Génesis [Pasado/Priv.]
#1
55 de invierno del año 16

Existen complejidades. Y luego está su idioma, que parece haberse inventado solo para torturar a quien lo intenta aprender; un monstruo de retazos malpegados con la irónica habilidad de insuflar vida a una lengua en peligro de extinción mientras te obliga a cuestionar tu cordura y tu gusto por el sufrimiento lingüístico.

Pues no es por nada que pocos la aprenden y que, aún más pocos, se dedican a preservarla.

Y es que la lengua de su pueblo —ese Frankenstein hecho de raíces de todas las lenguas que alguna vez se murmuraron entre los desterrados— tenía la mala costumbre de evolucionar a su antojo.
Los jóvenes la acortaban, los mayores la sazonaban con palabras extranjeras y, los que estaban en el medio como Bai, inventaban las suyas propias para describir cosas que nadie sabía que existían.

Ese era el verdadero problema.
Latía desbocada incluso cuando estaba moribunda, como un pescado fuera del agua al que los dioses —probablemente aburridos— habían decidido mantener vivo solo para ver cómo incluso los nativos se volvían locos intentando dejar constancia de que alguna vez existió.

Quizás por eso nadie juzgaba a Bai como cuerda. Y si lo hacían, estaban gravemente equivocados. Porque, seamos sinceros, ¿quién puede estar cuerdo cuando su existencia entera se basa en un caos tan perfectamente organizado que incluso los eruditos más inteligentes se rascan la cabeza y se preguntan si deberían intervenir y educarles o simplemente dejarles hacer?

Mas sin embargo, existía una especie aún más rara que Bai y su gente: los que se empeñaban en aprender de ellos. Y Bai, consciente de esta rara afición, juzgó a Han como un loco. Porque, después de descifrar entre signos, gestos y ruidos que él realmente quería comunicarse con ella, resultaba difícil decidir si admirarlo, temer por su cordura o simplemente reírse y dejarlo pasar.

Y aunque la cosa era simple, pues la pulsión de Bai por ver, tocar y entenderlo todo —aunque nadie supiera muy bien por qué ni para qué— la inclinaba a admirarlo, le fue imposible no dudar por un instante de qué decisión tomar.

Lo difícil venía ahora.

Ella desconocía su idioma. Le era imposible hacer de puente. Pero cabía la más mínima posibilidad de que le enseñara lo más básico de lo básico. No se trataría de palabras, ni de saludos, ni de convencionalismos que los desterrados habían olvidado hacía generaciones. Ella empezaría por lo esencial, por el núcleo: por el sujeto, por el centro del cosmos de cualquier mente pensante, antes de intentar construir cualquier otra cosa sobre él.

Pero para eso debía retroceder un poco más. Sumergirse en la génesis primitiva del yoísmo y comenzar, inevitablemente, por los sonidos: las vibraciones primeras que, aún antes de las palabras, habían señalado la existencia de alguien en el mundo.

—Α... —pronunció el fonema mientras señalaba un garabato que evocaba una «A» mayúscula.

Luego, hizo una pausa dejando que Han aprendiera en silencio.

—Ο... —movió su dedo hacia el dibujo contiguo, una «O».
—...ə —el dedo permaneció inmóvil, pero el sonido que surgió de su boca era completamente distinto, rebelándose contra cualquier expectativa, como si el símbolo mismo hubiera decidido dictar su propia música.

Bai detuvo el gesto y respiró hondo, ¿cómo podía explicarle que un mismo símbolo podía tener dos sonidos? Miró a Han a los ojos y trató, con todas sus fuerzas de vocalizar tan bien como pudo las dos palabras que salieron a continuación.

—O... jɪˈvó, ə... ósəa.

De nuevo hizo una pausa buscando que el pobre muchacho lo intentara.

—Jɪɪɪɪ'vóóóó —Bai extendió la palabra para acompañarlo —Ósəəa —tenía sus dudas de que el oído de Han captara el sutil matiz de esa «e» débil que se fundía con una especie de «a». Así que volvió a repetir la palabra.

Tras ello su dedo se movió hacia la letra de al lado. Esta era simple como la «A» pues, ni el trazo ni la pronunciación eran complicadas.

—U.

Ahora pasó a la siguiente. Un garabato caotico que parecía una «O» aprisionada por dos «I» a los costados. O lo que es lo mismo: IOI.

—Iu —la mezcla de vocales salió imitando un sonido suave y fundido que nada tenía que ver con la rudeza del símbolo que en su momento había dibujado.

Sonrió, consciente de que aquellos últimos sonidos debían de habérsele hecho más fáciles. Luego, Bai bajó la mirada hacia el papel que ella misma había trazado.

Allí, en negro, destacaban varias «vocales», algunas de las cuales no estaba del todo segura de lograr que Han distinguiera correctamente. Sobre todo porque ciertas diferencias no se reflejaban en la forma y, símbolos idénticos,  escondían sonidos distintos como la «o» y la «ə».

Aún así lo intentaría.
Intentaría hacerle aprender todo lo que pudiera y, quizás por eso, Bai no lo apresuró. Le dio espacio. Lo dejó reflexionar solo los cuatro sonidos que le acababa de enseñar y permitió que el silencio hiciera su parte, que el error se asentara y encontrara su propio peso antes de ser rectificado.

