[Social][Pasado] Vestido de nadie se es amigo de todos
#1
Día 4 de Primavera, Año 16
 
El gran aclamado y respetado marine en prácticas, el flipado de Akira Raito, llevaba ya un par de estaciones en el Reino de Samba, pero una noticia bastante dulce le había llegado a los oídos por parte de varios de sus compañeros y muchos otros civiles de la ciudad. Tal vez era un rumor, tal vez no, pero la única manera que tenía que averiguarlo era comprobarlo por sí mismo.
 
Ese rumor era: “La Gran Caña Madre”, o como Akira prefería llamarla, la “mamá cañera”. Se trataba de una caña de azúcar de un tronco que tenía más del doble del grosor de cualquier otra caña, y que, a pesar de mantener la misma altura que el resto, que medían unos tres metros de alto, en su interior contenía el azúcar más dulce que jamás ha probado el reino. Una caña que solo crecía durante la primera semana de primavera y que, según los isleños, a quien al encontraba le traía buenas relaciones, tanto familiares como de amistad, dado su nivel de dulzura. Aunque, por su parte, Akira lo que quería era hincarle el diente.
 
El clima tropical de la isla hacía que a pesar de que fuera primavera, el color llegara a ser sofocante a mitad del día. El zumbido de las cigarras era lo único que competía con la respiración del rubio y el crujido de las hojas que iba apartando a su paso por los cañizales. Hoy era su día libre, así que el joven soldado vestía con una camiseta blanca de tirantes y unos pantalones cortos de color café y cubría su pelo con un pañuelo también de color blanco. Tal vez, visto de lejos, gracias a ese pañuelo que llevaba en la cabeza se podía confundir con un paisano que trabajaba las cañas, pero las chanclas y la mochila, del mismo color que sus pantalones, dejaban claro que simplemente era alguien que pasaba por allí.
 
En la mochila llevaba un plano de la isla para saber orientarse con propiedad, un chusco pan, un blíster con lomo, un cuchillo y una botella de agua. Sin duda, era alguien que perfectamente podría estar haciendo una ruta por la zona para descubrir lugares nuevos, salvo que ese cuchillo, no solo iba a servirle para cortar el pan y armarse un bocadillo, sino también para cortar a la mamá cañera y pegarle un bocado para comprobar lo dulce del azúcar.
 
Otro de los mitos sobre esta caña de azúcar era que también conseguía curar el mal humor al instante, así que tal vez podría echársela en la comida a alguno de sus superiores que tantas broncas le echaban por desaparecer sin avisar o por gastarles bromas a sus compañeros de escuadrón.
 
Akira avanzaba con paso decidido entre las cañas, había caminos ya hechos, pero sí quería encontrar lo que andaba buscando debía de meterse entre los cañizales apartando los troncos. Se detuvo un momento, secándose el sudor de la frente con el brazo. No estaba echando de menos el uniforme de la Marina para nada, si estaba pasando ese calor, no quería ni imaginarse con él puesto. Miró de nuevo el mapa y volvió a levantar la vista, según sus cálculos, el corazón de la plantación debía estar a unos pocos metros.
 
—Venga, que ya casi estamos, solo un poco más… ¡Qué calor! —suspiró mirando al cielo y pegándole un trago al agua que llevaba en la botella.
 
Dio un paso más, apartado una pared de tallos verdes del doble de su altura, esperando encontrar un claro entre tanto tronco con la gran caña esperándole en el centro del paisaje despejado. ¿No sería muy simple encontrarla así? Estaría llamando a cualquiera para que fuera a por ella. Poco le importaba ahora mismo, era alguien tan confiado que ni se podía imaginar si iba a ser víctima de alguna trampa de animales o cualquier cosa por el estilo. Pronto su frente se despejó de tanta caña de azúcar y en efecto, ahí estaba la gran caña madre, esperando a que Akira se acercara para cortar un trozo y llevárselo a la ciudad, si de verdad era tan dulce, su próximo movimiento sería hacer de ella una buena cachaça.
—Hablo —. ”Pienso”
  Responder
#2
Samba, una tierra rica en supersticiones, mitos e historias que se cuentan frente al fuego, o bajo las estrellas, nunca decepcionaba a la hora de levantar intrigas, ilusiones y elevar la expectativa dn aquellos quienes oían las narraciones, a veces de boca en boca, a veces en los periódicos, pero siempre transmitiendo toda la esencia de aquella magia. La joven y recien iniciada primavera había encontrado a un incauto Cill escuchando atentamente en una plaza a un anciano que les contaba a los niños sobre la gran caña madre y como solía encontrarse por estas fechas para la buena fortuna de algunos pocos, además de regalarles el botín del azúcar mas dulce y deliciosa conocida en todo el South Blue.

