Otra cara de la moneda [Presente Absoluto T2]
#1
Es difícil de creer que en un lugar donde la Marina mantiene una presencia constante y las leyes del Gobierno Mundial parecen dominar cada calle, puedan surgir delincuentes, maleantes, acosadores y toda clase de individuos de mala reputación. Resulta casi paradójico: aun sabiendo que existen hombres y mujeres con firmes ideales de justicia, y pese a la recompensa que supone capturar criminales, sigue habiendo quienes crecen entre las sombras y se dedican a hacer maldades a diestra y siniestra. Es como si, por más que la luz de la justicia brillara, siempre hubiera rincones donde la oscuridad encontrará la forma de resistir.

Mientras los marines, soldados rasos que apenas comienzan su carrera, se ven obligados a abandonar sus tierras natales, dejar atrás a la gente que aman y someterse a un duro proceso de formación para convertirse en defensores de la justicia, el panorama en el otro extremo es muy distinto. Los maleantes, en cambio, suelen pasar toda su vida en el mismo lugar donde nacieron. Crecen entre conocidos, hacen lazos con otros como ellos y, lo más importante, cuentan con familias que los respaldan cada vez que se meten en problemas. Así, mientras los marines son enviados a islas al azar por órdenes de un superior, estos delincuentes encuentran amparo en su entorno, cómodos en la familiaridad de sus calles.

Y justo esa diferencia tan marcada se hace evidente esta tarde, en plena plaza de Baterilla, donde un nuevo incidente está a punto de revelarse ante los ojos de todos, apenas unos días antes, en una noche especialmente tensa, el soldado de la Marina Enji detuvo a un acosador de mujeres. Bueno, “detuvo” quizá sea una palabra amable, lo que en realidad pasó fue que lo golpeó hasta dejarlo inconsciente y, una vez reducido, lo llevó a los calabozos por sus crímenes.Sin embargo, como suele ocurrir en lugares donde todos se conocen desde niños, los familiares y amigos del acusado han salido en su defensa, jurando que “siempre ha sido un hombre bueno” y que no merece estar tras las rejas, para ellos, Enji no es un héroe de la justicia, sino alguien que actuó con brutalidad innecesaria contra uno de los suyos.

El hermano del acosador, Xiang Qi, se encuentra ahora mismo en plena plaza de Baterilla desatando un verdadero desastre. Arremete contra todo lo que encuentra: rompe ventanas, derriba puestos de vendedores, empuja y golpea a cualquiera que tenga la mala suerte de cruzarse en su camino. Su objetivo es claro, o al menos lo es para él, llamar la atención del marine que, según dice, apresó injustamente a su hermano. El caos se extiende como fuego en paja seca. La gente huye entre gritos, algunos tropezando, otros cargando a sus hijos en brazos mientras las voces se elevan desesperadas.

— ¡Llamen a la Marina! — Se escucha una voz mientras corre despavorida del sitio.

— ¿Cómo pueden permitir que ese muchacho haga lo que quiera? — Dice un anciano mientras evade la escena evitando un golpe innecesario a su débil cuerpo.

La noticia no tarda en llegar al cuartel de la Marina. Entre el bullicio de informes, pasos apresurados y voces que van y vienen, la información del disturbio en la plaza alcanza directamente los oídos del comandante, quien la recibe con el ceño fruncido. Sin perder tiempo, ordena que te llamen de inmediato, Enji. Aunque sigues siendo solo un soldado raso, el mensaje es evidente, el alborotador está buscando enfrentarse contigo específicamente, y el comandante lo sabe, como si fuera poco, tu superior directo parece decidido a tener la última palabra en cómo manejar esta situación. Todo apunta a que lo que está ocurriendo en la plaza no es simplemente un altercado más sino un conflicto que, de una manera u otra, te involucra directamente y por tanto tú tendrás que resolverlo.

—Enji, te quiero ahí,  pero para ayer. Vamos, fuera de mi vista. — Las palabras del comandante son cortantes, imposibles de malinterpretar. No hay espacio para excusas ni demoras, debes salir inmediatamente a lidiar con el desastre que se está desarrollando en la plaza. La orden pesa más porque, según comentan algunas lenguas dentro del cuartel, todo este alboroto es “culpa tuya”. O al menos, eso dicen quienes creen que fuiste demasiado duro con el hermano del alborotador. Sea como sea, la responsabilidad ahora cae sobre ti. Los ciudadanos de Baterilla están profundamente molestos, y tú eres el único que puede o debe poner fin a esta situación.

