A la caza de la cena
#1
El sol brillaba en la costa, las nubes, aunque escasas, se veían en el cielo, blancas y esponjosas, alguna incluso se atrevía a poner en la trayectoria de la luz solar, dando momentos fugaces de sombra durante su carrera por la cúpula celeste, ahora encendida, radiante y perfecta. Las olas rompían en la orilla con un sonido arrullador, relajante incluso, la temperatura era agradable, ni demasiado frío ni demasiado calor, además de cuando en cuando soplaba una brisa agradable que refrescaba el ambiente. 

Era un día perfecto para beber ron tumbados en la plata ajo una sombrilla, o para jugar con la arena cerca del mar, pero a mi me apetecía poco estar cerca del agua del océano, desde que comí aquella fruta de dudoso aspecto, tenía la sensación de que podría hacerme mas mal que bien. Aclaro que no era cualquier agua, me duchaba y me bañaba en ríos y no tenía problema alguno, pero el líquido marino... Me daba muy mala espina. Prefería evitarla, así que organicé una excursión por la isla para ver si encontrábamos víveres que nos ayudasen a sobrevivir durante nuestra estancia, sería un reto duro, ya que no conocía ni la fauna ni la flora de esta tierra, así que tendría que tener cuidado de no coger nada venenoso. Por suerte para mi empresa, la botánica de confianza de la tripulación me acompañaría, o al menos eso decía ella que era, yo no lo tenía especialmente claro. 

Ya siendo mas o menos las diez de la mañana esperaba a Alana en cubierta, listo para desembarcar con unos cazamariposas y un gorro de explorador, todo aderezado con una sonrisa de oreja a oreja y la mirada de un niño pequeño. -Vamos pequeña amiga, el mundo nos espera.- Señalé a la jungla que teníamos detrás, imponente y salvaje.-Hay que explorar lo inexplorado.- Dije poniendo una pose heroica mientras uno de los cazamariposas se me caía. Había oído rumores de esa isla: Little Garden, tierra de reptiles del pasado; solo por esa descripción me llenaba de ilusión, pues desde niño me encantaban esos animalejos. 

¿Cómo de grandes serían? Si Larry pertenecía a esta región, podía pensar que mas o menos de su envergadura, ¿o quizás mas altos? ¿Serían amistosos? Larry lo era, no había razón para pensar lo contrario. Pero la duda más importante que me pasaba por la cabeza era: ¿A qué sabrían? Obviamente no iba a catar a mi mascota, pero si cazaba un par de saurios... No me daría tanta pena probar su carne. No solo eso era lo que me interesaba, también quería probar los frutos que aquellos extraños y prehistóricos árboles daban, al igual que quería maravillarme con los paisajes que aquella selva podía brindarnos, claro, pero no escondería mi gula por los demás factores. 
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#2
Nueva isla. Little Garden. Hacía días que habíamos dejado atrás Whisky Peak. Little Garden tenía tanto que contar pero que a simple vista a veces no se notaba, aunque en el caso de la Mano Vacía tuvimos la buena fortuna de ver lo que no es evidente al principio. En aquella nueva isla el sol brillaba con calidez, el cielo era limpio, y la brisa que llegaba desde el interior de la isla arrastraba aromas húmedos, verdes, antiguos. Aún recordaba a ese ser dándonos la bienvenida desde el barco. Todo estaba demasiado bien colocado en aquel inmenso jardín, como un decorado que se sostiene solo mientras no lo miras de cerca. Lo sentí en cuanto puse el pie fuera del barco: presión sutil en el pecho que aparecía cuando la naturaleza pasaba a ser territorio de algo mucho más poderoso.

La vida se abre camino.

La jungla no solo estaba viva, estaba creciendo. No en el sentido habitual, sino con una voracidad silenciosa. Hojas enormes, troncos retorcidos, sombras densas que no parecían depender del sol para existir. Igualmente animales enormes que devoraban esas hojas enormes, y a su vez otros animales aún más grandes que se comían a los segundos. Cada planta parecía reclamar espacio, como si compitieran entre ellas desde hacía siglos sin que nadie hubiese intervenido jamás; pero estos seres las pisan sin mucha pena. Aquello no era una isla incivilizada; era un mundo que había aprendido a detenerse.

Mientras Han hablaba, yo le escuchaba a medias. No porque no me importara, sino porque mi atención estaba fragmentada, saltando de detalle en detalle: la forma en que la arena cambiaba de textura al acercarse a la vegetación, la ausencia de pájaros pequeños, el silencio interrumpido solo por sonidos lejanos, graves, demasiado profundos para pertenecer a criaturas normales. Dinosaurios. La idea aún me era absurda pero después de diseccionar a uno, ¿cómo podía seguir pensando en lo absurdo? Si aquella isla había quedado aislada del mundo durante el tiempo suficiente, si la flora se había quedado atascada en el tiempo, la fauna no tendría por qué ser distinta. Eso explicaría el tamaño de los árboles, la resistencia de los tallos, la humedad constante. Un ecosistema diseñado para soportar peso. Mucho peso. ¡Que emoción! Me incliné, examiné una rama caída. La madera estaba blanda por fuera pero sorprendentemente densa en el interior. Todo en aquella isla parecía hecho para sobrevivir a algo grande.

