[FIC | Presente Relativo] El punto de Desliz
#1
》Otoño del año 16


Entendí bastante tarde que quedarse cerca del río no era un gesto político ni una pose romántica. Era, simplemente, una forma de no mentirme. Yo podía pagar piedra, azulejos fríos, camas anchas y balcones con plantas bien regadas. Podía hacerlo sin esfuerzo, sin negociar, sin pensar. Justamente por eso no lo hacía. No porque la comodidad fuera pecado, sino porque no quería que el dinero decidiera por mí cada paso. Es todo un tema darse cuenta de que la brújula moral no siempre apunta al norte correcto, sino al que incomoda.

Samba me había recibido sin preguntas. Yo llevaba semanas —quizás más— instalada en una casa humilde, de madera firme y espíritu cansado, cerca de donde la gente habla fuerte, ríe sin permiso y baila cuando la bronca se vuelve insoportable. Vine a mirar. A escuchar. A comerciar, también, porque no sé vivir sin intercambiar algo: palabras, gestos, joyas, silencios.

Ser comerciante no es vender cosas. Es entender deseos antes de que el otro los sepa nombrar.

Mi familia me enseñó eso desde chica. A reconocer la pureza en una piedra y la trampa en una sonrisa. A saber cuándo una oferta es un insulto envuelto en terciopelo. A moverme en salas donde el aire pesa más que el oro. Todo eso lo traje conmigo, claro. No se deja atrás tan fácil. Pero también traje otra cosa: una curiosidad que no pide permiso y una empatía que, a veces, se me va de las manos.

El Centro de Danza se volvió mi punto fijo. No porque yo bailara bien —no lo hago, sólo me gusta verme bien— sino porque ahí el cuerpo se vuelve honesto. La danza no era espectáculo; era catarsis. Cuando el día se volvía pesado, la gente golpeaba el suelo con los pies como si pudiera sacudir la desgracia hasta que cayera al piso. Ahí soy un cuerpo más que transpira, que observa, que a veces alcanza agua, a veces se queda sentada escuchando historias que no me pertenecen pero me atraviesan igual.

Me gusta cómo me miran sin miedo. No como si fuera invisible, tampoco como si fuera una amenaza. Es una mirada distinta, una que dice “esta no viene a quitarnos nada”. Y no vengo. Vine a sumar, aunque sea poco.

Ese día empezó como cualquier otro: calor pegajoso, risas apagadas, el sonido constante del río marcando el pulso. Yo había salido temprano a revisar unos intercambios menores —telas, cuentas de vidrio, herramientas simples— porque el comercio chico también sostiene mundos. Al volver, noté el movimiento raro pasando por los cañaverales: voces tensas, pasos apurados, una inquietud que se pegaba a la piel.

Algo no cerraba. Nunca cierra del todo cuando está por pasar algo importante.

Me acerqué sin apuro. El apuro suele empeorar las cosas. Había trabajadores del campo del otro lado del cauce, atrapados por una crecida traicionera. No era la primera vez que pasaba, pero esta venía más brava. El barro se había vuelto una boca abierta, y el río, que suele ser paciente, ese día tenía humor de animal.

No era una escena dramática; era peor: era cotidiana. Y lo cotidiano, cuando se descompone, cuesta más verlo.

Me di cuenta antes de que alguien gritara.

No fue un estruendo. Fue un sonido seco, breve, como cuando algo se rinde sin pedir permiso. Madera cediendo. Un chasquido torcido. La plataforma improvisada —dos tablones gruesos apoyados sobre pilotes medio enterrados— no se rompió del todo, pero se venció lo justo para volverse traicionera. El peso mal repartido hizo el resto.

Un hombre quedó inclinado hacia adelante, aferrado a un poste lateral. El pibe, que venía atrás, pisó donde ya no había apoyo. La tabla se hundió un poco más y el barro, paciente como siempre, se abrió para recibirlo. La pierna derecha se le fue hasta media pantorrilla. No cayó. Quedó atrapado. Eso es peor.

— ¡No te muevas! — le gritó alguien, demasiado tarde.

