Cazadores siendo cazados [Presente Relativo T3]
#1
Grand Line | Paraiso | Corriente Rakusei
Segunda Isla | Little Garden | Día 39 de Invierno año 16

La Isla de Little Garden es un paraje detenido en el tiempo, donde la naturaleza salvaje ruge con libertad absoluta. El paisaje está dominado por vegetación prehistórica, helechos colosales que se elevan como si fueran árboles ancestrales, flores exóticas de pétalos gigantes que destilan colores imposibles y plantas tan grandes que proyectan sombras de tamaño titánico sobre la tierra húmeda. Entre esta jungla exuberante se abren paso cuevas profundas y formaciones rocosas irregulares, moldeadas por siglos de actividad volcánica y erosión primitiva. Los acantilados muestran estratos de colores oscuros y rojizos, casi como si la isla aún respirara con vida propia.

A lo largo del terreno serpentean riachuelos de agua cristalina, que corren entre raíces enormes y lianas trenzadas, alimentando pantanos, claros luminosos y zonas donde la luz del sol apenas toca el suelo. La atmósfera está cargada del aroma a tierra antigua, humedad constante y la amenaza siempre presente de criaturas gigantes o depredadores ocultos entre los matorrales. En Little Garden, cada paso puede llevarte a un hallazgo fascinante o a un peligro digno de eras olvidadas.

Aunque hoy el clima parece relativamente benévolo, la situación de los Sepultura, como se autodenomina la tripulación, está lejos de serlo. Tras haber perdido su barco apenas pisaron Little Garden, el grupo se ve obligado a recolectar recursos para improvisar un refugio que les permita sobrevivir al menos la primera noche en esta isla primitiva. En medio de su búsqueda, entre follaje gigante y raíces que emergen del suelo como serpientes fósiles, descubren una cueva, pero no una cualquiera. A simple vista, el lugar parece haber sido escenario de una cacería reciente, y no una cualquiera, algo en el suelo, en las paredes y en el aire les comunica de inmediato que lo ocurrido aquí no fue justo, para cada uno de los miembros de la tripulación, las señales aunque distintas a la interpretación de cada quien cuentan la misma historia. Las criaturas han sido acorraladas y alguien disfruta demasiado de la persecución.

Los primeros en notarlo son aquellos con oído fino, un murmullo lejano, voces humanas que rebotan entre las paredes húmedas de la caverna, no es eco del viento ni un engaño de la imaginación, alguien está hablando allá dentro. Quienes poseen una vista más aguda distinguen entonces siluetas moviéndose al fondo, recortadas por una luz tenue, quizá una antorcha, quizá un fogón improvisado, varias figuras se agrupan en torno a algo que no alcanzan a ver del todo. Las voces se hacen más claras a medida que avanzan unos pasos, si es que deciden hacerlo, están discutiendo sobre animales, sobre presas, sobre la situación de la caza. Un tono burlón aquí, uno impaciente allá, comentarios que destilan satisfacción, como si describiera un deporte más que una necesidad, sea lo que sea que esté ocurriendo en esa cueva, no parece un simple descanso de cazadores, sino parte del mismo escenario injusto que vio el grupo al entrar.

Siluetas que pueden ver


—Estos animales no son suficientes, Taroi. Necesitamos cazar más, y pronto. —La voz que resuena en la cueva es femenina, firme y segura, el tipo de tono que no admite discusión, quien pueda escucharla con claridad puede notar que se dirige a alguien en particular.
 
—Pero hermana, hemos pasado toda la semana cazando a estos estúpidos animales. ¿Por qué no estamos cazando piratas como mamá y papá? —contesta un chico. Por su forma de hablar y la ligereza en su voz, es evidente que es más joven que la chica que habló primer, el mismo hace una pausa y vuelve a hablar, esta vez dirigiéndose a otro — ¿Tú qué opinas, Taji? —
 
—Es cierto, hermana, deberíamos cazar piratas, como dice Taroi —responde una tercera voz, otro chico. Su timbre es parecido al del primero, pero hay algo distinto en su forma de hablar, es más pausado, más tenue, casi como si no quisiera que lo escucharan demasiado

Si el grupo decide avanzar más dentro de la cueva, el panorama se vuelve cada vez más inquietante. Pronto pueden percatarse de la cantidad abrumadora de cadáveres, restos y huesos desperdigados por el suelo, trozos de piel, vísceras secas y charcos oscuros manchan las piedras húmedas, mientras un hedor putrefacto invade sus narices con cada paso que dan. La escena se vuelve más grotesca a medida que profundizan, el aire es pesado, cargado de muerte reciente y antigua mezcladas en un único olor insoportable y para colmo cada metro recorrido intensifica una sensación de indignación que cala hondo, cualquiera entendería la cacería por necesidad, por alimento, pero aquí no hay rastro de supervivencia.

Escena de la cueva


La cantidad de cuerpos en descomposición, muchos dejados intactos salvo por heridas limpias y repetidas, delata algo mucho más siniestro, quien sea que estuvo cazando aquí lo hizo por puro entretenimiento y sea quien sea, se encontrará de frente con ustedes en solo unos pocos pasos.

