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10-01-2026, 02:38 PM
(Última modificación: 10-01-2026, 05:09 PM por Dr.Bones.)
Una de las características más resaltantes de Samba era la forma en que su sociedad se dividía en sectores claramente definidos, delimitados no solo por muros o caminos, sino por la cercanía al río que atravesaba la isla. Desde la mirada de un forastero aquello podía parecer una simple organización geográfica, pero para alguien como Dr. Bones, acostumbrado a leer las estructuras sociales como si fueran cuerpos enfermos, el patrón resultaba evidente.
Los pueblos asentados más cerca del río vivían con recursos limitados. Sus construcciones eran frágiles, levantadas con madera envejecida y materiales endebles, pensadas más para sobrevivir que para perdurar. La arquitectura era humilde, funcional, y los mercados se sostenían en el intercambio básico de alimentos, herramientas y servicios esenciales. Allí, la vida fluía con dificultad, como una herida que nunca terminaba de cerrar.
En el extremo opuesto se alzaban las ciudades alejadas del cauce. Piedra esmaltada, azulejos finos, edificios amplios y cuidadosamente ornamentados. Mercados repletos, calles limpias, música constante. Aquella parte de Samba exhibía prosperidad con orgullo, casi como si necesitara recordarle al resto del reino quién controlaba el pulso económico. El contraste entre ambos sectores no solo era visible; era insultante.
Las desigualdades entre ambos niveles jerárquicos se manifestaban en todos los aspectos imaginables: salud, educación, alimentación e incluso esperanza de vida. Bones no necesitó estadísticas ni informes oficiales para comprenderlo. Bastaba con observar la complexión de los cuerpos, las marcas de desgaste, la forma en que las personas respiraban y caminaban. El río no solo dividía la ciudad; funcionaba como una línea quirúrgica mal trazada.
Sin embargo, en esos momentos, algo estaba ocurriendo. Algo que, por primera vez en mucho tiempo, parecía unir a ambos extremos de Samba.
Lamentablemente, aquella unión no nacía del entendimiento ni de la cooperación, sino del miedo.
Los cadáveres no distinguían sectores. Aparecían tanto en los callejones húmedos de las zonas bajas como en las sombras pulcras de las avenidas ricas. El asesino cruzaba el río con la misma facilidad con la que un médico cambia de sala. No mostraba preferencia por la clase social, el estatus o la procedencia. Su criterio era otro. Más preciso. Más inquietante.
Observó los informes con detenimiento, pero fue al ver los cuerpos cuando comprendió la verdadera dimensión del problema. Aquellas muertes no eran producto del arrebato ni del caos. Eran metódicas. Cada incisión tenía propósito. Cada ausencia decía algo. El asesino no dejaba mensajes visibles, pero hablaba con el lenguaje de la carne.
Y ese lenguaje… Bones lo conocía demasiado bien.
Mientras las autoridades discutían jurisdicciones y el pueblo buscaba culpables fáciles, él comenzó a preguntarse no quién estaba matando, sino por qué había elegido hacerlo de esa manera. Porque alguien que cortaba así no buscaba solo acabar con una vida. Buscaba demostrar algo.
Algo que Samba, dividida y enferma, aún no estaba lista para enfrentar.
Aunque al parecer no era el unico que habia estado atento a los patrones, ya que habia alguien mas que se habia dado cuenta de que estas muertes no eran cosa del azar.
Hiiragi Kaminari
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Desde que había alcanzado la libertad en aquella isla, Hiiragi había tomado un gran cariño al Reino de Samba con todo y su fuerte división social, asó como problemas de disparidad económica pero era fácil olvidarlos al sentir el calor de la gente que había logrado conocer y contactar cerca del rio e incluso algunas de las personas que tuvo el gusto de conocer lejos del mismo en la zona más acaudalada, el calor de la isla parecía convertirse también en el calor de la gente y aquello la hacía sentirse no solo bienvenida, sino también parte de la isla por más de que no fuera su hogar ni siquiera un décimo de su vida.
Y por ese cariño que ella sentía por Samba, es que Hiiragi al escuchar los rumores y sentir el temblor en las voces de niños o ancianos, en lugar de querer ocultarse en una madriguera como un conejo, se alzaba a la caza del problema como un humano más, gente asesinada en diversos lugares de la isla habían aparecido abandonados en la soledad de los callejones ya fueran de tierra o azulejos.
