[Social] Juego de magos. [P.R]
#1
Dia 18 Primavera/ Año 17
Paseo marítimo de samba.


Los días siguientes a crear la tripulación fueron… Extraños, cada uno nos fuimos por nuestra cuenta buscando formas de financiar nuestra expedición por estos mares. Los barcos eran costosos y los berries escasos por lo que tuve que dar lo mejor de mí para encontrar algún método para ganar dinero. ¿Encontrar un trabajo honrado y siendo una persona fructífera para la sociedad? Nah. 

-¿Donde está la bolita? ¿Dónde está la bolita? Vengan y apuesten. -Si, estaba haciendo de trilero. ¿Lo consideraba caer bajo? Ni de coña, si la gente era tan tonta de caer en mi timo era culpa suya, no mía. Me situaba en una esquina justo al lado de un puesto de fruta, cuyo sueño no paraba de mirarme de reojo con semblante furioso y brazos cruzados. Utilizaba una de mis galletas suspendida en el aire sobre la cual había colocado un mantel que no llegaba al suelo, para darle un aspecto más místico a mi espectáculo, pues parecía una mesa que flotaba mágicamente en el aire. A mi alrededor unas cuantas personas se agolpaban queriendo ser los siguientes en probar suerte.

Mi atuendo tampoco pasaba desapercibido pues una camisa color burdeos, una capa negra de terciopelo la cual no se despegaba demasiado de mi espalda por tener mi guitarra atada a esta y unos pantalones con estampado militar color morado dañaban la retina a cualquiera que tuviera buen gusto. ¿Y no me daba miedo llamar la atención de los marienes? Es cierto que tras aquel encontronazo con un agente del gobierno andaba bastante cauteloso por eso Travis sobrevolaba los cielos, vigilando si se acercaba algún agente de la ley. 

Mis hábiles manos hacían volar tres vasos de madera opacos dados la vuelta, de doscientos mililitros de capacidad, al punto que parecían incluso levitar sobre la superficie de la “mesa” cuando los movía. 
-¡Esto es una estafa, no se le puede ganar! -Masculló alguien entre la multitud, ofuscado al ver mi racha de victorias, en comparación a las derrotas. Cierto era que, pese a ser un buen negocio ninguno de mis nakamas habían aceptado hacer de cómplice, todos estaban o bien ocupados a lo suyo o no les parecía un acto demasiado ético para financiar nuestro barco. -Se puede ganar, solamente hay que prestar atención a los detalles. -Traté de calmar a la horda la cual parecía más y más enfurecida sin demasiado éxito. Tenía que hacer que pensaran que era posible hacerse rico y para eso necesitaba un socio en esta estafa.

-¡TÚ! -Señalé a un nuevo transeúnte con efusividad, gesticulando dramáticamente con cada una de mis palabras. -PARECES UN TÍO LISTO, SÍ, MUY LISTO, SEGURO QUE NO ERES UN CEREBRO DE AMEBA COMO ESTOS DISTINGUIDOS CABALLEROS QUE TENGO A MI ALREDEDOR Y PUEDES HACERTE RICO JUGANDO A ESTE SENCILLO JUEGO. -Bueno aún no podía intuir su inteligencia, pero desde luego el estilo sus vestimentas y los tatuajes de su cuello me hacían pensar que era un tipo peculiar, alguien que se merecería ganar algo de dinero si me apoyaba con mis engaños, más que todos aquellos paletos campesinos o pescadores juntos. -¿Crees que podrías superarme en reflejos y astucia? -En cuanto el nuevo actor en este show en decadencia captó todas las miradas del público, le guiñé un ojo, tratando de decirle con la mirada que le iba a dejar ganar. 

El corro que me rodeaba se apartó un poco dejándole paso hacia el centro del escenario. Era hora de que empezara el show. -Solo tienes que adivinar dónde está la bolita cuando termine de mover estos vasitos. -Levanté el del centro para demostrar que efectivamente ahí estaba, y con un leve gesto que solamente pudo el notar golpeé el lado derecho del recipiente para indicarle que iba a terminar en el de dicho lado. No sabía si habría sido capaz de entenderme, pero por el bien de que pueda hacerme rico hoy, esperaba que si.