El río no te arrastra de golpe; te roba estabilidad de a poco. El agua empuja desde abajo, el barro tira desde adentro. En la superficie parece firme, casi confiable, pero apenas cedés un centímetro se vuelve otra cosa: blando, paciente, diseñado para abrazar lo que entra. No te traga por violencia, sino por insistencia. Entre los dos, te convencen de que pelear es inútil.

El pibe tironeó instintivamente. El zapato hizo ese ruido húmedo, succionado, que te eriza la nuca. Se trabó más.

— ¡Pará! — dije yo, avanzando — No hagas fuerza así.

Algunos me miraron recién ahí, como si me materializara en ese instante. No corrí. Correr en suelo blando es pedirle al cuerpo que se equivoque. Avancé despacio, midiendo cada paso, buscando las zonas donde el barro todavía tenía memoria de firmeza.

Las alas, plegadas, me rozaban la espalda. Las sentía pesadas, presentes. A veces olvido que no todo el mundo tiene una segunda opción para el equilibrio. Me detuve a un metro del borde traicionero, clavé bien los pies, bajé el centro de gravedad.

— Escuchen — dije, sin levantar la voz — Si entran todos juntos, el piso se va a abrir más. Necesito espacio.

No fue una orden. Fue una lectura. Y la entendieron.

El hombre mayor estaba inclinado en un ángulo incómodo, el cuerpo rígido de tanto sostenerse. Si soltaba una mano, se iba. El pibe respiraba corto, los ojos enormes, clavados en el agua marrón que ya le besaba el tobillo.

— Eh — le dije al chico — Mirame un segundo.

Me buscó con la mirada. Bien.

— No intentés sacar el pie todavía — seguí — El barro no funciona así. Cuanto más tirás, más te abraza. Es todo un tema, pero vamos por partes.

Extendí un ala.

No para volar. No hacía falta. La abrí lo suficiente para que tocara tierra firme detrás mío, creando una superficie amplia, pesada, estable. La pluma contra el suelo hizo un sonido sordo. Usé el ala como ancla y como barrera, un respaldo contra el cual podía inclinarme sin perder equilibrio.

Me agaché despacio. Sentí los músculos tensarse, el peso repartirse entre piernas y ala. No estaba haciendo fuerza bruta; estaba negociando con la física apañada por mi tamaño.

— Vos — le dije al hombre — no te muevas todavía. Aflojá los hombros. Si te tensás más, te cansarás antes.

El hombre me miró con desconfianza, pero obedeció. El cansancio ya le estaba ganando igual.

— Ahora vos — volví al pibe — Quiero que hagas algo raro: relajá la pierna atrapada.

— No puedo — dijo, casi llorando — Se me va…

— No se te va — respondí — El río empuja, pero yo estoy acá. Confiá un segundo.

Me incliné un poco más y apoyé la mano en la tabla hundida, no para tirar, sino para estabilizarla. La madera crujió, pero aguantó.

— Escuchame bien — seguí — Vas a mover el pie apenas, en círculos chicos. No hacia arriba. Alrededor. Como si dibujaras una moneda en el barro.

Lo hizo. Mal, al principio. El barro chupo más.

— Despacio — dije — No le ganes. Convencelo.

Respiré hondo, exageradamente, para que me copiara. Lo hizo. El movimiento se volvió más lento, más consciente. El barro empezó a aflojar. Se siente distinto cuando deja de ser enemigo y pasa a ser obstáculo.

— Bien — suspiré apenas más relajada, sin quitarme la cautela de encima — Ahora, cuando te diga, vas a apoyar el peso en la otra pierna.

Del lado firme, dos personas ya habían conseguido una soga. Se la pasaron al hombre mayor primero.

— Agarrá — le indiqué a este — Pero no tires. Dejá que te saquen.

El hombre asintió y lentamente se enredó la cuerda desde el antebrazo. Cuando se tensó, lo guié con palabras: un paso corto, un cambio de peso, otro. El ala seguía firme detrás mío, sosteniéndome mientras yo me inclinaba más de lo que sería prudente sin ese apoyo.

