[Social][Presente relativo] La aguja en un pajar
#1

—La madre que me parió.

El trayecto apenas había empezado y la incomodidad en el bote era presente, madera algo astillada en ciertos rincones que requería de una alerta constante al sumarse al vaivén del oleaje. La experiencia difería desde la última vez que surcó el mar, rodeado de crueles piratas que no dudarían en humillarlo bajo la cubierta lóbrega de un bergantín que sabía a pólvora y alcohol. Barriles por todas las esquinas que no paraban de caer y rodar de lado a lado, algunos llenos de munición y otros llenos de fruta a punto de podrirse aunque no tanto como los dientes de algunos de la tripulación. Rara vez veía el cielo abierto a diferencia del incómodo bote, lo que compensaba el hecho de ir remando sin parar.

—¿No le puedes dar un poco tú a los remos, "chati"? —Llevarían dos horas navegando a este punto.— Tenemos que ir hacia el norte, hemos tomado un pequeño desvío para usar las corrientes de agua a nuestro favor, pero ya estoy hasta la p*lla.

Antes de poder realizar ningún cambio de posición una sombra empezó a rodear el barco con insistencia. No era muy grande aunque a medida que se acercaba a la superfície parecía chapotear como un niño con aletas que aún no sabía nadar muy bien. El bravado se difuminó en un torrente ascendente que empapó a ambos piratas, revelando una... ¿sardina con botas? Había escuchado sobre leyendas de cierto gato espadachín, aunque jamás se imaginaría que... Un pez podía vestir de esa forma. ¿Acaso era un Gyojin? Qué asco. Escamosos y resbaladizos, lo intentaría atrapar si no hubiera intentado pescar con las manos ya.

—¿¡Qué coño!? ¡Shirel, haz algo o le meto con el remo!

La situación se volvería aún más inverosímil cuando el pez empezó a hablar, aunque no era un acento propio del South Blue sino uno algo más caribeño, no sin antes abrir y cerrar los belfos como si calentara para soltar alguna perla verbal. Además, de los tres en el barco era el que mejor vestía. Flamantes zapatillas recubrían "algo" que se asemejarían a pies si es que fueran visibles en combinación a unas gafas de sol que destacaban encima de su espina dorsal. Que se sujetaran sin apoyarse en ninguna oreja era un milagro, hito inexplicable de la física. En su mano ostentaba una moneda... Sería... Tal vez... ¿El Recaudador?

—¡Carajo, qué volá aquí! ¿Dos chamaquitos en un bote to’ sarnoso? ¿Pa’ dónde es que van, asere?
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#2
El bote se encontraba en un estado tan paupérrimo que a Shirel no le quedaba otra que reírse y lanzar chascarrillos sobre su lamentable condición cada cinco minutos; lo que, llegado a ese punto, se traducía en demasiados chistes y conversaciones que, aun así, a él le resultaban molonas. En todo momento parecía que el mar jugaba a su favor, incluso con aquel desvío, pues las aguas, al menos por donde navegaban, no eran conocidas por albergar monstruosidades como las de otros parajes de la mar.

La queja alcanza sus oídos; alza una ceja y, acto seguido, suelta una carcajada tan atípica como su dentadura dentada. De acuerdo, sí, era momento de ceder el relevo. Al fin y al cabo estaba fuerte y podía aportar empuje para alcanzar la nueva isla. Que si alguien le preguntaba, no tenía ni puta idea del rumbo exacto, pero, oye, al menos avanzaban, que ya iba siendo hora. Toma el remo sin decir palabra y comienza a impulsarse, con una sonrisa amplia y lanzando miradas ocasionales a su compañero de bote.
⸻Ojalá, chati, nos salga un monstruo to’ guapo y tengamos que liarnos a hostias; quiero ver cómo te desenvuelves, ¿sabes? Hacemos combo y toa’ la polla⸻y, como si sus palabras tuvieran capacidad de materializarse, aparece lo más increíble que su mente podía concebir: una sardina con zapatillas, gafas hipermolonas, pies y cejas, además de unas pequeñas manos en las que portaba algo de dinero del fondo del mar.

