23 de Primavera, Año 17, Corriente Rakusei, Arabasta
El calor de Arabasta no era agradable. No abrasaba como un golpe directo, sino que se colaba poco a poco entre la piel y el aire, acumulándose, como si el mundo entero estuviera diseñado para poner a prueba cuánto podía aguantar un cuerpo antes de ceder. Ubbe avanzaba por las calles periféricas, lejos todavía de las grandes avenidas, notando cómo el sudor le recorría la espalda y se filtraba entre los pliegues del chaleco abierto.
No le gustaba el calor. Pero tampoco lo odiaba.
Había algo en aquel ambiente extremo que le hablaba el mismo idioma que los entrenamientos: si aguantabas, mejorabas. Si no… te rompías.
Se detuvo en una zona más apartada, un pequeño almacén abandonado a medio derruir, donde había arrastrado parte de su equipo. Sobre una superficie improvisada, una puerta vieja apoyada en dos barriles, descansaban sus guantes. Los mismos que había usado en las últimas peleas, demasiados impactos, demasiadas situaciones en las que el límite se había acercado más de la cuenta.
Ubbe los observó en silencio.
El cuero estaba cuarteado. No roto, pero desgastado. Las costuras interiores habían cedido lo justo como para no ser visibles a simple vista, pero suficientes como para que, al cerrar el puño, notara una holgura incómoda. El metal de refuerzo en los nudillos conservaba la forma… pero no la eficiencia de unos guantes nuevos. Ya no transmitía el impacto como antes. Parte de la fuerza se perdía. Parte se disipaba en vibraciones inútiles.
Eso, para Ubbe, era imperdonable.
Se los puso igualmente. Cerró y abrió las manos varias veces, probando. Luego golpeó el aire, despacio al principio, aumentando poco a poco la velocidad. El silbido que producía el movimiento no era limpio. Había fricción donde no debía. Retrasos mínimos. Detalles que solo alguien obsesionado con su propio cuerpo podía notar.
No… - pensó para sí mismo
Intentó arreglarlos. Como siempre hacía. Sacó herramientas adaptadas a su tamaño: una prensa manual, piezas de metal recogidas en mercados, tornillos de distintos grosores, placas que había comprado pensando que podrían servir “para algo”. Ajustó refuerzos, reforzó costuras, añadió capas internas para absorber impacto.
Durante un rato pareció funcionar.
Hasta que dejo de hacerlo.
Probó de nuevo. Esta vez golpeó una columna de piedra cercana, con cuidado, controlando la fuerza. El impacto fue sólido… pero la respuesta fue mala. El guante absorbió demasiado. El calor se acumuló en la palma. El metal vibró de forma torpe, como si protestara.
Ubbe retiró la mano lentamente y la observó. No había daño real. Su piel estaba bien. Sus músculos respondían.
El problema no era él. Era el equipo.
Apoyó los guantes sobre la mesa improvisada con más cuidado del que muchos dedicarían a un arma. Respiró hondo, dejando que el aire caliente llenara sus pulmones.
El cuerpo humano tenía límites. Los conocía todos. Los había estudiado, entrenado, empujado y, a veces, cruzado. Pero el metal también tenía los suyos. Y esos guantes ya habían llegado demasiado lejos.
- Si no evolucionas… te quedas atrás, baby -dijo en voz baja para si mismo, más como constatación que como queja. Era un mantra que cada vez tenía más presente. Habían tenido peleas locas, y cada vez estaba más cerca de su límite como Buccaneer. Tendría que encontrar pronto una forma de superarlo. Fuera como fuese.
Tras darle un par de vueltas a sus guantes, acabó llegando a la conclusión de que necesitaba cambiarlos.
Arabasta no se sentía como una ciudad, sino como algo vivo, vasto y sofocante, una criatura hecha de piedra, arena y gente que se movía sin cesar bajo un sol que parecía demasiado cercano. Ubbe avanzó por los distritos comerciales, dejando atrás las zonas abiertas y silenciosas, internándose en un laberinto de calles estrechas cubiertas por toldos de tela gruesa que apenas conseguían filtrar la luz. El calor no desaparecía allí dentro; al contrario, se quedaba atrapado, mezclado con olores a especias, metal, sudor y polvo, formando una atmósfera pesada que se pegaba a la piel y a los pulmones.
No era un lugar diseñado para alguien de su tamaño. Los pasillos parecían encogerse a su paso, los techos quedaban incómodamente bajos y cada pocos metros alguien tenía que apartarse para dejarle pasar. Aun así, nadie le decía nada. En Arabasta, lo grande, lo peligroso y lo que claramente no encajaba en lo cotidiano tendía a recibir una mezcla automática de respeto y prudencia. Ubbe caminaba despacio, observando con atención, sin prisa ni ansiedad. No buscaba cualquier cosa.
