[Aventura T3 - P. Absoluto] - Bajo la Piedra de Sorbet
#1
Reino de Sorbet, zona Norte - 88 de Invierno, Año 16


Nada de lo ocurrido en Isla Karate había sido casualidad. Los dojos, los maestros, los prospectos que buscaban nombres nuevos para venderlos como promesas… todo aquello había dejado un rastro que seguir. Ryota y Runin no abandonaron la isla con la sensación de haber cerrado un capítulo, sino con la certeza de haber abierto una puerta. El circuito existía. No como un sitio fijo, sino como un organismo en movimiento.
En ciertas tabernas, en conversaciones a media voz, en la manera en que ciertos luchadores hablaban de “la siguiente oportunidad”, Ryota había encajado las piezas. Sabía que, llegado cierto punto del invierno, las peleas no se quedaban donde podían llamar demasiado la atención. Se desplazaban. Y ese año, el rumor era insistente: Sorbet
Sorbet Norte no ocultaba lo que era, todo opulencia y lujo. Bajo sus edificios de piedra clara, sus avenidas limpias y su ritmo contenido, la ciudad respiraba un lujo incomparable. Era el tipo de lugar donde las decisiones importantes se tomaban sin levantar la voz, y donde la violencia, cuando ocurría, lo hacía bajo tierra.
Fue allí donde el circuito había echado raíces temporales, aunque solo para aquellos más avispados, en busca de dinero y adrenalina. 
El acceso no se dejaba ver para cualquiera. No había carteles ni colas ni indicaciones claras. Una puerta más entre tantas otras, atendida por hombres bien vestidos, con posturas relajadas y miradas atentas. A partir de ahí, el descenso era gradual.
Un pasillo amplio se hundía bajo la ciudad, alfombrado con tejidos oscuros que apagaban el sonido de los pasos. El aire cambiaba conforme se avanzaba: más cálido, más denso, cargado de perfume caro, cuero tratado y un fondo metálico difícil de identificar. No había música que marcara el ánimo ni voces elevadas que prometieran espectáculo. Aquí no se venía a dejarse llevar. Se venía a evaluar.

La arena clandestina de Sorbet no era un pozo improvisado ni un antro de mala muerte. Era un recinto circular excavado directamente en la roca, reforzado con piedra pulida y estructuras metálicas bien integradas. El suelo mostraba marcas viejas, cicatrices acumuladas de años de impactos, caídas y cuerpos arrastrados fuera del círculo central. No había sangre visible. Todo se limpiaba rápido, con eficiencia profesional. La violencia formaba parte del negocio, pero el desorden no.
Alrededor del foso se alzaban varios niveles de palcos privados, separados por cortinas gruesas, celosías ornamentadas y cristales tintados. Desde allí, el público observaba sin exponerse. Nobles menores, comerciantes influyentes, y intermediarios con demasiados contactos para figurar en registros oficiales. Nadie gritaba ni aplaudía. El interés se mostraba en miradas largas y en fichas que cambiaban de mano con movimientos fríos y calculados.
La seguridad no se percibía, pero estaba en todas partes. Hombres y mujeres vestidos con sobriedad se desplazaban con disciplina, cubriendo ángulos, cruzando miradas, anticipándose a cualquier gesto fuera de lugar. No vigilaban al público. Vigilaban la arena… y a quienes descendían a ella.

Este no era un lugar para perder el control. Era un lugar para demostrar valor.
En las galerías laterales, los preparativos transcurrían en silencio. Combatientes estiraban, ajustaban vendajes o simplemente esperaban, con la mirada fija en ningún punto concreto. No había arengas ni discursos épicos. Los que habían llegado hasta allí sabían que la primera impresión no se ganaba hablando.
Organizadores vestidos con una elegancia funcional revisaban listas, intercambiaban palabras breves con el personal y observaban a los recién llegados con atención quirúrgica. No buscaban al más fuerte. Buscaban al que rendía mejor bajo presión, al que entendía que aquí no se peleaba por honor, sino por rentabilidad.
Desde los palcos, la expectación se iba asentando poco a poco. Una copa dejada a un lado, una conversación interrumpida, una mirada que descendía hacia el foso con interés renovado. El circuito había abierto la puerta a sangre nueva, y la sangre nueva siempre movía el mercado. Algo interesante estaba a punto de comenzar.

Ryota y Runin no habían llegado hasta allí por casualidad, ni como espectadores curiosos. Sus nombres ya figuraban en listas, anotados tras filtros silenciosos y miradas que medían más de lo que parecían. No hubo ceremonias ni presentaciones formales. Solo indicaciones breves, un gesto para avanzar y la confirmación de que habían sido aceptados… al menos de momento.
Runin se movía con naturalidad entre aquel ambiente contenido. No parecía intimidada por la arquitectura imponente ni por las miradas que se deslizaban desde los palcos. Al contrario, su presencia encajaba con el lugar, como si entendiera instintivamente que aquella arena no pedía modestia ni prudencia, sino control y descaro. Algunos ojos se detenían en ella más tiempo del necesario. Otros tomaban nota.
Ryota, por su parte, observaba. No solo el espacio, sino los detalles que otros pasaban por alto. La forma en que los organizadores hablaban entre ellos sin mirarse, como si ciertas decisiones ya estuvieran tomadas antes de pronunciarse. El orden exacto en el que los combatientes eran situados, demasiado preciso para dejar margen a la improvisación. Los recorridos de la seguridad, siempre constantes, siempre anticipándose. Todo funcionaba con una lógica interna clara, cerrada sobre sí misma. No había nada improvisado allí dentro, y eso, más que tranquilizar, invitaba a mantenerse alerta.

Ambos entendían la norma sin que nadie tuviera que explicarla en alto: para apostar fuerte, primero había que demostrar valor. El combate no era un fin, sino un peaje. Una prueba de acceso.
Mientras tanto, en uno de los palcos laterales, Barald Kane observaba la escena desde otra perspectiva. Había entrado como quien entra en un salón privado: sin prisas, sin preguntas innecesarias, con la seguridad de quien sabe adaptarse a cualquier entorno donde el dinero manda. Desde allí arriba, el circuito se revelaba como lo que realmente era: un mercado perfectamente estructurado, donde cada gesto tenía un precio y cada error, una consecuencia.

No tardó en notar que su presencia había sido registrada.
Un organizador se acercó con educación medida, acompañado por dos figuras que no parecían guardias, pero que sin duda lo eran. El intercambio fue breve, casi cordial. Un comentario sobre la noche, una referencia a la afluencia de aspirantes y, finalmente, una propuesta formulada como necesidad logística: faltaban combatientes para una prueba inicial. Nada personal. Nada improvisado.
Barald comprendió el mensaje al instante. Aquí, incluso quienes se movían entre palcos y apuestas debían mostrar algo más que dinero si querían operar con libertad. Aceptar no significaba entusiasmo. Rechazar, en cambio, significaba quedar marcado como irrelevante, y probablemente siendo foco de una futura expulsión. 
Minutos después, descendía al nivel de la arena, donde estaban el resto de combatientes. 
No hubo miradas de reconocimiento ni palabras de presentación cuando coincidió con Ryota y Runin en las galerías laterales. Solo una breve evaluación mutua, silenciosa, suficiente para entender que ninguno de los tres estaba allí para improvisar. Tres trayectorias distintas, empujadas por razones diferentes, convergiendo en el mismo punto por una lógica que solo el destino conocía. 
La arena empezó a llenarse de una expectación constante.
Desde lo alto, una voz neutra, amplificada sin dramatismo, anunció la apertura de los combates de evaluación. No nombres. No historias. Solo cifras, categorías y condiciones. El público ajustó su atención. Las primeras apuestas menores comenzaron a moverse, tanteando el terreno.
- Tres aspirantes contra tres aspirantes, sin reglas. Los 3 ganadores, serán aceptados. 
Al otro lado del foso, otros tres combatientes aguardaban. Rostros tensos, cuerpos preparados, miradas cargadas de ambición. No luchaban por gloria ni reconocimiento. Luchaban por entrar. Por no quedarse fuera cuando la puerta se cerrara.
Ryota, Runin y Barald compartían ahora el mismo espacio. Ni como aliados, ni como desconocidos. Simplemente como piezas colocadas en el mismo tablero, empujadas por la misma necesidad inmediata.
La arena estaba lista, ¿lo estarían los participantes?



Tras unos minutos de preparación y de toma de contacto, los 6 participantes salieron a la zona de combate. 
En el lado derecho de la arena, Ryota fue el primero en pisar el círculo de piedra. Vestía de forma sencilla, sin ornamentos ni colores llamativos, con ropa pensada para moverse sin restricciones. Su cuerpo mostraba el desgaste propio de alguien acostumbrado cada vez mas al combate: musculos definidos, sin exageraciones, marcas que no parecían recientes. Sus ojos, oscuros y atentos, se mantenían fijos al frente, sin bajar la mirada ni buscarla en exceso. No portaba armas visibles; solo sus manos, cerradas y abiertas con naturalidad, preparadas para el contacto directo.

Runin apareció a continuación, destacando de inmediato entre la iluminación cálida de la arena. Su vestimenta era más ligera, pensada para la agilidad, dejando ver la firmeza de su cuerpo y la seguridad con la que lo ocupaba. La piel marcada aquí y allá por cicatrices finas haciendo referencia a combates pasados. Su mirada era directa, afilada, y no evitaba cruzarse con la del público ni con la de los otros combatientes. Tampoco llevaba armas a la vista; su presencia y belleza bastaban como advertencia.