A Shirel se le iluminan los ojos; estaba FLIPANDO. Una reacción que contrastaba de forma evidente con la actitud agresiva de su compañero, quien parecía arrastrar algún tipo de animadversión personal hacia esa clase de criaturas.

⸻Chati, chati, un momento, joder… que se ve to’ buena gente⸻llega incluso a plantearse reclutarlo porque, visto lo visto, su futura tripulación iba a ser excéntrica sí o sí. No pretendía infundir temor; además, el miedo se gana con hazañas, no con apariencia, porque siempre había tenido claro que las apariencias engañan.

"¡Carajo, qué volá es esta! ¿Dos chamaquitos en un bote to’ sarnoso? ¿Pa’ dónde es que van, asere?"

SARDINUCA FÍSICO.

Absoluto CINE.
Tenía acento caribeño, lo cual lo hacía aún más molón.

Shirel estaba tan fascinado que parpadeaba frenéticamente e incluso dejó de remar, manteniendo el barco más o menos estable en mitad del agua, con un trozo de tierra apenas visible en el horizonte lejano.
⸻¡CHATI, CHATI, LA MADRE QUE ME PARIÓ Y QUE NO CONOZCO! ¡PERO QUÉ PEDAZO DE TRONCO TENEMOS AQUÍ, JODER!⸻inhala profundamente, tratando de serenarse, mientras se abanica con las manos por puro entusiasmo.
⸻Hola, soy Shirel L. Cariban y este es mi compañero… Meaogo o algo así. Somos piratas y, bueno, vamos pa’ otro lao’, a ver si con suerte nos metemos de palos e iniciamos nuestra, ahora sí, travesía pirata; porque a día de hoy no nos conoce ni nuestro culo.

La Sardinuca los observa en silencio y sonríe con esos labios carnosos y esa picardía que poseen muy pocos seres vivos. Provenía de lo más hondo del mar; había notado la presencia de ambos y, dado que prometían, según su perspectiva bien rechulona, quería confiarles sus grandes historia, digna de futuros grandes piratas así… como su misma vida.

⸻Mira, asere, yo no vengo aquí a discutir ni a buscar lío ni na’; yo vengo a contar mi hitoria’. Y ustedes son los escogidos, así que dile a tu sosio que se vaya calmando, porque lo que voy a decir ahora sale del corazón y le va a llegar duro.⸻le guiña un ojo a Eoghan, y Shirel lo señala con el índice antes de hacer un gesto claro de “calma, calma”, dispuesto a escuchar la increíble historia de la Sardinuca.

⸻Yo vengo de lo má’ hondo de eto’ mares, del oséano ese inmenso, mi hermano, y he vito’ pasár a una pila de piratas; a muchos ni asomarme podía, porque me picaban la cabeza al momentico, pero ustedes… ustedes son aire fresquito pa’ esta calva mía. Porque antes yo tenía mi peluca, ¿tú sabe’?, pero un pulpo descarado me la arrancó; y con esto les confío mi verdad y mi historia, pa’ soltarla, pa’ desahogarme como Dios manda.

⸻Joder, chati, qué bonito⸻Shirel comienza a aplaudir.
⸻Muchísimas gracias. En fin… en eto’ últimos años, mi gente la está pasando bien mal, porque el material con el que hasíamos nuestras casitas se nos está acabando o lo están destrozando unos tiburones con pelo de cobaya, así les digo yo, porque ni idea de cómo se llaman de verdad... Mi familia ya casi se da por perdida, porque por mucho que yo aguante y me defienda, el frío y quedar a la intemperie ya están pasando factura; yo necesito… no sé, asere… una mano, una ayudita pa’ poder cuidar a mis sardinuquicas, que ya soy padre de diez y una de ellas… está bien enfermita.

