo mismo.A veces, incluso, salvaba a otros sin quererlo. Como ahora.
El cuerpo de Tristán reaccionó lentamente: primero un espasmo, luego una tos profunda, convulsiva, y finalmente el vómito salió, liberando la garganta y devolviendo algo parecido a una respiración estable.
Ubbe asintió para sí mismo, sujetándolo un poco más.
- Eso es… venga, chaval. Nada de morirse hoy, ¿eh? -murmuró con un tono mitad médico, mitad entrenador.
Cuando Tristán finalmente respiró por sí solo, Ubbe se levantó con la soltura de quien sabe que acaba de evitar una tragedia. Ravena lo miraba con una mezcla de sorpresa y admiración, aunque no llegó a decir nada: no hizo falta. Sus ojos hablaban por ella.

Pero entonces el casino explotó.

Un estallido de caos. Gritos, risas histéricas, vidrios rotos, apuestas degenerando en sexo en mesas que hacía cinco minutos estaban llenas de fichas. Kaiba arrastraba a dos hombres desnudos atados con correas como si fueran perros. Y Pegasus… Pegasus se carcajeaba como si la vida entera fuera un espectáculo melodramático creado exclusivamente para su diversión.
El ruido era ensordecedor, la escena, grotesca, y el ambiente, saturado de pecado.
Y por encima de todo aquello, un rugido conocido.
-¡¡¡UBBE, NOS LARGAMOS!!!-
La voz de Sigurd cruzó paredes, cortinas y música como un hacha en mitad de la noche.
Ubbe no necesitaba contexto, no necesitaba explicación.
Cuando su hermano gritaba así, era una orden, un llamado y una advertencia en un solo sonido.
Miró a Ravena un segundo. La miró bien.
Su altura, su fuerza, su mirada interesada, su respiración profunda todavía acelerada por el susto y la adrenalina.
La noche les había presentado demasiadas posibilidades… y todas quedaban abiertas.
-Baby… -dijo en voz baja, con un tono que tenía peso, calidez y promesa- Ojalá volvamos a vernos. Hemos dejado cosas pendientes. 
No era un adiós. Era una pausa.
Se apartó sin dramatismos, sin dudas, sin explicaciones innecesarias.
A la velocidad imposible que solo un buccaneer entrenado podía generar, Ubbe salió disparado de la habitación. Cada paso hacía vibrar el suelo. Saltó sobre un jugador borracho, esquivó una pareja que ya no recordaba dónde estaba, apartó mesas, agarró un poste para impulsarse y recorrió en segundos la distancia que otros tardarían medio minuto en sortear. 
Todo su cuerpo era movimiento puro.
Su mente, un único objetivo.
Sigurd.
-¡YA VOY, BRO! -rugió mientras atravesaba la sala como una bestia liberada.
Pegasus podía reír, el casino podía caerse a pedazos, Kaiba podía pasear esclavos por el salón.
Pero cuando los buccaneers se movían juntos…
Nada los detenía.

INFO
#19
Ubbe reacciona con velocidad que contradice su tamaño masivo, arrodillándose junto al cuerpo convulsionante de Tristan mientras sus manos, entrenadas, ejecutan movimientos precisos y veloces. Gira el cuerpo desnudo hacia un costado con firmeza para prevenir que el vómito continúe bloqueando las vías respiratorias, una mano enorme manteniendo la cabeza alineada mientras la otra despeja boca y garganta. El cuerpo de Tristan responde gradualmente. Primero un espasmo violento, luego tos profunda que expulsa contenido estomacal restante, y finalmente respiración que se estabiliza en ritmo que indica que la muerte inmediata ha sido pospuesta indefinidamente.
 
Mientras tanto, la mano de Sigurd se cierra alrededor del torso de Maximilian Pegasus con fuerza que debería hacer crujir sus costillas. Pero el dueño del casino permanece completamente inmutable; como si estar suspendido en el aire asfixiándose fuera experiencia cotidiana que no merece reacción emocional particular. El rabillo de su ojo izquierdo encuentra los de Sigurd al girar su cabeza con calma que bordea lo sobrenatural, ningún miedo visible en su expresión mientras sus labios se curvan en sonrisa pequeña – “Fascinante” – logra articular Pegasus a pesar de la presión sobre su pecho – “pero predecible.” – los guardias de seguridad que están posicionados alrededor del salón observan la escena con detenimiento – “la violencia siempre es el último recurso de quienes pierden en juegos que requieren inteligencia en lugar de fuerza bruta.” – concluye Pegasus, ajena al daño que logra ejercer Sigurd sobre él. El mercenario gyojin frente a la bóveda se ha enderezado ligeramente, músculos tensándose bajo su piel azul oscura, pero tampoco se mueve de su posición porque sus órdenes son claras: proteger el dinero, no necesariamente al dueño que aparentemente puede manejar sus propios problemas.
 