Hiiragi Kamikiri, una chica Humink de metro setenta y tanto sin contar sus grandes orejas se encontraba cerca de uno de los callejones, tomando notas de lo que escuchaba hablar a la guardia con sus orejas bien afinadas en su dirección, comparaba con uno de los varios mapas que tenía ya de Samba para intentar ver la red de la telaraña que se atrevía a cazar en el lugar que ella estaba aprendiendo a amar, aún no había atacado a ningún conocido personal pero si a conocidos de conocidos y eso hacía que el roce del filo letal pareciera acercarse a ella y lo que deseaba proteger de una forma desagradable.
Envuelta en su poncho traía también a la espalda un objeto largo envuelto en telas de cáñamo, quien le prestase atención vería las punteras en sus pies bajo aquellas fuertes piernas que estaban cubiertas de pelaje hasta poco por arriba de las rodillas. La Humink estaba buscando patrones y opciones cuando división a otro individuo peculiar como ella.
Los ojos rubí de la coneja se enfocaron con seriedad en el hombre de pie oscura, con múltiples aretes en sus oídos, tatuajes extraños y ojos rojos como la sangre, labios que incluso en reposo parecían querer sonreír por la tranquilidad de un depredador opuestos a la sonrisa servicial de Hiiragi. La vestimenta parece elegante y pulcra, un hombre que podía mezclares con facilidad para ir rumbo a ambos lados de Samba pero que estaba allí en aquel momento con un sombrero de copa decorado con más rojo sangre el carmesí de plumas rodeando calaveras era algo que llamaba fácilmente la atención, parecía atento, buscando algo en el lugar igual que lo hacia ella.
Si buscaban lo mismo tal vez pudieran ayudarse -Hola caballero, espero que a pesar de las desgracias usted este teniendo un muy buenos día.- dijo mientras se acercaba -Lo veo interesado en investigar un asunto que la seguridad local no parece ser capaz de coordinar todavía ¿Estoy en lo correcto o es usted un cazador que se encuentra buscando algo más?- Pregunto la mujer de piel caucásica mientras veía directamente a los ojos a su interlocutor, atenta los gestos pues aunque podía ser un colaborador también podía ser un depredador que se beneficiaría de lo que ocurría en aquella isla -Yo soy Hiiragi, una humilde comerciante que está interesada en que esto termine lo antes posible para regresar la mayor cantidad de paz posible a mis amigos y conocidos que ya tienen suficientes problemas con el día a día de trabajar y sudara hasta caer como para sumar el miedo a que un ser querido acabe acuchillado-
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En esos momentos, Bones se encontraba en el lugar donde había acontecido una de las muertes más recientes de aquel asesino, el cual había atacado al parecer a una chica de unos 22 años cerca de las 3 de la mañana. Según algunos testigos, solo se habría escuchado un grito seco de una voz femenina. Cuando encontraron el cuerpo, vieron que sus manos y pies tenían las carnes abiertas a tajos profundos, incisiones en la parte de los tendones y se podía notar que la víctima habría luchado brevemente con su agresor por el desgaste de sus uñas, las cuales se encontraban quebradas.
Era increíble cómo todo parecía ser tan pulcro y detallado en las mismas heridas e incisiones en cada víctima, como si deseara dejar una firma con la cual ser reconocido. Bones, por su parte, podía notar aquellos detalles gracias a sus conocimientos médicos, que le habían hecho entender que aquellos no eran casos aislados, más bien todo lo contrario.
Fue en esos momentos que se acercó a él una chica Humink. Tenía cabello blanco y rasgos finos; su altura era de no más de 1,60, llegándole al pecho al médico brujo, quien observó aquellos expresivos ojos de color rubí mirarle con detenimiento al mismo tiempo que Bones se levantaba tras haber estado arrodillado mirando los alrededores, a ver si había pistas del asesino o por lo menos algo que diera con su paradero.