Y eso si es que lo necesitaba.

Pues sólo cuando se equivocara, con un gesto mínimo, volvería a señalar el símbolo correcto y a pronunciar su sonido.
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#2
Desde que este viaje comenzó me había esforzado en conocer a todos los integrantes de la tripulación de la mano vacía, y era una tarea hercúlea debido a la velocidad con la gente iba y venía por nuestro barco. Al principio éramos ocho, aunque sabía de buena tinta que otros dos mas habían sido convocados a aquella reunión, el propio Cao me lo dijo en su momento; sin embargo, de aquella reunión alrededor del té, solo cinco nos manteníamos en la tripulación, avivando entre todos nuestro sueño de libertad. Dos nuevos se habían adherido a nosotros, cómo olvidar a la desquiciada de Alana y a la adorable Mahou, ambas fuertes y recias mujeres que buscaban viajar y cumplir sus sueños; otros tres se habían ido de distintas maneras: Li Yuan no se presentó en el puerto de la Isla Karate, algo triste, pero siempre pensé que había encontrado su propio camino ajeno a nosotros, Cao se perdió en el mar, los demás decían que su destino fue la muerte, pero viendo donde acabamos todos después de encallar, se me hace complicado que un hombre de su fisionomía hubiese muerte; Por último, pero no menos importante, Dong, que no había sobrevivido al postoperatorio de la extracción de su Fruta del Diablo. 

Nunca entendí por qué nuestro gatuno y grosero amigo decidió perder sus felinas capacidades, yo nunca busqué el poder, pero si tuve la suerte de toparme con él, no había motivo para rechazarlo ¿No? quién sabe, tal vez estuviese buscando otra cosa, o quizás no pudiese agarrar bien su extraña lanza con esas adorables zarpas. En cualquier caso fue una decisión que le salió muy cara, no solo por el dinero que perdió, también por su vida, que llegó a su fin en trágica circunstancia, postrado en su cama mientras esbozaba sus últimas palabras entre dificultadas respiraciones, algo que tardaría bastante tiempo en olvidar, si es que lo hacía alguna vez en lo que esperaba que fuese una larga vida. Pero la persona mas afectada por su ida al mas allá fue Bai, ella estaba mas unida a él que nadie de toda la tripulación, aunque nunca supe muy bien que tipo de relación tenían, pero si que podía notar su animo caído, por encima del ambiente triste y pesimista de todos. Era cierto que todos habíamos perdido a gente en muy poco tiempo, pero ella y Kayseira fueron las que sacaron peor carta en el juego de azar que llamamos vida. Ese era el riesgo inevitable de apegarse a la gente, que algún día los perderás, ya sea tarde o temprano. 

La mujer ya debía sentirse sola por no ser capaz de comunicarse con nadie mas que Lan, como para encima perder a... A lo que diantres fuesen esos dos. Por eso, y por el motivo de lo difícil que me resultó comunicarme con ella en una situación de riesgo mortal, decidí aprender su lengua ¿Y quien mejor para enseñarte un idioma que una persona que lo habla como lengua materna? Sin duda era la mejor forma de aprender, o eso pensaba yo. Sí, Bai conocía perfectamente su lengua, pero no la mía, por lo que era complejo sin un puente de unión, quizás Lan podía habernos ayudado , pero no quería molestar a la candente mujer.

La alada dama comenzó a hacer sonidos que yo imaginé que serían sílabas o letras, pero... ¿Qué significaba cada sonido? Era imposible saberlo sin que ella me lo dijese, y claro, ¿Cómo iba a decírmelo sin hablar mi idioma? Desde luego no nos pensamos esto demasiado. Miré la tablilla que ella señalaba con letras mientras ella las pronunciaba, pero... Si no conocía mi lengua... ¿Cómo sabía que era el signo correcto? ¿Acaso ella había pensado en eso? Mi rostro de incomprensión, con la boca abierta, viajaba entre la tabla y el rostro de la bronceada piel de Bai. Después de veinte minutos intentándolo, apenas entendí nada, pero... Quizás lo habíamos planteado de una forma corriente, tal vez era una cuestión de afinar el método de enseñanza. Negué con la cabeza mientras le cogía la mano que señalaba en la tablilla con gentileza, negué con la cabeza de manera derrotada, pero rápidamente encontré una forma de animar a la mujer. 

No hablé en ningún momento, era absurdo realmente, no iba a entenderme de todas maneras, y saqué una fruta roja y jugosa se la mostré con una sonrisa. -Manzana.- Dije mientras señalaba la fruta y se la enseñaba a Bai como si hubiese descubierto el origen de todas las cosas. Tras ese extraño momento le di la fruta, poniéndola en la misma mano que usó de puntero. Le miré con ilusión, esperando a que nombrase a la fruta como ella la conocía. 
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#3
Al final, aquel despliegue de erudición y esfuerzo había resultado estéril. Pues, Han, tras largo rato en silencio, le había demostrado que su método no era otra cosa que un laberinto de reglas extremadamente complejo de seguir.
Una verdadera lástima, a decir verdad, pues Bai se sentía mucho más cómoda en ese ambiente estructurado en aquellos momentos de su vida.
Y sin embargo, ahora que ya sabía que eso no iba a funcionar, persistía en ella una gran duda: ¿cómo podría él articular sus fonemas si su oído no lograba desentrañar siquiera los sonidos más elementales de forma aislada?

