[Social/Pasado] Zafarrancho en el huerto
#1
Whisky Peak era precioso, perfecto. Eso, en sí mismo, ya me parecía sospechoso. Lo perfecto es extraño. Las calles estaban demasiado limpias, las sonrisas de oreja a oreja demasiado blancas, y la música que salía de las tabernas tenía ese ritmo amable que te invita a sentarte… justo antes de que alguien te venda algo que no pediste o te apuñale emocionalmente. O físicamente. Dependía del día. Las casas estaban bien alineadas, barriles de whisky apilados como si alguien hubiera decidido que la estética del alcohol debía ser impecable, flores en las ventanas. Muchas flores. Demasiadas flores para un sitio que olía tanto a licor. Había aprendido, a base de golpes y malas digestiones, que los lugares excesivamente amables suelen tener letra pequeña. Nadie sonríe así porque sí. Nadie te desea un “buen día” con tanta intensidad sin esperar algo a cambio. Quizás era de formación profesional. O quizás era simple supervivencia. Cuando un sitio parece demasiado limpio, alguien ha estado fregando sangre antes. O tal vez hablo por mí misma.

Yo caminaba con los brazos a la espalda, balanceando la cola con despreocupación fingida, observándolo todo con una atención casi profesional. Bueno, más bien caminaba Han. Yo estaba subida en sus hombros. Señalé un edificio perfecto, como no. Desde ahí arriba, Whisky Peak parecía aún más falso. Los edificios parecían estar demasiado alineados, las chimeneas demasiado rectas. Incluso el humo salía educadamente hacia arriba, como si hubiera pasado por un curso de modales, como pidiendo permiso.

A pesar de todo, no era mala vista, no. Pero siempre me hacía sentir como una mascota exótica en exhibición, siempre que no estuviera en Green Bit, claro; por el momento no parecía ser una sensación que fuese a desaparecer. “Mire, señora, viene con cola incluida”—. Esto tiene pinta de hostal —murmuré señalando otro edificio; era importante saber dónde poder dormir si se necesitaba—. Y los hostales nunca cuentan la parte donde te roban el riñón.

No esperaba respuesta. Solo necesitaba decirlo en voz alta, como una advertencia. Salté de su hombro para continuar avanzando a mi propio paso, sin prisa. Avanzamos alejándonos del centro, donde el bullicio empezaba a doler en los oídos, hacia una zona más tranquila. El sonido de las risas reducía poco a poco, sustituido por el crujido de la tierra bajo los pies y el canto perezoso de algún insecto que claramente estaba cobrando por horas.

Y entonces ocurrió. Me detuve tan en seco que, de haber sido más alta, habría levantado una nube de polvo dramática, admirable tan solo por aquellos de mi tamaño. Pero como no lo era, me limité a quedarme inmóvil, con la cabeza girando lentamente hacia la derecha. Allí. Un huerto. Pequeño. Modesto. Delicioso. Una valla de madera baja, vieja pero firme. Surcos perfectamente trazados. Plantas verdes, sanas, orgullosas de existir. Frutas colgando como si el mundo fuese justo y recompensara el esfuerzo. Aquello no era un huerto: era una provocación para turistas. Todo en aquel huerto gritaba dedicación. No abandono, no “lo que salga”. Alguien venía todos los días. Alguien regaba, podaba, hablaba quizá con las plantas. Era el tipo de huerto que te causa envidia de lo perfecto que está. Era el tipo que sabe exactamente cuántas frutas le faltan al final del día.

— Vale —susurré—. Esto es violencia pasiva… —pensé en voz alta antes de girarme hacia Han—. Nos hacen falta ingredientes en el barco, ¿cierto? Podríamos aprovechar lo que la naturaleza nos ofrece.

Tras lanzar la idea al aire, me acerqué con pasos lentos al huerto, casi teatrales, como si temiera que el huerto pudiera huir si hacía un movimiento brusco, quizás dejando a Han atrás o quizás con Han siguiéndome. El olor me golpeó de lleno. Apoyé las manos en la valla y me asomé.

— No hay nadie —añadí, bajando la voz, no para Han, sino para mí, que me encontraba un tanto más adelantada a su posición—. Eso es buena señal o una señal pésima. Aún no lo sé. Nadie ha dicho que comer fruta sea ilegal. ¿Robarla? Quizá. Comerla, no —robar no iba muy acorde a mi moral, pero morirnos de hambre tampoco—. Podríamos tal vez tan solo evaluar el entorno, ¿no? Investigación de campo que se llama. Botánica aplicada tal vez. Supervivencia básica, si es que lo anterior no te convence.

Aunque no le hablara a Han, en realidad estaba intentando convencerme a mí misma de que lo que quería hacer no estaba tan mal… Y si tenía un compañero de crímenes… bueno, la culpa compartida siempre es más fácil de sobrellevar que estando sola, ¿cierto? Alguna ventaja tenía que tener estar en compañía constante, en una tripulación.
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#2
Horas caminando bajo un sol abrasador no era lo mas beneficioso para la piel, aunque realmente hacía tiempo que no tenía problemas de ese tipo, ni un punto negro siquiera, parecía que la fruta que ingerí empezaba a regenerar mas que al principio de este viaje, pero... ¿Por qué? No es que yo hubiese hecho algo distinto, dormía, comía, tocaba música, en esas facetas mis hábitos se mantenían imperturbables. Aunque... De un tiempo a esta parte si que había cambiado algo, ahora viajaba entre islas y, mas importante aún, en cada isla parecía que me metía en problemas sistemáticamente: Peleas de bar, un combate que aún estaba demasiado cercano en mi memoria en un lugar cuanto menos extraño, huir de las autoridades... ¿El entrenamiento de mi cuerpo mejoraba también su curación? Parecía poco probable, pues esas capacidades físicas son inherentes a cualquier humano.

 ¿Podía ser que cuanto mas me curase mejor lo hacía mi cuerpo? Eso podría tener sentido, como cualquier músculo: Cuanto mas se usa, mas se fortalece, desde luego sonaba a respuesta satisfactoria. Aunque no es que lo tuviese claro, la verdad es que ni siquiera sabía cual era el límite de mi regeneración ¿Podría regenerar un brazo completo? ¿Qué pasaba si me aplastaban el corazón? La verdad es que me vendría bien saber ese tipo de cosas, conocer mis límites, pero me aterra tanto pensar el dolor de las pruebas que, sinceramente, prefiero no comprobar mis limitaciones nunca, cuanto menos tentase a la suerte mejor para mi. 