Barald cerró el grupo con una apariencia más sobria. Vestía con elegancia, ropa de buena calidad adaptada para el combate, sin piezas superfluas. Su porte era recto, casi formal, y contrastaba con el entorno violento de la arena. Sus ojos, de un rojo intenso, se desplazaban con calma por el espacio sin detenerse demasiado en nadie. Este pero, si que portaba una arma, una katana algo larga, con el mango y la vaina completamente negros. 

Tres figuras distintas bajo la misma luz. Tres cuerpos expuestos al juicio silencioso del público.
Tras ellos, justo delante suyo aparecieron 3 figuras, sus contrincantes. 

El primero era un humano de complexión robusta, ancho de hombros y con el torso cubierto por una camiseta sin mangas, gastada y oscurecida por el uso. Sus brazos estaban marcados por cicatrices irregulares, algunas antiguas, otras aún visibles bajo la luz cálida de las lámparas. Tenía el cabello corto, casi rapado, y una barba descuidada que endurecía aún más sus facciones. Sus ojos, pequeños y hundidos, se mantenían fijos al frente, inmóviles. No portaba armas visibles; sus manos grandes y curtidas colgaban relajadas a los lados del cuerpo.

A su izquierda avanzó una gyojin, de piel azul grisácea y cuerpo compacto, más baja que el humano, pero notablemente más ancha. Sus rasgos eran angulosos, con aletas cortas en el cuello y antebrazos gruesos como columnas. Vestía prendas oscuras, sencillas, adaptadas a su anatomía, sin adornos ni protección evidente. Su presencia imponía peso incluso antes de moverse. No llevaba armas; sus manos palmeadas permanecían abiertas, mostrando la fuerza contenida en cada dedo.

El tercero cerró la formación con una presencia muy distinta. Un mink joven, de pelaje claro y desordenado, con las orejas erguidas y temblorosas bajo la iluminación de la arena. Su cuerpo era más delgado, menos marcado, y la ropa que llevaba parecía prestada o improvisada: piezas demasiado grandes, ajustadas con correas apresuradas. Sus ojos, grandes y brillantes, recorrían el espacio sin detenerse, evitando cruzarse con los del público y con los de los otros combatientes. La cola, rígida, apenas lograba mantenerse quieta. No llevaba armas, y sus manos, tensas, se cerraban y abrían de forma involuntaria.

Tres cuerpos distintos bajo la misma luz.
Tres aspirantes enfrentados al mismo juicio.
Los 6 avanzaron hasta quedar a 2m, repartidos por parejas en el medio de la arena. En cuanto sonó la campana, el combate estalló. 

INFO
#2

La goma de mascar se inflaba mientras los ojos color miel de Ryota se alzaban para observar el lugar donde se encontraba. Por fin estaba allí, la arena clandestina con la que había soñado durante varias noches, imaginando las montañas de dinero que ganaría con facilidad al apostar por sí mismo.

Llegar hasta ese punto había sido toda una travesía. Tuvo que espiar conversaciones con sus agudos oídos, invitar cervezas a los sujetos indicados e incluso notar el traslado de isla anfitriona a donde se celebraría la próxima gala de combates, Sorbet. Todo eso había sido un gran trabajo, algo que detestaba pero que en esta ocasión sentía que había valido la pena.

Esa búsqueda incluso le permitió adquirir la sensatez necesaria para comprender que no tenía por qué seguir siendo un individualista, pues la mujer que lo acompañaba, la hermosa Runin, había sido una pieza fundamental para encontrar un lugar que no deseaba ser hallado. La astucia y sagacidad de la femina les permitieron dar con la puerta correcta entre tantas otras.

Luego, fueron sus capacidades individuales las que les consiguieron una oportunidad para avanzar hasta donde se encontraban.

La arena estaba envuelta en un incómodo silencio, interrumpido apenas por algunos murmullos que difícilmente podían catalogarse como ruido o voces de terceros que apenas eran audibles. A lo largo del recinto, entre los pasillos y las galerías de los luchadores, se distinguían numerosas figuras que exhibían una opulencia similar a la de quienes les habían abierto las puertas. No se trataba de una sola persona importante, sino de todo un grupo organizado, distribuido estratégicamente por la arena para que el espectáculo funcionara como un reloj suizo, preciso y eficiente en todo momento.



“Mierda, sí que se esfuerzan estos tipos...”

Pensó aquello sin mostrar en su expresión sus verdaderas emociones, pues mantenerse tranquilo siempre había sido la mejor carta de triunfo que podía jugar. No importaba si en su interior estaba alerta, esperando el momento adecuado para llevar la balanza a su favor y conseguir lo que había venido a buscar, de ojos para afuera solo mostraría su lado más despreocupado hasta que la situación lo ameritara.

Contenido Oculto


“Parece que el viejito loco tenía razón, está siendo bastante fácil de momento, ¿no crees?”   Pregunto el de cabellos castaños una vez su bomba de chicle explotara llamando la atención de su compañera. “Espero que sí sea fácil escalar en esto Kekeke.”   Se burló sin ningún tipo de filtro, regocijándose en lo bien que estaba saliendo todo… al menos hasta ese momento.

Fue entonces, cuando un nuevo integrante a la galería hizo su aparición escoltado por los encargados. Era un joven de tal vez su misma edad, ojos rojos, cabello corto, unos cuantos centímetros más bajo y vestiduras elegantes. En respuesta a su llegada, Ryota solo volvió a inflar la bomba de chicle, manteniéndose sereno en el mismo lugar donde reposaba, sentado con la espalda contra la pared y junto a la señorita.

Pasados unos minutos, el nombre del castaño resonó desde los vocablos de quien parecía llevar las listas de los enfrentamientos, también Runin y un tal Barald. Las reglas explicadas eran simples, un tres contra tres, quienes vencieran conseguirían ser aceptados en los eventos más importantes.

Sin esperar, alzó la diestra para llamar al chico de cabellos negros, Barald. Esperaba que se acercara hasta donde ellos se encontraban ahora que eran compañeros de “equipo”; al fin y al cabo, ellos eran dos y él solo uno, así que lo más justo era que fuera él quien abandonara su comodidad para acercarse.



“Qué onda, bro”

Preguntó casi por reflejo. Era un hombre saludando a otro hombre, así que extendió el puño para chocar los nudillos; no se necesitaba mucho más que un buen choque de puños para saber si alguien te agradaba o no. Quizá las mujeres fueran más quisquillosas con sus amistades, pero los hombres eran personas más simples, con algo tan simple en muchas ocasiones ya sabían si alguien les agradaba o no.

“¿Qué tipo de mujer te gusta?” No tenía nada que ver con la situación, pero también era una buena forma de identificar cómo eran las personas. Después de todo, siempre podían responder algo como “rubias, de ojos azules, hermosas, con dinero y terrenos”; eso no era propio de alguien realista. Por favor, bastante suerte tendrían siquiera si no terminaban muriendo solos. “A mí me gustan, así como ella.”   Apunto a Runin, obviamente Ryota tampoco era muy realista.

“Y como ella.”   Apunto a otra chica entre los participantes, más musculosa de cabellos rojos. “Como ella también.”   La chica de piel azul. “Y ella.”   Ahora apuntaba a una mink. “Ah ella también.”   Volvió a apuntar hacia una de las trabajadoras del recinto.  Y así continuaría hasta que Runin le callara de alguna forma o con un golpe.

Los seis minutos de tiempo pasarían en medio de una conversación tan trivial como improductiva. “¿Qué haces para vivir?”, “¿Tienes hermanas?”, “Te ves como un niño pijo, ¿me prestas dinero?”   Ese tipo de preguntas fueron las que Ryota hizo tras ser enderezado por el santo puño de su compañera de tripulación. Podría causar malestar a los otros competidores, provocar alguna que otra mirada agresiva o dar la impresión de que no se estaba tomando el combate en serio; quizá incluso influiría en cómo lo percibieran los encargados del lugar, para bien o para mal. Aun así, tal vez sí existían motivos detrás de su actuar.

Finalmente llegó la hora de ponerse en marcha. Se levantó y caminó en la dirección indicada junto a sus compañeros, ajustándose los guantes de combate en ambas manos mientras se dirigía hacia la arena.

La vio previamente cuando descendió por los pasillos que los llevaron hasta las galerías, pero era una experiencia completamente diferente el estar dentro de ella, jamás podría acostumbrarse, aunque lo repitiera cien veces.

El extenso cuadrilátero se abrió ante sus ojos, construido con esmero. No era la típica arena arenisca que se veía en la Isla Karate, sino una auténtica estructura diseñada para que los luchadores no encontraran comodidad alguna en medio del combate. El suelo estaba cubierto de rasguños y casi imperceptibles relieves irregulares, evidencia de los innumerables enfrentamientos que, con toda probabilidad, se habían librado allí.

A los lejanos extremos yacían algunos cuerpos de quienes no habían logrado continuar en la pelea… un recordatorio silencioso de que quizá no sería tan fácil como había creído.

Tras su primer paso, continuo con un segundo y avanzo de forma progresiva hasta la mitad de la arena. Desde allí levanto la mirada hacia las cortinas y diferentes vidríales en donde podrían encontrarse las personas que apostaban su dinero por ellos.  “Runin, Barald, vayan con todo desde el principio.” Dijo, no como una orden, sino más bien con tono de petición. Ryota buscaba algo en ese encuentro, algo que no podría revelar en ese instante.

Al devolver la mirada al frente, supo de inmediato quién sería su oponente. Sin pensarlo demasiado, tomó a Runin de la cintura, que se encontraba a su lado derecho, y la empujó suavemente frente al humano que lo observaba con mala cara, mientras él mismo se posicionaba frente a la luchadora gyojin. (Al estar la chica gyojin al lado izquierdo del sujeto humano, en mi percepción sería el derecho, al estar frente a ella.)