No valía la pena pensarlo. Sobre todo cuando él, impulsado por un desconocido pensamiento, ya comenzaba a orquestar su propia solución.

Bai suspiró y, llevándose una mano a la sien, cerró los ojos durante un instante mientras Han escudriñaba la estancia.

—Idiota —musitó ella, masajeando su sien—. Siempre conviertes lo sencillo en difícil — añadió  para sí, justo antes de que el objeto de la búsqueda apareciera de repente.

Una manzana.

Bai ladeó la cabeza, tratando de desentrañar el significado de aquel gesto.
¿Pretendía él que ella la comiera? La idea era un absurdo dado del momento. ¿O acaso aludía al concepto de fruta?, se preguntó al tiempo que sus ojos rastreaban la estancia hasta descubrir que aquel no era el único ejemplar.
No, no podía ser aquello pues, si él hablaba de un plural habría traído una cesta; su insistencia la pieza solitaria solo podía tener una lectura: una manzana.

Y, en efecto, así fue.

Lo descubrió casi al mismo tiempo que él, emocionado, se la ponía en la mano y se la señalaba con una excitación desbordante. Le recordó a un niño; y las alas de Bai, traicionando su compostura, se desplegaron en un sutil estremecimiento, vibrando al unísono con la energía eléctrica que emanaba de Han.

—Ám'blokə —logró decir tras recuperar la compostura que su propio cuerpo había roto.

Y, tras la palabra, apareció una sonrisa; la primera que iluminaba su rostro en días. Y es que, la ternura que Han le infundía, había logrado por un instante anestesiar el duelo con el que cargaba. Sin embargo, la dicha iba a ser efímera pues, tan pronto como la curva de sus labios se dibujó, el recuerdo de Dong regresó con fuerza.

Dong. El nombre reverberó en su interior conjurando tristeza. Y Bai desvió el curso de su pensamiento hacia la gramática, refugiándose en la estructura de los plurales.

—Han... —susurró, depositando la manzana sobre la madera. Alzó un solo dedo y añadió—Ras ám'blokə.

Una manzana.

—Iskay —sentenció, liberando un segundo dedo para cerciorarse de que el hombre pudiera seguir lo que le estaba diciendo. Después escondió uno y volvió a repetir—: Han, ras. Ám'blokə, ras.

¿Era suficiente? Esperaba que sí.

—Han, Bai iskay —alzó de nuevo el segundo dedo—. Iám'bloki Iskay.

Y para que entendiera que Iám'bloki era Ám'blokə, Bai, tocó la fruta y repitió ambas palabras.

Pero ahora venía lo extremadamente difícil y el reto: el momento de conducir a Han hacia la noción de la abundancia, hacia el hecho de que, en su lengua, la multitud de las cosas exigía un plural distinto, una palabra que pudiese contener lo numeroso.

Así que, sin mediar palabra, apartó el fruto hacia el margen de la mesa y extrajo el cuaderno que casi siempre la acompañaba. Eso debía servir. Abrió la libreta y comenzó a mostrarle el papel: señaló primero una hoja, luego otra y otra; un goteo rítmico de blancura.

Después, cuando finalmente juzgó que el número de páginas superaba la capacidad de ser contadas de un solo vistazo, aprisionó el grueso del papel entre sus dedos y dijo:—Ruru.

Sostuvo el fajo de páginas señaló de nuevo la manzana solitaria y unió ambos conceptos en un solo: —Ruruam'blokə.
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#4
Pude ver un atisbo de esperanza en sus ojos cuando entendió lo que pretendía alzando la manzana, tal vez así lográsemos algo productivo, con ejemplos visuales. Ella pronunció una palabra que tuve la sensación de que me lesionaría la lengua por dos días si intentaba repetirla, pero a medida la repetía en mi cabeza, empezaba a encontrar ciertos fonemas que se parecían mucho a algunos de mi propio idioma. Era cierto que no era la persona más inteligente del mundo, tampoco la más culta o las mas estudiosa, pero si tenía algo que podría denominarse como talento era mi oído, podía distinguir tonos y notas con relativa sencillez, las palabras podían traducirse en eso, sonidos que distinguir. 

Mi experiencia como músico sería útil para esta batalla, pero eso solo sería un apoyo, necesitaría algo más para lograrlo. Por suerte para mi, tenía otras virtudes mas prácticas que intelectuales, me fijé en los labios de la mujer mientras pronunciaba la palabra, fijándome detenidamente en la posición de su lengua y como su laringe se movía para soltar el fonema correcto. Ya tenía el sonido y la postura que debían adquirir mis músculos para pronunciar la palabra, pero era complejo, demasiado complejo como para que, de dos segundos, pudiera conseguirlo. 

Bai se emocionó, aunque fuese de manera fugaz, así que merecía la pena seguir intentándolo, aunque creo que se emocionó demasiado. Sin previo aviso comenzó a hablar y soltar mas palabras que se alejaban mucho de lo que yo había aprendido: Manzana. Sin embargo, aunque no entendía casi nada de lo que decía, si distinguía varías veces la palabra que me había enseñado, así que, en vez de intentar entenderlo todo, siendo algo que seguramente no lograría, procuré fijarme en sus labios y su entonación cada vez que pronunciaba lo único que entendía. "Ám'blokə"  Intenté visualizar la palabra en mi mente, todo con el fin de no quedar como una persona demasiado idiota, que viese ella que, al menos, algo de avance. 