¿Por donde iba? Ah si, ya recuerdo. En cualquier caso no es que pudiésemos librarnos del sol, ni yo, ni mi compañera Alana, que habíamos salido del barco para conocer un poco el pueblo de Whisky Peac. Ya de por si el camino desde el puerto hasta el pueblo es duro, parecía que las nubes evitaban enturbiar al astro rey y aquella esfera ardiente sobre nuestras cabezas parecía volcar toda su ira y frustración sobre aquel arenoso y dorado suelo. A mi hacía tiempo que mi garganta no me pedía beber agua, pero era sorprendente como Alana aguantaba la sed y el calor sin ninguna dificultad, desde luego estaba hecha de otra pasta, aunque seguramente ayudase el hecho de que ella no caminaba, viajaba sobre mis hombros. 

En nuestra excursión La pequeña mujercita me señaló un edificio, creyendo que podía ser un hostal e indicando que hospedarse en ellos suele ser caro. Me detuve u momento a unos cuantos pasos de la puerta del lugar, mirándola con curiosidad y algo de decepción. -Soy un mendigo, Alana. Podría valer unas pocas monedas y seguir siendo una fortuna para mi.- Giré la cabeza para mirarle con una sonrisa inocente, habiendo encontrado una solución para el problema de la noche. -Sugiero que hagamos una acampada y contemos estrellas.- Podía ser la idea de un niño, mi sonrisa desde luego era la de un niño ilusionado, pero lejos del ridículo, era a lo que yo estaba acostumbrado, a dormir en callejones o subido a un árbol, para mi no era vergüenza alguna. -Sigamos caminando, seguro que hay lugares mas aptos a nuestra economía.- Desde luego, si no pagaba ella, lo mas apto era debajo de un puente o algo así. 

Ella saltó de mi hombro, debía de dolerle el trasero de llevar tanto tiempo sentada sin moverse, sea como fuere intenté llevar su paso, lo cual era difícil por su reducida zancada, pero no imposible. así al menos tendría mas tiempo para deleitarme con la arquitectura, ya bastante distinta de lo que era Sobert: Aquí los edificios no se cubrían por las lluvias, al contrario, se cubrían y revestían de manera diferente para resguardarse del insufrible calor, por lo que la madera, algo mas fresco, al igual que la fría piedra, conformaban las casas, de un estilo muy distinto a lo que había visto antes.  Aunque debía decir que en las montañas mas altas de la región si debía llover, pues algunos ríos había y todavía se veía escueta vegetación, agua tenía que haber en algún lado. 

Comenzamos a alejarnos del centro del pueblo, y de los suburbios también, empezando ya a caminar por paseos de tierra y arena, ya no había calzada que señalase el camino, los edificios ya eran pocos, salteados cada tantos metros; y el paisaje natural empezaba a volverse el protagonista del cuadro. Sonreí maravillado por la impresionante obra de arte que el mundo ponía ante nuestros ojos. -Wow... Es precioso, ¿No crees Alana?.-  Pregunté pensando que estaría prestando algo de atención, no obstante, cuando miré hacia abajo pude ver a la tontatta prestando demasiada atención a un huerto muy bien provisto de verduras y hortalizas. No solo estaba bien provisto de alimento, estaba cuidado, ordenado y parecía hasta contabilizado, ese huerto era de alguien, no cabía la menor duda de ello. 

Estaba claro porque la pirata en miniatura había elegido esa vida, no tenía demasiado respeto por la propiedad ajena, pues quería robar el alimento que tanto le habría costado conseguir al agricultor dueño de esas tierras. No contenta con eso, quería meterme a mi en el ajo, recordándome mis labores como cocinero para conseguir alimento para la tripulación. -A ver... Si... Necesitamos comida..., Pero no creo que robarla sea buena idea.-  Dije pensativo mientras me llevaba el índice al mentón. -Por otra parte... No tengo dinero, pero tengo la obligación de alimentarios...- Tras unos segundos de debate interno terminé suspirando. -No se, no se...- Entonces miré donde debía estar Alana, había desaparecido. Miré a los lados a ver si la encontraba, hallándola ya pegada a la cerca mirando a los lados como un mapache acercándose al cubo de la basura de alguien. Me acerqué a ella sigiloso, suspirando por la poca gracia que me hacía la idea, pero mi promesa fue seguir a los tripulantes de esta banda para cantar sus hazañas, aunque no fueran de mi agrado. 
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#3
La verdad es que, si alguien me hubiera preguntado en ese momento qué estaba haciendo exactamente, no habría sabido responderle con precisión. ¿Explorar? ¿Evaluar riesgos? ¿Cometer un delito menor por supervivencia? Todo a la vez, probablemente. El huerto tenía ese aspecto insultantemente cuidado que solo tienen las cosas que no te pertenecen y que, aun así, parecen mirarte como diciendo: “cómeteme” y yo, honestamente, quería cometerlo.

Me había agachado junto a la valla, con ambas manos apoyadas en la madera, asomando solo la cabeza y la cola, moviéndola despacio como si eso me hiciera más sigilosa. Spoiler: no, aunque mi tamaño ya hacía gran parte de su labor. Pero todo eso sí me hacía sentir profesional. Nuevo spoiler: no. Giré la cabeza a un lado y a otro, exageradamente, antes de oír la voz de Han acercarse por detrás, cargada de dudas morales, promesas incumplidas y hambre reprimida. “¡Con hambre no se vive, y de fe tampoco!” me aventuré a pensar.

— Shhh… —susurré sin girarme, levantando un dedo—. No lo mires como “robar”. Míralo como… "forrajeo ético no consentido".

Me incorporé un poco para mirarle por encima del hombro, con una sonrisa de esas que no tranquilizan a nadie, ni siquiera a uno mismo pero es que… si ni siquiera yo me creía que este hurto estuviera bien, ¿quién más lo iba a hacer?

— Además —añadí, señalando el huerto con la barbilla—, ¿ves eso? Eso no es un huerto normal. Eso es exceso. Nadie necesita tantos tomates felices. El universo claramente quiere que se redistribuyan. Distribución de las riquezas lo llaman algunos.

Volví a asomarme, esta vez apoyando un pie en la valla como si estuviera a punto de escalarla (o más bien, dado mi tamaño, saltar ese primer hueco que tenía la valla)… aunque no lo hice todavía. Había que mantener la tensión dramática. Y la coartada.

