La casualidad más larga [ Pasado | Ubbe | +18 ]
#1
》Hace 6 años durante la primavera

Llegamos demasiado temprano para mi gusto y demasiado tarde como para fingir que aquello podía tener algún encanto. El sol ya estaba arriba, firme, sin delicadezas, y el puerto olía exactamente como sabía que iba a oler: pescado, sal pegajosa y madera húmeda. Una combinación que se aferra a la ropa con la devoción de una maldición antigua. Supe, incluso antes de apoyar el pie en el muelle, que ese conjunto no volvería a ser el mismo.

Mi padre bajó primero, por supuesto. Siempre lo hacía así: como si el mundo fuera una sucesión de asuntos que lo estaban esperando. Traía ese gesto suyo, serio pero satisfecho, el de quien va a pedir dinero convencido de que se lo deben. La excusa para traerme era tan transparente que casi resultaba insultante: “acompañarlo”, “aprender del negocio”, “ver cómo se manejan las sucursales fuera de los grandes centros”. En realidad, alguien tenía que estar allí para justificar el viaje familiar mientras él se encerraba en el Banco de Goldreich a hablar de préstamos, expansiones y cifras que crecían como hongos en la oscuridad.

— Encárgate de la hospedería — me dijo, apenas puso un pie firme en el muelle, como si fuera un favor menor — Busca algo decente. Cerca del pueblo. No demasiado caro.

Decente. En una isla donde todo olía a red mojada.

Asentí sin discutir, más por economía emocional que por obediencia. Ajusté la correa de la mochila que llevaba colgada al hombro —mi equipaje reducido a lo estrictamente necesario, una concesión al viaje en barco— y tomé la valija pequeña con la otra mano. No era pesada, pero el empedrado irregular del muelle se encargaba de recordármela a cada paso.

— No tardes en moverte — añadió, acomodándose el abrigo con una solemnidad ridícula para ese clima — Yo voy al banco y vuelvo.

Siempre “vuelvo”. Nunca decía cuándo.

Lo vi alejarse sin mirar atrás, con la seguridad de quien sabe que el edificio al que va a entrar se va a doblar un poco para recibirlo. Yo me quedé un instante más en el puerto, plantada entre redes, cajas y hombres que parecían hechos del mismo material que sus barcos. Sentí varias miradas curiosas, rápidas, evaluadoras. No hostiles. Tampoco amables. Simples. Y eso, de algún modo, me irritó aún más.

Empecé a caminar en dirección al pueblo, más por inercia que por convicción. Necesitaba alejarme del muelle antes de que el olor se impregnara del todo, aunque ya era tarde. La valija rodaba con un sonido seco sobre la madera, marcando mi presencia como si no fuera ya suficientemente evidente. Cada paso me confirmaba una verdad incómoda: no había ni un solo lugar decente donde resguardarse, ni una tienda que vendiera algo que no fuera útil para la pesca. Nada de telas suaves, nada de perfumes, nada que compensara estar ahí. Era un puerto funcional. Brutalmente funcional. Y yo no estaba de humor para la austeridad.

La brisa marina se empeñaba en levantar espuma contra el muelle, y yo en mantener mi cabello a salvo: detesto cuando se me hace frizz, me llevé una mano a los mechones que bordeaban mi rostro... pero la humedad ya había hecho de las suyas rizándome el pelo, y bufé por lo bajo. Divaza, diría cualquiera. Yo lo llamaba supervivencia estética.

El ruido era constante. Voces que se cruzaban, risas ásperas, órdenes gritadas sin ceremonia. El mar golpeaba los pilotes con una cadencia casi burlona. Todo funcionaba, todo se movía, todo tenía un propósito claro. Excepto yo. Yo era el error de cálculo, el adorno fuera de lugar, la nota discordante avanzando entre cajas de pescado con una valija que no pertenecía a ese escenario.

Seguía avanzando, bordeando los barcos amarrados, cuidando dónde pisaba, cuando el ritmo general del puerto se alteró.

No fue algo inmediato ni espectacular. Primero, un silencio extraño, breve, mal puesto, como si alguien hubiera cortado una frase a la mitad. Luego un murmullo que no encajaba con la rutina de trabajo. Voces elevándose, no para coordinar, sino para reaccionar. Algo cayó. Madera contra madera. Un golpe seco que hizo girar varias cabezas al mismo tiempo.

La mía incluida.

Reducí el paso sin detenerme del todo. El fastidio se reacomodó en el pecho, desplazado por una atención incómoda. A unos metros, entre dos barcos, comenzaba a formarse un pequeño corrillo. Los pescadores se apartaban lo justo, creando un espacio irregular, como si algo en el centro necesitara aire… o testigos.

Apreté el asa de la valija. No era asunto mío. No debería serlo. Tenía que encontrar una hospedería, cumplir con el encargo, desaparecer del puerto cuanto antes...

Pero mis pies no retrocedieron.

Di un paso más, lenta, calculando. Desde donde estaba no alcanzaba a ver con claridad qué ocurría: solo sombras moviéndose, gestos bruscos, alguien demasiado expresivo para una mañana de trabajo. Un comentario suelto llegó hasta mí, ininteligible pero cargado de tensión. Luego una risa breve, nerviosa. El tipo de risa que no anuncia nada bueno.

Me detuve al fin, ladeando el cuerpo, observando por encima del hombro de uno de los hombres, que allí los brutos sí que son grandotes para manejar kilos de ostiones. Siempre observaba primero. El revuelo no tenía la violencia desatada de una pelea abierta, pero tampoco la torpeza inocente de un accidente. Había algo distinto allí. Una presencia que no terminaba de encajar con la lógica del puerto. Una figura que parecía atraer la atención como un anzuelo invisible.

Sentí esa punzada molesta de curiosidad, afilada y oportuna. Al menos no era otro problema contable heredado de mi padre.

El murmullo creció un grado más.

Yo alcé la mirada, ajusté la postura, y me quedé donde estaba, a ver si distinguía lo que parecía comenzaba a ser un revuelo.