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#2
La vida dentro de la marina podía ser dura. O, más que dura, aburrida. Enji había pasado los últimos meses desplegado en Isla del Karate, sin un superior a cargo ni vigilancia alguna más allá de los reportes semanales vía Den Den Mushi que le obligaban a cumplir, como un pequeño e irrelevante agente que ofrecía su ayuda a las fuerzas del órden local. Una especie de ofrenda para hacer buenas migas con una isla que no disponía de su propio cuartel de la marina, cosa que no acabó muy bien. En ese tiempo, sin embargo, conoció personas interesantes, entrenó, peleó y se hizo con algo de experiencia mientras, a la vez, aprovechaba la filosofía de la isla para trabajar su disciplina y templar su cuerpo. También, por cosas de la vida, se consiguió un gato. En resumen, los más de tres meses que pasó en Karate, Enji se movió con libertad y autonomía, haciendo un poco lo que le salía de los huevos. A su regreso, sin embargo, las cosas cambiaron. Ahora estaba en un cuartel y era un soldado raso, el último escalafón, el último eslabón de la cadena, y tenía que pagar derecho de piso.

—¡Carajo! ¿Dónde mierda va este? —Frustrado, Enji repasaba las decenas de etiquetas que clasificaban los estantes del depósito. Entre sus manos sostenía una pila interminable de papeles, divididos entre reportes, sentencias, informes, fichas, y un enorme etcétera. A eso se había visto reducida su vida: ordenar el papeleo de sus superiores—. ¿Y qué mierda es un “litigio”? ¡Oye, tú! Necesito un poco de ayuda aquí. ¿Sabes qué carajo es un litigio?

Trató de llamar la atención de un compañero marine pero fue ignorado, pasado por alto como una minúscula piedra en un camino de escombros.

—Hijo de puta… —masculló, y volvió a repasar los papeles—. ¿Quién asciende ordenando papeles?

La tortura conocería su final pronto, por fortuna o desgracia.

Una sombra más grande que el propio depósito se proyectó encima suyo. Enji se dio la media vuelta, con cara de pocos amigos, y encontró a un camarada soldado de la raza gigante. Esperó unos segundos, pero el sujeto, de cabellos castaños y barba ruluda, permaneció callado y con la mirada fija en él.

Enji apretó los dientes hasta hacerlos chirriar cuando comprendió que no hablaría hasta que él no lo hiciera primero.

—¿Sí, cabrón?

—Te llaman a la oficina del piso superior, Enji —informó el gigante antes de darse la media vuelta y encarar la salida. Se detuvo en el marco de la puerta y sin voltearse, dijo—: Y vístete, por favor. Para eso nos dan los uniformes.

—Ah, mierda —replicó Enji, levantando sus pantalones del suelo—. Es que hace calor aquí dentro. En fin, ¡voy!

Todo lo que implicase dejar los papeles de lado unas horas sería bien recibido.



Excepto eso.

—Carajo, carajo, carajo. Lo que me putas faltaba, un familiar ofendido porque golpeé al acosador hijo de puta de su hermano. —Enji salió del cuartel colocándose el chaleco y subiéndose los pantalones, con la gorra del revés—. ¿Qué mierda tienen en la cabeza?

Saltó diez metros hasta el tejado de una casa y empezó a correr hacia la plaza, utilizando los techos para saltarse el tumulto. En el camino se calzó los guantes, acomodó la gorra como corresponde y ajustó sus pantalones.

Localizar el foco del problema no fue difícil. En torno al centro de la plaza, donde una pequeña estatua se hallaba ubicada, un grupo bastante grande de civiles había acordonado la zona. Curiosos algunos, otros enojados, pero todos, sin excepción, presos del morbo y la expectativa de lo que sucedería una vez el marine llegase a la escena.

Enji observó el cuadro desde el último tejado, que se ubicaba a unos quince metros del centro de la plaza, donde tomó asiento dejando sus piernas colgar sobre el precipicio de cuatro metros.

—¡OI! —llamó, imponiendo su voz grave e intensa al murmullo general. La plaza de pronto se encontró en silencio y todos escucharon, claro como el agua, el sonido de su mechero al encender el cigarro que tenía en la boca. Enji dio una calada y luego continuó—: Aquí estoy, enano. ¿Qué mierda quieres?

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#3
En cuanto Xiang Qi escuchó que alguien le hablaba, su cabeza giró de inmediato hacia ti. Incluso desde tus 15 metros de distancia y los 4 metros de altura que te separan del nivel del suelo, tu voz resonó con la fuerza suficiente para llegar hasta sus oídos. El cambio en su expresión es inmediato, su rostro se transforma en un auténtico poema, una mezcla torcida de enojo, sorpresa y un evidente desencanto, te observa de arriba abajo, tu cuerpo, tu rostro y en su mirada queda claro lo que está pensando, no pareces, ni de lejos, el tipo de marine fuerte contra el que él esperaba desquitarse, pero para Xiang Qi, tu sola presencia es una ofensa y ese desprecio apenas disimulado es justo lo que aviva aún más su rabia.

—¡Oye, maldito! Baja de ahí ahora mismo para poder partirte la cara. —  El grito de Xiang Qi retumba en toda la plaza. Su voz, cargada de rabia, se impone sobre el caos mientras los transeúntes huyen como pueden, temerosos de quedar atrapados en lo que claramente será un enfrentamiento inminente, pero no todos logran ponerse a salvo. Un anciano, demasiado lento para reaccionar, tropieza mientras intenta apartarse. Xiang Qi lo nota y, sin pensarlo dos veces, lo agarra del cuello con una brutalidad que helaría la sangre de cualquiera, el viejo ahoga un quejido, temblando en sus manos.