Los niños solo se habían reído del viejo y sus historias, más Cill, por su lado, atento a toda la historia, tenía una sonrisa en su rostro, con un pequeño brillo en sus ojos, aquello sonaba divertido, y escondía un aire de aventura. Tranquilamente sacó un cigarro, y lo prendió para dar una calada, mirar el sol que brillaba con fuerza, dejando caer sobre la vasta tierra un calor abrasador, acompañado de una suave brisa. Soplando el humo fuera, aún mirando el firmamento, ya sabía que haría hoy... Tenía que descubrir aquella Caña. Así, con la risa burlona de los niños de fondo, comenzó su camino hacia el cañaveral. Si allí había una gran caña, tendria que encontrarla, no podía ignorar una historia tan interesante, y como buen amante de la buena suerte y fortuna, además de lo dulce, la decisión básicamente estaba sellada a fuego.

El trayecto fue una nimiedad, siquiera había reparado en detalles y observado a su alrededor, tan solo estaba deseoso de llegar al sitio en cuestión. La zona no ayudaba al calor abrasivo que hacía por esas fechas. El torso desnudo de Cill dejaba entrever su físico, definido, y el sol brillaba con fuerza reflejando su luz en la cadena que colgaba del cuello del pirata y yacía en su pecho. Una sonrisa se dibujo en su rostro al ver que finalmente estaba en el sitio del que el viejo aquel hablaba. De la cintura en su pantalón colgaba Lucky Sharp, fiel compañera que jamás dejaba de lado, aunque guardada en su vaina, y su pantalón azul no eta la mejor vestimenta para un día así... En su mano, el pelinegro llevaba una botella plástica de agua, que al llevarla a su boca, dió con la noticia de que ya no tenía aquel ansiado elixir...

~Vaya momento eh...~ su mano rascaba su nuca con una sonrisa de resignación mientras deducía que no saciaría su sed en ese momento. Pero era tarde para volver atrás, ya estaba allí y no se iba a ir sin encontrar tan preciado tesoro. El sudor recorría su frente mientras se abría paso entre las cañas. Al momento pudo notar que más delante había un sujeto al que claramente estaba tomando ~¡AGUA!~ su mente por un instante se olvido de todo, de que hacía allí y cualquier otra cosa. Sus pasos comenzaron a acercarlo tranquilamente al sujeto en camiseta blanca. —¡Hey!— exclamó a la distancia mientras se acercaba —¿Crees que me puedes convidar un poco de agua? Hace calor y ya no tengo— consultó amistosamente de manera animada con una sonrisa segura y calma levantando su mano un instante en gesto de saludo y proseguir acercándose

Vestimenta
  Responder
#3
Akira observaba con brillo en los ojos aquel extraño claro que se había formado en el bosque de cañas de azúcar. Era un círculo casi perfecto donde apenas crecía ninguna, dejando entrar los rayos del sol de una manera que no había sido capaz de diferenciar antes.
 
Los haces de luz amarilla reflejaban en el verde de los troncos dándole una intensidad a los colores mucho más agradable que las sombras de sus ramas. El sustrato del suelo, en el que no crecían cañas, se encontraba algo seco por el calor, acompañando al color amarillo de la luz. Y en el centro, la gran caña, con un grosor que era el doble del que cualquier otro tronco de los del cañizal. Sus hojas eran del mismo tamaño, y su altura también, pero se distinguía bastante fácil. ¿Tendrían algo sus raíces que evitaban que crecieran más cañas a su alrededor? ¿Alguien ya había descubierto la caña antes que el joven marine de pelo rubio?
 