Mis manos se movieron a una velocidad pasmosa, mezclando y jugando con los tres vasos como quería, para hacerle entender que si intentaba ganar más veces sin mis indicaciones no podría. Tras ello, me detuve en seco y con una mirada nerviosa y una sonrisa le dejé escoger, esperando que tomara la decisión correcta.

Aclaraciones
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#2
En aquel día, Bones había decidido dar una caminata tranquila por el paseo marítimo de la ciudad, ya que a veces los movimientos constantes del mar y el sonido rítmico de las olas rompiendo contra la costa eran una excelente manera de despejar la mente después de haber tenido un día especialmente ajetreado. Un día cargado de situaciones poco comunes, incluso para alguien como él: desde bandidos heridos que había tenido que atender de emergencia, hasta un grupo de piratas que deseaban adquirir un gran número de botellas de veneno paralizante, lo cual, aunque bastante curioso, no era algo que realmente le sorprendiera. Después de todo, en el tipo de trabajo que tenía un médico brujo como él, la primera regla siempre había sido clara y simple: no preguntar, solamente dar lo que el cliente necesita, siempre y cuando tenga el suficiente dinero para pagar.

Así que, tras lo movido y agotador de aquel día, había decidido sacarse el estrés con aquella caminata que verdaderamente estaba disfrutando. Avanzaba con paso relajado mientras su mente se perdía entre las tiendas artesanales que bordeaban el paseo, los colores de los puestos improvisados, los olores intensos y especiados de la curiosa comida callejera y… ¿galletas? Aquello le llamó la atención de inmediato. Qué extraño. Parecía haber un intenso y persistente olor a galletas recién horneadas, a pesar de que no parecía haber algún pequeño mercado de galletas o repostería cerca. Aquella contradicción despertó su curiosidad natural.

Mientras aún se encontraba extrañado ante aquel olor tan específico, pudo escuchar con claridad la voz de un hombre que llamaba a la gente a apostar y ganar dinero. Aah… era el dulce, inconfundible y casi nostálgico sonido de un estafador callejero. Los conocía bastante bien después de años sobreviviendo en las calles, observando, participando y, en más de una ocasión, perfeccionando ese tipo de prácticas. Así que no pudo evitar sumarse al grupo de curiosos que comenzaba a formarse, aunque su curiosidad se basaba más que nada en el tipo de trucos que estaría utilizando aquel hombre y en cuán refinados —o burdos— resultarían.

El truco elegido era un clásico de los bajos fondos: adivinar en qué copa se encontraba la bolita. Un juego que, a simple vista, parecía sencillo, pero que en realidad era una mezcla precisa de habilidad manual, velocidad, engaño visual y, sobre todo, carisma, a lo cual el chico parecia dársele muy bien. A eso se le sumaba la perspicacia necesaria para incitar a la gente a apostar pequeñas cantidades de dinero al inicio, haciéndolos sentir confiados de que aquel juego era justo cuando lograban adivinar. Poco a poco, esa falsa seguridad hacía que muchos de los más codiciosos comenzaran a realizar apuestas cada vez más altas, hasta que inevitablemente terminaban perdiendo un buen número de berrys.

Observó con detenimiento la mesa suspendida, la galleta flotante que servía de base y el intento deliberado de vestir la estafa con un velo de misticismo barato. Aquello le arrancó una sonrisa ladeada, apenas visible bajo la sombra del sombrero de copa adornado con calaveras que llevaba el médico brujo. No era un truco burdo, pensó; era teatral. Y la teatralidad, cuando estaba bien ejecutada, siempre tenía mérito, incluso dentro de una estafa.

A su lado, se encontraba un hombre con mala cara y los brazos cruzados que se quejaba constantemente del juego. Seguramente una “Codorniz”, como se le llamaba en el mundo de las estafas a aquellas personas que parecían estar completamente seguras de estar observando un engaño y se mantenían incrédulas, pero que, aun así, no se marchaban. Permanecían ahí, intrigadas, tentadas por la posibilidad de participar, a pesar de su expresión de desconfianza permanente.
Cuando aquel hombre le apuntó directamente, se formó un círculo más cerrado a su alrededor, lleno de curiosos que le miraron fijamente. Muchos de ellos estaban extrañados por sus atuendos, otros claramente fascinados por su peculiar manera de vestir y la presencia que irradiaba.

