Onizuka Jin
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Silencio, largo, absoluto. Sus ojos se mantenían fijos en el contrario, terminando de limpiar los últimos restos del rostro que había estado llorando. Era extraño, no debería importarle, no deberían molestarle sus acciones, no debería siquiera tener importancia que sus hombres lo vieran vulnerable y tuvieran una motivación para terminar con él y, sin embargo, tampoco quería verlo decaer. Sus ojos se quedaban con la mirada hacia abajo, ya que todavía se encontraba de pie frente a él. Su semblante, calmado, casi vacío a las palabras que pronunciaba el rubio de cabellos largos.
—Creo que te equivocas, Tezca…
Hizo una nueva pausa, esta vez más corta. Sus dedos, que habían terminado de secar los restos de sus ojos, ahora descendían hasta su mejilla, deslizándose en su rostro. Su mirada no perdía detalle del rostro ajeno, solo manteniendo el recorrido de sus dedos como un camino calculado a trazar. —Yo soy la desgracia, y el error de muchos, pero estoy seguro de que eres consciente de eso. — El diablo, verdugo… No había buscado la vinculación de nadie, nunca había sentido el mismo excepto con la persona que secretamente buscaba proteger hasta el fin de sus días.
Sus dedos siguieron descendiendo hasta separarse del rostro ajeno… pero fue frenado por el contrario mediante el tacto y, por supuesto, el beso que le brindó a dicha parte. ¿Cómo que quién era? ¿No era obvio acaso? El mal, la muerte o, como muchos lo conocían; el demonio. A diferencia del rubio, él no comprendía ese tipo de emociones, no las captaba en lo absoluto. Solo lo observó, por algunos segundos más. ¿Dónde había ido a parar su cigarro? Ni siquiera lo recordaba. Quizás se le habría caído en la agitación previa, cuando el propio Tezca lo había empujado. Sin embargo, no le estaba importancia a eso, sino a su propia existencia. ¿Quién era? No lo había pensado antes, no había dado una figura a su propia presencia. Irónico que alguien tan influyente dentro del propio clan estuviera en esa encrucijada mental. Sus ojos, de nuevo, fijos en el hombre frente a él, en un inicio en silencio, hasta finalmente volver a abrir la boca.
—Solo soy… Jin.
Ni él mismo supo qué decir. Normalmente pronunciaría el apellido que se le otorgó junto a su nombre, pero por una vez, hubo una leve referencia a ese “yo” de su infancia. —Nada más. Nada menos. — caminó hasta posicionarse a su lado, ahora sin saber bien qué decir, evitando el contacto visual con el contrario. —Dame su nombre, y haré una búsqueda inmediata. No puedo garantizar que pueda encontrarlo, pero sí usar los medios a mi alcance para hacerlo. Nombre, último lugar al que fue visto, contactos… Incluso descripción. — porque, pese a todo, como bien dijo, él era un hombre de palabra y sí buscaría a ese condenado hombre, le haría pagar, lo haría suplicar, del mismo modo que lo hizo él mismo con sus propios padres. —También si quieres que te lo traiga vivo o muerto. — porque si tenía que matarlo, lo haría sin dudar, pero comprendía también la sensación de venganza que aparentemente tenía el hombre.
Tezca Norova
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Esa definición explicaba mucho. La desgracia. Sin duda lo era, aquella desgracia que te hace replantearte todo y comenzar a ser precavido. Era aquella desgracia, por supuesto, el mejor tipo de desgracia que podía haberme pasado.
No una de esas tragedias ruidosas que llegan arrasando con todo, dejando únicamente escombros y reproches como el caballo de atila sino una más silenciosa, casi educada, que se sienta a tu lado y te obliga a mirar con atención cada decisión pasada. Una desgracia paciente, persistente, que no se va aunque cierres los ojos, que no se disuelve con el tiempo, sino que se transforma en lección.
Porque después de ella nada vuelve a sentirse igual. Los pasos se vuelven medidos, las palabras se piensan dos veces y la confianza deja de ser un acto automáticamente denegado para convertirse en una elección consciente. Te enseña a observar, a anticiparte.
Y aun así, pese a todo lo que desnudaba, pese a lo que dolió, no podía odiarla. Al contrario: la reconocía como el punto de quiebre necesario, el golpe preciso que me obligó a crecer cuando de otro modo habría seguido avanzando a ciegas, nunca había conocido a alguien como el.
Sí, esa desgracia explicaba mucho. Y aunque jamás la habría pedido, tampoco la cambiaría. He aprendido a adaptarme, incluso en las situaciones que yo mismo he causado. Como esta.