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#2
Ubbe llevaba rato en el puerto antes de que el alboroto empezara a llamarse así.
Había llegado sin ningún plan claro, como casi siempre, el chaleco abierto  y una sonrisa torcida que no prometía nada bueno. El muelle estaba vivo desde temprano: redes extendidas, cajas de pescado apiladas sin orden, hombres gritando precios, pesos y quejas con la misma voz. Era un sitio que no pedía explicaciones. Eso le gustaba.
El problema fue una barandilla vieja.
No la vio venir. O la vio y le dio igual.
Apoyó el peso donde no debía, y la madera crujió con un sonido seco, desagradable. Hubo un segundo exacto de silencio, ese en el que todo el mundo sabe que algo va a pasar, y después el golpe: tabla contra tabla, una caja volcando, pescado deslizándose por el suelo mojado.
- ¡Joder! -soltó alguien.
Ubbe se rió. - GAHAHAH - 
No una carcajada larga, sino una risa breve, despreocupada. Se apartó un paso, levantó las manos como si aquello no fuera culpa suya, y miró alrededor con descaro.
- Chill, people -dijo, con voz grave, segura- Si estaba podrida, mejor ahora que luego.
Eso fue suficiente.
Las miradas se clavaron en él. Algunas molestas. Otras curiosas. Un par directamente juzgándole. Ubbe ocupaba demasiado espacio para pasar desapercibido, incluso allí, entre tipos duros acostumbrados a cargar peso y de todos los tamaños. No por altura solo, sino por presencia. Por la forma en que se plantaba como si el muelle también le perteneciera.
- ¿Sabes lo que vale eso? -gruñó uno de los pescadores, señalando la caja caída.
Ubbe bajó la vista, observó el pescado desparramado, ladeó la cabeza como si lo estuviera considerando seriamente… y luego se encogió de hombros.
- Pues ahora vale menos -respondió- pero huele igual de mal, baby!
Eso hizo subir el murmullo. Un corrillo empezó a formarse sin que nadie lo decidiera. No era una pelea abierta, pero tampoco una conversación civilizada. Era ese punto incómodo donde la gente se junta por si acaso pasa algo.
Ubbe notó la tensión y sonrió un poco más. Le gustaba ese límite entre barullo y pelea.
Dio un paso atrás, chocando sin querer con otra caja, que se balanceó peligrosamente antes de quedarse en su sitio. Un par de manos se alzaron instintivamente. Alguien soltó una risa nerviosa. Otro chistó. El alboroto ya estaba hecho.
- Chiiilll -dijo Ubbe, levantando una mano grande en gesto de calma que no engañaba a nadie -Que aún no ha muerto nadie GAHAHAH - haciendo hincapié en el "aún" 

Aprovechó el momento en que las voces se solapaban para moverse. No huyendo, no exactamente. Simplemente deslizándose fuera del centro del revuelo con la habilidad aprendida a base de meterse en problemas. Caminó entre cajas, redes, ignorando los comentarios que le lanzaban a la espalda.
El puerto volvió poco a poco a su ruido habitual.
Ubbe avanzó hacia la calle que salía del muelle, ajustándose el chaleco y las gafas de sol, pasándose una mano por el pelo rubio, despeinado por el salitre. No pensaba en lo ocurrido. Para él ya estaba terminado.
Fue entonces cuando pasó junto a ella. Ubbe redujo el paso sin darse cuenta y giró la cabeza lo justo para mirarla de arriba abajo, sin ningún tipo de prisa ni disimulo. Alta. Muy alta. Demasiado para ese puerto. Demasiado para no llamar la atención. El contraste era brutal: redes, cajas de pescado, madera vieja… y ese cuerpo, firme, seguro, plantado como si el lugar tuviera que adaptarse a ella y no al revés.

Se le arqueó una ceja.
- Wow baby... -pensó para sí, con una sonrisa ladeada.
No pensó en el pasado. No pensó en quién era. Pensó en lo evidente. En ese momento, no recordaba a cierta amiga de la infancia, ni siquiera relacionó esas alas con sus vagos recuerdos. 
- Joder… tremendo cuerpazo - se dijo, bajando la vista lo justo para confirmarlo y volviendo a subirla sin vergüenza alguna. Alas negras, sí, llamativas, pero fue la presencia lo que más le golpeó. La presencia, y esos pechos, claro. Era algo que le perdía completamente. 
- This is interesting… very interesting, pensó.
Ubbe se pasó una mano por el pelo rubio, recolocándose el chaleco con un gesto que siempre hacía antes de meterse en líos que le parecían buena idea. Dio media vuelta con calma, apoyando el peso en una pierna, sonrisa confiada, mirada directa.
- Hey Baby!- soltó, alzando la voz lo justo para que lo oyera entre el ruido del muelle - dime una cosa.
Se acercó un poco más, sin invadir, pero sin quedarse corto, mirándola sin pudor de arriba abajo como si el puerto entero no estuviera lleno de gente.
- ¿Siempre vas así de arreglada… o es que hoy has decidido subirle el nivel al sitio? -chasqueó los dedos señalándola- Porque, baby, aquí eres lo único que merece la pena mirar.
Se señaló a sí mismo con el pulgar, despreocupado.
- Ubbe -dijo- No te asustes, soy inofensivo… la mayoría de días.
Sonrió, orgulloso de sí mismo, completamente ajeno a cualquier ironía.
Valía la pena intentarlo. No la reconoció. No recordó nada.
Solo tuvo una certeza clara y simple:
Que iba a intentar ligársela, y que pasara lo que pasara… aquello ya había hecho la mañana mucho más interesting.

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#3
Tardé menos de lo que quería en darme cuenta de que el revuelo no valía la pena. Cajones mal apilados, pescado desparramado como si alguien hubiera abierto una panza sin cuidado, voces gruesas discutiendo pérdidas mínimas con tono de tragedia mayor. El puerto volvió enseguida a su latido habitual, ese ir y venir cansino que ya tiene ensayado cómo enojarse y cómo olvidarse.

Solté el aire despacio, con fastidio, y mis alas acompañaron el gesto con un leve estremecimiento involuntario, apenas un roce de plumas acomodándose contra mi espalda, como si también ellas estuvieran irritadas por el lugar.

Había esperado —no sé bien qué— algo que rompiera la mañana. Algo que justificara haber frenado, haber permitido que el olor a escamas y sal se me metiera en la ropa, en el pelo, en el humor. Nada. Solo hombres grandes peleando por cajas como si no hubiera un mañana. Siempre igual.

Seguí caminando.

Las botas golpearon la madera del muelle con un sonido firme, seguro, casi desafiante. El movimiento hizo que las alas se cerraran un poco más contra mi cuerpo, tensas, contenidas; no era un sitio para desplegarlas, y esa restricción me tenía de mal talante desde que bajé del barco. Aflojé apenas el agarre de la valija; la otra mano fue directo a la mochila para sacar el folleto turístico que había agarrado al desembarcar. Papel barato, colores chillones, promesas que ya se notaban falsas antes de leerlas.