Sus ojos recorrían los puestos con la misma calma con la que evaluaba un campo de batalla. Herreros menudos golpeaban piezas brillantes más pensadas para impresionar que para resistir. Comerciantes ofrecían armas perfectamente pulidas que jamás habían probado sangre ni impacto real. Mercenarios regateaban protecciones ligeras, más preocupados por la apariencia que por la función. Todo aquello pasaba ante él sin despertarle el más mínimo interés.
Hasta que lo escuchó. No fue algo visual. No fue una vitrina llamativa ni un arma expuesta con orgullo. Fue el sonido. Un golpe profundo, grave, repetido, con una cadencia lenta y pesada que no tenía nada que ver con el tintineo rápido del trabajo fino. Era el impacto sólido de metal duro siendo trabajado sin prisas, cada martillazo cargado de intención y fuerza.
Ubbe giró el cuerpo siguiendo aquel sonido hasta dar con un taller semienterrado en la piedra, parcialmente oculto tras telas gruesas y sacos de arena apilados sin orden aparente. El interior estaba sumido en una penumbra rojiza, iluminado únicamente por el resplandor de una fragua enorme que escupía calor como un animal enfurecido. Dentro, un hombre ancho de hombros golpeaba una pieza metálica del tamaño de un escudo pequeño. El metal no brillaba con elegancia; era opaco, denso, feo incluso… pero transmitía una sensación clara de resistencia y aguante.
Ubbe tuvo que agacharse para entrar. El calor dentro del taller era brutal, mucho más concentrado que en el exterior, pero no retrocedió. El herrero alzó la vista al notar su presencia. No mostró sorpresa ni curiosidad exagerada. No dejó de trabajar. Simplemente evaluó.
- No hago cosas bonitas -gruñó sin apartar el martillo- Hago cosas que no se rompen.
Ubbe ladeó ligeramente la cabeza, observando el entorno, la fragua, las marcas en el suelo, las herramientas claramente adaptadas para manos grandes.
- Creo que es exactamente lo que estoy buscando, baby... Necesito unos guantes y unas punteras...
El herrero dejó el martillo apoyado y se limpió el sudor del cuello con el antebrazo antes de rodear a Ubbe despacio, midiendo proporciones, brazos, manos, postura. Sus ojos se detuvieron especialmente en los antebrazos y en las muñecas, como si ya estuviera calculando tensiones y puntos de impacto.
- Entonces tus manos no son manos... son herramientas... armas incluso
El hombre asintió una sola vez. Caminó hacia una esquina del taller y arrastró algo pesado por el suelo con un chirrido metálico desagradable que resonó en las paredes. Lo dejó caer frente a Ubbe con un golpe seco.
Eran guantes de combate, pero no se parecían a ningún par común. Eran grandes, macizos, construidos a base de placas segmentadas que cubrían dorso y nudillos. El interior estaba reforzado con capas gruesas de cuero tratado y fibras resistentes al calor. No había adornos, ni mecanismos innecesarios, ni intención estética alguna. Solo masa, estructura y superficies pensadas para soportar impactos absurdos.
Ubbe los cogió con ambas manos. Pesaban. Mucho más de lo que un guante debería pesar. Y eso, lejos de incomodarle, le arrancó una sonrisa.
Se los colocó con cuidado y cerró el puño, tras esto chasqueó los dedos señalando como solía hacer, si el guante no le dejaba hacer ese movimiento, no lo compraría. El metal respondió con un retraso mínimo, pesado, pero firme. No crujió, no vibró, no dio señales de ceder. Probando el equilibrio descargó un puñetazo contra el aire. El viento sonó cortante tras la velocidad del golpe.
El herrero observó la escena con una sonrisa apenas perceptible.
Tras esto, Ubbe se procuró también con unas nuevas espinilleras, a la par que los guantes, más resistentes y potentes que las anteriores. Pagó el precio por sus nuevos juguetitos y se despidió del herrero, sabiendo que acababa de conseguir unas armas a la altura de sus puñetazos.
Ubbe salió de la ciudad cuando el sol ya había terminado de reclamar el cielo por completo, avanzando hacia el mar de arena que rodeaba Arabasta como una muralla viva. No buscó caminos ni rutas marcadas. Se internó directamente en las dunas, allí donde la arena no perdonaba errores y cada paso exigía más de lo que devolvía. El calor era aplastante, no solo sobre la piel, sino desde abajo, subiendo por las plantas de los pies como si la tierra misma quisiera fundirse con su cuerpo. El aire vibraba, deformando el horizonte en ondas borrosas, y cada respiración entraba cargada de polvo fino que raspaba la garganta.