— Mira, no te estoy diciendo que entremos como dos delincuentes sin alma, ¿siquiera seríamos delincuentes? La propiedad privada es el robo... y este huerto está pidiendo ser devuelto al pueblo —continué, bajando la voz. ¿Era una delincuente justificando su acto inmoral con otras teorías? Sí. ¿Para eso era pirata? También. ¿Necesitaba justificación la supervivencia de un grupo por encima de la avaricia de otros? No. “Ten fe” dice Han, pero a veces uno tiene que salir a buscarse la fe—. Estoy diciendo que cojamos un poco. Lo justo. Lo simbólico. Lo que la tierra nos ofrece… a través de una valla mal vigilada.

Me giré del todo entonces, apoyando la espalda contra la madera y cruzando los brazos, mirándolo con expresión seria durante exactamente dos segundos. Luego se me escapó una sonrisa ladeada—. Y si te sirve de consuelo moral, aunque no estemos robando, sino expropiando: yo me hago responsable de todo lo que pueda pasar en consecuencia de este acto —dije, muy convencida, pero volvemos a lo mismo: lo importante es convencer a Han y para ello primero tendría que creerme yo misma mis palabras. En mis manos entraba poca comida pero en las suyas…—. Si alguien pregunta, fue idea mía. Tú solo estabas ahí… supervisando. Cocineramente.

La cola se movió de nuevo, traicionera, señal inequívoca de que ya estaba medio decidida. Quizás no había sido la mejor de mis ideas, de acuerdo, pero hasta un reloj roto da bien la hora dos veces. En este caso yo soy el reloj roto y estaba segura de que ese huerto era una de mis dos horas buenas dadas, aunque Han no supiese valorarla del todo por ahora. Quizás él consideraba que estaba mal la hora por un par de minutos. No le culparía por ello. Ya se daría cuenta tarde o temprano de que la hora estaba perfecta. Nunca me había sentido tan segura de algo, ni siquiera aquel día en que Owen y yo nos vimos obligados a salir en escena a hacer una actuación cómica. Dioses. Solo podía rezar para que no le contase nada a Gwendolyn o Eros…

— Además —añadí, inclinándome hacia él—, piensa en esto como entrenamiento. Sigilo. Observación. Trabajo en equipo. ¿Qué clase de piratas seríamos si no sabemos distinguir un buen huerto de una mala decisión?

Volví a mirar al interior, afinando la vista entre las hileras de plantas, oliendo el aire con deleite. ¡Diantres! Aquí hay una acumulación injusta de papas—. No hay nadie —murmuré, avisé, tenté—. O eso, o el dueño es tan silencioso que da miedo. Cualquiera de las dos opciones me parece emocionante.

Me agaché de nuevo junto a la valla, preparada para dar el siguiente paso… o salir corriendo si todo se iba al infierno. La pelota estaba en su tejado: ¿la tomaría o por el contrario la desecharía? Mantuve la sonrisa en mi rostro, dispuesta a recibir cualquier tipo de respuesta—. Venga —concluí, mirándolo de reojo—. Decide rápido, que los tomates y las papas no esperan… Te prometo que reflexionaré sobre la propiedad privada más tarde.
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#4
La mujer intentaba convencerme con argumentos débiles ¿Acaso ese hombre no sudó para tener esas verduras? No es que esclavizase a nadie o algo similar, o bueno, eso suponía yo, realmente no sabíamos a quien pertenecía ese huerto, pero tampoco es que fuese inmenso, no es que requiriese de muchas personas para cuidarlo. Realmente lo que me convencía era que la tripulación no tenía nada en la despensa, eso si era un problema, y robar se vuelve plausible si la supervivencia estaba sobre la mesa. 

No sería la primera vez que robaba para comer, pero si era la primera vez que era tan evidente. Suspiré decepcionado mientras mis hombros caían, como si el peso del mundo estuviera sobre mi cuerpo. -Si vas a hacerlo, hazlo ya. Démonos prisa antes de que nos pille alguien.- Me agaché un poco mientras abría un zurrón vacío para guardar el producto.-Date prisa y coge de esos pimientos, que tienen muy buen color.- Dije mientras señalaba con la cabeza lo que quería que cogiese. Levanté la cabeza mirando a los lados, por suerte no parecía haber nadie, solo se escuchaba el viento azotar las montañas y la arena, levantando un polvo que enturbiaba levemente la vista. 

La verdad es que mi vida no parecía haber cambiado demasiado a cuando era un mendigo, ser pirata significaba luchar por sobrevivir, no tener un hogar fijo y, como no, robar y mendigar para conseguir comida. No es que fuese algo con lo que no pudiese vivir con ello, claro, pero me parecía curioso como se prometía una vida de mejor en el mar y, en esencia, es lo mismo que hace un vagabundo, solo que navegando y en vez de callejones, eran nuevos puertos. Aún recuerdo cuando Cao me reclutó para esta locura, en una calle mientras un chaval corría despavorido con fruta robada, ese día logré desayunar gracias al elegante benefactor de bronceada piel, pues me vi obligado a dar el dinero que había recaudado aquella mañana bailando y tocando, pero ¿Cuál era la otra opción? ¿Qué inflasen al crío por cuatro manzanas y dos plátanos? Desde luego la marina a veces era demasiado desproporcionada en sus castigos. 

Ah... Cao... Hacía días que no sabíamos nada de él, ¿Acaso el no fue retenido por la misma gente que nosotros? ¿Debía aceptar su muerte? Desde luego todo indicaba que él ya no estaba entre los vivos. Me apenaba, ya habíamos perdido compañeros, pero todos porque decidieron irse, no porque su vida hubiese llegado a su fin. No habíamos iniciado nuestra gran aventura y nuestro fundador, aquel que nos reunió, ya no estaba entre nosotros ¿Qué clase de augurio podía significar eso? Mal empezábamos nuestro periplo. Era triste, pero no podíamos quedarnos parados, debíamos aceptarlo cuanto antes y continuar nuestro camino, en ese momento teníamos vivos de los que preocuparnos, o al menos medio vivos. Dong llevaba desde aquel suceso con una salud pésima, parecía que la operación a la que se sometió en esos cabos le hizo mas mal que bien, por perder su maldición perdería su vida. 