Shirel, al escuchar la historia, frunce las cejas formando un puente invertido, reflejo de una tristeza genuina. No poseer siquiera la libertad de existir frente a una especie superior… menuda tragedia; menuda injusticia. Trata de pensar en alguna solución, aunque para él nadar resultaba inconcebible: poseía una fruta del diablo y el mar lo rechazaba.

⸻Mira, chati, si quieres, cuando lleguemos a la isla… puedo entregarte este bote para que aproveches el material y construyas una casa para tu familia. Se me parte el alma al escuchar tu historia y espero, de verdad, que los tiburones os dejen en paz… yo⸻carraspea, con una sonrisa sincera⸻también estoy intentando construir algo y me daría una impotencia terrible que alguien más fuerte viniera y aplastara todo lo que he levantado con sudor y sangre. Cuenta conmigo; el bote es tuyo.

La Sardinuca rompe a sollozar, dejando escapar un par de lágrimas ante la bondad de las palabras de Shirel.
⸻Mucha’ gracias, pa’… tampoco quiero entorpecer vuestro sueño.
⸻Yo ya tendré mi barco; una familia, en cambio, no se puede reemplazar.
⸻Eso e’ verdad… me llamo Sardinuca, por cierto.
⸻Encantado… ¡Sardinuca! Pues mira, mientras viajamos hacia otra tierra, ¿qué tal si me cuentas, chati, de dónde sacaste esas zapatillas? Y tú, Meago⸻le vuelve a cambiar el nombre, que lo perdone⸻relájate, chati; ¿no ves que esta pobre criatura necesita ayuda porque su familia sardinilla está en peligro? No sé qué te ha llevado a reaccionar así, pero no todos son malos, incluso compartiendo sector. Créeme. Entiendo tus sentimientos, pero atacar porque sí… no es legítimo. No te representa.
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#3
Eoghan se encontraba anonadado. La visión que se presentaba en frente suyo se asemejaba a un sueño febril y se encontraba a una hebra de perder su cordura. En un arrebato de magnanimidad se forzó a caer en lo absurdo, a dejarse llevar por una metafórica corriente que le empujaba hacia los cuatro puntos cardinales a la vez. Una vez algo más sereno dirigió su vista a los ojos de Sardinuca quien le deleitaba con su egrégea ensembla, escamas que parecían haberse deslizado por mares enteros brillando de forma iridiscente a lo largo de su cuerpo, culminando en esos belfos hinchados y ojos saltones. Pecaba de biólogo, o al menos de creer serlo debido a su historia pasada con su padre. ¿Su indudable singularidad le permitía a sus agallas tragar aire puro? Y, aún más, ¿entonar vocablos? ¿Era la cualidad de este pez poseer pliegues vocales? Todo parecía una chanza (como diría el "bienvenido" al "barco") premeditada, designio de un mar en el que yacen innumerables secretos. Secretos que el animal no dudaría en revelar, pues, era acertado que un "Recaudador" no pediría limosna, desde luego. Los, ¿azules? de Sardinuca conectaron con la furtiva de Eoghan, vistazo unilateral debido a la fisionomía del peje, quién entrecerró ese mismo ocelo específicamente con intencionalidad. La última punta que acabaría con el aparentar del pirata, una erupción ardiente cabalgó a lo largo de la glotis buscando la liberación, remitida desde lo más profundo del esófago. Todas las barreras posibles para cubrir dicho acto se levantaron: primero, un rechinar de los incisivos para bloquear el escape; después, un explotar de los bezos que apretaban con fuerza, y por último llevó el puño con el fin de ahogar lo que surgía en sí mismo en el espacio tenar, sin éxito alguno. Casi el respolar de un caballo se le escapó por poco menos de un instante, el ruido audible para ambos.

—¡Kpft!