Infobox
#2
Tras el naufragio del Crimson Stage que casi hace que nuestros tristes antihéroes no la contasen, Eros tomó la delantera entre la espesura de Little Garden poniendo su cuerpo como primera línea de defensa ante cualquier amenaza que podría aquejarlos, guiando con la mejor de sus capacidades a la banda de inadaptados y confiando en las habilidades de Exploración de Varo como si fuesen palabra santa. Si bien en la isla hacía calor, era un calor húmedo y menor que el de Whisky Peak, la isla estaba constantemente adornada por los gritos de las criaturas prehistóricas que la habían conquistado desde tiempos inmemorables, pero pese a todo había que seguir avanzando. Desde su llegada todo se había decantado en buscar suministros como agua potable, madera, un lugar seguro donde establecerse para cuando cayese la noche sin temer a las bestias que querrían cazarlos. En ese ambiente inhóspito solo había una regla: Sobrevivir. Y todos estaban en la misma sintonía despues de todo. Nada era más efectivo para unir a la gente que ese nombre objetivo en común.

¿Pero todos los refugios eran seguros? Solo si era tuyo.

Mientras el grupo buscaba un sitio adecuado para guarnecerse y pasar la noche, Eros detectó a la distancia una formación rocosa distinta a una torre que pese a cubierta de vegetación sobresalía ligeramente por su forma. Tan cauteloso como podía se acercó a la misma, usando su diestra para remover las hojas sobrecrecidas de las plantas gigantes y las lianas que colgaban de los árboles a sus costados hasta encontrar la entrada de lo que parecía ser una cueva natural prácticamente oculta tras la vegetación virgen de la isla. Apenas sintió una corriente de aire fresco proveniente del interior, y notó insectos en los alrededores que dejaban en claro que no había peligros de gases inodoros en su interior suspiró aliviando señalando la misma para el grupo que venía por detrás. — Parece que hay una cueva —Anunció en voz baja para no llamar a la desgracia, procurando que solo uno lo escuchase y esa persona pasase el mensaje al de atrás. Una cueva podía ser un escondite perfecto, siempre y cuando no estuviese ya ocupada...

Eros no tuvo que avanzar adentro de la cueva para percibir un olor que conocía tan bien como la palma de su mano: El hedor de la muerte, o mejor dicho, el aroma de la cadaverina y la putrescina. Podía ser fétido para muchos, el no obstante estaba acostumbrado. Frunció el ceño pues le llamó la atención levantando una mano para que se detuviesen en las afueras de la misma valiéndose de la luz natural para contemplar que, a escasos metros de la entrada ya se podían apreciar restos de animales muertos. Eran huesos gigantes, de dinosaurios y criaturas nativas. No era forense, ni un especialista en fauna para ponerse a analizar las heridas pero si podía decir una cosa: No era normal tal acumulación. Su instinto de sepulturero le decía que en caso de ser presas de otros animales, los restos habrían sido llevados fuera para ser devorados, los huesos dejados esparcidos en el punto de la matanza. Claramente estos seres habían sido arrastrados ahí.

Sin dudarlo, Eros se calzó sus guantes levantando la diestra para que se detuviesen, entonces un índice sobre sus labios para que hiciesen silencio, señaló el suelo y el interior de la cueva dejando en claro que se iría a explorar aunque claro: Gwen no sabría nada de que lo acababa de hacer. Se fijó que la bandolera de cuero que portaba su botiquín medicinal estuviese bien afirmado a un costado izquierdo de su cintura. Con un ademán se convirtió en un topo, usando su forma completa para adelantarse poco a poco un par de metros hasta la entrada de la cueva. No podía oír nada en particular, y la vista la había perdido en el momento en que se convirtió en un topo. Pero entonces cavó un pequeño agujero dispuesto a hacer lo que mejor sabía a hacer: Exploración subterránea.

Desde el principio de la cueva, con una profundidad de un metro por debajo del suelo, Eros avanzó diez metros hacia el interior de la cueva para percibir si una vibración le decía qué había sido la causa de la masacre, o su olfato le decía más que simplemente el hedor de la carne.

Ataúd
[Imagen: xNGUFie.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1856 + 0 = 1856
Energia: 1451 - 26 = 1425
Espiritu: 390 + 0 = 390
#3
Eran varios los días que habían pasado desde que el destino nos arrastró a esta isla y hasta el momento solo nos había arrebatado cosas. Algunas simples, sencillas, cosas del día a día, como la comodidad de sentir que tu piel no está inundada de sudor día y noche, o de dormir en una cama mullida. Otras, de mayor importancia, como lo son la seguridad que da tener una nevera llena y no tener que luchar con tu comida. Sin embargo, nos había arrebatado cosas de más valor. No solo se había llevado el Crimson Stage, nuestro barco, nuestra casa, sino que también se había llevado algunos de nuestros nakama. Ya no teníamos cocinera, ni alguien que pudiese negociar buenos precios para otro barco o algunas nuevas armas. Aunque el vacío más grande lo había dejado Rosse, no solo por su forma de ser, tan teatral, que había llenado los ratos en el barco, sino también porque nos había dejado sin un líder, sin un rumbo que seguir. Yo no quería asumir ese rol, nunca había sido mi intención ser cabeza de cartel, por lo que agradecí mucho cuando Eros dio un paso al frente. El carpintero se había cargado con esa responsabilidad y ahora nos guiaba y nos daba un objetivo a seguir; se había convertido en el escudo que nos cubría y en quien nos mantenía unidos.