Xiang Qi y el Anciano


—¡Baja ya o le rompo el maldito cuello! — ruge el delincuente, apretando aún más el agarre sobre el anciano. Las miradas horrorizadas del público se clavan en ti al instante, la plaza entera parece congelarse, como si el aire mismo contuviera la respiración a la espera de tu reacción, porque tú estás ahí, tú eres la ley, eres la persona en la que todos confían, al menos por ahora. La desesperación se refleja en los ojos de muchos de los presentes, madres abrazando a sus hijos, vendedores escondidos detrás de sus puestos volcados, pescadores incapaces de intervenir y en medio de todo, ese anciano, un hombre que no es nadie especial, solo uno más entre la multitud tiembla en las manos de Xiang Qi.

Y todos piensan lo mismo, aunque nadie se atreve a decirlo en voz alta, si no haces algo ya mismo, ese inocente morirá y será tu culpa. La tensión es asfixiante, cuando la vida de otros pende de tus manos, cualquier decisión parece demasiado lenta, pero tú eres un marine, entrenado, formado, preparado para mantener la calma ante delincuentes como él o al menos, eso es lo que todos creerían, porque al final cada cabeza es un mundo, y cada marine considera alguna cosa u otra su propia justicia.

—Mi hermano no merecía ser apresado. ¡Solo quería pasar una buena noche con una bella mujer! — brama Xiang Qi de nuevo, su voz, cargada de frustración y furia mal dirigida, retumba en la plaza. Es más joven que el hombre al que apresaste días atrás, pero hay algo en su mirada, una determinación áspera y peligrosa que no viste en aquel payaso que intentó propasarse con varias mujeres. En Xiang Qi hay rabia, sí, pero también una convicción casi fanática y eso, combinado con la fuerza con la que sostiene al anciano, lo convierte en una amenaza mucho mayor de lo que esperabas.



—Mucho menos merecía que le dieras una paliza. ¡Es un pobre hombre al que le gusta pasar el rato con mujeres hermosas! ¿Acaso no tiene cualquier hombre los mismos gustos? — La voz de Xiang Qi se quiebra por un instante. Sus ojos, enrojecidos por la rabia, casi dejan escapar lágrimas mientras habla.  A pesar de su violencia, es evidente que siente un profundo cariño por su hermano. No es simple protección familiar, es devoción, o incluso fanatismo, para él, su hermano es alguien admirable, un modelo a seguir y tú, Enji, eres el villano de esta historia, el hombre que, según su visión distorsionada, humilló y maltrató injustamente a la persona que más quiere en el mundo.

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#4
Un residuo de ceniza gris, frágil como el ala de una mariposa de hielo, se desprendió de la brasa encendida, cayó, imitando el movimiento de una hoja muerta en otoño, y se pulverizó en el suelo. Se convirtió en polvo que lleva el viento.

La vida del tabaco era acotada.

Una vez encendido, como la mecha de un fuego de artificio, se disparaba una cuenta atrás. Fuera el toque de la brisa o el reclamo de sus vicios, el cigarro se consumía, quieras o no, en un tiempo determinado. A veces acelerado, otras paciente, pero el fin llegaba. Estaba sentenciado. A nadie le gustaba, después de todo, tirar la brasa y dejar una punta negra a la espera del segundo fuego.

Enji apoyó un codo en su rodilla, se inclinó hacia adelante y descansó la mejilla en su mano. El burbujeo del tumulto era molesto. Una maraña de palabras y oraciones superpuestas, presas de la marea del pánico, la expectativa, el temor. Echando un vistazo a la situación, se preguntó: ¿Qué pensaban esas personas? ¿Que le hacían un favor? Sentía las miradas, los fantasiosos ideales, la presión, y como todo resbalaba. A ninguno de ellos, ni uno, le debía nada. Los miró con aburrimiento, un pozo insondable de indiferencia en lo negro de sus pupilas.

—Está bien, está bien, no te pongas nervioso. —Tras una última calada, Enji apagó el cigarrillo contra el tejado y se dejó caer los cuatro metros que lo separaban del suelo. Aterrizó sin mayor problema, flexionando las rodillas para absorber mejor el impacto—. Escucha, chico, deja al viejo. Él no tiene nada que ver. ¡Míralo! Podría ser tu padre. ¿De verdad agarrarías así a tu padre?

Con pasos cortos, taimados, Enji se acercó paulatinamente al joven Xiang Qi. Las manos levantadas al frente, pidiendo calma y mostrando en todo momento una actitud conciliadora.

—Todos estamos de acuerdo en eso, amiguito. A todos nos encanta pasar el rato con una mujer hermosa. Mira, pudo haber sido una confusión. La mujer no presentó cargos —dijo, situado a diez metros del muchacho, donde hizo una pausa a su avance—. Tu hermano está encerrado todavía porque necesitamos que un familiar firme su salida y yo la autorice, puesto que fui quien llevó a cabo el arresto. Supongo que el aviso impreso todavía no les ha llegado… ¿Qué te parece si vas tú? Puedo escoltarte hasta allí ahora mismo. Llegas, firmas un papel y tu hermano sale libre. ¡Así de simple!

