[Pasado] What's Coming Next? | [Social] [Privado]
#1
Pasos calmados, el atardecer ya estaba volviendo amarillo el cielo. No recordaba el tiempo transcurrido, solo que por mucho que hubiera deseado estar con el contrario, parecía negarse a compartir la casa en la que había pasado un tiempo. No era quién para atarlo, por mucho que quisiera. Hakes le había hecho mención, una vez más, de que tarde o temprando su jefe tenía que conocer a Tezca. No era una idea que le gustara especialmente y, por supuesto, por muchos factores. No podía dar explicacines, no concretas al menos. Sus ojos se cerraron, las manos frotando los mismos. Caminaba solo, sin sus hombres. ¿Cómo podía abarcar el tema? ¿Cómo acercarlos sin que su jefe le pusiera un solo dedo encima? Dadas las circunstancias, no podía permitir que las cosas empeorasen y lo único que deseaba era la seguridad de Tezca... Y estar con su jefe no era precisamente dejarlo en un lugar seguro. Pero ya era tarde, Hakes ya había hablado, y la insistencia de su jefe en conocer a un “nuevo miembro” ya estaba comenzando a ser insoportable. 

Eso no era lo peor. Ah, no. Lo peor era aquella comunicación, escasa. No porque no hablaran, no, sino más bien porque Tezca no había querido confiarle dónde se estaba hospedando. Tuvo que recurrir a, una vez más, su propio clan para que lo siguieran de la forma más discreta posible. La cosa fue que, inicialmente, trató de investigar por su cuenta, darle una sorpresa... Pero la sorpresa se la llevó él mismo, comenzando a encajar algunas piezas que no pensaba que lograría encajar. 

Estaba allí... Una casa, hecha añicos, destrozada, sin cuidados. Posiblemente incluso abandonada. Eso era dos días antes de que se dirigiera al hostal en el que estaba yendo ahora mismo. Un hogar lúgubre, solitario... Los escasos registros de Tezca Norova lo habían llevado a un lugar que le hizo comprender muchas cosas. Una de ellas era, por supuesto, la conexión entre ellos, aquella comprensión invisible. Sus ojos miraban a la nada, sus zapatos, ahora caros, se escuchaban en su andar en una calle que poco a poco se iba vaciando. Recordaba el polvo, el abandono y de nuevo, los flashbacks llenaron su mente. Esta vez, en aquella isla que ya ni él recordaba, aquella en la que todo estaba lleno de inmundicia, silencio, abandono, hambruna, moho... Donde sus propios padres lo habían llevado a ser quien era hoy. Tezca... Pese a conocer, investigar lo posible, sentía que todavía no sabía nada de él. Era como... un silencio que gritaba por ambos. 

Sus pasos, al fin, frenaron en seco. Los ojos se elevaron, viendo el hostal desde fuera. El cigarro se retiraba de entre sus labios, el humo salía de sus pulmones por su nariz. Respiró profundo, dejando caer el cigarro en el suelo, apagándolo de una pisada. Se miró a sí mismo, desabrochando uno de los botones de su camisa roja. Sí, se había esmerado en su ropa. ¿Por qué? Ni él lo sabía. Se suponía que habían tenido que separarse temporalmente, lo que los llevó a un viaje por separado. No le dio demasiadas razones más allá que su propio trabajo, y de hecho así era. Había intentado averiguar por su cuenta qué había empujado a la investigación de Tezca cuando se dieron los acontecimientos, no quería que volviera a suceder. Aún así, se había pasado entre un traje y otro durante por lo menos dos horas hasta finalmente decidirse en uno, y en vez de colores habituales, la camisa sí era roja. 


Al fin dio el paso, caminando en el interior. No le hizo falta investigar, ni preguntar en la recepción a qué habitación se dirigía, ya lo sabía, había hecho su labor antes de llegar allí. Solo deseaba que no hubiera aparecido en un mal momento. Sus pasos cesaron, creando un silencio absoluto lejos del ruido ambiental en el instante que su cuerpo se posicionó frente a la habitación. Estaba quieto, mirando en silencio, sin saber si tocar todavía a la puerta, de nuevo recordando aquella casa donde primero había ido a buscarlo... ¿Acaso Tezca había sido como él? ¿Quizás había llegado a invadir demasiado su espacio? ¿Era buena idea tocar el tema? Demasiadas dudas sin respuesta. Sus ojos se cerraron de nuevo, sus dedos se frotaron entre sus ojos, con cansancio, tratando de mentalizarse. No, lo mejor era sin duda no tocar el tema, al menos no hasta que él se atreviera a mencionarlo, igual que él mismo lo hizo con su cicatriz. Si algo hacía de verdad era respetarlo.

—...