Dio un paso al frente mientras sacaba su cuchillo de la mochila y se la volvía a recolocar en la espalda. Ahora estaba ubicado entre el bosque de cañas y la gran caña, recibiendo él los rayos del sol que le hacían gotear la frente. El pañuelo que llevaba en la cabeza le había sido de mucha ayuda, ya que con la gran cantidad de pelo que tenía y las altas temperaturas, podría haberle dado un golpe de calor, y si podía prefería evitarlo. Agarró el cuchillo con fuerza, y justo cuando estaba a punto de acordar del todo la distancia que lo separaba de la caña, una presencia apareció de entre las cañas de azúcar.
 
Akira se esperó a empezar a cortar la caña, no tenía prisa y primero quería conocer con quien la iba a tener que compartir. Se giró en dirección al ruido de los troncos. Era un chico de cuerpo delgado, algo más alto que él, sin camiseta, y un destello le hizo diferenciar una cadena que le colgaba del cuello. Tenía una katana colgando de la cintura, algo que hizo que Akira arqueara una ceja. Era muy común la gente armada en este mundo, pero si estaba con algo afilado justo en aquel lugar, tal vez era porque también conocía la historia de la caña, al fin y al cabo, Akira también tenía un cuchillo en la mano.
 
Aquel hombre pronto empezó a andar en dirección al marine con una especie de sonrisa piadosa, como si fuera a pedirle algo, y efectivamente, el pobre muchacho necesitaba agua. La interacción del joven obligó a Akira a devolverle el saludo con la mano. Volvió a sacar la botella de agua y se la lazó para que la cogiera al vuelo.
 
—¡Claro, toma! ¡No dejes que se caiga! —expresó mientras le lanzaba la botella con la mano derecha. No fue un lanzamiento directo y con fuerza, sino deslizando su brazo desde la cacera hasta el nivel de su cabeza, para que hiciera una curva y pudiera agarrarla con facilidad—. Bueno, cuéntame, he visto que te has quedado sin tu propia agua... ¿Llevas mucho entre los cañizales, amigo? —le preguntó mientras se acercaba a él para no tener que hablar a voces. No le parecía una persona peligrosa a pesar de llevar una katana envainada, aunque si no le daba las gracias si que empezaría a sospechar que no era alguien bien agradecido. Le sonrió achinando los ojos una vez se encontraba a su vera.
—Hablo —. ”Pienso”
  Responder
#4
Si que hacía calor, el ambiente era pesado, el sudor en mi frente era el fiel testigo. La humedad en mi cuerpo culpa del sudor, agradecía el soplo suave de la brisa aunque no fuera la gran cosa. Usualmente preferiría no inmiscuirme en este tipo de situaciones tan molestas, pero, no podía negar que la recompensa prometía ser más que el proceso y valdría totalmente la pena. Mi alma curiosa y llena de intriga no podría jamás dejar pasar la oportunidad de encontrar y descubrir que escondía la gran caña madre, y como buen amante del dulce no iba a descansar hasta haber probado si la fama que le precedía a aquella azúcar hacía justicia a su sabor, o solo agigantaba un mito.

A decir verdad, al llegar a la zona creí que habría mucha más gente, pero al parecer no era así… Las razones podrían ser divididas, al menos a mi parecer, algunos por escepticismo y otros quizás por sopesar que no valía la pena tanto considerando el coste-ganancia de tal travesía por un terreno para nada afable bajo el rayo del sol… ¿En mis libros? Gente sin ilusión, aburridos, carentes de emoción, gente conformista que nunca descubrirán lo grande del mundo más allá de sus narices. Solo pensar aquello, me hacía sonreír ante la idea de que mucha de la gente que nos rodea siempre está dormida.

