Iggy Rock
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C. de Haki
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41 Invierno/ año 15
Reino Roshwan
La noche ya había caído sobre esta isla fría pero acogedora, con pueblos dignos de cualquier postal. No obstante los locales aún no habían cerrado y si por algo se caracterizaba este maravilloso lugar era por una rica variedad de alcoholes, los más raros que había podido encontrar en mi vida.
El ambiente no era el mejor, me hallaba solo en una taberna de poca monta, suelos de madera, decoración espantosa y recargada por las paredes, incluso sobre la chimenea colgaba una cabeza de reno disecada que me miraba con ojitos provocativos, como si buscara pelea. -No me fío, tiene cara de haber asesinado a cientos de bebés renos por pura diversión. -El dueño del bar se limitó a poner los ojos en blanco mientras seguía con su labor de limpiar jarras de cerveza con un trapo más desgastado que mis calzoncillos. Era un hombre anciano, de barba cana y frondosa, piel morena por el frío y músculos tallados por el fervor de un trabajo físico. Estaba casi seguro que este tío se dedicaba a otra cosa antes de ser tabernero. Me haría una apuesta con él pero tenía la sensación de que si volvía a abrir la boca me iba a comer su puño, así que me limité a dar otro sorbo del vaso de vodka que tenía frente a mi.
Travis y Trece estaban en la habitación de la posada, tal vez era plan de volver con ellos, total… ¿Que se me había perdido en el fondo de este vaso? Terminé su contenido de un sorbo. -¿Cuánto por la botella? -Pronuncié antes de siquiera pensar en nada. La compré muy amablemente, agarré mi chaleco rojo con plumas moradas en el cuello del perchero de la entrada y me dispuse a salir.
El frío era seco pero soportable, al menos con vodka en el cuerpo era soportable. Ya no había nadie por las calles, tan solo la iluminación del interior de algunas casas alumbraba el camino, solo podía pensar en que seguramente allí dentro estaban pasando un momento reconfortante y cálido, posiblemente en familia. No pude evitar pensar en ella, su largo cabello rosado y su dulce crema de calabaza, no se si era el alcohol o simplemente me había puesto nostálgico al ver el ambiente, pero no pude evitar pensar en mi madre.
Fue en ese momento cuando como si el destino quisiera jugarme una broma macabra, que le vi a ella, saliendo de una calle perpendicular, una chica pálida como la nieve, ojos verdes de mirada gris y un pelo rojizo como el fuego capaz de derretir hasta los corazones más fríos. Me quedé paralizado un segundo, no solo por la belleza, fragilidad y dulzura que transmitía sino también por esas alas, pequeñas y blancas. Si fuese cualquier otra persona tal vez pensaría que se tratara de un ángel pero yo no era la primera vez que las veía.
Me agaché de golpe, agarrando un puñado de nieve, le di forma en la mano y se lo lancé sin pensármelo mucho, esta impactando en su hombro a no mucha fuerza. -Eh tú, esas alas… -Me di la vuelta señalando mi espalda pese a yo no tener. -¿Eres de Skypiea verdad, princesita? -Mi tono pudo llegar a sonar amenazante pese a no querer serlo pero aquellas alas, me hicieron volver a un instante a mi isla natal, trayéndome recuerdos que intentaba ahogar con alcohol.
Elara Vangrim
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La pobre Elara no sabía y ni mucho menos estaba tan segura de por qué seguía caminando tan tarde por un reino que no conocía del todo muy bien, pero el invierno allí era tan diferente al de las nubes que usaba como referencia que, por alguna razón, le hacía sentir una mezcla un poco extraña, entre nostalgia y también calma. Las calles estaban demasiado vacías, silenciosas, iluminadas solo por ventanas donde seguramente familias enteras compartían una cena caliente, reconfortante y también unida. La skypiean apretó un poco más el abrigo que llevaba encima, un abrigo demasiado grande para ella, comprado de último momento porque no esperaba que el frío mordiera tan fuerte. Era demasiado extraño para ella.
Había ella salido solamente para poder respirar un poco, a despejar la cabeza, a sentir algo que no fuera esa ansiedad constante de estar tan lejos del cielo.