“Waos. ¿Por favor, sé amable conmigo sí?”

De inmediato la expresión ofrecía algo más que un simple enfrentamiento. Una sonrisa confiada cuya mirada no se apartaba de la ajena antes de que el enfrentamiento iniciara; o al menos fue de ese modo hasta que el sonido de la campana invadió el cuadrilátero.

Al instante, las piernas del castaño se activaron desplazándolo a su máxima velocidad en una corta carrera hacia la mujer pez. Apenas fue un parpadeo, antes de que Ryota estuviera frente a ella impactando de lleno un directo de derecha justo sobre la nariz. Pierna derecha delante de la pierna izquierda, brazo atacante extendido y la presión en el puño sobre el rostro que indicaba el impacto.

El combate apenas iniciaba, su poder ofensivo era escaso, pero para acompañarlo, tenía su instinto y velocidad.


INFO
[Imagen: ELRAliP.png]
#3
Atributos Personaje



Los escenarios mentales, las noches imaginando entradas, situaciones, personas, incluso olores; todo se derrumba ante la mirada chocolate que todo lo observa y todo analiza. ¿Las estructuras abandonadas en Isla Karate habrán tenido el mismo nivel de organización? ¿Habrán sido minuciosamente ordenadas? ¿Contarán con el mismo nivel adquisitivo que se respira en el aire? No es un hueco de madera en medio de un montón de personas gritando por su favorito como si de animales de granja entrenados se tratase, no, consiste en algo más metódico, incluso agraciado y elegante.

El hombre del dojo, el pobre anciano trastornado, seguramente no habría sobrevivido a un entorno tan sofocante como aquel, ni como entrenador ni como apostador. Fuera de parecerle abrumador o incluso incómodo, la fémina sonríe de medio lado como suele hacerlo a menudo. ¿No es justamente eso lo que estaban buscando? Un ambiente sobrio en el qué obtener dinero sin las molestas interferencias de malos perdedores y explícitas amenazas.

Llegar ahí no ha sido especialmente sencillo, pero no hay nada que una apuesta amistosa entre ambos no pueda incentivar. Desde una copa de vino barato en una antigua taberna añejada por los años hasta largas e insípidas conversaciones con hombres de negocios, desde un gesto curioso e inocente hasta la insensatez de la astucia y el carisma embarnizado en picardía. La información se le escapa a las personas por pequeñas rendijas que ambos han explorado y explotado hasta dar con el objetivo de su búsqueda conjunta. La arena de combate bajo la superficie de Sorbet.

Los pasos se escuchan ruidosos y es lo único que realmente importa en el interior del recinto. En más de una ocasión ha notado que las voces parecen acalladas, que la fragua del combate es tan serena que resulta incómodo, como el silencio de un bosque repleto de venenosas serpientes a la espera de emboscar ilusos campistas. ¿Se convertirán en las víctimas o serán lo suficientemente sagaces como para evadir a las bestias que permanecen ocultas?

Una sola mirada a los combatientes le hace pensar que los verdaderos monstruos son los que se encuentran en los palcos, expectantes, con miradas fijas en la arena de combate, listos para empezar a reclamar números con la frialdad propia de lo inhumano. Ahora mismo Ryota y Runin se han convertido en piezas de ajedrez y al menos ella no tiende a sentir apego hacia el orden y el control. Ríe entre dientes ante la intervención del castaño sobre sus pensamientos.

—Fufufufu. Lo está siendo y, aún así, dudo que el viejito hubiera tenido alguna oportunidad en un lugar como este, cariño. —Sincera eleva los hombros como si intentase restarle importancia al hombre que alguna vez derrotaron. —Oh, andamos confiados, eso me gusta. —Asiente, porque ha sido más complejo hallar la puerta hacia el interior del establecimiento que haber obtenido la oportunidad de luchar en él.

Un nuevo rostro hace acto de presencia. ¿Se sentirá cómodo luchando en una arena con ese tipo de atuendo? Runin evalúa al nuevo con la curiosidad de quien encuentra algo divertido, lejos de juzgarlo, le agrada la propuesta que su presencia infiere; aún así, deja de prestar atención al dedicarse a arreglar su cabello, no quiere verse desalineada, ni siquiera cuando está a punto de ingresar a batirse en duelo.

¡Oh! ¿Una típica tríada?

La integración del tercer elemento se hace presente y una risa escapa de los labios de la fémina antes de perder la paciencia, tan entretenida como voluble; siente por un instante la necesidad de levantar el puño con el inefable deseo de golpear al castaño, no por la pregunta en cuestión sino por la seriedad que parece impregnar a ese tipo de detalles cuando están a punto de mostrar sus habilidades. Por obra y gracia de las palabras correctas, la fémina levanta el mentón, le ha dado donde más le gusta: el ego.

Ganarse a Runin es sencillo cuando se sabe qué ama ser un narciso, así es hasta que el castaño continúa apuntando a otra chica, después a otra y a otra y…


—Ojalá estuviéramos en grupos diferentes, cariño, para poder romperte la cara en la arena y ganar dinero con ello. —Porque ahora ha levantado la mano para darle un golpe fuerte en la cabeza a su compañero, tal como alguna vez vió a la madre de este hacerlo. —¡Ahora tengo que hacerlo sin ganar nada! —No contenta jala la mejilla de Ryota como si de uno de sus chicles se tratase.

—Ignóralo. —Molesta se cruza de brazos al fin, esta vez le habla a Barald. —Puede parecer y ser un payaso pero seguro te sorprenderá, cariño. Soy Runin. —Más relajada escucha las interminables cuestiones de Ryota, niega disfrutando del momento, incluso se ríe un poco ante la desfachatez del navegante. Los minutos transcurren y la puesta en escena se abre paso ante sus ojos.


Estira su cuerpo por última vez antes de colocarse los guantes en ambas manos. Predispuesta a lo que está a punto de suceder, cruza el dorso de sus manos formando una “X” y las golpea entre sí. De inmediato, una energía luminosa, similar al fuego, se extiende y envuelve por completo los guantes; con cada movimiento de su cuerpo, aquella fuerza parece prolongarse y recorrer los brazos. No siente nada porque no es fuego real, solo es la peculiaridad de su arma.

Los pasos resuenan contra la piedra, no puede evitar pensar que una mala caída podría significar más de un doloroso golpe. ¿Quizá por ello han optado por piedra y no por arena o un ring más suave? El mentón se eleva y la mirada se engancha en los palcos, incluso la bienvenida a los participantes ha sonado monótona, desabrida. El dinero mueve al mundo y ellos se han convertido en una moneda de cambio. Más centrada regresa la mirada hacia el frente. Sus oponentes ingresan al igual que ellos, la fémina relame sus labios con parsimonia.



—No tienes que repetirlo, cariño.

La sonrisa parece repentinamente más segura. Su objetivo se planta frente a ella cuando Runin se endereza solo para ser tomada por la cintura, repentinamente la atención sobre la azulada mujer se desvanece para centrarse en un hombre de prominentes músculos. ¿Lo ha hecho solo para enfrentarse a la fémina del equipo enemigo?

La amazona frunce el entrecejo con enervante apremio. Algo dentro de ella comienza a burbujear como si de un volcán a punto de estallar se tratase, es ira incontrolable, oscilante, tan abrasiva que corroe sus venas.



—RYOTAAAAAA…. ¡STAAAAAAAAAR….

La voz de la fémina se alza con rudeza, el eje del cuerpo de Runin desciende mientras el brazo derecho gira dos veces con rapidez cuando la campana de inicio suena y ella clava la mirada sobre su ahora oponente, sin ningún tipo de contemplación, cierra la distancia de dos metros con el musculoso hombre en un rápido desplazamiento hacia el frente; la cadera gira con violencia, deja caer el hombro derecho y el puño describe un arco pronunciado en un poderoso upper cut ascendente contra la mandíbula del hombre.



—TRIAAAAAAAAAAL!

Un upper cut que sacude el cuerpo de su rival y también su cerebro. Runin Kitay está enfadada, ignora todo a su alrededor para centrarse en lo único que tiene enfrente y eso es el rival con el que combatirá para quitarse la cólera de encima, es lo que hará, aunque el hombre no tenga nada que ver en la ecuación, tiene la mala suerte de ser su oponente.

Pero que el castaño se cuide, porque será el siguiente.