Nos encontrábamos siguiéndole a través de la selva, apartando las grandes hojas de los árboles que se cerraban sobre nosotros como un verde y espeso manto. Habíamos emprendido la misión de encontrar un refugio, lejos de la playa, algo que fuera difícil de detectar y donde poder hacer acopio de recursos hasta que pudiésemos abandonar la isla. Continuamos nuestro camino a través de las ramas y saltando sobre las enormes raíces de los arboles hasta que vimos una formación rocosa cubierta de vegetación. Nos aproximamos hacia ella, con la esperanza de que pudiese servirnos de refugio, con la cautela de que no fuese ya de alguien más. Eros iba en cabeza y rápido investigó la vegetación en busca de alguna entrada. Apartó las ramas de un helecho y nos comunicó que había una cueva.

—Parece que hay una cueva —dije para continuar la cadena comenzada por Eros—. Vayamos con cuidado. Me apuesto 1000 berries a qué es la madriguera de alguna bestia —contesté con sigilo.

No había dado un paso para entrar en la cueva cuando un olor acre inundó mi nariz como una bofetada húmeda, espesa. Un olor espeso, algo que casi me hacía sentir que podía verlo; extendía sus dedos pegajosos hasta mi hocico impregnándolo. Era el hedor inequívoco de la muerte. No una muerte romántica como la de las obras de arte. Está era algo real, crudo, un olor a carne hinchada, a putrefacción. Cubrí mi nariz con un trozo de tela rasgada, pues el perfume era tan potente que creí que sería capaz de tumbar a un gigante. Me sentí avergonzado al pensar que aquello no era digno de alguien que pertenecía a los piratas de la sepultura. Volví de mis pensamientos justo a tiempo para ver el gesto de nuestro nuevo capitán que nos ordenaba detenernos. Llevé el peso de mi cuerpo a las puntas de mis pies y zarandeé mis brazos para equilibrarme y no golpear con mi pecho la espalda de Eros. Lo conseguí y asomé la mirada por encima del hombro del carpintero. Había huesos de un tamaño anómalo, de varias especies, algo que dejaba claro que allí no había habido una cacería, sino una matanza.

—Solo un animal caza así...

Eros se volvió para hacernos una serie de gestos. El primero, para rogarnos que mantuviésemos el silencio. Los siguientes para indicarnos su plan. Se convirtió en un topo usando el poder de su fruta y comenzó a excavar. Pretendía avanzar bajo tierra para investigar qué había pasado más allá. Yo asentí ante sus gestos y eché mano a mí rifle. Me aseguré de haberlo cargado y avancé hasta colocarme en un lateral de la cavidad, en la zona más sombría, donde mi figura se fundiría con las sombras que habitaban la cueva. Y apunté al frente. Quería estar preparado para lo que pudiese venir de allí dentro.
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#4
Atributos Personaje


¿Cuántos días han pasado ya desde que naufragaron hasta esta isla? ¿Los ha contado acaso? ¿Han sido todos los días iguales? Sea cual sea el número, no ha sido la mejor experiencia para Kiyoshi. Un tipo obsesionado con la limpieza viviendo literalmente en una selva… Hay noches en las que ni siquiera puede dormir porque bichos se le pasean cerca, o no puede quitar del todo el polvo a su alrededor. Si bien debió cansar a sus compañeros los primeros días debido a tanto reclamo, el paso del tiempo ha sido un buen profesor. Ha mejorado en la tolerancia, aprendiendo a cerrar la boca y simplemente aguantar. Nadie lo obligó a emprender este viaje, por lo que tampoco debe llorar por todo. Fue decisión propia. Además, el hecho de cambiar de compañeros y seguir con la travesía tiene un motivo bastante simple: hacerse más fuerte. Alguien fuerte no puede lloriquear cada segundo.

Lo que no cambia en él es la precaución con la que siempre se mueve. Atrás quedaron las épocas en que su rifle iba siendo guardado en un bolso que cuelga de su espalda, sino que hoy se mantiene a simple vista y, cuando avanzan y no tachan aún como segura la zona, siempre lo tiene entre sus manos, listo y cargado, preparado para disparar en caso de que sea necesario.

De entre los cuatro que hoy caminan juntos, Kiyoshi es el que se mantiene en la retaguardia de la formación. Primero, porque siendo tirador tiene un rango que le permite pasar de la calma a la ofensiva sin la necesidad de moverse. Segundo, porque al tratarse de un médico —aunque siga en su travesía sin poseer aún ni un botiquín—, su seguridad o duración en pie puede ser crucial para ayudar a sus compañeros en caso de que alguno resulte herido. Además, consideremos que de los tres, es quien menos habilidades rastreadoras o de exploración posee. Hay que aceptar cuando otros son mejores que nosotros en alguna labor.

El paisaje, hasta ahora tranquilo y común a lo que los tiene acostumbrados Little Garden en este tiempo, comienza a cambiar. Sostiene el arma con una sola mano en lo que la otra baja su mascarilla para liberar la nariz y aspirar el aroma que reina en los alrededores. Sin duda lo reconoce. Estamos hablando de un médico que ha tenido que oler la sangre en incontables ocasiones. — Qué desagradable. Tontos sucios los que hicieron esto. — No tarda en tapar de nuevo su nariz y, ante la repentina detención de Eros y Varo, frena su andanza y enfoca mejor su puntería hacia el frente. — ¿Qué sucede? — Pregunta utilizando un bajo tono de voz, casi como si susurrase. Si ninguno de los otros dos ha hablado es porque se necesita silencio. Aun así, Kiyoshi considera importante mantenerse comunicados.