Unos segundos más de silencio, sus ojos observando la puerta. El mono de querer fumar lo volvió a atacar. Suspiró con cansancio, elevando su cabeza. Elevó su diestra, ahora sí, tomando el valor, para dar un par de toques a la puerta frente a él.
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#2
Era demasiado bueno para este lugar, siempre lo fui pero no me di cuenta hasta este preciso momento. Mientras el cigarro sobre mis labios se sentía mucho más amargo de lo que hacía en otros momentos: Olía a mierda, humedad, basura; las ventanas estaban destrozadas y tenía el instinto de quemar la casa como las veces anteriores que la había visitado, pero nunca lo había hecho.
 
Nunca lo haría.
 
Solo me lamenté, sin saber si me sentía peor por el alcohol que corría por la sangre o el cigarro que aunque intentara esconder el dolor en realidad lo empeoraba. Quería que esta casa oliera a suaves hierbas una vez más, pero eso nunca iba a pasar, ni pagando con mi vida volvería a sentir aquello.
 
Estaba tan hundido en mi miseria que alguien podría seguirme y nunca me daría cuenta, sería un buen momento para intentar matarme… nah, me los joderia primero. Los días recientes habían sido estresantes: no quería regresar a este sitio, ni a este intento de casa, ni quería verlo; tanto así que había cortado lazos con todos los negocios de la zona y no había regresado hasta este preciso momento.
 
Días torturándome con esto, porque hasta para eso era excelente; yo era la única persona que podría causarme un dolor inimaginable e insistía en probarme lo cruel que podía ser, solo para cada día ser peor.
 
Era lo mejor en lo que hacía, siempre recibía los aplausos… ¿Ahora soy una persona digna para ti, Naoya Okiomi? No tienes que responder. Es claro que lo soy y con un dolor indescriptible sonreí, porque soy el único que puede provocarme este dolor.
 
Continuaba recordando esa escena; una y otra vez. Eso que pensé, como las lágrimas se mantuvieron en mis ojos mientras observaba la tierra podrida debajo de mi. Asqueroso. No merecía en estar en un lugar tan pútrido, pero un puto tocar en la puerta me despertó del sueño despierto, empujando algunas de las botellas que había pedido a la habitación y el cenicero se movía a la derecha de la cama, creí haberle dicho a limpieza que no me molestaran. Todavía no tenía que ver a nadie, todavía.
 
Aún así, me levanté y abrí la puerta, desaliñado, cansado con una ligera resaca y aún así me veía extremadamente atractivo.
 
 
Antes de abrir la puerta suspiré, algo frustrado ¿Es que un hombre no puede lamentarse en silencio? Y entonces abrí, sin mirar al principio. — Dije que no tenía interés en limpieza al cua…— No era limpieza al cuarto.
 
Jin.
 
¿Qué carajos hacía aquí? ¿Cómo mierda sabía que estaba aquí?
 
No pude evitar fruncir el ceño, cerrando un poco más la puerta para que no pudiera ver el desastre al interior del cuarto, aunque yo mismo parecía ser parte de aquel escenario. Estaba ciertamente sorprendido e incluso un poco molesto. —…— Era difícil pronunciar palabra en eso momento, mirándolo directamente a los ojos y bajando poco a poco por su elegante ropaje. —No te dije donde vivía, más bien donde me hospedo ¿me entiendes? — Señalé más no pregunté como es que sabría esa información pues me suponía como es que ahora se encontraba frente  a mi puerta y tampoco lo dejaría pasar.
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#3
Escuchó los pasos acercarse a la puerta. Los nervios ascendían sin siquiera tener un motivo aparente. No lo comprendía, pero sabía que deseaba verlo. Escuchó el clic de la puerta y apartó su mano del cuello de su camisa roja, buscando esbozar una de sus sonrisas, mas pronto se desvaneció al poder sentir el olor. No el tabaco, eso era algo a lo que se había habituado debido a su propio vicio, pero sí el alcohol. No era solo eso, pese a que se veía igual de hermoso que siempre, algo no iba bien. ¿Su expresión? ¿Su frialdad? ¿Aquella sorpresa? Bueno, cierto era que había aparecido sin avisar. No, no era solo eso, ni siquiera le dio la sensación de siempre, la sensación de que pudieran verse, de darse la bienvenida mutuamente, aquella seguridad incluso de la que siempre alardeaba y que él mismo disfrutaba.

Adelantó un pie, posicionándolo frente a la puerta. No iba a permitirlo, no permitiría que lo dejara fuera, no cuando estaba más que claro que podía estar en un momento vulnerable. Se mantuvo tranquilo, buscando en los ojos ajenos, su cabello desaliñado y su mirada cualquier indicio de explicación a lo que fuera que ocurriera.

—Lo sé.