Pensé en la tripulación. En lo poco preparados que estábamos para un entorno así. No debía ser demasiado difícil salir ardiendo de todo aquello con Lan a nuestro lado. ¿O quizás eso sería exceso de preparación? Debíamos ir con los ojos más abiertos. En esta isla no parecía ser que fuesen a llegar falsos jornaleros a amenazarnos a punta de pistola pero quién sabía qué tipo de dinosaurios podríamos tener que hacer frente. Allí todo parecía una preciosa trampa demasiado verde.

No sentía miedo todavía. Sentía expectación tensa. Como si el suelo bajo mis pies fuese inestables… Solo podía esperar que efectivamente lo fuesen—. Mentiría si dijera que no tengo curiosidad por saber qué más demonios crecen ahí dentro.

Sabía que avanzarían algunos en cuanto nos escuchasen. Y nosotros, después de nuestro paso por el anterior destino, seguro que no nos conformaríamos con unas cuantas verduras. Así que me ajusté mi equipo, respiré hondo y dejé que mis sentidos se afinaran, más aún el olfato.

Suspiré, cruzándome de brazos—. Escucha —dije al fin, señalando la jungla—. Podemos buscar víveres, sí. Y observar fauna. Incluso… cazar —la palabra me salió con cuidado, sabiendo que quizá no sería la idea favorita de Han—. Pero después de nuestra última aventura, te dejo decidir a ti.

Lo miré directamente entonces, seria. Intuía que aún no me perdonaba del todo por los balazos que recibió por mi maravillosa idea. Ahora bien, hice una pequeña puntualización:— Te dejo decidir a ti pero no pienso convertirme en fertilizante jurásico —dicho eso, di un paso hacia la selva. Comprobé que llevaba cuchillo y cuerdas, y asentí—. Vamos, valiente explorador heroico. Eso sí, recuerda que si ves algo con más de dos filas de dientes… me avisas antes de intentar darle un mordisco. No creo ser yo la única que tiene malas ideas.
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#3
Yo estaba mas que decidido a explorar estas nuevas tierras, nuevas para mi al menos. Sin embargo, Alana se mostraba mas reticente a apreciar la naturaleza de aquellos hermosos parajes, le preocupaba convertirse en el plato gourmet de alguna alimaña mal avenida. No era para nada de extrañar, con su tamaño habría tenido que enfrentarse a ese problema durante muchas veces en su vida, si es que no le seguía pasando, claro. -Descuida, pequeña, con tu absurda fuerza dudo que nada lograse comerte sin que tu lograras partirle los dientes.-  Hice un gesto con la mano y negué con la cabeza para quitarle importancia a las preocupaciones de la mujer.

Aquella mujer era fuerte, realmente fuerte, tenía más fuerza bruta que yo desde luego, aunque ese no fuese un baremo demasiado alto, la verdad. No obstante, no invalidaba lo que pensaba de ella, pues le había visto noquear a personas que la quintuplicaban en tamaño, lo que no entendía es que tuviese tanto miedo al entorno, si yo me sentía mas seguro yendo con ella que solo "Esta claro que todos cojeamos de algún trauma." Pensé mirándole de reojo en mi hombro mientras caminaba por la arena para adentrarnos en el corazón de la jungla. 

Densos helechos que tenía que quitar con la mano como si fuera una tupida cortina, árboles tan anchos que no podrían abrazarse por una ola persona y con una copa tan alta que se desvanecía entre la espesa niebla que se formaba en el interior, debido a la humedad que toda la vegetación retenía, la tierra estaba blanda al inicio, sin demasiadas piedras por el camino, aunque si muchos trozos de corteza regados por el suelo gracias a las mudas de las secuoyas, el césped desaparecía ante las sobras de los árboles, como si sus hojas formasen un manto celestial que les protegía de aquella planta forrajera. El aire se notaba viciado, pesaba al respirar, y la luz del sol era solo fisible en algunos puntos donde las hojas le dejaban pasar, no es que estuviésemos a oscuras, pero desde luego no podíamos ver al astro rey en el cielo, ni tampoco es que llegásemos a ver el cielo con aquella niebla que parecía un nubarrón inmenso sobre nuestras cabezas. Hacía un calor casi asfixiante en el interior de la selva y podían oírse el ruido de diversos animales desconocidos para mi. 

No podía evitar detenerme a mirar y observar cada planta, cada insecto, cada palmo de tierra, diantres, si hasta las rocas eran interesantes allí. -Mira Alana, seguro que bajo esos árboles encontramos setas.- Le dije mientras señalaba el lugar y corría como un niño pequeño hacia el destino marcado. Me agaché para escarbar en la tierra, sacando un champiñón gordo y orondo de un color apetecible para cualquiera. -¿Ves? ¿A que ha sido buena idea venir juntos para recolectar ingredientes?.- Me giré hacia ella cuando pregunté, mostrando gran ilusión en mi rostro, con los ojos iluminados y una amplia sonrisa en la cara. Seguimos caminando un rato, no demasiado, quizás unos diez minutos; recogiendo algunas plantas, hongos, frutas, hasta una piedra de sal que encontramos entre las rocas, pero aún faltaba lo mas importante, aquello que, aquello que a mi tripulación mas le gustaba de todos los grupos alimenticios, la carne. 

