Rackham Uker
Fuerza
Resistencia
Destreza
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Agilidad
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Inteligencia
Voluntad
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¿Por qué debía hacer tanto calor? ¿Acaso el mundo lo odiaba?
Su sudor lo hacía evidente, el sol golpeándolo por horas no era su parte favorita de la vida. Tal vez alguien se animaría a decir que tampoco le gustaba ni un poco, otros quizás, conociéndolo un poco más, se jugarían a que detestaba el calor.
Lastimosamente, ninguna respuesta era correcta. No le gustaba el calor en exceso, sentirse sudado y con la piel ardiendo eran situaciones que le disgustaban, pero le ocurría lo mismo con el frío. Tal vez podía soportarlo un poco más, pero cualquier clima fuerte era suficiente para tenerlo desanimado y de mala gana.
Y fue justo en ese día que le tocó pescar. ¿No podría haber sido el gigante que también forma parte del grupo? Al parecer, no, vaya a saber uno porqué, pero le tocaba encargarse de eso a él.
Comenzaba a pensar que era un abuso. ya era el cocinero que debía preparar la cena y almuerzo de un grupo de 12 personas, y ahora le decían que también debía ser el que buscara las provisiones y todo lo necesario para prepararlo. ¿Dónde estaban Jin o Owen? Estaba seguro de que no los vio haciendo nada útil desde que llegaron a la isla. Hyak por lo menos se encargaba de curarlos si lo necesitaban, era su labor, Thrym le había estado enseñando a navegar, Maria Merlot era… era Maria Merlot, Maki…
Pensar en la mujer lo hizo sonrojarse. Una de sus manos fue a tapar su rostro mientras que su mente se llenaba de los recuerdos de hace unas noches. El momento íntimo que tuvieron, tan sorpresivo para él, salido de la nada a sus ojos, pero aún así lo disfrutó. Deseaba volver a hablar con ella, tal vez preguntarle si es que lo disfrutó también, pero la oportunidad no se había dado.
Además, ¿Cómo es que se podría comenzar una conversación así? “¿Oh, buenos días. ¿Quieres café o prefieres algo más de desayuno? Dime, acaso estuvo bien como lo hice la otra vez o debo mejorar?”
Si, no sonaba a una charla posible.
En ese momento, su caña de pescar sufrió un estirón, obligándolo a salir de sus recuerdos y enfocarse en la tarea. Tenía la fuerza suficiente para no preocuparse por que la herramienta se escape de sus manos, pero por alguna razón los peces de esa zona le conseguían dar pelea. Estiró como pudo, intentando atraer al animal y sacarlo del agua, pero en menos de un minuto ya sentía como la fuerza que combatía desaparecía, quedándose con el anzuelo vacío en su mano, sin presa.
Soltó un quejido sonoro. No estaba hecho para esto, ni su padre ni su maestro le habían enseñado a pescar, y en el grupo ninguno se había dignado a preguntarle si acaso sabía cómo hacerlo. Lo había intentado 15 veces ya, no sabía cuánto tiempo había pasado sentado cerca de la orilla, pero claramente debía cambiar su método.
Miró hacia el agua, cuyo color azulado lo llamaba, como si le susurrara al oído que ahí podría escapar del calor y del sol. Entendía que si los peces lo veían entrar en su territorio iban a huir, al menos eso dice el sentido común, pero, con el sol golpeando desde arriba como si de el infierno se tratase…
¿Qué tan mal estaría si mandara a la mierda su tarea y simplemente disfrutase de un rápido chapuzón?
Ryota Miyamoto
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Inteligencia
Voluntad
C. de Haki
C. de Akuma
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Existen muchas historias en la vida de cada persona, algunas trascienden, otras son breves, pasajeras. La de ese día pertenece a ese segundo grupo, esas anécdotas que parecen insignificantes pero que, con el tiempo, pueden adueñarse de tus pensamientos en los momentos más difíciles, quizá llegues a recordar esos relatos con una sonrisa en los labios.
El sol iluminaba con fuerza el firmamento en aquella mañana, otorgando su poderoso abrazo a toda la isla. Desde las costas hasta las zonas más céntricas, cada rincón quedó envuelto en un calor abrasador. Tal era la sensación de temperatura ese día que los pueblerinos casi en su totalidad buscaban alivio en bebidas frías o paños húmedos mientras continuaban con sus diferentes labores.
Fuera la que fuera su solución para el calor, todos los seres vivos de la isla compartían al unísono la misma opinión.
“Vaya calor de mierda…”
Expresó su malestar un joven de cabellos castaños, mirada color miel, un balde, y una rudimentaria caña de pescar al hombro. La improvisada herramienta no era más que una rama, un hilo de nailón y una puntilla desgastada unidas con aparente prisa.