La respuesta fue directa, sin explicaciones.  Estaba seguro de que Tezca, siendo como era, sabría cómo había llegado hasta allí o, como mínimo, lo sospecharía. —Quería darte una sorpresa. — elevó su mano, tratando de abrir un poco la puerta, no prestando atención al interior. Eso solo fue peor, acercarse a la puerta solo le hizo llegar con mayor intensidad el olor a alcohol. —¿Has bebido? ¿O acaso tienes a alguien y te escondes por eso? — No, no. No podía ser. ¿Cierto? ¿Quién más podría estar allí?

¿Alek?

Una sensación desagradable llenó su interior, tragando saliva a la sola idea de... No, no podía pensar en eso, Tezca era libre de hacer lo que quisiera. Mientras su mente debatía en lo que estaba bien o no, la mano se apretaba con más firmeza en la puerta, marcando sus venas con una claridad alarmante. —Si no estás solo... puedo venir en otro momento. — ¿Lo estaba? Le habían confirmado que lo estaba pero... ¿y si no? Su mandíbula se apretó un poco más, sus músculos se tensaron. En su mente solo le regresaba aquella imagen de la casa destartalada, abandonada, llena de polvo y solitario. Aquel lugar que parecía guardar más secretos de los que él conocía. ¿Quizás él fuera de allí? ¿Quizás la isla en la que se encontraba le brindaba recuerdos indeseados? Sus labios se apretaron entre sí, su rostro descendió ligeramente. 

—Déjame pasar. Solo... quiero verte.

Hizo una pausa. Era la primera vez que no se sentía bienvenido. ¿Acaso no tenía ese derecho? Él lo había recibido con los brazos abiertos. Su mano se apretó todavía con más firmeza. Se había esmerado, se había esforzado tanto como le había sido posible y, aunque se lo había repetido tantas veces, Tezca seguía bebiendo. ¿Por qué? ¿Acaso no era suficiente? ¿Acaso...? 

—Hay cosas que tengo que comentarte.

Lo dejó en el aire, su rostro volviéndose más serio, su voz más firme. No era lo que tenía inicialmente en mente, pero sí lo único que podía usar para no tener que irse y estar a su lado en ese momento. Silenciosamente, sentía que era lo que realmente necesitaba Tezca, aunque no iba a decirle de sus nuevos conocimientos, ni mucho menos sus sospechas.
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#4
Vaya sorpresa.
 
En el peor momento posible había decidido aparecerse y aunque me hubiera gustado esbozar una sonrisa, el peso del momento y la resaca no me dejaban realmente hacerlo. Estaba cansado, no había dormido en casi una noche y podía sentir la ligera incomodad mientras el hombre forzaba discretamente la puerta para abrirla un poco más, podía darle una excusa, decir que quería dormir o cualquier cosa en mente para decirle que venga más tarde, incluso él mismo me había dado una excelente excusa.
 
No, no podía ser tan cruel. Ni siquiera en este momento. Mierda, tengo que responderle, había hecho una pregunta ¿no? — Solo un poco y no, pero no creo que eso sea sorpresa para ti… No si lograste encontrarme ¿me entiendes? — Solté una amarga risa y finalmente cedí, azotando la puerta contra la pared mientras me daba la vuelta y comenzaba a organizar la habitación; tirando las botellas vacías debajo de la cama, vaciando los ceniceros en el bote de basura y acomodando las sabanas sobre la cama para que se viera ligeramente decente: La habitación no era grande, pero lo suficientemente cómoda para que ambos pudieran estar ahí, incluso con una mesita y dos sillas para visitas sobre las cuales posaba ropa desordenada, que había tomado torpemente y lanzado a la cama y algunos cigarrillos sueltos. —Ponte cómodo ¿De qué quieres hablar, Jin? — Pregunté intentando recuperar el usual y astuto tono en la voz, carraspeando un par de veces para sacar un pequeño vaso y servir un poco de lo que parecía ser la misma marca de Bourbon que había probado en aquel bar cuando nos conocimos, dejándolo sobre la mesa donde esperaba que se sentara.
 
 
Parecía curioso, todavía sin terminar de determinar si estaba aquí porque realmente debía decirme algo o solo para pasar tiempo conmigo, terminé por sentarme en la silla frente a él, cruzándome de brazos sin una bebida frente a mi: No tomaría frente a él, sabía que le desagradaba mucho, pero en esta situación, así como en muchas otras simplemente no había podido evitarlo. Tomé uno de los de los cigarrillos y el encendedor en mi bolsillo, dándole una calada mientras veía al mayor ¿Por qué me sentía tan molesto? Todavía no terminaba de descifrarlo.
 