Ella realmente no esperaba mucho, más bien… no esperaba absolutamente nada… hasta que algo la golpeó de repente en el hombro. La nieve se deshizo sobre su piel como si fuera nada, algo que la hizo dar un respingo involuntario. Sus alas se erizaron al instante, tiesas, por puro reflejo nervioso que ella tenía. La pelirroja parpadeó, algo confundida, llevándose una mano al hombro mientras ella buscaba con la mirada al responsable. El frío no la había asustado. El golpe tampoco la asustó. Pero la voz que escuchó después si que le robó el aire.
Un hombre, alto, de abrigo llamativo y mirada intensa, acababa de apuntarla directamente con una frase que le clavó algo en el pecho.
-¿E-Eh? ¿Qué…? ¿Q-Qué estás diciendo…?-
Ella lo observó un poco más, estaba un poco asustada. No era la primera vez que un desconocido la confundía con un “ángel”… pero él no había dicho eso. El había dicho algo muchísimo más certero. Algo que solo alguien que realmente conociera las islas del cielo podía pronunciar con tanta naturalidad.
-¿Skypiea…?-
Sintió como el nerviosismo recorría todo su cuerpo. Como si el corazón le hubiese pegado hasta las costillas que ella tenía. Sus alas, siempre traicioneras en todo ámbito, se recogieron hacia atrás como un gato asustado. Era imposible disimularlas. Imposible ocultar de dónde ella venía.
Y aún así… él lo había dicho con una facilidad que la dejó en shock, estaba quieta. Como si realmente no supiera qué hacer, o al menos qué decir. No era algo que ella esté acostumbrada. Era difícil. Pero al menos intentaría estar bien. Confiaba en que lo lograría. O eso es lo que ella esperaba.
Elara apretó las manos, nerviosa, sin saber si debía huir, mentir, o simplemente quedarse allí frente al desconocido que le había soltado la palabra más peligrosa para alguien que vivía escondiendo su origen.
-¿C-Cómo… sabes eso? N-No deberías… decirlo así tan… tan fuerte…-
Él había dicho “princesita”. Algo dentro de ella se tensó, molesta, pero también confundida ya que ella no sabía muy bien qué decir. Y no pudo evitar devolverle la mirada, clavando sus ojos verdes en los de él con una mezcla de precaución y extraña familiaridad.
-No te conozco… y tú no deberías conocer mis alas… ¿Eres… de allí también?-
Iggy Rock
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Era extraño, no era común que los habitantes de las islas del cielo bajaran a la superficie. Por lo que cuidadosamente me fui acercando a ella, dando vueltas en círculos alrededor su alrededor, analizando cada detalle de su físico ropa y piel, por alguna razón me resultaba familiar, como si la conociera de antes. No era producto del alcohol, o algún truco sucio de mi mente jugándome una mala pasada.
Me detuve justo enfrente suya e incliné mi torso hacia delante, haciendo una especie de reverencia hasta quedar mi cara justo frente a la suya, salvando la diferencia de altura entre nosotros pero apenas dejando espacio personal. -Creo que a la gente se la pela de donde seamos. ¡ESTA CHICA PROVIENE DE UNA ISLA EN EL CIELO! -Grité a pleno pulmón, mi voz rebotando entre las claras y atravesando por las calles de aquel melancólico pueblo, perdiéndose en el viento, sin recibir ningún tipo de respuesta. Seguimos solos, nadie respondió, nadie salió a ver que sucedía. -¿Ves? Qué más da si lo digo en voz alta…
Volví a erguirme por completo estirando mis espalda, dándole otro trago a mi botella de vodka para no perder el calor. Mi vista volvió a ventarse en su pálida piel y familiar figura, retrocedí para ganar algo de perspectiva. Era como si esos profundos ojos verdes ya los hubiese visto en algún otro lugar, pero lo achaqué a la nostalgia de ver otro skypieano en tanto tiempo. Podría mentirle, decir que soy el último miembro de un clan que vivía en un volcán en erupción, o que provengo de una tribu de nómadas vuelan de una isla a otra en palomas. Pero cerrando los ojos, un dolor en el pecho y una sonrisa forzada lo solté. -Si, yo también soy de allí, al menos me crié en esa isla. Mi padre era pirata, humano, se folló a mi madre como cajón que no cierra y de ahí salí yo. Un híbrido entre humano y habitante de isla del cielo. Por eso no tengo alitas como tú.