OFF ROL
[Imagen: MQT49Lq.png]
#4

No había pasado mucho tiempo desde su última pelea, ya recuperado de sus heridas Barald exhalaba una gran cantidad de humo desde sus pulmones fumándose un cigarrillo en aquella grada, observando como todo se iba preparando para realizar un torneo especial que había llegado a oídos de unos pocos privilegiados en el reino de Sorbet. Era algo clandestino, algo que no podía salir a la luz, quien sabe si conseguiría ganar el dinero suficiente para marcharse de allí. Su familia lo había encontrado tras años de total tranquilidad, quien sabe que planes tendrían pensados para el ¿comandar un ejercito? ¿conquistar el mundo? la familia Kane estaba plagada de locos y el más loco de todos era sin duda alguna su padre. Su anterior pelea había sido dura, logrando escapar del lugar gracias a la actuación de su mas nuevo mejor empleado Shiba, junto con el se encontraba allí sentado en el palco esperando los preparativos.  De pronto un par de hombres trajeados se acercaron al lugar, comenzando una conversación coloquial con el hombre de cabello negro que empezó a analizar todo cuanto aquellos le decían, en un principio había venido a apostar por el caballo ganador pero no tenía ningún tipo de conocimiento sobre ninguno de los luchadores más haya de una simple idea creada a través de su propio juicio al verlos, decidió apostar por algo más seguro, al menos para el. - ¿Ah, necesitan peleadores? - Dijo quitándole la mirada al que era el "organizador", observando ahora más detenidamente a sus "guardias" Barald y Shiba habían entrado en un lugar oculto y clandestino y al no conocer a nadie, pudo sentir como aquellos hombres les clavaban la vista desde que tomaron asiento ¿los estaban midiendo? era lo más probable, aquello más que propuesta sonó a encerrona y el muchacho captó las señales a la perfección, aprovecharía la situación. - Esta bien, pelearé. Shiba cobrara mis honorarios tras las peleas ¿quieren un buen espectáculo? yo lo daré.  - Dijo para inmediatamente girarse sobre si mismo y hablar con Shiba - Apuesta todo mi dinero, ya tenemos caballo ganador. - Convencido de su realidad aunque no fuera cierta ni conocedor de sus próximos contrincantes, emprendió una vez más en su futuro confiando en sus habilidades de combate. Shiba era un trabajador obediente pero era conservador, no le gustaba arriesgarse tanto, aun así accedió a cumplir su parte del plan con un gesto de afirmación con su cabeza, no sin antes, mostrarse preocupado. - Estas loco Barald ¿como vas a pelear contra esos hombres? yo jamás pelearía contra ellos! - Barald no pudo evitar sonreír ante tal pregunta y como si fuera el mismísimo Aquiles respondió. - Por eso nadie recordara tu nombre. - Ahora si que si, se dio la vuelta y salió de las gradas a paso tranquilo.  El maravilloso plan era sencillo, algo que no había pensado hasta que esta oportunidad se había presentado frente a sus ojos, apostarlo todo a si mismo y pelear, nunca había peleado por dinero de esa manera ¿tendría futuro en esto de las peleas clandestinas? le parecía un negocio interesante.

Minutos más tarde ...

Caminaba echando humo de nuevo por aquel camino hasta llegar a la arena, siendo uno de los combatientes más tardíos en acceder al lugar debido a su fichaje de ultima hora. Una estela de humo se dejaba ver de vez en cuando a medida que caminaba debido a su gran vicio al tabaco que le concederá algún que otro problema a medio y largo plazo, de momento nunca había pensado en dejarlo, le relajaba. Antes de salir a la arena tomo el colgante de su cuello y abrió la foto que contenía en su interior, observando el rostro de su hija por si moría en ese día aunque no entraba en sus planes. Cerró la foto del colgante y lo guardó bajo su camisa para así recibir de lleno el sol golpeándole en la cara al salir de aquel pasillo estrecho. Un par de indicaciones del escolta que lo acompañaba y acabó en el sitio que le correspondía junto a una mujer de pelo castaño y a un tipo que comía chicle. Pasado un tiempo allí sin decir nada con ambos brazos cruzados observando a los participantes desde aquel punto de vista, buscó a Shiba frente al publico localizándolo en la zona de apuestas, parecía estar llevando acabo la apuesta definitiva para llevarse algo más interesante que entrar en el Hall of Fame como cuando te pasas la liga pokemon.  Mencionaron su nombre a lo que el chico junto a sus nuevos compañeros de pelea, Runin y Ryota. Barald los miro pudiendo ver al chico que lo llamaba así con la mano, invitándole a venir ¿estos eran sus compañeros de batalla? al parecer la pelea iba a ser un 3 vs 3. Extendió el puño y le golpeó el mismo tranquilamente ¿lo conocía de antes a aquel tipo? no, sin duda alguna era la primera vez que lo veía pero le resultaba familiar, algo así como de una vida pasada y una estrella roja. Le gustaban todas las mujeres posibles de la vida, era un tipo intenso. Sin decir nada, vio a Runin tirarle de la mejilla y quejarse de tener que golpearle gratis ¿la gusta el dinero? chica lista.

[Imagen: GTZElFm.jpeg]
- Descuida, bueno soy Barald, un placer conoceros. -

Dijo mirando a Runin, exhalando el humo hacia un lado para no echarselo a ella a la cara y dando a entender con sus palabras que no le molestaba para nada cualquier cosa que dijera el intenso del grupo y que era un placer conocerlos allí. Tras aquello retiró el cigarrillo de su boca y lo tiro al suelo, aplastándolo con la planta del zapato. - Dahahhahaha ¿respiro bro y tu? - Respondió a la primera pregunta, y a todas las que le formulo durante esos 6 minutos. - Tu pareces jugador de basket ¿que posicion eres, "bro"? - Segunda. - Ni de coña te presto pasta "bro" - Prosiguió. - Mis hermanas te abrirían en canal y te lo comerían, no te recomiendo conocerlas "bro" pero puedo presentarte a mi amigo Shiba, nos esta viendo en la grada. - Tras una leve pausa viendo que se le había olvidado decir "bro" lo recordó y hablo de nuevo - "bro" -

Tras aquellos minutos de charla llegó el momento de pelear. Camino junto a sus compañeros y llegó a la zona de combate, mantuvo una pose tranquila digna de su persona que nunca solía perder la calma ante ninguna situación no iba a ser menos en esta. No conocía las habilidades de sus compañeros pero no parecían ser unos debiluchos a lo que Barald en principio no debía de preocuparse por ellos, simplemente de vencer a su contrincante para pasar a la siguiente ronda. - Suerte amigo. - Dijo a su contrincante mientras le daba el tic del ojo derecho, justo antes de que se diera el inicio del combate. Desenfundó su katana al empezar el inicio del combate y se lanzó directamente hacia su adversario dando un solo pasó para acortar la distancia quedando a un poco más de un metro e inmediatamente lanzar con su mano izquierda un katanazo abierto de izquierda a derecha de manera horizontal, buscando cortar la cabeza de su contrincante en un primer ataque agresivo, mantenía su mano derecha cerca de su cintura y había acompañado el corte rotando el cuerpo girando su cintura, estaba con ambos ojos en su oponente, lo creía rápido debido a su tamaño así que esperaba cualquier movimiento de vuelta del mismo. Estaba listo para pelear, igual pelear con una katana siempre da una ventaja de distancia real ya que la misma mide algo más de un metro y extender el brazo le da un poco más de rango para poder cortar todo lo que se ponga frente a ella. 


Off
[Imagen: FIRMA.jpg]
#5
Las 3 peleas empezaron sin parangón, cada una de ellas de una manera totalmente distinta...

Ryota VS Symic
La Gyojin avanzó junto con su "equipo" de peleadores. Tenía cara de pocos amigos y miraba con cierto asco a Ryota y Barald. 
En cuanto sonó la campana no le dio prácticamente tiempo a reaccionar. 
El impacto hizo que la cabeza de la gyojin se desviara bruscamente hacia un lado. El golpe no pasó desapercibido; su cuerpo se desplazó un paso sobre la piedra y el sonido resonó en la arena antes de disiparse entre los murmullos del público.
Durante un instante, Symic permaneció inmóvil.
Luego, su cuello volvió lentamente a su posición original. Una gota espesa de sangre descendió desde su nariz hasta el suelo de piedra, rompiéndose al caer. Sus ojos se clavaron en Ryota con una expresión que ya no tenía nada de calculada. Las branquias de su cuello se tensaron y su respiración se volvió pesada e irregular.
- …Gyogyogyo…
La risa sonó grave, cargada de desprecio.
- ¿Un hombre? ¿De verdad me han puesto frente a un hombre-gyo?
Su cuerpo se inclinó hacia delante, los pies apretando con fuerza en la piedra mientras los músculos de sus brazos se tensaban de forma visible. Las manos palmeadas se cerraron lentamente, una tras otra, hasta formar puños anchos y contundentes.
- No me toques -escupió, con la voz cargada de rabia- No me hables, ¡ni me mires!
Sin más aviso, Symic avanzó con violencia, descargando toda su furia acumulada en un movimiento directo, brutal, sin espacio para dudas ni contención. No había nada refinado ni ningún cálculo visible en su gesto: solo fuerza, velocidad y la intención clara de aplastar lo que tenía delante. Le lanzó un puñetazo directo a la cara de Ryota. 


Runin VS Golgari


El hombre apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Desde el momento en que Runin avanzó, su atención se fijó en ella de una forma incómoda, casi malsana. Sus ojos recorrieron su cuerpo sin ningún disimulo, deteniéndose más de lo necesario, y una sonrisa torcida se le dibujó en el rostro mientras la lengua se deslizaba por sus labios resecos.
-Jejeje… joder… -murmuró, con la voz cargada de una excitación desagradable- Menuda pieza…, oye preciosa, ¿qué te parece si nos largamos de aquí y te saboreo un poco? 
Un hilo de saliva descendió por su barbilla mientras daba un paso adelante, los ojos vidriosos, incapaz de apartar la mirada. No llegó a decir nada más.
El sonido de la campana se mezcló con el movimiento de Runin.
En un instante, la distancia se cerró. El brillo que envolvía su brazo, mezcla de la energía de su Akuma y la luz ardiente de los guantes, trazó un arco ascendente imposible de ignorar. El puño impactó de lleno bajo la mandíbula del hombre con un estruendo seco, brutal, que resonó en la arena.
El cuerpo de Golgari se levantó del suelo como si hubiera sido arrancado de él.
Sus pies perdieron contacto con la piedra, la cabeza se sacudió violentamente hacia atrás y el chasquido del impacto recorrió el recinto antes de que su cuerpo saliera despedido varios metros. Cayó de espaldas con violencia, rodando de forma torpe hasta quedar inmóvil, el polvo elevándose a su alrededor.
El silencio se impuso durante un varios segundos.
Cuando el personal de la arena se aproximó tras esperar el tiempo por normativa, no hubo duda posible. El hombre no se movía. Su mirada, antes cargada de deseo enfermizo, había quedado fija, vacía, con el cuerpo vencido de una sola acometida.
Desde los palcos, algunas conversaciones se apagaron de golpe. Otras, en cambio, continuaron con un interés renovado.
La primera prueba había terminado para uno de los aspirantes.
Y la arena ya había tomado nota del nombre de Runin Kitay.