 
Esta calada ya ni siquiera se sentía o sabía a nada. — Si es sobre mi desempeño, ni tu ni tus hombres me han dado tantas indicaciones como esperaba que lo hicieran, además, te dije que no me quedo en un solo lugar… Tengo más trabajos. — Una nueva calada, respirando profundamente, nada, ni siquiera sentía que podía ahogarme. —Si es sobre nosotros… No sé si lo sabías, pero convencionalmente no mandas a investigar a tu… amante. — No sabía si esa era la palabra adecuada para nosotros y tampoco me importaba mucho. Iba a funcionar, de forma sarcástica, por supuesto.
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#5
Cada vez estaba más convencido, algo no iba bien, algo no encajaba. No sabía decir el qué ni por qué, pero algo... algo no estaba bien con Tezca. Afortunadamente no parecía haber nadie en el domicilio y él había terminado por ceder. Por ello, cuando la puerta se terminó de abrir, pudo ver desde la entrada lo que había ocurrido con el lugar en el que se hospedaba. Un completo caos, un desastre, el olor del alcohol todavía era peor, más intenso que en el exterior. No dijo nada, pero estaba claro que estaba cayendo en una silenciosa autodestrucción. Lo único que hizo fue cerrar la puerta tras de sí, retirarse los zapatos en la entrada, retirar el abrigo de su traje y doblar las mangas de su camisa sin emitir sonido alguno. No al menos de momento. 

—Llevabas unos días desparecido cuando sueles responder, pero estabas... ausente.

No podía admitir abiertamente que estaba preocupado ya que la última vez que tuvieron una discusión las cosas no terminaron del todo bien, incluso si en ese momento las heridas físicas no existían. Se acercó, antes de siquiera sentarse, a las ventanas, abriéndolas para intentar ventilar un poco el lugar. No mencionó el olor, ni el desastre que había sido demasiado claro. Él mismo comenzó a ordenar un par de cosas, liberando el espacio de lo que podía ser la sala de invitados, viendo el burbon que le trajo recuerdos de la noche que se conocieron. No tomó asiento hasta que al menos el suelo quedó en condiciones suficientes para poder caminar. 

—¿Qué demonios te ha pasado?

No podía saberlo todo, y le frustraba. ¿Era solo descuido? Por descuido uno no bebe semejante cantidad de alcohol. ¿Por cuánto tiempo había estado así? ¿Qué tantos días había pasado de esa forma? Quiso preguntar si ese Alek tenía algo que ver, quiso saber qué lo había llevado a la repentina falta de comunicación... Cerró los ojos, tratando de sentarse, juntando ambas de sus manos, sus ojos buscando los ajenos, tratando una vez más de descifrar lo que fuera que estaba ocurriendo por la mente del contrario, frustrándose silenciosamente una vez más. Sus dedos se cruzaron entre sí, manteniendo la calma que lo caracterizaba, al menos exteriormente. 

—No es sobre tu empeño para trabajar, Tezca.

Un nuevo silencio, descendiendo sus manos hasta que los antebrazos se encontraron sobre sus rodillas. —Ahora que oficialmente trabajas para mí, y Hakes te conoció... nos queda un paso. — ¿Por qué le molestaba tanto? ¿Que supiera que lo intentó investigar? No, eso no había sido... Más bien aquella pausa, culminando con aquella palabra. Amantes. No, no debía prestar atención a ese detalle. Verlo fumar hizo que el mono le regresara, quiso fumar igual que él, algo que normalmente siempre hacía sin dudar, pero por primera vez, viendo que algo no estaba bien, se abstenía, requiriendo de una fuerza de voluntad que probablemente no cualquiera pudiera mantener. —Hay alguien más encima de mí, Tezca, y quiere conocerte. — Ahora juntó de nuevo sus manos, apretándolas con incomodidad. Incluso descendió su mirada, evitando el contacto visual. —Pronto llegará a la isla. Intenté evitarlo por todos los medios pero... No es algo que pueda hacer toda la vida. — Para colmo, aquel médico solo había acelerado más el proceso, algo que le molestaba en demasía. Conocía bien a su jefe, conocía bien sus métodos y, por supuesto, temía qué era lo que pudiera ocurrir con el rubio en caso de que ambos tuvieran aquel encuentro. —Pero estaré contigo en todo momento. Tú trabajas para mí, no para él. — su rostro se elevó, ahora con algo más de seguridad. Era algo que realmente quería mantener. —Sobre tu función en este trabajo, no te preocupes, cumpliste bien las expectativas al tratar de protegerme, es algo que mi jefe tiene también muy en cuenta. No le hablé de tus... habilidades. — No mencionaría directamente el Akuma, sabía que no hacía falta. —Además, te debía un Den-Den Mushi. — Porque, por supuesto, se había roto por su culpa. Al final nunca llegaron a ir juntos a por uno. 

Descruzó los dedos que juntaban sus manos, dejándolas caer, colgando de entre sus rodillas, levantando una vez más su mirada, buscando la de Tezca. Ver el cigarrillo solo lo mató todavía más. 

—También... estaba preocupado por ti...