A veces pensaba en volver a Sobert, volver a comer fruta sin preocupaciones, sin el miedo de que una nueva catástrofe se avecine sobre mi cabeza. Sí, aquel lugar era duro, pero no mas que lo que imaginaba que podía llegar, pues toda la locura creía y crecía a cada isla que atracábamos: Marines envalentonados, gyojin sobre dopados con ganas de demostrar su superioridad física, peleas en cada bar que visitaba con un compañero de mi tripulación; desde luego tenía la negra, la mala suerte siempre me atrapaba. Aunque debía decir que, con compañeros como Alana, con una ética tan... Flexible, digamos, era mas posible que no fuese la suerte la que intervenía en nuestra contra
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#5
La rendición de Han llegó en forma de suspiro, un suspiro pesado, de esos que no significan “estoy de acuerdo”, sino “no me queda energía para seguir discutiendo con tu lógica torcida de mierda”. No tenía ningún tipo de queja con ello, de hecho sonreí ampliamente al escucharle y es que siendo honesta, ese era mi tipo favorito de victoria.

Parpadeé un segundo al verlo agacharse y abrir el zurrón, como si necesitara confirmar que no lo había imaginado. ¿Había funcionado? ¿Mis teorías revolucionarias de huerto y mis tomates felices y libres habían surtido efecto? Probablemente funcionaría mejor la idea de ver a sus propios compañeros desfallecer de hambre tan solo por negarse a robar un par de papas. La cola se me agitó sola, traicionando mis pensamientos y sentimientos, antes de que pudiera detenerla, si es que mi sonrisa no lo había hecho antes.

Bien. Profesionalidad, Alana. Profesionalidad criminal, lo que nunca antes había tenido. Hasta ahora el poder de mis manos se había utilizado para el bien, para curar, por la medicina. Para todo hay un cambio de vez en cuando—. Sabia decisión —murmuré, ya girándome hacia la valla, lista a utilizar mi gran precisión con las manos para el hurto—. La historia te absolverá… o al menos yo.

Me deslicé por el hueco con la facilidad que da medir menos que una azada mal apoyada. La tierra estaba blanda bajo mis pies, húmeda, cuidada. Demasiado cuidada. Ese tipo de suelo que te dice que alguien aquí invierte tiempo, cariño y probablemente palabras bonitas en voz baja; o por el contrario invierte dinero y explotación. Han opinaría lo primero; yo, por el contrario, lo segundo. Aún así no pude evitar sentir un pinchazo de culpa. Pequeño. Brevísimo. Del tamaño de una semilla. Proporcional a mi tamaño. Pero lo cierto es que de la culpa no se vive.

No pienses en eso. Piensa en Kay. Piensa en estómagos vacíos. Piensa en que el mundo es injusto y tú… bueno, tú solo estás equilibrándolo… con pimientos. Me acerqué a las hileras que había señalado Han, agachándome entre las plantas como si alguien me estuviera observando desde cada hoja. Los pimientos colgaban firmes, brillantes, casi ofensivos en su perfección. Arranqué uno con cuidado, luego otro, tratando de no hacer ruido, aunque sabía que eso era más por mí que por cualquier posible dueño invisible. Y otro. Y otro. Varios volaron directos hacia el zurrón. Necesitaba las manos libres para poder operar.

Piratas, vagabundos… al final todos estamos jugando al mismo juego con nombres distintos, pensé, metiendo ahora las papas en el zurrón. Solo cambia el escenario. Y el nivel de peligro. Cogí un par más, “lo justo”, como había prometido (claro, “lo justo” para alimentar a siete bocas es relativo) o como me había autojustificado, y lancé una rápida mirada alrededor. Nada. Solo viento, polvo y silencio. Regresé hacia la valla con el botín, alzando la mirada hacia Han y señalando el saco para que lo viera, triunfante por el logro.

— ¿Ves? —susurré, con una sonrisa ladeada—. Redistribución de la comida controlada. Sin víctimas visibles. De momento. ¿Nos vamos?

Pero por dentro, la sonrisa no era tan firme. Pensé en Dong. En el Cabaret. En los ausentes. En cómo el mar se estaba tragando nombres demasiado rápido. En cómo la promesa de una aventura recién comenzada se parecía cada vez más a una versión salada de la miseria. "Pero no puedo permitirme dudar ahora," me dije mientras me encontraba cruzando de vuelta la valla. Dudar es un lujo. Comer no.

— Oye… —empecé, y me sorprendió incluso a mí—. Si esto sale mal… sigo cargando yo con la culpa. Pero si sale bien… —me encogí de hombros—. Que al menos nadie pase hambre hoy.

Llevé mis manos a mis caderas y forcé una expresión más ligera, casi burlona, como si no acabara de desnudar un pensamiento incómodo. Quería relajar el ambiente. Aunque ese fuese mi tipo de victoria favorita, las que se ganan por desgaste, no me sentía del todo cómoda forzando a nadie a hacer cosas que no disfrutan; pero volviendo lo ya mencionado: comer no es un lujo, es una necesidad. Sin esperar respuesta, eché a andar, con la cola baja y la cabeza ya trabajando en la siguiente justificación moral que necesitaría… por si acaso, veía venir a Han y ética inquebrantable... hasta que hay hambre. Esa bola de pensamientos hizo que no escuchase de fondo un crujido, unas pisadas tal vez.
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#6
Alana seguía intentando quitarle hierro al asunto mientras robaba, seguía intentando convencerme de que lo que hacíamos no era tan malo solo por el hecho de que la víctima no estaba a la vista... Triste consuelo para el ladrón, supongo. Al menos la tontatta me hizo caso -Por una vez en la vida.- y cogió los pimientos que le había pedido. La verdad es que todas las hortalizas estaban exageradamente bien cuidadas, no parecían siquiera reales, menos mal que Alana pudo asegurar que eran de verdad. 

La pequeña tenía las manos diminutas, pero se movía rápido, en un visto y no visto saqueó gran parte del huerto, dejando unas cuantas verduras de cada tipo para el hombre que las había cultivado con su sudor y sus desvelos ¿Qué pensaría mi padre de mi si me viese? Seguramente tendría que haberme detenido hace meses. En parte me alegraba de que mi familia no pudiese ver esta bajeza por mi parte, viniendo de una casta de marines, desconocidos y de ajo rango, pero marines al fin y al cabo. Lo más seguro es que mi madre llorase y me arrease una bofetada y mi padre me pusiera la mano en el hombro e intentaría que devolviese lo afanado antes de tener que dar reporte de mi. 