Ya pasada media hora detuve mi caminata y me senté a la sombra de un árbol, abrí aquel zurrón que ya tenía al menos una historia y observé su interior.-Bueeeno, parece que esto es mas que suficiente. Ahora debemos cazar a algún animal para que podamos cocinarlo y comérnoslo.- Miré hacia los lados buscando alguna presa que pudiese saciar mi hambre y la de los demás, pero no encontré bestia alguna que sirviese para satisfacernos, de hecho... No había visto ningún animal por el camino. "Deben estar ocultos por nuestra presencia" Medité mientras jugaba con la tierra con los pies, la verdad es que aquella tierra cálida y húmeda era muy agradable de pisar descalzo. Posiblemente fuese por el número, al ser varios los animales se verían mas intimidados, aunque sentirse intimidado por Alana sin conocerla... Se me antojaba complicado, pero no imposible. Quizás deberíamos dividirnos para buscar y cazar algo.- Le dije a mi compañera mientras me llevaba un dedo al mentón de manera meditabunda. 
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#4
Observé la escena con una ceja alzada y los brazos cruzados, un poco reticente a que Han se acercase a lo loco a las plantas, sin saber bien qué efectos podía tener cada una. Me quedé apoyada sobre una raíz tan gruesa como una muralla para alguien de mi tamaño. Han casi correteaba entre árboles gigantes, emocionado por unas setas; era una imagen que rozaba lo surrealista incluso para Little Garden. Surrealista y divertida.

— Míralo… —murmuré para mí—. El único hombre capaz de entrar en una jungla prehistórica llena de depredadores colosales y emocionarse como si hubiese encontrado cromos raros.

Cuando lo vi agacharse y empezar a escarbar la tierra, di unos pasos hacia él con cautela, clavando la mirada en el champiñón que emergió del suelo. Era grande, sí. Demasiado grande. Y ese color… ese color gritaba “error evolutivo” pero a primera vista no parecía tóxico—. Ajá —dije, inclinando la cabeza—. Precioso. Carnoso. Sospechosamente perfecto.

Me acerqué un poco más, lo olfateé y fruncí el ceño—. Ten cuidado, no sea que encuentres una que acabe dándote visiones místicas o de matarte en tres horas. No hay término medio.

Cuando Han se giró hacia mí con esa sonrisa orgullosa, suspiré, llevándome una mano a la frente—. No digo que haya sido mala idea venir juntos —le concedí—. Digo que, si empiezo a hablar con los helechos o a ver dinosaurios que no existen… será culpa tuya y de tus setas felices.

Bromeé con las setas y los efectos que podían tener algunas. El rato que siguió fue casi… agradable. Extrañamente agradable. Ayudé señalando plantas que no parecían querer matarnos activamente, separando hojas con una ramita antes de tocarlas y vigilando cada rincón con atención paranoica, obsesiva. La jungla seguía siendo opresiva, húmeda, ruidosa, pero al menos estábamos haciendo algo más útil que simplemente esperar a ser devorados. Cuando encontramos la piedra de sal, la miré como si fuese un tesoro.

— Vale, esto sí es una victoria —admití—. Si morimos aquí, al menos moriremos bien sazonados, perfectos para los dinosaurios.

Pero entonces Han habló de la carne. Me quedé quieta. Demasiado quieta. Miré alrededor lentamente, analizando la espesura, las sombras entre los árboles, la ausencia inquietante de animales visibles. Mis labios se apretaron en una línea fina, atenta a su sugerencia. Cuando sugirió dividirse, giré la cabeza hacia él con una sonrisa ladeada que mezclaba determinación y una pizca de algo salvaje—. Separarnos es mala idea —empecé, parecía que nunca estaríamos de acuerdo en algo. Hice una pausa antes de continuar hablando— …pero es la mejor mala idea que tenemos. Si nos quedamos juntos, no se acercará nada. Si nos separamos, algo saldrá de la espesura. Y si sale… —mis ojos brillaron— …me aseguraré de que no vuelva a levantarse. Tú busca algo que no te coma primero. Yo me encargo de atraer lo suficientemente grande como para alimentar a todos.

Sonreí, mostrando los dientes. En otras palabras: yo cazaría más y mejor que él. ¿Por qué? Tan solo porque yo lo decía; por llevarle la contraria, por retarle—. Y no te preocupes. Si gritas muy fuerte, te oiré e iré a rescatarte, Dulcinea —como una salvadora de brillante armadura.