Su voz sonó en un susurro, un miedo irracional lo había estado torturando en silencio. Desde el evento que había transcurrido, separarse de él resultaba en una tortura cargada de preocupación. Si sus hombres le habían podido seguir con tanta facilidad como para que su visita fuera una sorpresa... ¿Qué pasaba si más enemigos iban tras él? ¿Qué ocurría si él no estaba allí y se repetían los acontecimientos? Sus ojos descendieron una vez más, sin atreverse a mirarlo directamente.
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#6
“¿Qué demonios te ha pasado?”
 
No tenía respuesta para ello, porque en realidad no había pasado nada. Nada que pudiera explicar con facilidad, nada que sonara importante. Solo que, después de tanto tiempo, había regresado a esta isla… y aun así, ese hecho por sí solo pesaba más de lo que quería admitir.
 
Las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta. Decirlo en voz alta lo haría real, demasiado real, y no estaba listo para enfrentar lo que eso implicaba. No ahora. Tal vez más adelante, cuando el silencio dejara de presionarme el pecho o cuando el pasado no se sintiera tan cercano, tan presente. Por el momento, desvié la mirada y dejé que la brisa marina y el murmullo del oleaje ocuparan el espacio que yo no me atrevía a llenar. Así que solo esperé a sus siguientes palabras, las cuales no tardaron en llegar.
 
Solo pude escucharlo mientras fumaba, sin quitarle la mirada de encima, entrecerrando los ojos cuando parecía que el encuentro no era tan bueno como cualquier empleado esperaría. Tenía ganas de molestarme en ese momento; Decirle que ese no era mi problema, que no tenía que conocer a nadie porque, justo como había dicho: Trabajaba para él, nadie más. Pero el tono de su voz me indicaba que esto lo sobrepasaba. Quedé aliviado cuando dijo que no mencionaría la Akuma, bien, eso era bueno. Apagué la colilla del cigarro contra el cenicero, soltando un suspiro, cansado, claramente sin remedio. —Daré una buena impresión, no tienes que preocuparte de nada ¿me entiendes? — y le regalé una sonrisa, era lo mínimo que podía hacer por él.
 
Me tomé un momento, dejando pasar sus preocupaciones y desviando la mirada, sintiendo expuesto ante el y no de la mejor forma posible. —Si… El den den mushi y descuida, sé cuidarme solo. Si no me comuniqué fue por… trabajo. —Mentira. Una vil pero razonable mentira que provocó que me rascara la garganta, cruzándome de brazos. —… Te extrañé ¿estabas… bien? ¿comiste bien? — Fue difícil pero había logrado decirlo, intentando dispersar la negatividad de la mente mientras estiraba el brazo sobre la mesa intentando tomar su mano. —Tengo cosas que hacer pronto pero podemos reunirnos para cenar. —
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#7
Ausencia de palabras, una que conocía demasiado bien. Él implementaba la ley del silencio cuando había algo que no quería contar, igual que cuando se trataba de su vida pasada, de la historia de su cicatriz... Apretó sus labios, sintiéndose frustrado y, sin embargo, no lo presionó, no le instó a que hablara. Él le había respetado respecto a sí mismo y su cicatriz, no veía por qué no podía hacer lo mismo por él. Por ello, solo lo esperaría hasta que estuviera preparado y si tomaba suficiente confianza para hablar. No estaba realmente esperanzado ya que, por temor, no quería cuestionarle absolutamente nada. La última vez que trató de indagar un poco, fue sobre aquel ex, y había recibido heridas, casi siendo secuestrado por una banda rival. Sus manos se juntaron, el mono le regresó con mayor insistencia al punto de que el sudor frío le estaba atacando. Tuvo que cerrar sus propios puños ante la tensión interna. 

No lo pudo soportar, su mano fue al bolsillo de su pantalón derecho, hasta donde se encontraba la ya conocida cajita de metal, con los cigarrillos perfectamente alineados. Retiró uno de ellos colocándolo entre sus labios y, en el bolsillo opuesto, retiró su mechero, encendiéndolo. Lo necesitaba, ahora más de lo que llegó a creer antes.

—Que des buena impresión no es lo que más me preocupa.

Su rostro se iluminó gracias a la llama del mechero, sus ojos solo se enfocaron a la parte anaranjada, sopesando muy en serio las palabras que vendrían a continuación. Respiró profundo, dando una muy larga calada, alargando las palabras que fueran a proseguir. —Mi jefe es... algo diferente. — Murmuró las palabras en un hilo de voz. No era miedo, la preocupación lo llenaba. —Todo lo que sé, todo hasta donde he llegado ha sido por él... Pero no somos iguales, Tezca. Es un peso muy pesado. — Una amenaza, posiblemente. Dudaba que el hecho de ser “amantes” fuera un incentivo para despertar aquello que Jin temía. No, no era eso... —Solo sé tú mismo, como lo has sido conmigo, y todo saldrá bien. — Si no, no le importaría arriesgar lo que fuera necesario para ponerlo a salvo. No podía dejar que ese encuentro desbaratase todos sus planes. 