Se detuvo un momento, clavó los pies en la arena y bajó la mirada hacia sus nuevos guantes. El metal ya estaba caliente al tacto, casi incómodo, pero no llegó a quitárselos. Cerró los puños con lentitud, notando el peso añadido, la resistencia extra en cada movimiento. Aquello no era un problema: era parte del plan. Si iba a crear algo nuevo, no podía hacerlo en condiciones cómodas.
Empezó caminando, cada paso se hundía, la arena cediendo bajo su peso y obligándolo a levantar más las piernas, a empujar con los cuádriceps y los glúteos como si cada zancada fuera una repetición forzada. El sudor apareció rápido, empapándole la espalda, bajando por el pecho y acumulándose en la cintura. Caminó durante minutos que parecieron horas, dejando que el cuerpo se adaptara al castigo constante, escuchando el ritmo irregular de su respiración y el latido profundo que le golpeaba las sienes.
Cuando andar dejó de ser suficiente, echó el cuerpo hacia delante y empezó a correr.
No fue una carrera elegante ni fluida. Fue violenta, torpe, casi animal. Las piernas se hundían hasta media pantorrilla, obligándolo a arrancarlas de la arena con cada zancada. Los brazos se balanceaban pesados, los guantes tirando de los hombros y cargando los antebrazos con una fatiga inmediata. El aire caliente entraba a trompicones en los pulmones, quemando, exigiendo más oxígeno del que parecía dispuesto a dar. A los pocos segundos, los músculos comenzaron a protestar. A los pocos minutos, a gritar.
Ubbe no se detuvo.
Cayó una vez, rodando por una pendiente de arena que se desmoronó bajo su peso. Se incorporó sin pausa, escupiendo polvo, y volvió a correr. La arena se metía en las botas, en las espinilleras, en la ropa, en cada pliegue del cuerpo. El calor ya no era solo externo; era interno, un incendio que le recorría los muslos, los gemelos, la zona baja de la espalda. Cada paso se volvía más caro que el anterior, pero también más consciente. Ajustó la pisada. Bajó el centro de gravedad. Empezó a inclinar el torso de forma más agresiva, como si el cuerpo entero quisiera caer hacia delante y solo la fuerza bruta de sus piernas lo mantuviera en pie.
Y entonces, algo cambió.
No de golpe. No como un milagro. Fue una transición lenta, casi imperceptible. La arena dejó de sentirse como un enemigo absoluto y pasó a ser una resistencia constante, predecible. Los pies seguían hundiéndose, pero ya no robaban el impulso por completo. Las zancadas empezaron a encadenarse. La respiración encontró un ritmo profundo y sostenido, duro pero estable. El cuerpo dejó de pelear contra el entorno y empezó a utilizarlo.
Ubbe empezó a ganar velocidad.
Cada carrera era más larga que la anterior. Cada embestida contra la duna siguiente era más directa, más feroz. El viento caliente le golpeaba el rostro mientras bajaba pendientes a toda velocidad, obligándolo a clavar los talones y corregir el equilibrio para no salir despedido. Subía colinas de arena con los dientes apretados y las venas del cuello marcadas, solo para lanzarse de nuevo hacia abajo como una avalancha viva.
No corría como alguien que huye, corría como algo que caza, algo que va a por su presa.
El peso de los guantes dejó de ser una carga y se convirtió en inercia. Cada brazo acompañaba el movimiento, ayudando a mantener la línea, a estabilizar el tronco cuando la velocidad aumentaba. El metal vibraba con cada zancada, transmitiendo el impacto hacia los hombros, el pecho, la espalda. Ubbe sentía cómo el cuerpo entero se alineaba en un solo propósito: avanzar, romper, atravesar, alcanzar.
Cuando finalmente se detuvo, lo hizo dejando surcos profundos en la arena, los pies clavados, el torso inclinado hacia delante, respirando como un animal exhausto. El sudor le caía a chorros, la piel ardía, los músculos temblaban con esa mezcla adictiva de fatiga extrema y adaptación recién ganada.
Alzó la vista hacia el horizonte ondulante del desierto. Sonrió.
- Its Hot.... - Pensó, y se le ocurrió un nombre- GHAHAHAHA ¡Hot Wheels! - Existía algo nuevo en su cuerpo. Una manera distinta de moverse. De lanzarse. De convertir su masa, su velocidad y su voluntad en una sola embestida imposible de detener.
El desierto no lo había frenado. Lo había enseñado a rodar.
Outfit Arabasta & Entreno
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