 Bones se quedó mirando a Iggy por unos segundos antes de desviar la mirada hacia sus alrededores, quedándose en silencio durante un breve lapso antes de encogerse de hombros de manera algo desinteresada, manteniendo la fachada de ser solo un transeúnte curioso por ese juego de azar.

—Claro, ¿por qué no?— dijo finalmente, antes de que se escucharan sus pasos abriéndose paso entre la gente. Mientras avanzaba, miró de reojo cómo aquel hombre de mala cara volvía a hablar.

—Buena suerte perdiendo dinero con este estafador— dijo aquel tipo.

Bones le devolvió una mirada lateral durante unos segundos, analizándolo con calma, antes de continuar su camino hacia Iggy sin responderle directamente.

—Pues… no lo sé… pero lo intentaré, ewa. — dijo, acariciándose la nuca con un nerviosismo actuado. Aprovechó el momento de acercarse al improvisado escenario para hacer como si estrechara la mano de Iggy y, con ese gesto, poder dedicarle unas rápidas palabras en secreto.

—El tipo que anda quejándose se queda viendo porque es ludópata. Voy a apostar 40 berrys, pon un pozo de 80 de ganancia y tendrás a ese tipo apostando el triple— susurró con precisión calculada.

Dijo aquello antes de observar cómo comenzaba el juego, siguiendo atentamente el habilidoso movimiento de manos del contrario. Entendía perfectamente que él tendría que dar la señal para indicar si prefería la pérdida o la ganancia de su cómplice. Después de todo, tras años realizando aquellos mismos trucos en las calles de Centaurea para subsistir entre ladrones y bandidos, uno aprendía a pulir bien ese tipo de actos y a leer las intenciones detrás de cada gesto.

—Pues es simple, la bolita está en la copa izquierda— dijo finalmente, esperando la reacción de aquel tipo de ropas coloridas que tenía frente a él.
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#3
Sabía que este tipo tenía luces. Pudo darse cuenta quién era el que tenía más probabilidad de picar y sacarle más pasta. Tenía buen ojo y es probable que fuera útil para el negocio, tenía un barco que pagar por lo cual muchos timos que hacer. Una vez terminara con esto tal vez le pediría ayuda para alguna estafa mayor que simplemente hacer de trilero. 

Adivinó que la bolita estaba en el de su izquierda. En cuanto levanté el vaso y el público comprobó que era posible ganar, salté encima de la “mesa” de golpe haciendo retumbar los recipientes que quedaban sobre ella señalando a la multitud. -¡OS LO DIJE MENDRUGOS! Se puede ganar lo que pasa es que la suerte no está de vuestra parte. -Me llevé la mano al bolsillo sacando un fajo de billetes, bajé la galleta a casi ras de suelo  y extendí ochenta berries a mi nuevo cómplice. 

Di un par de pasos hacia atrás hasta bajar de la superficie para luego elevarla a su altura inicial, coloqué de nuevo bien los materiales para el juego y pedí que se acercara el tipo que me había indicado Bones hace unos instantes. -Venga… ¿Ahora que has visto que no es un timo te animas a participar? -Fui directo, pero efectivo pues no solo él sino más miembros de la multitud comenzaron a apostar nuevamente con entusiasmo, pero todos con la misma suerte inicial, pues además de mi impredecible forma de remover los vasos, si acertaban, tenía la suficiente destreza para cambiar la posición de la bola en el último instante. 

El resto de la mañana transcurrió sin ningún imprevisto, puede que incluso fuese mejor de lo que me imaginaba por lo que en cuanto obtuve unos cuantos miles de berries hice una señal a mi águila para que bajara y se posara en mi hombro. Esta llevaba las mismas antenas que Mario Gómez me regaló sobre su cabeza dándole un aspecto bastante cómico y peculiar. -Señoras, señores… ha sido un placer pero ya va siendo hora de ir recogiendo. -Al soltar estas palabras se oyeron quejas y gritos pues no había dado la oportunidad de que muchos de ellos recuperaran lo gastado. 