Hospederías.

Me corrí un poco hacia un costado para no estorbar y lo abrí con una mueca que no disimulé. Nombres repetidos, descripciones vagas, dibujitos que parecían hechos por alguien que jamás había pasado una noche ahí. “Cerca del mar”. “Ambiente familiar”. “Trato cálido”. Traducción directa: humedad pegada a la piel, colchones rendidos y paredes que escucharon demasiado.

Suspiré, pasando la hoja con el pulgar, cuando una voz masculina me alcanzó desde atrás.

Un piropo. De esos sin gracia, directo al hueso pero sin filo.

No giré.

Aprendí hace rato que ignorar es una forma elegante de cortar de raíz. Seguí leyendo, como si mi mundo terminara en el folleto arrugado entre mis dedos. El puerto se encargó de tragarse ese primer intento.

La voz insistió. Otro comentario, un poco más creativo, igual de desubicado. Sonreí apenas, para mí. No porque me molestara, sino porque todavía no me daba ganas de responderle.

Y entonces dijo su nombre.

Ubbe

No lo cargó de intención. Lo dijo simple, casi al pasar, como quien se presenta sin saber que acaba de mover algo importante.

Mi cuerpo reaccionó antes que la cabeza. Las alas se tensaron de golpe, traicioneras.

Levanté la vista despacio. Sin apuro. Como si el gesto no significara nada… y ahí estaba.

El golpe fue interno, silencioso. No fue como una sorpresa y tampoco hubo escándalo. Fue reconocimiento. Ese que no se apoya en lo que ves ahora, sino en capas viejas, guardadas en la piel. Estaba más grande. Más alto. Más ancho de hombros. Ocupaba el espacio con la misma naturalidad de siempre, como si el mundo hubiera sido pensado para acomodarse alrededor suyo.

Ahora, sin embargo, yo tenía que alzar un poco la cara para mirarlo.

Eso me gustó.

La sonrisa ladeada seguía ahí. Cómoda. Segura. Peligrosa. Pero sus ojos no dijeron nada. Me miraba como se mira a alguien nuevo: con interés limpio, descarado, sin historia.

No era la primera vez.

El recuerdo me cruzó rápido: yo más chica, él más bajo, mis alas abiertas detrás marcando presencia mientras él pasaba distraído, olvidándome incluso después de haberme tenido enfrente. Ubbe siempre había sido así. Selectivo para recordar. Selectivo para perderse cosas.

Esta vez no.

Esta vez yo tenía ventaja.

Decidí jugar.

Cerré el folleto con cuidado y lo apoyé contra mi pecho mientras ladeaba el cuerpo apenas hacia él. Dejé que mi mirada recorriera la suya con la misma falta de pudor con la que él me había medido antes. Lenta con el parpadeo. Sin culpa. Deteniéndome donde sabía que iba a sentirlo.

— ¿Siempre te presentás así? — dije, con una media sonrisa que no aclaraba nada — ¿O es un servicio especial para las que llegan solas?

Di un paso. Después otro. Lo justo para meterme en su espacio y adelantarme a su inocua iniciativa. Mi mano libre fue directo a su pecho, apoyándose con naturalidad estudiada. No había tela que estorbara: la piel estaba caliente, firme bajo mis dedos. Sentí la textura real, viva. Dejé que el cuerpo acompañara el gesto, que mis pechos se apoyaran sin apuro, sin disculpas, mientras mis alas se mantenían recogidas, tensas, como si observaran la escena conmigo.

— Porque si es lo segundo… — levanté la vista, clavándole los ojos — capaz hoy tenés suerte.

Incliné la cabeza, como evaluando el lugar.

—Es mi primera vez en la isla — mentí con elegancia — Y estoy empezando a pensar que me perdí antes de llegar. Es todo un tema...

Deslicé la mano apenas, un gesto mínimo, y señalé la valija a mis pies.

— Busco un hotel como la gente. Uno de verdad — agregué, con un dejo de desafío — ¿Vos decís que podrías darme una mano? Indicarme el camino… o cargar esto por mí.

Me acerqué un poco más. El contacto ya era total. Pecho con pecho. Bajé la voz.

— Prometo no desaparecer… si me acompañás.

Me incliné y dejé un beso breve en su mejilla. Liviano. Casi inocente.

Pero no me aparté.

Me quedé ahí, pegada a él, respirando el mismo aire. La mano que había estado en su pecho subió despacio hasta su quijada; mis dedos se hundieron apenas en la barba, recorriéndola con una cadencia lenta, deliberada, como quien aprende algo nuevo con paciencia.

Me alejé solo lo justo para poder mirarlo de frente, sin perder el contacto, sin perderme ni una sola reacción.

— Sería una pena dejarme sola, Ubbe — dije, suave el nombre, decidida — Una pena para mí… o para vos.

Por dentro, la risa seguía contenida.

Él todavía no sabía quién era yo.

Y yo pensaba disfrutar cada segundo antes de decírselo.

Cositas
[Imagen: CwHBiqT.png]
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#4
Ubbe sonrió, orgulloso de sí mismo, completamente ajeno a cualquier ironía.
Y entonces ella respondió.
No con palabras al principio, sino con cercanía. Con una forma peligrosa de acortar distancias. Ubbe no retrocedió ni un centímetro. Al contrario. Se quedó ahí, sólido, cómodo, dejando que el contacto sucediera como si fuera lo más natural del mundo. El calor ajeno, la mano en su pecho, el peso suave apoyándose en su piel.
Dijo algo que podría haber encendido una chispa en el Buccaneer "Es todo un tema" Eso le recordaba a alguien, a una chica más bajita y lógicamente, menos desarrollada. Una Lunarian que había hecho trastabillar el corazón de un Buccaneer más jovencito que el de ahora mismo. Ese desarrollo corporal de la chica, era el propio causante que provocaba que esa chispa no sucediese, que el rubio siguiese en su nube sin recordar nada. 

Le brillaron los ojos. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Hacía tiempo que ligar no había sido tan fácil, pero claro, los entrenamientos empezaban a dar sus frutos, supuso. 
El beso en la mejilla le arrancó una sonrisa lenta, satisfecha. No una carcajada. Una de esas que dicen vale, esto se ha puesto interesante. Alzó una mano para tocarse la cara donde ella lo había besado, como si confirmara que había sido real.
- Vale, vale…  creo que empiezo a entender el plan, baby...
Cuando ella habló de perderse, del hotel, de la maleta… Ubbe bajó la vista al equipaje y luego volvió a mirarla a los ojos, evaluando la situación como quien ya ha tomado una decisión.
- Ahora mismo, yo te llevo donde tú quieras, baby
Se inclinó un poco hacia ella, sin tocarla esta vez, pero lo bastante cerca como para que el tono importara.
- Y sería una pena dejarte sola por aquí -añadió, juguetón- una pena para mí… y para ti.
Al sentir los dedos en su barba, no se apartó. Se dejó hacer. Sonrió aún más, disfrutando del juego, del contacto, de la sensación clara de que aquello iba exactamente por donde a él le gustaba.