El hombre salió. Jadeando, embarrado, pero vivo. Alguien lo sostuvo del otro lado. El tablón continuaba crujiendo pero sin vistas a romperse.

Volví al pibe.

— Bueno — dije mientras unas gotas gordas de sudor bajaban por mi frente — Ahora sí. Cuando cuente tres, pasás el peso a la pierna libre y sacás la otra. No saltes. Caminá.

— ¿Y si me caigo?

— No te caés — respondí — Yo no te suelto.

No era una promesa heroica. Era literal. Tenía el ala plantada, el cuerpo bien puesto. Podía sostenerlo.

— Uno — conté.

El pibe respiró.

— Dos.

El barro cedió un poco más.

— Tres.

El movimiento fue torpe, pero correcto. El pie salió con un sonido asqueroso. El equilibrio tambaleó. Me incliné más, el ala raspó la tierra, los músculos protestaron.

— Ahí — dije en un alarido — Seguime.

Dos pasos cortos. Nada elegante. Nada épico. Solo humano. Cuando el pibe pisó tierra firme, alguien lo agarró de la remera y lo terminó de sacar.

Hubo un silencio raro, de esos que duran menos de un segundo pero pesan. Después, un aplauso aislado. Alguien se santiguó. Otro se rió por nervios.

Yo solté el aire que no sabía que estaba aguantando.

Me incorporé despacio, menos mal había entrenado lo  suficiente con zumba para que mis piernas aguantaran el cierre lento. El ala volvió a plegarse con un roce suave salpicando barro. Me acomodé la tiara casi sin pensar; el gesto me ordena. Las pulseras sonaron bajito cuando bajé los brazos.

El pibe me miraba como si hubiera visto algo extraordinario. No lo había sido. Yo tenía barro hasta las rodillas, el corazón todavía acelerado y ese cansancio sordo en los músculos que aparece cuando el cuerpo entiende, recién después, que estuvo al límite.

— Gracias — dijo, con la voz rota pero firme ahora, como si decirlo lo anclara de nuevo al mundo.

Asentí apenas, siempre con una sonrisa neutra: sin ser socarrona, pero lo suficientemente simple para agradar.

— De nada — respondí — El río siempre avisa antes de morder. Hay que escucharlo... es todo un tema.

No dije nada más. No hacía falta. Lo vi alejarse con el hombre mayor, rodeados de manos que ahora sí sabían dónde ponerse. Alguien alcanzó una manta. Otro acomodó la soga para que quedara fija. El trabajo volvió a organizarse solo, como si el susto hubiera servido para ajustar engranajes invisibles.

Me quedé un rato más, apoyada en el peso del cuerpo y claramente alejada de la orilla, dejando que la respiración encontrara su ritmo normal. El barro empezaba a secarse en la piel, tirante. Las alas, plegadas, dolían apenas: una molestia honesta, de las que recuerdan que una estuvo presente de verdad. Me acomodé la tiara con un gesto distraído una vez más, tanto por costumbre como por vanidad. El sonido de las pulseras me devolvió a mí.

Cuando estuve segura de que nadie necesitaba nada —ni indicaciones, ni brazos, ni calma prestada— me alejé del río. No miré atrás. No porque no importara, sino porque ya estaba resuelto.

Seguí con mi día.

Fue más tarde, ya entrada la noche, cuando apareció la recompensa. No envuelta en solemnidad ni cargada de símbolos. Apareció como aparecen las cosas verdaderas: de manera práctica.

Una mujer me alcanzó cerca del Centro de Danza. No la conocía bien; la había visto otras veces, siempre con las manos ocupadas y el ceño fruncido de quien piensa más de lo que habla; la vi durante lo de los cañaverales. Traía un cuenco de madera, tapado con una hoja grande.

— Toma — me dijo, tosca pero sin conferirle seriedad al asunto — Para ti.

— ¿Y esto? Si es por lo del río... No hacía falta — respondí, sincera.

— Ya sé — dijo ella negando con la cabeza — Por eso.

