[Pasado|Fic|Social] peso de las cadenas
#1
Centro de Operaciones Revolucionario - Hace 7 años



El edificio temblaba en cada momento que Kazan posaba su gigantesco pie sobre el. No era su intención, nunca lo era, pero diez metros de músculo y hueso causaban este tipo de situaciones por mucha delicadeza que tuvieras. Kazan se detuvo frente a la puerta que le habían indicado, demasiado pequeña, como todas las puertas desde que podía recordar y que le impedían actuar como el resto de personas del mundo. El humo de su pipa ascendía. "Siete meses de libertad ... ", pensó, tocando inconscientemente el collar de cuentas de madera que colgaba de su cuello. La puerta se abrió subitamente antes de que pudiera siquiera pensar en llamar. Un hombre considerablemente más pequeño, como todas las personas en realidad, apareció en tras de ella. No retrocedió ante su tamaño, lo cual ya era inusual. La mayoría huía o atacaba. Este simplemente lo evaluó con ojos que habían visto demasiado.

-Por las profundidades... no sabía que tenían techo tan bajo aquí- murmuró Kazan, agachándose hasta que sus rodillas tocaron el suelo de piedra. -¿Eres quien decide si soy... útil?- La palabra le molestaba incluso decirla. Útil, como lo habian llamado quienes apostaban por el antes de que todo acabara, util como arma.

-Soy quien decide si eres confiable.

Kazan exhaló humo lentamente, dejando que el tabaco calmara el temblor involuntario en sus manos. -Esas patrullas perseguían esclavos fugitivos- respondió, su voz profunda. -No podía... no pude dejarlos morir encadenados. No queria que tuvieran que vivir lo que yo-. Hizo una pausa, tocando sus cuernos con gesto casi nervioso. -Es solo que cuando los vi, recordé... recordé cuando yo era quien los cazaba-.

El silencio que siguió pesaba más que su Kanaboo.

-¿Mataste cazadores de esclavos para el circo? -La pregunta llegó sin acusación, solo curiosidad clínica.

"¿Como saben eso?". Kazan bajó la mirada, encontrando sus propias manos. -Hice cosas peores. Ejecuté a esclavos que intentaron huir. El circo me ordenaba dar ejemplo y yo... simplemente obedecía-. Su risa emergió entonces, ese "Ga-ha-ha-ha-ha!" atronador. -¿Irónico, verdad? Ahora quiero unirme a quienes liberan esclavos cuando pasé décadas matándolos-. El revolucionario entró completamente en la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Señaló una mesa reforzada -evidentemente preparada para soportar peso considerable-donde descansaban mapas y documentos.

-¿Por que te presentas tan servicial y comprometido con una causa que antaño perseguías?

Kazan se arrastró hacia la mesa, cada movimiento medido para no destrozar el mobiliario. Se sentó con cuidado que contradecía su masa. -Quizás porque me he cansado de obedecer el mandato sin rechistar-. Dio otra calada larga a su pipa. -No puedo cambiar lo que fui. Pero creo que al menos ... puedo ayudar a cambiar un poco para mejor el mundo ¿No es eso lo que predican los revolucionarios? -

- Parece que eres sincero, además de que no me das las pintas de un mero gladiador bruto.

-Leo- dijo simplemente, sacando un libro deteriorado de su túnica amarilla. -Encontraba libros y los leía cuando no estaba ....-. El revolucionario tomó el libro, examinándolo.

-¿Y qué aprendiste?

"Que tengo el mismo derecho que cualquier humano...". Kazan tocó su collar de cuentas. -Aprendí que no solo sirvo para matar aunque me hayan enseñado para ello desde pequeño-.

-¿Y ahora?

-Ahora al menos desde vuestra liberacion puedo elegir a quien mato ...-. Su voz se endureció, el fuego de su sangre beligerante asomando bajo la filosofía. -Pueden usarme como arma. Lo acepto. Soy bueno destruyendo cosas. Pero siempre tendré potestad para negarme en caso de que no me guste a quien apuntáis ese arma—. El revolucionario colocó el libro de vuelta en la mesa, estudiando al gigante azul que intentaba hacerse pequeño en espacio diseñado para humanos normales. Había algo casi cómico en la imagen esta montaña de músculo y cuernos, hablando de dignidad humana mientras su Kanaboo descansaba contra la pared.

-Tenemos reglas. No matamos innecesariamente.

-Entiendo- No entendía completamente. Su cuerpo había sido condicionado por décadas para resolver todo con violencia. "¿Podré llegar a contener toda esta ira que nace de mi interior?". -Ahora mismo no se si podré contenerme. Pero aprenderé. Y si cruzo líneas que no debía... deténganme.-.

—¿Por qué habríamos de prometerte eso?

-Porque- Kazan se inclinó hacia adelante, y pese a su cuidado no pudo evitar que la meda crugiera, -no quiero convertirme en aquello de lo que hui. No quiero ser otra vez esa bestia que solo usa la fuerza lara destruir. -.

El revolucionario guardó silencio largo rato. Afuera,se escuchaban mas voces, preparándose para operaciones que apenas comprendía.

-Hay una red de tráfico de esclavos operando en las islas del norte. Necesitamos a alguien que pueda... persuadir a los traficantes de cesar operaciones.

—¿Persuadir?— La risa de Kazan emergió nuevamente, más oscura esta vez. —Ga-ha-ha-ha-ha! Soy muchas cosas, hermano, pero diplomático no es una de ellas—.

—No buscamos diplomatico, buscamos una señal de advertencia

Kazan asintió lentamente, entendiendo. Exhaló el último humo de su pipa, observando cómo se disipaba en el aire viciado de la habitación. "Espero que mi tamaño al fin sirba para algo". Su mano encontró el collar de cuentas una vez más.

-Si hago esto, si me uno a ustedes... necesito saber que no soy solo otro gladiador con diferentes amos , que tengo ina causa mas noble que solo destruir- . Su voz temblaba ligeramente-Necesito saber que puedo negarme si una orden contradice mi código. Que puedo elegir-.

—Nadie aquí da órdenes absolutas. Proponemos. Sugerimos.

Aquellas palabras quebraron algo en el pecho de Kazan. Algo que llevaba treinta años parado. Sus ojos pequeños, siempre entrecerrados, se humedecieron apenas un poco dejando escapar unas pequeñas lagrimas. —Entonces iré al norte. Persuadiré a esos traficantes—. Hizo pausa, considerando sus palabras cuidadosamente. —Y si es necesario destruirlos completamente para que el mensaje sea claro, lo haré. Pero necesito que entiendan: cuando peleo, no puedo contenerme, necesitare a alguien qje me pare—.

—Lo sospechábamos. ¿Algo más que debamos saber?

Kazan se incorporó, su cabeza rozando el techo incluso agachado. -Que nunca abandonaré a camarada en combate, sin importar qué tan suicida sea quedarse y lo mal que lo pueda llegar a psar yo. Que no puedo atacar a indefensos, incluso si son enemigos. Y que- tocó sus cuernos inconscientemente, -como demasiado, tendreis que aumentar las provisiones-.

El revolucionario extendió su mano, pequeña comparada con la de Kazan pero firme en su convicción. Con una sonrisa en su rostro

—Bienvenido a la Armada Revolucionaria, Kazan. Que tus cadenas que llevabas en el pasado permanezcan rotas.
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