Un sabor nuevo en una vida repetida [PASADO | Uker]
#1
Mediados de Verano, hace 7 u 8 años

Si algo aprendí en estas malditas estancias familiares es que, cuando mi padre dice “vamos a revisar la viña”, lo que está diciendo en realidad es “vas a sonreír, vas a quedarte quieta y vas a dejar que la gente piense que somos más importantes de lo que somos”. Y yo tenía esa mezcla incómoda entre orgullo y hartazgo, como si me hubieran puesto un vestido dos talles más chico: lindo de ver, horrible de usar.

La casa donde nos quedábamos era grande, vieja y con demasiadas habitaciones que jamás pisábamos. Le sobraba eco y le faltaba alma, pero mi padre la adoraba porque era terreno seguro para negociar: ahí venían socios, proveedores, amigos falsos y gente que hablaba demasiado fuerte para decir demasiado poco. Este viaje no era distinto. Él vino con sus asistentes, sus números y su agenda; yo vine porque, según él, “una futura Bel-Nadin debe aprender a acompañar”. Si fuera por mí, hubiera acompañado desde una hamaca lejos de todo, pero bueno… qué sabía yo a esa edad, si todavía creía que debía cumplir expectativas ajenas para no desarmar el mundo.

La mañana empezó con ruido de cajas moviéndose, pasos acelerados en los pasillos, voces desconocidas. Mi padre había contratado personal temporario para “mejorar la experiencia del viaje”. Traducido: quería que todo funcionara perfecto para sus negociaciones, y eso incluía un cocinero nuevo. Yo escuché el anuncio de pasada, sin mucha intención de prestarle atención. Lo único que me llamó la atención fue la forma en que los empleados comentaban que “llega hoy, temprano, porque quiere hacer inventario”. Inventario. Quién puta se entusiasma con un inventario. Gente rarísima.

Me desperté tarde, a propósito. No por rebeldía: por estética. Siempre queda mejor aparecer cuando el día ya empezó, como si no necesitaras correr detrás de nadie. Llevaba un trajecito ligero, transparente en algunas partes, porque lo había visto colgado y me pareció bonito. Y sí, también porque sabía que el sol de la isla me favorecía. Una joven diva hace lo que puede con los recursos que tiene.

Salí al corredor principal sin apuro. El piso de madera crujía bajito, como si cotilleara mis pasos. El aire olía a cajas recién abiertas, a fruta lavada y a vino joven. Los empleados iban y venían, cargando cosas, y más de uno me saludó con ese tic nerviosito de quien teme quedar mal. Yo devolví saludos con la barbilla, apenas. No por altanera —bueno, un poco sí— sino porque todavía no estaba lista para fingir simpatía.

Me asomé al comedor principal y lo encontré patas para arriba. Manteles recién planchados, vajilla alineada, un par de jarras brillando como si se hubieran pulido con desesperación. Y entre todo ese despliegue, escuché algo que no pertenecía al espacio: un sonido rítmico, firme, como de cuchillo golpeando madera. Vino de la cocina abierta que daba al patio interno.

Me acerqué sin anunciarme. Si hay algo que disfrutaba demasiado era aparecer sin aviso, como un viento que desacomoda papeles. La puerta estaba entreabierta y, desde afuera, vi parte del movimiento: brazos que iban y venían, cuchillas precisas, vegetales cortados con una prolijidad que yo jamás tendría. No sé si fue curiosidad o aburrimiento, pero empujé la puerta con la punta de los dedos.

Y ahí lo vi.

No voy a exagerar. No voy a decir que fue como ver una estrella caer o como escuchar la primera nota de una canción que te cambia la vida. A veces, por la juventud, una exagera un montón pero, por suerte, todavía tenía algo de sensatez.

Era el cocinero, claramente. Joven, concentrado, con olor a hierbas frescas. Tenía una energía que chocaba frontalmente con la de esta casa: él trabajaba como si el tiempo dependiera de su ritmo; acá, en cambio, todos se movían al compás del humor de mi padre. Lo observé mientras cortaba zanahorias con una velocidad tan limpia que daba un poco de vértigo. Mandíbula apretada. Un cuerpo acostumbrado a la práctica, no a la teoría.

Hice ruido a propósito.
Un paso mío basta para anunciarme. No por peso; por presencia.

— Así que vos sos el cocinero nuevo — dije, como quien suelta un juicio antes de permitir la defensa.

Mi voz sonó suave pero firme, teñida de ese tinte de superioridad que me salía sin esfuerzo. No maldad: postura.

Caminé un poco dentro de la cocina, observando las cosas con teatralidad, como si tuviera alguna idea del procedimiento. Toqué una tabla apenas, olfateé una hierba sin saber cuál era, revisé una olla vacía con gesto crítico. Era una actuación. A veces una actúa para otros; otras, actúa para sí misma.

— Voy avisándote —le dije con una media sonrisa torcida — acá son todos exigentes. Y yo también. Voy a ser sincera: si cocinás feo, se te va a notar. Y si cocinás rico… también se te va a notar, pero de otra manera. Es todo un tema.

No supe por qué dije eso. O sí supe, pero no lo admití en voz alta.

Miré por la ventana hacia el viñedo. Hilera tras hilera, ese laberinto verde que mi familia se empeñaba en exhibir como trofeo.

— ¿Ya te mostraron la viña? — pregunté, girando apenas el rostro hacia él — Si no, puedo llevarte. Aunque… aviso por las dudas… yo me pierdo siempre. No soy buena guía, pero soy buena compañía.

Eso sí lo supe: era una invitación envuelta en humor, descaro y juventud. Una puerta abierta que no comprometía nada.

Me apoyé en la mesada, inclinando un poco la cabeza, dejando que el sol de la ventana me diera de lleno.

— Contame — añadí, bajando la voz apenas — ¿qué estás cocinando que hace tanto ruido a promesa?

Lo pregunté sin esperar respuesta inmediata. Lo pregunté porque, en el fondo, quería quedarme un rato más ahí, en esa cocina cálida, con ese desconocido que no sabía quién era yo más allá del apellido, y ante el cual tampoco tenía por qué sentirse impresionado.