No me gustaba demasiado recordar de donde venía, pues me seguía sintiendo culpable por haberme ido tan joven y no haber podido siquiera asistir al funeral de mi madre, dejándola sola. Miré a la joven con unos ojos envueltos de sinceridad, algo bastante impropio mi. -Ven. -Ordené sin darle tiempo a reaccionar, tomando su mano y tirando de ella con la fuerza justa para arrancarla del sitio pero sin ser tampoco demasiado brusco. Estaba helada, al sentir el frío de su piel, la agarré con más fuerza, tratando de transmitirle mi calor corporal. -Por cierto, me llamo Iggy, voy a llevarte a un sitio que a mí me recuerda un huevo a casa… Y por cierto, si quieres vodka solo tienes que pedírmelo, te ayudará a entrar en calor.
Me presenté finalmente, llevaba el tiempo suficiente ya en esta isla como para saber algún que otro lugar interesante, y si la chica no se me congelaba por el camino le iba a mostrar uno de mis lugares favoritos, uno en el que me podía pasar horas haciendo el cafre.
Elara Vangrim
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Estaba demasiado nerviosa por lo que había sucedido. Debido a que ella no estaba acostumbrada del todo a hablar con desconocidos, ni mucho menos que se dieran cuenta qué tipo de mujer era ella. ¿Acaso era tan evidente? Igual Elara siempre pasaba nerviosa en todo sentido. Era difícil para ella tomar una decisión en relación con eso.
Elara realmente no entendía nada de lo que estaba pasando, absolutamente nada. Desde el segundo en que ese hombre empezó a caminar a su alrededor, mirándola como si ella fuera una cosa rara que había que mirar desde todos los lados, su cabeza se quedó completamente en blanco. Sus alas se recogieron solas, como siempre se ponía nerviosa, apretó el abrigo enorme contra su cuerpo porque no sabía que más hacer con las manos. Se sentía observada, demasiado observada y eso la hacía sentirse incómoda, como si estuviera fuera de lugar.
El hombre se inclinó, demasiado cerca y eso la hizo quedarse quieta. Literalmente quieta, no se movía por ningún motivo. Como si sintiera que si se movía, todo podía empeorar gravemente, y eso es lo que menos quería ella. El espacio personal estaba ya completamente roto, y no sabía qué decir en estos momentos.
Pero el hombre decidió gritar, y eso la alarmó completamente. No sabía si era bueno o malo, pero se alteró demasiado.
—¡¿E-EHHH? ¡N-No! ¡N-No grites eso!— saltó, alzando las manos casi por puro reflejo. Estaba demasiado alterada, no sabía qué pensar. No sabía que sentir ahora mismo. Era demasiado todo lo que estaba pasando. Pero al menos intentaría tomárselo para bien. —N-No lo digas así… por favor… nee…— todo esto era demasiado para ella. ¡Muchísimo! Pero al menos intentaría tomárselo para bien. No quería tener inconvenientes, ni mucho menos con alguien que no conocía.
Miraba alrededor casi desesperada, a las ventanas, a las calles, como si realmente estuvieran persiguiéndola, pero era lo de menos. No estaba acostumbrada a estar expuesta así en público. No le gustaba, para nada. Pero no podía hacer mucho más realmente, simplemente intentar disuadir un poco la situación. No era lo más terrible, al menos de momento.
Pero nadie apareció, nadie la juzgó, y eso le pareció completamente extraño.
Estaba algo confundida, mientras que ladeó un poco la cabeza. —¿T-Tú…?— murmuró, mirándolo ahora con mucho más atención. —¿D-De verdad… eres de allí…?— eso era sorpresivo, al menos para la propia Elara. Pero no sabía qué más podía pasar.
Escuchó todo lo que él estaba mencionándolo, aunque en un principio igual quedó como en duda, simplemente intentó creerle, debido a que él sonaba incómodo, inclusive pensó… que estaba triste. —L-Lo siento…— respondió, mientras que se quedaba un poco en silencio. Intentando respetar la honestidad que él había dicho. Era demasiado para ella, al menos para lo que consideraba justo o no.
Él le tomó la mano, mientras que ella respondió por puro nerviosismo. —¿E-Eh…?— sus dedos estaban helados, lo notó enseguida, y cuando él apretó más fuerte para darle calor, se le subió todo el color a la cara de golpe. —Y-Yo… no… n-no hacía tanto frío… creo… nee… la verdad es que… sí, hacía mucho…— caminó porque él estaba tirando de ella. No porque estuviera segura, ni mucho menos porque supiese a dónde iba. Sino porque su cuerpo se movió solo. Sus pasos eran demasiado torpes, y casi se resbaló por estar pensando.