Y así la jungla se cerró detrás de mí, dejándome sola, como si la propia espesura supiera que esa era la mejor de las situaciones para ella. Apenas di unos pasos lejos del claro donde nos habíamos separado, el mundo cambió de textura. No era solo que la vegetación fuese más densa: era que todo parecía más antiguo, más pesado, como si cada hoja hubiera crecido sin prisa durante siglos y ahora se negara a apartarse para nadie. Los helechos, aquellos que Han había observado con admiración, se elevaban como abanicos gigantes, las lianas colgaban desde lo alto formando cortinas irregulares, y los troncos… los troncos eran absurdos. Columnas de madera viva, tan anchas que dudé de que siquiera diez hombres dándose la mano lograrían rodearlos. O eso creía desde mi perspectiva. El aire era espeso, húmedo, cargado de olores superpuestos. Tierra caliente, savia dulce, hojas podridas, algo animal, algo metálico.

— Odio esto —murmuré, avanzando con cuidado—. Lo odio profundamente —volví a quejarme.

Mis botas se hundían ligeramente en el suelo, que no era tierra firme sino una mezcla blanda de barro, raíces y restos orgánicos acumulados durante quién sabía cuántos siglos. Cada paso producía un sonido húmedo, un chof bajo que me ponía los nervios de punta. Aquí no existía el silencio verdadero: siempre había algo. Insectos zumbando con un tono grave, como motores lejanos. Chirridos agudos entre las copas. Un crujido ocasional que no pertenecía al viento.

La luz apenas llegaba. El sol existía, lo sabía, pero estaba filtrado por capas y capas de hojas enormes que dejaban pasar solo fragmentos irregulares, haces de luz oblicuos donde el polvo y el polen flotaban como motas doradas. Todo lo demás era sombra verde, marrón, negra. Sombras que se movían incluso cuando yo no lo hacía. Avancé despacio.

Un rugido resonó a lo lejos. No cercano, pero sí lo bastante profundo como para vibrarle en el estómago. Me detuve en seco, con una mano apoyada en el tronco de un árbol cubierto de musgo. El sonido no fue seguido de nada más, solo el eco perdiéndose entre la espesura, pero bastó para recordarme dónde estaba.

— Bien —susurré—. Dinosaurios. Genial. Exactamente lo que necesitaba hoy.

Seguí adelante. Cuanto más me adentraba, más notaba que el terreno cambiaba. La vegetación baja se volvía más escasa, aplastada por el paso de criaturas enormes. El suelo mostraba marcas profundas, surcos irregulares llenos de agua estancada. Huellas. Algunas tan grandes como cuatro yo. Me agaché junto a una de ellas, apoyando la mano en el borde—. Herbívoro —deduje por el estado de las plantas—. Pesado. Mucho peso. Y reciente.

El agua aún no estaba completamente turbia. Las hojas caídas flotaban, algunas mordidas. Eso significaba que la criatura no andaba lejos. Me incorporé con una sonrisa lenta, peligrosa. El bosque comenzó a abrirse ligeramente, dando paso a una zona más clara, una especie de claro natural donde los árboles estaban más separados y el suelo se cubría de plantas más bajas y resistentes.

Y entonces lo oí. Un sonido rítmico. Grave. Constante. Munch. Munch. Me deslicé hasta el borde del claro, agachada, usando una roca cubierta de líquenes como cobertura. Asomé apenas la cabeza. Allí estaba.

El dinosaurio era enorme incluso para los estándares absurdos de la isla. Un Parasaurolophus para los entendidos (que no es mi caso), reconocible por la cresta alargada que se curvaba hacia atrás como una trompa pétrea. Su piel era gruesa, cuarteada, con patrones de verdes apagados y marrones terrosos que lo camuflaban perfectamente entre la vegetación. Cada vez que daba un paso, el suelo temblaba ligeramente, aunque para mí era como un terremoto escala 7. Cada vez que masticaba, el sonido era húmedo, lento, satisfecho.

Parecía tranquilo. Tal vez cansado. Eso último podía hacerme jugar con ventaja. Se movió. Tensé las piernas y entonces ataqué. Salí disparada desde la cobertura, una mancha de movimiento rápido y decidido. El Parasaurolophus reaccionó tarde: giró la cabeza, soltó un bramido profundo que sacudió el aire, y dio un paso atrás… justo cuando usé una raíz sobresaliente como trampolín. Salté. El mundo se ralentizó durante un instante. Vi la textura de la piel, las pequeñas cicatrices, el movimiento de los músculos bajo la carne. Giré el cuerpo en el aire y descargué toda su fuerza en un golpe preciso contra la articulación de la pata trasera. El impacto resonó como un trueno seco. El dinosaurio chilló, perdió el equilibrio y cayó de lado con un estruendo monumental. El suelo tembló por última vez. Una bandada de criaturas aladas salió disparada de las copas con gritos agudos.

Yo caí rodando, me incorporé de inmediato y volví a lanzarme antes de que la bestia pudiera reaccionar. Golpeé de nuevo. Y otra vez. Siempre en el mismo punto. Metódica. Brutal. Finalmente, el cuerpo dejó de moverse. El claro quedó en silencio, roto solo por mi respiración agitada—. Vale… —dije al fin, con la voz quebrada por el cansancio—. Ahora viene la parte más pesada.