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#2
Unos días de trabajo por una paga que no había visto nunca en su vida. En sus 19 años de vida nunca había visto tantos ceros juntos, ni siquiera cuando le pagaban a su padre, o cuando su maestro y la tripulación hacían conteo de sus tesoros. Tampoco eran muchas horas, pero iba a ser exigente, eso lo tenía claro. La oferta era tentadora, demasiado tentadora.

Al menos lo suficiente para que, tras unos segundos de meditarlo, aceptara el trabajo que parecía caerle del cielo.

Fácilmente podría ser así, pues sus jefes temporales eran una familia rica, muy, muy rica, de comerciantes. Se trataba de… siempre se le olvidaba como se llamaban esas personas, las había visto poco y en su isla natal nunca vio pasar ninguno. Alas negras como la noche, cabello color ceniza, tez morena, una altura que para otras personas sería envidiable. Lunarians, lo recordó, asegurándose de no olvidarlo, al menos durante el tiempo que trabajara para ellos.

Llegó temprano al lugar asignado, un punto de la isla en el que no había estado jamás. Tampoco es que pasara mucho por la zona norte de la isla, apenas salía de su humilde casa en la zona sur, incluso tuvo que pedir unos días libres de su otro trabajo. La paga, la paga valía la pena, podía vivir con tranquilidad por 2 años si le pagaban esa cantidad y si, por algún casual, su buen comportamiento hacía que le pagaran más…

Sus ojos casi podía verse con formas de berri, aunque nunca haya sido una persona a la que le importe el dinero.

La tarea era simple, lo suficiente para que se quisiera encargar por sí mismo de revisar con lo que tenía que trabajar. La gente llegaría esa noche, la comida de esa noche era lo importante, pero también debía pensar en algo para el almuerzo. No tuvo que pensar, las indicaciones no tardaron en llegar, con los deseos de sus jefes sobre lo que querían ver en la mesa. Al menos eso le ahorraba matarse pensando. Abrió una caja, con cubierto y utensilios, descubriendo que tenían un tamaño mayor al que deberían. Bueno, en verdad, tenían el tamaño perfecto, sabiendo que las personas dueñas del lugar medían el doble que él. Tendría que adaptarse, pues no había traído cosas de su tamaño.

Ahora que lo pensaba, la comida también debería ser de mayor volumen. Ahora cobraba sentido el porque había más ingredientes de lo necesario.

Comenzó con su trabajo al poco tiempo, pues para eso estaba ahí. Comenzó limpiando los ingredientes, las herramientas de trabajo también, para luego pasarse a una mesa de la cocina. Estaba solo, los demás trabajadores lo dejaban funcionar a su gusto, sin interponerse, por lo que el sonido de su cuchillo chocando una y otra vez contra la tabla de madera resonaba en la habitación.

Lechuga, espinaca, habían quedado vueltas pequeños trozos en un recipiente a su lado, y ahora se encargaba de cortar zanahorias, colocándola en otro recipiente. Más o menos por la 5, alguien más se acercó a la cocina, no logró que la cabeza del joven de 19 años se moviera, pero observó a la recién llegada con la mirada. - Buenos días, señorita, si es que se me permite llamarla así -. Su maestro le había enseñado a actuar frente a las personas importantes, incluso si no era de su agrado. - Así es, no se equivoca, yo me encargaré de cocinar para ustedes estos días -. Esperaba causar una buena impresión en la chica, no quería generar problemas nada más llegar.

No hubo un saludo de vuelta, solo una advertencia. Uker sonrió, sin cortar su tarea en ningún momento. - Gracias por el aviso, señorita, pero estoy consciente de eso -. Su mano manejaba sin problemas el cuchillo que a leguas se notaba que era mucho más grande para él de lo que debería.

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- Si no quisieran algo perfecto, no me habrían contratado -

No hubo miradas de superioridad, no fue una burla escondida, fue simplemente la seguridad de quien sabe lo que vale y lo que puede hacer. - Así que espero impresionarla tanto como a los demás comensales -.

Ahora una invitación, una que debía aceptar según las palabras de su maestro, pero que debía rechazar. - Es un halago que quiera mostrarme el lugar, sin embargo, ¿Esa invitación podría esperar hasta que termine de preparar el almuerzo? -. Al fin y al cabo, lo habían contratado para cocinar, no podía simplemente ignorar ese hecho. - Al terminar, estaré encantado de que me lleve al viñedo. Y no se preocupe, yo puedo ayudarla a volver si lo necesita -.

Levantó la mirada por primera vez, intentando sonreírle a quien ahora lo acompañaba en la solitaria cocina. En ese momento la vio. Era hermosa, como ninguna mujer que haya visto, su ropa le quedaba a la perfección, claramente hecha especialmente para ella, su cabello lacio blanco bajaba hasta su cintura y sus ojos del color del cielo que lo observaban con cierta picardía.

Tuvo que aclarar su garganta y ocultar el sonrojo en su rostro antes de responder la siguiente pregunta de la lunarian. - Pues… es… ejem… -. No se lo estaba dejando fácil. - Su padre pidió que de almuerzo les preparara un curry de verduras y gambas, así que me estoy encargando de eso -. Apuntó a los ingredientes ya cortados y los que aún debían prepararse, como si la contraria fuera a entender eso con solo mirarlos. - Aún así, esa fue la petición de su padre. ¿Hay algo que usted gustaría degustar? -. Le interesaba saberlo, sobre todo si es que el platillo elegido no era de su agrado y prefería otra cosa. - Puedo preparar casi cualquier cosa, y si no conozco la receta puedo intentar copiarla sin problemas, solo con su descripción del platillo -. Dicho así, parecía un reto que le estaba imponiendo, aunque solo era su sello como cocinero.

Pese a su edad, su maestría en ese oficio era increíble.

- Su padre ya había desayunado en cuanto llegué, así que no pude hablar con él, pero preparé algo por si tenían calor en este día de verano -. Al decir esto, se acercó a un refrigerador, abriéndolo y observando el interior un momento. No tardó en sacar de ahí lo que buscaba: una jarra de cristal con un líquido rojizo, en el cual flotaban varios hielos. La jarra, como todo lo demás, le quedaba gigante. - Jugo de fresa, preparado por mi, obviamente -. No tardó en servirlo en un vaso y dejar este mismo sobre la mesada, frente a donde él se encontraba trabajando, ofreciéndolo a la mujer. - Para usted. No dude en comentar si algo no es de su agrado -.