Lo destapó apenas. Era una ensalada. Frutas tropicales, hojas verdes, semillas, todo mezclado con ese criterio despreocupado que tienen las cocinas donde se cocina para alimentar, no para impresionar. Entre los colores, algo llamó mi atención: una fruta entera, redonda, de piel espiralada, colocada ahí como si fuera una más.

— ¿Y eso? — pregunté, señalándola.

— De la selva — respondió — Crece poco. Dura nada si la cortas. Mejor comerla así.

No olía a nada. O yo no lo percibía. Me encogí de hombros. Hambre tenía. Agradecí y tan pronto como la doña apareció, así es que se fue. Me senté en el escalón de madera del Centro, sola, y comí.

Primero lo demás. Las hojas, el dulzor familiar de algunas frutas, la frescura necesaria después del calor. Dejé la rara para el final. La tomé con la mano, la pesé un poco. Era firme. Bonita, de una forma extraña que... me recordaba a un melocotón bien gordo y suculento.

Le di un mordisco y se me frunció la cara.

El sabor fue una traición inmediata: Amargo, áspero, como si alguien hubiera concentrado todo lo desagradable del mundo en una pulpa compacta. Hice una mueca sin poder evitarlo, me reí sola con esa risa mía que suena a resoplido elegante.

— Hhh-heh-hhh... Qué hija de puta… — murmuré, pero seguí.

No iba a escupirla. Me enseñaron a no desperdiciar lo que se ofrece de buena fe. La comí entera, tragando con dificultad, tomando agua después. Cuando terminé, me sentí rara, pero no distinta. Pensé que era por el asco.

No pasó nada en ese momento.

Volví al alojamiento y el resto de la noche permaneció tranquila. Me fui a dormir con el cuerpo cansado y la cabeza llena de imágenes del día. Soñé con superficies lisas, con pendientes interminables, con manos que no logran aferrarse. No les di importancia.

El cambio llegó al día siguiente.

Estaba de nuevo en el Centro de Danza, temprano, ayudando a limpiar. Agua en el piso, trapos gastados, ese olor a madera húmeda que se te mete en la ropa. Me agaché, apoyé la mano… y el suelo me negó.

No caí. Me deslicé rebotando graciosamente con lo más abultado de mis senos al piso.

Fue sutil, pero inconfundible. Como si mi cuerpo hubiera perdido fricción. Me incorporé de golpe, el corazón acelerado. Apoyé la palma de la otra mano por inercia contra el piso en la parte seca, con cuidado.

Resbalé también, esta vez casi dándome la jeta al suelo.

— ¿Estás bien? — preguntó alguien.

— Sí — dije, demasiado rápido — Manotazo rápido de ahogado en tierra.

Pero no era distracción. Me moví un poco más. El agua no se me pegaba a la piel. El trapo se me escapaba de las manos como si yo fuera la parte lisa de la ecuación.

Me enderecé despacio haciendo balanceo con el trasero. Sentí una mezcla rara de fascinación y rechazo. Esto sí era nuevo. Esto no era cansancio ni sugestión.

Pasaron las horas. El efecto seguía ahí, constante. No violento. No agresivo. Simplemente… presente en mis manos. Mi cuerpo rechazaba el agarre, el roce firme, la presión prolongada. Todo tendía a deslizarse.

Recién entonces entendí.

La fruta. El sabor imposible. El sueño extraño.

¿Acaso la doña me había dado una de esas famosas frutas del diablo?

No dije nada. No hacía falta nombrarlo en voz alta todavía. Algunas cosas necesitan asentarse antes de ser pensadas.

Al atardecer me acerqué al río, con cuidado. Metí apenas la punta de la mano en el agua. El frío me atravesó. El peso me tiró hacia abajo más de lo esperado. Retrocedí enseguida con el pulso acelerado...

Ahí lo comprendí del todo, o más o menos.

No era invencible. No era fuerte. No era un arma.

Era una superficie.

Una defensa silenciosa para alguien que nunca quiso pelear.

Me senté en la orilla, lejos del borde traicionero, y dejé que el día terminara. Sonreí, sin saber bien por qué.

— Y bueno — me dije, al mismo tono de siempre — Es todo un tema… pero hay que remarla.
#2
✘
TEMA: CERRADO

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