Sopló el humo de sus pulmones, al fin con un pequeño alivio inundando su interior. Estaba saciando el mono del tabaco, quizás ahora pudiera hacerlo todo con más claridad. —De todas formas, como te dije, no irás solo. En todo momento estarás conmigo. No te sorprendas si le interesas más allá de... negocios. — Claro, como ellos. Tal y como admitió, lo que conocía Jin en ese entonces lo había aprendido de ese hombre. Sus ojos se cerraron, apartando el cigarrillo de entre sus labios, expulsando el humo esta vez por su nariz, perdiéndose en sus propios pensamientos. 

Sabía que Tezca mentía. En el tiempo que había sido vigilado, ni una sola vez había ido a ningún trabajo, eso era algo que sabía antes de presentarse en ese lugar ante él, o no estaría allí. Apretó sus labios. ¿Quizás no existiera la confianza que él pensaba que existía? 

—De todos modos, el pago para el nuevo Den-Den Mushi correrá por mi cuenta, Tezca. 

Sus ojos se elevaron, al fin, expulsando una vez más el humo del tabaco de sus pulmones, escuchando una admisión que no esperaba. Siempre recordaba ser él quien daba el paso, ser él quien tomaba la valentía de incentivarlo no solo en sus momentos más íntimos, sino también en aquel tipo de palabras. Claro que, Tezca no estaba atado a él, por mucho que deseara que fuera al caso, por mucho que internamente solo quisiera tomarlo como suyo, incluso si el contrario le mencionó que podía hacerlo, no ver a otros... Confiaría en él, pero no podía reprocharle si no lo lograba, eso le frustraba. La sola idea de imaginar a otro hombre sobre él, tomándolo de la misma forma que él... ¿Por qué lo encendía tanto por dentro?

Sus ojos descendieron hasta la mano que parecía acercarse lentamente a él, sin apartar la mirada. Él mismo repitió el gesto, tanteando un poco, buscando de nuevo la mirada del contrario. —He estado... bien... — Sus dedos alcanzaron los ajenos, buscando cruzarlos entre sí en una unión lenta, calmada y cariñosa, elevando sus ojos una vez más, buscando el tipo de expresión que estaría utilizando Tezca. Trató de brindarle una sonrisa, elevando su otra mano a un lado de su mentón en un intento de aliviarlo. Era lo mejor que podía hacer en ese momento para tratar de aliviar la tensión que parecía haberse formado nada más aparecer. —Me encantaría cenar contigo... Podría invitarte a algún restaurante o... quizás... probar uno de tus platos. — Hizo una pausa, de nuevo, buscando el alivio del contrario. Sus dedos se entrelazaron, uniéndose en los ajenos, sin perder detalle en el rostro que dibujara en ese instante. Ahora al menos la sonrisa le salió de una forma algo más fluida y sincera.
—Solo no olvides que hay que cocinar para dos personas en vez de una esta vez.
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#8
Noté como me imitaba, fumando también y en este preciso momento no quería ser la voz de la razón, moví algunos cigarros más cerca del hombre, por si quería probar los míos y me removí en el asiento, sintiendo una muy mala sed y un dolor de cabeza realmente incomodo, por lo que mientras hablaba me levanté. Tomando una de las botellas que seguía en pie, dándole un sorbo. — Ya veo, así que es esa clase de hombre… No te olvides de como nos conocimos, Jin, no fue precisamente de la forma más… formal posible ¿me entiendes? — Solté una ligera risa, regresando al asiento, dejando la botella a un costado. —¿Es la bienvenida a los nuevos trabajadores? Tienen costumbres muy extrañas en tu casa, Jin. — Alcé una de las cejas, reclinándome en la cómoda silla y acomodando mis lentes, de verdad intentaba comprender si era una especie de iniciación o una extraña habilidad aprendida de generación en generación ¿fetiche generacional? Al pensar eso no pude evitar soltar una con los labios esperando que no fuera tan obvio, terminando por reír.
 
 
Y entonces, sin tomarme la situación tan en serio, añadí —¿Tienen el mismo gusto en hombres? Creo que eso me dará unos puntos a favor… ja… — Y me fui calmando, obligarme a calmarme, asintiendo, carraspeando. Era suficiente. Tampoco era tan chistoso. — Pareces ligeramente preocupado y no deberías estarlo ¿me entiendes? Soy un puto deleite, puedo librarme de todo con la facilidad del aire. Olvidas con quien hablas. Soy Tezca Norova. — Si, este era yo, no un llorón por un anciano muerto, ah, debía agradecerle por ponerme de buen humor.
 