Por lo menos teníamos la decencia mínima de dejar verduras de cada tipo, tal vez no demasiadas, pero las suficientes como para racionarlas y que una familia de tres o cuatro pudiesen sobrevivir hasta la próxima cosecha, ese era mi paupérrimo consuelo, éramos ladrones, pero honrados, si es que eso existía. Cuando i a la muchacha llegar con su trofeo, un saco lleno de comida, me incliné por encima de la valla, cogiendo el saco para que ella pudiese salir libre por la misma rendija por la que había entrado, la operación había sido un éxito, o eso pensábamos. Debido a mi distracción pensando en mi familia no me percaté de algo, unas pisadas sinuosas. -Puede que haya salido bien, pero no deja de parecerme mal.- Dije con pesadumbre mientras cargaba la bolsa de la compra sobre mi hombro y me alejaba con ella, intentando parecer lo menos sospechoso posible. -La verdad es que se me hace raro que un huerto así no este vigilado. Eso es tener fe.- Malditas mis palabras, pues justo tras acabar la frase escuché un click metálico y acto seguido un enorme estruendo que resonó contra las montañas gracias al eco. Me detuve al instante, pálido como la nieve y con cara de terror mal disimulado "Aais... Lo sabía..." Pensé mientras me giraba lentamente para ver a mi espalda.


Un señor entrado en edades, vistiendo un peto azul y una camisa de franela verde había disparado con su escopeta hacia el cielo y ahora me apuntaba a mi directamente. "¿Por qué siempre me apuntan a mi?" Solté el zurrón y levanté las manos mientras una gota de sudor frío recorría mi frente. -¿Puedo ayudarle en algo señor?- Intenté sonar amable, como si no fuera conmigo el problema, pero todos sabíamos en ese lugar que no iba a librarme de este embrollo con mi encanto personal.

El señor, algo encorvado y con una cara de haber desayunado mal humor escupió al suelo, un lapo negruzco y amarronado, parecía tener formas de vida que nadie podría imaginar, los colgajos de su cuello se sacudieron un segundo. -Tu te piensas que soy idiota, ¿verdad?.- Señaló rápidamente a la prueba del delito, nuestro botín, con el cañón del arma, después volvió a apuntarme a mi. -Qué, ¿repartiendo regalitos, Papa Noel?.- No entendí para nada esa expresión, debía ser oriunda del lugar. -Estoy harto de que los jóvenes os creáis los dueños de todo.- Volvió a escupir al suelo, esta vez con violencia, aún no había hablado y se le veía que su ira aumentaba. Por eso quizás decidí quedarme callado, eso o fue el miedo de llevarme un perdigonazo entre ceja y ceja.

Mi silencio lo incomodaba, claramente, pues agarraba el arma con rabia y su cara se ponía roja a cada segundo de mi silencio. -¿No vas a decir nada en tu defensa, maleante?- Me sentó algo contrariado, no tenía realmente claro si quería que hablase o no, pero, bueno, parecía esperarlo. Tragué saliva y abrí la boca para empezar a hablar, pero en cuanto se escuchó la primera sílaba, ese bruto volvió a disparar al cielo y de nuevo me apuntó, debía quedarle un cartucho en el segundo cañón. -Que no hables idiota ¿Acaso quieres que te haga un ombligo nuevo?-  Pregunta trampa, mejor no decir nada, me quedó claro con la primera. 

Respiré hondo, no era la primera vez que me veía en una situación así, de hecho... Esta experiencia me recordó a aquel momento en la Isla Kárate, allí donde e, hermano postizo de Merlot me apuntó con su revolver directamente a la cara. Aquella vez logré salir airoso, con mis sesos en su sitio, gracias a la sirena de pelo celeste, pero ahora estaba Alana conmigo y, tras ver su actitud en Samba, empezaba a preocuparme por mi integridad, sobre todo la de mi cráneo. 
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#7
Desde mi posición privilegiada, es decir, agazapada entre dos enormes hojas que olían a tierra húmeda y a tentación gratuita, observé la nueva escena que se dibujó frente a mis ojos con los brazos cruzados y el ceño fruncido. ¿En qué momento había aparecido aquel hombre? ¿Sería un jornalero explotado o por el contrario un humilde agricultor? Recé para que fuese la primera opción. Tal vez así no me sentiría tan mal. Pero por su reacción tan desmedida y a la defensiva, tan protectora con el huerto, parecía que sería la segunda opción.

Por alguna razón decidió desquitar toda su ira contra Han. Intuí, probablemente esta vez más acertada, que no se había percatado de mi presencia. El estruendo me había hecho pegar un salto digno de una tragedia griega en miniatura, pero una vez pasado el susto inicial… Entendí lo que había que hacer. La situación era la siguiente: escopeta, anciano, huerto, Han a punto de convertirse en queso emmental. Clásico.

Me asomé apenas un poco más, entre las hojas, lo justo para confirmar lo evidente: no me había visto. Ni rastro. Yo no existía en su mundo. Solo había un pobre desgraciado alto, con pinta de no haber robado ni una manzana en su vida pero que ahora la pobreza le obligaba a llegar a estos extremos, siendo apuntado como si fuese el mismísimo demonio horticultor. Suspiré, llevándome una mano al pecho con dramatismo. Podía escuchar desde la cabeza de Han un sonoro “te lo dije”, ¿o tan solo era mi mente ansiosa adelantándose a los acontecimientos?

Entonces, decidí hacer lo único razonable. Salí de entre las hojas. Pero no salí. Aparecí. Salté sobre la valla y aterricé en lo alto de un nabo con una pose exagerada, brazos abiertos, cola erguida, sacando pecho como si estuviera a punto de cantar un aria—. ¡ALTO AHÍ, VILLANO! —proclamé con voz clara, firme y absurdamente solemne para alguien de mi tamaño. ¿Quién era el villano? Ni yo lo tenía claro, por el momento.

El señor dio un respingo tan violento que el cañón de la escopeta se le fue hacia un lado, lo cual me asustó bastante; tuve que controlar una expresión de sorpresa—. ¡¿QUÉ COÑO—?!

— ¡NO DISPARE! —añadí enseguida, levantando una mano diminuta pero autoritaria, exagerada más bien—. ¡Soy una criatura mágica, no un pato! —¿un pato? ¿Por qué un pato? El hombre parpadeó incrédulo. Una vez. Dos. Bajó lentamente el arma… solo un poco.

— ¿...qué demonios es eso…?