Barald VS Bant
El Joven mink tenía cara de que no quería estar allí, de que aquello no había sido más que una encerrona de la que ya no podía huir. 
Tras el sonido de la campana, el acero cortó el aire con un silbido limpio.
La katana de Barald describió un arco horizontal preciso, calculado, suficiente para abrir carne si encontraba su objetivo. Pero no lo hizo. El mink reaccionó por puro instinto: un movimiento torpe, desordenado, que de todas formas no bastó para que el filo de la katana de Barald, le hizo una herida profunda. 
El joven retrocedió de inmediato.
Dos pasos largos hacia atrás, perdiendo el equilibrio en el proceso. Sus pies resbalaron sobre la piedra y cayó de espaldas, golpeando con torpeza antes de incorporarse a medias… solo para volver a derrumbarse. Se arrastró unos centímetros más y terminó sentado en el suelo, con las piernas encogidas y los brazos cubriéndose la cabeza.
- ¡No! ¡No, no, no! -gimió, con la voz quebrada- ¡Para! ¡Me rindo! ¡Me rindo, por favor!
Las palabras salían atropelladas, mezcladas con sollozos. Sus orejas estaban completamente pegadas a la cabeza, temblando sin control, y la cola se agitaba de forma errática contra el suelo. Las manos le temblaban mientras las alzaba en un gesto desesperado, suplicante.
- ¡No quiero seguir! ¡No quería estar aquí! ¡Por favor…!
Desde los palcos, nadie respondió.
La seguridad permaneció inmóvil.
Los organizadores no intervinieron.
No hubo señal, ni gesto, ni anuncio que detuviera el combate. En la arena, la rendición no tenía valor si no iba acompañada de un cuerpo incapacitado o inmóvil.
El llanto del mink resonó débilmente en el espacio amplio, casi fuera de lugar, entre el silencio expectante del público. Frente a él, Barald permanecía de pie, con la katana aún en mano, mientras el circuito observaba todos sus movimientos.
La prueba no se había detenido, y no lo haría hasta que uno de los dos estuviera derrotado en combate. 


El murmullo del público se transformó en un silencio denso, casi incómodo. Algunas copas quedaron suspendidas a medio camino, el dinero dejó de moverse por un instante y las miradas descendieron hacia la arena con una atención más cruda, menos curiosa y mucho más expectante.
La piedra del foso parecía absorber el sonido del llanto del mink, era una escena compleja, sobre todo después de ver como un contrincante había sido destruido tan solo con un golpe,  recordando a todos los presentes que allí abajo no había lugar para dudas ni segundas oportunidades.
INFO
#6

Barald

A simple vista se percibe despreocupado, imperturbable, incluso relajado. El aroma a tabaco inicialmente incomoda los sentidos de la fémina, hasta que este se ve atenuado por la combinación del varonil perfume y la dulzura caramelizada del propio, creando una fragancia inesperadamente envolvente que ameniza el ambiente. Ligeras risas brotan de los abultados labios de la fémina cuando las palabras del nuevo invitado no se hacen esperar.

“Bro” por aquí y “bro” por allá. ¿Intenta burlarse de Ryota? Una mezcla de emociones bulle porque adora reírse del castaño pero tampoco espera que otros lo hagan abiertamente; aun así no puede evitar escucharlos y negar con diversión. El escenario puede resultar abrasivo, pero ninguno de ellos parece dar indicio de sentirse como un pez fuera del agua; por el contrario, el cúmulo de diferentes personalidades converge hasta dar forma a un extravagante equipo que, sin duda ni temor, se abre paso hacia el espectáculo.

Cada sentido, cada palabra, cada expresión, quedan rezagadas ante el cúmulo de sensaciones que palpitan en la mente y cuerpo de la fémina. Las palabras de su contrincante se perciben lejanas, como un eco constante pero debilitado, inoportuno y desagradable que funciona para canalizar la exasperación de aquella que anhela desahogar sus más primitivos deseos. ¿Largarse de ahí? Solo con el premio mayor. ¿Saborear? Lo único que el hombre logrará degustar será la mórbida furia de una amazona que ansía llenar la superficie de piedra con sangre.

¿Cuándo fue la última vez que la adrenalina sacudió sus sentidos con arrolladora fuerza? ¿En qué momento la sensación compacta contra su puño se tornó escalofriante y emocionante a la vez? El cuerpo del hombre se levanta intempestivamente cuando el ataque finaliza, Runin lo siente a cámara lenta, como si algo hiciera “click” en su interior y lo siguiente que siente es la comisura de sus labios elevándose en una insana sonrisa.



¿No es otra forma de burlarse de los hombres? ¿De defenderse y lograr defender a quien desee?

El inconsciente cuerpo del hombre cae estrepitosamente sobre el escenario, sin control o sutileza, no, ha sonado fuerte, doloroso, inclemente. ¿Su cerebro habrá rebotado en el interior de su cabeza? ¿La espalda le dolerá al despertar? ¿Intentará volver a levantarse como los artistas marciales o los héroes relatados por libros infantiles?

La pesada respiración lentamente empieza a nivelarse, la guardia baja y el mentón se eleva al igual que su puño derecho en una silenciosa revelación de victoria. No hace falta analizar más de la cuenta, el imberbe hombre de asqueroso proceder no despertará, al menos no con prontitud. El corazón empieza a latir más relajado porque siente que el estrés acumulado en un instante ha podido ser liberado del todo. ¿Alguna vez sintió algo parecido utilizando su arco y sus flechas? No, no con la misma intensidad, no con la misma avidez y arrebato.

La mirada se desvía hacia sus compañeros, como si volviera a situarse en el presente, en la importancia de aquel primer combate y la primera victoria. Es ahí cuando lo ve, el rostro impresionado, casi atemorizado del castaño que ha provocado el revoltijo de rabia en primera instancia. Le sonríe con tanta intensidad que casi parece advertir lo obvio: No te conviertas en el siguiente.

Lentamente se va alejando de sus compañeros para no estorbarles en la batalla, no pierde cuidado y… ¿Aquel muchacho peludo ha estado llorando en medio de un enfrentamiento? ¿Rindiéndose al punto de tornarse lastimero y repulsivo? ¿Cubriéndose el rostro en un gesto tan vergonzoso como cobarde?

Un cobarde.

Runin casi siente ganas de escupir hacia el suelo pero se contiene lo suficiente como para no perder el porte, como para cruzar los brazos y tratar de no volver a enfadarse cuando no se trata de su combate. No, es el de Barald, es él quien debe hacerse cargo del muchacho, quien debe demostrarle que no están ahí por mero entretenimiento, que realmente se puede perder más que un poco de dinero.

El gesto se tuerce en inevitable repugnancia, una parte de su mente le dice que parece algo joven para estar ahí, trata de buscar explicaciones que se convierten en meras suposiciones. ¿Estará siendo obligado? ¿Será menor de edad? ¿Se ha encontrado con una pared y se ha dado cuenta que combatir no es lo suyo? Otra parte en su mente se ciega ante el escenario que debe presenciar; así que desvía rápidamente la atención hacia aquel que ha provocado más de un malestar.

Respira profundamente antes de gritar. ¿Se está desahogando por el terrible escenario del cobarde llorón o por otra cosa? Relame sus labios con premura, prepara sus pulmones y permite que su voz aflore con fiereza.


—¡¿Qué estás esperando, Ryota?! ¡Si me obligaste a cambiar de contrincante, al menos destrózala, cariño! ¡No creas que no vi tu cara hace rato! —¿Quedarse callada para que su compañero pueda concentrarse? ¿Mantener el temple relajado por más de veinte segundos seguidos? Es pedirle demasiado a Runin Kitay, la amazona propensa a los cambios abruptos, a la soberbia y la cólera, la confianza, el descaro y el jolgorio.



—¡Me gustan los hombres fuertes, cariño! ¡Da lo mejor de ti o volveré a enojarme!

Esta vez parece más sonriente y resuelta, como si intentase incentivarlo a su manera, una terrible forma que le causa gracia. —¡Y protege tu rostro! Solo yo puedo llenarlo de moretones, fufufufu. —Ríe. Sabe que Ryota no perderá o quiere creer que no lo hará.

¿No habían dicho que confiarían el uno en el otro? Eso es lo que hará, aunque sus manos se encuentren apretando con fuerza sus propios brazos cruzados.  ¡El ganará! Se repite una y otra vez.  Ganará o le meteré un golpe tan fuerte que el tipo en el piso parecerá estar tomando una siesta en comparación. Incluso su mente se maneja de una manera… distinta.

OFF ROL
[Imagen: MQT49Lq.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1557 + 0 = 1557
Energia: 1376 - 96 = 1280
Espiritu: 228 + 0 = 228
#7

Los golpes y los regaños eran cosa de todos los días junto a Runin, y no importaba cuántas veces tuviera que frotarse la cabeza o sentir cómo le estiraban las mejillas, no cambiaría a la morena por ninguna otra chica de ese lugar. Sin embargo, eso no significaba negarse a disfrutar de otros aires cuando su compañera estuviera distraída.


La sonrisa del castaño apareció en sus labios con cada respuesta del peli negro. El último no lo sabía, pero con cada vocablo ofrecido, permitía que Ryota se sintiera más a gusto con él.

