[Fic Oficio] Astillado y Hundido
#1
Dia 1 de Primavera, Año 17.
Nuevo Mundo, Mystoria, Costa Este
0900 horas
 

 
Había pasado una semana desde que envié la solicitud formal a la base principal de la Marina. Libros de carpintería básica, manuales de construcción naval, cualquier texto que pudiera guiarme en este nuevo oficio que había decidido aprender pues, luego de que Apolo adquiriera el O’Redentor, habíamos navegado poco por falta de varias habilidades (excepto navegación, pues Apolo ya dominaba esa) incluida la de mantener un galeón de su envergadura. La respuesta llegó tres días después mediante Den Den Mushi: los libros estaban en camino, pero tardarían meses en llegar a Mystoria. La burocracia y las rutas de suministro de la Marina funcionaban a su propio ritmo, especialmente hacia una isla tan remota como esta. Pero no iba a quedarme de brazos cruzados esperando. Aquella mañana desperté con el alba como siempre, el calor del volcán ya perceptible, parecía que el invierno empezaba a dejar la isla y daba paso a la entrada de la primavera. Después de la ducha y el desayuno, me vestí con mi uniforme reglamentario; la capa de Comodoro quedó colgada en el faro, no tenía sentido arruinarla con lo que tenía planeado. Opté por la camisa de manga larga con patrones de mi isla natal, los pantalones estándar y las botas bien amarradas. Empaqué agua, algo de comida, vendas y ungüentos básicos en mi mochila. Nunca se es demasiado precavido. Salí del faro a las 9am con un objetivo claro en mente: construir una balsa. Sonaba simple en teoría - atar troncos juntos y ponerle una vela – ¿Qué tan difícil podía ser? Caminé hacia la zona este de la playa, a unos 800 metros del faro, donde había visto varios árboles caídos durante mis patrullajes diarios. La playa aquí era más amplia, con unos 30 metros de arena desde la línea de vegetación hasta el agua. El sol ya calentaba con fuerza, reflejándose en la superficie del mar que se extendía tranquilo frente a mí. Expandí mi haki de observación a 140 metros por costumbre, detectando solo las presencias familiares de los animales de la zona, algunos pájaros en los árboles cercanos, y nada más. Perfecto. Privacidad para fracasar sin testigos.
 
El primer árbol caído medía aproximadamente 6 metros de largo y 40 centímetros de diámetro. Yacía a 15 metros de la línea del agua, medio enterrado en la arena. Me acerqué y lo examiné con cuidado. Tenía la corteza estaba parcialmente podrida en algunas secciones, pero la madera interior parecía sólida. Lo agarré por un extremo y tiré. Mi fuerza de gyojin hizo que se deslizara por la arena sin mayor problema, dejando un surco profundo de unos 8 centímetros detrás. Arrastré el tronco hasta dejarlo paralelo al agua, a 3 metros de la orilla. Ahora necesitaba más troncos. Regresé a la vegetación y encontré otros tres árboles caídos en un radio de 50 metros, uno de 5 metros de largo y 35 centímetros de diámetro, otro de 4 metros y apenas 25 centímetros de grosor, y el último de 7 metros pero tan podrido que se desmoronó parcialmente cuando intenté levantarlo. Tres troncos utilizables. Los arrastré uno por uno hasta colocarlos paralelos al primero, separados por aproximadamente 20 centímetros entre sí. Los alineé lo mejor que pude, aunque noté inmediatamente que sus longitudes dispares hacían que la formación se viera irregular.
 