El hombre topo, primero en la fila, se encarga de apartar molestias plantas del camino, lo cual nuestro médico antisocial agradece dentro de su mente. No vaya a ser que estén llenas de tierra o polvo y luego toquen su ropa. No por favor, que este viaje no sea peor de lo que ya es.

Continúa el camino tras ver al resto hacerlo, no preguntando de más o esperando información detallada, confía en ellos, o al menos lo intenta, así que obedece sin rechistar. Finalmente sucede la llegada a la cueva, y con escuchar las palabras del compañero Mink ya se entiende que deben frenar una vez más. Ya llevan tiempo viajando juntos, no olvidemos que estuvieron una larga temporada en Whisky Peaks. Lo normal para ellos es que Eros explore primero el terreno, aunque al médico siempre le ha costado quedarse del todo quieto. Siente que vuelve a lo mismo, esperar que el resto lo proteja en vez de él ayudar como un igual.

— Ve detrás de mí, tonto Varo, no quiero que el tonto sepulturero quede solo demasiado tiempo. Si te percatas de algo a lo que deba dispararle, solo dime y apunta hacia dónde es. Entraremos. — Desde lo que compartieron en la isla anterior del Grand Line, el Mink demostró tener una capacidad de exploración superior al resto. Por eso tal confianza de que prácticamente sea su guía en este lugar tan misterioso y tenebroso. Si a eso le sumamos la capacidad ocular de Kiyoshi de no sentirse tan perdido en la oscuridad, estas cuevas inexploradas son el lugar perfecto para que gente como ellos, ya que complementándose, pueden realizar una buena labor.

En el avance que realiza Kiyoshi, siempre se considera que Eros bajo tierra debe ir más rápido, por lo que el de mascarilla camina a paso tranquilo, no se apura, y se asegura —o al menos lo intenta— de que sus pisadas no hagan demasiado ruido, centrándose principalmente en utilizar las puntas de los pies para avanzar.

Su rifle se encuentra en alto, sostenido con ambas manos y apuntando hacia el frente. El arma está debidamente cargada desde el principio. Sus ojos intentan ver lo más posible, aunque primero confiará en la información de alguno de sus compañeros antes que en sus propios ojos. De más está decir que, desde que ingresa, guarda silencio, pues así no interferirá en las tareas del resto. Les permite concentrarme. Y de por sí, Kiyoshi es silencioso por personalidad.

Desconoce si habrá animales dentro, como indicó Varo, u otra cosa. Lo que sí, sabe desde el combate en los Cabos Gemelos que un disparo suyo bastará para que Eros sepa dónde emerger y con qué intención, pues así sucedió antes de que la cola de aquel viejo enemigo fuera la víctima de sus primeras ofensivas.

OFF ROL
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Hablo | Pienso
#5
—¿Por qué diablos me están cuestionando? —La voz de la chica retumba nuevamente, esta vez cargada de irritación. No es difícil notar que no es de las personas que toleran bien que alguien ponga en duda sus decisiones. —Mataremos cada maldito animal de esta isla hasta que mamá y papá regresen. —añade, casi escupiendo las palabras hacia los otros dos.

Desde su posición, ustedes, aún más cerca de la entrada que del núcleo de la conversación, solo alcanzan a captar fragmentos, frases sueltas que se mezclan con el eco de la cueva y el hedor de los cadáveres. Sin embargo, Eros, al encontrarse más adelantado, siente algo más que sonido. las vibraciones en el suelo y las paredes aumentan con el grito de la mujer. Las rocas temblaron apenas, un estremecimiento breve pero palpable, como si el enojo de la joven tuviera peso propio en aquel ambiente cargado.

—¿Quién te está cuestionando, Mirea? Solo te hicimos una observación. —responde la voz más tranquila, el que antes fue llamado Taji. Su tono sigue siendo bajo, prudente, pero no débil, aunque no posee la voz gruesa de su hermano, ni quizá el mismo arrojo, aún así enfrenta a su hermana cuando lo considera necesario, incluso si eso significa desafiarla mientras ella está claramente alterada.

—Estoy rifando dos tiros, Taji y tú has comprado casi todos los números. —dice Mirea con una amenaza tan peculiar como directa —Cuidadito si terminas siendo el ganador.— El tono no deja espacio a interpretación, no es una broma, ni un enfado pasajero, es una advertencia real, y peligrosa. Taji, el de voz frágil, casi femenina, no responde. Apenas parpadea y gira el rostro para mirar fijamente las llamas de la fogata frente a él, como si buscara refugio en el crepitar del fuego o necesitara algo que le ayudara a contener cualquier palabra que pudiera empeorar la situación. La dinámica entre ellos resulta evidente incluso desde la distancia, son hermanos, pero hay una tensión marcada, un desequilibrio claro en la forma en que se relacionan y Mirea, con ese autoritarismo explosivo que se filtra en cada frase, parece arrastrar un claro delirio de poder, o al menos una necesidad profunda de tener siempre el control.