—¿I-Iggy…?— repitió su nombre, como probándolo. —Y-Yo… no bebo… el alcohol.. me pega rápido… pero gracias…— lo miró de reojo mientras caminaban, estaba demasiado nerviosa, no sabía si confiar. No sabía si estaba haciendo lo correcto. —¿E-Estás seguro… que no es peligroso?— no sabía a dónde iba, no sabía quién era él. Pero ya estaba en camino, y no había vuelta atrás.
Iggy Rock
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Realmente a la chica se le notaba incómoda con todo esto, pues seguramente tenía que pensar que era bastante raro que un tipo extraño te increpe de esta forma por la calle. Y más alguien que conociera Skypiea, que las islas en el cielo eran más realidad que mito, y que sus alas fueran algo común.
-En esta isla hace un frío de cojones… Es normal que tengas frío, no te preocupes. -Según continuábamos el camino las casas se iban quedando atrás, dando espacio a un bosque invernal, con árboles de hoja caduca completamente muertos, algunos con sus troncos completamente cubiertos de escarcha y unos pocos centímetros de nieve cubriendo la hierba. Pero no obstante el sendero principal estaba bastante bien marcado, y era bastante difícil perderse. -Lo importante no es que te pegue rápido, de hecho uno bebe justamente para eso. ¿Qué sentido tiene beber si no te vas a emborrachar? Si quieres beber bebe, y no pienses en las consecuencias, dudar si hacer o no algo por ser peligroso es aburrido, no me seas una aguafiestas y apaga el cerebro. -Estaba contento, emocionado según avanzaba seguro sin soltar su mano la cual iba recuperando su temperatura habitual al darle mi calor corporal. Pese a haber abandonado completamente la civilización el camino presentaba farolas de aceite cada pocos metros, no dejando que la penumbra nos envolviera en ningún momento.
De golpe giré metiéndome en la espesura del bosque, atravesando un sendero algo más complicado pero sin soltar a la chica pendiente que no se perdiera ni resbalara. Fueron tan solo unos minutos que se hicieron eternos pues quedé en silencio tratando de recordar donde estaba aquel lugar, pues borracho, cada matojo, cada piedra, me parecían lo mismo. Me movía por instinto sorteando los obstáculos con una agilidad pasmosa para alguien en mi estado.
Hasta finalmente llegar. Ante nosotros solamente iluminado por la luz de la luna, un enorme lago helado, con un enorme árbol muerto, sin hojas el cual parecía que en cualquier momento iba a conocerse y caer sobre la superficie lisa congelada. Un par de barcas se hallaban encalladas en un viejo embarcadero a unos cuantos metros hacia nuestra derecha. Era una escena invernal preciosa. Solté finalmente a mi paisana, dejando que contemplara aquel lugar con tranquilidad. -Esta isla me recuerda muchísimo a casa. La nieve es como si fuese ese mar de nubes que parece infinito… -Me agaché enterrando el culo de la botella en la tierra, no sin antes dándole un pequeño sorbo, total no la iba a necesitar en lo siguiente que iba a hacer.
Hubiese sido mas divertido si tuviera unos patines robados junto a mi, pero me tenía que apañar con lo que tenia. Sin pensar me lancé de plancha sobre la superficie de hielo, deslizándome unos metros sobre esta con mi estómago, usando mis manos para impulsarme. Según mi cuerpo se desplazaba por este una tenue luz entre verdosa y rosada iluminaba el agua bajo de mi. Dejando un rastro fosforescente el cual desaparecía a los pocos segundos. Esto se debía a unas microalgas autóctonas de la flora de la isla, las cuales flotaban en el agua y al mínimo contacto emitían un leve estímulo luminoso.
-Fium… Fium… -Iba diciendo según me movía como un coche de carreras, derrapando y dando algún que otro trompo según me movía sin miedo sobre el agua congelada. -Te apuesto lo que quieras a que no puedes ganarme en una carrera de pingüinos. -Solté desafiante sin mirar a la muchacha, centrado en no perder el control ni la dirección.
Elara Vangrim
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El lugar estaba demasiado frío, algo que hacía que ella se complicara un poco, pero al menos el poder compartir con Iggy era algo… un poco diferente. Elara siempre se dejó llevar por estas situaciones, aunque por dentro sus nervios seguían bastante fuertes, al menos ahora no era tan difícil y también algo tan complicado. Se sentía como en esos cuentos que ella le leían cuando era niña.