Al notar que no me miraba sabía que tenía que cambiar esa situación, acostándome en el sofá para terminar apoyando mi cabeza en su regazo y así estirar el brazo para dirigir si mentón en mi dirección. —Eso será difícil… Hay mucho que no recuerdo ¿me entiendes? Pero te daré lo que recuerdo, Jin. — Lo pensé un poco, mirándolo atentamente mientras acariciaba su rostro, jugando con los mechones sueltos de su cabello, peinándolo. — Vivo y si es posible en buena salud. Quiero que lo de todo cuando lo encuentre… Quiero tener la posibilidad de morir. Esta es solo una más de las transacciones en nuestra línea de trabajo. — Mentí. Bajando la mano por su cuelo y hasta su pecho, inclinándome ligeramente a su torso para quitarle la corbata. —Ponte cómodo, he decidido quedarme un largo tiempo. Todavía no se nada de ti y no pienso irme hasta que estemos a mano. —
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Palabras directas. Con poca información significaba que le iba a tocar investigar un poco de más. No era tampoco la primera vez, pero sí la primera que lo hacían mantener a alguien con su salud en las mejores condiciones posibles. Su rostro se volteaba a la vez que sentía los brazos de Tezca, ahora con su rostro frente a él. Podía sentir su respiración, trataba también de analizar su mirada, pero no vio nada más allá de lo obvio. —Está bien. Lo que sea es suficiente. El resto me encargaré. — cerró un ojo, elevando el otro para percibir el jugueteo con su propio cabello. No lo habían tocado así nunca, ciertamente, y probablemente si lo hubiera intentado alguien no estaría en las mismas condiciones que el contrario. Solo lo dejó hacer, en silencio ahora.
—De todas formas, intentaré traerlo en las mejores condiciones posibles… Pero no te atrevas a morir en manos de ese imbécil. — Sus manos se elevaron, ahora sosteniéndose en la ropa del contrario a la vez que él estaba descendiendo sobre el sofá, aparentemente buscando algo de él. Ah mierda, Tezca tenía razón… ¿por qué diablos siempre era en un condenado sofá? —Pero prefiero que no te dejes matar si es lo que te va a tocar. No me gustaría… — hizo una pausa, incluso cuando se le estaba desabrochando su corbata, a él no le importó, solo elevó su mano para pasearla, de nuevo, por la mejilla ajena, utilizando su pulgar para acariciar la zona inferior de su ojo. —… perder a un nuevo trabajador.
Sintió su corbata aflojarse todavía más. Sus ojos descendieron, su mano se fue elevando hasta la zona superior de su cabello, acariciándola. El silencio invadió el lugar por algunos segundos. Algo sobre él… ¿no era suficiente con lo que le había dicho? Apretó sus labios, en silencio. ¿Qué podía contarle? Escuchó la tela de la corbata descender, sus ojos ahora más fijos a él.
—¿Qué quieres saber esta vez?
No sabía siquiera si se merecía una recompensa por ello o no, solo lo miró, descendiendo su mano hasta debajo del mentón, ahora con el dedo índice bajo éste para obligarlo a mirar. Por el momento preguntar no iba a causar ningún daño. Sus ojos solo lo observaban en silencio, la expresión ahora algo más lejana. —No dudes que cómodo ya estoy. — miró de reojo la puerta principal, para volver la mirada en el contrario. Dudaba que nadie fuera a interrumpir, fuera lo que fuere que transcurriera.
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Le sonreí con cierta tristeza, una expresión que claramente no era usual en mi. No sabía cómo decirle que cierta parte de mi esperaba morir en ello o por las heridas. Esa era toda mi meta que pagara, después de eso no sabría qué más hacer… si no moría viviría condenado por mis crímenes hasta que finalmente mi corazón dejara de latir, probablemente por esa proeza me darían caza pero no, no quería preocuparlo, no cuando estábamos mucho mejor que antes. — Lo intentaré… pero no puedo prometerlo.— Intenté murmurar para calmarlo. Calmarnos. Asegurarle que seguiría ahí… trabajando para él.