Pero mientras Sigurd mantiene su agarre triunfal sobre Pegasus, algo cambia en la atmósfera del salón que no tiene nada que ver con el secuestro dramático del propietario. Los apostadores que habían estado congregados alrededor de la mesa de ruleta, sus fortunas evaporándose con cada giro que favorecía a la casa mientras observaban cómo Pegasus dedicaba tiempo y atención personal a desafío de gigante que había osado acusarlo públicamente, sienten algo oscuro y venenoso creciendo en sus pechos como tumor emocional. Envidia. Envidia corrupta, desproporcionada, que transforma admiración en resentimiento y respeto en odio irracional. Estos hombres, que han perdido miles de berries mientras Pegasus les ignoraba completamente para enfocarse en Sigurd, deciden colectivamente que si no pueden tener la atención del dueño del casino, entonces el gigante no merece tener nada tampoco. Moviéndose simultáneamente como manada de hienas detectando debilidad en presa, sus ojos fijos no en Sigurd sino en los martillos gemelos que cuelgan de su cinturón, armas que probablemente valen más que todo lo que han perdido esta noche combinado. Se aproximan desde la espalda del gigante con las manos extendidas como garras buscando agarrar lo que no les pertenece simplemente porque la oportunidad existe y el caos circundante lo permite.
 
“Ah,” – dice Pegasus cuando nota como los envidiosos roban a Sigurd sus martillos, su sonrisa ensanchándose ligeramente – “parece que has capturado más atención de la que anticipabas.” – el grupo de envidiosos alcanzan a Sigurd simultáneamente, sus manos agarrando los martillos con desesperación de adictos buscando siguiente dosis. Sigurd puede sentir el momento exacto cuando los martillos son arrancados de su posesión por la multitud que inmediatamente comienza a pelear entre sí sobre quién se queda con qué arma. Es en este momento de frustración máxima cuando Ubbe finalmente emerge del caos atravesando el salón como meteorito humano, su rugido corta a través del ruido ambiente mientras alcanza la posición de Sigurd, sus ojos escaneando rápidamente la situación: su hermano sosteniendo a Pegasus como trofeo viviente pero claramente faltándole las armas que deberían estar en su cinturón.
 
Al mismo tiempo, desde la zona de billar elevada cerca de la pared posterior, Joe y Mai han sido fastidiados de su juego de billar por la masa de gente de la mesa cercana a dicha zona, al entrar en el salón principal su mirada se transforma en horror absoluto cuando reconocen las figuras siendo arrastradas por Kaiba con correas como si fueran mascotas domésticas. Sus amigos. Yugi y Bakura, reducidos a esta humillación pública. Joe gruñe algo inaudible entre el caos del casino agarrando una de las bolas de billar pesadas que descansa en borde de mesa, su rostro contorsionándose con furia. Mai ya tiene tres bolas en sus manos, su expresión fría y calculadora. La primera bola vuela por el aire con velocidad impresionante, girando mientras cruza distancia entre zona de billar y donde Kaiba continúa su paseo triunfal, impactando contra la masa de gente de la mesa cercana con un sonido sordo que les noquea uno a uno conforme va soltando más bolas de billar. Kaiba, quien se da cuenta de que Joe y Mai buscan intervenir en favor de sus amigos, empieza a buscar desesperadamente cobertura mientras más bolas de billar comienzan a llover sobre él, sus ojos encontrando las únicas estructuras en el salón que podrían absorber este bombardeo sin colapsar. Los cuerpos masivos de Sigurd y Ubbe que se alzan como torres gemelas de músculo y hueso cerca del centro del caos.
 
Sin dignidad ni vergüenza, Kaiba corre detrás de los gigantes, quienes quedan en medio haciendo de pared protectora a 10 metros de Joe y Mai y a otros 10 metros de Kaiba quien arrastra a sus esclavos consigo. Las bolas continúan volando pero ahora se interponen en su camino los torsos de los buccaneers. El Casino Pegaso ha completado su transformación de establecimiento elegante a zona de guerra donde múltiples conflictos ocurren simultáneamente sin resolución clara. Pegasus, aún suspendido en el aire por el agarre de Sigurd, continúa sonriendo como si todo esto fuera exactamente el entretenimiento que había esperado cuando decidió anclar su casino flotante en el puerto del Reino de Sorbet esta noche particular.
 

