Código verde [Priv. Ryan] [Pasado]
#1

4 años atrás

Día 15 de invierno, año 12

Lo intentaba, de verdad lo intentaba, pero cada día estaba más convencido de que haber salido de Momoiro había sido una pésima idea.

Cuando salió de aquella isla lo hizo para seguir haciendo una de las cosas que adoraba: viajar. Estuvo demasiado tiempo en un mismo lugar y ahora podía darse el lujo de conocer nuevas regiones, eso fue lo que lo trajo, unos meses antes, a las predecibles aguas del South Blue.

Su plan era simple, pasar unos meses o un par de años en la primera isla que le llamara la atención mientras vivía de curar con su medicina a aquellos que lo necesitaran, tal como el médico que conoció en Momoiro, Star Bluefire, le había enseñado: sanar, no destruir.

Pero no estaba funcionando.

Tal vez aquella persona era capaz de mantenerlo a raya, a fin de cuentas, entre los estudios y nuevas enseñanzas sobre medicina moderna, apenas tenía tiempo para pensar en algo más, quizá por eso se conformó con la tranquilidad de aquella isla en el Grand Line, por eso enfocó sus habilidades en curar, pero ahora…la tranquilidad de su vida estaba resultándole un infierno.

Era obvio, pudo haber pasado cinco años en Momoiro bien controlado, pero todos los años anteriores los dedicó a dos cosas muy específicas: piratería y tráfico.

Si nadie lo mantenía a raya… ¿Cómo podía dejar atrás con facilidad el estilo de vida más “común” que conocía? No servía para vivir decentemente, de eso se daba cuenta ahora que miraba las cuentas a pagar y el poco dinero que ingresaba a su clínica con este trabajo decente que estaba intentando llevar a cabo.

Era médico, pero no de la caridad, también necesitaba comer, beber, darse sus lujos de vez en cuando y los números amarillos no le estaban ayudando…al menos como pirata tenía más oportunidades de conseguir dinero, después de todo, a pesar de su mala memoria, recordaba muy bien la inmensa cantidad de berries que recibía a cambio después de una “operación” exitosa.

—No, no, no…paciencia, Hyak, paciencia, seguro es como dice Blue…las cosas mejorarán con el tiempo, además…aun tengo dinero suficiente, no puedo volver a ser como antes —. Llevó sus manos abiertas hacia su cara, atrapando sus propias mejillas entre sus palmas en un suave golpecito como si buscara despertarse de una pesadilla. —No puedo volver a vivir en la zozobra de sentirme perseguido por unos cuantos berries —. El problema es que el tráfico no le daba “unos cuantos berries”, le daba muchos y él lo sabía, por más que intentara convencerse de lo contrario.

La tentación de hacer lo contrario a lo que le había prometido a su “maestro” de Momoiro seguía presente y eso no cambiaría si continuaba analizando las cuentas de su clínica. —Esto no funciona —. Chasqueó la lengua, molesto y cerró el libro de cuentas antes de levantarse de su silla para ir por una taza de algún té que sirviera para calmar los nervios y, una vez que la tuvo, se quedó parado a un lado de una de las ventanas de su consultorio.

Las calles de Sorbet estaban tranquilas, pocas personas pasaban afuera a esas horas de la tarde y los que lo hacían ni siquiera volteaban a ver hacia la clínica. Así había sido esta semana y la anterior a esta y la anterior a la anterior.

Como hacía siempre por mala costumbre, se mordió el interior de la boca con fuerza, una manía tan arraigada que apenas y sentía el sabor de la sangre que empezaba a salir por culpa de sus propios dientes, parecía casi irreal que estuviera tan ensimismado con sus pensamientos contradictorios que ni siquiera el dolor de la mordida lo hiciera reaccionar como habría pasado en otro momento, pero… ¿Podía ser culpado? Sus pensamientos empezaban a entrar en terrenos pantanosos que no quería recorrer, después de todo, la simple idea de ver como algo negativo la salud de las personas era algo que no podía decir en voz alta, después de todo, como médico, que la gente estuviera tan sana no le convenía, pero decir eso en voz alta estaría mal ahora que intentaba mantener esa vida reformada que le fue inculcada por Blue.