Enji aplaudió y volvió a enseñar las palmas.

—O puedes pelear conmigo aquí y que él siga encerrado. Te desquitas, pero la víctima de todo esto, que es tu querido hermano, no habrá ganado nada. Te doy la oportunidad de salvarlo. Será tu mano la que lo saque del calabozo. —La labia experta del marine para mentir, para inventar, hacía por penetrar en las inseguridades y creencias del muchacho. Aplacar su odio para reemplazarlo por gloria al imaginarse siendo el héroe que sacaría de detrás de las rejas a su adorado hermano mayor—. ¿Qué me dices? Piensalo. Aunque, por favor, no tardes mucho: cada minuto que pasamos aquí, es un minuto en donde él está encerrado. Y no hay nada más cruel que hacer esperar a alguien por su libertad.

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#5
Incluso desde la distancia, Xiang Qi pudo notar la teatralidad con la que las cenizas de tu cigarrillo cayeron desde tu altura hasta el suelo y mientras él te observaba con la desesperación de quien ha perdido lo único que le importa, la gente del pueblo te miraba con aún más intensidad, ellos son los que estás obligado a proteger, ciudadanos comunes, vulnerables, aterrados, el pueblo que la Marina te asignó defender a toda costa.

Quizás es cierto que no les debes nada a ninguno de ellos en lo personal, pero sí tienes un juramento el que te indica que debes servir a la justicia, proteger al débil, ser el escudo ante el mal, defender al pueblo de la devastación. (Sí, sí… esto no es el Equipo Rocket. Son los Marines.) cuando comienzas a descender esos cuatro metros, aterrizando casi con la pose de un héroe de capa, Xiang Qi no aparta la mirada ni un segundo, para él, tú eres el origen de todos sus problemas, eres el objetivo a destruir, el responsable de las “maldades” que su mente distorsionada cree que cometiste contra su hermano mayor.

—¿Qué mierda vas a saber tú de mi familia? — te responde en cuanto tus palabras llegan a sus oídos. Sus ojos siguen cada uno de tus pasos, lentos, calculados, pasos que lo hacen percibirte no como una presa, sino como un depredador que se acerca con confianza peligrosa, levantas las manos para mostrar que no atacas, pero él solo endurece su agarre sobre el anciano, que apenas respira.

—No intentes acercarte más de la cuenta, maldito idiota. — La situación, ya de por sí tensa, parece apretarse aún más como un cable a punto de romperse, actúas rápido, sí, pero Xiang Qi no es un completo tonto, o al menos, no lo aparenta. Luego oye tu comentario sobre que la mujer no presentó cargos y algo en sus ojos se enciende, un brillo breve pero revelador. —¿Lo dices en serio? — pregunta con una mezcla de esperanza y ansiedad que nada tiene que ver con su actitud violenta anterior. —¿Crees que yo pueda ser quien firme la salida? Soy menor de edad. — poco a poco, casi sin darse cuenta, la mano del chico va aflojando el agarre del cuello del anciano. La emoción, la esperanza de liberar a su hermano, es mucho más fuerte que la ira que sentía hacia ti, al final del día, ese hombre al que estás intentando convencer no es solo un delincuente enfurecido, es un hermano y para él, su hermano es un héroe y su mundo entero.

En cuanto logras acercarte a unos diez metros, Xiang Qi actúa como si de repente hubiera olvidado todo lo que estaba haciendo. Suelta al anciano sin la menor preocupación y, con la mano derecha, hace un gesto extraño en el aire, un movimiento rápido, casi imperceptible, que a simple vista parece no significar nada.

Pero entonces ocurre, como si la gravedad fuera un chiste, salta cinco metros de golpe, impulsándose hacia ti con una violencia descomunal y apenas toca el suelo tras el salto, se lanza en carrera directa, sin dudar, sin pensar, solo movido por esa mezcla de fanatismo y rabia, entonces ese puño, su puño enguantado viene derecho hacia tu rostro. El impacto llega antes de que puedas procesarlo todo, pero eso no es lo peor, porque justo en el mismo instante en que él se abalanza, un disparo corta el aire y la detonación retumba entre los edificios de la plaza y, si afinas la vista entre el caos, alcanzas a notar algo espantoso, la bala ha atravesado el pecho del anciano que Xiang Qi acababa de soltar.

No hay tiempo para más, no puedes ver desde dónde vino el disparo, no puedes identificar un tejado, una sombra, un brillo y aunque quisieras, no tienes oportunidad de revisar nada, porque Xiang Qi está frente a ti, respirando con furia, y acabas de recibir un golpe directo. La verdadera pelea acaba de comenzar y alguien más, en algún lugar, ya ha decidido que habrá víctimas.