Observé el cadáver. Era gigantesco. Un triunfo… y un problema logístico. No era la primera vez que cazaba para sobrevivir. Me apenaba, por supuesto, pero más pena me daría yo misma si por ética acababa muriendo de hambre.

Agarré la pata trasera con ambas manos, clavé los talones en el barro y tiré. Los músculos se me tensaron. El cuerpo me vibró. El dinosaurio se movió. Apenas unos centímetros, pero suficiente. Sonreí, jadeante. Centímetro a centímetro, comencé a arrastrarlo fuera del claro, dejando un surco profundo en el suelo blando.

Primera víctima atrapada. A por la siguiente. ¿Cómo le iría a Han?
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#5
Alana, como siempre pesimista, terminó aceptando que era la mejor idea que teníamos para conseguir cazar algún animal, normalmente, los animales herbívoros se escondían, incluso muchos eran nocturnos para evitar depredadores, por lo que ir en grupo llamaba demasiado la atención para ellos. No había otra manera, por mucho o poco que le gustase a la pequeña tonttata. 

Cuando al fin accedió a llevar a cabo mi plan le sonreí con alegría. -Pues claro mujer ¿Qué es lo que podría pasar?.- Dije mientras movía la mano de lado a lado para quitarle importancia a sus palabras de temor. Ella no perdió la oportunidad de bromear sobre mis pocas capacidades de combate, explicándome que estaría alerta por si necesitaba su auxilio. -No te preocupes anda. Tu ten fe.- Dije mientras le sacaba un pulgar y me alejaba del lugar en busca de algún animalillo descuidado. No estaba demasiado preocupado, la verdad, si todos los animales de esta isla eran tan inteligentes como Larry no debía ser demasiado complicado engañar a alguna presa y darle caza, 

Caminé por un rato, mirando por los alrededores sin hacer ruido alguno, en esto del sigilo alana tenía una gran ventaja, era más difícil de ver con su reducido tamaño, por mi parte no encontraba nada, oía ruidos que seguía pero los animales eran mas veloces que yo al parecer. Moverse por un entorno desconocido no era una tarea sencilla, yendo por tierra estaba claro que no lograría nada, suspiré profusamente de desilusión. -Aaais...- Mis hombros cayeron hacia delante formándose una chepa en mi espalda. -Tiene que haber alguna manera de ver entre tanta vegetación...- Miré curioso a los alrededores, pero solo veía helechos y plantas enormes, a la par que innumerables árboles. -Maldita sea, con tanto árbol no encuentro una ruta.- En ese momento caí en la cuenta, abriendo los ojos de par en par mientras miraba una secuoya.- Pues claro.- Me dije mientras chasqueaba los dedos y mi habitual sonrisa volvía a mi rostro. Me acerqué al árbol más próximo y, cual mono digno de rivalizar con Ukiki, comencé a trepar por su gruesa y rugosa corteza, aprovechando cada nudo en la madera y cada grieta en la cáscara. No fue la escalada mas sencilla, pero tampoco la mas exigente, terminé llegando a una de sus gruesas y vigorosas ramas cubierta de musgo y liquen, su tacto caliente, húmedo y blando era muy agradable, pero mas importante, cubría el ruido de mis pisadas. La vista desde arriba era mucho mas imponente, aquella selva era majestuosa, rebosante de vida y energía, cada respiración que se daba allí te llenaba de vitalidad, salté un rato de rama en rama, dejando un poco de lado mi objetivo principal para apreciar toda la belleza que tenía ante mi. 

La verdad es que perdí un poco el rumbo, pero, al final, el ser un simple observador dio sus frutos, pues logré encontrar a pie de suelo un extraño reptil que nunca había visto, su tamaño era mas o menos el mismo que el de Larry, por lo que daría una buena cantidad de alimento. Su aspecto era peculiar, era cuadrúpedo y tenía una gran protuberancia en su cabeza, parecía una especie de abanico que le nacía sobre la cabeza, como la cola de un pavo real, y tenía una formación dura y rígida en la punta de su nariz. Sonreí y bajé por el árbol con mucho cuidado, no quería asustarlo antes de tiempo, cuando llegué al suelo me acerqué por su trasera, con pasos lentos pero firmes mientras cerraba los puños y me preparaba para arrearle, pero algo hizo que me detuviese, no podía ser tan fácil. A unos pocos pasos de llegar a esa bestia sentí un fuerte resoplido en mi espalda, me detuve de golpe y, con lentitud y temor, miré hacia atrás, vislumbrando un reptil similar al que yo acechaba, pero su tamaño era como cinco veces mas grande, en ese momento lo entendí. "Oh... Mierda" Pensé al caer en la cuenta de que iba a por una cría y la madre, claramente cabreada, me había pillado. 