—Se equivoca, no soy un cazador en lo absoluto —dijo antes de quitarse su sombrero de copa y hacer una reverencia a modo de saludo—. Me conocen como Bones… Dr. Bones, y me alegra el interés que tenga por las desapariciones, señorita Hiragii. Después de todo, la policía parece estar más preocupada por arrestar borrachos en bares clandestinos que por las últimas desapariciones, así que comparto su preocupación sobre lo que está ocurriendo.
El médico brujo volvió a colocarse su sombrero de copa adornado con cráneos antes de observar nuevamente a aquella chica que parecía tener un tono decidido para resolver aquel problema. Y después de todo, ¿quién era él para negarle a una ciudadana preocupada el deseo de resolver aquel crimen cuando él también estaba haciendo exactamente lo mismo?
—Pues para comenzar, me gustaría saber si tiene información de algún sospechoso que rondara alguna de las zonas de la ciudad. Después de todo, cualquier dato sería de gran relevancia para la investigación —dijo con tono quirúrgico y voz calma, ya que la chica parecía no desear moverse de ese lugar sin antes poder ayudar a detener a aquel hombre que había traído desgracia a la isla.
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Al parecer la Humink de un metro con setenta centímetros (1,7 M) de altura se había equivocado al concluir que el hombre de piel oscura y pintoresco atuendo era realmente un cazador a la búsqueda de una recompensa apropiada por la recolección de información sobre aquellos peculiares asesinatos que se estaban dando a lo largo y ancho de la preciosa isla de Samba. Cuanto menos era un hombre de modales, lo cual ya lo dejaba por sobre algunos otros que la mujer de orejas de conejo había encontrado a lo largo de sus viajes por doquier.
-Encantada de conocerlo Doctor Bones- respondió a la presentación para seguidamente quedarse cayada pensando en una respuesta para la consulta del pelinegro. -Por ahora solo tengo un par de localizaciones en un mapa viejo que no me permite especular de gran manera.- afirmo la joven mientras mostraba uno de sus mapas de la isla con cuatro marcas puestas en diferentes lugares del Reino Samba.
-Esas son las ubicaciones confirmadas que conozco de cuerpos encontrados hasta el momento incluyendo este.- la joven de ojos rubí caminó un par de pasos apartándose del lugar para apoyar un segundo mapa, idéntico al primero contra la pared de una casa, tomar una carbonilla y dibujar un circulo que abarcara en su interior los cuatro puntos ya indicados -Por ahora este es el perímetro máximo de actividad que tenemos como posible zona de caza del asesino.- luego usando su dedo corazón como referencia sobre el mapa dibujó círculos que tenían como centro cada uno de los asesinatos.
-Esto que estoy dibujando ahora, es un cálculo a ojos y sin mucha evidencia todavía. Pero con cuatro círculos tenemos tres posibles puntos de contacto entre los cuatro círculos, cada una de esas áreas donde varios círculos se superponen puede ser un área donde este la guardia o el "punto de inicio" desde donde el asesino inicia sus andanzas antes de buscar a cada una de las victimas.- comenzó a explicar antes de rascar un poco el pelaje de su hombro derecho -En cuanto al método o arma homicida, no tengo información porque no me he atrevido a acercarme a los cuerpos tanto, he visto muertos y sangre antes, pero no es mi especialidad así que no quise pasar por ese mal trago sin tener razones de peso.- explicó antes de acomodar una vez más su mochila y sentir el viento acariciando el pelaje de sus orejas en aquella noche que había comenzado con una tragedia pero si el tal Bones era un buen hombre, quizás pudieran cambiar las cosas para Samba.
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Lo que guiaba al buen doctor en esos momentos no era la promesa de una recompensa, sino la naturaleza misma de los cortes. Eran precisos, quirúrgicos, ejecutados con una pulcritud impropia de un loco que vagara por las calles de Samba blandiendo un machete. Tampoco encajaban con el perfil de un hombre dominado por delirios o voces en su cabeza. Aquellos cuerpos hablaban de alguien que sabía exactamente lo que hacía, de una mano entrenada en anatomía y control. Un conocimiento médico evidente, suficiente para despertar en el médico brujo una curiosidad peligrosa, más fuerte que cualquier incentivo monetario.
Aquello no era un crimen impulsivo. Era un procedimiento.