- Mira -dijo, encogiéndose de hombros- este puerto es un caos si no lo conoces. Mucho ruido, poca señalización y gente con prisa por todas partes.
Se giró un poco, señalando con la barbilla hacia la calle que salía del muelle.
- Pero a dos calles de aquí hay una posada decente. Nada fancy, pero limpia, camas grandes y comida caliente. -Hizo un gesto vago con la mano- El Ancla Vieja. No preguntan demasiado y cierran tarde.
Volvió a mirarla, ladeando la cabeza.
- Yo tengo una habitación allí estos días. -La pausa fue mínima, calculada- Si quieres, te acompaño. Así no te pierdes… y de paso me aseguro de que llegas bien.
Alzó una ceja, divertido.
Dio un paso hacia atrás, lo justo para darle espacio, pero sin romper la cercanía. La sonrisa seguía ahí, relajada, segura, como si no tuviera prisa por nada y el tiempo jugara a su favor. Se agachó un poco, acercando su cara a la de ella, quizá hasta demasiado cerca, alguien externo hasta podría pensar que el rubio se estaba lanzando a la Lunarian... pero no, Ubbe sonrió, agarró el equipaje de la chica, y lo cargó al hombro como si nada.

- Tú mandas, yo solo intento ser un buen anfitrión.
Y, sin decirlo en voz alta, Ubbe ya se veía caminando a su lado fuera del muelle, dejando atrás el olor a pescado y el barullo, con una sensación cómoda de que todo esto solo iba a mejorar. 

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#5
El peso de la valija desapareció de golpe y, con él, cualquier excusa para fingir prudencia.

Me quedé un segundo más ahí, viéndolo acomodársela al hombro con esa facilidad insultante, como si no cargara nada, como si el mundo entero fuera algo que se podía levantar y cambiar de lugar sin esfuerzo. Pero también advirtiendo el cómo medía la distancia nueva entre nuestros cuerpos… o mejor dicho, la que estaba a punto de desaparecer otra vez.

El gesto me arrancó una sonrisa lenta, genuina; no de las que se usan solo para provocar —aunque también— sino de esas que salen cuando una se siente cómoda en el caos.

Mis alas, todavía recogidas, se relajaron apenas. No se abrieron, no hacía falta. Pero dejaron de estar rígidas. Ese detalle era importante. Siempre lo era. El cuerpo entendiendo antes que la cabeza que no había peligro. Con Ubbe nunca lo había habido: solo travesuras, carreras, risas que terminaban en retos absurdos. Y ahora… ahora había algo más queriendo asomarse, con honda y senda paciencia.

— Mirá vos… — murmuré, ladeando la cabeza mientras lo observaba — Encima servicial.

Di un paso para quedar a su lado, no detrás, nunca detrás. Cambié de lado mi mochila y le sujeté el brazo con naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo, y apoyé mis senos contra él sin disimulo, a propósito y a sabiendas. Sentí el músculo firme bajo mi antebrazo, el calor que subía despacio, y dejé que el gesto se asentara sin apuro. Caminé así, acompasando el paso, con ese balanceo suave que no se enseña y tampoco se corrige. El muelle seguía vibrando a nuestro alrededor, pero yo ya estaba en otra frecuencia. En la nuestra.

Él hablaba de la posada, de las camas grandes, de la comida caliente, y yo lo escuchaba lo justo. No porque no me importara, sino porque había algo más interesante pasando: el tono. La cercanía sin urgencia. Esa forma suya de invitar sin empujar, de dejar la puerta abierta convencido de que una va a cruzarla sola.

Siempre había sido así.

Avanzamos un poco, dejando atrás la zona más cargada del puerto. El olor a pescado empezó a diluirse, aunque no del todo. Lo suficiente para que pudiera respirar mejor. Para que mis alas no se crisparan por reflejo. Una de ellas se acomodó apenas, plumas rozándose entre sí y por sobre su espalda, midiendo el espacio que él ocupaba ahora. Que fuera más alto que yo seguía siendo raro... Y seguía gustándome.
 
— El Ancla Vieja… — repetí, probando el nombre — Suena a lugar con historias feas y colchones raídos.

Lo miré de reojo.

— Me sirve.

Caminé un poco más cerca, reforzando el agarre. Mis dedos rozaron su antebrazo, una caricia breve pero deliberada, suficiente para confirmar lo que ya sabía: era real, estaba ahí, y mi cuerpo lo estaba registrando con una atención nueva, más lenta, más profunda. No era un impulso vacío; era curiosidad con memoria. Ganas con historia, aunque él todavía no la recordara.

— Igual te aviso una cosa — dije, sin mirarlo de frente — No soy de seguir a cualquiera.

Le dediqué una sonrisa ladeada.

— Pero hoy estoy de buen humor.

Alcé la vista para encontrar la suya. No había prisa ni demanda en mis ojos. Tampoco miedo. Había curiosidad y diversión. De la genuina. Esa que no se planea: aparece.

— Además — continué — tengo un talento especial para meterme en situaciones que después recuerdo con cariño. Es todo un tema.

El pueblo empezó a mostrarse más allá del muelle: calles angostas, paredes claras, persianas a medio abrir. Todo lento, todo recién despertándose. El contraste con el puerto era casi amable. A dos calles, tal como había dicho, se alzaba el cartel que en su analogía, se mezclaba lo viejo de la madera con lo despintado del ancla. Ahí fue cuando solté su brazo.

No bruscamente. Con intención.

Me adelanté un par de pasos y tomé la delantera, regalándole la vista sin decirlo. La cadencia de mi andar se volvió más marcada, consciente; dejé que la curva de la cadera hiciera su trabajo mientras mis alas permanecían recogidas, elegantes, marcando una silueta que sabía observada. Sentí su presencia detrás, firme, confiada. Eso me sacó una risa baja, para adentro.

— ¿Y ahí adentro también me vas a acompañar? — pregunté por encima del hombro, sin frenar — ¿En tu misma habitación, en la mía o encargaremos juntos la suite?