No recordaba los detalles del todo, pero sin saber muy bien como me encontré corriendo mientras ese saurio me perseguía a toda prisa, este espécimen adulto, además de aquella extraña cresta tenía dos enormes y robustos cuernos. -Mierda, mierda, mierda.- Decía mientras esquivaba ramas y saltaba raíces, huyendo despavorido hasta que el bicho se cansara de perseguirme por la selva. La persecución fue mas larga de lo esperado, mas de quince minutos corriendo de aquí para allá hasta perderlo de vista. -Ufff... Por un pelo...-  Pensé mientras me acercaba a otro árbol para sentarme a su linde para pensar en una nueva estrategia. Era impresionante ¿Tan embobado estaba que no escuché a tremendo mastodonte tras de mi? ¿Acaso es que no hacía ruido? ¿Cómo es que no había visto tremendo borrón visual? Era cierto que sus escamas eran de colores muy similares a la vegetación, pero... Era enorme. Esta había sido una llamada de atención, no podría ir tan libremente. 
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#6
No tardé en darme cuenta de que arrastrar un dinosaurio por Little Garden era una experiencia que nadie debería romantizar jamás. El peso era obsceno y aunque para mi tamaño, yo tenía una fuerza digna de mención, de verdad que no era algo que le desease a nadie, ni siquiera a mi peor enemigo. No era solo por la masa del animal, sino porque la jungla parecía oponerse activamente a cada metro que avanzaba. Las raíces se enganchaban en el cuerpo inerte, las lianas se tensaban como si quisieran reclamarlo y no dejarme avanzar con él arrastras, los árboles eran como columnas (algunos cedían y otros me obligaban a cambiar mi rumbo), el suelo se tragaba mis botas con cada paso, exigiendo tributo. Cada tirón era una negociación con la isla y por desgracia yo no iba ganando aquella batalla silenciosa. "Y yo nunca pierdo" me dije en mi cabeza, sin poder articular aún palabra por la fuerza ejercida, tanta que la tensión se denotaba en la propia boca.

— Vamos… vamos… —murmuraba entre dientes, inclinándome hacia atrás para aprovechar el peso del cuerpo—. No te pongas digno ahora, ya está, ya terminó tu reinado herbívoro. Deja que empiece el reinado de Alana…

El sudor me corría por la espalda, pegándome la ropa a la piel. El aire era tan denso que cada respiración parecía masticarse antes de entrar en los pulmones. Mis brazos ardían, los hombros protestaban, pero seguí. No por orgullo. Por pura terquedad. Little Garden no me iba a ganar hoy. O peor: Han no me iba a ganar.

Cuando por fin conseguí sacarlo y llevarlo hasta un claro y encaminarlo hacia una zona algo más abierta, me detuve un segundo, apoyando las manos en las rodillas. El silencio regresó poco a poco, ese silencio falso que siempre precedía a algo. Escuché mi propio pulso, rápido, insistente. Levanté la cabeza despacio, escaneando el entorno. Nada. O eso parecía. Al inicio bajé la guardia y me tranquilicé. Me paré para relajar los brazos, que aún ardían por el esfuerzo. Mis piernas amenazaban con tensarse de más e impedirme cualquier flexión de los tendones. Estaba forzando la maquinaria más de lo que debía.

Entonces me percaté de nuevo. Aún había calma. Nunca pensé que la calma pudiera alertar a nadie. Fruncí el ceño. La ausencia de sonido era casi peor que los rugidos. Ningún insecto, otra vez. Ningún crujido cercano. La jungla estaba… observando. Me incorporé del todo, girando lentamente sobre mí misma. El cadáver del dinosaurio seguía allí, enorme, expuesto. Un regalo. Un faro para depredadores.

— Genial —susurré—. Carnicería a cielo abierto. Ya podrías ser más pequeño, algo así como yo.

Decidí no tentar más a la suerte. Ajusté el agarre y continué, marcando el camino con el surco profundo que el cuerpo iba dejando tras de sí. A cada paso me preguntaba si Han estaría vivo, si habría encontrado algo comestible o si estaría teniendo una conversación profunda con un helecho particularmente carismático. Sonreí sola ante la idea, no porque fuese alocada, sino porque me parecía extrañamente realista—. Como mueras por una seta, te mato yo misma —murmuré, sin saber si hablaba en serio o no. Se me hacía irónico hablar de Han y la muerte, siendo una antítesis en sí misma.

El terreno empezó a cambiar de nuevo. Reconocí algunos puntos: una formación rocosa con vetas blancas, un árbol caído cubierto de hongos luminosos. Por aquí había pasado yo antes pero ¿cuándo? Ya daba igual la pregunta porque justo entonces el suelo vibró. No fue fuerte. Fue ese temblor profundo, casi perezoso, que no proviene de un derrumbe ni del viento. Ese que se siente más en los huesos que en los oídos. Me quedé quieta. Otra vibración. Giré la cabeza muy despacio, escaneando el límite del claro. Las hojas de los árboles más cercanos se agitaron sin viento. Algo grande se movía entre la espesura. Algo demasiado cerca para mi gusto—. No —susurré—. Ni se te ocurra.