—Tiempo al tiempo —susurró cerca de la taza de té caliente, tan cerca como para que el calor de la cerámica quemara sus labios y con ello la herida de la mordida provocada por su tic. —Tsk…duele…

Dejó a un lado la taza con la bebida y se acercó a unos estantes para buscar algo con que desinfectar su herida y gasa para limpiarla, algo que habría hecho de inmediato de no ser porque escuchó como la puerta principal de la clínica se abría…algo que solo significaba una cosa.

—¡Un paciente! —Sus ojos brillaron y, sin pensarlo dos veces, caminó hasta la entrada no sin antes haber recogido de su silla su blanca bata de médico, la cual se colocó mientras iba de camino al recibidor.

—Buenas tardes, ¿En qué puedo ayu…? —La palabra quedó a medio camino en su garganta cuando vio al chico que habían traído frente a él.

No tenía que examinarlo si quiera para darse cuenta de lo débil que parecía. Hace tanto no veía a alguien así, le recordaba a esas personas que, durante su vida como pirata, eran capturados para ser vendidos como esclavos o, bien, eran elegidos por él para ser vendidos por “partes”.

Tuvo que disimular el mal sabor de boca que le provocó la visión del chico, no por lástima, si no porque de cierto modo le recordó a su propio estado al despertar, desmemoriado, en una celda en un sucio barco pirata. Tuvo suerte de no pasar a ser parte de ese grupo de gente que él aprendió a tratar como mercancía.

Sacudió su cabeza y miró a quienes traían al chico consigo, esperaba que hablaran, que le dieran la razón del estado del muchacho, si es que la conocían y, si no, sería él quien se pondría manos a la obra para encontrar respuestas.

Le gustaban los acertijos, en especial los que el cuerpo humano podría ofrecer y algo le decía que el chico frente a él podría ofrecerle algo interesante para investigar.
  Responder
#2
Aún recuerdo ese día como fuese ayer… La lluvia en mi cara que me mojaba como si hubiera caído al mar, sintiéndome débil y vulnerable como quien caía enfermo cercano a su lecho de muerte tras algún combate, tal cual como las ratas que caían enfermas nos habían dejado tirados el resto de los tripulantes en aquella situación, a la espera que el resto de las aves carroñeras se comieran nuestros restos, seria que con mis pocas fuerzas tiraba de la ropa a aquella chica que más tarde me odiaría al punto de querer cegar mi vida… Pero, que en ese momento era la persona que mas amaba en mi asquerosa vida. Vida que en el caso de ambos corría peligro, pero… ¿Cómo habíamos terminado así? ¿Acaso nos habrían atrapado a nosotros los poderosos cuervos una banda de marines? Ja… Ojalá hubiera sido así, habría terminado todo antes de que se pudriese, la situación era muy distinta ¡Nos habían atacado por la espalda! ¡Dos de nuestra misma tripulación! Los cuales eran bien conocidos por dar problemas dentro de la embarcación, nos habían dado comida envenenada para que ambos muriésemos en cosa de un par de horas… Siendo en el proceso que nos dejaron completamente tirados, que aprovecharía para poderme escapar con Camila, hacia la zona más alta de la ciudad en busca de un médico.

Por mi parte el veneno aun no me terminaba de afectar del todo, pero la idiota de Tomate incluso había repetido el plato, por lo que llevando la acuesta a duras penas, dado que, ya había perdido la conciencia hace bastante rato, teniendo que apresurar el paso como podía sin tenerle miedo a que alguna mirada inescrupulosa me viese transformado en lianas, eran momentos críticos que pocos podrían describir y que aún menos querían desearle a alguien, el hecho de ver morir a tu primer amor… Era horrible, como un fuego apagándose lentamente sin que tus manos pudieran mantenerle vivo, fuego que me mantenía a mi caliente ante las heladas lluvias, fuego que estaba dispuesto mi alma para mantener ahí… Junto a mi… Solo porque… Yo odio el frio.

