¿Soy una Vikinga? [FIC]
#1
Día 51 de Invierno año 16
South Blue | Baterilla 

Sigrid Birkisson estaba sentada en el borde del catre asignado al personal médico raso del hospital de la isla, una habitación sencilla, sin lujos, compartida con otros marines de bajo rango que entraban y salían según los turnos, y aunque su tamaño obligaba a que la cama estuviera reforzada y separada del resto, no había privilegios especiales, ni placas con su nombre, ni honores visibles; era una soldado raso, una más en la cadena interminable de uniformes blancos y azules que sostenían la Marina desde abajo, y eso era algo que ella entendía, aceptaba y, en el fondo, apreciaba, porque no había venido al mundo para ser tratada como algo especial, sino para trabajar, para ayudar y para cargar con lo que otros no podían. Sus enormes manos descansaban sobre sus rodillas mientras miraba el suelo, escuchando el murmullo distante del hospital, los pasos apresurados, las voces cansadas, los gemidos apagados, y en medio de todo ese ruido cotidiano, una pregunta simple, casi absurda, empezó a tomar forma en su mente con una claridad que la incomodaba más que cualquier herida de combate: ¿soy una vikinga?

No era la primera vez que pensaba en ello, pero sí la primera vez que la pregunta se sentía tan pesada, tan insistente, como si no pudiera ignorarla simplemente riendo o siguiendo adelante. Había nacido en el North Blue, eso era un hecho, en una aldea de buccaneers tan grande y brutal como las historias que el resto del mundo contaba sobre ellos, una raza temida, malentendida, reducida a mitos de violencia y guerra, y aunque sus recuerdos de aquel lugar eran fragmentos sueltos, imágenes borrosas de hielo, madera oscura y voces profundas, había algo en su cuerpo que nunca olvidó ese origen, algo que se activaba cuando la situación lo exigía, una llama interna que no había aprendido en libros médicos ni en entrenamientos de la Marina, sino que simplemente estaba allí desde siempre. Su madre había hecho todo lo posible por alejarla de ese destino, arrancándola de raíz de aquella tierra fría para llevarla al South Blue, a un clima más amable, a una vida nómada pero menos sangrienta, trabajando donde fuera necesario, cargando, reparando, protegiendo, sobreviviendo, y aun así, incluso en ese intento desesperado por cambiar el rumbo, Sigrid había crecido grande, fuerte, con un espíritu que no se doblegaba fácilmente, ayudando desde niña en trabajos que no correspondían a su edad ni a su género, sonriendo mientras levantaba pesos imposibles, observando el mundo con paciencia y una alegría honesta que parecía desconcertar a quienes esperaban miedo o agresividad.

El uniforme que llevaba ahora era distinto a cualquier cosa que hubiera visto en su infancia, limpio, ordenado, con insignias que no significaban poder sino responsabilidad, y aun así, seguía siendo el uniforme más humilde dentro de la estructura de la Marina, porque como soldado raso no daba órdenes, las recibía, no decidía destinos, los cumplía, no hablaba en nombre de la justicia, simplemente la ejecutaba cuando se le pedía, y eso la colocaba en una posición curiosa: era enorme, intimidante, poderosa, pero al mismo tiempo estaba en el escalón más bajo, y esa contradicción la acompañaba a cada paso, recordándole que la grandeza no siempre venía acompañada de autoridad ni reconocimiento. Había escuchado comentarios, murmullos, algunos respetuosos, otros despectivos, marines de rango superior que la miraban como una herramienta útil, civiles que la veían como una bestia exótica, pacientes que dudaban antes de confiarle su vida, y aun así, Sigrid nunca había respondido con rencor, porque su honestidad no le permitía fingir algo que no sentía: ella estaba allí porque quería estarlo, no por gloria, no por tradición, sino porque creía sinceramente que arrestar a los malos, proteger a los buenos y usar sus manos para sanar era una forma válida de vivir.