No pudo evitar sorprenderse al notar que ella había llegado a conclusiones similares. El mapa que tenía frente a sí estaba marcado con varios puntos de interés: los lugares exactos donde habían sido halladas las otras víctimas. Aquella distribución no era casual. Revelaba análisis, patrones, una mente que había revisado cada escena con el mismo cuidado que él había puesto al examinar los cuerpos en la morgue.
—Vaya… —murmuró antes de alzar la voz al ver los detalles en aquel mapa—. Veo que se ha tomado muy en serio la búsqueda de este hombre, señorita Hiiragi.
Le dedicó una breve sonrisa antes de concentrarse por completo en el mapa, siguiendo con la mirada las marcas de carboncillo que la Humink había trazado con pulso firme.
Se acercó un poco más y extendió el brazo con naturalidad, como si el gesto fuera parte de un ritual aprendido.
—¿Me permite ver el mapa un momento, ewa?
Esperó a tenerlo entre sus manos y comenzó a caminar lentamente en círculos, delimitando el espacio invisible que unía aquellos tres puntos. Su expresión se volvió más sombría. Entre los dedos de su mano libre apareció, casi por arte de magia, una carta de joker, que hacía girar con un movimiento mecánico, un tic revelador de su concentración.
—Debe existir una relación entre estas tres muertes —murmuró—. Algo que nos conduzca directamente hacia él… pero ¿qué?
Las imágenes de los expedientes cruzaron su mente con rapidez: rostros, edades, contextos.
—Las víctimas no tienen nada en común a simple vista —continuó—. Diferente sexo, complexión, raza, hábitos… Ningún patrón evidente, ewa.
Guardó silencio un instante, como si escuchara una respuesta que aún no se dejaba oír.
—Hay algo que se nos escapa —añadió finalmente—. Un detalle que está justo delante de nosotros.
Se giró hacia Hiiragi sin dejar de estudiar el mapa y se lo devolvió con cuidado.
—Ha hecho bien —dijo—. Mantenerse al margen de las escenas del crimen es lo más sensato si no quiere a la marina respirándole en la nuca.
Se acarició el mentón, pensativo.
—El arma homicida era excepcionalmente afilada. No hay señales de fuerza bruta ni de violencia innecesaria. No son cortes erráticos como los de una katana o un cuchillo dentado. La carne fue separada de forma limpia, uniforme… casi respetuosa.
Alzó entonces la vista hacia la Humink. Sus pupilas rojizas parecían haber encontrado al fin una dirección.
—Debemos regresar a las zonas cercanas a los puntos que marcó en el mapa —sentenció—. El asesino dejó algo atrás. Solo revisando el terreno podremos descubrir dónde mirar… y a quién estamos cazando.
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Hiiragi observaba al supuesto doctor de sombrero de copa mientras observaba los mapas que ella había provisto con inquietud, como quien observa a un animal para entender que patrones tiene el mismo, sin embargo su atención estaba dividida también en como miraba los mapas y lo que parecía buscar.
Aprender de los tick y movimientos que hacia aquel que se había presentado como Doctor Bones era información valiosa para aquella cooperación pero os sentidos agudos de la mujer conejo no podían solo captarlo a él, al mismo tiempo escuchaba los susurros de la gente, los comentarios entre desinteresados y desorientados de los que deberían estar también buscando al culpable mientras que los ojos de color rubí no perdían de vista a su contraparte de ojos escarlata.
Ella le cedió lo mapas sin ninguna clase de inconveniente ni miramientos, era la primera vez que veía a ese hombre, pero sabía que cuanto menos no era una ladrón de callejones, sus andares y forma de hablar delataban a alguien cuanto menos más profesional.
-Dices que no tienen factor común... pero puede haberlo y simplemente estamos buscando en el lugar equivocado, en lugar de buscar un patrón sobre ellos concretamente ¿Podríamos intentar averiguar algo en común en su entorno? ¿Tal vez todas las victimas hicieron enojar a la misma persona específica? No sería imposible pero eso vuelve el resto de la información circunstancial cuanto menos.- agregó la mujer de orejas animales mientras escuchaba al Doctor intentando buscar algún rasgo o factor común entre todas las victimas que habían encontrado hasta el momento.