Entonces por fin llegaría a aquel hospital, mi bufanda estaba caída a la vez que empapada, dejando libre mi piel y mostrando mi numeral en el cuello, muestra del símbolo de esclavitud que me habría marcado hasta esas fechas y símbolo de lo que seria y sigo siendo… Un cobarde, mi cara estaba roja y algo hinchada por el efecto del veneno alimenticio ¡Los bastardos nos la habían jugado bien! La misión que nos había encargado el jefe estaba ya hecha, y aquellos sujetos solo debían hacer lucir que habríamos peleado hasta el final… Por lo que entre lágrimas suplicaría por ayuda en aquel vestíbulo, llenándome de esperanza cuando aquel hombre con la bata blanca llego, acercándoseme y analizándome a mi primero, con lo cual enfadado me quite su mano.

- ¡POR FAVOR DOCTOR AYUDELA! – Gritaría a todo pulmón, dejándola ver mientras mi mirada solo podía verse como la de un niño enamorado, un niño… Con miedo a perder, entonces me acerque a aquel hombre y en una súplica desesperada le conté -¡Pagaremos con lo que necesite! Estoy seguro de que su padre es un hombre importante, y que no dudara en pagar lo que ella requiera. – Exclamaría desesperado empezando a toser después de lo que estaba diciendo, después de todo, si bien sabia que ella me debía menos preciar en todo sentido por lo que solía ocurrir en aquella nave, simplemente me importaba una mierda, yo sabía lo que ella era y es para mí, por lo que en una última instancia le diría -Por favor hare lo que sea ¡Sálvela! Es un veneno que desconozco que sea… Pero, deseo con toda fuerza que viva. – Gritaría sin saber si es que había goteras, seguía igual de mojado o simplemente mis ojos estaban tan irritados de la situación que estaba llorando de la impotencia del momento.

La amaba, la amaba con mucha fuerza para un chico de mi edad, sabia que ella era mi fuerza de voluntad para seguir adelante, aunque tarde o temprano esa misma llama me quemaría, me quemaría tanto, que tal vez nunca volvería a ser igual… Todo… Todo gracias a que ese día él la salvo.

bestimentas
  Responder
#3
Ayuda.
 
Un grito desesperado que inundó el consultorio.
 
Ignorarlo era difícil, por no decir, imposible.
 
No podía enojarse con su tono de voz ni por el gesto impulsivo de apartar su mano cuando intentó acercarse, después de todo, tenía la experiencia suficiente para lidiar con pacientes que perdían la razón en medio de una crisis.
 
Era normal. Nadie estaba entrenado para perder a alguien importante por culpa de un desafortunado incidente o una desgraciada enfermedad.
 
Siempre se preguntó, desde que tenía memoria, qué se sentiría la desesperación de sentir que pierdes a alguien que quieres. No podría saberlo, no mientras no construyera lazos tan fuertes como para que el dolor de la pérdida llegue a herirlo.
 
—Respira, niño, respira —. O al menos que intentara hacerlo. —No sirve de nada que pierdas tus fuerzas gritando —. Se acercó y, aunque también sintió urgencia por examinar al niño, lo cierto era que la muchachita que llevaba en sus brazos era la prioridad. —Déjame llevarla a una camilla…no puedo ayudarla en medio de la recepción.
 
Aunque su voz era suave, sus palabras no arrastraban una sugerencia, solo eran una orden disfrazada de una solicitud a la que no esperó ni siquiera una respuesta negativa o positiva, solo se apresuró a tomar el mismo a la niña entre sus brazos y cargarla hasta llevarla al consultorio, dejando la puerta abierta para que el niño también pudiera entrar.
 
Ella respiraba aún, pero era un ritmo lento, aunque, relajado…De todos modos, había algo que no cuadraba.
 