Sus caricias me inspiraban recuerdos de la noche ajena, de la primera vez que nos vimos, haciendo que una leve sonrisa continuara presente con cierto… cariño. Era una sonrisa honesta, en las que no intentaba pensar demasiado y me encontraba en paz con solo mirar al hombre sobre mi. Una vez más. —¿De ti? Todo ¿me entiendes? Pero algo me dice que no me lo dirás todo.— Tal vez era muy intenso, pero alguien precavido no soltaría tanta información sobre sí en la segunda reunión. Aunque cierta parte de mi lo esperaba. — Sé que eres un yakuza… un hombre muy peligroso…— Dije seductivamente incluso ligeramente sorprendido por el tono, era verdad, me excitaba demasiado esa descripción de Jin, aunque nunca lo diría en voz alta. — ¿Iniciamos por algo sencillo? ¿Como es que llegaste a tener tanto personal a tu disposición?— Era una pregunta un tanto… extraña, pero la verdad es que evitaba preguntar por su cicatriz. Sentía que no era el momento.
Jugueteé con el borde de su camisa un tanto distraído, abriendo los botones hasta que el chaleco negro comenzaba a estorbar, deteniéndome al no poder hacer más. — Alguna que otra vez he soñado con tener mucha gente a mi disposición, dándoles órdenes y así, como tú… pero… siento que los terminaría matando. Me pone muy nervioso que haya tanta gente escuchando… mierda, eso ya te lo había dicho ¿verdad? El alcohol es medio hijo de puta… ¿Qué estaba tomando? — Debí preguntar eso antes y la verdad es que no creía que mi estado actual se debería al alcohol.
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Sus ojos lo observaban, en silencio. Intentarlo… No parecía muy convencido de sus palabras. Aún así, no lo mencionó, solo le dejó creer que se había tragado aquella mentira, volteando la mirada en otra dirección. Pronto la regresó, no podía evitar observarlo cuando sus manos pasaban por su cabello, como si inconscientemente el contrario buscara más. Qué curiosa situación… era tan fácil aplastarlo, desde sus sentimientos hasta a él y, sin embargo, no pensaba en nada de eso, solo en lo cómodo que se sentía.
—No te equivocas, no lo diré todo.
No solo porque quisiera estar seguro, también se avergonzaba de su pasado, su vida, todo por donde llegó a ser antes de que su jefe lo adoptara. Sin embargo, no parecía haber reproche ni en su voz ni en su mirada mientras sus dedos seguían viajando en el rostro ajeno. Su mente viajó ante el recuerdo. Elevó su mirada, ahora pasando su brazo por detrás de su cabeza, sin mucho que pronunciar. No sabía si prefería hablar de su cicatriz o de eso… Y sin embargo. Descendió la mirada hacia él.
—Cuando era un renacuajo, le partí los dientes a un yakuza que se metía conmigo.
Lo dijo con una naturalidad que quizás cualquiera que no lo conociera pensaría que iba de broma. —Era una época difícil, el idiota era adulto, yo un chaval de mierda. Creo que ese hombre terminó en el hospital después de la paliza que le di. El jefe me vio y solo vio potencial. — Pero ahora que conocía la motivación real, le repugnaba. Todavía tenía que terminar de planearlo todo correctamente, hacerle comprender que la traición tenía un precio. —Solo tuve que demostrarle a mi jefe que no tenía miedo, que era capaz de cualquier cosa y poco a poco fui escalando hasta lo que soy hoy. Es cierto que no es lo mismo, pero tampoco es lo mejor. — descendió su mirada, buscando los ajenos. —Porque también ha significado acabar con gente, estoy seguro de que eres consciente de lo que significa esta línea de trabajo. Si eres débil, te muestras débil, solo mueres. Si eres poderoso, van detrás de tu cabeza, si eres mejor, la envidia hace que quieran aplastarte. Además, acabas siendo odiado por todos te guste o no. Es… complicado.
Permitió que jugueteara con el cuello de su camisa a la vez que él descendía su mano hasta el largo cabello ajeno, jugueteando con él, ascendiendo su mano para ver cómo, de forma curiosa, los cabellos de ese hombre iban deslizándose, descendiendo hasta caer una vez más. —Tomaste burbon, Tezca. Tomamos burbon. — Necesitaba dar una excusa por verse vulnerable, incluso si era por un alcohol que realmente no lo había afectado.
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Escuché sus palabras con total atención, parecía un tema complicado: más de lo que esperaba pero esperaba que continuara, seguir siendo perseguido: No podía relacionarme con ello, por suerte al moverme entre pocos círculos era un desconocido a los ojos de la mayoría. Sin embargo el, parecía estar enredado entre el conocimiento de la sociedad: que es él y él es un peligro. Podía imaginar su actuar, su cautela, porqué no había dejado que me fuera. Podía entender lo de “confiar en nadie” pero nada más. Debía ser tan fuerte como yo para continuar vivo después de todos los riesgos.