— Eso —dije, llevándome una mano al pecho con falsa dignidad herida, aunque en el fondo sí había ofendido un poco— es Alana, representante oficial de la clase trabajadora hambrienta, portavoz de los oprimidos sin despensa y, ocasionalmente, hada del bosque cuando conviene.

Silencio. Podía ver cómo su cerebro hacía esfuerzo mental, ¡incluso físico si me apuras!—. ¿...un… muñeco?

— ¡MUÑECO NO! —grité, ofendidísima, mentira, no estaba ofendida, pero había que actuar como si lo estuviera. La escena desde fuera tenía que verse sobreactuada, al menos para aquel que me conociera—. ¡Soy una persona muy pequeña! ¡Y con derechos! Pocos, pero intensos.

— ¿Y qué hacías tú… ahí?

El cañón bajó un poco más. No del todo. Pero progreso es progreso. Me giré despacio, señalando el huerto con un gesto amplio, casi teatral, desmedido.

— Contemplando una acumulación obscena de medios de producción agrícolas, señor. Y considerando una redistribución simbólica en forma de cena.

El viejo frunció el ceño, escupió otra vez al suelo y volvió a mirarme. Alzó la escopeta. Mierda. Todo mi trabajo y esfuerzo se fue a tomar por cleta—. ¿Así que eras tú la ladrona…?

— Expropiadora —corregí—. Es un matiz importante —y entonces el objetivo de su cañón cambió: apuntaba a una servidora. ¡Joder! Me armé de valor y di unos pasos sobre la tierra, dejando huellas diminutas mientras hablaba con pasión, vamos, improvisé—. Mire a ese hombre —dije, señalando a Han sin mirarlo siquiera—. ¿Le parece un criminal peligroso? ¿Un azote del campo? ¿Un terror del nabo?

El hombre gruñó. Después, escupió. Que arte para producir tanta saliva—. Tiene pinta de tonto —que difícil hacía lo de no reírme. Cuanta sinceridad tenía el caballero. Era digno de admirar.

— Exacto —asentí con fuerza—. Inofensivo. Y hambriento. Como yo. Como todos. La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases… y ahora mismo vamos perdiendo por inanición.

El silencio volvió a caer, roto solo por algún insecto y el leve temblor del arma del anciano. El hombre resopló. Mi actuación estaba haciendo efecto, o más bien se estaba cansando y hartando de mis mierdas. ¿Cuál sería la respuesta correcta?—. Estáis como cabras…

— Como cabras con principios —añadí rápidamente. Supervivencia. Esto, en igualdad de condiciones, no lo toleraría.

Di media vuelta y miré a Han, quise hablar pero en el momento en que me di la vuelta, el anciano aprovechó para recargar el arma y disparar en mi dirección. El disparo pasó silbando por encima de mí y fue a estrellarse contra la valla del huerto, arrancando astillas que cayeron como lluvia a mi alrededor. No me moví. Ni un paso atrás. Ni un parpadeo. Dejé de mirar a Han y alcé lentamente la mirada hacia el anciano.

— Me estoy cansando de tus tonterías.

El hombre volvió a apoyar la culata de la escopeta contra su hombro, mascullando algo entre dientes. Se desplazó. Un paso. Dos. El cañón se alzó… y pasó de largo. Apuntaba ahora a Han—. Tú —escupió—. El grandote. Si has tenido los huevos de venir a meter las manos en mi tierra —continuó, con voz grave, cargada de años y de orgullo—, los tendrás también para responder como un hombre.

Bajó la escopeta apenas unos centímetros, lo justo para que no pareciera una ejecución… sino una invitación.

— Un duelo. Limpio. A disparos. Como Dios manda. Si ganas, os lleváis lo que queráis. Y os marcháis. Si pierdes… el huerto se cobra la deuda.
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#8
Era desafortunado que me estuviese apuntando a mi, pero hubiese sido peor si se hubiese percatado de la presencia de Alana, ella no se curaba con tanta facilidad como yo, seguramente un escopetazo le daría jaqueca una semana, eso como mínimo claro. Así que, dentro de lo malo, que un tipo me apunte a mi, no era el peor escenario posible en esta situación. Miré fijamente al señor, claramente enfadado "Quizás Alana sea inteligente y se vaya escondida, puede que sea capaz de resolver esto yo solo" Qué mas hubiese querido, ya que, claramente, la tontatta no iba a irse y dejarme solo, algo muy noble por su parte, noble y estúpido claro. De un grito soltado a pleno pulmón, exigió al hombre que se detuviese, lo llamó villano, yo la miré sorprendido al escucharlo "Pero qué villano ni que ocho cuartos, si los ladrones somos nosotros" De nuevo el sudor frío recorría mi cuerpo, ahora no tenía que preocuparme de salir airoso, tenía que impedir que le dejasen como un colador a ella también. 

Sin saber muy bien por qué, - en realidad no tenía ni idea de qué estaba haciendo.- Alana decidió hacerse pasar por una criatura mágica. Mi rostro cada vez se notaba mas contrariado. "De esta no salimos enteros ni con fe" Pensé mientras mi mirada cambiada entre ella y el señor cada vez que uno de ellos hablaba, yo me mantuve callado en mi posición, que si me hacía notar estaba mas que seguro que el primer disparo me lo iba a llevar yo. Le faltó tiempo a la pequeña para ponerse reivindicativa, explicando que era portavoz de los hambrientos y un hada, solo cabía esperar que ese tipo fuera fuertemente imbécil y se lo tragase, pero... ya habría que ser harto imbécil, sinceramente. 

Desfachatez tras desfachatez, mi pequeña camarada parecía convencer al señor jornalero, pero eso solo fue al principio, en cuanto la mujer admitió el delito cerré los ojos y agaché la cabeza con un claro rostro de resignación. -Aaaiis...- Yo ya tenía claro que Alana no era el navío mas rápido de la tripulación, pero jamás pensé que pudiera auto inculparse sola de un delito intentando librarse de este, sencillamente absurdo. Como era de esperar el hombre entendió que nosotros fuimos los perpetradores del crimen, sin perder la ocasión de llamarme tonto junto con mi compañera, aunque... Pensándolo bien, que se pensase que era retrasado si quería, si eso hacía que pudiésemos irnos sin plomo en el cuerpo estaba mas que dispuesto ha ponerme un cono de tonto en la cabeza. 