—¿Tienes fuerza para acostarte en la camilla libre? —Aunque la pregunta iba dirigida al chico que, si estaba despierto, no se volteó para verlo, pues estaba ocupado aflojando los botones de la camisa de la chica desmayada, de esa manera ella podría sentir su cuerpo más libre y le daría acceso a él para poder usar su estetoscopio para escuchar su ritmo cardiaco y, luego, sus pulmones. —Necesito que me digas todo lo que recuerdas, los síntomas antes de ella antes de que cayera, tus síntomas internos… ¿Hace cuánto pasó empezó todo esto?
 
A pesar de que estuviera hablando, se concentraba en revisar a la chica: abrió sus párpados para revisar sus ojos con una pequeña lámpara, le hizo abrir la boca, para ver su garganta y, finalmente, revisó los latidos de su corazón y el ritmo de su corazón, pero… ¿Por qué ella se veía solo como si estuviera dormida?
 
No parecía un veneno que buscara matar y él lo sabía muy bien, tal vez ni siquiera tenía que escuchar la respuesta del chico para sacar conclusiones, aunque lo que sea que tuviera que decir de seguro ayudaría, pero…él había visto antes este comportamiento muchas veces, más de las que podía contar considerando que él mismo solía sumir a sus víctimas en ese estado de somnolencia para poder realizar sus “operaciones” con éxito.
 
Aún así, recostó a la chica sobre su costado, de esa manera, si en algún momento despertaba y sentía nauseas, el vómito saldría con más fluidez y, de paso, buscó un pequeño tanque para mantenerlo cerca de la niña, solo por si acaso, de todos modos, dudaba que eso ocurriera pronto.
 
Los ojos de ella no estaban rojos ni amarillos ni irritados, nada que indicara la presencia de una sustancia extraña, si garganta no estaba inflamada, su corazón y su respiración iban en un ir y venir normal, muy parecido al de una persona anestesiada y no al de alguien envenenado para morir, además, a diferencia del chico, la cara de ella estaba pálida y fría y eso último parecía más producto de la lluvia que de un veneno.
 
Frunció el ceño, los síntomas de ella y los del chico no coincidían. No podían haber ingerido lo mismo o, quizá sí, pero sus cuerpos reaccionaron de manera distinta, tampoco sería tan extraño…pero…no…eso no lo convencía.
 
Suspiró y se encargó de examinar a la niña por última vez antes de acercarse a un estante para buscar una toalla con que la secó lo más que pudo y luego la cubrió con una sábana para que el calor empezara a gobernar su cuerpo, pero ahora…ahora lo importante era el chico.
 
—Sé que quieres que la ayude, pero, si te soy sincero…aunque está dormida, ella se ve más sana que tú, es casi como si le hubieran dado algún somnífero…Sé que dijiste que no sabes que veneno les dieron —Se agachó para quedar a la altura del muchacho al mismo tiempo que le dio una señal para que abriera la boca y el pudiera revisarlo, de la misma manera que había visto antes a la chica. —, pero lo que sea que recuerdes me es útil, incluso alimentos o bebidas que hayan ingerido antes de que sucediera todo esto —. Soltó la boca del chico y examinó su cara hinchada y rojiza antes de moverse a un lado para acercarle una también una toalla. Él podía moverse, así que dejaría que lo hiciera por su cuenta.
 
—¿Tienes comezón?, ¿puedes respirar bien? —Acercó su dedo a la nariz del niño solo para comprobar que su respiración fuera normal y luego le hizo otra señal para que subiera un poco su camisa, debía escuchar su corazón y sus pulmones. —Intenta respirar lo más hondo que puedas —. Sea que lo hiciera o no, se alejaría después de ese procedimiento y lo examinaría de arriba a abajo con la mirada, incluso parecía que sus manos estaban rojizas…eso parecía más una alergia que otra cosa.
 
—De casualidad… ¿Sabes si eres alérgico a algo? —No tenía sentido que los dos se hubieran “envenenado” con la misma cosa, no cuando una estaba en los brazos de Morfeo, pero seguía con la piel blanca y lisa y, en cambio, el otro, aunque parecía haber caído en un hormiguero, estaba bastante despierto…lo suficiente para correr desde quien sabe donde hasta el consultorio cargando a una niña y aun teniendo la fuerza para gritar por ayuda.
  Responder


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)