Sus pisadas quedaban marcadas en la tierra del camino mientras avanzaba por el sendero que lo conduciría al lugar ideal para pescar. Un rincón de la playa lo bastante cómodo como para sentarse, lanzar el anzuelo y esperar conseguir un par de buenos peces.
Cuando por fin llegó, la refrescante brisa marina lo recibió agitando su cabello y ropas en la dirección del viento. “Ahhh, qué fresquito hace aquí…” murmuró, y una sonrisa se le dibujó en el rostro, notando cómo el malestar de antes empezaba a desvanecerse.
Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que no estaba solo. A unos metros, sobre la pequeña plataforma de tablones que funcionaba como el “puerto” en aquella bahía, había otra persona que tuvo su misma idea.
Mientras se acercaba, no pudo evitar observarlo desde la distancia… y notar lo terriblemente malo que era pescando. Una leve mueca burlona se dibujó en sus labios, esforzándose por no soltar una carcajada antes de tiempo.
Solo cuando la madera crujió bajo sus pasos rompió el silencio con el extraño.
“Hey bro.” Saludo levantando su mano con el balde. “¿Te molesta compartir el puerto?” Continuó, sentándose junto al chico de cabellos bicolor antes siquiera de recibir una respuesta. “Parece que está difícil pescar algo aquí, ¿no?” Trato de iniciar una conversación mientras sumergía el balde en el agua salada, llenándolo hasta el borde. Luego lo dejó a su lado, justo en el extremo contrario al que se encontraba el otro chico.
Tomó su caña con tal soltura que cualquier presente podría evidencia que tenía práctica, pero antes de lanzar la puntilla oxidada que hacía de anzuelo, pareció recordar algo muy importante.
“Keke, chale, olvidé traer carnada...”
Dijo sin la más mínima muestra de preocupación, para luego desviar aquella expresión que reflejaba tranquilidad en dirección a su acompañante. “Bro, ¿te importaría compartirme uno de tus gusanos? Solo necesito uno.” Pregunto con tono amigable, esperando a la respuesta que pudiera darle.
“A cambio puedo enseñarte como se hace, debes ser uno con el dios del mar para que te permita cazar en su terreno.”
Rackham Uker
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Solo cuando el sonido de la madera crujiendo ante el paso del otro hombre llegó a sus oídos fue que giró su cuerpo para observarlo. - ¿Eh? -. Hace un momento se había visto solo en ese lugar, por lo que rápidamente supuso que sus ganas por lanzarse al agua y acabar con el sufrimiento lo habían dejado sin poder notar la llegada del contrario. - No, claro que no es problema -. Al fin y al cabo, se trataba de un lugar público, no podría tomarlo solo para él aunque quisiera.
Mientras lo escuchaba, lo veía prepararse para algo. Movimientos practicados, ya refinados, sabía lo que estaba haciendo. - Supongo… no es que sepa de esto de todas maneras -. Observó como el otro muchacho preparaba su caña y su balde, la diferencia entre sus habilidades en la materia era evidente, pero eso no lo hizo salir corriendo, simplemente se preparó para lanzar el anzuelo de nuevo. Tomó uno de los gusanos que llevaba en un pequeño balde que mantenía cerca de él, comenzó a enredarlo y colocarlo en el anzuelo, con movimientos claramente muy verdes.
La nueva pregunta del recién llegado no tardó en aparecer, y el muchacho del mechón blanco respondió con una sonrisa en el rostro.
- Claro, aquí tienes -
Le ofreció el recipiente donde traía los gusanos que usaba como carnada, arrastrándolo por la madera hacia el otro joven. - ¿Enseñarme? Puedes intentarlo, pero te advierto que soy muy malo en esto -. Y no mentía, su “lanzamiento” del anzuelo que vino posteriormente a esas palabras dejaba que desear, apenas y si recorrió distancia, tan así que Uker se le quedó mirando y preguntando si no debería simplemente traerlo de nuevo y volver a intentar. - La próxima vez obligaré a alguien más a que tome este lugar -.
Y le harían caso, o no iban a comer.
No recordaba ninguna religión que hablara de un dios del mar, pero seguro alguna debía existir. - Supongo que a este dios del mar no le caigo muy bien -. Intentaba utilizar el humor para no sentirse tan mal, pero verse a si mismo incapacitado de cumplir una tarea era doloroso.
Tampoco es como que pensara que pudiera hacerlo todo, pero usualmente no le cuesta aprender mucho las cosas. Esa era una habilidad que no estaba saliendo a la luz en esta ocasión.