Tras eso, volvió a trabajar, tan concentrado como cuando la dueña del lugar llegó a la habitación.
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#3
No pude evitar notar dos cosas al mismo tiempo, y eso me molestó un poco: primero, que no se intimidara; segundo, que eso me gustara.

Me quedé donde estaba, apoyada contra la mesada, viéndolo trabajar como si yo no hubiera alterado nada. Había algo peligrosamente atractivo en esa concentración cerrada sobre sí misma. No buscaba aprobación. No la pedía. Simplemente hacía. Y yo, que venía de un mundo armado a base de gesto, pose y cálculo, sentí una incomodidad nueva, como cuando alguien te muestra —sin proponérselo— que existe otra forma de estar parado en el mundo.

Al mencionar a mi padre, levanté apenas una ceja. Curry. Claro. A mi viejo siempre le fascinaron esas comidas que parecen simples pero esconden horas de trabajo. Cosas que se pueden elogiar sin ensuciarse demasiado los dedos. Sonreí por lo bajo.

— Un curry… — repetí despacio, dejando que la palabra se asiente — Arriesgado. A mi padre le gustan las cosas bien hechas, pero detesta las sorpresas que no controla.

Mis ojos siguieron el recorrido de sus manos: el cuchillo, los recipientes, el orden casi obsesivo. No era el orden de la casa ni el de mi familia. Era otro. Propio. Y eso me sacó apenas de eje.

Cuando abrió la heladera y sacó la jarra, me enderecé un poco, más por curiosidad que por cortesía. El vidrio brilló con la luz que entraba por la ventana; el líquido rojo parecía un gesto inesperado en medio del calor. Me acerqué cuando dejó el vaso frente a mí.

— ¿Jugo de fresa? — dije, ladeando la cabeza — Audaz de tu parte asumir que me gusta lo dulce.

Aun así, lo tomé. No por sed. Por desafío. El frío del vidrio contra los dedos me arrancó una sonrisa mínima, traicionera. Di un sorbo corto, medido. Dejé que el sabor pase despacio, como si estuviera evaluando algo más que una bebida.

Y, para mi fastidio, estaba bueno.

— Mirá vos… — murmuré, apoyando el vaso sobre la mesada — Está rico. No empalaga. Eso suma puntos.

No aclaré cuántos. No hacía falta.

Me crucé de brazos mientras él retomaba su trabajo, como si nada. Como si no acabara de prepararme algo a medida. Como si no hubiera una tensión flotando entre nosotros. O quizás la sentía y simplemente no la nombraba. Mejor así.

— No suelo pedir cosas especiales — comenté, en un tono liviano que no lo era tanto — La gente se pone nerviosa, se equivoca, dramatiza. Prefiero ver qué hacen cuando creen que nadie los está mirando.

Dejé que la mirada recorra la cocina, los ingredientes, ese espacio que ya empezaba a obedecerle.

— Pero… — seguí, estirando el silencio lo justo — si de verdad podés copiar una receta con solo describírtela, capaz un día te pida algo imposible. Como prueba. O por capricho. Todavía no decidí. Es todo un tema.

Me incliné apenas hacia adelante, apoyando las manos en la mesada. No lo toqué. No hacía falta. Mi sombra cayó cerca de la suya.

— Y no te preocupés por la viña — agregué, con una sonrisa tranquila — No se va a mover de lugar. Yo tampoco.

Tomé otro sorbo, breve, y me quedé ahí, observándolo trabajar, como si ese fuera exactamente el lugar correcto para estar en ese momento.

A veces, quedarse es una forma bastante elegante de no aburrirse.

El silencio se estiró un poco más, cómodo. Entonces caí en la cuenta de algo básico, casi descortés, y solté una risa baja.

— Hhh-heh-hhh… cierto — dije, incorporándome apenas y acomodando mi tiara, haciendo resonar las pulseras con el movimiento — Soy Asherah.

Sin apellidos que ya conocía, no eran relevantes en esta instancia. Tampoco extendí la mano. No hacía falta.

— Supongo que si voy a criticar lo que cocinás y a perderme con vos entre las viñas más tarde, estaría bien saber cómo te llamás — añadí, ladeando la cabeza — Además, así sé a quién culpar si mi padre sonríe demasiado durante el almuerzo.

Miré hacia la ventana, hacia ese verde prolijo que esperaba afuera.

— Cuando termines acá, avisame. Andaré por ahí — concluí sin especificar, ya que ni yo misma tenía idea clara de hacía dónde ir después — El viñedo es más interesante cuando alguien lo mira por primera vez.

Y esta vez sí, me aparté de la mesada, dejándole el espacio, la cocina.
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#4
El muchacho sonrió ante las palabras ajenas, aún concentrado en su trabajo. - Le aseguro que no se trata de algo que yo haya asumido, simplemente me pareció correcto dar un poco más de lo pedido -. Solo la escuchaba, pues sus ojos se enfocaban en las verduras que estaba cortando y no prestaban atención a los gestos o las expresiones de la lunarian. - Pero me alegra que sea de su agrado, podré utilizar una cantidad de azúcar similar cuando les prepare aperitivos o dulces -. Porque suponía que iban a pedirle muchas cosas, de muchos sabores y estilos diferentes.

Asintió una sola vez ante la posibilidad futura de preparar algo pedido por la joven, anotando ese dato en su propia mente para luego pasarlo a alguna libreta, pues no era de su agrado olvidar promesas. - Los caprichos muchas veces se disfrazan de pruebas, y las pruebas pueden buscar cumplir un capricho, ¿no es así? -. Dejó el cuchillo a un lado, habiendo terminado, levantando la vista para volver a mirar a la mujer. - Pueden ser ambas cosas, de igual manera le aseguro que no dejaré que sus expectativas no sean cumplidas -.