— P-pero… pero si apago el cerebro me voy a chocar con un árbol, nee~ —susurró, aunque con una sonrisa pequeña que no pudo evitar mostrar.
Ella consideró fascinante la forma en la cual él veía el mundo. Elara también consideró que las consecuencias lo eran todo, ella pensaba tres veces antes de dar un paso para no tropezar, mientras que él mencionaba que ser aburrida era lo peor que podía pasarle.
Elara tuvo que concentrarse muchísimo para no cometer ningún tipo de error, debido a que le daba algo de vergüenza socializar con otras personas, pero no lo veía como algo malo. Todo lo contrario, estaba intentando ser honesta. Las alitas de Elara se agitaban ansiosas, mientras que caminaba de una manera un tanto torpe. Pero al menos no estaba tan tensa como antes.
El lugar era bastante bonito, muy precioso. Se quedó sin palabras, con la boca un poco abierta, dejando que el aire heladito le llenara los pulmones. Iggy tenía razón: la nieve se parecía un poco a las nubes de Skypea, pero no con este brillo que ella estaba viendo en estos momentos. Era muy lindo.
— ¡Es… es muy lindo! —logró decir, mientras que miraba todo el lugar. Era maravilloso, al menos Elara estaba disfrutándolo muchísimo. Quería quedarse por mucho tiempo más, intentando que la situación pueda ser buena dentro de todo. Quería disfrutar del ambiente.
Pero su asombro se esfumó rápidamente, cuando vio al chico lanzarse sobre el hielo. ¡Estaba completamente loco! ¡Se iba a romper algo! Elara dio un paso hacia adelante, con las manos extendidas como si pudiera atraparlo a la distancia, pero lo escuchó y lo observó. — ¡Ah! ¡Iggy! ¡C-Cuidado! ¡Nee~! —gritó, para luego quedarse como él comenzaba a “derrapar” haciendo ruidos de coche de carreras. ¿De verdad él estaba haciendo algo como eso? Estaba completamente sorprendida. Pero encontraba que eso no sería tan preocupante.
Lo escuchó. ¿La estaba retando a una carrera? Elara miró el piso, luego sus propias botas. El sentido común que ella tenía, le mencionaba que se iba a caer, que se iba a mojar, que se iba a lesionar… pero su otro sentido, le mencionó que demás que podía hacerlo. El chico se notaba que se divertía. ¿Acaso ella podría hacerlo también? Estaba segura que… podría intentarlo.
— ¡No soy una cobarde! —exclamó, mencionó, aunque su voz sonó más aguda de lo que ella pretendía. — ¡Y-y nosotros los skypean somos muy buenos… deslizándonos! O bueno… lo intentamos. —se armó del valor que no tenía y tras respirar profundamente, se acercó al borde para intentar no perder el equilibrio.
Tomó una carrera cortita, mientras que intentaba mantener el equilibrio. — ¡Fiummmmm! —gritó, mientras se deslizaba, aunque iba mucho más lento que él, ya que pensó que terminaría seguramente tropezándose. — ¡Mira! ¡Lo estoy haciendo! ¡No vas a ganarme tan fácil! —confiada, en que todo iba a estar bien. No iba a cometer ningún error. Ninguno, ninguno.
Iggy Rock
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En cuanto el cuerpo de la joven tocó la capa de hielo, exclamando que no era una cobarde no pude evitar mirada hacia atrás de reojo con una sonrisa. Exclamó también que no era una cobarde. Lo cual era algo agradable. La gente que se achantaba y decía que no a las cosas antes de probarlas era una perdedora. La pelirroja se había negado a tomar vodka, pero al menos se había atrevido a participar en esta peculiar actividad.
Traté de frenar y dar media vuelta para volver a donde estaba ella, la cual se movía con movimientos torpes, como si fuese la primera vez que se deslizaba sobre hielo en su vida. -No sé si a los Skypieanos se nos da bien deslizarnos pero estoy seguro que a ti no. -A pensar de mi jocoso comentario para burlarme de ella me deslicé hasta quedarme a su lado, cerca de la orilla. Puse mi mano sobre su espalda para que bajara su posición, quedando completamente tumbada. -Vale, tu mantente así, cuerpo bajo y levanta un poco los pies. -Comencé a enseñarle un poco pues así no me iba a ganar en una carrera en la vida. -Y los brazos… haz el mismo movimiento como si nadaras a braza. Porque sabes nadar, ¿No? -Proseguí con dicha cuestión, pero me pareció algo estúpido el hecho de que alguien no supiera, teniendo en cuenta que vivimos en un mundo donde la mayor parte de su superficie es agua. Así que sin esperar una respuesta, di por finalizada la clase. Por lo que le agarré con fuerza de la cintura y empujé a la chica con todas mis fuerzas haciendo que casi llegue al árbol que se hallaba en el centro del lago.