En el momento que vi al tipo rubio me volvió el alma al cuerpo… Vergüenza nunca tuve, y que haya tenido agua para convidar era una bendición, realmente tenía sed. Se veía amistoso. Correspondió mi saludo, me arrojó agua, la cual atrapé habilmente con la diestra —¡La tengo!—, antes de responder, o continuar acercándome, o algo, simplemente me dedique a saciar mi sed mientras con mi otra mano le levantéel pulgar, un simple gesto, pero poderoso. Procuré no abusar de la confianza del sujeto, fue un buen trago, el suficiente para revitalizar la sequía que sentía por dentro y luego de cerrar bien el recipiente, me acerqué a él con tranquilidad cambiando la botella a la zurda y extendiendo mi diestra para darle un apretón de manos.

—Te agradezco, realmente tenía sed eh… Realmente que hace calor acá fuera…— le dije amablemente sonriendo mientras ofrecía mi mano en saludo. —En realidad no traje agua siquiera— solté entre carcajadas realizando lo impulsivo y poco planificado que había sido, casi inconsciente, movido por la mera curiosidad y capricho. —Llevo un buen rato dando vueltas por aquí, la historia que contó un viejo en la plaza simplemente no la pude ignorar, realmente una historia muy curiosa— le comenté graciosamente con complicidad como quien tiene una primicia mientras buscaba un cigarro y lo encendía. —¿Tú quéandas haciendo por estos lugares? No creo que estés buscando tomar sol eh— cuestioné con intriga… No descartaba la posibilidad de que ambos estuvieramos tras el mismo botín…

Quizás por apurado y sediento o quizás por curiosidad e intriga, mi atención estaba totalmente sobre el rubio y nunca noté que habíamos topado con la gran caña…
  Responder
#5
Todavía se podía escuchar a las chicharras contrayendo y expandiendo las membranas de sus abdómenes, haciendo ese sonido tan característico de los días calurosos. El sol brillaba con fuerza y los reflejos en las hojas de las cañas de azúcar y en el sudor de la frente del rubio, hacían que se sintiera como un día en el desierto, como un día en el que no había prisa de nada y en el que el tiempo hasta llegaba a transcurrir mucho más despacio que de costumbre. Esa era la sensación del chico, que ahora no estaba solo en aquel claro del cañizal verde.

La aparición de aquel muchacho sediento no altero la calma del lugar, al contrario. Llevaba ya andando varias horas sin haber podido intercambiar palabra con nadie más que con sus pensamientos, y a pesar de la elevada temperatura, verlo aparecer entre las cañas de azúcar había supuesto un soplo de aire fresco a su extraña expedición.

Aquel hombre cogió la botella al vuelo sin mucha dificultad, haciendo notar sus buenos reflejos y destreza con su mano derecha, seguramente sería la dominante con la que usaba aquella katana tan peculiar, que enseguida atrapó la atención de Akira. Le llamó la atención un dado y un patrón de cielo con nubes, pero no le dio más importancia que la apariencia del arma. Volvió a recorrer la cara del muchacho a medida que se acercaba a él.

—No te preocupes, seguro que hubieras hecho lo mismo —le estrechó la mano devolviéndole la mano y se presentó, no con su nombre real, ya que ciertamente solo sus amigos más cercanos y su familia lo sabían ubicar por el mismo, además de sus superiores dentro de la Marina, que estos se referían a él por su apellido. Se presentó con el apodo por el que se conocía a su familia—. Puedes llamarme Solaris.

Y por las palabras del espadachín, o al menos el que parecía que era, ya que desconocía si la katana era meramente decorativa o realmente sabía usarla, dedujo que estaba en aquel lugar por su mismo motivo—. Yo también estoy aquí por la historia de un viejo tchakikikikiyah —se rió, realmente aquel rumor no solo era una leyenda que se contaba como un cuento infantil, más gente a parte de Akira estaba detrás de esa caña.