El follaje se abrió con un crujido húmedo y entonces apareció. Este era distinto. Más bajo que el anterior, pero mucho más ancho. Un Ankylosaurus, reconocible para algunos pero no para mí, de masa absurda y cola terminada en una maza ósea que parecía diseñada por alguien con problemas de ira. Su piel era un mosaico de placas gruesas, grises y verdosas, cubiertas de barro seco y musgo. Cada paso era un golpe seco contra el suelo.

Y estaba avanzando directo hacia mí. Miré alrededor, evaluando opciones. No había tiempo de avisar. No había tiempo de pedir ayuda. Suspiré—. Vale —murmuré—. Supongo que hoy no descanso.

Me moví rápido, bordeando el claro para interceptarlo desde un ángulo en el que pudiera usar las rocas, las raíces, cualquier cosa que rompiera mi silueta. El dinosaurio avanzaba lento, pero constante, ajeno a mí. Perfecto. Tomé impulso. Corrí. Salí de la cobertura lanzando un grito agudo, salvaje. La cabeza del Ankylosaurus giró bruscamente y soltó un bramido grave, vibrante. Golpeó el suelo con la cola y la maza pasó a centímetros de mí, levantando tierra, piedras y hojas.

Salté hacia un lado, rodé, me incorporé sin detenerme. No iba a ser una pelea rápida. Y no iba a ser limpia. Me acerqué demasiado, a propósito, golpeando con fuerza una de las placas laterales. El impacto resonó como piedra contra piedra y el dolor me recorrió el cuerpo, pero el dinosaurio reaccionó justo como quería: giró todo su cuerpo pesado para enfrentarse a mí con todo lo que tenía—. Vamos —jadeé—. Eso es. Sígueme.

Cuando la criatura embistió, me aparté en el último segundo. Su propio peso hizo el resto. Resbaló, perdió estabilidad y cayó de costado con un estruendo brutal. El impacto sacudió el suelo y yo casi pierdo el equilibrio, pero no me detuve. Salté sobre su lomo. Busqué alguna zona vulnerable: la base del cuello, donde las placas dejaban un pequeño espacio de carne más blanda. Golpeé. Una vez. Dos. Tres. Cada impacto era seco, preciso, brutal. El Ankylosaurus se agitó, golpeó el suelo con la cola, pero ya no tenía ángulo. Finalmente, el movimiento cesó. Me quedé encima un segundo más, respirando con dificultad, asegurándome de que no volvería a levantarse. Luego me dejé caer al barro, sentada, cubierta de tierra, sudor y adrenalina—. Segundo dinosaurio —dije entre risas cansadas, si es que se le podía llamar risa—. Y espero que no más.
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#7
Ya subido a un árbol me senté y descansé, aquella bestia me buscó un rato, pero no logró dar conmigo, gracias a los dioses. -Diantres... Por poco podía haberme matado.- Mi primer intento fue en vano, casi logran comerme mientras buscaba comida, irónico, sin duda. "¿Cómo le ira a Alana?" Seguramente, si a mi me iba así, ella tuviese aún mas problemas con su tamaño, aunque era mucho mas fuerte de lo que parecía, seguramente lograse sobrevivir escondida por ahí, pero no tenía muchas esperanzas de que lograse cazar nada mas grande que un conejo o algo del estilo, nada lo bastante grande como para alimentar siete bocas. 

Me paré unos minutos a mirar el paisaje, dándome cuenta de que sería harto difícil localizar a alguien en el punto de la isla que me encontraba, la niebla allí era mas densa y dificultaba demasiado la vista entre las ramas. Si quería encontrar algo tendría que bajar, y arriesgarme a ser yo la presa, pero poco remedio quedaba. Intenté asegurarme de que no hubiese nada acechando y bajé lentamente, agarrándome a los nudos y grietas que tenía la corteza de ese ciclópeo titán de madera, volviendo a sentir el cálido abrazo del césped, suave y mullido. -Al menos es un lugar agradable, cuando no intenta matarte.- Dije mientras ponía mis brazos en jarra y observaba de manera panorámica, a ver si con un poco de suerte encontraba algo que cazar, pero nada a la vista, por desgracia. Caminé un rato tras aquello, pasando por debajo de inmensas raíces que salían del suelo, escalando otras, observando plantas raras de vivos y vibrantes colores. Después de caminar por un buen tiempo comencé a sentir el cansancio, sentándome apoyado en una roca, o parecía una roca. -Aaaiiss... A este paso volveré con las manos vacías.- De pronto empecé a notar como la roca de atrás de mi se movía. Me aparté lentamente mientras me giraba con un rostro de terror, una sombra se proyectaba sobre mi y, finalmente, supe sobre qué me había apoyado. 

