Breakn' a Sweat (Pasado — Uker) (+18)
#11

***

“Cuida el barco temporal.
O eso me gustaría decir, pero sé que estarás dormido como hasta el mediodía.
Fuera de bromas, salimos a buscar provisiones.
Si por casualidad despiertas, en la cocina quedó comida que puedes calentar, yeah~
No quemes nada.
Aunque tal vez lleguemos antes que abras los ojos.”

Normalmente la última frase de la nota se habría cumplido al pie de la letra, pero esta mañana su pesado sueño se vio interrumpido por la imperiosa necesidad de nutrir su cuerpo. Su estómago empezó a rogarle por algo de comida y el dolor que el hambre trajo consigo lo hizo abrir los ojos, molesto y fastidiado consigo mismo por haberse saltado la cena la noche anterior y, ahora, sufrir las consecuencias de esa falta de comida, pero…a veces le sucedía, cuando por un “bien mayor” se quedaba tan metido en sus estudios que no existía para él nada fuera de lo académico y sí, más de una vez había cargado con las consecuencias.

Y así fue como, su rutina del medio día pasó a ser realizada con las primeras luces del día, aunque, claro, no sin antes renegar medio adormilado, sea como sea, esa fue la razón por la que terminó leyendo la nota que, seguramente, la cocinera dejó más por cortesía que por necesidad.

Hablando entre dientes, maldiciendo su “mala suerte”, caminó hasta la cubierta del barco y respiró el aire limpio de la costa y dejó que el viento fresco se colara bajo la holgada tela de su camisa blanca, deteniéndose, no para admirar el amanecer ni el paisaje rocoso de Whisky Peak, si no con la esperanza de que la frialdad de la mañana lo ayudara a quitarse el sueño que la ducha no terminó de sacarle de encima.

Por supuesto, no funcionó.

Entonces se resignó a calentar la comida que la cocinera mencionó en su nota, aun con el riesgo de quedarse dormido en medio de la cocina, así que caminó por la silenciosa cubierta del barco hasta llegar al sitio en el cual entró enseguida, para luego escanear el lugar con su mirada y darse cuenta de que, sobre la estufa, había una sartén con huevos revueltos, otra con tostadas y una olla con algo que parecía café. Una comida sencilla…no podría arruinarla ¿O sí?

Bueno, no es que fuera su intención quemar nada, así que cuando encendió la hornilla se decidió a quedarse parado a un lado de la estufa para evitar accidentes. Ese era su plan, nada podía salir mal o eso creyó.

Primero fueron unas pisadas en la arena, las cuales escuchó al haber dejado las ventanas y la puerta de la cocina abierta de par en par, y, luego, esas pisadas se escucharon en la madera de su propio barco, demasiado cercanas a él como para no prestarles atención…No…no eran solo pisadas, estaba más que consciente que escuchó una voz masculina llamándolo por su nombre…aunque mal pronunciado. Eso último lo hizo fruncir el ceño.

El conjunto de acciones lo llevó a girarse sobre sus talones y a dejar a un lado el desayuno que antes procuró no quemar, pero que ahora pasaba a segundo plano, cuando prefirió buscar en los bolsillos de su pantalón un par de guantes de combate que se ajustó a las manos antes de salir a recibir, a la defensiva, a quien sea que lo estuviera llamando.

—Te escuché —. Fue lo primero que dijo cuando salió de la cocina hacia la cubierta para encontrarse con aquel que decía haber viajado antes con él…Momento… ¿Sería posible que fuera alguien de su vieja tripulación? ¿A los que vendió a la marina hace años? Se maldijo mentalmente y mordió con fuerza su labio inferior al pensar en la posibilidad de haber sido tan poco cauteloso al salir como si nada cuando frente a él podía estar un enemigo, pero, en cambio, cuando alzó su vista para ver a quien decía necesitar su ayuda, solo pudo parpadear confundido.

—¿Ah? ¿Lo hicimos? ¿De verdad viajamos juntos? —Sin acercarse aún al hombre, lo analizó desde su lugar solo para terminar con un leve rubor en sus mejillas al notar lo atractivo que el otro le parecía. —Estoy seguro de que recordaría a un hombre tan guapo de haber viajado con él —dijo, por desgracia, lo bastante alto para ser escuchado, después de todo, tenía la costumbre de pensar en voz alta de vez en cuando. —No…es decir…olvida eso...En verdad ¿Quién eres y por qué entras a este barco con tanta confianza?