Señaló al centro del claro entre las cañas con la intención de que su compañero se diera cuenta de que ya habían llegado al lugar que ambos estaban buscando—. No creo que haya otro rumor de algo importante que pase entre las cañas, así que, si es eso de allí, amigo, la hemos encontrado —guardó el cuchillo de cortar el pan de nuevo en la mochila y esperó a que el muchacho de melena abultada desenfundara su espada—. Creo que tú vas a ser más capaz de cortarla, estoy deseando descubrir si de verdad el azúcar que tiene es tan dulce… Me extraña que solo estemos aquí nosotros dos, y a juzgar por tu acento, juraría que tampoco eres de aquí... Espero que no sea solo un simple cuento para niños, porque menuda aventura llegar hasta aquí con el calor que hace.
—Hablo —. ”Pienso”
  Responder
#6
El rubio se veía amable, y de donde venía, amabilidad con amabilidad se pagaba a una mano que estuvo dispuesta a ayudar. Eso siempre habia sido un claro en mi mente... Y tampoco iba a andar con varas juiciosas ni mucho menos en medio de aquella pequeña travesía donde parecía que los caminos nos juntaron. El calor era intratable, y aquel sujeto, ofició en ayuda cuando estaba sediento, y equivocado no estaba, claro hubiera hecho lo mismo. —Habiendo y estando tan rodeado de agua ¿Quién sería yo para negarle un tragoal sediento?— pregunté sin esperar una respuesta al cuestionamiento sino mas bien estatizando mi postura con una sonrisa. Y prendí un cigarro mientras desvié mi mirada al cielo un instante solo para encandilarme unos segundos con aquel radiante astro que nos iluminaba implacable con su calor.

Di un par de caladas mientras escuchaba que al parecer no solo las mismas razones nos juntaban en aquel mismo sitio, sino el mismo rumor. No pude evitar reír con una pequeña carcajada proveniente de una amplia y achinada en los ojos sonrisa. —Parece que no soy al único que no le molesta frenar a escuchar las historias que se pone a contar un viejo. — me gustaba la idea de que hubiera más gente con ilusión dando vueltas. Me generaba intriga saber quien era realmente el sujeto, no parecía mal tipo, podría ser alguien en quien confiar realmente quizás. Aproveche a fumar y asentír de a ñoco demostrando que le seguía con atención lo que me contaba mientras. Luego de una calada y botar el humo, sequé el sudor de mi frente. —Yo soy Cill, es un gusto Polaris.— respondí dando mi nombre real, jamás me iba a esconder. Aunque equivocandome con el suyo, a veces me liaba con los nombres, no lo podía evitar.

No ne había dado cuenta, era verdad, al señalar el rubio en aquella dirección, pude ver finalmente el fruto del esfuerzo, la gran caña madre... Allí estaba, frente a nosotros, esperando a que fuéramos los primeros intrepidos en descubrir sus maravjllas. —¿Sabes? Pensé que estabamos más lejos— solté entre carcajadas al darme cuenta lo despistado que había sido. Estaba maravillado, y emocionado también, finalmente estábamos frente al humilde tesoro que buscábamos, aunque solo fuera probar aquella azúcar conocida como el dulce de los dioses.

—Se ve tan genial...— mencioné al aire observando con admiración aquella gran caña que resaltaba del resto con brillo en mis ojos. —Va a ser una lástima cercenarla, igual no te preocupes, yo me lcupo de eso...— lamenté primeramente en tener que arruinar aquello que era tan simple, pero a su vez cargaba un aire especial para finalmente sonreír ante su idea. —Supongo que el calor y la comodidad vencióla curiosidad e intriga de muchos— respondí mientras preparé mi katana para rebanar limpiamente sin esfuerzo y de manera rápida y prolija, prolificamente prolija, aquella caña perfectamente cortada a la mitad en ángulo. y comenzando a brotar de ésta primeramente el agua acumulada, la cual no dude en probar y solo pude quedarme unos instantes agradecido, puesto que su fama no había hecho justicia a su gusto, y si seguía mirando se veía todo aquel oro blanco, allí, esperando ser nuestro.