Y yo que pensaba que mi idioma era complicado, cielo santo, es que no entendía ni una sola palabra, bueno eso no era del todo cierto, entendí una sola palabra, manzana. No es que las palabras usasen partes de mi boca que pensé que no existían, es que su escritura también era completamente diferente a lo que yo conocía, hasta su alfabeto era diferente al mío, esto iba a ser una tarea ardua. No iba a dejar que eso me desanimase, claro, pero tampoco era idiota, sabía que esto significaría tiempo y esfuerzo por parte de ambos, solo esperaba que Bai no se cansase de mi demasiado rápido. 

Le vi enseñándome dedos, supuse que para distinguir una lección de otra, que si sacando un cuaderno, que si pasaba las hojas al compás, todo esto mientras me hablaba en su lengua natal. Yo la observé con una cara totalmente inexpresiva, como un animal que mira las nubes pasar sin entender nada de lo que sucedía a su alrededor, mientras mi cuerpo iba palideciendo poco a poco. Estaba seguro que podía ver en mi rostro que era como lanzar ideas a una pared, inútil. Cuando terminé, recogí la manzana y la levanté lentamente mientras la señalaba sin perder la vista de sus ojos. -Ám'blokə.- Dije con un hilo de voz desafinado, parecía asustado, incluso un par de tartamudeos se escaparon antes de lograr decir la palabra correctamente. La pronunciación no era totalmente correcta, forzar la boca en posturas no entrenadas era difícil, pero al menos podía decirse que la pronunciación era aceptable, al igual que la entonación de las sílabas, marcando de forma rítmica el acento.

Sonreí al lograr tal proeza, aunque para la alada mujer seguramente fuera la mayor tontería del mundo, manzana, pero era un comienzo. ¿Algún día encontraría a alguien mas que hablase esto? A parte de Lan, claro ¿Cuanto le habría costado a ella aprenderlo? Seguramente en menos tiempo de lo que yo lo lograría, admitía mis limitaciones, al igual que veía las virtudes de los demás; y la mujer candente tenía muchas. 
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#5
Bai miró a Han.

Luego miró la manzana.

Después volvió a mirarlo a él.

Entonces, en unos escasos segundos consideró varias opciones: corregirlo, reírse, llorar o replantearse por completo el concepto mismo de plural.

Y, al final, se decidió por reír. Pero no con esa risa suave que solía tener, sino a todo pulmón cuando Han, triunfante, levantó la manzana y la pronunció en su idioma.

—Ám'blokə —respondió entre lágrimas por la risa exagerada—. Sí —añadió, al tiempo que hacía un gesto con la cabeza para afirmar que lo había hecho bien.

Pero su risa no terminaría ahí. Pues Bai, hipando carcajadas, tardó unos segundos más en recomponerse y serenarse. El tiempo justo como para secarse las lágrimas con el dorso de la mano y decidirse a respirar hondo, intentando cortar la risa de una vez por todas.

—Bien —murmuró al final, aún con la voz temblorosa y contenida—. Acabo de aprender algo importante.

Abrió la libreta y empezó a escribir un par de notas; a partir de ese momento, y de aquí en adelante, una manzana y muchas manzanas podían llamarse igual, siempre y cuando alguien señalara la cantidad. Lo mismo aplicaba para el resto de cosas. Levantó la cabeza del papel, sonrió y, sorprendentemente, aquella decisión le pareció razonable.

A partir de ahora sólo habría singulares.

Entonces Bai cayó en cuenta de que, incluso así, había palabras tan complicadas que parecían inventadas por un comité de trabalenguas con demasiado tiempo libre. Así que nada de enseñarle cosas como «Cuchillo de cocina que a veces puede usarse de arma». Mejor algo simple, algo que no provocara accidentes ni asustara demasiado a Han.

—Ruguasku —y le entregó el lápiz con el que había escrito. Se lo señaló y volvió a repetir la palabra.

Bai abrió la boca para intentar explicarle que «ruwasku» contenía la raíz de utensilio, pero la cerró de golpe antes de que las palabras escaparan. Si el plural ya había sido un misterio, aquello era directamente un acertijo.

Entonces se llevó la mano izquierda al mentón, entrecerró los ojos y frunció el ceño como si esa combinación de gestos mágicamente hiciera que su cerebro funcionara mejor. Debía haber alguna otra palabra simple que se pareciera a los sonidos que hacían ellos. Nada cambió. Y, por un instante, Bai tuvo la sospecha de que enseñar cualquier concepto a Han era equivalente a intentar explicarle la física a un cactus.

Y no porque él no pudiera entenderlo —cosa que el cactus no podía hacer—, sino porque la barrera lingüística era tan grande que no sabía cómo hacerle entender.

—¡Claro! —exclamó—. Le arrebató el lápiz y buscó una página en blanco donde dibujar.

Y dibujó. Dibujó una cosa entre deforme y fea que se suponía que era un gato.