Entre todas sus palabras había algo que ir me había llamado la atención, me levanté de su regazo para mirarlo con atención, lo suficientemente cerca para sentir su aliento contra el mio, no era la primera vez que estábamos así, pero había algo diferente: Era menos juguetón, mucho más serio, como si hubiéramos abierto la caja de Pandora y estuviéramos lidiando con las consecuencias en este preciso momento. — ¿Y tienes miedo? ¿Tienes que fingir frente a él todavía? — No sabía si eso era más cercano a una pregunta o una acusación pero la había hecho, ya estaba sobre la mesa.
Mi mano se deslizó en busca de la suya, entrelazando nuestros dedos, apoyándolos sobre su muslo sin poder quitarle los ojos de encima, sentía curiosidad, quería saber mucho más, desde su perspectiva. Sentía esa necesidad una vez más de sacarle toda la información que podría proporcionar y aún así nunca quedaría satisfecho. Esa necesidad comenzó a crecer extrañamente; No sabía si se convertía en puro deseo o la curiosidad sobrepasaba lo que era saludable. Me incliné lentamente a su rostro para dejar un suave beso en su mejilla y bajar otro a su mentón. — Ya veo… Entonces he descubierto porque mi ligero juego te ha molestado tanto, pero no cambio la respuesta que me ha dado el destino ¿me entiendes?— Lo empujé abruptamente contra el sofá, sentándome encima suyo para mirarlo con cierta molestia. Una vez más esta situación había sucedido anteriormente, no quería repetirlo, no quería aburrirlo con las mismas tácticas de antes pero en verdad me gustaba estar así. Me gustaba sentirlo. —Vivirás mucho tiempo, es un hecho y si vuelves a rechazarme con ello, juro que me iré y no importa si mandas el infierno a mi puerta: Nunca más volveré a verte. —
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Miedo… No se lo había planteado. ¿Siquiera llegó a sentirlo alguna vez en su vida? ¿O es que solo había sido un ignorante y había mirado a otro lado con demasiada confianza? Veía su mirada, frente a frente esta vez, ahora que el contrario se había elevado de su regazo. No mencionó nada al respecto, solo hubo calma, tranquilidad. Hasta entonces, solo le observaba, sin más emoción, no más de la que aparentemente parecía ver el contrario. Cerró el mismo ojo donde fue su mejilla besada, elevando sus manos para sostenerse de las caderas ajenas. Lo segundo solo le hizo escapar una risita. No era la misma de siempre, más bien lejana, ahora evitando la mirada directa del contrario.
—¿Fingir? No sé de qué me estás hablando…
Hah, qué mentira más grande. Frente a su jefe no sabía ser nadie más que ese hombre fuerte, firme, que no era capaz de decaer ante nada. Se rehusaba a verse débil incluso en un contexto en el que se pudiera sentir seguro. —Siempre he sido el mismo hombre, antes y después de conocer a mi jefe. Eso no cambia. — Porque, previo a él estuvo su pasado, uno que no revelaría, uno que tenía un capítulo cerrado con aquellos que le enseñaron a ser quién era por la fuerza estando bajo tierra, mismos que le habían dado la vida. ¿Siquiera había otra forma de ser él? No conocía otra forma de vivir más que esa.
Sus manos aceptaron la suya, entrelazando los dedos. Sus ojos regresaron la mirada hacia el contrario, ahora sin muchas palabras que pronunciar. Qué curioso, qué extraño… No quería bajar la guardia tampoco frente a él, pero aquellos muros invisibles que había alzado parecían estar flaqueando, como si pudiera derrumbarlos en cualquier momento. No podía permitir que su jefe lo descubriera… No. Que nadie lo descubriera.
Emitió un quejido al sentir su cabeza sobre el reposa brazos del sofá por el abrupto actuar del contrario. No de dolor, no de molestia, sino por lo inesperado de la situación. Lo vio trepar sobre él, sus ojos abriéndose hasta donde se encontraba el contrario ahora. Sus palabras no parecían afectarlo, al menos no bajo la expresión que volvió a adoptar, la misma que salía de forma automática al tratar con otros.
—¿Irte? No creo que puedas ahora que trabajas para mí, Tezca.
Su mano derecha se alzó, lentamente, hasta tomar el mentón del contrario, observándolo con firmeza. ¿Por qué se sentía molesto por esa amenaza? No debería y, sin embargo, así estaba siendo. —No hay lugar para esconderse de mí. Nunca. Tenlo en presente.