¿Trabajar? Solo los idiotas lo hacen, así que el no hacerlo y vestir tan bien, era una muestra de ingenio ante sus ojos. “Base” Respondió su posición favorita. Desvelando con ello no solo que conocía el deporte, sino también una habilidad apta para el análisis rápido. ¿Pues quién es más listo? ¿Quién dribla para atravesar, o quién mueve a los defensas para conseguir un punto fácil?

“Kekeke suenan a chicas listas.” Astuto, sabía hablar, burlesco y confiaba en la fuerza de los suyos. Eso bastaba para entender la clase de persona que era Barald y deducir qué podía esperar de él. Prácticamente, para Ryota, en ese momento el pelinegro se había convertido en la segunda persona en quien más confiaba dentro de la arena, una estrella roja digna de tener en cuenta.

Además, ese tal Shiba sonaba como la pieza que le faltaba a su plan.

Ya adentro de la arena, el sonido de la campana fue acompañado por el furioso grito de la morena a sus espaldas. No hubo tiempo de pensar en la furia de Runin ante el inocente cambio. Así que decidió enfocarse en recortar la distancia con su oponente, impactando de lleno en el rostro de la mujer pez, obligándola a desviar el rostro al lado contrario.

Era el momento, el instante para arremeter y desatar una lluvia de golpes, aprovechar su velocidad y no darle ninguna chance de respiro a su oponente. O esa habría sido su acometida, de no haber visto por el rabillo del ojo cómo el fornido hombre sobrevolaba los aires hasta estrellarse contra el suelo, completamente inconsciente.



“Ah no manchester, era ganarle al bro, no dejarlo lisiado.”

Siguió la acción con la mirada y, al hacerlo, un escalofrío le recorrió la espalda. Sabía contra quién estaba peleando ese hombre y el motivo por el cual su destino había sido tan cruel. Incluso giró el rostro hacia un costado para ver al sexy verdugo, sintiendo con temor la mirada de aquel monstruo de labios provocativos.
Llegó a sentirse culpable por haber sido el verdadero origen de la ira de la mujer, pero pronto recordó que él también se encontraba en medio de un combate que no le daría tregua, regreso rápidamente el rostro y…

- No me hables, ¡ni me mires! -

[PUM]

Su rostro fue cubierto por un contundente puñetazo que oprimió su nariz con violencia, ocasionando que saliera un hilo de sangre por ambas fosas cuando el puño retrocedió y manchara parte del suelo. Se lo merecía, lo sabía, ni siquiera se quejó por el dolor que sentía, solo levantó los puños a la altura de la barbilla, izquierdo delante del derecho mientras daba un paso hacia atrás, dejando ahora la pierna izquierda delante de la derecha.


Su mirada se tornó desafiante y con soltura regresó nuevamente al interior del combate, en esta ocasión tras volver con un paso, lanzó un jab de izquierda, un golpe rápido y contundente al rostro. “Adivinare, ¿problemas con papá?.” Él ignoraba por completo el combate de Barald, ni siquiera sabía que el pobre canido hombre estaba a punto de ver su fin, pero tenía otros asuntos que atender, mientras la voz del demonio comenzaba a animarlo. 

INFO
[Imagen: ELRAliP.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 1452 - 100 = 1352
Energia: 1350 + 0 = 1350
Espiritu: 285 + 0 = 285
#8

¿Ganarse la vida combatiendo? podría ser una buena vida llena de acción en la que encajaría tanto como un pez en el agua, podría imaginarse como un gladiador armado con espada y escudo en coliseos por todo el mundo donde ensartar a sus enemigos y sentir el llanto de sus mujeres fuera su razón de vivir. Se encontraba en uno de los mejores escenarios posibles para poder combatir a pierna suelta sin tener que preocuparse por el contrario, aunque en este caso la situación no iba a ser para nada agradable, esperaba que su contrincante fuera a darle algo más de pelea. Barald no era un mal combatiente; había sido entrenado en el noble arte de la espada manejando su propio estilo de combate que al igual que su espada "Nishiki" iba evolucionando a medida que el mismo se iba haciendo más fuerte. Atrás dejo su anterior cuerpo delgado e inútil en combate para ahora haber adquirido uno mucho más entrenado y esculpido aunque no pareciera ser demasiado fuerte a simple vista, fruto de horas y horas de sudor y sangre. Recordaba muy bien las enseñanzas de su maestro y todo cuanto debía hacer para mejorar, cosas como: tu arma es una extremidad más de tu cuerpo o se decidido, nunca dudes de ti mismo siempre estaban presentes en su cabeza. Aprovechó la corta distancia que tenia con el joven mink para lanzar su primer ataque, parecía ser lo suficientemente bueno como para verlo venir, pero no tan rápido como para esquivarlo del todo, pudiendo cortar al mismo en la cara con el primer ataque. En ese preciso instante sintió como el fragor de la batalla inundaba su mente y su cuerpo, estaba 100% concentrado siempre que peleaba, tan concentrado que ni si quiera pudo ver el tremendo puñetazo de su compañera Runin, ni tampoco percatarse de que estaba haciendo Ryota, solo veía al mink que ahora, quería salir de su rango de acción dando dos pasos hacia atrás para acortar su distancia. ¿Lo permitiría? Su estilo de combate era claro, machetear rápido donde la piedad no tenía lugar, ni si quiera frente al joven mink. 

Pudo ver bien como el mismo lograba echarse hacia atrás en un intento de huida de su rango de acción a lo que inmediatamente con su mano derecha desenfundó su arma predilecta, su katana Nishiki. Dio dos pasos para acortar la distancia siguiendo al mink para así preparar su segundo ataque acercándose exactamente dos metros pero pudo notar el nulo intento de pelear de su contrincante, que ahora tropezaba y caía al suelo, llorando y pidiendo clemencia por su parte. Su rostro no cambio ni un ápice al verlo a pesar de sentir lastima por el mismo, si bien es cierto que de no ser por aquello antes de que el mismo tropezara ya estaría literalmente muerto, pero aquello lo desconcertó. Era un joven mink con miedo, aterrorizado frente a tener que pelear para sobrevivir, sin duda alguna estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado y sobretodo, con el contrincante equivocado. Barald ante tal reacción del mismo sintió lastima, sinceramente lo desconcertó, algo muy raro incluso para el que no solía blandir su arma con dudas, pero he de decir que al ser alguien de buen corazón retardó su ataque. En cualquier otra situación no hubiera actuado de manera agresiva frente a su contrincante, pero todo cuanto Barald hace, es premeditado en su mente y aquella era si situación: estaba en un torneo clandestino donde había apostado todo su dinero y verse como alguien débil ante aquello le haría parecer un flojo. - Mugen - Dijo allí mismo para inmediatamente arremeter con sus dos katanas directamente en el cuerpo del mink directamente al pecho de manera horizontal de derecha a izquierda.

[Imagen: UVQXgCp.jpeg]
- La vida no perdona la debilidad, lo siento amigo. -

Dijo para tras aquello dar por concluido el combate, enfundando ambas armas de nuevo en su vaina. Ahora si, giro su cara para ver que habían hecho sus compañeros de equipo, Runin había ganado ya su combate con el musculitos, algo increíble, no había visto como lo había hecho pero ya se había proclamado con la primera victoria del equipo así que esta seria la segunda, ahora solo quedaba Ryota frente a la mujer pez. Desvió de nuevo su mirada para ver a Shiba en la grada con ambas manos en la cara, el sabía lo que iba a pasar y no quería verlo, aunque en cuanto quitara sus manos de la cara podría ver lo que había sucedido.

Era consecuente con sus actos y sabía que aquella muerte le daría algún que otro quebradero de cabeza, a nadie de buen corazón le gusta ser cruel con alguien inocente como el mink que sin duda, no estaba en donde tenía que estar, quien sabe la historia que tendría a sus espaldas pero no estaba aquí por gusto, aquello le pesaría. No obstante no iba a mostrarse clemente frente a nadie, iba a pasar de ronda, y a hacerse con el premio, además de que no iba a arriesgarse a perder dinero y mucho menos si había apostado todo lo que tenía por si mismo. Estiro un poco su manga izquierda y revisó no tener ninguna mancha de sangre en el traje, esperando a que Ryota acabara su combate en algún momento mientras caminaba alejándose del cuerpo del mink y acercándose a Runin ahora que su combate había terminado. La cara de Barald seguía siendo la misma, aunque le pesara en el alma haber arrebatado una vida inocente hoy, no se mostraba demasiado afectado aparentemente aunque le diera lástima, pero es como bien había dicho "la vida no perdona la debilidad" y así, una vez más, demostraba su entendimiento del mundo. Barald era un tipo eficaz en cualquier situación, aunque esto si que le hizo dudar un poco y parar su ataque durante unos segundos, el joven Mink podría haber muerto antes de caer si quiera al suelo y eso fue algo impropio de Barald mostrar clemencia así en combate ¿estaba realmente preparado para quitar una vida inocente de esa manera sin titubear? las enseñanzas de su maestro de la espada siempre fueron claras "nunca dudes al blandir tu arma frente a tus enemigos" ¿pero aquello? ¿realmente era un enemigo? Barald era un humano al final de todo, no era un monstruo. Sin duda le pesaría la conciencia por tal acto.