—Hablas como si esos tiros pudieran penetrar el cuerpo de Taji —responde la voz gruesa y firme de Taroi. —Infravaloras a tu hermano menor. — Taroi da un paso al frente, su voz retumba con seguridad y luego se detiene, respira hondo, y su tono cambia, más desafiante, con una mezcla de burla y advertencia —Antes de que uno de esos tiros rasgue la piel de Taji, tú estarías en el piso. ¡JAJAJAJAJA! — La carcajada estalla en la cueva, eco tras eco. El suelo tiembla levemente bajo sus pies, y ese temblor se transmite a los pasillos de la caverna como vibraciones, para quienes aún están cerca de la entrada, ese estruendo, la risa, las vibraciones, llega claro, como una señal brutal de que la tensión no era solo palabras y de que realmente ahí dentro habían personas y no animales como se estaba pensando desde el principio.

El eco de la carcajada de Taroi aún serpentea por las paredes de la cueva cuando, de pronto, un crujido seco rompe el ambiente. Uno de los huesos tirados entre los restos animales se quiebra bajo algo pequeño que corre entre la oscuridad, Mirea gira bruscamente con los nervios tensos como cuerdas, y en un acto reflejo desenfunda y dispara hacia la sombra sin pensarlo dos veces. El fogonazo ilumina por un instante las paredes húmedas y el olor a pólvora corta el hedor de la descomposición. La bala impacta de lleno en una rata enorme, que cae de inmediato, inerte, con un pequeño espasmo final.

Por un segundo hay silencio, hasta que Taroi estalla en risas. —¿¡ESO TE ASUSTÓ!? JAJAJAJAJAJAJAJAJA— La carcajada retumba aún más fuerte que la anterior, mientras Taji, más discreto pero igual divertido, se cubre la boca con la mano en un intento inútil por contener la risa. —Hermana —logra decir entre risas, con la voz temblorosa — si vas a matar cada cosa que cruje, vas a vaciar la isla antes de que mamá y papá vuelvan. — Mirea aprieta los dientes, visiblemente molesta, el humo aún saliendo del cañón de su arma mientras lanza una mirada que podría partir una piedra, su orgullo claramente ha sufrido más daño que la rata que acaba de volar.

Infobox
#6
El eco a través del túnel confirmaría unas sospechas iniciales, no habían sido bestias sino personas quienes causaron tal masacre. Las risas fueron interrumpidas por el eco explosivo de un disparo ¿Varo y Kiyoshi habían sido descubiertos? No parecía haber el suficiente caos para poder aseverar que estaban combatiendo, por lo que Eros no se precipitó. Debía entender la solidez de la cueva antes que nada, cuan seguro era enfrentarse a posibles hostiles en esas situaciones. Desconocía si había más salidas a la cueva que aquella que usaron para ingresar, pero en caso de ser la única entrada ellos contaban con un elemento a favor en caso de que las cosas escalasen para peor: Tenían acceso a la misma. No sabía con ciencia cierta si la situación iba a degenerar para peor, pero todo parecía ser el caso porque bien había aprendido desde que partió de su hogar en Baterilla que, en este mundo

Golpeas primero, o mueres primero

Decidió no retroceder por el agujero que había excavado hasta allá, en cambio siguió avanzando usando sus garras cual palas y sus brazos similares a un hábil nadador para posicionarse precisamente un metro por debajo de lo que parecía ser el punto donde escuchó el disparo y las risas provenir. Todavía no planeaba hacer nada, no tenía motivos para mostrarse aguerrido despues de todo contra personas que bien podrían ser inocentes pese a sus cuestionables tendencias a disparar adentro de cuevas. Pero el era un cazador, y como todos los cazadores debía acechar...

Sus patas traseras se situaron contra la parte inferior del pozo en el que estaba, encima suyo estaba el terreno que fungía como techo. Espero un momento, una señal o algo que lo hiciese pasar de su serena vigía al disfrute el destajador pues, aunque Eros no lo notase y nunca lo quisiese admitir, ante la idea de aquello tentativo que podría o no pasar en esa emboscada una sonrisa estaba dibujada en su rostro ciego. La idea de enfrentar a dignos enemigos hacía que la sangre le hirviese, así fuese para sobrevivir, así fuese para conseguir refugio o así fuese para cuidar a su grupo.

Debía estar atento al eco de las voces, las risas, las palabras. Estaba listo, su cuerpo estaba listo...

Ataúd
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Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1856 + 0 = 1856
Energia: 1425 - 6 = 1419
Espiritu: 390 + 0 = 390
#7
Sin duda da mucho asco caminar por este lugar. Kiyoshi, confiando en que su compañero Varo estará bastante atento al camino debido a su petición anterior, en vez de tener los ojos puestos al frente, los tiene en el piso. No quiere pisar huesos llenos de sangre, tripas o lo que sea que desprenda todo este horrible olor. Menos mal usa mascarillas, porque si no, ya estaría vomitando de la repulsión que tiene, así que ha logrado evitarle presenciar un hecho desagradable a su compañero Mink.

Sin embargo, toda calma desaparece mientras se adentra en la cueva y a sus oídos llegan cada vez más ruidos. Murmullos —debido a la distancia—, y alcanza a diferenciar una que otra palabra, pero sin llegar a captar ningún mensaje por completo. Sean enemigos o no, Kiyoshi cuando escucha, frena sus pasos un momento, dudando de si seguir o no. Se toma unos segundos para percatarse de lo que hay a su alrededor y por si Eros emerge desde algún sitio para entregarlas alguna información.