Fue en ese momento que ella se acercó a él, notando la diferencia de altura entre ambos, por lo que obligó a Uker a levantar el rostro para poder mirarla a los ojos. - Bueno, tendré que hacer un buen trabajo para poder acompañarla, a menos que quiera sacarme de la cocina y arriesgarse a que el almuerzo y la cena peligren -. Sonrió, con esa mezcla de confianza y delicadeza en sus expresiones que mantenía desde que llegó. - Será un placer acompañarla, en todo lo que decida hacer -. Dejó esa última frase en el aire, mientras se agachaba a buscar una olla en una gaveta inferior. El sonido de metales moviéndose y chocando entre ellos finalizó en cuanto el mismo muchacho se alzó de nuevo, trayendo en su mano uno de esos recipientes metálicos, el cual casi que superaba en altura su torso.

Problemas de utilizar utensilios de gente que te duplica la altura.

Aún así, su manejo de las cosas no flaqueaba, sus brazos no perdían la destreza para sostener o mover las cosas sin dificultad. Cargó la olla con las verduras cortadas, para luego llevarla a donde podría comenzar a cocinar. La escuchó reír antes de ponerse a trabajar, lo que hizo que se girara a verla, pero no esperaba que fuera por lo que ella dejó salir por su boca. - Oh -.

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- Soy Uker, Rackham Uker -

Movió un poco la cabeza, una reverencia disimulada hacia quien preguntaba por él. - ¿Acaso sería malo que hiciera sonreír a su padre? Pensé que iban a pagarme por eso, en cierta parte -.

Ambos se despidieron, por el momento. Uker volvió a concentrarse en la cocina, encendiendo el fuego y comenzando la preparación del platillo antes mencionado. Por la cantidad, el tiempo se alargó más de lo que el cocinero esperaba, sufriendo por el calor de la cocina como siempre. En mas o menos 1 hora, casi 2, el muchacho de mechón blanco salía de la cocina, suspirando y caminando por el lugar al haber terminado su tarea. Se traba de un espacio muy bonito, pocas veces alguien como él podía siquiera pisar suelo de esa calidad, adentrarse en paredes con diseños tan lujosos, pero en el fondo no le sorprendía. Su maestro era millonario, había vivido por casi 5 años en una mansión más grande que este lugar, seguramente pudiendo rivalizar con el verdadero hogar de la familia que lo contrató esos días.

Tuvo que preguntar a algunos trabajadores donde se encontraba la joven que antes lo había invitado a la viña, hasta poder dar con ella. - Señorita, vine a avisarle que terminé mis labores, como me pidió -. Sonreía, esperando captar la atención de la alada y no interrumpir lo que pudiera estar haciendo. - Dijo que iba a enseñarme el lugar, ¿sería muy malo de mi parte pedirle eso? -. No es que quisiera pasar tiempo con ella de manera irrefrenable, pero fue la misma joven quien le indicó que la buscara, que fueran a conocer los campos cercanos. - Perderme con usted entre las viñas sonaba a una idea maravillosa -.

Dejó que sea la mujer la que lo guíe hacia donde quiera llevarlo, era su invitado al fin y al cabo, al menos en ese momento. - Dígame, ¿desea que la llame de alguna forma específica? -. Tal vez sonaba extraño escucharlo preguntar eso, pero tenía sus razones. - Tal vez tratarla de “señorita” no sea de su agrado, por lo que solo quiero asegurarme de que se sienta cómoda a mi alrededor, así como todos aquí -. Cómodos alrededor de él, pero la frase dejaba eso sin especificar, por lo que cualquiera podría entender que hablaba de ella.

El sol fue lo primero que lo recibió en cuanto pasaron a las viñas, obligándolo a poner su mano sobre sus ojos para aplacar la leve ceguera que le causó pasar de los interiores a estar bajo el yugo de quien iluminaba el mundo. - El calor no es lo mío -. Al recuperar la visión, comenzó a quitarse el abrigo que llevaba, ese abrigo marrón del que se separaba bastante poco, dejando ver una camiseta negra, bastante ajustada, que dejaba ver sus músculos y las cicatrices que adornaban sus brazos. - Así estaré mucho mejor -. Se ató la prenda a la cintura, para luego volver su mirada a Ashera y sonreír.

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- ¿Ya es momento de perderme? ¿O debo esperar un poco más? -
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#5
No fue inmediato.

Después de dejar la cocina, el día siguió su curso como suelen hacerlo estos viajes: con gente entrando y saliendo, órdenes dadas a medias, decisiones que nadie quería tomar pero que alguien tenía que ejecutar. Y, como casi siempre, ese alguien terminé siendo yo.

La viña no se gestiona sola, aunque mi padre adore fingir que sí.

Me la pasé yendo y viniendo, ajustando detalles que nadie más veía pero que después todos iban a comentar. Discutí con dos empleados sobre la disposición del comedor principal: que si las sillas estaban demasiado juntas, que si el mantel no combinaba con la vajilla, que las lámparas queden lo suficientemente bajas como para dar intimidad pero no tanto como para sentirse encerrado.

Ajusté detalles en el comedor exterior, pedí que movieran un par de barriles decorativos, corregí la altura de unas lámparas colgantes. Nada extraordinario. Nada que mi padre notara de forma consciente. Pero todo lo suficiente como para que, llegada la noche, el conjunto funcionara.

La gente cree que el lujo es exceso, cuando en realidad es control.

Para cuando terminé, ya había pasado más de una hora. Quizás dos. Perdí la noción exacta del tiempo, como suele pasarme cuando estoy ocupada de verdad y no solo interpretando un papel.

Recién entonces me permití desaparecer un rato.

Me cambié.

Elegí un vestido largo y suelto, de un blanco cremoso que capturaba la luz en vez de devolverla. Caía con naturalidad, sin rigidez, marcando el escote con una elegancia despreocupada, como si no hubiera sido pensado para provocar… aunque supiera perfectamente lo que hacía. Un tajo lateral dejaba ver una de mis piernas al caminar, la misma que adornaba siempre con las joyas del muslo: piezas finas, doradas, herencia familiar y declaración de intenciones al mismo tiempo. No tintineaban. Se insinuaban.