- Dime, ¿te dedicas a esto? -. La maestría para la pesca del ajeno era clara, una habilidad que le hacía pensar que lo hacía muy seguido. - Mi familia solo me enseñó a cocinar, pero no a conseguir los ingredientes más que con una visita al mercado -. Tampoco es como si alguien pudiera enseñarle, su padre trabaja gran parte del día y su madre estaba siempre en cama. Su maestro o sus hijos tal vez podrían haberle enseñado, pero su tiempo con ellos solo fue de entrenamiento, pocas cosas aprendió de ellos que no fueran como agarrar una espada.
El calor aún lo atosigaba, mermando su paciencia ante esta tarea que parecía imposible, pero su voz no dejó ver eso. Su rostro, por otra parte, era incapaz de no mostrar su desagrado al clima. Echó una mirada hacia arriba, poniendo su mano sobre sus ojos en cuanto su vista se acercó al sol, tan resplandeciente como siempre. Dio un suspiro al notar que aún faltaba algo de tiempo para el medio día, pero también existía la posibilidad de que terminara completamente quemado si simplemente se sacaba la camiseta y se tiraba al agua.
¿Por qué no era posible apagar el sol? ¿Quién había inventado el calor? Preguntas algo estúpidas se acoplaron en su mente.
- Dime, algunos peces son más propensos a salir en ciertas horas del día, ¿no es así? -. Una pregunta dirigida a quien ahora lo acompañaba en el solitario muelle. - ¿Alguna recomendación para pescar algo que sepa bien? -. Así como no sabía de pesca, tampoco podía conocer nada de la vida marina, a su vista los peces eran en su gran mayoría la misma especie con diferentes colores. - Quisiera cocinar algo delicioso para mi grupo, pero estamos algo cortos de dinero -. No era del todo verdad.
Él tenía dinero.
No iba a compartirlo de igual manera.
Ryota Miyamoto
Fuerza
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24-03-2026, 06:12 AM
(Última modificación: 24-03-2026, 06:16 AM por Ryota Miyamoto.)
La amabilidad mostrada por el joven de mechón blanco fue bien recibida por quien terminó sentándose a su lado. La madera del suelo rechinó bajo el peso de ambos y, con tono jovial, el que había hablado primero reveló no tener demasiada aptitud para el arte de la pesca.
Ryota pensó que solo se trataba de alguien modesto; pescar no tenía mayor truco más allá de atraer a los peces que el propio mar decidía entregar. Era una acción tan simple como arrojar el anzuelo con la carnada y esperar a que algún incauto se abalanzara sobre él.
“Kekeke, gracias Bro, me salvaste la vida” Tras agradecer, llevó la mano y tomó con la zurda uno de los tantos gusanos que se arrastraban entre otros dentro del vaso. Era una vista repulsiva, pero a la que estaba tan acostumbrada que no sintió el menor asco cuando lo ensartó en su puntilla oxidada, cuidando de no dejar ninguna parte del metal a la vista. “Nah, no digas eso, nadie puede ser tan m…” En medio de sus palabras, vio cómo el lanzamiento contrario dibujó una parábola errática en el aire hasta caer a escasos metros del puerto.
“Waos bro… debe odiarte mucho el hijo de puta… porque eres malo con ganas…”
Fue honesto ante lo ocurrido y en sus últimos vocablos se refirió a la aprensión que el dios del mar debería tener por el de ojos azules a su lado. “Bueno, seguro te dio otros talentos…” Acompaño, relajando más su semblante, para mover con un revés de la mano la caña y lanzar el anzuelo con soltura como si de un pequeño proyectil se tratara.
No busco alardear, pero desde los 4 años pescaba, así que era solo práctica adquirida. “Mi familia se dedica a esto, yo elegí el noble oficio del desempleo.” Relajó la espalda, sosteniendo el ligero madero con los pies mientras se apoyaba en los brazos. “Desde que era un niño me llevaron a pescar, así que quiera que no termine aprendiendo, al final preferí vender en el mercado junto a mi madre pero no era divertido ya que no me quedaba con una sola moneda.” Suspiro ante el recuerdo de su madre, arrebatándole cada moneda que ganaba tras sus ventas.
“¿Sabes cocinar? Es todo un arte, quizás ese sea tu talento, viéndolo así haríamos buen equipo bro, yo los atrapo y tú los preparas keke” Opinó con expresión relajada y la vista puesta en el hermoso mar, que ofrecía una brisa salada característica de la zona.
Luego, la pregunta del mechón blanco continuó la conversación.
“Mmmmmmm, para serte franco cuando mi viejo explicaba esas cosas, probablemente solo veía los reflejos del sol en el agua, así que no tengo idea.”
Fue honesto en su respuesta, mas no quiso parecer descortés ante la ayuda y prosiguió para tratar de ayudar. “Mi madre decía que sea lo que te dé el mar, será bueno y debes recibirlo con agrado.” Volvió a adoptar una postura con la espalda más erguida y llevó sus manos a la caña de su nuevo compañero. “Permíteme.” Tomo el cordón traslúcido para atraer nuevamente el anzuelo.