— Topo, no te acerques tanto. No podemos darnos el lujo de quedar mal parados. — Kiyoshi es un tirador y, por ende, considera que el posicionamiento es clave. Aun así, su pensamiento está inspirado más que nada en la preocupación que le da el hecho de que Eros haya ido más adelante por sí solo. Al menos, el médico y el erudito están juntos, por lo que en caso de verse en peligro, pueden cubrirse mutuamente las espaldas para salir del apuro. En cambio, tardarán mucho si es que Eros enfrenta solo a lo que sea que haya más adelante.

También consideremos que Kiyoshi no sabe qué tan profunda es la cueva, y si a eso le sumamos que no es el tipo más veloz caminando, le asusta pensar que no podrá llegar lo suficientemente rápido a ayudar. Y es que esta versión del limpiador es uno que no busca quedarse atrás para que el resto muera protegiéndolo, es un Kiyoshi que intenta demostrarle a todos y, sobre todo, a sí mismo, que es capaz de ser un buen compañero, un buen pirata, un buen hombre que ha saltado al mar con un objetivo.

Notando que Eros no ha aparecido, decide seguir avanzando. No transmite ninguna palabra hacia Varo para no hacer ruido, pero en más de una ocasión gira el cuello para verlo en medio de la oscuridad y asegurarse de que sigue ahí, junto a él. Este sentido del compañerismo también es nuevo en él, siendo crecimiento que ha tenido desde el arribo a Whisky Peaks.

Dejó atrás las excusas y decidió que sea su rifle el que hable por él cuando sea necesario. Y ya que nombramos su rifle, es importante aclarar que sigue apuntando con él hacia el frente, cuyo dedo se encuentra en el gatillo listo y preparado para disparar en caso de que sea necesario.

— Por la forma en que se ríen, me da mala espina. ¿Han cometido tal masacre con los animales y están tan contentos? Tontos repugnantes. Esto no fue para alimentarse, fue mera diversión por la violencia. — Esta es la lógica que aplica para tener una buena o mala impresión acerca de ellos. No los conoce personalmente, pero estamos hablando de que están en una selva llena de peligros y casi sin rastros de civilización. La lógica indica que el peligro puede encontrarse en todas partes.

OFF ROL
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#8
Continué mi avance por la cueva. Eros había tomado la delantera excavando y aún no había mandado ninguna señal. La cueva estaba oscura, pero no lo suficiente como para que no pudiese ver nada. Distinguía perfectamente los restos que había tirados por todo el suelo de la cueva. Huesos astillados, cadáveres a mitad de  descomposición y sangre, mucha sangre. Me aterrorizaba saber qué clase de bestia había hecho todo aquello, aunque ya me podía imaginar que sería el tipo de bestia que anda a dos patas, capaces de comunicarse y vivir en sociedad, ocultando la horrible criatura que habita dentro de ellos. El pelaje de mi espalda se erizó, no sé si fue por la repulsa de la escena, o como reacción por desconocer qué nos esperaba más adentro.

Seguí avanzando, con la mirada al frente, tras los pasos de Kiyoshi, como así me había indicado él con anterioridad. El doctor mantendría la mirada hacia el suelo para evitar sobresaltos y yo permanecería vigilante a lo que nos fuese desvelando la cueva. El sigilo y las sombras habían sido mi casa durante mucho tiempo, por lo que apenas necesitaba mirar donde pisaba para avanzar sin producir ningún sonido, como si pudiese levitar por la misma oscuridad. 

Unos ligeros ruidos comenzaron a rebotar en las paredes. No eran rugidos, ni ningún otro sonido producido por un animal. Parecían más bien provocados por una conversación, aunque eran del todo inteligibles para mi. El médico de la tripulación también pareció apreciarlos, pues se detuvo unos segundos para poder analizarlos. Sabía que yo era sigiloso, pero me detuve un par de metros detrás de él y contuve la respiración, sin dejar de mirar al frente y con mis manos bien fijadas a la guarda y la empuñadura de mi rifle. Aún lo mantenía junto a mi pecho, pero debía estar listo para apuntar en la dirección en la que apareciese un enemigo, listo para mandarle una señal a Kiyoshi de dónde debía disparar.

Reanudamos la marcha, siempre atentos a lo que nos puede ofrecer la cueva. Reviso cada silueta en busca de una nueva cobertura que nos pueda servir tanto a nosotros como a algún enemigo que nos esté acechando. Veo que Kiyoshi gira su cabeza para controlar que aún estoy ahí, que sigue todo en orden. Por mi cuerpo recorre una sensación que creía tener enterrada. Por primera vez desde que salí de Samba, puedo sentir que pertenezco a algo. Tal vez solo haya sido casualidad, o quizá nos vimos obligados por los acontecimientos, pero ahora siento que formo parte de un equipo; todos con un mismo objetivo, poniendo nuestras virtudes a disposición del resto. Noto un ligero temblor en mi mano, como si el temor a lo desconocido intentase tirar de mi para que huyese. Pero ese ya no soy yo. Me he dispuesto dejar de ser un cobarde, convertirme en alguien fuerte, alguien temible, y mi batalla más importante ahora es contra el miedo.

Calmo mi mano y continúo caminando tras Kiyoshi, siempre manteniendo una distancia de un par de metros, que me permita tener el espacio suficiente para apuntar y disparar en caso de ser necesario. Un par de metros más, intentando analizar cada reflejo que ay en las paredes, cada pista que me pueda ayudar a decidir qué nos espera más allá. Y fue entonces cuando un resplandor bañó las rocas de la pared frente a nosotros. Un instante, un destello seguido por un estallido, seco, que retumbó por las paredes de la cueva. Si aún me podía quedar alguna duda sobre sí lo que había más adelante era un animal o no, aquel sonido las disipó por completo; se trataba de un disparo. 