—Miáo, miáo —hizo el ruido que se suponía que hacían los gatos—. Dong. Miáo, miáo.
Por un momento, pronunciar el nombre del difunto no se le hizo doloroso.
—Dong, aílouros.
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#6
De la misma forma que yo, ella no se rindió, se rio a carcajadas por mi payasada, si, pero no se rindió conmigo. Estaba claro que mi pírrico avance había despertado esperanzas en ella, en mi no tantas, pues nunca fui un lince en los estudios, pero... Si ahora era inmortal... Significaba que tenía todo el tiempo del mundo para aprender, ¿no?. Era cierto que yo tenía tiempo ilimitado para aprender, pero Bai, bella, fiera e inteligente, no era eterna, la vida se le escapaba de entre los dedos de manera inexorable, por eso debía darme prisa -Prisa para un inmortal.- en aprender el idioma. 

La mujer, con decisión y garbo, escribió unas cuantas notas en su cuaderno ¿Qué estaría escribiendo? No es que importase que lo viese, de todas maneras no lo iba a entender... Pero eso me indicaba que la mente de Bai estaba comenzando a entender conceptos, no de lengua y literatura, sino de mi manera de aprender ¿Acaso había una? Seguramente si, pero era demasiado zote como para conocerla. Cuando terminó de anotar y de pensar me mostró su lapicero, uno normalito de madera, incluso algo mordisqueado juraría, y nuevamente dijo una palabra, esta, claramente, no era manzana. Le miré algo asustado, al escucharla una vez no era capaz de copiar los fonemas y, por tanto, no era capaz de repetir la palabra. 

El método había logrado aprenderlo, pero... ¿Qué hacía ahora que solo había dicho la palabra una sola vez? desde luego que no sería capaz de repetirlo, ni siquiera por error, parecía una palabra diseñada por alguien encantado con ver a la gente partirse la lengua intentando pronunciarla. Titubeé un poco acercando mi mano al lápiz, pero, antes de que pudiese llegar a cogerlo, Bai comenzó a usarlo frenéticamente para dibujar algo en una de las hojas del cuaderno. Cuando terminó de dibujar me enseñó lo que pensé yo que sería una obra de arte, pero no.

Desde luego si aquel dibujo, por no llamarlo garabato, era una obra de arte, tendría que ser sin duda una de arte abstracto. "¿Será un oso o un perro? Ahora entiendo porque no se comunica dibujando." Pensé mientras mi expresión de incomprensión, entrecerrando los ojos con un gesto de esfuerzo por entender, aumentaba intentando descifrar que narices había dibujado la mujer. No es que yo fuese el mejor dibujante del mundo, pero al menos se distinguía lo que dibujaba, esa abominación plasmada en papel por el carboncillo parecía querer ser sacrificado para no sufrir mas. Desde luego, si acerté en qué era no era por la pictografía, era porque la bronceada mujer comenzó a hacer sonidos de gato, además de mencionar a Dong, algo muy representativo de ese felino. -Oohh.... quieres decir gato.- Le dije a la mujer señalándome como si fuera a entenderme, obviamente no lo haría. Ya entendía lo que quería decir, pero volvíamos al mismo problema de antes, no había escuchado la palabra suficientes veces como para ser capaz de reproducirla. Le señalé el dibujo, si ella lo había dibujado, ella entendería que era esa cosa. -Repítelo.- Nada mas decir la frase cerré los ojos y apreté los labios, había caído en la cuenta de que ella no entendería lo que le estaba pidiendo, así que, lo más seguro, es que me mirase como una vaca viendo pasar el barco. -OOOHHH YA SEEEE.- Dije habiendo tenido una idea sublime. Cogí el cuaderno de sus manos, al igual que su lapicero y al lado de su gato dibujé otro, este, sin ser una obra de Miguel D. Ángel, se distinguía lo que era, entonces se lo señalé repetidamente con el utensilio de dibujo. -Gato, gato, gato, gato, gato.- Se lo repetí varias veces, quizás, con suerte, ella dijese repetidamente aquella palabra. 
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#7
Bai observó a Han y su expresión de haber visto un fantasma; un fantasma muy, muy confuso, de esos que han estado vagando por los corredores del tiempo durante siglos sin saber que están muertos y preguntándose porqué nadie quiere hablar con ellos. Quizás el dibujo era demasiado potente para él, demasiado anatómicamente realista...

Sólo podía ser eso. No cabía espacio a la duda. Ni siquiera a la posibilidad de que aquel accidente geográfico que ella había plasmado con el carboncillo fuera tan abstruso que él, Han, lo tuviera que redibujar.

Pero lo hizo. Descifró la intrincada maraña de líneas de Bai con ayuda de las onomatopeyas y, al final, lo volvió a dibujar.

Y eso, para Bai, fue un momento de revelación. Un destello. Una nueva técnica de estudio tan revolucionaria que, si hubiera sido descubierta en su cultura, probablemente ya habría sido implementada por pedagogos visionarios y, al menos, habría causado una discusión de taberna. Era una técnica en la que él aprendía, no escribiendo mil veces lo mismo, sino dibujándolo.

Era eso o que no sabía escribir.

Y ahora que lo pensaba...

Quizás por eso no había querido saber nada de los símbolos artísticos que usaba por letras en su idioma natal, que eran, dicho sea de paso, tan elegantes y complejos como las instrucciones de montaje de un mueble sueco, pero infinitamente más útiles.