Sonreí ante su tacto, dejando que mis dedos se acomodaran un segundo más de lo necesario bajo los suyos. Bajé la mirada hacia su mano, observándola con una atención casi distraída mientras sus palabras me alcanzaban, una a una, como si el tiempo se hubiese vuelto un poco más lento alrededor de nosotros.
 
Cocinar…
No, definitivamente no.
 
La sola idea me arrancó una mueca contenida, más cercana a una risa silenciosa que a un gesto de rechazo abierto. Ni muerto quisiera cocinar en este momento; el cansancio pesaba demasiado en el cuerpo y en la cabeza, y cualquier intento de ponerme frente a una estufa acabaría en desastre o, peor aún, en un incendio innecesario.
 
Volví a alzar la vista hacia él, aún con esa sonrisa ladeada que no terminaba de desaparecer, y apreté suavemente su mano, como si ese contacto bastara para disculparme sin palabras. Ahora mismo, prefería mil veces quedarme ahí, quieto, compartiendo el calor y la cercanía —No… mejor vamos a comer a un buen restaurante. Te cocinaré otro día. — Me levanté de la silla, al notar como el sol comenzaba a bajar, abriendo la puerta al pasillo. No quería sacarlo, de verdad, pero en este momento… Necesitaba razonar que haría con esa casa. —¿Nos vemos en tres horas, Jin? No comas nada antes, vamos a darnos un banquete…—
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#9
Los ojos descendieron a los cigarrillos que le tendía el rubio, no los iba a desaprovechar, pero por el momento lo primero era terminarse su propio cigarrillo. Su mandíbula se tensó, incómodo ante la mención de su primer día. No iba a decirle que ese encuentro no fue del todo casual, de momento era mejor dejar las cosas tal y como eran. 

“Tienen costumbres muy extrañas en tu casa, Jin”

Su mandíbula se apretó todavía más, con más incomodidad. No podía darle la contraria, por mucho que lo odiara. No respondió, no tuvo el valor de hacerlo, ahora ni siquiera era capaz de verlo a la cara. Lo peor no era eso sino más bien... la risa, la risa ante la comparación del hombre que lo había llevado a esos límites. —No... — apenas salió la palabra con un hilo de voz. Sus ojos ahora fueron a parar en la botella de Burbon que todavía tenía su contenido. Sintió asco de sí mismo, porque lo peor era ser comparado con su jefe. No le hacía gracia, y eso parecía divertirle a Tezca, pero no quiso romper el momento. Prestó más atención al cigarrillo que comenzó a consumir como una chimenea, terminándolo en unas pocas caladas antes de estirar el brazo hasta donde estaban el resto de cigarrillos que le había ofrecido el propio Tezca, encendiendo el segundo.

—Tengo motivos para preocuparme.

Su voz, de nuevo, sonó suave, sus dedos se apretaron más en la mano que ahora sostenía la del contrario. Quiso incluso alejarla, sintiendo la ofensa, incluso si la culpa no era de él, al menos hasta que el contrario le apretó un poco más. Sus ojos descendieron a las manos unidas que existía entre ellos. No podía alejarlo, no sin levantar algún tipo de sospecha, pero la sonrisa que hasta entonces había tratado de mantener se había desvanecido en el aire. Ni siquiera cuando la mirada del contrario iba en su dirección y lo sabía lo tuvo en cuenta, solo se enfocó en fumar su cigarrillo, no prestarle atención en sí. Ni siquiera cuando se levantó, solo lo observó, se quedó allí, con la mirada en otra dirección, apagando el segundo cigarrillo en el cenicero que estaba cerca de él e ir ya a por el tercero. No solía ir a por tantos de forma tan seguida, pero el estrés y la situación en ese momento lo estaban abrumando. No conocer qué le ocurría, no saber qué pasaba, la clara falta de bienvenida inicial, incluso el compararlo con su propio jefe. Todos factores que lo incitaban a guardar un silencio que lo destrozaba por dentro.

—Está bien. ¿Al menos me dejas ayudarte a limpiar?

De nuevo la mirada no fue dirigida a él, no más que ver el pasillo, como una invitación a que se fuera. Sus labios se apretaron entre sí, en una nueva larga calada, el humo cubriendo su rostro. Pero las últimas palabras, “verse en tres horas”. Lo asumió como lo que comprendía, una invitación para marcharse. No hubo un contacto como el habitual y no entendía por qué le molestaba tanto. Se puso en pie, apagando el tercer cigarrillo, encendiendo el cuarto antes de dejar el mechero allí mismo y caminar por el pasillo. —Muy bien... Tres horas... — su voz sonó en un murmuro. Sintió que todos los esfuerzos habían sido en vano y todo por su propia culpa. Ahora caminó, con una mano en el bolsillo, en dirección a la entrada principal.
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#10
3 horas después.
 