Como si se tratara de intentar ignorar el monzón que arreciaría torrentes insondables, el silencio luego del ruido marcaría el compás de un estruendo anunciado. Lo que estarían por presenciar los integrantes a bordo del bote se consideraría un enigma, una confidencia delimitada por los confines de todo el fuste que les aislaba del peligro. Era plenamente consciente que Shirel le había propuesto a una sardina el bote como obsequio y ya se preparaba para no darse a ceder ya que significaría naufragar de nuevo en otra isla, contraasiento en el extremo de su lengua si no fuera debido a que una fuerza mayor lo había subyugado. El retropróximo intento precediría una maldita carcajada fruto del desdén, de la inverosimilidad de la situación y de la reacción de su compañero corsario.

—¡Kek!

Sabía que iba a partirse en dos, incluso de forma no metafórica, de la hilarante situación. Trajo ambas manos hacia su estómago, que ya empezaba a doler ya no sólo de hambre sino de algo, de un sentimiento que llevaba décadas sin experimentar. Abalanzó el cuerpo hacia atrás dejándose caer en la alta quilla de la embarcación, continuando con el graznido que supuestamente resultaba ser su risa junto a la discernencia de lágrimas recorriendo lo lárgo de sus pómulos. Definitivamente, era una situación que atesoraría. No haría más de un par de jornadas que le habría dicho a Shirel, en caso de conocerlo en ese momento, que es un escornacabras, un estólido y que ni un jurel, mucho menos una sardina necesitaría de material dado a las innumerables embarcaciones tanto piratas como marines que se hunden a diario. Sin embargo, se limitó a reír. Rió para enterrar ese veneno en lo profundo de su ser, porque entendía que en el fondo su capitán hacía el bien sin pensar las cosas dos veces.

—¡Kekkekkekkekkekkekkek!

Sí, logró relajarse y recomponerse. Junto a un suspiro y una abdominal se levantó y volvió a mirar a ambos, plenamente consciente del hecho de que había se había roto en carcajadas justo después de que el pez expusiera su vulnerabilidad. De lado a lado su vista rebotó a ambos y se encogió de hombros por un momento.

—Kek, ah... A mí me da igual. Haced lo que queráis. Mientras lleguemos a Centaurea primero...

Tras comprobar la brújula que llevaba consigo mismo, reveló de la misma forma su característica petaca que siempre llevaría apoyada contra su pectoral desde un bolsillo dentro de su vestimenta. De normal la sustancia alcohólica le servía para evadir malos momentos aunque su costumbre lo llevó a la adicción. Ahora, bebía por el buen momento de camaradería, de bienhacer que estaban experimentando. El sabor del ron en alta mar junto al vaivén de la embarcación y el olor salino del agua le hizo recordar en cómo, en su antigua tripulación, un bribón capturó a uno de los susodichos "tiburones con pelo de cobaya" para comérselo, abriéndolo y revelando así a... Aquellos similares a Sardinuco, con zapatillas incluídas. El líquido ardiente atragantó a Eoghan al hacer la relación entre los hechos y lo explicado por el ser acuático pues podía corroborar que estaba en lo cierto y que la naturaleza, la cadena alimentícia era cruel. Pese a todo esto decidió callarlo y seguir bebiendo tras toser incluso su alma. Quería ver si realmente su capitán tenía buen corazón o si todo era palabrería.
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#4
La oleada de sensaciones resultaba tan intrínseca que incluso la propia rareza del momento parecía justificarse por sí sola; y es que era de esperar. Shirel siempre había sido un hombre excéntrico por naturaleza, como si evocara ese tipo de situaciones en la realidad misma con el simple propósito de volver un día un poco más extraño de lo habitual. Formaba parte de su encanto, inevitablemente, dirían muchos. La Sardinuca, en sus treinta, contempla la risa de quien había declarado la guerra y, después, al hombre de dentadura poco normativa; percibe entre ambos un vínculo que trasciende al destino, aunque no lo verbaliza, pues entiende que es algo de lo que solo quienes lo conforman pueden llegar a darse cuenta por sí mismos.