Alzó una ceja y esta vez si que se acercó más al hombre, a fin de cuentas, creyó que si lo hubiera querido matar lo habría podido hacer cuando salió de la cocina tan descuidadamente, aunque aún tenía sus defensas arriba, por si, en cualquier momento, se veía en la necesidad de atacar, pero, ahora no era la desconfianza lo que lo movía, si no una curiosidad peligrosa, una que solo mermó cuando las palabras sobre la isla de Karate y la inmortalidad le hicieron pensar que, tal vez, solo tal vez, si conocía a quien tenía frente a él…aunque no pudiera ponerle un nombre aún.

—Jmmmm…Inmortalidad, eso lo recuerdo, estoy estudiando un tipo de medusas que son casi “inmortales”, por decirlo de alguna manera ¡Ah! Espera… ¡¿Cocinero?! —¡Bingo! Algo hizo “click” en su cerebro cuando recordó con exactitud lo que él mismo anotó en su libreta semanas atrás, unas pocas palabras sueltas que se habían convertido en una investigación que avanzaba con lentitud, demasiada lentitud para su gusto, pero habían pasado tantas cosas desde ese momento que no es que hubiera podido dedicarle demasiado tiempo a ese tema. —¡Te recuerdo! Bueno…no…pero recuerdo tu investigación.

El médico sonrió y se permitió relajarse al punto de terminar recostándose en el barandal del barco. Para este punto había olvidado por completo la comida que calentaba en la cocina, de hecho, ni siquiera fue consciente del olor a quemado que empezó a extenderse ¿Por qué? Porque a su pésima memoria había que sumarle un pésimo olfato.

—¿Podrías decirme tu nombre una vez más? Y yo te recuerdo que no tienes que llamarme por mi nombre completo, ni siquiera sabes pronunciarlo bien —. Su manera de hablar era casual, casi aburrida, pero con un tono relajado que dio a entender que su actitud defensiva del inicio había quedado atrás. —Ah…y ¿Por qué necesitas mi ayuda? ¿Es algo sobre tu investigación o…hay algo más de por medio? Espero que sea algo de mi interés, porque si no... —Dejó sus palabras a medias cuando sintió que respirar le estaba costando más de lo que debería y que, el aire, en general, se sentía más espeso, además, sus ojos le picaban y empezaban a ponerse llorosos, casi como si estuviera en medio de...—¿Eh? ¿Por qué hay…humo?
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#12
Si bien las cortesías eran de suma importancia para alguien reservado, tímido y estoico como el sepulturero no tardó en subir al barco cargando al perro en brazos. Caminó hasta la cercanía del médico que reposaba en la barandilla charlando amenamente con Uker, y depositó con cuidado al perro en el suelo. Observó con sus orbes ambarinos al alto médico que le llevaba fácilmente una cabeza, y asintió suavemente con la cabeza. — Mi nombre es Eros Focalor. Por favor, cure al perrito —Pidió, había un ruego casi palpable en su tono pese a la inexpresividad que había acompañado al tono del carpintero. A su vez, caminó hasta posar la cintura cerca de la misma barandilla de madera sin pedir permiso pues ahora que habían cumplido su objetivo finalmente sus heridas dolían, y el cansancio hacía mella en su cuerpo.

Su diestra tomó una bolsa con berries, levantándola casi a la altura de su rostro para que el muchacho de cabellos cual cerezos la viese claramente. — Puedo pagar —Sabía que representaría un gasto de recursos, insumos y tiempo. Nada era gratis en la vía y mucho menos en los mares para los piratas; pero en momentos así solo podía abogar por la generosidad del doctor, y confiar en el criterio del capitán de los Olvidados a la hora de juzgar a la gente.

La atención de Eros viró hasta Uker, finalmente habían cumplido su objetivo pese a todas las vicisitudes que los habían traído hasta ahí. Mucha sangre había corrido, y los cazarrecompensas siempre recordarían que se habrían salido con la suya a la hora de cazar incautos piratas de no ser por esos dos muchachos entrometidos, y su perro. — Gracias, Uker Rackham. Eres un buen hombre. —Aclaró tratando de regalarle una sonrisa antes de cerrar ojos, y sentir como su cuerpo se desplomaba una vez que hubo bajado la adrenalina en el suelo de la cubierta del barco.

Aterrizó con el culo, su espalda contra la barandilla del barco y su mente retirándose por el camino del agotamiento absoluto. Si bien sus heridas se regeneraban minuto a minuto debido a la peculiar fruta que había consumido, el desactivar ese modo de supervivencia que lo había llevado hacia el límite tenía sus repercusiones en la salud del joven que ahora roncaba en barco ajeno.
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#13
Por fin hubo respuesta, pues el hombre de largos cabellos se hizo presente, preguntando algo que el cocinero ya habría esperado responder con sus palabras anteriores. - Si, formábamos parte de la misma tripulación hace menos de 1… espera, ¿guapo? -. Esa parte lo confundió, pero la aparición del otro hombre lo salvó de seguir haciendo preguntas. - Así es, soy el cocinero -. Había casi un tono de pesadez en su voz, pues aún no se acostumbraba a la poca memoria del médico. - ¿Crees que puedes… -.