Ahora, todo, absolutamente todo, tenía sentido.

Asintió con la cabeza para sí misma, dándose la razón —un hábito, hay que decirlo, extrañamente común entre las personas que están a punto de equivocarse espectacularmente— y, a continuación, Bai volvió a observarlo para descubrir que el muchacho estaba señalando el papel con una intensidad que rozaba lo espasmódico, repitiendo una y otra vez: "Gato, gato, gato". Como si el simple acto de nombrar al felino una y otra vez pudiera, por pura fuerza de voluntad, hacer que ella le entendiera.

Y lo logró. Al menos como se logran las cosas a medias: mal.

Ahora lo entendía. Gato debía ser «esto», de ahí el ahínco por señalárselo con una intensidad que sugería que, si no lo hacía, el cosmos dejaría de existir. Seguro que le estaba diciendo: —Aílouros es esto, esto, esto, esto... Solo que omitiendo la palabra aílouros y sustituyéndola por un dedo apuntando frenéticamente.

Así que, para que el muchacho no sufriera un pequeño cortocircuito mental por el esfuerzo de repetir tantas veces la palabra —un proceso que Bai imaginaba como el chirrido de dos engranajes oxidados intentando fabricar seda—, y también para demostrar que ella podía dominar los extraños ruidos guturales de otras culturas con la misma facilidad con la que un huracán domina una tienda de campaña, infló el pecho, extendió sus alitas y soltó con un acento digno de un sordo que además tiene prisa:

—Ja-tó. Miáo, miáo.

Estaba convencida: lo había clavado. Era bilingüe. Prácticamente una erudita de las que aparecen en las enciclopedias bajo la entrada de «Personas que saben cosas».

—Miáo, miáo. Aílouros. Aí-lou-ros. Dong, miáo, miáo. Dong aílouros. Ja-tó, aílouros.

Tras ello, y por si aquello no fuera suficiente, lo imitó señalando al mamífero peludo.

—Aílouros, aílouros, aílouros.

Después, satisfecha por lo logrado, se quedó esperando a que Han lo asimilara haciendo de nuevo un dibujo. Entonces cayó en cuenta que, quizás, sería más práctico que le entregara la hoja.

—Ruguasku, por favor — dijo, señalándole el lápiz.

Lo tomó de entre sus manos para usarlo como regla y, con toda la precisión que sus manos de médico le permitieron, separó la página para dársela a Han y que él pudiera usarla como apuntes. Al fin y al cabo, si el estaba dibujando, le sería más útil a él.

Y, para que se le grabara la palabra lápiz a fuego, le hizo un gesto exagerado de escribir, moviendo la mano en el aire, y repitiendo Ruguasku cada vez más alto y más despacio, porque, es por todos bien sabido que, si alguien no te entiende, la solución universal es gritarle con mucha confianza.
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#8
No sabía que podía generar con mis acciones, parecía que había hecho cortocircuitar el cerebro de Bai, llevándole a la locura sin remedio. No entendía qué estaba pasando exactamente, pero la mujer se levantó mostrando su imponente figura y abrió sus alas, pequeñas pero existentes, mientras gritaba algo que se parecía al sonido "gato" vagamente, hasta lo acompaño con dos maullidos. Me quedé mirándola sorprendido un segundo "Creo que le he matado demasiadas neuronas con mi estupidez". Ahí no acabó la cosa, que mas quisiera yo; pues después de ese alarde de idiomas comenzó a señalar muchas veces a mi boceto mientras volvía a repetir la palabra. 

Es cierto que quizás esta clase le estaba haciendo perder cordura a la mujer, pero al menos había conseguido que repitiese varias veces el término, incluso puso varios ejemplos para que me quedase mas claro. En ese momento sonreí triunfal y grité sin medir el volumen, solo esperaba no haber despertado a nada ni nadie. -!Si, por fin!.- Alcé los brazos incluso, después me levanté también junto a ella y señalé de nuevo al dibujo de gato. -Aílouros- Podía ser que mi pronunciación no fuese la más correcta, pero la emoción de ver avance y la ilusión por no ser tan tonto como creía me hizo hablar con velocidad. -Aílouros- Volví a repetir, esta vez mas despacio, enfocándome en cada sílaba para que se me entendiese mejor o, por lo menos, sonase mas parecido. 

Nuevamente lo habíamos conseguido, ya sabía decir dos palabras, manzana y gato. Había sido difícil y agotador, pero el esfuerzo de ambos empezaba a dar sus frutos, aunque ya empezaba a notarme cierto dolor de cabeza, demasiadas coas nuevas que requerían de demasiado esfuerzo mental y físico. Mas ahí no quedaría la cosa, Bai estaba dispuesta a enseñarme una nueva palabra, sin embargo, esta vez sería un esfuerzo conjunto, dándome una hoja de su cuaderno, para que dibujase y así nos resultase mas dinámica la tarea. Tras eso señaló el lápiz, incluso comenzó a hacer gestos en el aire a modo de escritura. "Vale, o intenta decir lápiz, o escribir o dibujar" Comenzaba a hacer deducciones, las más cercanas en base a lo que habíamos hecho durante la sesión de lingüística. -Hhmm... No se a que te refieres...- Agarré el lapicero, habiendo tenido una idea para entender que es lo que quería: Primero dibujé un lapicero por si era lo que esa nueva palabra significaba, después comencé a escribir en mi lengua "Yo soy Han" por si se refería a la escritura; por último dibujé una especie de cuadro rápidamente, no era el mejor dibujo del mundo, pero al menos se entendía lo que podía significar. -Señala qué significa.- Señalé un par de veces a los dibujos con la esperanza de que eligiera alguno y volviese a repetir el vocablo varias veces para quedarme con la fonética. 