Mientras se levantaba para iniciar otro turno, inclinando ligeramente la cabeza para no golpear el marco de la puerta, la pregunta volvió, esta vez mezclada con recuerdos recientes del hospital, de los heridos que había atendido, de los gritos, de la sangre, de los momentos en los que había tenido que usar su fuerza no para curar, sino para detener a alguien, para imponerse, para pelear, y cada vez que eso ocurría, algo dentro de ella se encendía con una familiaridad inquietante, una sensación de estar exactamente donde debía estar, incluso si ese lugar era violento, incluso si sus manos, hechas para salvar, también sabían destruir. Recordó cómo algunos pacientes la miraban con miedo al principio, cómo otros se tranquilizaban al escuchar su voz grave y constante, cómo más de una vez había tenido que decir la verdad sin suavizarla, porque no sabía mentir, porque no podía prometer lo imposible, y aun así, se quedaba con ellos hasta el final, aunque solo fuera para hablar, para acompañar, para no dejarlos solos, y en esos momentos, cuando la vida pendía de un hilo, no se sentía una guerrera ni una vikinga ni una soldado, se sentía simplemente alguien grande sosteniendo algo frágil con todo el cuidado del mundo.

En uno de los pasillos, mientras ayudaba a mover a un paciente, un marine de mayor rango pasó sin mirarla, dándole órdenes rápidas y secas como a cualquier otro soldado raso, y Sigrid respondió con un “sí, señor” firme y respetuoso, sin rastro de resentimiento, porque sabía cuál era su lugar, y no le molestaba, pero cuando el hombre se alejó, no pudo evitar pensar en cómo, en otra vida, en otra tierra, alguien como ella habría sido líder, guerrera, figura central de historias cantadas alrededor del fuego, y en cambio aquí era una pieza más, una enorme, ruidosa y torpe pieza, pero una más al fin y al cabo. Y aun así, no sentía que estuviera desperdiciando algo, porque la Marina le había dado algo que su aldea natal nunca le habría ofrecido, la posibilidad de elegir para qué usar su fuerza.

Al final del turno, agotada, con el cuerpo pesado pero la mente sorprendentemente clara, Sigrid se quedó de pie frente a una ventana del hospital, observando el puerto, los barcos entrando y saliendo, los civiles caminando ajenos a las batallas internas que ella libraba en silencio, y allí, con el reflejo de su propia figura ocupando casi todo el vidrio, la pregunta dejó de sonar como una duda y empezó a transformarse en algo distinto, más profundo, menos binario. ¿Era una vikinga? Sí, su sangre lo era, su cuerpo lo era, su impulso al combate lo era, su risa estruendosa, su incapacidad para rechazar un desafío, su fuego interno, todo eso pertenecía a una herencia que no podía ni quería negar. ¿Pero eso la definía por completo? No. También era una médica que salvaba vidas, una soldado raso que obedecía órdenes sin quejarse, una mujer honesta hasta el extremo, alguien que creía que la fuerza no servía de nada si no se usaba para proteger a quienes no podían defenderse solos.

Sigrid apoyó la frente contra el vidrio frío y sonrió, cansada pero tranquila, entendiendo por fin que no tenía que elegir entre una cosa y otra, que no estaba traicionando a su origen por sanar en lugar de conquistar, ni traicionando a la Marina por sentir placer en la batalla cuando esta era inevitable, porque ella no era una historia antigua repetida sin pensar, ni un simple número en la jerarquía militar, era algo nuevo, algo que existía justo en medio, y si el mundo no sabía cómo llamarlo, eso no era su problema. Enderezándose, ajustó su uniforme una vez más, respiró hondo con esos pulmones de hierro que la mantenían firme incluso en el agotamiento, y antes de volver al trabajo, respondió a la pregunta en voz baja, con una sonrisa amplia y honesta, como todo en ella: sí, soy una vikinga, pero soy muchas más cosas también, y ninguna de ellas se contradice.
[Imagen: Ndhw6vS.jpeg]
  Responder


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)