No me sentía mejor, estaba drenado y no podía creer que había tardado casi dos horas en decidirme si quemar la casa o no para finalmente no hacerlo. ¿Qué me detenía? La indecisión era tremendamente estúpida y aun así había algo que no me permitía hacerlo, una fuerza que me tomaba del brazo, apretándome hasta sentir que me cortaba la circulación. ¿El fantasma del viejo? ¿Tanto así quería esta estúpida propiedad donde finalmente murió?
 
El silencio del lugar no ayudaba. No era un silencio limpio, sino uno cargado, espeso, como si las paredes respiraran a destiempo conmigo. Cada crujido de la madera sonaba a reproche, cada sombra alargada por la luz moribunda parecía observarme con paciencia burlona. La casa no me suplicaba; me esperaba. Y eso era peor.
 
Mis dedos aún olían a combustible, un aroma áspero que se mezclaba con el polvo viejo y la humedad enquistada en los rincones. Bastaba una chispa. Una sola. Lo sabía. Pero el encendedor pesaba toneladas en el bolsillo, como si no fuera metal sino culpa comprimida. Pensé en su voz, no clara, no real, sino como un eco deformado de recuerdos que nunca pedí conservar. Pensé en su risa seca, en su manía de llamar “hogar” a esta tumba mal ventilada.
 
Apreté los dientes. Me dije que no era miedo. No exactamente. Era… otra cosa. Una especie de reconocimiento enfermizo, como si al destruir la casa tuviera que aceptar que todo lo que ocurrió aquí fue real, irreversible. Quemarla no borraría nada. Tal vez solo lo haría más terrible.
 
Solté el brazo que no estaba siendo sujetado por nadie y aun así dolía. Me reí por lo bajo, una risa sin humor, cansada, rota. Qué patético: discutir con una casa, perder contra recuerdos, dejar que un muerto ganara otra vez. Di un paso atrás, luego otro, y sentí cómo la decisión se deshacía en mi pecho, no por alivio, sino por agotamiento.
 
No la quemé. No esa noche.
Tenía algo mucho mejor que hacer.
 
Al regresar tenía el tiempo suficiente para arreglarme con dedicación, intentando pensar en cualquier cosa menos en lo que llevaba pensando estos tres días y esperando que no se me notara lo cansado que estaba.
El agua fría en el rostro fue un alivio breve, casi insultante, porque no lograba borrar del todo la pesadez que se me había instalado en los huesos. Me observé en el espejo un segundo más de lo necesario, ajustando detalles mínimos: la ropa, el cabello, la postura como si el cuidado externo pudiera compensar el desgaste interno. Respiré hondo, varias veces, ensayando una expresión neutra, una que no delatara las noches mal dormidas ni la obsesión silenciosa que me había acompañado desde entonces.
 
Elegí cada prenda con una precisión casi mecánica, dándome el lujo de la lentitud solo para no dejar espacio a los pensamientos. Aun así, regresaban, tercos, filtrándose entre movimientos rutinarios, recordándome que no se esfuman solo porque uno decida ignorarlos. Me dije que bastaría con aparentar normalidad, con sostener la fachada el tiempo necesario. Nadie tenía por qué notar el temblor leve en las manos ni el peso que me caía sobre los hombros como una sombra persistente.
 
Cuando al fin estuve listo, me quedé inmóvil un instante, cerrando los ojos. No estaba mejor, pero al menos parecía estarlo. Y, por ahora, tendría que ser suficiente.
 
 
Salí del hostal en dirección al restaurante, uno bastante bueno por la zona, y sin más, al llegar a la entrada lo esperé, cruzándome de brazos.
 
El trayecto fue corto, pero lo sentí más largo de lo que realmente era. Las calles estaban animadas a esa hora, llenas de conversaciones ajenas, risas dispersas y el tintinear de cubiertos que escapaba por las ventanas abiertas. Todo seguía su curso con una normalidad casi ofensiva, como si el mundo no tuviera idea del ruido constante que me martillaba la cabeza. Caminé con paso firme, manteniendo el ritmo, obligándome a no disminuir la marcha ni volver la vista atrás.
 
El restaurante destacaba entre los demás locales, elegante sin ser pretencioso, con una luz cálida que invitaba a quedarse. Desde la entrada se escapaban aromas bien definidos, especias y algo tostado que despertaba el estómago a pesar del cansancio. Me detuve frente a la puerta, acomodé el peso de mi cuerpo y crucé los brazos, apoyándome apenas en la pared cercana mientras fingía paciencia.
 
Observé a la gente entrar y salir, parejas, grupos pequeños, desconocidos que no tenían nada que ver conmigo ni con lo que esperaba. Cada vez que la puerta se abría, levantaba la mirada por reflejo, solo para bajarla de nuevo al comprobar que aún no era él. Exhalé despacio, conteniendo la impaciencia, recordándome que había aceptado estar allí y que, llegado ese punto, no tenía sentido arrepentirme.
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