Off
[Imagen: FIRMA.jpg]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 865 + 0 = 865
Energia: 780 - 113 = 667
Espiritu: 177 + 0 = 177
#9
La arena tardó apenas un segundo en asimilar lo ocurrido.
El cuerpo del mink cayó al suelo con un sonido húmedo y definitivo. La hoja había atravesado sin margen a la duda, y la sangre comenzó a extenderse sobre la piedra pulida, rompiendo la estética relativamente limpia del recinto. Sus manos, que segundos antes habían suplicado, quedaron abiertas y rígidas, los dedos aún tensos en una postura inútil.
No hubo gritos desde los palcos. No hubo interrupciones.
Algunos espectadores apartaron la mirada. Otros no lo hicieron en absoluto. Un par de cientos cambiaron de mano con un tintineo aislado, casi fuera de lugar. La seguridad permaneció inmóvil. Los organizadores tomaron nota en silencio, sin comentarios, sin gestos de desaprobación o sorpresa.
Bant había dejado de ser un aspirante.
Había dejado de importar.
Uno de los asistentes se acercó lo justo para comprobar el pulso. Dos dedos en el cuello, un gesto mecánico, profesional. Luego negó con la cabeza y se retiró sin cubrir el cuerpo, sin ceremonia alguna. El cadáver quedó allí, visible, como una advertencia silenciosa para cualquiera que pensara que aún podía echarse atrás.

La arena absorbió su muerte con la misma indiferencia con la que había absorbido tantas otras antes.
A unos metros de distancia, Ryota y Symic seguían en pie.
El combate entre ambos se volvió tosco, prolongado, carente de cualquier intención de esquiva o repliegue. Puño contra puño. Golpes que entraban limpios, que arrancaban sangre y aire, sin que ninguno de los dos pareciera dispuesto a retroceder más de lo estrictamente necesario. El sonido de los impactos se repetía una y otra vez, seco, constante, hasta volverse monótono.
Symic escupió al suelo, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano.
- Gyogyogyo…
Su risa era áspera, cargada de desprecio.
- ¿Eso es todo? -gruñó- Los hombres siempre terminan igual, Gyo… cansados, lentos.
Avanzó de nuevo, descargando golpes amplios, pesados, sin técnica alguna, confiando en su cuerpo y su fuerza bruta. Cada paso suyo hacía vibrar la piedra, cada impacto buscaba imponer presencia más que precisión.
Ryota respondía golpe por golpe. Narices sangrantes, nudillos enrojecidos, respiraciones cada vez más pesadas. No era un combate elegante ni rápido. Era un intercambio crudo, insistente, que empezaba a perder el interés de quienes observaban desde arriba. El aire entre ambos se volvió pesado. Cada golpe levantaba pequeñas motas de polvo que se mezclaban con el olor metálico de la sangre y el sudor. Los brazos empezaban a pesar más de lo que ninguno admitiría, y cada respiración se volvía más ruidosa que la anterior.
Desde los palcos, el murmullo regresó.
No de emoción.
De hastío.
Uno de los organizadores descendió al borde de la arena con pasos tranquilos. Vestía como los demás: traje oscuro, postura relajada, expresión neutra. Se acercó lentamente hacia el centro, donde seguían peleando. Symic lo vio acercarse y detuvo sus ataques, ya que el organizador empezó a aplaudir. No levantó la voz. No hizo ningún gesto para reclamar atención más que felicitar a los dos contendientes. Aun así, el combate se detuvo. En aquella arena, cuando un organizador bajaba al foso, significaba que alguien había cruzado una línea invisible.
- Dos combates resueltos. El espectáculo ha sido aceptable.
- Sr.Alexander, discúlpeme, un par de golpes más y lo te- Un sonido fuerte cortó en seco las palabras de Symic, un sonido que provenía del propio organizador, el cual sostenía con su mano una pistola humeante, siendo ese el rastro de un disparo reciente. 
La bala había impactado de lleno en la cabeza de Symic. Su cuerpo se desplomó al instante, como si le hubieran arrancado el sostén que la mantenía en pie. No hubo grito, ni última carcajada. Solo el golpe sordo de su cuerpo contra la piedra y el silencio inmediato que se extendió por el recinto.
El organizador observó el cadáver un segundo, lo justo para confirmar que no habría movimiento alguno.
- Aburrido. -dijo, sin elevar la voz.
Entonces giró la cabeza hacia Ryota.
- Tu equipo ha ganado dos combates y con buen espectáculo.-continuó, guardando el arma con calma- Considéralo un favor.
Su mirada fue fría, calculadora.
El Sr. Alexander era un hombre bajito, de pelo negro y barba. Mostraba un claro interés en el espectáculo, pues esa noche era su noche, le había tocado ser el anfitrión, y no podía permitirse que sus "invitados" se aburriesen con combates como el que estaba sucediendo. 
Desde los palcos, algunas fichas se retiraron. Otras comenzaron a moverse con renovado interés. La arena volvió poco a poco a su estado habitual, como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
Tres aspirantes habían entrado.
Dos combates habían terminado.
Uno de ellos… no por decisión propia.
El circuito había hablado.
Y había dejado claro que allí no bastaba con sobrevivir.
Había que entretener.

El narrador del evento anunció los ganadores. El ambiente se había animado; el primer combate solía ser más denso, más de tanteo, pero el público había aceptado de buena gana el resultado de aquel enfrentamiento inicial. Se notaba en el murmullo constante, en las conversaciones cruzadas, incluso en el propio tono del comentarista, que ahora sonaba más suelto, más implicado.
- La primera sorpresa de la noche ha sido ¡La Amazona Carmesí! -proclamó- ¡Tomen nota para sus apuestas!
Algunos aplausos se alzaron desde los palcos.
- Filo Negro no se ha quedado atrás con su frialdad… una ejecución limpia, directa, sin margen para la duda.
El murmullo se volvió más espeso, expectante.
El comentarista hizo una breve pausa, claramente intencionada.
-Y finalmente… -continuó el comentarista- no olviden apostar sus berries por Ryota Miyamoto.
Un murmullo expectante recorrió los palcos.
- Desde esta noche, el circuito lo conocerá como Saco de Boxeo.
Las risas no fueron unánimes, pero sí suficientes. Algún aplauso irónico, algún comentario burlón, varias miradas que ya no evaluaban fuerza, sino resistencia.
- Ha demostrado que sabe aguantar golpes -añadió la voz- Ahora tendrá que demostrar que sabe devolverlos.
La expectación no disminuyó. Cambió de forma.La noche continuaba.
Y Ryota acababa de ganar algo más que una victoria: una deuda con su propio nombre.



Sin palabras de más, varios miembros del staff descendieron al foso y guiaron a los tres aspirantes hacia uno de los laterales de la arena, lejos de las miradas directas del público. Allí, en una zona delimitada por biombos oscuros y lámparas bajas, comenzaron a atenderlos con eficacia sorprendente. Paños húmedos, ungüentos que olían fuerte, y vendas ajustadas con rapidez. No había preguntas sobre el dolor ni gestos de preocupación; solo manos expertas haciendo lo justo para que los cuerpos siguieran siendo funcionales.
La sangre fue limpiada, las marcas más evidentes, cubiertas.
El combate había terminado. El negocio continuaba.
No tardó en aparecer el Sr. Alexander.
Avanzó hacia ellos con las manos a la espalda, pasos cortos y tranquilos, el traje impecable pese a la cercanía del foso, deteniéndose lo justo en cada rostro como quien evalúa mercancía tras una primera prueba.
- Os pido que disculpéis mi comportamiento anterior, era la 3a oportunidad de esa Gyojin -comentó finalmente, con un tono ligero que contrastaba con lo ocurrido minutos antes- Tú llevas una chaval, así que ya sabes lo que NO tienes que hacer.
Hizo un gesto vago con la mano.
- En Sorbet no nos gustan las medias tintas, así que vamos a ir al grano.
Se inclinó ligeramente hacia delante, apoyando una mano en el respaldo de una silla cercana.
- A partir de ahora, se os permite apostar.
La palabra quedó suspendida en el aire, mientras miraba fijamente a Runin y Ryota.
- Treinta mil berries por cabeza -añadió- Es el mínimo. Aquí nadie juega a ser prudente.
Su mirada se desvió un instante hacia Barald, sin decir nada explícito. Era evidente que sabía que algunos ya se habían movido entre el público antes incluso de pisar la arena. Alexander no distinguía entre veteranos y recién llegados; hablaba para todos por igual.
- Podéis apostar por vosotros mismos, de hecho, es lo que esperamos.
Se incorporó de nuevo, ajustándose el traje con calma.
- Disfrutad de la noche -dijo con una sonrisa ladeada- Con un poco de suerte, no será la última vez que nos veamos. 
La sorna no necesitaba ser explicada.
Tras esas palabras, el anfitrión se dio media vuelta y se alejó sin despedidas formales, perdiéndose entre el personal del circuito. Se paró a hablar primero con uno de sus empleados, quizá alguien con las habilidades adecuadas podría escuchar algo de esa conversación. 
Por otro lado, a lo lejos, el murmullo del público volvía a crecer, impaciente por el siguiente enfrentamiento.
La arena aún no había terminado con ellos.

La campana de el siguiente combate sonó, llamando a los protgaonistas de nuevo a la arena. 

INFO
#10

Mejores reflejos, técnica o velocidad suelen llevar al espectador a pensar que un combate se desarrollará en términos ideales para cada pugilista. El outfighter demostrará su solvencia, mientras que el infighter intentará acortar la distancia para castigar el cuerpo. Es una expectativa común al presenciar una pelea o al adquirir una entrada para un evento. Sin embargo, en ocasiones el boxeador simplemente tiene un mal día, arrastra secuelas de un combate anterior o, por la razón que sea, existen enfrentamientos en los que no se manifiesta el potencial que uno espera ver.

El enfrentamiento que se desarrolló entre Ryota y Symic fue uno de esos casos. Por la razón que fuera, la mirada ambarina del castaño dejó de centrarse en esquivar los golpes de la retadora y, en consecuencia, se limitó a recibir y encajar. Un verdadero desperdicio de técnica, sacrificado en favor de acabar cuanto antes con su oponente.