-Ahora intenta volver usando lo que te he enseñado. Por mi parte volví a tierra firme, agarré la botella de vodka y me senté en una piedra a ver cómo mi joven alumna trataba de volver. -VAMOS NO TE RINDAS CAMPEONA. -Le grité antes de volver a pegarle un buen tiento al licor, el cual ya había bajado la mitad de su contenido. ¡GAMBARE GAMBARE REDHEAD! -Repetía jocosamente desde mitad posición, dango palpadas al cristal de la botella al ritmo de mis palabras. ¿Había hecho esto solo para reírme de ella? Es probable, pero al menos estaba disfrutando.
Fue entonces como si fuese mi karma actuando en ese mismo momento un silbato sonó a mis espaldas, marines… ya venían a joderme la diversión. Levanté mis manos, no para mostrar que no tenían ningún arma, pues la botella de alcohol seguía aferrada a mi diestra, era más bien para darles a entender que no iba a atacarles e iba en son de paz.
Eran dos agentes, vestidos con un abrigo que formaría parte del uniforme. No portaban consigo ninguna chapa ni distinción por lo cual sobreentendí que serían unos simples reclutas o soldados rasos. Uno era gordo, mediría metro noventa. Era corpulento, no estaba fuerte era más bien rellenito con el pelo corto y rizado. Y el otro delgado y bastante más bajito, rubio y de ojos claros, con cara de pocos amigos. -¿Qué es lo que está sucediendo aquí? -Preguntó este último, contemplando mi botella de alcohol, y el otro apuntaba con si farolillo al lago, viendo como mi nueva amiga trataba de regresar cuanto antes.
Elara Vangrim
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Elara sentía que el frío le estaba congelando hasta las ideas, pero cuando Iggy la empujó con esa fuerza tan bruta, lo único que pudo hacer fue soltar un grito que se quedó atrapado en su garganta. Se sentía como un tronco rodando por el hielo, o mejor dicho, como un pajarito que no sabía cómo usar las alas para frenar. Elara estaba muy asustada, se sentía muy asustada y muy nerviosa porque el árbol ese que estaba en el centro se acercaba demasiado rápido a su cara. ¡Se iba a chocar! ¡Se iba a dar un golpe muy fuerte y se iba a romper la nariz!
Intentó hacer eso que le dijo Iggy, lo de nadar como si fuera una rana o algo así, moviendo los brazos de forma desesperada. Sus alas daban golpes contra el hielo y hacían un ruido muy extraño, un ruido que le daba mucha vergüenza porque sabía que Iggy se estaba riendo de ella desde la orilla. Elara pensaba que ser una "campeona" como decía él era algo muy difícil, algo muy complicado de lograr cuando tienes las piernas tiesas y el corazón te late como si fueras a explotar de un momento a otro.
— ¡I-Iggy! ¡Esto no es divertido! ¡Me voy a quedar pegada al hielo como un pescado frito, nee~! — intentó gritar, pero el viento le cortaba la voz y se sentía muy bajita, muy pequeña en mitad de todo ese blanco.
Estaba intentando darse la vuelta, haciendo movimientos torpes con las botas y las manos, cuando de repente escuchó ese silbato. El sonido del silbato fue como si le clavaran un alfiler en el cerebro. Elara se quedó congelada, literalmente congelada sobre el cristal del lago. Cuando giró la cabeza con mucho cuidado para no caerse de nuevo, vio a los dos marines ahí parados. Uno gordo y otro bajito que tenía una cara de pocos amigos que daba mucho miedo.
El terror le recorrió todo el cuerpo, un terror muy fuerte que la dejó pálida. ¡Marines! ¡Eran marines de verdad! Ella, que siempre intentaba ser una chica buena y honesta, ahora estaba en mitad de un lago prohibido o algo así, con un chico que no paraba de beber vodka de una botella que se veía desde lejos. Elara sintió que se iba a desmayar, que se iba a caer redonda del susto.