Continué mi avance. Me escoré un poco más, pegándome a la pared de mi izquierda. Allí intentaría dejar de ser una silueta que avanzaba por mitad de la galería para alejarme de los ojos de los enemigos. Además, por cómo avanzaba la cueva, esta posición me permitiría ver un poco más allá en la cueva. Miré a Kiyoshi, buscándo su rostro con mi mirada. Una mirada cómplice, de las que portan un mensaje. Uno que decía «cuidado, parece que tenemos compañía». Hice un gesto con los ojos que acompañé con un ligero movimiento de cabeza para escrutar si él también había escuchado lo mismo que yo. Parece que al fin íbamos a tener algo de acción como tripulación. Los piratas de la Sepultura comenzaban su historia.



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#9
Ustedes son realmente afortunados. Los cazadores, a pesar de llamarse a sí mismos como tales, aún no los han detectado, una verdadera lástima para ellos, ya que resulta casi irónico, quienes se presentan como asesinos expertos de animales, quienes presumen de rastrear presas en una isla salvaje como Little Garden, han fallado en notar la presencia de tres intrusos a escasos metros de distancia. Ni el olor ajeno, ni el leve roce de pasos, ni siquiera las vibraciones recientes parecen haber despertado su instinto.
 
Tal vez el exceso de confianza los ha vuelto descuidados o quizá la cacería constante ha entumecido su percepción, sea cual sea la razón, por ahora la ventaja es de ustedes, aunque en un lugar como este, esa fortuna puede desaparecer en un solo parpadeo, el topo era el que mas cerca se encontraba de los tres cazadores y de recibir un golpe de cualquiera de ellos seria realmente devastador y sería el momento en que todos tendrían que verse enfrentándose a los demás.
 
De repente, unas pisadas enormes y violentas sacuden el suelo, no provienen de ninguno de ustedes y eso, lejos de tranquilizar, resulta aún más preocupante. El sonido es inconfundible, pesado, rítmico, devastador. Como si un tren bala avanzara a toda velocidad desde algún punto profundo de la isla, cada paso que se acerca hace que la cueva vibre con mayor fuerza, las paredes crujan y el aire tiemble. Los huesos esparcidos por el suelo saltan y ruedan de sus sitios, chocando entre sí como fichas de dominó. Algunas estalactitas se desprenden del techo y se estrellan contra el suelo a pocos metros de Kiyoshi y Varo, levantando polvo y fragmentos de roca sin llegar a herirlos, pero dejando claro lo cerca que estuvo el impacto.
 
La reacción es inmediata, no solo ustedes se tensan, los cazadores dentro de la cueva también, las conversaciones cesan, las risas se apagan y, por primera vez, el silencio que queda no es cómodo, sino expectante, sea lo que sea que se aproxima, no está cazando en silencio y definitivamente no parece algo que se pueda ignorar.
 
Es un error común decir que los animales no tienen sentimientos. Un error fácil de cometer, al fin y al cabo, nadie espera que un animal te despierte por la mañana, te prepare el desayuno, te arregle la cama o te lleve a la escuela. Nadie mide el afecto con esos parámetros y por eso muchos se equivocan. La realidad es otra, los animales sí sienten y algunos, además, poseen una memoria excepcional.
 
Este es uno de esos casos. Un enorme ejemplar de Suchomimus tenerensis irrumpe en la cueva a toda velocidad, su cuerpo colosal forzando la entrada con un estruendo brutal y sus patas golpean el suelo con violencia, su hocico alargado se balancea de un lado a otro y sus ojos reflejan algo más que instinto, furia reconocible. La criatura atraviesa la caverna sin frenar, levantando polvo, huesos y fragmentos de roca a su paso, pasando directamente junto a Kiyoshi y Varo, si no reaccionan con la rapidez suficiente, el impacto será inevitable, una embestida frontal, masiva, capaz de lanzar cuerpos contra la piedra como muñecos.
 
A pesar de haberlos tenido frente a frente, el dinosaurio no se detiene. El Suchomimus continúa su carrera desbocada hacia el interior de la cueva y, en su avance, embiste una de las paredes laterales, destrozándola por completo. La roca cede con un estruendo ensordecedor, fragmentos de piedra salen despedidos y una nube de polvo cubre el área durante apenas un par de segundos, cuando el polvo comienza a asentarse, la consecuencia se vuelve evidente. El hueco dejado por el impacto abre una línea de visión directa entre ambos sectores de la cueva. Ahora, Kiyoshi y Varo pueden ver claramente a los Cazadores Crux y, del mismo modo, ellos pueden ver a través de la abertura creada por el dinosaurio.
 
Contenido Oculto

 
—¿Qué mierda fue eso? —la voz de Taroi es la primera en romper el silencio. Se acerca al hueco de la pared destruida y asoma la cabeza, claramente intrigado por la fuerza necesaria para pulverizar tanta roca de una sola embestida, cuando la nube de polvo termina de disiparse, Mirea distingue la enorme silueta del animal al instante, sus ojos se abren y luego se entrecierran, en su rostro se dibuja una expresión torcida, malvada.
 