De calzado escogí unas sandalias bajas, pero lo suficientemente adornadas como para deslumbrar. Era un atuendo de noche, sin pedir permiso al día. Y no pensaba cambiarme otra vez. Si se manchaba, que se manche. La ropa está para usarse, no para ser venerada.

Me solté el cabello sin olvidarme de colocarme otra de mis alhajas cruzando mi frente, mi tiara era como mi distintivo personal; bajé y salí al jardín trasero con una copa de agua fría en la mano, buscando sombra más que compañía. Me senté sin demasiada ceremonia, dejando que la tela del vestido se acomodara sola, que el tajo hiciera su trabajo cuando cruzaba la pierna.

Ahí fue cuando lo vi.

Uker apareció desde el interior de la casa con una forma de caminar que transmitía no llevar apuro, como si el mundo no lo persiguiera. Me llamó “señorita” y le regalé una sonrisa mínima, automática. Lo escuché hablar, explicar que había terminado, recordar mi invitación. Me limité a observarlo mientras se acercaba, evaluándolo con calma, como quien mide una pieza antes de decidir dónde encaja mejor.

— ¿Muy malo? — repetí con un esbozo de sonrisa, ladeando la cabeza cuando pidió ir a las viñas — Depende... Si te perdés de verdad, después no me hago cargo.

Apoyé la copa en una mesa cercana. No porque me molestara cargarla, sino porque ya había decidido moverme y me estorbaría.

— Y no — añadí, incorporándome con un movimiento lento, consciente de cómo el vestido seguía cada gesto — No hace falta que me digas “señorita” todo el tiempo, sólo cuando otros nos vean. Asherah está bien. O Ashe, si te animás. Pero eso lo dejo a tu criterio, es todo un tema.

Arranqué a caminar sin mirar atrás. Sabía que iba a seguirme.

El sendero hacia las viñas era de tierra clara, firme, flanqueado por hileras prolijas que empezaban a desplegarse apenas dejábamos atrás la casa. El sol caía de lleno ahora, sin filtros. Yo no lo sentía igual que otros, pero aun así agradecí la brisa que corría entre las plantas, levantando apenas la falda del vestido, jugando con el tajo y la joya del muslo como si supiera exactamente lo que hacía.

Escuché su comentario sobre el calor y no pude evitar una sonrisa ladeada.

— Sí, bueno… — dije, caminando a paso tranquilo — Esto no es lo más amable del mundo para alguien que vive entre hornallas. Pero mirá el lado bueno: acá nadie te pide que sonrías mientras transpirás.

Fue entonces cuando se sacó el abrigo.

No dije nada. No hice ningún gesto evidente. Pero lo vi: La tela negra ajustándose a su torso, marcando músculos que no eran de exhibición sino de uso, cicatrices que hablaban de trabajo y no de postureo. Sentí una presión leve, no diría que incómoda, en algún lugar entre el estómago y el orgullo, como cuando una cuerda se afina un poco de más y todavía no sabés si va a resistir. Nada grave. Nada que admitir.

A veces el silencio es más efectivo que cualquier comentario.

— Este camino lo usan poco — expliqué después de unos metros — A mi padre le gustan los recorridos cortos, los que se ven bien desde lejos. Esto es más… humilde, capaz. Es todo un tema.

Me detuve apenas, tocando con los dedos una hoja cercana, evaluando su textura. El sol haciendo brillar la joya de mi frente.

— La viña no miente — agregué — Si la cuidás mal, te lo devuelve. Si la apurás, se arruina. Y si pretendés que te obedezca solo porque tenés plata… — hice un gesto vago con la mano — bueno, imagino que sabrás cómo termina eso.

Aflojé el paso. No para acompañarlo, sino para ver si era capaz de sostenerlo sin que yo lo guiara.

— ¿Sabés qué es lo que más me gusta de traer gente nueva acá? — pregunté, aunque era retórica, sin mirarlo directamente — Ver qué miran primero. Algunos ven el tamaño. Otros el orden. Otros calculan cuántas botellas pueden salir de cada hilera.

Giré la cabeza hacia él, por fin.

— Todavía no sé qué mirás vos.

Seguimos avanzando entre las viñas, el sol cayendo a plomo, el mundo reducido a verde y tierra. Yo caminaba con las manos sueltas, cómoda en ese espacio que conocía desde chica, pero que todavía me sorprendía.

Le había otorgado implícita e intacta la elección más interesante, y no por cortesía, sino porque hay decisiones que dicen más que cualquier respuesta: si caminar a mi lado… o descubrir el camino por su cuenta.


Imagen alusiva
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#6
- Digamos que siempre encuentro mi camino de vuelta -. Años viviendo en soledad y otro par de entrenamiento para obtener ese cuerpo lo habían llevado a valerse incluso en la naturaleza salvaje. - Pero, lo que me interesa es su compañía, sería una lástima no tenerla cerca -. Palabras repetidas, mismas que su maestro le había enseñado, educado, todo con tal de agradar y no perder oportunidades. Era una familia importante, un trabajo importante, tratar con ellos podría llevarlo lejos, tal vez acercarlo a eso que quería, pero por ahora no parecía mala idea hablar con esa chica que al parecer era tan joven como él.

Se había cambiado de ropa, a una mucho más elegante, adecuada para recibir invitados, pero el cocinero dudaba de que fuera algo que alguien se pondría para caminar en la tierra o entre las plantas. - Tomaré nota de eso, usted tam… tú también puedes llamarme como prefieras, Asherah -. Aprovechó ese mismo momento para ponerlo a prueba, ambos estaban solos, al menos a la vista, por lo que comenzó a acostumbrarse mentalmente a tratarla de manera un poco más informal.