Me detuve apenas, lo justo para girar el torso y mirarlo de perfil. Mis alas se acomodaron detrás de mí, marcando presencia sin abrirse del todo.

— Tranquilo — agregué, con una sonrisa que no prometía ni negaba nada — No muerdo… salvo que me lo pidan. Hhh-heh-hhh~

Volví a avanzar antes de que respondiera, invitándolo a seguirme sin palabras. Pensé, no sin humor, que el día recién empezaba. Que el juego podía escalar. Y que, si pasaba, yo no iba a ser la primera en frenar.

Con Ubbe siempre había sido fácil dejarse llevar.

Y ahora… ahora tenía razones nuevas para querer hacerlo.
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#6
Cuando ella se acercó y le sujetó el brazo, Ubbe notó el cambio al instante. No fue brusco; fue natural, cómodo… demasiado cómodo. El peso se acomodó contra él y, con ese gesto, el contacto se volvió evidente. Sintió cómo su antebrazo quedaba atrapado entre su cuerpo y el de ella, cómo el calor subía despacio, cómo el roce de sus pechos hacía imposible fingir que aquello no estaba pasando.
No se apartó.
Al contrario: relajó el hombro, dejándole espacio, aceptando el contacto como quien entiende las reglas del juego y decide jugarlas bien. Se le dibujó una sonrisa corta, sugerente, disfrutando de la compañía y del contacto físico. 
Oh yeah… - Pensó para si mismo disfrutando del triunfo conseguido. 
Caminó a su ritmo, acompasando el paso, dejando que el balanceo hiciera lo suyo. Notó cómo ella reforzaba el agarre a propósito; Ubbe respondió igual de simple: no tensó el brazo, no se endureció… se dejó llevar. La sensación era clara, constante, imposible de ignorar, y le recorrió la espalda un escalofrío lento, esos que llegan cuando todo va exactamente por donde te gusta.
Bueno baby, es que yo no soy cualquiera, soy the best! - sonrió orgulloso antes de bajar la mirada hacia ella. 
Tras las gafas de sol, sus ojos bajaron un segundo de más, midiendo curvas con torpeza, esperando disimular. Intentó corregirlo, subir la mirada, parecer educado… pero siendo un poco más alto, el ángulo le jugaba en contra. Se notaba. No mucho. Lo justo.
Ajustándose apenas las gafas con el pulgar, intentó disimular justo cuando ella subió la mirada para encontrarse. 
Entonces, ¿esta es una situación que recordarás con cariño? -rió levemente- No te voy a mentir, yo no tengo muy buena memoria 
Cuando ella habló de la posada, de camas grandes y comida caliente, Ubbe escuchó lo justo. No porque no le importara, sino porque había algo más importante pasando: el tono, la cercanía, la sugerencia que todo el ambiente estaba señalando. 
- Easy, baby -respondió, risa baja en la garganta- Step by step.
Se acercó lo justo cuando ella se detuvo, quedando a su lado. No invadió, pero tampoco se quedó atrás. Giró la cabeza para mirarla de perfil, sonrisa torcida tras las gafas.
- Primero entramos, vemos si el sitio aguanta tu nivel… y luego ya veremos dónde acabamos.
Alzó una ceja, divertido.
Cuando ella se adelantó un par de pasos y le regaló la vista sin decirlo, Ubbe la siguió con calma, ajustando la valija al hombro. La sensación del contacto aún le quemaba un poco el brazo, como un recuerdo reciente que no pensaba sacudirse.
Empujó la puerta con el hombro al llegar, dejándola pasar primero. El interior olía a madera vieja y café recién hecho. Nada fancy. Pero suficiente.
Ubbe echó un vistazo rápido alrededor y volvió a mirarla.
- ¿Ves? Te dije que no estaba tan mal. -Sonrió- Y ahora ya no estás perdida.
Dio un paso más cerca, bajando la voz.
- Al menos… no mientras estés conmigo.
Se quedó un momento medio embobado mirando de nuevo a esa Lunarian que tenía delante, había algo familiar en ella, pero no era capaz de saber el que. 
- ¿Una suite? No sé si tendrán, pero yo voy contigo hasta el infierno, o el fin del mundo si quieres, baby...
Se quedó mirándola, aun con la duda de porque confiaba tanto en aquella chica, aunque claro, con esas dotes de ligoteo qué chica no iba a resistirse a un buccaner como Ubbe, ¿no?
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#7
Incliné apenas la cabeza para pasar por la puerta, un gesto automático aprendido a fuerza de medir espacios que nunca fueron pensados para cuerpos como el mío. El marco de madera quedó bajo, obligándome a agacharme un poco más de lo habitual; cuidé las alas por pura costumbre, plegándolas con precisión para que no rozaran los herrajes viejos. No fue incomodidad. Fue cálculo. La arquitectura siempre exigía ese pequeño acuerdo previo conmigo.

Una vez adentro, me enderecé despacio.

El interior del Ancla Vieja era amplio, más de lo que el frente prometía. Techo alto, vigas gruesas, paredes que habían visto pasar demasiados inviernos y seguían firmes, orgullosas en su desgaste. Había esa humedad salobre que se te mete en la ropa cuando el puerto queda cerca, pero no resultaba desagradable. Era el tipo de lugar que resistía porque había aprendido a hacerlo. Viejo, pero no débil.

— No está nada mal… — murmuré, más para mí que para él, aunque sabía que me estaba escuchando.

Avancé unos pasos y acomodé las alas detrás de mí con un movimiento suave, casi coreografiado. Sentí su presencia manteniéndose cercana y segura. Eso de “no estás perdida mientras estés conmigo” todavía me resonaba, y no me molestaba admitir —aunque fuera solo en silencio— que había algo reconfortante en esa certeza dicha sin grandilocuencia.

El mostrador estaba al fondo, atendido por una mujer mayor que nos observó tras de la porcelana que sujetaba bebiendo con atención práctica. Primero a Ubbe, después a mí. Su mirada se detuvo un segundo más de la cuenta en mis alas, en la altura, en la postura. Curiosidad... cálculo. Ningún rastro de miedo. Buenísimo.

Me acomodé la tiara y estiré la blusa pegada al pecho una vez me cambié de hombro la mochila, tintineando en el intermedio mis pulseras. Caminé hasta allí con paso tranquilo, consciente de cada apoyo del suelo bajo mis botas. Sabía que Ubbe me miraba; no lo necesitaba confirmar. Dejé que el vaivén natural de mi andar hiciera lo suyo, sin exagerarlo, sin disimularlo tampoco. Serenidad con intención.