Tras escuchar el halago por mantenerse fuera de la mira de los marines Hiiragi sonrió un poco -También lo ha hecho bien Doctor, saber los detalles concretos del método de asesinato es muy útil, ya podemos descartar un espadachín sanguinario en búsqueda de probar un arma nueva y a los muchachos de los barrios bajos que hayan tenido algún "accidente" en robos o una pandilla particularmente violenta gracias a usted.-
La joven de piel relativamente pálida se quedó pensando durante un buen rato sobre el arma homicida, pero no tenía pistas ni era su área de especialidad realmente así que cuando el hombre de pie obscura y pintoresca vestimenta sugirió ir de regreso a los lugares de los ataques previos para investigar el terreno la comerciante asintió tranquilamente mientras intentaba buscar en su mente armas especialmente afiladas y de hoja delgada de su época vendiendo en la tienda de filos de Sextus -¿Y si el arma homicida no fue un arma per-se? Los bisturíes pueden ser extremadamente peligrosos en manos adecuadas, pero yo no vi la profundidad de las heridas, como para evaluar nada al respecto.- se excuso sin darle demasiada atención al pensamiento declarado en voz alta.
-Llegaremos fácilmente a los lugares marcados en mis mapas, pero déjeme que lo guie, conozco desde hace años estas calles y sé que varios de los caminos más obvio pueden ser menos agiles de lo que parecen.- explicó mientras tomaba la delantera del pelinegro para comenzar a guiarlo por las calles y callejones de Samba de la mejor forma que ella pudiera hacerlo, tal vez aquel hombre sabía tanto o más que ella sobre la región, sin embargo difícilmente podría superar el paso "de guía" de Hiiragi para demostrar sus propios conocimientos cartográficos de la región.
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El médico brujo continuaba repasando mentalmente los rostros impresos en aquellos documentos que lo acosaban sin tregua. No eran simples expedientes: eran miradas detenidas en el tiempo, fragmentos de vidas que exigían una explicación. Sus dedos, entrenados por años de práctica, barajaban las cartas con una destreza casi automática, un gesto mecánico que contrastaba con la actividad febril de su mente. Mientras tanto, pensaba en voz alta, dejando que sus hipótesis tomaran forma al aire, y una sonrisa ladeada se dibujó en su rostro al escuchar el comentario de Hiiragi.
Tal vez el asesino no actuaba de manera aleatoria. Esa idea, que hasta entonces había permanecido difusa, comenzaba a adquirir peso. Quizá había un objetivo concreto, alguien que el homicida ya conocía o, al menos, había estudiado con detenimiento. Sin embargo, los cortes no encajaban del todo con la lógica de un crimen pasional. En ese tipo de violencia, las heridas solían ser torpes, impulsivas, cargadas de rabia y desorden. Aquí no había nada de eso.
—Me gustaría creer que solo se trata de pasiones personales —murmuró—, pero esto es distinto. Es demasiado calculado… casi como si hubiera más cuidado en la forma de cortar la carne que en el acto de matar.
La preocupación se filtró en su voz, sutil pero persistente. Hiiragi no pareció captar el verdadero alcance de esas palabras; para ella, quizá solo era una observación más dentro del caos del caso. Sin embargo, en la mente de Bones, algo terminó de encajar con una claridad tan precisa como inquietante.
—¡El arma! Dijo al aire como si hubiera hecho un descubrimiento brillante.
No era una revelación grandiosa, sino una conclusión lógica que, hasta ese momento, había pasado inadvertida. No se trataba únicamente de discernir si el instrumento había sido un bisturí, un escalpelo u otra herramienta similar. Lo verdaderamente importante era lo que ese nivel de precisión implicaba. El arma no solo había sido elegida: había sido comprendida, dominada.
Bones se giró hacia Hiiragi, y en su sonrisa tensa se mezclaban la sorpresa y la certeza.
—Este nivel de precisión solo puede venir de alguien íntimamente familiarizado con el arma —dijo—. Alguien con un profundo conocimiento médico.
No era una acusación lanzada al azar, sino una deducción respaldada por cada corte limpio, por cada incisión medida. Aquello no era improvisación; era técnica. Y la técnica siempre dejaba rastros.