¿Cuánto tiempo habría pasado desde que comenzamos? Para mi habían pasado minutos, pero, lo más seguro, es que llevásemos una media hora intentando que se me quedasen tres tristes palabras en la cabeza. La verdad es que el avance era bastante desalentador, pero estaba decidido a lograrlo, pues como decía mi padre: Nada que valga la pena es fácil. Aquella frase me había acompañado toda la vida y, a decir verdad, tenía toda la razón, pues había renunciado a toda pertenencia o riqueza en pro de la felicidad y la libertad. Ser un vagabundo era una vida difícil pero lo valía, pues no conocía nada más valioso que la libertad de hacer cuanto, quieras cuanto quieras y como quieras. Si había aguantado años en la inmundicia, esto no iba a desanimarme. Además esto no lo hacía solo por mi, también lo hacía por una amiga y eso lo hacía todavía mas importante. 
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#9
Bai estaba encantada con Han.

Ciertamente no era el pistolero más rápido del lugar —y por pistolero entendamos inteligente—, pero sí uno de los más tenaces que había visto en su vida. No por nada continuaba resistiendo aquellos golpes mentales que eran las palabras en su idioma. Incluso diría que los soportaba mejor que la última vez que tuvo que pelear contra algo, que, recordemos, ocurrió en Cabos Gemelos y requirió cierto grado de auxilio apresurado.

Además, su felicidad era contagiosa.

Aunque tuvo que chistarle para que bajara un poco el volumen, ella también se sentía henchida de felicidad. Al fin y al cabo, ¿quién no lo estaría si un arqueólogo estuviera descifrando su idioma? Ya solo faltaba pasar de dos a tres palabras y, luego, a todo un idioma completo.
Nada que Han no pudiera hacer.

Sobre todo si seguía poniendo el mismo empeño que en el preciso instante en el que le pidió a Bai que escogiera entre tres dibujos para terminar de asimilar la palabra lápiz.

—Ruguasku —señaló el lapicero, repitiendo la palabra.

Acto seguido, decidió ir un paso más allá.

—Ja-to ru-guas-ku —repitió lentamente—. Ruguasku, ruguasku, ruguasku —añadió, señalando el dibujo varias veces, como si el lápiz hubiera decidido olvidar quién era o tuviera miedo de olvidarse de cómo se llamaba.

Fue entonces cuando su estómago rugió.

¿Y qué tenía que ver una cosa con la otra?
Nada. Al menos, aparentemente.

Pero como la mente de Bai era cualquier cosa menos aparente, su inconsciente había decidido seguir el siguiente hilo durante casi —entendiendo por casi todo aquel momento en el que no estuviera centrada en Han— toda la reunión: ¿se habrá dado cuenta Han de que muerdo los lápices? Espero que no. Entonces, ¿por qué escogió una manzana? Claro, debe pensar que por mi altura siempre tengo hambre. Pero no siempre tengo hambre… Bueno, si descontamos el momento después de despertar, entrenar, comer, tomar algo a media tarde, cenar y el postcena que hago para aguantar las ocho horas durmiendo.
Y, al final, llegó a una conclusión lógica e inevitable: Mierda, ahora sí tengo hambre.

—Manzana —dijo Bai, saliendo del pequeño trance en el que se había sumido durante unos segundos.

Se tocó la barriga y le preguntó a Han:

—¿Manzana?

Luego negó con la cabeza.

—No manzaaaaaaana.

Acompañó la frase moviendo la cabeza de un lado a otro y haciendo un gesto amplio con las manos, como si acabara de descartar una cantidad alarmante de fruta.

—Manzana.

Y, finalmente, se limitó a señalar la manzana.

Quizá no se entendieran a la perfección, pero Bai supuso que, si Han había sido capaz de deducir todo lo anterior, también entendería esto:
el primer manzana era un «tengo hambre»,
el segundo un «¿tienes hambre?»,
el tercero, abusando ligeramente del concepto, un «no mucha hambre»,
y el cuarto, ya con total descaro semántico, un «solo tanta como cabe en una manzana».

Le pareció un sistema claro.
Y, sobre todo, razonable.
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#10
Finalmente, tras mucho esfuerzo y trabajo, la erudita y yo dimos con un método de enseñanza que mitigaba un poco la barrera de ambos idioma, nos centramos en el habla, dejando de lado completamente la escritura por ahora, al igual que decididos ignorar gramática o estructuras de lenguaje, por el momento nos centramos en aprender vocabulario, ya nos encargaríamos de ordenarlo u conjugarlo mas adelante, primero había que crear una base. 