— Buen día — saludé, con voz clara y educada.

Apoyé una mano sobre la madera del mostrador que me llegaba debajo de las rodillas e incliné el torso hacia adelante, lo suficiente para marcar presencia y abrir el juego visual sin caer en lo vulgar. La mujer alzó un poco más la vista, evaluando dimensiones y porte. Yo sostuve su mirada con una sonrisa amable, entrenada y heredada a la par.

— Busco una habitación por al menos tres noches — continué — Amplia. Con cama firme para un descanso real. Pago por adelantado si hace falta.

No fue exigencia ni alarde. Fue claridad. El comercio siempre había sido un idioma que entendía bien, uno que se hablaba mejor con los gestos correctos que con palabras de más. Mientras la doña revisaba un cuaderno gastado, aproveché para observar el lugar con ojo crítico: escaleras anchas, barandas sólidas, pasillos que no parecían angostarse por capricho. Podía moverme sin problemas. Eso importaba. Más de lo que Ubbe imaginaba.

— Tenemos habitaciones grandes en el ala norte — dijo al fin — Las usamos para huéspedes… especiales.

Asentí despacio — Perfecto. Me quedo con una de esas.

Saqué la bolsa con monedas y la dejé sonar apenas sobre la madera. Un tintinear suave, medido. Mientras cerrábamos el trato, giré la cabeza lo justo para mirar a Ubbe por encima del hombro. Mis ojos se le clavaron con una calma cargada de intención.

— Así que… — murmuré — ¿esto te parece que entraría en la categoría de “recordar con cariño” o lo vas a archivar entre esas cosas que decís haber olvidado?

La sonrisa que le dediqué fue lenta, divertida. No lo estaba apurando; desde que decidimos enlazar caminos es que lo ando midiendo.

La mujer deslizó la llave sobre el mostrador — Segunda puerta a la derecha, arriba.

— Muchas gracias — y tomé la llave. Era grande, pesada, de esas que se sienten bien reales y macizas en la mano. Me giré entonces hacia Ubbe, quedando a un paso. No lo toqué. No hizo falta.

— Mirá vos — dije en voz baja — Resulta que el sitio sí aguanta mi nivel.

Le recorrí la figura sin apuro, deteniéndome apenas donde sabía que él lo notaría. Después incliné la cabeza, acercándome lo suficiente para que solo él escuchara.

— Y si vas conmigo hasta el infierno… — añadí, retomando sus palabras con una sonrisa ladeada — más te vale que sepas decirme dónde queda tu cuarto. No me gusta perderme cuando las ideas se me ponen creativas. Es todo un tema.

Me enderecé antes de que respondiera. Pasé a su lado rozándolo apenas con el ala, un contacto breve, medido, deliberado. Sentí cómo el gesto quedaba flotando entre los dos, sin cerrarse del todo.

Empecé a subir las escaleras con paso firme, cada movimiento consciente, cada escalón una invitación silenciosa. No miré atrás enseguida. Dejé que me siguiera a su tiempo puesto que sabía que lo haría, traía mi valija de todos modos.

Necesitaba descansar. Asentarme unos días. Ordenar lo que venía. Pero también había elegido estar ahí con él por una razón más simple y más peligrosa: Ubbe era cómodo. Familiar de una forma que todavía no terminaba de encajar, pero que no me incomodaba ni temblaba el pulso en explorar.

Y si ese olvido suyo escondía algo más… bueno. Ya habría tiempo de recordarle lo necesario.
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#8
Ubbe la vio agacharse para pasar por la puerta y, por un segundo, se le olvidó hasta respirar.
No fue por la puerta, ni por el sitio. Fue por la facilidad con la que lo hacía, como si el mundo entero tuviera que adaptarse a ella y aun así ella fuese la que se molestaba en calcular, plegar, encajar. Las alas se recogieron con precisión, sin ruido, sin torpeza… y eso le dio una sensación rara. Como ver a alguien peligroso moverse con elegancia. Además de ese cuerpo, claro...
Damn... baby - Pensó mientras los ojos se le iban solos al trasero de la chica.
Entró detrás, con el equipaje aún al hombro, y el Ancla Vieja le pareció más decente de lo que recordaba. Vigas gruesas, techo alto, madera vieja. No era un sitio de ricos. Pero sí de los que aguantan bien el tiempo.
Ubbe sonrió por debajo de las gafas, satisfecho, como si el mundo acabara de darle la razón, cuando la muchacha dijo que no estaba mal, contestó:
- Te lo dije, baby…
Y entonces ella caminó.
Ubbe intentó no mirarla de nuevo… pero fue una batalla perdida antes siquiera empezar. Tras las gafas de sol, los ojos se le fueron solos, bajando un segundo de más, midiendo curvas y movimiento. Intentó corregirlo, subir la mirada, parecer un caballero.
No le salió.
Siendo un poco más alto, el ángulo le delataba incluso más. Y el hecho de que ella lo supiera… solo lo empeoraba.
Las pulseras tintinearon. La tiara brilló. El pecho… ahí estaba; imponente, impresionante, exuberante y Ubbe hizo un esfuerzo casi heroico por no delatarse. Casi.
La mujer del mostrador los miró con sorpresa, esperando que no vinieran con ningún problema. Y que las camas pudieran aguantar el movimiento de tales e imponentes seres. Ubbe ya la conocía. Como había comentado, llevaba un tiempo hospedándose aquí. 
Bel habló con educación, con claridad, tomando decisiones, no pidiendo. Ubbe no dijo nada. Se limitó a estar ahí, enorme, tranquilo, como un guardaespaldas que no se ha dado cuenta de que está haciendo de guardaespaldas.
Bel aceptó con calma la habitación que le propuso la posadera. Ubbe se quedó mirándola un segundo más de la cuenta, no por el dinero, sino por la manera en que lo hacía: como si el mundo fuera un mercado y ella supiera perfectamente cuánto valía cada cosa.
Entonces ella giró la cabeza lo justo para mirarlo por encima del hombro y le preguntó a Ubbe sobre "cosas que dices haber olvidado". Ubbe ladeó la cabeza, como si estuviera evaluando la pregunta con seriedad.
¿Cosas que he olvidado?... -El Buccaneer se quedó pensativo por un momento, intentando averiguar si la lunarian lo decía por algo en concreto o no.
- Baby… -respondió, grave, con una sonrisa corta y con cierta picardía- Si recordaré esto o no, dependerá de como acabemos nuestra velada... Pero bueno, a ti ya te guardo un hueco en mi mente, y si quieres en mi corazón - intentó soltar la frase de ligoteo más hábil que se le ocurrió en ese momento, aunque tampoco mentía del todo, la chica le gustaba en cierta manera. 
La posadera deslizó la llave por el mostrador.
Cuando ella se inclinó para susurrarle lo del infierno y el cuarto, Ubbe notó ese cosquilleo raro en el estómago, el de “esto va en serio” pero en el buen sentido. Y encima soltó el “es todo un tema” con una naturalidad que le hizo fruncir el ceño un instante. No porque lo entendiera. Sino porque… le sonó, como una frase repetida, como algo que ya había oído antes.
Ubbe parpadeó una vez, lento, y se obligó a no pensar demasiado. Pensar era peligroso. Pensar cortaba el rollo.
- Pues no te preocupes, baby -dijo al final, con media sonrisa- Yo te llevo.
Y entonces ella pasó a su lado, rozándolo con el ala.
Un contacto breve, lo justo para dejarle petrificado. 
Ubbe se quedó quieto medio segundo, como si el cuerpo hubiera tardado en procesarlo, y luego sonrió otra vez… pero ya no era una sonrisa chula, de saber por qué camino va esta historia. 
La vio empezar a subir las escaleras, firme, elegante, como si la posada entera fuese suya desde el primer escalón. Ubbe tardó un instante en seguirla. No por duda, sino por puro disfrute.
Ajustó el equipaje al hombro, miró a la posadera de reojo, y le guiñó un ojo como si fueran colegas de toda la vida, aunque esta ya ni le estaba mirando. 
Siguió detrás de ella hasta que llegaron arriba, donde se puso delante para guiarle hasta la habitación. Cuando le pasó por el lado no pude evitar rozarle la mano, sin querer queriendo, claro. 
- Es por aquí, mi lady...
Ubbe avanzó esperando que la chica le siguiera, y tan solo unos metros más adelante, señaló una puerta. 
- Esa es la mía, si quieres te la enseño, así si te gusta, puedes devolver la llave de la otra, baby, no me importa compartir lo que es mío. 
Avanzó hacia la puerta, donde se quedó expectante a ver lo que hacía su acompañante, si ver la habitación del rubio, o pasar de largo e ir directamente a la suya, que estaba al lado unos metros más adelante.
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#9
No tuve que pensarlo demasiado.