A Shirel, por su parte, no le queda otra que sonreír al escuchar a su compañero rebajar la humareda; abandonando lanza y escudo cuando ríe, permitiendo que se abra paso una sociabilidad más funcional y menos crispada. No alcanzaba a comprender del todo el motivo, pero intuía que, en muchas ocasiones, el rechazo nace de la incomprensión; o, quizá peor aún, de una comprensión demasiado lúcida, capaz de alterar la perspectiva vital de forma tan abrupta que obliga a replantear convicciones, patrones y sentimientos que hasta entonces parecían inmutables.


⸻Tiririririri, ¡bueno, pues ya está, chati, nos vamos a esa puta isla!⸻le guiña un ojo a la Sardinuca, invitándole a sujetarse, pues lo que venía no era precisamente suave. Y no se equivocaba: Shirel parecía cualquier cosa menos humano. La potencia con la que impulsó el bote haría pensar que acabarían estrellándose al aproximarse cada vez más a la masa de tierra; o, mejor dicho, al islote. La Sardinuca se aferra al borde del bote como si su vida dependiera de ello, hasta que finalmente recuerda lo evidente: es una sardina y, de haber querido, siempre habría podido nadar al compás que marcaba Shirel.


Arriban en menos tiempo del que canta un gallo. La Sardinuca, con una gota de sudor deslizándose por la frente, se la limpia con el antebrazo mientras recupera el aliento.
⸻Coño de tu mai, señorito Shirel… casi se me sale la caca por el fuasazo que llevaba ese trasto.
Dice mientras desciende del botecito, ahora en un estado todavía más lamentable que antes, si es que tal cosa era posible, y observa la vieja madera que serviría de base para su futura vivienda.


Shirel, entretanto, se detiene a contemplar lo primero que distingue del improvisado puerto, colocándose la diadema para apartarse el cabello del rostro. Vaya, vaya… aquella isla tenía su encanto. ¿Olería a primera aventura? Tal vez. O quizá no. Lo único de lo que estaba completamente seguro era de su hambre; el estómago le rugía con la ferocidad de un tigre enjaulado mientras distinguía a una figura asomarse con la mano.
⸻Bueno… ¡Sardinuca! Creo que aquí nuestros caminos se separan, pero ha sido un placer conocerte y poder echarte una mano. Espero que con este bote, como te prometí, chati, le des a tu familia un resguardo algo más digno que el que teníais antes; y que los tiburones con peluca o la polla que sea esa mierda… se extingan de una vez.


Se aproxima a la sardina con patas, animado, y se inclina para abrazarla, pues apenas alcanzaba los veinte centímetros de altura. El gesto va acompañado de palmadas suaves en la espalda y de una cercanía sincera, casi y posiblemente fraternal. A la Sardinuca se le humedecen los ojos mientras se despide y dirige una mirada a Eoghan desde la distancia, cargada de ánimo y fuerza.
⸻Bueno, mis niños, yo me voy yendo ya, que la casa no se levanta sola. Suerte en su camino como piratas, y de los buenos, ¿eh? Que tienen cara de niñitos traumatizaíllos, pero con buena fe.
Dicho esto, la Sardinuca toma el bote y se adentra con él en el fondo del mar, no sin antes lanzar un último beso al aire en dirección a ambos. Shirel simula atraparlo y guardarlo en el bolsillo.

⸻Joder… ¡chati! ¡Nuestro primer aliado! ¡Qué guay! Pero, en fin, chati, tengo tanta hambre que me comería una vaca entera con pelos y todo. Vamos a ver dónde coñete hay un barete; tiririririririri, que se viene comidote y encima invito yo… que tú tienes pinta de estar más pobre que una puta en el garaje de un gay.
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