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#6
El agarre del chico se aflojó y el anciano, desesperado, pudo respirar. Enji vio la desesperación en su mirada mientras el aire volvía a llenarle los pulmones y las lágrimas caían, inexorables, sobre sus pómulos, se deslizaban a través de los surcos de su arrugada piel y caían al suelo desprendiéndose de su mentón. Juró poder mirarle a los ojos un instante. Un pequeño instante de calma donde pensó, inocente o arrogante, que su plan había dado resultado. Todo estaba saliendo bien. Demasiado bien.

Xiang Qi soltó al anciano.

Enji sonrió.

En esa milésima de segundo, la comisura derecha de sus labios logró curvarse ligeramente hacia arriba. Acarició la victoria durante un momento: todo lo que tenía que hacer era guiar al muchacho hasta el cuartel, hacerle entrar y, en circunstancias mucho más favorables, encontrar la forma de reducirlo. Se trataba de un niño, después de todo.

Ese pensamiento atravesaba su mente cuando el puñetazo del niño lo alcanzó.

Un fogonazo de luz blanca lo cegó por un instante. La velocidad del acercamiento, lo sorpresivo de este y su violencia al atacar hicieron que fuera imposible para Enji hacer nada. El puño llegó y se incrustó en su rostro, sobre la mejilla izquierda, sin ninguna resistencia de su parte. La cabeza del marine dio un latigazo a la derecha siguiendo la inercia del impacto y voló un chorro de sangre de su boca. Mientras, el pánico estalló en la plaza pues un disparo acababa de suceder.

—Tú…

Enji retrocedió un paso a causa del golpe, poniendo apenas un metro de distancia entre Xiang Qi y él. La mirada indiferente se deformó en un instante. Se enfocó, y las pupilas brillaron al contraerse.

Brillaron con odio.

—¡COLMILLO! —gritó y escupió sangre en el proceso.

Los pies de Enji se afirmaron en el suelo y sus piernas, tras una breve contracción muscular, lo impulsaron hacia adelante en un movimiento recto y explosivo. La mano derecha, cerrada en un puño, se recubrió de una sustancia morada, un líquido peculiar que exudaba a través de los poros, y se proyectó hacia adelante. ¿Al rostro? ¿Un golpe dirigido al estómago, quizá? En su lugar, el puño dibujó una trayectoria ascendente y diagonal desde la altura de su cadera hacia la cara interna del codo derecho de Xiang Qi. Asestó el golpe y sonaron más gritos, pues un estallido de líquido ocurrió, sólo que no era la sangre de ninguno de los dos. Era veneno.

El duro impacto de las placas metálicas debilitó el brazo del chico, apagando su fuerza un instante. Y, sin fuerza, no hay agarre: el guante que ocupaba su brazo diestro se deslizó y salió disparado cinco metros.

Enji, nada más concretar el golpe, se alejó. Primero dando zancadas laterales y luego con un gran salto, moviéndose en línea recta hacia la izquierda, siguió el cordón de la plaza. La suela de sus botas friccionaron sobre la piedra del adoquinado para detenerse, en alerta y tenso, junto a un viejo árbol.

—Carajo… —masculló.

Movió la mandíbula un poco. La cara le dolía, tenía la mejilla roja y notaba el sabor de la sangre en su lengua, pues se había cortado con sus propios dientes al recibir el golpe.

—¡Acabas de matar a un hombre, niño! ¡A un viejo inocente! ¿Sabes lo que eso conlleva?

El veneno que impregnaba el brazo y parte de todo el costado derecho de Ziang Qi, absorbido por la piel, empezó a causar efecto de inmediato. Todo su cuerpo sufriría del sofoco que a Enji lo acompañaba día a día. La falta de aire, el calor insoportable, y un malestar profundo a medida que la Doku Doku empezaba a deteriorar su sano cuerpo.

—¡Ven, vamos! ¡No pierdas tiempo y atacame! Acompañaras a tu hermano en esa celda.

Confiado, arrogante, pero en el fondo molesto por algo. El viejo estaba muerto. Un disparo lo había matado.

Había alguien más, un tirador, cerca.

Enji asumió una pose defensiva, los dos brazos al frente y la espalda contra el tronco del árbol, cubriendo su punto ciego. No sabía de dónde había venido el disparo. Tenía que ser precavido.

—¡Ven aquí, puto niñato de mierda!

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#7
En cuanto Xiang Qi te propinó el primer golpe, retrocedió un paso y adoptó una postura defensiva. El chico, lejos de ser un idiota, evaluó la situación al instante, no vio ninguna arma en tu poder, así que asumió que tu siguiente movimiento sería un simple puñetazo. Por eso alzó los brazos para cubrirse, usando los antebrazos como escudo. Lo que no esperaba, era lo que vino después. Cuando tu puño impactó contra su guardia, el sonido no fue el de un golpe común. Hubo un estallido sordo, acompañado de un destello de color y una sustancia extraña que parecía exudar de tus manos y el golpe fue tan fuerte que incluso uno de sus guantes, con el que te había atacado salió volando. Xiang Qi abrió los ojos con sorpresa, demasiado tarde para reaccionar.
 