Ubbe siempre había tenido esa forma particular de adelantarse a medio paso, de cubrir el espacio justo antes de que una pudiera decidir si quería ocuparlo. Su cuerpo se movía como quien no lo hace por costumbre sino por instinto; ese tipo de reflejos que no se aprenden, sino con los que se nacen. Y cuando su mano rozó la mía, el contacto fue suficiente para que toda la escena se ralentizara un segundo.

El roce fue mínimo.

Tan breve que cualquiera podría haberlo atribuido al azar del pasillo angosto, al movimiento torpe de dos cuerpos grandes compartiendo espacio. Pero yo lo sentí igual. El dorso de su mano contra mis dedos indicando calor, presencia. Una señal que no pedía permiso y tampoco se disculpaba.

Alcé la mirada apenas, siguiendo su espalda mientras avanzaba unos pasos por delante, guiándome. Caminaba como alguien que sabe dónde está parado. Y saber y darme cuenta de eso, siempre fue peligroso para mí.

Cuando señaló la puerta y se giró para enfrentarme, me detuve a menos de un paso.

Demasiado cerca para la cortesía.
Demasiado lejos para tocarlo todavía.

El chaleco abierto dejaba ver la línea firme de su torso, la manera en que respiraba, esa expansión lenta del pecho que no buscaba impresionar y aun así lo hacía.

Lo miré a los ojos, sin importar que estuvieran tras de cristales opacos.
Conocía su color: ese azul profundo donde antes hubo un niño que conocía mi risa y un adolescente que me mostró las calles.
Ese azul que ahora me miraba con hambre sin nombre.

— ¿Enseñarme tu cuarto? — repetí, como si probara el sonido de la idea.

Mi sonrisa fue lenta. No juguetona. Decidida.

Di un paso más.
Ahora sí, el espacio personal dejó de existir.

No lo toqué de inmediato. Dejé que el cuerpo haga primero lo que las palabras ya habían insinuado. Sentí su respiración cambiar apenas.

Guardé mi propia llave en un compartimento lateral de la valija que él sostenía aún y apoyé la mano contra la madera de la puerta, a la altura de su hombro, marcando e imponiendo territorio. El pasillo quedó chico de golpe.

— Tenés una forma muy peculiar de ofrecer hospitalidad — murmuré — No cualquiera se deja invitar tan fácil a la boca del lobo.

Entonces, sin darle aviso ni tregua, lo tomé del chaleco.
No con fuerza. Con certeza.

Lo atraje hacia mí lo justo para que el aire entre los dos se vuelva denso, para que a su cuerpo no le quede más remedio que avanzar. Dejé que su presencia me arrinconara contra la puerta, la madera fría en la espalda contrastando con el calor que él irradiaba. El cuerpo reconoce esas cosas sin pedir permiso.

Sentí su sombra cubrirme.

— Tranquilo… — añadí, casi con humor — No estoy jugando, sé donde quiero meterme.

Mis manos empezaron a moverse entonces, con una naturalidad tan ensayada que parecía accidente. Bajaron por su costado, recorriendo la tela del chaleco, tanteando bolsillos sin prisa, como quien busca algo y no tiene apuro en encontrarlo. Roce de nudillos. Presión leve. El gesto tenía algo de inocente… y nada de ingenuo.

— Dijiste que me guiarías — continué, mientras mis dedos bajaron todavía más hasta que se colaban en los bolsillos delanteros de su pantalón, explorando sin pudor — Yo solo me aseguro de que tengas las herramientas necesarias.

Mis ojos no dejaban de verlo. La respiración se acompasó con la suya. Lo sentía. El pecho subiendo y bajando, el cuerpo respondiendo sin que él tuviera que decir nada. Encontré la llave al tercer intento: metal frío, real, inconfundible. La rodeé con los dedos y la saqué tortuosamente despacio, como si fuera un trofeo menor.

La levanté entre nosotros, sosteniéndola apenas.

— Ajá… — exclamé satisfecha.

Se la ofrecí sin soltarla del todo, mis dedos rozando los suyos al entregársela. El contacto volvió a ser breve. Intencional e ineludible.

— Ahora sí — añadí — Podés mostrarme.