Ante mi otra bestia de tiempos pasados, un Paquicefalosaurio me miraba atento mientras comenzaba a resoplar con fuerza. Me levanté despacio para empezar a alejarme marcha atrás, pero él no parecía que quisiera dejarme ir de rositas, cómo no claro. Empezó a patear el suelo mientras empezaba a bajar la cabeza apuntándome. -Por favor... Otras vez a correr no...- Un bufido salió de esa bestia y tras eso comenzó a correr contra mi, yo solo pude hacer una cosa, lo único que a mi instinto se le ocurrió. Comencé a correr otra vez en dirección contraria, intentando pasar entre las raíces para que el reptil chocase repetidamente y no quisiera seguir persiguiéndome. el dinosaurio chocaba, incluso se le dificultaba girar, dándome un valioso tiempo para hacer metros de distancia. 
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#8
La jungla ya no me imponía respeto. Por lo que sea, después de cazar a dos grandes seres, el resto se quedaba bastante… enano. Por lo que sea, después de dos presas abatidas, después del Ankylosaurius derribado con paciencia y del Parasaurolophus cazado con cálculo, el miedo se había transformado en otra cosa. No arrogancia, o al menos no todavía, pero sí esa sensación peligrosa de haberle cogido el pulso a Little Garden. Empezaba a amoldarme a lo salvaje y frondosidad de la isla. El aire de repente olía a hierro seco y savia rota. A sangre antigua. A victoria reciente. Tal vez la arrogancia sí que empezó a recorrer mi pecho.

Avancé con calma, esquivando raíces, evaluando el terreno, no por deseo propio, sino porque con dos dinosaurios a cuestas, te obligas a que el terreno sea lo más llano posible y eso en Little Garden es una aventura incluso más peligrosa que cazar a sus seres. En realidad, mi oído y mi olfato trabajaban sin descanso, esperando una señal conocida entre tanto ruido prehistórico; pues el resto de mi cuerpo estaba trabajando en el siguiente impulso que debía tomar para avanzar, y el siguiente, y el siguiente…

Y entonces lo escuché. Pisadas torpes. Respiración descompensada. Demasiado humana. Me detuve en seco. No hizo falta ver nada aún para saberlo. Tan solo olerlo era suficiente. Han. Solté los dinosaurios. Algo venía detrás de él. Intenté asomarme lo justo para divisarle. Y lo que vi hizo que el gesto se me endureciera al instante.

Han corría. Corría de verdad. No como quien juega a poli-caco o al pilla-pilla, no como quien prueba suerte a ver si continúa después con vida. Corría con el cuerpo inclinado hacia delante, esquivando raíces como podía, con ese punto exacto entre la mala suerte y la supervivencia pura que tanto le caracterizaba. La pregunta era: ¿de qué huye?

Y detrás de él… Un paquicefalosaurio. Palidecí. Mi estómago se cerró en un nudo seco y solo pude bromear para mí misma—. Claro… —murmuré para mí misma, como un pensamiento verbalizado al contemplar la escena tan curiosa que se dibujaba frente a mí—. Yo cazando como una reina y tú… esto.

No me moví de inmediato. No por frialdad, sino por cálculo. Han estaba vivo. Se movía. Pensaba (creo). Estaba usando el terreno. No necesitaba que yo irrumpiera como una salvadora… todavía. Lo vi echar a correr de nuevo, cambiar de rumbo, forzar al animal a chocar contra raíces gruesas. No pude evitar reírme ante la escena que estaba presenciando. Tal vez debiera ayudarle. Tal vez… Pero no, no grité, no corrí hacia él. Tan solo sonreí. Esa sonrisa pequeña, ladeada, que solo aparece cuando algo sigue siendo interesante.

Finalmente decidí dejar a mis presas atrás y saltar sobre el hombro de Han. ¡Ventajas de ser tan pequeña y liviana! Te puedes dejar caer en cualquier sitio—. ¡Bú! —bromeé, buscando darle una sorpresa, aunque tal vez con un dinosaurio a nuestras espaldas no era la mejor de las ideas—. Veo que has encontrado fauna local —comenté, aparentemente tranquila, cuando lo cierto es que tener al dinosaurio a mis espaldas no me hacía sentirme para nada tranquila o cómoda—. Yo he tenido mejor suerte.

Señalé vagamente hacia atrás con el pulgar, hacia el dinosaurio, intentando mantener aún esa fachada de tranquilidad—. Dos presas ya. Ankylosaurius y Parasaurolophus.

Levanté la barbilla, orgullosa. Quizá no era el momento idóneo para presumir de quién había cazado más y tal vez debería ayudarle… pero tampoco era el momento idóneo para ignorar que la situación tenía un punto deliciosamente absurdo. Me acomodé mejor sobre su hombro, clavando los dedos en su ropa para no salir despedida al primer giro brusco.

Eché un vistazo rápido al Paquicefalosaurio, que seguía resoplando y golpeando el suelo como si el mundo le debiera algo—. Cansarlo psicológicamente. Hacerle creer que te tiene. Luego huir. Repetir. Muy… conceptual. Que malo eres —habló la reina cazadora.

No pude evitar soltar una risita. Me incliné hacia delante, señalando con el mentón una zona llena de raíces gruesas y árboles cercanos.

— Gira a la izquierda cuando llegue allí. Yo le distraigo. Tú corre. Mucho. Y si sobrevives… —sonreí, ladeando la cabeza, porque ambos sabíamos que ganar tal vez no, pero sobrevivir era lo que mejor se le daba hacer, por conveniencia del guion tal vez o por azares del destino, quién sabe— …te dejo decir que ha sido empate.
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