“Este es el problema.” Expreso al ver el anzuelo, el cual, se encontraba con su respectivo gusano anclado al gancho, pero que dejaba gran parte de la superficie metálica al descubierto. “Cuando los peces ven el brillo del acero, se espantan, así que debes enterrar la carnada hasta cubrir gran parte del garfio, de esta forma, los peces morderán con más fuerza y quedarán atrapados.” Con soltura, esparció el cuerpo del gusano por la superficie metálica hasta que pareció una especie de envoltorio con la forma del metal.
“Ahora, cuando lo lances, no lo hagas hacia arriba, sino en una diagonal inclinada, con eso el nilón solo volará y llegarás lejos, además, ahora el garfio pesará un poco más, lo que te permitirá llegar a más.” Esperaba que sus consejos lo ayudaran, después de todo, se notaba que era un buen tipo y le agradó en ese preciso momento.
“Seguro que pescarás algo delicioso. Yo también estoy pescando para mis amigos keke, parece que es normal quedarse sin dinero por aquí. ¿Llevas mucho en la isla?”
Rackham Uker
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C. de Haki
C. de Akuma
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La pequeña historia de vida del muchacho no lo hizo posar su mirada en él, pero aún así lo escuchó con atención. Así que se había dedicado a vender en los mercados, pero sin recibir nada del dinero ganado, era gracioso en cierto sentido, pero el pelinegro sintió que decir eso sería como insultarlo.
Él también había trabajado desde muy joven, pero en su caso fue una forma de despegarse del dolor que sintió tras lo que le pasó a su familia. Con la mentalidad de un niño, vivir ocupado con otras cosas sería ideal para nunca recordar esa tristeza que lo consumía, pero actualmente reconocía que no había servido a ese propósito.
Al menos le había enseñado a trabajar, a ganarse la vida sin que su maestro estuviera ahí para él.
Las palabras del pescador a su pregunta le parecieron extrañas. ¿Podía hacer y saber todo eso sin haberle prestado atención a su padre? O la pesca era muy simple, o ese tipo era alguna clase de genio para eso. El hombre, cuyo nombre desconocía aún, aclaró lo mismo que él, pero asegurándole que su talento estaba en la cocina. - Podría decirse, si -. No iba a aceptar que le llamen talentoso, no se consideraba mejor que muchos, pero era cierto que su mayor fuerte era en ese ámbito.
Aceptó con agrado la ayuda, escuchando y viendo atentamente la explicación. - Así que se asustan… -. Lo dejó como una nota mental para luego, así como la explicación de como lanzar. Su cerebro buscó alguna forma de relacionar esa información con algo que ya conocía, llevándolo a visualizar distintos cortes en la cocina. Los movimientos no eran exactamente los mismos, pero si podía cortar verduras en más de 19 formas, podía aprender cómo pescar.
- Bueno, somos un grupo algo… caótico -. No habló de sus compañeros, ni de cada problema que entre todos, incluyéndolo, podían causar. - Estoy buscando algún trabajo, pero no lo encuentro aún, si pudiera ganarme algo de dinero mientras esperamos a zarpar a otra isla… -. Mientras hablaba, preparó sus brazos así como la caña. - Al menos no me pondrían a hacer cosas de las cuales no tengo ni idea -.
Tras decir eso, lanzó por fin. No fue perfecto, le puso demasiada fuerza en algunas partes y descuidó otras, pues había usado algo de su conocimiento de espadachín para intentar lograr lo dicho por el desconocido. Aún así, se trataba de una muy clara mejora al lanzamiento anterior, cosa que incluso lo hizo sonreír. - Wow, era verdad -. No es que no creyera en el hombre, pero habiendo puesto en práctica las enseñanzas era más fácil ver sus errores y sus aciertos. - Supongo que nos salvaste la cena, en verdad te agradezco, tú… eh… -.
Se llevó la mano a la barbilla un momento. ¿No se habían presentado verdad? - Lo siento, no me sé tu nombre. El mío es Uker, es un gusto -. Aún sosteniendo la caña con su mano izquierda, extendió la otra hacia el muchacho, buscando saludarlo con un apretón.
- Dijiste que tenías un grupo, ¿también navegan por las islas? -. Intentó volver a sacar un tema de conversación, mientras que se sentaba en la madera. - Nosotros no llevamos mucho, un par de días solamente, ¿ustedes llevan más tiempo? -. Mientras hablaba, esperaba sentir algún movimiento de la caña con las manos, pero por ahora no sucedía nada. Incluso con un disparo mejor y con el anzuelo escondido, ¿debía tardar tanto?
Definitivamente no estaba hecho para la pesca.
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