[Pasado][Fic] Stavrós
#1
No podía dormir. Era raro en ella, pues dormir era una de sus actividades preferidas, pero... Estaba nerviosa, y estaba tan cansada que le costaba conciliar el sueño, uno de esos extraños fenómenos que todos hemos sufrido alguna vez. Como cuando has estado muchas horas sin comer, que al final se te acaba incluso olvidando. Aprovechó su estado de inesperada vigilia para montar guardia en el escondite improvisado que se habían agenciado. Era el segundo día que estaban allí, aún no habían llamado demasiado la atención, pero debían tener cuidado, así que se habían dedicado a montar guardia y hacer turnos para dormir y vigilar. Ya estaban acostumbrados a aquella actividad, pues como buenos revolucionarios, uno no podía dormir con ambos ojos cerrados. La noche ocultaba muchos horrores, y ellos eran considerados casi unos terroristas...

El caso es que Nadja estaba montando guardia, siendo la única despierta en aquella habitación, con sus dos compañeros completamente fuera de combate y recuperando energías tan relajados que darían envidia a cualquiera. Supongo que eso reflejaba lo bien que confiaban en Nadja, o no dormirían a tan pierna suelta. La joven se había preparado un café, pues a pesar de no tener demasiado sueño, no se fiaba del todo de ella misma. Sabía a mierda, no había leche ni azúcar con el que mezclarlo, pero le daba más o menos igual, hacía de tripas corazón, como quién tiene que tomarse la medicina que está claramente malísima, pero tienes que hacerlo si te querías curar. Pues para Nadja el café en ese momento era lo mismo que un jarabe. Por lo menos estaba calentito... adoraba la comida bien caliente, siempre le recordaba a su hogar. Ahora se encontraba un poco lejos, pero con suerte no tardaría demasiado en volver. Sentía cierta morriña, sí, aunque le costaba admitirlo pues siempre se estaba quejando de lo aburrida que le parecía ya Arabasta después de veintiocho años allí como una tonta. Y es que ya se conocía la ciudad y la isla como la palma de su mano, y ella no quería eso, quería lo desconocido, lo nuevo, lo salvaje.

En la zurda sujetaba la taza de café, por el asa para no quemarse, mientras que en su regazo sostenía su fusil. Se sentía un poco nostálgica, y cuando se sentía así le daba por acariciar su querida arma. Le hacía recordar muchos momentos, muchas experiencias... la mayoría buenas, pero había una tan mala que al final siempre arrastraba al resto y las inundaba de un aire de tristeza y melancolía. Nadja nunca olvidaría aquel día, el día en el que ganó un nuevo arma, pero perdió a un gran amigo.

6 años antes...

— ¡CORRED! — Disparos, resonaron por todo el eco de la habitación, de forma seca y brutal. Una salpicadura y luego un goteo: le habían dado de lleno. El cuerpo de su compañero había caído al suelo, aunque aún le quedarían algunos segundos de vida, los cuales utilizó para observar cómo Nadja y Ruby huían despavoridos de la escena. El joven agarraba a la rubia de la mano, corría más rápido que ella y así la ayudaba a seguirle el ritmo y no quedarse atrás. Nadja hacía lo que podía, odiaba correr, el ejercicio físico en general no era lo suyo, estaba empezando a sentir cómo el flato le dolía en el costado izquierdo y respiraba con dificultad, cansada y completamente desesperada por aquella situación. Menos mal que Ruby la ayudaba, él era tan fuerte... ¿pero cómo había podido todo acabar tan mal?

La operación era sencilla... parecía sencilla. Era un plan de infiltración, como muchos otros que habían realizado en el pasado. Solo eran tres, Ruby, Nikolay y ella, y todos eran experimentados en el terreno de pasar desapercibidos. Habían estado vigilando aquel edificio durante semanas, anotando a todo el mundo que entraba y salía, los horarios, la vigilancia que había... todo lo que se te podría ocurrir. Pero no había sido suficiente, ningún esfuerzo lo fue. Ninguno de los tres se imaginaba que aquel botín contaba con tanta seguridad. Sabían que el cofre debía contener algo importanto, pero... ¿tanto? ¿Qué tipo de tesoro escondía aquel cubo de metal con candado? Aún no lo sabían, pero desde luego, para Nadja el precio había sido demasiado alto...

Acababan de perder a Nikolay, y si no se daban prisa y encontraban la forma de escapar, ellos correrían el mismo destino fatal. Nadja sintió como los ojos se le humedecían, pero se retuvo las ganas de llorar que sintió cuando escuchó el último aliento de su compañero caído. No era el momento de derramar lágrimas. Ruby la agarraba del brazo y ella se fiaba de las direcciones y caminos que su amigo iba eligiendo y sorteando, al fin y al cabo, conocía mejor que ella el interior de aquella base. Finalmente consiguieron que los marines le perdieran la pista, al menos por un momento. Se encerraron en una habitación vacía, bloqueando la puerta con una silla. Nadja cayó al suelo, derrumbada por el cansancio físico y emocional que sentía en ese momento. — N-N-N-Ni-kolay... él... — No le salían las palabras. Su amigo acababa de morir. Ruby estaba visiblemente nervioso. — Shhhh... calla, no hagas ruido, ¿vale? Lo sé, lo sé. — La abrazó, fue un gesto rápido pero lo suficientemente cálido como para que Nadja despertara un poco. Estando los dos agachados en el suelo, escucharon como la patrulla marine pasaba por el pasillo, fuera de la puerta que habían atravesado. Él le llevó la mano a la boca para asegurarse que la joven no hacía ningún ruido. Una vez fue seguro de nuevo, apartó la mano y la agarró por el hombro, comenzando a susurrar. — Escúchame, creo que se dónde estamos. Tenemos que salir y tomar el pasillo hacia la izquierda, luego giramos a la derecha y en ese mismo lado hay otra habitación con una ventana. La abrimos y subimos al tejado, yo lo haré primero y luego te ayudaré a subir conmigo, una vez arriba vamos saltando de tejado en tejado y nos separamos para despistarles. Y nos reuniremos en casa, los dos bien, sanos y salvos, ¿has entendido? — Nadja asintió, completamente callada, devolviéndole la mirada tan intensa que le estaba clavando. Tenía que centrarse, tenían que conseguir salir de ahí, por Nikolay.