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Fruncí el ceño; una parte de mí deseaba, con una urgencia casi infantil, evitar que me viera de esa forma, expuesto y torpe, pero ya no había marcha atrás. Lo hecho estaba hecho, y el silencio que se instaló entre ambos parecía confirmarlo. No había forma elegante de retroceder, ni palabras capaces de recomponer lo que ya se había dejado entrever.
La información era suficiente. Más que eso, era delicada, y lo sabía. No deseaba preguntar nada que pudiera abrir una herida innecesaria o dar pie a otro momento tenso, de esos que se clavan en el aire y lo vuelven irrespirable. Había límites que no se cruzan sin consentimiento, y ese era uno de ellos.
Así que me conformé. Agradecí, sincera y silenciosamente, lo que me había dicho y nada más. Guardé esas palabras como se guarda algo frágil: con cuidado, sin manosearlo. Tal vez, cuando tuviéramos más confianza el uno en el otro, cuando el peso de las miradas no fuera tan denso… y solo si él lo deseaba, podría continuar hablando. Hasta entonces, el silencio sería suficiente.
Pero debo admitir que soy impulsivo, orgulloso, soberbio.
Solté una risa de burla mientras apretaba su mano, terminando por sentarme sobre su regazo: sintiendo el calor de nuestros cuerpos mientras la fina tela de mi ropa interior rozaba ligeramente la claramente costosa tela de su pantalón; inmediatamente provocando un roce aún más profundo como si mi cuerpo reaccionara por cuenta propia, mientras me inclinaba a acariciar su desnudo pecho. —Ay, vamos, por favor…creo que me subestimas, no es la primera vez que salgo del mapa… Mi única traba es que sabes mi nombre verdadero ¿me entiendes? Puedo esconderme. De todos. Es uno de mis muchos talentos. Pero sé que no quieres que desaparezca…—Bajé ligeramente a besar su cuello, acomodando mi rostro sobre su hombro. — Podemos jugar al gato y al ratón todo lo que desees… Pero sé cuidarme y puedo esconderme, no me obligues a probar que te equivocas. — Honestamente me había resignado un poco, levantándome de su regazo para terminar de acomodar mi kimono. —Parece que a lo que vine no será hoy, así que espero ser recompensado la próxima vez. —
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Sentir el roce lo hizo estremecerse, cerrar los ojos. ¿A quién iba a engañar? Era hombre, no podía evitarlo. Maldita sea, ¿cómo podía provocarlo de ese modo? Condenado fuera su deseo por el alivio y el olvido. Cerró los ojos, con el rojo de la excitación dibujado de forma tenue en su pálida piel.
—No te atrevas Tezca… O te juro que…
Su mano libre descendió, sosteniendo el lado de la cadera que le correspondía, apretándole del kimono. Elevó su cabeza, una vez más, dando paso a su cuello. —No importa dónde o cómo te escondas, removeré hasta el infierno si es necesario para dar contigo, idiot-…
Ah, mierda, otra vez lo provocaba. ¿Cómo diantres…? Trató de mantener la compostura, respirar, controlar el deseo que lo invadió por esos segundos a medida que se iba apartando, mas su parte inferior no estaba siendo lo más colaborador. Condenado sea ser hombre y tener ese tipo de telas. —Entonces, más te vale no olvidar eso cuando tengas que huir del peligro que soy.
Su mano quedó en el aire, ahora con el contrario elevándose. Parpadeó, todavía tumbado boca arriba, confundido por la situación, todavía buscando aliviar su deseo. Se incorporó lentamente, tenía que mantener sus condenadas piernas abiertas para aliviarse. Tenía que tranquilizarse. Odiaba el efecto que el contrario tenía en él. De todos modos, el tiempo no estaba a su favor. Lo mejor era zanjarlo… Pero condenado fuera él, que ahora tenía que posponer la reunión debido a aquella situación. ¿Lograría aliviarse? Eso estaría por verse.
—No olvides que estaré en Kárate. Te daré la información para que aparezcas.
¿Por qué seguía buscándolo? Por mucho que odiara admitirlo, también hubiera deseado otra cosa, sin embargo, lo mejor era zanjarlo todo en ese momento y en ese lugar. Cuanto antes, mejor. —Y no vuelvas a amenazarme así. — Su mano pasó por encima de su cabeza, elevándola, apartando los escasos flequillos que estaban cayendo por su rostro.
—No puedo defenderte eternamente, tenlo en cuenta, Tezca.
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