— ¡Y-Yo... yo solo estaba... practicando... gimnasia sobre hielo! ¡Lo juro, nee~! — exclamó Elara desde lejos, intentando levantarse pero resbalando otra vez y cayendo de culo contra el hielo con un golpe seco que le dolió muchísimo.
Se quedó sentada ahí mismo, con las piernas abiertas y las manos apoyadas en el frío, mirando a los soldados con unos ojos como platos. Su Honestidad quería decirle que el alcohol era de Iggy, pero también se sentía culpable por estar ahí. Elara pensaba que la iban a llevar a una cárcel fría y oscura por culpa de su torpeza. Miró a Iggy buscando ayuda, pero el chico solo tenía la botella en la mano y parecía que no le importaba nada de nada lo que estaba pasando con la ley.
— ¡Señores oficiales! ¡No le hagan nada a él, él solo me estaba enseñando a no ser una cobarde! ¡La culpa es mía por ser tan... tan pesada, nee~! — balbuceó desesperada, mientras intentaba gatear hacia la orilla para que no la vieran como una amenaza, aunque con esas alas rosas y su cara de pánico era imposible que alguien pensara que Elara era peligrosa.
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Fue divertido escuchar sus excusas, ¿Por qué? Sencillo, me recordaba a mi tratando de librarme de la justicia de cualquier forma. Aunque si es cierto que a ella le faltaba bastante confianza en si misma, pues sus palabras sonaban con miedo y nervios. Necesitaba practicar en esto de mentir, pero por suerte me tenía a mí, que nos iba a sacar de esta de un plumazo.
Con una sonrisa de borracho y tambaleándome un poco me dirigí hacia ellos, botella en mano. A lo que reaccionaron bastante tensos, haciendo ademán de sacar sus armas. -Venga, no me jodais. -A pesar de esta amenaza seguí avanzando hasta quedar justo enfrente de estos, apoyé el culo de la botella en el hombro de uno y mi mano libre sobre el hombro del otro. -Aquí no está pasando nada… Solo estoy teniendo una cita maravillosa con mi novia la cual conozco desde hace… -Me quedé pensativo unos instantes tratando de pensar cuánto tiempo había pasado desde que la conocí. Negué con la cabeza rápido y traté de proseguir vacilándoles. -Da igual no es que sea muy bueno en matemáticas…
A la vez, ambos hombres sacaron definitivamente sus rifles y puede sentir el frío hierro de los cañones sobre mi pecho. -No nos intentes tomar el pelo seguro que le estás intentando hacer algo a la chica. Vendréis con nosotros, y así no le podrás poner la mano encima. -Comentó el que era más grande de los dos con algo de nervios en sus palabras, su arma temblando pese a tener un disparo claro a bocajarro. Pero a pesar de ello me miraba queriéndose hacer el héroe. Reacción ante la cual solté una leve carcajada.
Odiaba a las personas así, gente que sin entender un contexto previo trataban de hacer lo que consideraban que estaba bien y correcto, creyéndose los héroes de su propio cuento, prejuzgándome por mi aspecto de vagabundo borracho. Cerré los ojos y lo siguiente pasó demasiado rápido. El brazo con el que sujetaba la botella voló de lado a lado, golpeando las sienes de ambos soldados, produciendo un golpe seco con el primero, seguido de un estallido de cristales al impactar en la cabeza del segundo. Me quedé con el cuello de esta en la mano y apretando los dientes me agaché hacia el último que había hablado.
-Eso te pasa por no dejarme disfrutar de una velada tranquila con una chica preciosa. -Mascullé entre dientes mientras observaba su cara llena de cortes. Aprovechando su estado de inconsciencia bajé sus pantalones de golpe, le di la vuelta haciendo que quedara bocabajo, y riéndome como un niño pequeño apunto de hacer la mejor jugarreta del universo, introduje lentamente la parte que había sobrevivido de la botella en su culo. Tras un leve esfuerzo, una vez encajó perfectamente caí de espaldas y comencé a reírme solo pataleando al aire. Me sentí como un escultor tras terminar su obra maestra, nadie iba a poder superar algo así, era una lástima no tener una cámara de fotos para recordarla para siempre.