—Adelante Konaris— animé con emoción riendo sin darme cuenta que me había equivocado nuevamente con su nombre —Prueba un poco, que este tesoro es compartido— finalicé para sentarme en el suelo, apoyando el peso de mi cuerpo balanceado hacia atrás, descansando en una suerte de palanca al trabar con mis brazos hacia atrás frenando la caída, a contemplar la caña, su agua vertiendo y el azúcar brillando al sol
  Responder
#7
El muchacho era agradable, similar en actitud a Akira, un chico amable, simpático y curioso, sin miedo a perseguir leyendas en sitios desconocidos, y eso era justo lo que a ambos los había llevado hasta el lugar en el que se encontraban. Seguir las migas de pan de un camino que había creado un viejo en su inventario colectivo, junto con el resto de los habitantes del reino. Era sin duda, algo que solo unos pocos creerían y unos menos harían por encontrarlo. No era algo tan impactante como un tesoro escondido en las profundidades, pero era algo, y era algo muy cañero.

—Encantado Cill, ¿cómo que Polaris? —pensó en cómo devolverle la broma, si es que lo había sido. Polaris no era un mal nombre, pero no era el suyo—. Perdona, ¿cómo habías dicho que te llamabas? ¿Will? —se rio de la situación cuando de pronto escuchó algo moverse entre las cañas que los rodeaban, pero no le dio demasiada importancia, ni siquiera se giró en dirección al sonido, ya que podría ser cualquier animal.

Volviendo al tipo de la katana—. Yo igual, la verdad es que destaca bastante entre las demás, lo que me hace dudar de que sea algo tan impresionante… Estaría todo el mundo aquí, ¿no? —respondió observando también aquella gran caña—. ¡Dale, pégale un tajo, vamos a probarla! —el cortar de la katana rebanó de manera limpia y sin esfuerzo aquella caña, que empezó a soltar agua y dejar ver en su interior la gran cantidad de azúcar, que con el reflejo de aquel sol abrasador brillaba como si fueran diamantes.

Akira esperó a que Cill la probara y luego se acercó él, el agua no era tan dulce como esperaba cosa que le medio decepcionó. Tanta travesía andando con un clima que perfectamente podría ser el del desierto para un agua que simplemente era agua dulce. Aunque la situación cambió cuando metió la mano y rascando las paredes del interior de la caña, sacó un puñado de azúcar húmedo. Esto sí que era otra cosa. Le ofreció a Cill estrechándole el brazo y se sentó a su lado mientras seguía pellizcando granos y llevándoselos a la boca.

—Esto ya es otra cosa… —suspiró con gusto de lo bueno que estaba. Pero sin darle tiempo a terminarse aquel puñado de azúcar con su compañero, de pronto aparecieron, a la velocidad de la luz, un grupo de unos ocho tontattas. Saltaron sobre ellos pisándoles las cabezas y pegándoles puñetazos y patadas en cualquier parte de su cuerpo que les cortara el paso, y en un abrir y cerrar de ojos habían cortado en rodajas la caña entera y la tenían atada a sus espaldas, mirando tanto a Cill como a Akira con un tono amenazante.

—¡Putos intrusos! ¡Ladrones de mierda! ¡JODEROS! —gritaron al unísono señalándoles con algo que a primera vista parecían palillos de metal, pero que en realidad eran sus… ¿Espadas?—. ¡Ladrones vosotros! ¡La hemos encontrado primero! ¡¿Pero seréis cabrones?! ¡Con lo tranquilos que estábamos! —Akira se levantó de un salto y les señaló devolviéndoles con un grito la amenaza. Una cosa era quitarles la caña, y otra muy diferente golpearlos y patearlos sin motivo. Eran tontattas, eran pequeños, pero tenían fuerza, y no habían sido golpes que se sintieran como un pellizco, aquello les iba a dejar de recuerdo algún que otro moratón—. ¡Encima agresivos, cómo os pise os hundo en el suelo, hijos de puta! ¡¿De qué vais?!
—Hablo —. ”Pienso”
  Responder


Salto de foro:


Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)