Incluso a través de su defensa, el daño fue claro. Una oleada de calor abrasador le recorrió los brazos, subiendo hasta el pecho, como si una llama invisible lo estuviera sofocando desde dentro. La boca del joven se tensó en un gesto de dolor involuntario mientras retrocedía con torpeza y entendió que ese calor que lo estaba quemando por dentro, venía de tu golpe, un golpe que no era, de ninguna manera, el de un simple soldado raso.
 
—¿¡ACASO HAS VISTO QUE TENGO UN ARMA!? ¡ESE VIEJO SE MURIÓ SOLO! — gritó Xiang Qi, respondiendo a tus palabras con una mezcla de furia y burla. La sonrisa que se abrió en su rostro fue amplia, grotesca, casi orgullosa. Sí, tu golpe le dolió, eso era evidente por el temblor en sus brazos y la forma en que intentaba recuperar el aliento, pero el ver que la muerte del anciano te afectó, eso, para él, era una victoria personal, un triunfo retorcido de un joven que parece haber sido consumido por el mal.
 
Era como si la tragedia del viejo fuera un trofeo que colgaba en su ego, una demostración de que podía sacudir tus emociones, arrastrarte a su terreno, quebrar esa imagen de control que la marina tanto presume y mientras sonríe, jadeando, con los antebrazos aun ardiendo por tu golpe, queda claro que Xiang Qi no está luchando solo por su hermano, también está luchando por el placer de verte perder la calma.
 
En cuanto tu espalda chocó contra el árbol, Xiang Qi reaccionó al instante. Su cuerpo se impulsó con una agilidad casi animal, saltando cinco metros en dirección al guante que había perdido, cayó de rodillas, lo agarró con rapidez y se lo colocó de un tirón, como si el mero acto de equiparlo le devolviera parte de su confianza y entonces lo hizo otra vez, levantó la mano, ese mismo gesto de antes, exacto, idéntico al que realizó antes del primer disparo y apenas un suspiro después, ni siquiera un segundo completo, otro disparo cortó el aire.
 
Pose de Xiang Qi antes de cada disparo


El estruendo rebotó entre las paredes blancas del pueblo, clavándose en los oídos de todos los presentes. Inmediatamente, las personas comenzaron a mirar hacia todos los rincones, hacia los tejados, hacia el faro, buscando con desesperación a la nueva víctima, al siguiente cuerpo que caería sin que nadie pudiera evitarlo y mientras el caos se reanudaba, la sonrisa de Xiang Qi se hacía más grande y caminó tres metros despacio hacia adelante. Su rostro pintaba una sonrisa que no tenía nada de humana, una sonrisa que delataba que él sabía exactamente dónde estaba la persona que disparaba, una sonrisa que revelaba que esto no era un accidente.
 
—¿Qué me acerque yo? Creo que no entiendes que el que está en desventaja eres tú, mono flaco. — El disparo sonó justo después de sus palabras. Esta vez la bala alcanzó a un chico joven, no a un anciano agotado por los años, sino a un adolescente que no debía ser mucho mayor, si acaso que el propio Xiang Qi. Al tirador parecía no importarle en lo absoluto, no había patrón, no había intención visible, no sabías si elegía a sus víctimas o simplemente disparaba al azar. Lo único claro era el resultado, el proyectil entró por el hombro del muchacho y salió limpiamente, dejando un chorro de sangre antes de incrustarse en una pared a quince metros de donde estabas. El chico cayó de inmediato, gritando entre dientes, mientras la multitud retrocedía presa del pánico.
 
El muchacho cayó de rodillas sosteniéndose el hombro, gritando entre dientes mientras la sangre corría entre sus dedos. El eco del disparo todavía vibraba entre las casas y los árboles, y por un instante todo el mundo se congeló. No había llanto, no había súplicas, sólo esa variedad de terror que se transforma en silencio porque nadie quiere ser el próximo. Xiang Qi, por su parte, parecía alimentarse de ese mismo silencio. Su sonrisa, amplísima y torcida, brillaba como una herida nueva en su cara. Le temblaba la mano del puro gusto de ver cómo todos miraban a su alrededor buscando un tirador que no tenía rostro. Él sabía exactamente dónde estaba, o al menos sabía cómo provocarlo y eso le bastaba.
 
—¿Viste eso, mono flaco? —dijo sin apartar la vista del adolescente herido, como si la víctima fuera un trofeo recién obtenido —Tú no eres el que decide quién cae. Ella lo hace. Yo sólo le digo cuándo. — El gesto con la mano seguía allí, suspendido, como si estuviera conectado a la respiración de alguien que observaba desde las sombras. —Mátame y ella dejará de disparar. — Enji podía sentir cómo el ambiente cambiaba, la gente retrocedía, algunos se escondían detrás de piedras, muros, postes, lo que fuera, pero nadie corría.