Quizás el hecho de que sus compañeros ya hubieran concluido sus combates añadió un peso invisible a sus piernas y lo empujó a ansiar un final tan prometedor como el de los contrarios. No solía ser así; pese a su habitual despreocupación, solía pensar más de lo que aparentaba. Pero todos somos humanos, y a veces terminamos cediendo ante nuestras emociones.

Cuando los cuerpos de ambos comenzaron a evidenciar la fatiga acumulada, el combate pareció detenerse por un instante para dar paso a unas breves palabras entre los dos. Pese a lo ilógico que pudiera parecer, él no la odiaba; en realidad, la veía como una igual en medio del dolor. Era una luchadora que buscaba algo en ese lugar, y por ello despreciarla carecía de sentido, más aún después de haber recibido sus puños, que dolían de verdad y cargaban con todo el peso de su esfuerzo.

Nadie se caga a piñas por algo, sin una razón.

- Los hombres siempre terminan igual, Gyo… cansados, lentos. -

“Terminarían más rápido, si pusieras algo de empeño…” Bromeo. Había perdido su juicio, no su sentido del humor. 

Algunos golpes después de reanudar el combate, los puños de Symic dejaron de llegar. El abrupto alto también obligó a Ryota a detenerse; no iba a golpear a alguien desprotegido... no, sí, sí lo habría hecho, quizás solo sintió curiosidad por lo que la llevó a detenerse. 

¿El motivo?

Un hombre de traje negro, mirada siniestra y abdomen relleno, eso era lo que robaba la atención de la chica. “Pésimo gusto.” Expreso con desinterés, una emoción que duró poco plasmada en su rostro, ya que al instante el sonido de un disparo llenó la arena.

El cuerpo de Symic cayó contra la piedra lisa despidiendo de la herida de su cráneo un fino hilo carmesí que evidenciaba su final. Muchas cosas pasaron en ese momento por la cabeza de Ryota y quedarse callado, fue la última. Casi sintió como todo su cuerpo ardió en colera, deseando lanzarse sobre el maldito infeliz que termino con la vida de alguien que solo estaba allí tratando conseguir la victoria con sus puños.

Pero no hizo nada al respecto. Pudo haberse pasado todo el enfrentamiento recibiendo golpes que no le correspondían, pero no iba a perder el juicio en ese momento, al menos no siendo la persona que era y no sabiendo todo lo que sabía al haber visto de primera mano la cantidad de personal ubicado en la arena.
Su mandíbula y puños se tensaron aún más fuertes reabriendo las pequeñas heridas en su rostro.

- Aburrido. –

La sangre del rostro salpico, como si de un palpitar se tratase, reprimiendo aún más el deseo de explotar.

- Tu equipo ha ganado dos combates y con buen espectáculo. Considéralo un favor. –



“No me gusta deber favores, lo regresaré en cuanto pueda.”

Respondió con un tono serio, directo y sin dejar de ver los ojos de ese enano panzón.

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Eligiendo esta vez evitar el golpe, desvió la mirada en dirección a la Gyojin. Se acercó con delicadeza para incarse junto a ella y cerrar sus ojos con delicadeza. “Tenías unos lindos ojos, lástima que no pude decírtelo.” Esbozó una sonrisa cargada de ironía. “Aunque creo que no te habría gustado ese cumplido, viniendo de un hombre, Keke” Una pequeña carcajada escapó de su interior. Una emoción pesada recorrió su cuerpo y, tras ello, simplemente caminó por la arena en dirección a donde se encontraban sus compañeros.

Los títulos dados por el comentarista no lo molestaron, no podía molestarse más de lo que ya estaba. De hecho, le agrado el título que se ganó. “Ya quiero ver a alguno de ustedes recibiendo un golpe de esa chica, malditos cerdos.” Pensó en medio de suspiros hasta que llegó con Runin y Barald. Su semblante no podía ser peor, más lejos de buscar empatía, simplemente se paró frente a ellos.



“No pudo ser más fácil, otros 30 minutos y ganaba, bro.”

Mintió y también actuó con un entusiasmo falso. La lógica le dictaba que sus contrincantes eran enemigos, que se encontraban en una arena clandestina y que él no era ningún boy scout; no iba a fingir que no aceptaba esa realidad. Por eso, no cargaría  a sus compañeros con un deseo personal, no cuando todos estaban allí por la misma razón, hacer dinero.

“Qué miedo diste ahí atrás, Runin, incluso creí que habrías querido darme ese putazo a mi Kekeke” Era muy bueno mintiendo, por eso mantuvo esa actitud, aunque sabía perfectamente que ella podía ver a través de sus mentiras. Maldita habilidad extraña la de la morena.

No pasó mucho tiempo antes de que los tres fueran llevados hacia uno de los laterales de la arena. Allí, en la gran sala con lámparas bajas, comenzaron a atender las heridas en el rostro del castaño sobre una de las tantas camillas del lugar.

Una hermosa mujer, de caderas prominentes y atributos abultados, lo atendió con seriedad. Ryota, sin embargo, guardó silencio; juntó las manos y esperó sentado, con paciencia a que el tratamiento llegara a su fin. En ese momento, pese a lo antinatural que pudiera parecer que no intentara nada con la profesional de la salud, su mente solo se ocupaba de replantear el plan que tenía en mente, uno que exigía ciertas modificaciones tras aquella primera ronda y el surgimiento de nuevas ambiciones personales.

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La mirada ahora desinflamada de Ryota se levantó junto con la llegada del mismo enano panzón que ya había visto antes. No cabía duda de que se trataba del pez gordo del lugar, la cabeza de la serpiente, o al menos eso quedaba claro a juzgar por sus actos recientes.

Tras sus disculpas, la amenaza cruzó el aire sin afectar en lo más mínimo al castaño.



“Claro.”

Quizás un poco sí que le afectaba su presencia. No es que no pudiera mentirle, es que no quería mostrar ninguna simpatía a ese hombre.

Las buenas noticias no tardaron en llegar; aun así, no abandonó su expresión de enfado ante su presencia. Algo que le venía como anillo al dedo, pues no mostró ninguna otra emoción cuando los desdentados ojos de aquel sujeto se posaron sobre él, anunciando que ya era momento de apostar.

Como si la última vela del pastel fuera puesta, una idea atravesó su mente en cuanto el hombre les dio la espalda. Una media sonrisa apareció en sus labios anunciando que poseía una forma brillante para llevar su plan a cabo.

No obstante, antes de poder interiorizarlo, un lejano susurro llegó a sus oídos. La voz, era la misma que recientemente les había hablando.

“Estúpidos, muertos, llama a esos dos.”

Solo Dios sabría por qué aquellas palabras debían significar algo importante. El castaño únicamente pudo asociarlas con la forma en que ese hombre se refería a ellos, a los peleadores que trataba como simples objetos, y con la última mención, solo pudo deducir que se refería a dos individuos con cierto grado de importancia. ¿Acaso rivales de peso? Bueno, eso no cambiaba nada, para todos sería obvio que no era la clase de sujeto que los dejaría llevarse el dinero como si nada.

En realidad, parecía ser la clase de sujeto que les permitía apostar, no solo para entretener a los espectadores; sino también para quedarse con su dinero cuando le viniera en gana con su pistola. De hecho, nada les aseguraba salir de allí con vida… o con dinero por lo que le hizo a la mujer pez.

Tenía que pensar en algo, una segunda opción o una forma de usar el sistema a su favor.

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Finalizado su análisis interno, el castaño se puso de pie y, pasando ambas manos por su cabello para peinarlo hacia atrás, recorrió el entorno con una mirada cargada de malicia y confianza. Seguido a ello se encaminó hasta el organizador, casilla o persona que tuviera como trabajo recibir las apuestas y marcaría la hoja de sus apuestas, desembolsando 100 mil berries de su dinero.

Se detuvo un momento. “Oh espera, escribí mal mi nombre, dame otra hoja de apuestas porfa.” Pidió, guardando la primera en su mano, para volver a anotar otra y entregar la nueva junto con su dinero. “Guarda mi dinero, vendré por el pronto.” No era la apuesta más descabellada de esa noche, solo un poco más del mínimo, así que no lo vio mal, ¿sus apuestas? Esas cosas no se sabían hasta que se debieran saber.

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Una vez terminó con eso y aprovechando que estaba en la sala de recuperación, sintió ganas de orinar. Nada daba más ganas que te agarraran a putazos. Así que aprovechando el tiempo se dirigió hasta donde creyó que estaba el baño, pasando junto incluso a la galería de los peleadores. “Eh, amigo, ¿quieres ganar dinero?” Exclamo llamando a uno de los allí presentes. “Mira apuesta por esto y pasa la voz, te aseguro que ganarás buena pasta.” Sonrió otorgándole la hoja de apuestas al desconocido y acercándose con cautela para no ser escuchado. “Solo recuerda no decirle a ninguno de los organizadores, de lo contrario seguro no ganarás nada como la chica pez de antes.” El miedo era la mejor medicina para las bocas sueltas, sin mencionar que el castaño poseía un poder de convencimiento impresionante desde su nacimiento.

¿Quién no quería apuestas amañadas y dinero gratis?

Al final, pudo ir al baño y regresar justo a tiempo, para que los tres volvieran a ir a la arena. Pasando junto a la galería previa de los luchadores, levantándoles el pulgar en alto con ánimo.

El plan iba a iniciar.

INFO
[Imagen: ELRAliP.png]
Cambios en estadísticas
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Energia: 1350 + 0 = 1350
Espiritu: 285 + 0 = 285


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