El muchacho sonrió ante el comentario de la mujer, pues le causaba gracia que pensara que el calor del verano era comparable al de unas hornallas. - Al cocinar se debe sonreír, no es un pedido externo. La comida se trata tambien de belleza, de lo visual, si no me vieran sonriendo, pensarían que ese platillo no está hecho con todas las ganas que podría ponerle -. Apariencias, era todo lo que dominaba en el mundo, la creencia de algo superior solo por como se ve, por como aparenta ser. - Además, no creo que tú me hubieras hablado si mi expresión fuera otra, ¿no? -. Su pensamiento fue el de que ella simplemente iba a probarlo, a mantenerlo desconcentrado o intentar romperlo con pedidos imposibles, pero hasta ahora no parecía haber nada de eso en su mente. Por el contrario, las palabras ajenas lo hacían querer conocer más de ella, de esa confianza y amabilidad que parecía desprender a partes iguales.

La observó, debía levantar el cuello para poder hablarle mirándola a los ojos, por lo que dejó descansar un poco su postura y optó por dejar que sus ojos se guiaran por su cuerpo, mientras que ella avanzaba por el lugar con la destreza de quien sabía el camino. Su largo cabello blanquecino, combinado con ese vestido color casi crema, casi ceniza. No temía mostrarse, se lo dejó claro ese tajo que dejaba ver una de sus piernas, junto a una pieza dorada, la cual quedaba justo a la altura de los ojos del muchacho, gracias a la diferencia de altura de ellos. - ¿Te gustan las joyas? -. Quiso sacar un tema de conversación, pues la respuesta era obvia para cualquiera que la viera solo un poco.

- No veo lo malo en este recorrido, tiene su propia belleza -. Habló mientras miraba alrededor, analizando el entorno, dejando que la cabeza se pierda entre esas plantaciones, como si las amenazas anteriores de la mujer fueran a surtir efecto en cualquier momento. - Cada persona disfruta de la naturaleza a su manera: hay quienes prefieren empaparse en ella, hay quienes no la toleran y prefieren mantenerse alejados -. Claramente, no dijo a qué grupo pertenecía él mismo. -Aún así, veo que hay diversión para todos aquí -.

La caminata se detuvo en cuanto ella lo hizo. No fue hasta ese momento que se dio cuenta lo rápido que caminaba en comparación a la tranquilidad ajena. Solo sus piernas lo superaban en altura, sus pasos calmados y medidos eran suficientes para que el muchacho diera largas zancadas si quería mantener su ritmo sin ponerse a dar pequeños trotes cada tanto. - Un pensamiento interesante. Debo decir que lo comparto -. Siguió caminando, ahora a un ritmo menor, pero era la propia Bel-Nadin quien había aminorado el paso. - No se puede intentar controlar la naturaleza, ella es quien nos permite usarla y cuidarla -. Entonados los sentidos: plantaciones, recolección, caza, habitar entre sus peligros, todo estaba bajo la visión y el juicio de lo natural.

Giró su rostro para ver a la mujer mientras hablaba, de nuevo mirándola desde abajo. Los pensamientos de alguien nuevo, una pregunta difícil de contestar, a la vez que tan simple que podría darle miles de respuestas. Sus ojos se encontraron, el tono celeste cielo que compartían en estos le recordó una época más tranquila, lo hizo alejar cualquier pensamiento que no fuera el de una respuesta clara y sincera. - Si se me permite responder… -. Dejó de ver a la mujer y sus ojos se centraron en el camino delante de ellos, en las plantaciones a su alrededor. - No me es posible calcular la cantidad de alcohol que saldrá de algo así, puedo prepararlo, pero no manejar cálculos tan grandes -. Siguió avanzando, sin alejarse de ella, pero marcando el ritmo por primera vez en el día. - La disposición y la cantidad, bueno, siempre supongo que los empresarios conocen cuánto y cómo deben preparar sus recursos para hacer funcionar su negocio, sobre todo uno tan importante como lo es su padre -. Unos cuantos halagos no venían de más. - Mis pensamientos… podría decirse que son más de asombro que otra cosa -.

Se detuvo luego de adelantarse un par de pasos, levantando uno de sus brazos para atrapar con cuidado una hoja traída por el viento entre sus dedos. - Viví en la naturaleza un tiempo, mi maestro me enseñó a valerme en ella, a aceptar y agradecer lo que trae, a no ser codicioso. Cuando veo cosas así… -. Ahora sus dos brazos se extendieron, intentando demostrar que se refería a la plantación entera. - Me recuerda a mi hogar, me recuerda a la unión de las personas con la naturaleza, a la capacidad de entenderla y adaptarse a eso, de ofrecerle lo que desea para obtener algo a cambio -. Sonreía mientras cerraba sus ojos, capturando el aire en sus pulmones sin apuro, dejándolo salir por su boca con la misma calma que como entró. - Es como un pacto, y es sorprendente que alguien pueda entender la tierra a ese nivel -.

Volvió a abrir los ojos, ahora mirando hacia el frente. - Pero, ese es solo mi pensamiento -. Se giró nuevamente, buscando la mirada de la mujer con la suya propia. - ¿Eso satisface tú curiosidad? -. Le extendió la mano, no para que la tome, aunque así pareciera, sino más bien en un gesto de espera, uno que buscaba decir “¿me seguirías acompañando?”. No estaba ahí por la viña, tampoco por el dinero, esto no era parte de su trabajo. - ¿Podría pedir que me sigas enseñando cosas tan interesantes y hermosas como esta? -. No perdió el toque elegante en sus palabras, pero tampoco dejó que la palabra “usted” o “señorita” saliera por sus labios, así como ella lo pidió.

Esperó a la respuesta ajena, para seguir recorriendo el lugar con su compañía, y fue hasta entonces que habló. - Tengo una pregunta, si es que se me permite preguntar algo así -. Ahora quería ser él quien preguntara algo, para no cargar el peso de la palabra solamente en ella. - Aunque no tienes que… no debe contestar si no lo desea -. Cambió sus palabras al ver como dos trabajadores del lugar se acercaban por el mismo camino que ellos, por el lado contrario. Dejó que ambos hombres pasen a su lado sin problema ni apuro, solo entonces volvió a abrir la boca. - ¿Qué tan afortunado soy al haber recibido una invitación así? -. 