Rodé colina abajo como una croqueta hasta volver de nuevo a la orilla del lago congelado donde había dejado a Elara. Al levantarme pude ver como la chica había avanzado bastante gateando hasta casi salir ya de la superficie helada. -Cobarde… Pesada… -Murmuré los calificativos que había soltado antes, reflexivo sobre estos. Adopté la misma pose, quedando a gatas frente a la pelirroja, nuestras separadas solamente por unos centímetros. -No considero que seas eso que has dicho. -Mi tono era mucho más suave y conciliador. -Te considero valiente, pues te has atrevido a venir hasta aquí conmigo, no conociéndome de nada. Así que no vuelvas a decir eso de ti misma.
Traté de animarle esperando que se sintiera mejor, ¿Me estaba preocupado por ella? Puede ser, pero hacía tiempo que no veía a alguien que viniera de casa, y el sentimiento de nostalgia mezclado con los ojos tristes y nerviosos de la joven consiguieron ablandar un poco mi congelado corazón. Agarré su muñeca tirado fuerte hacia a mi para que finalmente saliera del hielo, pero controlando que no se cayera de boca sobre este y se hiciera daño, acortando aún más la distancia entre nosotros. Quedé de rodillas, rodeando si cuerpo con uno de mis brazos. -¿Y ahora que? ¿Quieres irte a casa ya, o tienes pensado algo más que quieras hacer? -Le pregunté tranquilo, con mi mirada perdida en sus profundos ojos verdes.
Elara Vangrim
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C. de Akuma
Elara se quedó... se quedó con la boca tan abierta que sentía que le iba a entrar un pájaro. Vio como Iggy rompía la botella en las cabezas de los marines y el ruido fue horrible, un ruido seco que le hizo doler hasta a ella. Se tapó los ojos con las manos, pero como es una curiosa, dejó un huequito entre los dedos para mirar. Cuando vió lo que Iggy le hacía al soldado con el trozo de botella que quedaba... bueno, Elara sintió que el estómago se le daba la vuelta, se le daba una vuelta muy fuerte y muy asquerosa.
— ¡I-Iggy! ¡Nee~! ¡Eso es... eso es muy... muy feo! — gritó ella mientras seguía gateando por el hielo, intentando no mirar el trasero del pobre marine que ahora era una estatua rara. Estaba muy asustada, se sentía muy asustada pero cuando Iggy bajó rodando como una croqueta y se puso frente a ella, todo cambió.
Él le dijo que era valiente. ¡Valiente! A Elara nadie le decía esas cosas, siempre le decían que era un desastre o una torpe. Sintió que la cara se le ponía roja, muy roja y muy caliente, y no era por el frío. Su honestidad no la dejaba mentir, y la verdad era que estar tan cerca de Iggy, con ese olor a alcohol y esa mirada tan... tan de chico malo, la ponía muy nerviosa. Mucho.
— ¿D-de verdad... crees eso? ¿Que no soy una pesada? — preguntó ella con la voz temblando un poquito, muy bajito. Iggy la agarró de la muñeca y la sacó del hielo de un tirón, y Elara terminó casi pegada a su pecho. Sentía el calor de su cuerpo y sus sentidos aumentados no podían dejar de notar lo fuerte que la sujetaba. Se quedó ahí, quieta, con las alas todas despeinadas y el corazón que parecía que iba a saltar del pecho y salir corriendo por el bosque.
Iggy la rodeó con el brazo y Elara se sintió... se sintió protegida, pero de una forma que le daba mucha vergüenza. Era un criminal, ¡un criminal que ponía botellas en sitios raros! Pero era tan... tan guapo cuando se ponía serio.
— Yo... yo no quiero irme todavía, nee~. — soltó de repente, porque su boca siempre decía la verdad antes de que ella pudiera pensar. Se tapó la boca rápido, muy rápido, pero ya era tarde. — Es que... si vuelvo ahora... Owen me va a regañar porque huelo a lago y tengo plumas sucias. Y... y me gusta estar aquí, aunque seas un bruto, Iggy. — confesó mirando al suelo, incapaz de aguantar esos ojos que la miraban de forma tan... tan rara.
Se quedó ahí, dejándose abrazar un poquito más de lo normal, sintiendo que el frío ya no importaba tanto. Pero entonces se acordó de los soldados.
— Pero... ¿y si se despiertan? Van a estar muy enfadados... muy, muy enfadados por lo de la botella... nee~. Deberíamos... deberíamos ir a un sitio donde no haya señores con rifles y culos heridos, ¿no crees? — balbuceó ella intentando acomodarse el flequillo que tenía pegado a la frente, mientras sus alas daban pequeños golpecitos nerviosos contra el brazo de Iggy.
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