—JAJAJAJAJA, ES ESA MALDITA COSA. —grita entre carcajadas, señalando al Suchomimus, ahora exhausto en el suelo —No tenía ni idea de que estas malditas bestias pudieran recordar rostros. — Su voz rezuma orgullo, casi satisfacción, como si la situación confirmara algo que siempre creyó.
 
—Hermana—interviene Taji, con tono tímido pero sincero —Te dije que no debías matar a las crías de ese dinosaurio. Estas cosas pasan cuando se mata a las crías de una madre da igual la especie. — Mirea ni siquiera se gira ante las palabras del menor.
 
—Ya cállate, enano. Voy a matarla igual que hice con sus crías. — Las palabras aún flotan en el aire cuando el animal parece reaccionar. El Suchomimus alza la cabeza y lanza un rugido ensordecedor, tan potente que la cueva entera se estremece una vez más, las paredes vibran, el polvo cae del techo y los huesos vuelven a sacudirse por el suelo, al parecer no es un rugido de amenaza, suena mas al odio.
 
Infobox
#10
El avance podría seguir normal, pero si algo sabemos de esta isla, y de la vida pirata en general, es que nada es normal. Cuando crees que la paz finalmente llega a tu vida, esta se esfuma fugazmente y solo te deja rastros de ilusión que poco a poco desaparecen por completo.

Todo inicia con esos pequeños temblores producidos por pisadas, aunque en primera instancia, Kiyoshi no es capaz de reconocer el origen de tales reacciones de la cueva. Se cubre con el antebrazo la cabeza para que ni caiga polvo ni tierra su cabello, y cuando se dispone a dar un paso más hacia el frente, un muy pequeño primer derrumbe ocurre justo delante de él y su compañero, obligándolos a mantenerse en su posición. — Maldición, qué lugar tan horrible. — Dice en un tono de susurro muy bajo, el cual a duras penas puede escuchar Varo y eso que se encuentra bastante cerca suyo.

Pasados los segundos, el culpable de tanto estruendo y caos dentro de la cueva se hace presenta. Al aumentar cada vez más tanto el ruido como las sacudidas del lugar, no es necesario tener un gran oído para percatarse de que alguien se viene acercando a toda velocidad desde atrás. Se voltea y, aun cuando la luz es casi inexistente, alcanza a visibilizar aquella figura tan grande, la cual debe alcanzar los 10 metros (lo busqué en Google). — ¡Varo! — Alerta a su compañero por miedo más que cualquier cosa, pues seguramente él se haya dado cuenta del peligro antes.

Procede a dar un salto en diagonal hacia arriba y la derecha, pegándose bien a la pared y lanzándose pecho a tierra. Odia ensuciarse, pero aquí no le queda de otra. Recordemos que Kiyoshi no es el tipo más rápido ni atlético del mundo, por lo que confiarse en una situación es algo que ni quisiera es que no se permita, sino que su cerebro lo obliga a casi paniquear por defecto.

Las paredes sucumben ante el choque con el animal y otra vez la cueva se llena de suciedad. Sin duda este es el peor terreno posible para Kiyoshi, no porque atente contra sus habilidades de combate, sino contra su deseo de que todo esté limpio. Pero todo ha sido así desde que llegaron a Little Garden. ¿Es que acaso no podían llegar a una isla con, aunque sea, un poco de civilización?

Hay tanto polvo que no alcanza a ver a Varo cerca suyo, pero da dos golpes al piso con la zona trasera de su rifle, viendo si su compañero Mink reconoce el sonido del arma —considerando que ambos son tiradores— y le lance una señal como respuesta.

También podemos decir que con el derrumbe provocado por el dinosaurio, las rocas en el suelo son un muro que oculta bastante bien la figura de Kiyoshi que se mantiene en el piso con las orejas bien atentas para escuchar lo que pueda. Y es que las conversaciones y risas ahora son más claras que el agua debido a la repentina disminución de paredes que antes intervenían con la propagación del sonido. Levantarse y enseñarse así como así es muy peligroso, sobre todo para él que no es de los que buscan conflicto directo. Kiyoshi no necesita levantarse para saber que los culpables de que haya tanta muerte por toda la cueva están más allá, pues la luz que transmite la fogata que tienen llega hasta donde se encuentra él, pudiendo servirle de referencia para saber más o menos dónde están.

Por ahora, se queda en su posición, aún pecho a tierra y sujetando bien su rifle. Viste una chaqueta negra bien formal —vestimenta debido a su profesión de médico—, la cual le ayuda a camuflarse un poco con el piso y la oscuridad de la cueva.

Espera el momento correcto para actuar, aunque aún no sabe qué es lo que harán. ¿Deben robarle a estos tipos? ¿Solo buscar escapar para evitar pelear? ¿Defender al pobre dinosaurio que solo busca venganza por sus hijos? No es que al médico le importe mucho esto último, aunque que esto no lo sepa la ciega protectora de animales o podría enfadarse.

— Eros, ¿dónde mierda estás? Ya di si le disparamos a estos tontos o simplemente escapamos. — Él es el capitán, y Kiyoshi respeta su toma de decisiones. En su anterior tripulación fue igual. Se toma en serio lo de pertenecer a un grupo, cumpliendo con las normas que se imponen en uno. En ese tipo de cosas no se le puede criticar.

OFF ROL
[Imagen: u2oxCl9.png]

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