Nadja se aferró al cofre como si fuera un tesoro y comenzó a seguir a Ruby a través del pasillo. Estaba un poco más tranquilo, pues los marines les habían perdido la pista. No sabían dónde estaban, y con suerte, no lo descubrirían tampoco. Finalmente lograron llegar a la habitación que Ruby mencionó, con una pequeña ventana que daba a la calle. Bloquearon la puerta de nuevo para evitar ser seguidos y abrieron la ventana. Siguiendo el plan, el primero que salió y que subió al tejado fue Ruby. — Dame el cofre. — Nadja le hizo caso sin decir nada. Con él en las manos no podría subir bien. — Vale, ahora dame la mano. — Hizo caso de nuevo. Estaba a punto de llegar al tejado cuando llamaron a la puerta de la habitación, intentando abrirla con violencia. — ¡Están aquí! — Gritó un marine desde el otro lado. — ¡Hay que correr! — Ruby terminó de subir a Nadja al tejado, la rubia volvió a agarrar el cofre y ambos reanudaron la carrera.

Saltaron del tejado de la base hasta el de una casa residencial, pero les habían visto, el marine de la puerta dio el aviso de que estaba escapando y rápidamente el resto del pelotón salieron a la calle para perseguirles y dispararles desde lejos. — ¡Tú ve por la derecha! — Estuvieron a punto de separar caminos, cuando... otro disparo. Otro maldito disparo. Esta vez la bala había impactado de lleno en la espalda de Ruby. Se le había incrustado en el torso, y el joven no pudo evitar, por el impacto del golpe, perder el equilibrio y caer hacia delante, sobre el cuerpo de Nadja. Ambos caeron al suelo, con la suerte de que así quedaban ocultos del resto de disparos por una cobertura que les ofrecía el mismo tejado. Los ojos de Nadja se abrían como platos, se inundaban de lágrimas que volvían su vista borrosa... no se atrevía a mirar, sabía que si lo veía, aquello se volvería real... quería quedarse a vivir en aquella incertidumbre, en aquellos pocos segundos que pasaron como horas y donde aún no había pasado nada, donde su amigo no estaba a punto de morir en sus brazos. La sangre empezaba a derramarse y su cuerpo no pudo obviar más el hecho de que una cálida y húmeda sensación empezaba a llegar a su pecho y a sus manos. Y entonces le miró. No podía ver su herida, pero su cara... su expresión reflejaba perfectamente lo que le estaba ocurriendo. Se estaba muriendo. Y Nadja no podía hacer nada por evitarlo, ni si quiera sabía qué decir. La impotencia recorría su cuerpo y el miedo estuvo a punto de apoderarse de ella. Ruby no era solo un amigo... tuvieron momentos bonitos, momentos que van más allá de la amistad, aún no era nada oficial, pero... ya era demasiado tarde. — Por favor, no... — Su voz se quebraba. No sabía qué decir. — Escúchame... tienes que huir, tienes que sobrevivir. — Poco a poco, le había dejado su rifle encima de las manos a Nadja. — Cuídalo bien... y no te olvides de mi, ¿vale? — Estaba sonriendo, ¿cómo podía ser? Nadja le besó, corto pero intenso y agarró con fuerza el rifle que le había dado para echárselo rápidamente sobre el hombro. — Trranquilo... estate trranquilo... no te olvidarré, Ruby, nadie lo harrá. — Le limpió la cara de las lágrimas y sonrió mientras ella misma lloraba también. — Corre, corre de una vez... — Tenía que obedecer.

Hizo de tripas corazón, respiró hondo. El sacrificio de ambos no podía ser en vano, si fallaba ahora, sus compañeros habrían muerto para nada. Nadja salió corriendo, moviéndose más rápido de lo que nunca había hecho. Y lo consiguió. Llegó al refugio. Se fueron tres, pero solo volvió una. ¿Había merecido la pena? Entre los demás revolucionarios que aún quedaban, abrieron en conjunto el cofre metálico que consiguieron robar de la base marine... dentro había una fruta del diablo.

Vuelta a la actualidad...

Mientras recordaba todo eso, Nadja le dio el último sorbo a su repugnante café. Ya no había más lágrimas que derramar... pero efectivamente, cada vez que acariciaba su preciado rifle, recordaba a Ruby, todo lo que habían pasado juntos, todo lo que el mundo les arrebató. Era toda la motivación que necesitaba para continuar con su camino, para no perder el norte, y para recordarse a sí misma lo fuerte que se había vuelto, para prometerse que otra situación así no volvería a ocurrirle otra vez.
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