Sin perder más tiempo, asintió con determinación, como si la decisión hubiera estado esperando ese último empujón para manifestarse.
—Bien, guíame por la ciudad. Veamos si en la segunda escena del crimen queda alguna pista que aún no hayamos visto.
El médico brujo corrió tras ella, siguiendo su figura ágil que se deslizaba entre las sombras con una velocidad que rozaba lo antinatural. La noche los envolvía, espesa y silenciosa, y cada paso parecía acercarlos no solo a respuestas, sino también a horrores aún sin nombre.
Bones no pudo evitar preguntarse qué los estaría aguardando al llegar.
El firmamento apenas estaba salpicado por estrellas distantes, testigos mudos de una cacería que avanzaba contra el tiempo. Mientras corría, una idea persistente martillaba su mente: si sus deducciones eran correctas, el asesino no solo sabía lo que hacía… también estaba perfeccionándolo. Y Bones solo esperaba que aún no fuera demasiado tarde para detener unos asesinatos que ya comenzaban a sembrar el terror entre los suyos.
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La noche en Samba se había vuelto una manta de terciopelo húmedo que pesaba sobre los hombros de Hiiragi, cargada de ese olor a salitre y brea que siempre emanaba de los muelles cercanos. La joven Humink se movía con una ligereza encantadora para quien lo atestiguara, una ráfaga blanca que a paso tranquilo se adentraba entre los callejones más estrechos del distrito comercial, donde las sombras se proyectaban largas y distorsionadas bajo la luz mortecina de las farolas de aceite. Sus orejas de conejo blancas se mantenían rígidas, captando el eco de los pasos de Dr. Bones tras ella; el repicar del calzado del médico contra el suelo húmedo era la única música que acompañaba su avance.
-No se quede atrás, Doctor, estas calles tienen más perdidas, que errores un contrato mal redactado.- exclamó la peliblanca sin girar la cabeza, mientras su pelaje blanco, que cubría sus brazos desde los hombros hasta los codos, rozaba ocasionalmente las paredes de piedra fría de un callejón que conectaba la zona de las curtidurías con el mercado central. Ella conocía aquel laberinto de memoria; lo había recorrido cientos de veces buscando rutas más ágiles para sus entregas, aprendiendo qué esquinas eran seguras y cuáles debían evitarse si uno no deseaba terminar con la bolsa vacía.
Se detuvieron frente a una entrada estrecha, protegida por un arco de piedra desgastado por el tiempo. Era la entrada trasera de un viejo almacén de la zona intermedia de Samba, un lugar donde el viento silbaba de una forma casi lúgubre entre las cajas apiladas. Hiiragi señaló hacia un rincón sombrío, donde el suelo aún conservaba unas manchas oscuras que la lluvia no había logrado borrar del todo.
-Aquí fue la segunda escena, detrás de este almacén.- sentenció la comerciante mientras sus ojos rubíes escaneaban el entorno con una frialdad técnica y una incomodidad natural de quienes se pueden ver en el lugar de la victima. -Es un punto ciego para las patrullas nocturnas, pero lo suficientemente cerca de la vía principal para que el asesino pudiera desaparecer en la multitud en menos de un minuto. Si lo que usted dice sobre la precisión médica es cierto, entonces este lugar no fue elegido al azar por su oscuridad, sino por el silencio que ofrece para realizar un trabajo... "limpio".- agregó con una pequeña mueca de disgusto, inflando las mejillas brevemente ante la inquietante lógica del médico.
Hiiragi se agachó un poco, dejando que sus orejas se orientaran hacia el fondo del almacén mientras el vello blanco de sus piernas, visible desde sus rodillas hacia abajo, se tensaba por la expectativa. -Dígame, Doctor... ¿Ve algo en estos restos que mi mirada de comerciante haya pasado por alto? Si el arma fue un bisturí manejado con maestría, quizás el asesino dejó algo más, sin importar cuan meticuloso sea en la labor de trabajar con la carne, quizás cometiera errores relacionados a eliminar sus rastros o dejase alguna suerte de firma que nos de alguna pista.- concluyó, cediendo el espacio para que Bones realizara su análisis, mientras ella permanecía alerta a cualquier susurro que no perteneciera a la brisa invernal.
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