Finalmente el agricultor volvió a apuntarme, como no, y yo volví a rezar en silencio para librarme. Así nos mantuvimos unos segundos que a mi se me hicieron eternos, pasaron como minutos completos ante mi percepción, hasta que, por azares del destino, el viejo determinó que tirotear a un hombre indefenso podía verse como algo deshonroso, retándome entonces a un duelo con pistolas, eso por lo menos me daba una oportunidad de salir sin perforaciones, pero había ciertos problemas con esa idea. La primera es que la idea de disparar a alguien a sangre fría no era para nada de mi agrado, no era un asesino de esa calaña, yo si mataba era solo en casos de estricta necesidad imperiosa, la segunda, pero no menos importante por ello, era que yo, apenas si había tocado un arma.-Pero yo no tengo pistola, señor.- Dije con un tono bajo y tranquilo, lo último que necesitaba era poner mas nervioso al anciano desquiciado que tenía delante. 

El viejo se rio, parecía que había soltado el chiste mas gracioso del planeta sin saberlo. -Vaya desperdicio... En fin, no pasa nada, yo tengo un revolver de sobra.- No me había fijado, pero en cada una de sus cartucheras llevaba un revolver exactamente igual a los demás. Se acercó a mi y me dio una de las cartucheras, seguramente la de su mano no dominante para que el duelo no le resultase una desventaja para él. -Muy bien, te explico como va esto: Ahora nos ponemos espalda contra espalda, damos diez pasos en dirección contraria cada uno, nos damos la vuelta para estar de frente y en duelo habría empezado, el que mate al otro primero gana.- Las normas eran sencillas, básicamente alejarse los dos a la vez para no dispararnos a traición y luego un sálvese quien pueda. Ahora solo faltaba encontrar las ganas de hacer esto.
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#9
Abrí los ojos como platos. No. No, no, no. Esto no estaba en el plan. Giré la cabeza despacio, muy despacio, primero hacia el anciano… y luego hacia Han. El mundo pareció ralentizarse. El huerto, el polvo, el sol cayendo justo en el ángulo dramático perfecto. Si aquello era una obra de teatro, alguien había decidido saltarse directamente el segundo acto y pasar al final trágico.

— ¿…perdona? —dije, alzando la voz un poco más de la cuenta—. ¿Matar?

Me llevé ambas manos al pecho, exagerando el gesto como si acabara de recibir una puñalada invisible. Si el agricultor era capaz de sobredimensionar el precio de sus verduras como para equipararla al valor de la vida de una persona (esto dolía en mi orgullo de médico), yo sobredimensionaría mi actuación. Por fortuna en mayor o menor medida Han saldría indemne de este suceso, pero eso no suponía que yo me quedase quieta, viendo como el duelo ocurría—. No, no, no, no. Un momento —sacudí la cabeza con fuerza—. Esto ha escalado rapidísimo.

Señalé el huerto con tanto énfasis como alguien de mi estatura pudiera hacerlo.

— Empezamos con zanahorias y hemos acabado en asesinato legalizado. ¿No hay un paso intermedio? ¿Un debate? ¿Una multa simbólica? ¿Un “devuélveme los tomates y vete a casa a pensar en lo que has hecho”?

El anciano hablaba de cartucheras, de reglas, de pasos contados, y yo sentía cómo me subía algo caliente por el estómago. No miedo. Indignación. En primer lugar: que Han pagase por mis pecados no era justo, por mucho que el pecado fuese para un bien común; en segundo lugar: ¡joder, que estamos hablando de una vida humana!

— ¡Y encima diez pasos! —exclamé—. ¿Sabes lo que son diez pasos para alguien que no ha disparado en su vida? ¡Una sentencia con margen de error!

Realmente no sabía si Han había disparado alguna vez. ¿Sería capaz de apuntar y disparar con tanta rapidez cómo se curaba? Sin querer averiguarlo, di un par de pasos hacia delante, plantándome entre ambos sin pensar demasiado en mi tamaño, pues no hacía ni siquiera la labor de una valla.

— Oye —miré al viejo, apuntándole con un dedo, diminuto, sí, pero firme—. Él no es un pistolero. No es un bandido. No es ni siquiera especialmente intimidante. Tú lo has dicho: parece tonto.

Incliné la cabeza hacia Han, casi protectora. ¿Protectora pero le insultaba? El cariño a veces juega en unos límites bastante difusos—. Es cocinero. Lo más peligroso que ha empuñado hoy es una cuchara, y ni siquiera es el mejor, pero se deja comer.

Había que darle pena a aquel iracundo señor. Así que me giré hacia Han entonces, dramatizando todavía más, bajando la voz como si aquello fuese una tragedia griega a contar. Bajé el dedo firme.

— Dime que no estás considerando esto —levanté los brazos—. ¡Dime que no vas a aceptar un duelo a muerte por unas hortalizas! ¡Por nuestro amor!

Me llevé una mano a la frente, fingiendo una ligera molestia en las piernas que me quitaba la fuerza en estas y que, por consiguiente, fuese a desfallecer del disgusto.

— Esto es literalmente cómo mueren los buenos en las historias malas.

Respiré hondo. Uno. Dos. Incluso tres. Intenté recomponerme… sin demasiado éxito. Podría haberme recompuesto, sí, pero no quise que fuese así. La actuación tenía que ser excelente.

— Además —añadí, señalando la cartuchera que acababan de darle; no parecía tener fin mi extraño monólogo—, esto está amañado. ¡Es su terreno, su arma, su idea y su maldito huerto!

Miré al anciano con una sonrisa falsa, peligrosamente dulce. Di un paso atrás, cruzándome de brazos, cola agitándose de un lado a otro con nerviosismo contenido.

— Mira —dije al fin, más seria, sin abandonar la concordancia del dramatismo adquirido— ...hemos metido la pata. Vale. Pero esto…

Negué despacio, desaprobando la situación de forma tanto verbal como no verbal—. Esto no va de honor. Va de orgullo. Y el orgullo no alimenta a nadie.

Sin la comida, nosotros ya estábamos muertos. ¿Para qué adelantarla? Alcé la vista hacia Han una última vez, o más bien como si fuese la última vez, bajando un poco el tono, pero sin perder intensidad.

— Si vas a hacerlo —murmuré, forzando en esta ocasión las lágrimas en mis ojos, aunque más bien consiguiendo que se aguasen—, al menos hazlo sabiendo que es una locura… y dime que me quieres.