A la hora de recoger continué un poco el show pues tras apartar los vasos y la bolita, retiré el mantel al mismo tiempo que hice desaparecer la galleta que estaba debajo de este, pareciendo que durante todo este tiempo hubiese estado suspendido en el aire. Me lo llevé al hombro y caminé hasta quedar en el centro de un corro de personas que se habían aventurado a probar suerte en mi juego. -Espero que estéis atentos los próximos días porque es probable que vuelva por aquí… -Comencé mi discurso a la par que daba pequeñas vueltas sobre mi mismo, para contemplar a todos y cada uno de los asistentes. -…Quien sabe a lo mejor hoy no habéis tenido vuestro mejor día, pero la suerte puede cambiar de un día para otro. Como la de este muchacho de aquí. -Du unos pasos atrás hasta quedar al lado del chicho moreno que me había ayudado, apoyando una mano en su hombro. 

-Ni se te ocurra seguirme, voy a entrar a un bar. Tú espérate unos minutos antes de hacer lo mismo. Una vez allí te invito a una copa. -Le susurré antes de darle un manotazo en la espalda sin que nadie pudiera distinguir ninguno de los vocablos que habían salido por mi boca. Una vez dicho todo esto y con la cartera llena, me aparté del gentío y entré como si nada en uno de los locales del propio paseo marítimo, pateando la puerta, casi partiéndola del golpe. 
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#4
Estaba satisfecho. El muchacho que llevaba el juego entendía bastante bien cómo funcionaba el eterno tira y afloje de los trucos callejeros. Por su parte, él se mantenía firme en su papel de trilero, fingiendo una emoción exagerada, celebrando con entusiasmo ante la sorpresa —y la codicia— de los transeúntes.
De pronto, Iggy saltó sobre la galleta que había hecho levitar, oculta bajo el mantel, gritando y señalando a los espectadores por haber dudado de que todo aquello fuera una estafa. Bones sonrió sin romper su actuación, intentando seguir vendiendo el engaño, aunque una gota de sudor descendió por la frente del médico brujo al ver cómo aquel desafío directo al público podía traer problemas.

Vaya… es bueno con los trucos callejeros, pero necesita pulir la paciencia, ewa.
pensó, reconociendo la personalidad eléctrica del chico al verlo gritar y apuntar a la gente con su dedo indice.

El resto del acto transcurrió como era de esperarse. Muchos de los pichones entre la multitud cayeron: ganaron al principio, perdieron a la larga. Aun entre quejas e insultos, terminaron dejando su dinero sobre la mesa, con el ceño torcido y el orgullo herido, antes de dispersarse cuando el hombre del puesto anunció que las apuestas habían cerrado.
Fue entonces cuando Bones decidió seguir su camino. Sin embargo, una mano lo detuvo. Escuchó las palabras del otro hombre y comprendió de inmediato: no era prudente que ambos fueran vistos entrando juntos. La complicidad resultaría demasiado evidente.

El manotazo lo hizo sostener la mirada durante unos segundos. Luego, el moreno fingió demencia, apartó los ojos y se dio la vuelta para marcharse. Sabía que acabaría yendo al bar donde se encontraba el chico; aun así, siempre le atraían aquellas personas que seguían tradiciones de las que él mismo había formado parte en otro tiempo.
Se quedó observando los mercados callejeros durante unos minutos más, dejando que el bullicio lo envolviera, antes de darse la vuelta y regresar a la entrada del bar al que Iggy había entrado tras terminar la actuación.
Entré unos segundos después de ti, sin prisas, permitiendo que la puerta terminara de gemir por el maltrato que le diste. El lugar olía a ron barato, sal y decepción: una mezcla extrañamente familiar. Me quité los guantes con calma y los guardé en el interior del abrigo, como si acabara de concluir una intervención menor.

Por el cabello estrafalario y la ropa llamativa, Bones supo de inmediato quién era el hombre sentado en la barra. Caminó hasta él, tomó asiento a su lado y pidió un Old Fashioned. El cantinero se giró para preparar el cóctel mientras Bones hablaba, observando de reojo cada movimiento tras la barra.