Una pregunta audaz, sobre todo con lo que agregó a continuación. - No me refiero al trabajo, se qué no es algo para cualquiera, por lo que me eligieron gracias a mis capacidades. Habló de este momento, de tú… -. Miró a varios lados antes de seguir, asegurándose de que no hubiera nadie más para usar las palabras correctas. - De tú ofrecimiento para mostrarme el lugar, ¿es simple cortesía o acaso quiere saber algo de mí? -. Su tono era seguro, calmado, no había orgullo o una duda resonante en su voz, sentía curiosidad sincera. - No hay nada de malo en que esto sea solo una rutina que suelen hacer ante invitados o recién llegados, simplemente me gustaría saberlo -.

Como si el mundo estuviera en contra de que el muchacho pudiera saber la respuesta, algo lo interrumpió. Un grupo de trabajadores, de nuevo avanzando hacia ellos, terminando una parte del trabajo, todos agradecidos por poder tener un descanso ante tanto calor. - Parece que el almuerzo se acerca -. Eso significaba muchas cosas, pero también significaba que en un par de horas debería volver a cocinar, ahora para terminar de preparar las cosas para esta noche.
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#7
Decidí no responder de inmediato.

A veces, algunas respuestas pierden peso si se entregan  demasiado rápido y no porque sus palabras me hubieran tomado por sorpresa. Dejé que el silencio se acomodara entre nosotros, lo justo como para que no resultara incómodo, pero sí perceptible. Ese tipo de pausa que obliga al otro a preguntarse si dijo algo de más… o de menos.

Las viñas seguían su curso indiferente a nuestro intercambio. El viento arrastró un poco de tierra seca, el sol caía sin piedad y, a lo lejos, el murmullo del trabajo recordaba que nada se detenía solo porque dos personas estuvieran conversando. Me gustó esa idea: la intimidad no como aislamiento, sino como elección consciente.

Pasé los dedos por una de las hojas cercanas y la giré con cuidado, observándola a contraluz. El gesto no fue casual. Había visto cómo él hacía lo mismo minutos antes, con esa atención que no es técnica ni calculada, sino aprendida. Hay quienes miran la tierra como un recurso. Otros como algo que hay que dominar. Y, muy de vez en cuando, aparece alguien que la observa como si todavía estuviera dialogando con ella. Ese tipo de mirada no se improvisa.

— La mayoría cree que conocer un lugar es caminarlo — dije al fin — y no. Caminar es sencillo. Lo difícil es entender cuándo avanzar… y cuándo quedarse quieto. Es todo un tema.

Retomé el paso, apenas más lento, no para facilitarle nada, sino para ver si sabía ocupar el espacio sin invadirlo.

— ¿Que si eso satisface mi curiosidad? — repetí, dejando que la pregunta se acomodara entre nosotros — Depende. Las respuestas sinceras rara vez la cierran del todo.

Apoyé apenas el peso sobre una pierna, dejando que el tajo del vestido hiciera lo que siempre hacía sin que yo tuviera que ayudarlo. No fue un gesto calculado, pero tampoco inocente. A esa altura, ya sabía que él miraba. No con descaro, pero tampoco con la ingenuidad de quien no registra lo que tiene enfrente.

— Qué pregunta complicada para algo que empezó siendo tan simple — dije con una media sonrisa que no terminaba de aclarar nada.

— No suelo hacer de guía — añadí — No porque no pueda, sino porque casi nadie sabe qué hacer con lo que ve cuando se sale del recorrido bonito.

Fue entonces cuando lo miré de nuevo, justo cuando extendía la mano. Observé el gesto con la misma atención selectiva con la que lo había observado todo desde que salimos de la casa. No era una invitación torpe ni una exigencia. Era una espera. Eso, al menos, jugaba a su favor.

Pasé con suavidad los dedos por el dorso apenas, lo suficiente como para marcar presencia sin cerrar el gesto, y avancé un paso para continuar la caminata, quedando a su lado. Emparejar no siempre significa igualar.

— Si querés que te siga mostrando cosas así — continué — no va a ser porque me lo pidas bien, sino porque sepas mirar sin querer apropiarte.

Seguimos avanzando, dándole espacio a que Uker llevara su propio ritmo.

Entonces, unos trabajadores aparecieron desde una de las hileras laterales, cargando herramientas, transpirados, la piel curtida por el sol.

No los miré enseguida. No hacía falta. Sabía perfectamente cómo se veía la escena desde afuera: la hija del dueño, vestida como si la noche ya hubiera empezado, caminando entre las viñas con el cocinero nuevo. Nada escandaloso. Nada incorrecto. Todo perfectamente interpretable… según quién mirara.

— Buen día — saludé sin detenerme — ¿Cómo va eso?

Se enderezaron al verme — Bien, señorita Asherah. Ya casi terminamos este sector.

— Me alegro — asentí — Tomen agua. No quiero a nadie descompuesto antes del almuerzo.

El agradecimiento llegó casi en coro. Esperé a que pasaran antes de seguir hablando. No por discreción, sino porque algunas palabras funcionan mejor cuando no tienen testigos.

— Mi padre no los trata mal — dije, como si pensara en voz alta — No confunde autoridad con desprecio. Pero tampoco se toma el tiempo. Para él, mientras el trabajo se haga, el resto es accesorio. Es todo un tema.

Me encogí de hombros, sin dramatismo.

— A mí me interesa otra cosa. Saber quiénes son, cómo piensan, qué los mueve. Los negocios no se sostienen solo con números. Se sostienen con personas. Y la gente responde mejor cuando siente que existe.

Incliné apenas la cabeza, evaluándolo con disimulo. No su cuerpo. No su cara. Su manera de estar ahí.

— Además — añadí — siempre es útil saber con quién se puede hablar… y con quién no conviene perder tiempo.

Di un paso hacia un costado, dejándole el camino libre por un segundo. No para alejarlo, sino para ver si entendía que no todo ofrecimiento viene con instrucciones claras.

— En cuanto a qué tan afortunado sos — dejé escapar una risa breve, suave — eso depende del día. Y del tipo de suerte al que estés acostumbrado.

No lo miré de inmediato. Dejé que la frase caminara con nosotros.

— De todos los que están trabajando ahora — continué, bajando un poco la voz — sos el más joven. Y también el que menos encaja del todo.

Una pausa.