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#8
El silbido de un segundo disparo cortó el aire. Las miradas rebullen en todas direcciones, el aliento contenido de una multitud se congela mientras la sangre salpica el rostro de la segunda víctima. Silencio y terror, incertidumbre. Nadie sabe qué hacer, dónde ir, ni cómo esconderse de un tirador invisible. La muerte se presenta ante ellos como una posibilidad y el pánico los inunda. En los instintos salvajes y primitivos se desmenuza la humanidad. Se miran unos a otros, preguntándose en silencio quién sería el siguiente. Resignados al abismo que apareció frente a ellos.

El tercer disparo los apaga. Un joven cae al suelo, herido en un brazo, y el universo se congela. El único que conserva movimiento es la víctima, retorcida y sangrante. Los demás, estáticos, esperan algo. Una señal. El siguiente disparo, quizá.

—¿Desventaja?

La sombra del árbol a su espalda era su cobijo. El rostro ensombrecido, oculto. Las manos en alto y al frente. Una gota de sangre cayó de su nariz.

Bajo la sombra del tiroteo, Enji sonrió.

—Enano idiota. ¿Crees que me importa una mierda la zorra de tu madre creyéndose la tiradora del siglo? Lo que me está tocando los cojones son los imbéciles que tienes detrás. —Levantó una de sus manos y señaló a un grupo aleatorio de personas—. ¿Qué mierda están esperando? ¿Una invitación para salir cagando de acá? ¡Hay una zorra disparando y se quedan mirando! ¡¿Se cayeron de chiquitos o qué?!

Una vena se le infló en la frente mientras insultaba al tumulto, arrancándolos del shock inicial. La voz del marine, fuerte, intensa y bien proyectada, podía imponerse al silencio con facilidad y captar la atención del mundo.

Enji bufó cual viejo gruñón que castiga al montón de niños que invaden su jardín después de podarlo. Agitó la cabeza.

«¿Qué tan idiotas se puede ser? Por dios…»

—¿Quieres saber algo divertido? Al depravado de tu hermano lo derroté con un solo golpe. ¡Uno solo! ¡Así que ya aguantaste más que él! Felicidades, enano. ¡Eres menos patético que él!

El veneno de su fruta palidecía en comparación al que su lengua podía secretar. Enji sonreía, los ojos desorbitados e inyectados de locura, enseñando los blancos y afilados dientes de depredador.

Mientras, por dentro, se moría de ganas de abrirle la cara de un puñetazo al niño y luego hacer lo mismo con quien fuera que estuviera disparando.

«No te corresponde a ti», se recordó. «Ellos matan»

El símbolo del gobierno apareció en su mente. La vela de un barco, el fuego en las vigas del hogar, la caricia del suelo en sus llagas abiertas.

«Nosotros castigamos»

El talón de su pie derecho se incrustó en el árbol a su espalda y empujó. Enji se impulsó hacia adelante. Salió a la carrera y una marca restaría de recuerdo en la madera, una grieta a causa de la presión.

—¿Quieres morir? Te concederé los honores. ¡Y tu madre podrá llorarlos a los dos! ¡Garra!—Después de recorridos cinco metros a toda velocidad, el pie izquierdo del marine se plantó en el suelo de forma diferente, un detalle imperceptible pero relevante, pues, trás insertar la punta de los dedos en una marca de la acera, Enji salió disparado hacia adelante. En un cuarto silbido de velocidad, su puño se convirtió en bala y atravesó los diez metros que lo separaban de Xiang Qi en un abrir y cerrar de ojos. El impacto se ejecutó en un costado del torso del chico, rasante, fugaz, y su cuerpo siguió recto cinco metros más. La fuerza de su desplazamiento hacía difícil la tarea de detenerse.

Arrastrando los pies, sin embargo, lo logró. Se frenó, y luego siguió corriendo. Fuera de cobertura debía mantenerse en movimiento así que corrió alrededor de Xiang Qi, sin quitarle la mirada de encima mientras daba saltos en zig zag.

—¡Váyanse ahora, montones de mierda!

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#9
—¡MUÉVANSE, MUÉVANSE! —vocifera un hombre mayor mientras arrastra a un niño —¡CORRAN!— Las palabras del marine sacuden por fin a la multitud. La gente espabila de golpe, algunos echan a correr hacia sus casas, otros se refugian en negocios cercanos o se esconden tras cualquier edificio que les ofrezca cobertura. Ya no quedan estatuas paralizadas por el miedo, ahora todos entienden que quedarse en la plaza solo significa esperar a que el próximo disparo lleve su nombre.
 
Quienquiera que estuviera disparando parecía comenzar a divertirse. Los tiros ahora se estrellaban contra la calle y las paredes, sin alcanzar a nadie en esta última andanada, como si lo hiciera a propósito solo para sembrar aún más pánico entre la muchedumbre que huía despavorida.
 