—Te dije que ese tipo que andaba quejandose mordería el anzuelo —comentó—. No dejó de picar en cada ronda de apuestas. Aunque es curioso ver a alguien haciendo este tipo de trucos en Samba. Normalmente funcionan mejor en ciudades atestadas de gente, como Loguetown; aquí no diría que sea la forma más efectiva de ganar dinero.
Agradeció el trago al bartender, dio un largo sorbo y entonces giró la cabeza hacia el extraño de cabellos rosáceos.
—¿Cuál es tu nombre, compañero? —preguntó, con una curiosidad apenas disimulada.
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#5
En cuanto se abrió la puerta una sonrisa apareció en mi rostro. Acabé de un trago mi vaso de ron y esperé que se acomodara en la barra junto a mi. Se pidió un cocktail de esos con nombre pijo y comentó sobre el hombre con una clara adicción al juego y sobre que estas cosas no se solían ver por aquí. Una vez terminó de hablar comencé a golpear fuertemente el mueble del bar sobre el que estaba apoyado soltando una sonora carcajada. Parecía tan sofisticado que no pude evitar reírme. Le hice un gesto al camarero para que me pusiera otra de lo mismo. 

-Allá donde vaya Iggy habrán apuestas y timos. -Solté como si nada, admitiendo mis delitos y que era un ratero de poca monta. -Me importa una mierda que sea una pequeña o una gran isla… Solo quiero un barco para poder salir de aquí. -Según terminaba la frase el cantinero me sirvió otra ronda, llenando el vaso casi hasta el borde, lo agarré dándole un cuantioso trago, casi terminándomelo de nuevo, casi gimiendo cuando mis labios se separaron del licor. -Pero… No te he invitado aquí para hablar de mí.

De un salto apoyé ambos pies en el taburete, quedando agazapado sobre este, adoptando la pose parecida a la de un ave rapaz descansando en un tronco. Sin pudor ni vergüenza agarré su sombrero y lo puse sobre mi cabeza. Era bonito, tal vez si no me lo reclamaba de vuelta me lo quedaría.

-Tu también pareces estar al tanto de esta clase de negocios. ¿Dime eres de aquí? Pareces muy raro para ser de aquí. ¿Te gusta el marisco? A mi me encanta el marisco. -Sin dejarle contestar bajé del taburete al suelo, mis pies haciendo crujir la madera del local. Los pocos clientes del local se giraron de golpe mirándome mal. Pues pese a ser un antro de lama muerte, construido en madera vieja y muebles oxidados parecían no estar muy contentos con ver nuevas caras. -Tú no te preocupes, con el dinero que he ganado me ha dado para reservar la mejor mesa de este maravilloso sito. -Pasé mi brazo por detrás de los hombros de Bones a la vez que con el otro agarraba el baso que había dejado apoyado en la barra.

No fui a la zona donde estaban el resto de comensales, pues pegada a la pared izquierda del local había una pecera de cristal, la cual necesitaba una limpieza urgente pues su agua presentaba un color verdoso que la enturbiaba y en ella, una gran cantidad de centollos y bogavantes se movían libremente por el fondo. Dejé mi guitarra apoyara aún lado de esta e impulsándome de uno de sus bordes, salté al interior de esta, sentándome como si se tratara de una bañera. Di un último trago al ron y lancé el vaso al interior del tanque.

Mis brazos colgaban por fuera, y eché la cabeza hacia atrás. Me notaba algo cansado pues ahora siempre que sumergía mi cuerpo en agua me agotaba considerablemente, pero mientras no estuviera completamente sumergido todavía podía hacer cosas. Mi águila, la cual había permanecido todo este tiempo sobre una de las vigas de madera del techo voló hasta colocarse en mi cabeza. -No seas tímido, ellos tienen más miedo de ti que tú de ellos. -Dije agarrando uno de los centollos, arranqué una de sus pinzas de cuajo y me la comencé a comer allí mismo. 

-Dime… ¿Necesitas pasta? ¿Quieres que hagamos algún timo conjunto? -Levanté el braco para que mi águila pudiera inclinarse a deleitarse con el manjar, mientras en el otro, el crustáceo aún vivo se movía desesperadamente tratando de escapar. 

-¿Qué haces? ¡Te estás comiendo a Juan! -Exclamó el tabernero, exaltado al ver mi reacción, saliendo de golpe detrás de la barra hacia nosotros. -Pero si quieres que colaboremos, demuéstrame que eres capaz de improvisar, inventa alguna excusa que nos haga salir airosos de esta. -Solté casi en un susurro para que solo el moreno tatuado me escuchara, con una sonrisa pícara en mi rostro, casi como un niño jugando a su juego favorito. Pues en todo timo la base del éxito era la improvisación, que supiera leer a las personas estaba bien, pero ahora tenía que demostrar que de verdad valía para el negocio. 
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