— Eso te vuelve interesante. Y, siendo sincera, también el más cercano a mí. No por jerarquía. Por edad... por "margen de error".

Me detuve en un claro pequeño entre las hileras. El sol caía de lleno, marcando sombras irregulares sobre la tela clara del vestido.

— Y sí — añadí, con una sonrisa tranquila — sos guapo. Sería absurdo fingir que no lo noté. Pero no te confundas: eso no suma ni resta demasiado. Solo explica algunas miradas.

El calor apretaba, pero no me incomodaba. El tiempo seguía avanzando. El almuerzo se acercaba, y con él las obligaciones, los horarios, las jerarquías claras. Todo eso volvería a su lugar en unas horas.

— Parece que te van a reclamar pronto — dije — y no pienso robarte demasiado tiempo, como lo había prometido.

Di un paso, quedando apenas delante suyo.

— Esto — señalé alrededor: la viña, el camino, el momento — no fue trabajo. Fue una conversación. Y las conversaciones que valen la pena siempre se retoman.

Reanudé la marcha sin mirarlo.

— Si querés seguir — dejé caer — seguí. No porque te lo pida, sino porque te nazca.

El sendero continuaba, pero ya no se internaba más en las viñas. Giraba con suavidad, casi sin notarse, enfilando otra vez hacia la mansión. El mismo camino, otra dirección.
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#8
Las palabras de la gigante llegaron atrasadas, como si ella misma quisiera matarlos de curiosidad. “¿Habré dicho algo mal? Tal vez no era el tipo de respuesta que quería, debería haber dicho eso o esto otro…” Sería normal para cualquiera pensar cosas así ante el silencio que se formó entre ellos, pero no en la mente del cocinero. Ella le había pedido que le responda, él había sido sincero, nada de significados ocultos, nada de mentiras escondidas bajo palabras bonitas. Su actitud y habla no buscaban nada de ella, más que la seguridad de que no iban a despedirlo, y tal vez fue por eso que la lunarian le parecía tan intrigante.

Sentía eso mismo venir de ella. No existía indiferencia entre los jóvenes, pero claramente no buscaban nada del otro más que una pequeña charla con alguien parecido a ellos. - ¿Qué nadie sabe qué hacer? Supongo que no estarán preparados para ver algo por detrás de su apariencia -. Se llevó la mano al mentón mientras volvían a avanzar por el camino, ahora a un paso menor, pero claramente guiado por quien no conocía el lugar. - Aún así, lo hermoso no tiene porque solo estar en lo visual -. Ya lo había dicho antes, lo interesante de lugares así era la capacidad de comprender aquello que no todos pueden, de hacer buen uso de ese conocimiento y de mantenerlo con el tiempo.

- ¿Apropiarme? -. Rio un poco por lo bajo con la idea, dejando salir una sonrisa. - No es mi idea, no soy de los que quieran obtener secretos o detalles para dominarlos. Simplemente me gusta tomar un descanso del trabajo, y me gusta aún más poder charlar tranquilamente con alguien -. Fue ahí que los trabajadores se hicieron presentes, en el lugar. Ella los trató con respeto, como aquel que cuida de un cuchillo que lo acompaña por muchos años. No eran herramientas, no eran peones, al menos así pensaba que los veía la mujer, lo que lo hizo sonreír aliviado.

No esperaba algo especial de él, no era diferente a otros.

Fue cuando ella volvió a hablar que el pelinegro volvió a verla a la cara. Tal vez se le habían pegado costumbres de su padre, tal vez la habían educado para pensar así, pero escucharla hablar de esa manera sobre sus trabajadores lo hacía sentir tranquilo. - Muchas veces es difícil hacerle entender a alguien que es tomado en cuenta, pero veo que esos hombres lo saben y le están agradecidos -. No habría tenido problemas si es que solo lo llamaban para este trabajo y nadie lo miraba, si solo lo hacían cocinar y nada más. Estaba ahí por trabajo, no por conocer gente ni hacer buenas migas con nadie, pero aún así la joven de la familia le había demostrado respeto y curiosidad. - Supongo que eso significa que al menos puedes hablar conmigo -. Remató, a forma de chiste usando lo dicho por la mujer.

La cosa se calmó aún más, si es que eso era posible, la voz de la mujer bajó unos tonos y el mismo ambiente los recibió con calma y pocos ruidos de fondo. - Asumo que no es común tener un trabajador tan joven -. A cada lugar al que iba le decían eso mismo, que no entendían como podía ser así siento tan joven. No solo por su dominio de lo culinario, sino por su entrega, su capacidad de tomar decisiones, de asumir responsabilidades.

- ¿Miradas? -. Su vista se alzó, hacia el cielo, hacia el mismo sol que amenazaba con quemarle la piel. Tuvo que poner su mano sobre sus ojos para al menos poder ver un poco en esa dirección. - ¿Qué miradas? -. En verdad no estaba al tanto de que estaba hablando la muchacha. Había dicho que era guapo, cosa que podría haberlo descolocado si no hubiera seguido con ese comentario de unas miradas desconocidas para él.

Las palabras de la lunarian volvieron a ser tan claras como antes. Conversaciones que se retomaban, decisiones, jerarquías que debían seguir. El muchacho con el mechón blanco solo pudo sonreír mientras la veía. - Suena que podré pedirte otra charla de estas -. Si, era justo eso.

Ella se adelantó a seguir por el camino, él, por su parte, se quedó un momento parado ahí, sonriendo. Estaba nervioso en cuanto llegó, pensando que tal vez debería fingir demasiado su buena actitud ante ricachones sin conocimiento del mundo. Grata sorpresa fue encontrar a alguien como Asherah en ese lugar. Tras esos segundos de meditación, sus piernas lo llevaron de nuevo junto a la mujer, buscando recorrer el resto del camino con ella. - No te preocupes. Tú misma dijiste que esto no es trabajo, así que no me robaste tiempo ni interferiste en mi labor -. Le dio una sonrisa confiada al hablar. - Sé bien cuándo debo volver a trabajar, aún tengo algo de tiempo, así que me gustaría disfrutar los últimos minutos de esta charla -.

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- Aunque luego vamos a tener más, ¿no es así? -
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