Me incliné apenas hacia adelante, lo suficiente para que mi pecho se abultara por la presión. Mis alas permanecieron plegadas, quietas, contenidas; toda la energía estaba en el centro, en la cercanía, en ese pulso compartido.

— Y si te parece bien… — seguí, alzando la vista otra vez — me vendría de maravilla un poco de agua por el cuerpo. El mar se me pega a la piel como un recuerdo insistente. El viaje también. Es todo un tema.

Deslicé una mano por su antebrazo libre, lenta, como quien evalúa textura y temperatura más que forma.

— Si tenés ganas ahora — dije sin apurar, sin exigir — podés ayudarme con eso. Y de paso me explicás cómo funciona la ducha. Prefiero aprender de primera mano.

La frase quedó suspendida entre nosotros, sin cerrarse del todo. No había urgencia. Solo dirección.

Antes de que hiciera nada, antes de que el momento se desbordara solo, acerqué los labios a su oído, lo justo para que mi voz le llegue baja, conocida, íntima.

— Y antes de que sigamos… — añadí, dejando deslizar la correa de mi mochila por el brazo hasta sostenerla con la mano, marcando el tiempo con su pendular movimiento — Si vamos a tratarnos como corresponde…

Aposté a por más: deslicé con mi mano suelta por su incipiente barba hasta sujetar con suavidad pero con indicación la barbilla, ejerciendo débil fuerza para que su mirada descendiera y sus lentes resbalaran por el puente de la nariz, pudiendo así entrelazar miradas sin que ningún filtro oscuro pudiera evitarlo.

— Decime Bel.

Dicho así.
Sin apellido.
Sin pasado revelado.
Como si siempre hubiera sido ese mi nombre entre nosotros... Y lo había sido.

Ahora estábamos donde exactamente teníamos que estar.

Retiré la mano de su barbilla despacio. No porque realmente quisiera soltarlo, sino para dejar claro que ya no necesitaba sostenerlo así. Mi palma bajó entre los dos hasta su pecho, abierta, tranquila.

— Abrí cuando quieras — añadí, dejando escapar un breve suspiro — Yo ya estoy acá — y esa quietud, decía más que cualquier avance.
[Imagen: CwHBiqT.png]
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#10
Ubbe no se movió cuando ella terminó de hablar. Ni un paso atrás, ni un gesto para romper la cercanía. Al contrario. Permaneció exactamente donde estaba, con la espalda casi tocando la puerta y el cuerpo inclinado lo justo hacia ella como si el espacio entre los dos hubiera dejado de existir hacía rato.
El nombre aún flotaba en el aire.
Bel.
Se le quedó enganchado en algún sitio del pecho, como una nota que vibra más de lo que debería. No era un recuerdo claro, ni una imagen que pudiera atrapar; era algo más difuso, más incómodo… como si su cabeza estuviera intentando abrir una puerta que todavía no encontraba. Pero Ubbe no era de los que se quedaban mucho tiempo pensando cuando tenía delante algo mucho más interesante que su propia memoria.
Y lo que tenía delante era muy interesante.
La miró sin esconder nada ahora que las gafas habían bajado, dejando que sus ojos recorrieran cada detalle de su rostro antes de detenerse en los suyos. Había algo en esa mirada que le sostenía la atención más de lo habitual, algo que no encajaba con la idea simple de “acabo de conocer a esta mujer”. Pero en lugar de apartarse, Ubbe dejó que esa sensación se mezclara con la sonrisa lenta que empezaba a dibujarse en su boca.
Cuando ella deslizó la mano por su barba para obligarlo a bajar la mirada, no opuso resistencia. De hecho, dejó que el gesto lo guiara, inclinando apenas la cabeza mientras la observaba desde más cerca todavía. Su respiración se había vuelto un poco más pesada, aunque seguía manteniendo esa calma peligrosa de quien disfruta cada segundo de la situación.
- Bel… -repitió, probando el nombre como si fuera un sabor nuevo.
La forma en que sonó en su voz fue grave, lenta, casi divertida.
- Vale… eso sí que suena mejor que “baby”.
Sus ojos bajaron un segundo cuando ella mencionó la ducha, recorriendo el movimiento de sus manos por su antebrazo, la cercanía del cuerpo, la presión que apenas disimulaba el contacto entre ambos. Ubbe soltó una pequeña risa por lo bajo, esa que sale cuando alguien entiende perfectamente hacia dónde está yendo una conversación.
- Así que agua… -murmuró, inclinándose un poco más hacia ella- Buena idea.
Sus dedos giraron la llave con tranquilidad y la puerta terminó de abrirse detrás de él. Pero en lugar de apartarse de inmediato, Ubbe dejó que el momento se estirara un segundo más. El aire entre los dos estaba caliente, cargado de esa tensión que no necesitaba palabras para existir.
- Aunque te aviso de una cosa, Bel -añadió con una sonrisa ladeada- Cuando dices cosas así delante de mí, luego no me hago responsable de lo que pase después.
Se apartó por fin lo justo para permitirle entrar primero, extendiendo una mano hacia el interior de la habitación como si estuviera presentando un escenario preparado para ella.
- Adelante.
La siguió con la mirada mientras cruzaba el umbral, observando cómo su presencia llenaba el espacio sin esfuerzo. La habitación era amplia, sencilla, con una cama grande ocupando casi todo el centro, una mesa baja cerca de la ventana abierta y la puerta del pequeño baño entreabierta dejando escapar el sonido débil de agua goteando en algún sitio.
Ubbe cerró la puerta con un empujón suave del pie.
No hizo ruido.
Luego dejó la valija a un lado y se acercó despacio, sin prisa, con esa forma suya de moverse que parecía más una decisión que un simple paso.
-Así que… -dijo mientras la rodeaba lo justo para quedar frente a ella otra vez- ¿Querías que te enseñara cómo funciona la ducha?
Sus ojos bajaron un segundo más de la cuenta antes de volver a subir, completamente descarados.
- Porque si te soy sincero… -continuó con una media sonrisa- creo que esta va a ser la parte de la hospitalidad que más voy a disfrutar explicando.
Se inclinó apenas hacia ella, lo suficiente para que su voz bajara de tono.
-Pero vamos a hacerlo bien… -añadió, con un leve chasquido de dedos- paso a paso, baby… o Bel, como prefieras.
La miró un segundo más, con esa mezcla de provocación y curiosidad que empezaba a volverse peligrosa.
Porque aunque todavía no lo supiera del todo, había algo en esa mujer que le resultaba demasiado familiar.
Y cuanto más cerca estaba… menos ganas tenía de averiguar por qué.

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