En primera instancia usábamos un modelo representativo para luego nombrarlo, memorizando la fonética de la que quería aprender, de esa manera podía darle una relación directa al sujeto que estaba nombrando, algo que, por otra parte, hacían los bebés cuando empezaban a hablar ¿Acaso es que era tan lento como un bebé? La verdad, y pensándolo con perspectiva, si que era un neonato para el idioma de Bai, así que utilizar el método mas antiguo de aprendizaje me parecía lo más correcto. Íbamos lentos, pero seguro, pocas palabras en un día para no saturar el cerebro, no quería empezar a despedir humo por la cabeza; ya había aprendido dos palabras e íbamos en camino de la tercera, esta vez sería lapicero. Nuevamente, como en los dos procesos anteriores, Bai señaló el dibujo y comenzó a repetir la palabra varias veces. "Diantres, esta es mas difícil que las otras dos anteriores" Siempre se me atascaban las palabras en mi idioma que llevaban sonidos oclusivos como puente fonético, como para encima usar una en otra lengua. 

Le miré algo asustado, hasta nervioso me había puesto por fallar y romper esta maravillosa racha que teníamos la mujer docente y yo, estábamos en el mejor momento de ánimo y equivocarse ahora resultaría en un paso a atrás, no solo educativo, sino emocional. -Ru... Ru...-  Titubeé un momento, tartamudeando un poco, y me detuve un segundo para calmar los nervios mientras respiraba hondo con los ojos cerrados y la hacía a la birkaniana una seña con la mano para que esperase, sabía que podía hacerlo, solo necesitaba memorizar muscularmente como debía posicionar la lengua. -Rrrrrruuu- Ggguuuaasss...- no es que estuviese pronunciando la palabra en ese momento, solo estaba repitiendo las sílabas para tener claro el sonido que quería producir, después las juntaría todas, pero antes tenía que saber como usar los músculos de la boca.-Kkkkuuuu.- Respiré profundamente de nuevo, generándose un silencio expectante que generaba tensión, parecía que iba a pronunciar tal discurso que acabaría con las guerras en el mundo... Tanta parafernalia para decir "lapicero". Volví a abrir los ojos mirando fijamente a los suyos, claramente con un rostro de terror controlado, y bajé la mano, ya preparado para jugármela. -Ru-guas-ku. RUGUASKU.- Terminé gritando maravillado por mi mismo, un nuevo término había sido aprendido por mi mente. 

Me sentía orgulloso de mi mismo y ella también debía sentir su propia satisfacción, enseñarme a mi no era una tarea sencilla, mas bien parecía un trabajo que le darían a un semidiós que quiere ganarse su trono entre los demás dioses "Los doce trabajos de Bai" Podía llamarse este largo y tedioso proceso. Aún así ella no se había rendido y yo debía corresponderle con la misma dedicación. Una vez logrado pronunciar el nuevo vocablo, Bai decidió que era momento de ver si esto valía para establecer una comunicación primitiva y simple. Comenzó a pronunciar manzana mientras hacía varias gesticulaciones: Primero se tocó el vientre mientras la decía, después me señaló a mi y su entonación cambió, como si fuese una pregunta, tras eso volvió a decir manzana, pero mientras negaba con la cabeza y por último, pero no menos importante, señaló la manzana y volvió a nombrarla. 

Tuve que usar cada neurona de mi cerebro a plena potencia para lograr deducir lo que diantres quería decirme. "Vale, por el ritmo, tienen que ser distintas frases, vamos con la primera" Pensé por un par de segundos, si se había tocado el vientre y mencionado el fruto, sería... ¿Quizás es que tenía hambre? Cogí la manzana y se la di para que se la comiese, después intenté interpretar su manzana dudosa mientras me señalaba "Si la primera es que ella tiene hambre... A lo mejor la pregunta es si tengo hambre yo"  Le miré fijamente mientras me levantaba despacio e iba a por mi zurrón, sacando otra manzana de este mientras me señalaba a mi mismo. -Manzana.- Tras eso le di un mordisco a mi manzana, en señal de que había entendido la pregunta. 

Ya solo quedaban dos frases, pero estas ya no eran tan sencillas, en la primera negaba mientras estiraba la palabra, como si negase una exageración, pero no lograba entenderlo "¿Es que tiene hambre pero no quiere manzana?" Sería extraño, pero Bai no era el epítome de la normalidad, así que quién sabe. Por ultimo pronunció manzana de manera rotunda, aquel ya fue el acabose para mi mente. De tal esfuerzo neuronal ya me dolía la cabeza, pero no solo me dolía, era visible que habíamos forzado demasiado la máquina, mi cara se puso cada vez mas roja y mi frente estaba mas caliente a cada segundo, tras aquello, un segundo después empezó a sangrarme la nariz y mi mirada se había perdido en el infinito mientras mi garganta soltaba un hilo de voz desafinado y errático.-Manzana, manzaaana, manzanaaaa, maaanzana.- Bai lo había logrado, colapsó mi limitada mente de mono, cayendo inconsciente acto seguido. Por suerte mi fruta eliminaría toda lesión neurologica que se hubiese producido, pero el gasto de energía fue tan grande que no pude evitar quedarme dormido, soltando  un profuso ronquido mientras me encontraba tumbado en forma de estrella en el suelo. 

Por aquel día habíamos superado el límite de capacidad, pero aquello no sería el final, no iba a rendirme, ahora se había vuelto personal, no dejaría que tres palabras tontas me ganasen la batalla. 
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