Y luego miré al anciano, clavándole los ojos. Los ojos de una mujer iracunda, dolida, vengativa. Aunque sabía que no me quedaba más remedio que quedarme quieta mirando cómo convierten una cena improvisada en un funeral. El silencio volvió a caer, pesado, tenso, con el sol observándonos como un testigo cruel. Y yo me quedé ahí, pequeña, furiosa, exagerada… pero absolutamente decidida a no dejar que aquello acabara sin decir todo lo que tenía que decir. ¿Nuestra única escapatoria? Que matase a Han y con ello desfogase su ira sin sentido, me dejase llevarme su cadáver para enterrarlo y salir de Whisky Peak con la misma rapidez con la que habíamos desembarcado.
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#10
Diantres, parecía que ese señor lo tenía todo pensado, primero me amedrenta y luego, para que no lo llamen cobarde prepara un duelo, incluso traía armas de sobra para poder realizarlo. Para qué engañarnos, si hubiese estado solo habría salido corriendo nada mas escuchar el primer disparo, pero estando Alana no podía quedar como una persona tan cobarde, tenía que mantener la calma y la cabeza fría, estaba seguro de poder zafarme de aquella confrontación. 

Al menos eso pensé al principio, mientras todos estuviésemos calmados todo era controlable, Alana claramente no pensaba igual. Rápidamente se dejó llevar por las emociones y el dramatismo de la escena, parecía una amada intentando que su amado no fuese a la guerra. "Lo que me faltaba..." Pensaba al ver la escena que la chiquilla había montado, ya no había otro camino, tenía que calmarle y no echarme atrás, si no aceptaba quien sabe qué es lo que haría, a fin de cuentas... No es que fuese a matarme ¿No?. La verdad es que no había experimentado el que disparasen con un arma de fuego, solo podía confiar en que mis poderes curativos fuesen lo suficientemente bueno y rápido como para no morir desangrado o por una infección o Dios sabía que. 

No quería hacerlo, que demonios, mi mente todavía estaba buscando formas de librarme de aquello, pero, sin saber muy bien por qué, me agaché y le puse una mano en el hombro a Alana, quería que se tranquilizase, yo no dejaría que le hicieran nada malo, y no quería se que desviviese entre agonía y llanto por mi vida. Eso era lo que hacían los amigos, ayudarse entre ellos y no crear preocupaciones en los demás, y si esta era la única forma de que Alana no saliese herida era llevándome yo los disparos, que así fuese. Alcé un pulgar tembloroso con la otra mano y le sonreí con un rostro claramente aterrado, con goterones de sudor frío en mi frente. -Ten... Ten fe.- Un hilo de voz raquítico salió de mi garganta, escupidas con menos convicción que la de un ateo "¿PERO QUÉ ESTAS DICIENDO IMBÉCIL? SAL CORRIENDO Y NO MIRES ATRÁS." Me levanté despacio y decidido, mirando al hombre con una sonrisa de medio lado que mostraba una fanfarronería inexistente, solo pretendía parecer confiado, pero el temblor de mis piernas me delataba sin remedio alguno. -Acepto los términos.- Comencé a acercarme a él para coger el arma. El señor se contuvo la risa, seguramente estaría pensando que iba a ser pan comido, que matarte no le llevaría demasiado esfuerzo, bueno, eso es lo que piensa todo el mundo; y siempre salía por mi propio pie de todos lados. 

El hombre cogió una de sus cartucheras con un revolver y me lo dejó caer en las manos con desdén, yo solo intenté que no se me cayera torpemente, para después atarlo en mi cinturón a una altura cómoda para desenfundar lo más rápido posible, cualquier ayuda sería poca. Después nos dimos la vuelta espalda con espalda y comenzamos a caminar al compás de la cuenta del tipo, que lo contaba despacio para asegurarse mediante el oído que yo también había dado el paso y no hacía trampas ni salía huyendo. -...Ocho, nueve y diez.- Con el último paso se creó el silencio mientras nos dábamos la vuelta y nos mirábamos a los ojos fijamente, se le veía decidido, yo solo intentaba no parecer demasiado idiota durante aquella épica escena. Respiré hondo, aflorando la tensión y la ansiedad por saber cuando desenfundaría él y si me daría tiempo a hacerlo a mi antes, mi única experiencia con pistolas era en la feria del pueblo con una de balines y el cañón desviado, no se me daba mal, pero no creo que fuese una practica lo bastante excelsa como para decir que estaba listo para esto. 

Los segundos pasaban, mis manos sudadas temblaban sin saber cuando actuar, pero entonces el ambiente cambió por completo, un halcón cantó en la lejanía y el viejo abrió los ojos de par en par fugazmente, ese era el momento, era el todo o nada. Intenté desenfundar lo más rápido que pude, él también lo haría. Un golpe de viento levantó polvo que enturbiaría la visión de los presentes, pero no ensordecería los disparos. 

BANG BANG BANG

Tres poderosos petardazos se escucharon en el aire, después un silencio agónico que se mantuvo por unos cuantos segundos hasta que el polvo se disipó, lo que se vio después hubiese dejado sin palabras a cualquiera. El hombre no solo había desenfundado, era el que había disparado tres veces, yo aún estaba intentando sacar la pistola de su funda, que se había atascado la muy desgraciada. -Claro, por eso me ha dado esta, será desgraciado.- Dije mirando hacia mi arma, la cual seguía encallada en la funda, forcejeando sin éxito hasta que empecé a notar un dolor punzante en tres zonas de mi torso, entonces fue cuando recordé que estaba pasando. Miré mi cuerpo, viendo tres claro boquetes: uno en la zona de mi corazón, otra en mi costillar derecho y otro en mi abdomen, me había dado de pleno el muy descarriado; entonces miré despacio hacia el hombre que durante los primeros tres segundo sonreía, pero luego dejaba clara una preocupación y un asombro mayor a cada instante que no me veía caer. -Es que... ¿No se muere?...- Aquella frase que dijo fue lo que me dio la idea. 

Observé rápidamente a Alana, viendo que tenía el saco de verduras al lado todavía, le guiñé un ojo, pues esto requeriría de complicidad por su parte y buenas dotes de actuación. Me llevé las manos a la tripa y con la peor cara fingida de dolor me tiré al suelo de culo y despacio, bastantes daños me había llevado ya. -Aaahhh... No... ¿Es este el final?...- Miré hacia el cielo y observé el sol. -Veo... Una luz...- Dije dramáticamente, con suerte Alana me seguiría el juego y me arrastraría a mi y, con el mayor disimulo posible, el zurrón con el botín que tanto nos estaba costando conseguir. 
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