El primer problema evidente, necesitaba algo para atarlos juntos. Miré a mi alrededor. No había traído cuerda, un descuido que ahora me parecía obvio. Caminé hacia los árboles cercanos buscando enredaderas. Encontré varias a unos 40 metros tierra adentro, gruesas lianas que colgaban de las ramas superiores. Salté hasta alcanzar una a 12 metros de altura y tiré con fuerza. La enredadera se desprendió con un chasquido satisfactorio, cayendo al suelo en una masa verde de unos 15 metros de longitud. Repetí el proceso cuatro veces más hasta tener cinco enredaderas de longitudes variables entre 10 y 18 metros. Las arrastré de vuelta a la playa, dejándolas caer junto a mis troncos. El sol ya estaba alto, calculé que eran cerca de las 11am. Dos horas invertidas solo en reunir materiales. Tomé la primera enredadera e intenté enrollarla alrededor de los dos troncos del extremo izquierdo. La pasé por debajo, la subí por encima, intenté crear un nudo... y la enredadera se deslizó. La tensé más fuerte. Se deslizó de nuevo. Los troncos eran cilíndricos y la superficie lisa de la madera recién desprendida de su corteza hacía que todo resbalara. Intenté un enfoque diferente. Corté secciones de la enredadera con mis dientes afilados (no tenía cuchillo, otra herramienta que evidentemente necesitaba) y las usé para crear múltiples ataduras a lo largo de los troncos. Una cada 50 centímetros aproximadamente. Tensaba cada nudo con toda la fuerza que podía aplicar sin romper la enredadera. Después de 40 minutos, había logrado unir los cuatro troncos con un total de catorce ataduras distribuidas a lo largo de su longitud. La estructura se veía cuestionable. Las diferentes longitudes de los troncos creaban una forma asimétrica. Las ataduras parecían firmes, pero cada vez que aplicaba presión lateral, los troncos se movían ligeramente unos contra otros. Y lo más preocupante era que no tenía idea de si esto realmente flotaría.
 
Solo había una forma de averiguarlo. Arrastré la construcción hacia el agua. Pesaba considerablemente pero no era nada para mí, los cuatro troncos juntos debían rondar los 300 kilogramos. Dejé un surco profundo en la arena mientras los arrastraba los últimos 3 metros hasta que la parte frontal tocó el agua. Empujé más. Las olas pequeñas lamían la madera. Seguí empujando hasta que la mitad de la estructura estaba en el agua, las olas alcanzando ahora los 15 centímetros de altura debido a la brisa que había comenzado a soplar. La balsa flotaba. Técnicamente. Subí con cuidado, colocando primero un pie en el tronco más grueso. La estructura se hundió inmediatamente unos 10 centímetros. Puse el otro pie. Se hundió otros 5 centímetros. El agua ahora cubría la superficie superior de los troncos, mojándome las botas. Di un paso hacia el centro y escuché un crujido preocupante. Una de las ataduras del extremo derecho se había aflojado. Di otro paso y - CRACK - la enredadera se rompió completamente. El tronco más delgado comenzó a separarse del resto. Me lancé de vuelta a la playa justo antes de que toda la estructura se desarmara. Los troncos se dispersaron flotando libremente, las enredaderas rotas flotando entre ellos como algas marinas.
 
Fracaso total.
 
Pasé la siguiente hora recuperando los troncos de donde las corrientes los habían llevado, el más lejano había llegado a 80 metros de distancia. Los arrastré de vuelta a la playa y los dejé secar al sol mientras comía algo de mi mochila y bebía agua. Eran las 2pm aproximadamente, por lo que pare a comer algo ligero. Para el segundo intento, decidí un enfoque diferente. Necesitaba crear muescas en los troncos para que las ataduras tuvieran donde agarrarse. Sin herramientas para tallar, usé piedras afiladas que encontré cerca de los acantilados a 200 metros al sur. Pasé 90 minutos golpeando y raspando la madera, creando surcos irregulares de 3 centímetros de profundidad cada 40 centímetros a lo largo de cada tronco. Mis manos quedaron cubiertas de astillas, tuve que detenerme tres veces para extraer las más grandes con mis utensilios médicos. Las púas venenosas de mis nudillos no servían de nada contra la madera inanimada. Anoté mentalmente el conseguir guantes de trabajo. Una vez terminadas las muescas, volví a atar los troncos usando las enredaderas que había recuperado y algunas nuevas que corté. Esta vez los nudos se asentaban en los surcos, proporcionando mucha más estabilidad. La estructura se sentía más firme cuando la empujaba lateralmente. La arrastré de nuevo al agua a las 4pm. El sol comenzaba su descenso, proyectando sombras más largas en la playa. Empujé la balsa hasta que flotaba completamente, sosteniéndola mientras las olas la mecían suavemente. Subí de nuevo. Esta vez la estructura aguantó mi peso completo sin desarmarse inmediatamente. Progreso. Me puse de pie con cuidado, los brazos extendidos para mantener el equilibrio mientras el agua cubría la superficie de los troncos hasta la altura de mis tobillos. Di tres pasos hacia el centro. La balsa se hundió más, el agua llegando ahora a la mitad de mis pantorrillas. Di otro paso y sentí como toda la estructura comenzaba a rotar sobre su eje. Los troncos de diferentes grosores creaban un desbalance que hacía que el lado izquierdo se hundiera más que el derecho. Intenté compensar moviendo mi peso, pero eso solo empeoró las cosas. La rotación se aceleró. Me lancé al agua justo antes de volcar completamente, nadando de regreso a la playa mientras observaba mi segunda balsa darse vuelta y dispersarse lentamente, las ataduras aflojándose con el movimiento.
 