Las palabras de Enji hicieron que Xiang Qi perdiera cualquier atisbo de lucidez. Primero, porque no tenía la menor idea de quién era realmente la tiradora y, aun así, afirmaste que se trataba de su propia madre, segundo, por la forma en que hablaste de su hermano, reduciéndolo a poco más que un cobarde sin valor. El impacto fue inmediato, la rabia nubló su juicio, y supiste aprovechar ese instante para lanzarte hacia él con toda tu velocidad. Esta vez, sin embargo, Xiang Qi logró verte venir, sus ojos reaccionaron a tiempo y se cubrió con los brazos justo antes del impacto, aun así, no consiguió sujetarte ni detenerte, y tú escapaste de su alcance en un rápido repliegue. —¡Maldito cobarde, vuelve aquí! — escupió el muchacho al verte alejarte y justo cuando alzó la mano una vez más, el sonido seco de otro disparo volvió a romper el aire de la plaza.
 
Pero este que escuchó fue un disparo distinto, no fue dirigido a una persona ni al suelo. El estruendo resonó con fuerza cuando un tejado explotó en pedazos, enviando tejas y polvo por los aires. Justo desde ese mismo techo, el mismo en el que Enji había estado minutos atrás, emergió una figura entre los escombros. Otro marine. —Encárgate del muchacho, que del tirador me encargo yo. —Era un joven marine de cabello rubio caído y mirada firme, que sonreía con seguridad mientras sostenía su arma con ambas manos, el refuerzo había llegado al fin, ahora no había margen para perder el tiempo.
 
En ese momento, Xiang Qi perdió por completo la paciencia. La aparición de otro marine había arruinado su juego, y la frustración terminó de desatar sus instintos más violentos. Sin pensarlo dos veces, se impulsó hacia ti con un salto de cuatro metros y, apenas tocó el suelo, volvió a lanzarse en una carrera explosiva alcanzandote. El ataque fue directo y brutal, su puño derecho impactó contra tu estómago con toda la fuerza que pudo reunir. Sin detenerse ni un segundo, utilizó el mismo impulso para retroceder de inmediato, ejecutando un salto hacia atrás que lo alejó otros cuatro metros, recuperando distancia antes de que pudieras contraatacar. —Yo también puedo jugar al juego de tu las traes, mono flaco. — dijo el chico con una vena de su cuello hinchada del enojo.
 
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#10
Finalmente, con su grito y sermón como disparador, los civiles empezaron a abandonar la plaza. Arrancados violentamente de su shock, fluyeron en pánico por las calles, aceras y callejones que convergían a la plaza. Buscaron cobijo dentro de locales, detrás de viejos árboles de troncos gruesos y ramas secas. Los menos lúcidos corrieron en línea recta por la más ancha, lejos del rango de alcance—desconocido—, del arma que ya había abatido a dos personas. La situación estaba lejos de ser la ideal, pero habían empezado a huir y eso era bueno. Ya no eran blancos estáticos.

Enji chasqueó la lengua. En lugar de sentir las carnes blandas del estómago, lo que sus nudillos acariciaron fueron los antebrazos del joven. Para ser específico, el golpe de su Garra había impactado directamente en el punto central donde los brazos del muchacho se levantaban, pegados, para bloquear el ataque.

El daño de su golpe se había mitigado, pero los guantes de Xiang Qi salieron disparados hacia arriba y acabaron cayendo al suelo a unos dos metros del punto de impacto hacia la derecha.

—¡Calla, imbécil! Lo tenía listo…

Mientras corría, sintió una voz conocida. En el cuartel, junto a otras docenas de voces, la había escuchado. Era la ayuda. La caballería. Y eso le tocó especialmente los huevos a Enji.

—¡Este imbécil era mí…!

Y llegó el golpe.

Un puñetazo limpio al estómago. Pese a estar en movimiento, Xiang Qi logró alcanzarlo y conectar en el centro de su abdomen. Enji sintió su fuerza, el empuje tratando de desestabilizarlo, la presión empujando el aire fuera de sus pulmones, pero logró mantener el tipo y su camino. Su carrera. Los pasos siguieron sonando fuertes en el adoquín mientras la distancia entre ambos se ampliaba. Escupió sangre al suelo. El golpe había sido duro y su cuerpo empezaba a sentir fatiga, daño y cansancio. «¿Por qué no calenté un poco antes de ir a por el chico?», se preguntó. «No desayuné una mierda»

—¡Puedes jugar, pero eres terriblemente malo! —El talón de su pie derecho se plantó en el suelo, presionó y empujó, lanzándose hacia Xiang Qi—. ¡Vamos! ¡Ven, ven! ¡Ven a por mi, cabrón!

Los pasos se aceleraron. La cadencia del sonido de sus golpes al adoquín, de forma abrupta, se incrementó hasta duplicarlo.

—¡Tú la traes!

Cortó la distancia a toda velocidad y su puño derecho se proyectó en dirección al rostro del chico. Un gancho a la mejilla izquierda. Hierro contra carne, hierro contra hueso y músculo. Hierro contra mandíbula.

De forma similar a como lo hizo con Garra, Enji siguió de largo su trayecto y continuó corriendo, alejándose de Xiang Qi, pero sin sacarle la mirada de encima. Corría y saba pequeños saltos hacia atrás para mantener su mirada centrada en el muchacho, confiando, a regañadientes, en el marine que se encargaba del tirador.

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