 
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Belico

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#20
Estoy irascible, pero no me dejo arrastrar por la locura y tan solo me da por enganchar al malnacido de Pegasus y aplastarlo como si fuera una ramita. Al atraparlo por la espalda y con todo el follón que hay formado lo sorprendo y le es imposible escapar de mi fuerza titánica. El sentir como crujen sus huesecitos y el aire escaparse me generan una satisfacción que se ha convertido en algo personal. 
Sin embargo, el muy desgraciado utiliza su último aliento para seguir con su fachada de tipo imperturbable y con todo bajo control. O es rematadamente idiota o aún no es consciente de con quién se está metiendo. Debe ser que no lee mucho el periódico. Aún sabiendo que busca molestarme, sus insultos me sacan de quicio por completo y me obligan a perder la concentración. -Callate ya, comemierda.- le respondo mientras aprieto cada vez más, dejándome llevar. La presión es tanta que siento las uñas y las yemas de los dedos rodeando al sujeto y alcanzando la palma de la mano, clavándose. Ya no puede hablar, no hay aire que fluya por su interior. -Deja de dar por culo, ¿quieres?- lo miro fijamente. No dejo que la furia que caracteriza mi raza me domine y le demuestro que lo tengo todo bajo control. -Aún estoy decidiendo que hacer contigo, así que te lo aconsejo.- 

Estoy a la espera de Ubbe y de repente siento un alivio, como si me hubieran quitado un peso de encima. Por un segundo me llego a creer que es mi conciencia, que el asfixiar a este estafador me ha dado buen karma o lo que sea que digan las del Mercurio retrógrado ese. Pero cuando siento un cosquilleo en mi cadera me doy cuenta de que no es cosa de la mente, sino que me están chorizando los martillos. -¡SERÉIS HIJOS DE PUTA!- gruño enojado. Un grupito de enanos se han filtrado por mis pantalones y se estan llevando como pueden mis martillos gemelos. El peso y el tamaño son tan exagerados para ellos que les está costando manejarlos, pero si quiero dar con ellos y recuperarlos he de soltar al mamón este. Por suerte Ubbe llega como un heraldo de la destrucción. Lo miro aliviado, aunque estoy asqueado por lo que acaba de suceder. -Hermano, engancha a esos mamones, porfa, yo tengo a este aquí agarrado.- El Buccaneer del Sur conoce mis herramientas más que nadie. Cuando las ve, se las apaña para dar caza a los ladrones y me devuelve uno de los mazos mientras otro se lo reserva para él. 

El caos es tan frenético que no solo nos afecta a nosotros, sino que la violencia está a la orden del día, aunque mientras me mantenga al margen, me la pela completamente. La trifulca se descontrola por un sector donde unos jugadores arremeten contra el esclavista vergonzoso. Este se esconde tras de mi, pero le cojo interés a los proyectiles que nos lanzan. Con destreza, uso el rostro de Pegasus para absorber las pelotas, que impactan irremediablemente contra él. Y eso me da una idea estupenda, una advertencia que puedo utilizar. No sin antes, mirando de reojo, pisar la cabeza de la rata que se esconde detrás nuestro contra el suelo hasta hacer la presión suficiente como para aplastarle el cráneo.

Ahora que volvemos a estar reunidos, que hay un caos brutal entre los presentes y que debemos retirarnos lo más indemnes posible, alzo la voz por sobre el resto. No para que me escuche la multitud, que ya tendrá suficiente con follarse los unos a los otros o robarse las fichas, sino para aquellos guardias con ganas de ser los protagonistas de su propia historia. -¡OÍDME, CABRONES!- hago una pequeña pausa para captar la atención de un discurso imperturbable. -¡AHORA NOS PENSAMOS LARGAR CON ESTE TIPO COMO REHÉN!- sonrío con malicia. Lo que me gusta a mí un buen secuestro... -¡Y OS JURO POR MI PADRE, Y EL PADRE DE MI PADRE, Y EL PADRE DE TODOS, QUE COMO OS DÉ POR ATACARNOS VOY A USAR A ESTE MENTIROSO COMO ESCUDO HUMANO Y BATE DE BEISBOL!- 
Con la amenaza en el aire, ya no queda mucho más que hacer Ubbe y yo empezamos la retirada cubriéndonos las espaldas en dirección a la puerta principal. Si alguien tiene huevos de pararnos, muerte. Si no, saldremos por la puerta grande con el dueño carmesí a cuestas. Puede que lo mate. Puede que lo torture. O puede que lo mantenga entero para pedir un rescate. Depende de cómo se comporte... Y lo mucho que pueda aguantar la resolución, ¡Jarul Jul Jul Jul...!

En efecto, cajita feliz


Salto de foro:


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