Al menos había flotado brevemente.
 
Recuperé los troncos de nuevo - este proceso se estaba volviendo rutinario - y los dejé en la playa. El sol tocaba ya el horizonte. Eran casi las 6pm. Diez horas de trabajo para dos intentos fallidos. Me senté en la arena, observando el mar mientras el cielo se teñía de naranjas y rojos. Las olas iban y venían con su ritmo hipnótico. Necesitaba herramientas. Una sierra para cortar, al menos un cuchillo para tallar, un martillo y clavos serían ideales. Necesitaba un método de atadura más resistente, quizás múltiples capas de enredadera, o cuerda real. Y, sobre todo, necesitaba esos libros que tardarían meses en llegar. Me levanté, me colgué la mochila mojada a la espalda y comencé a caminar de regreso al faro. Los 800 metros de distancia me dieron tiempo para pensar. Mañana volvería a intentarlo. Buscaría troncos más uniformes. Experimentaría con diferentes configuraciones. Aprendería de cada fracaso.
 
La carpintería, resultaba, era mucho más compleja de lo que había anticipado. Pero si había algo que años de vida me habían enseñado, era perseverancia.
[Imagen: Firma-Fuguwu.png]
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#2
Día 2 de Primavera, Año 17.
Nuevo Mundo, Mystoria, Costa Este
0800 horas



Desperté con el cuerpo adolorido. Las manos me punzaban donde las astillas habían dejado su marca el día anterior, a pesar de haberlas tratado con ungüentos la noche previa. Me tomé mi tiempo en la ducha, dejando que el agua tibia relajara los músculos de la espalda y los brazos. Diez horas de arrastrar troncos y luchar con enredaderas habían cobrado su precio. Mientras desayunaba, revisé mentalmente los errores del día anterior. Me vestí igual que ayer, dejando la capa de Comodoro en el faro. Preparé la mochila con las provisiones habituales, pero esta vez añadí algo más. Del pequeño arsenal médico del faro tomé prestado un bisturí de acero, no era lo ideal para trabajar madera, pero era mejor que mis dientes. También encontré un rollo de cuerda de unos 20 metros guardado en uno de los armarios. No era cordaje naval apropiado, pero definitivamente superior a las enredaderas. Salí del faro a las 8am, una hora más temprano que ayer. Si iba a fallar de nuevo, al menos tendría más luz diurna para hacerlo. Caminé los 800 metros hasta la costa este, expandiendo mi haki de observación a 140 metros. Las presencias familiares de siempre: pájaros, algunos animales pequeños en la vegetación, nada más. La playa me recibió con el sonido constante de las olas y el olor a sal. Los restos de mis intentos de ayer seguían dispersos donde los había dejado. Los ignoré completamente. Hoy empezaría desde cero, pero con un plan diferente. Necesitaba encontrar troncos del mismo grosor y longitud aproximada. Pasé las siguientes dos horas explorando la zona boscosa a 100 metros de la costa. Encontré cinco candidatos prometedores distribuidos en un radio de 200 metros. Los examiné uno por uno, golpeando la madera con los nudillos para comprobar su solidez, midiendo a ojo su grosor y longitud. Finalmente seleccioné cuatro troncos que cumplían mis criterios. Cada uno medía aproximadamente 4 metros de largo y 30 centímetros de diámetro. No eran perfectamente idénticos, pero estaban mucho más cerca de serlo que mi desastre de ayer. La madera estaba seca pero no podrida, lo suficientemente liviana para flotar bien pero lo bastante densa para soportar peso.

Arrastré el primer tronco hasta la playa. 150 metros de distancia, 10 minutos de esfuerzo. Regresé por el segundo. Otros 10 minutos. Para cuando terminé de traer los cuatro, eran las 11am y el sol pegaba con fuerza. Me quité la camisa y la dejé sobre mi mochila, el calor del volcán combinado con el esfuerzo físico hacía que el sudor corriera por mi piel azulada. Bebí agua y comí algo ligero mientras estudiaba los troncos. El bisturí no era ideal, pero lo usé para limpiar la corteza suelta y crear pequeñas muescas. Cada 80 centímetros a lo largo de cada tronco, tallé surcos de 2 centímetros de profundidad. El trabajo era tedioso y lento, el bisturí no estaba diseñado para esto y se resbalaba frecuentemente. Tres horas después, a las 2pm, tenía los cuatro troncos preparados con muescas uniformes. Ahora venía el ensamblaje. Coloqué los cuatro troncos paralelos entre sí, separados por 15 centímetros. Esta vez no los puse directamente en la arena, sino que primero cavé cuatro zanjas poco profundas de 5 centímetros para mantenerlos nivelados durante el trabajo. Corté la cuerda de cáñamo en secciones de 2 metros cada una. Tenía diez secciones en total. Empecé por las esquinas, pasando la cuerda por las muescas que había tallado, creando ataduras en forma de X que conectaban cada par de troncos adyacentes. Tensaba cada nudo con toda la fuerza necesaria, asegurándome de que la cuerda se asentara firmemente en los surcos. El sol descendía cuando terminé la última atadura. Eran las 5pm. Nueve horas de trabajo desde que salí del faro. Me alejé tres pasos y observé mi creación con ojo crítico.

La balsa medía aproximadamente 4 metros de largo por 1 metro de ancho. Los troncos estaban unidos por diez puntos de atadura distribuidos uniformemente. La estructura se veía sólida, simétrica. Empujé lateralmente uno de los extremos con fuerza. Los troncos no se movieron entre sí. Buen signo. Arrastré la balsa hacia el agua. Era más pesada que las de ayer, los troncos más densos sumaban probablemente unos 400 kilogramos, pero mi fuerza lo hacía manejable. El surco que dejaba en la arena era profundo y uniforme. Empujé hasta que la estructura estaba completamente en el agua, flotando libremente mientras las olas la mecían. Se hundía menos que las de ayer. Prometedor. Coloqué un pie en el borde más cercano. La balsa se hundió otros 5 centímetros pero se mantuvo estable. Subí completamente, distribuyendo mi peso en el centro. La estructura descendió hasta que el agua cubría la superficie de los troncos justo a la altura de mis tobillos. Me quedé quieto, sintiendo el balance. La balsa se mecía suavemente con las olas, pero no rotaba, no se deshacía, no crujía de forma preocupante. Caminé lentamente hacia el extremo frontal de la balsa. El agua subió hasta la mitad de mis pantorrillas a medida que mi peso redistribuido hundía ese extremo unos centímetros más. Regresé al centro. La balsa se reequilibró. Permanecí allí cinco minutos completos, solo sintiendo el movimiento del mar bajo mis pies, las olas pequeñas golpeando suavemente contra los troncos. La cuerda se mantenía tensa. Las ataduras aguantaban. La estructura no mostraba signos de desarmarse. No era perfecta. Se hundía demasiado bajo mi peso. No tenía forma de dirigirla o propulsarla. Era básica, tosca, apenas funcional. Pero flotaba. Y soportaba mi peso sin desintegrarse. Era una balsa. Me puse la camisa, guardé el bisturí en la mochila y me colgué esta a la espalda. Eran las 6pm. Había requerido dos días completos, múltiples fracasos, manos heridas y horas de trabajo físico agotador. Pero había construido algo funcional con mis propias manos, sin instrucciones, sin guía más allá del ensayo y error. Era un comienzo rudimentario en el mundo de la carpintería, pero era un comienzo real.
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