Sus sentidos actuaron, se vieron atacados, sus ojos ardieron y su nariz le informó de que había algo que se estaba quemando, mientras a su piel comenzaba a llegar el pesado humo negro desde el interior del barco. Al notar eso, se movió con rapidez, con la rapidez que sus heridas y su cuerpo agotado le permitían, siguiendo el olor y el humo, hasta encontrar frente a él la escena catastrófica.

Apagó las hornallas, lo que antes eran huevos habían quedado reducidos a una masa negra que bien podría parecer tela. ¿A quién se le ocurriría hacer cosas a fuego alto? Por suerte las tostadas no habían sufrido daños, pero se preguntaba con que iba a acompañarlas ahora, no creía que un café fuera suficiente. Ya pensaría en algo luego, podría comprarle algo de frutas y prepararle algo con eso, pero primero debería ver si en verdad podía ayudarlos.

Salió a la cubierta justo a tiempo para ver como el hombre de cabellos azules se ofrecía a pagar por el tratamiento, por lo que se le acercó, mirando a Hyak con preocupación. - No se donde se encuentra quien era el medico de mi tripulación, y solo pude pensar en ti. ¿Puedes tratarlo? -. Pues en verdad no sabía si es que el hombre tenía alguna experiencia con animales heridos. Tampoco sabía donde se encontraba Kiyoshi, pero supuso que tampoco le haría gracia tener que tratar a un animal, nunca lo vio hacer algo parecido.

Las palabras de Eros llegaron a sus oídos, lo que lo hizo girar la cabeza para observarlo, en el mismo momento en el que el cuerpo del tipo se desplomaba sobre la madera a sus pies. Cruzó los pocos metros que los separaban, se agachó a su lado y confirmó que estuviera bien. Aún respiraba, las heridas que tenía en su rostro se curaban, lo suficientemente rápido para ser algo impresionante, el poder de esas frutas nunca iba a dejar de sorprenderlo. Escuchó un lamento justo a su lado, el pequeño animal que habían salvado lamía uno de los dedos del inconsciente, preocupado por quien había peleado por él. - Tranquilo pequeño, él estará bien -. Acarició un poco al animal, muy leve, tampoco quería afectar sus heridas. - Primero debemos tratarte a ti, o Focalor me matara en cuanto despierte -.

Observó de nuevo al hombre de cabellos color cerezo, con una mirada cargada de suplica y de miles de “por favor”.

Lo importante era el animal, en cuanto estuviera sano podría llevarlos a ambos a su barco y esperar a que el otro pirata despierte, aunque tal vez su capacidad de curación hacía que incluso despertara antes, eso ya se vería. - Si puedes tratar al animal, te prepararé el desayuno, Hyak -. Si, eso también, debía pagarle al pobre medico por sus servicios.
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#14
Alerta.

De nuevo en alerta.

La mayor parte del tiempo podía ser distraído, pero ni siquiera las palabras del cocinero fueron suficientes para maquillar los pasos de otra persona en las cercanías, una que más temprano que tarde apareció frente a él, depositando un perro a sus pies. Un acto que lo habría hecho retroceder un paso de no ser porque, al estar recostado en la barandilla, no había más sitio al cual moverse.

—¿Quién…?

Su memoria solía traiciónalo siempre al tratarse de caras y nombres, pero estaba más que seguro que, a diferencia del otro hombre, a este no lo había visto jamás en su vida, algo que el otro le confirmó al presentarse con nombre y apellido antes de que si quiera pudiera terminar de hacer la pregunta, aunque…eso pasaba a segundo plano cuando de su boca salía una petición tan descarada.

—¡Oye! ¡No puedes colarte a un barco ajeno y pedir algo así de gr…cof cof…

De nuevo sus palabras fueron cortados por el aire negruzco que lo hizo toser y por el sonido de las botas del pelinegro caminando hacia la cocina del barco, el lugar de donde provenía el humo que era sinónimo de su fallido intento culinario.

Demasiadas cosas sucediendo al mismo tiempo.

Pensó, por un momento, en dar la vuelta y seguir al cocinero hasta la cocina para intentar solucionar algo, pero dicen que más ayuda el que no estorba y, si bien no podía recordar exactamente al sujeto, podía recordar momentos y, mientras estuvo en el South Blue, nada parecido a un casi incendió sucedió en la cocina del barco. Mejor quedarse afuera con el moribundo desconocido y el perro herido.

—¿Si te dijo el cocinero que no soy veterinario? —El médico se cruzó de brazos y alzó una ceja. ¿Por qué tendría que ayudar a un completo desconocido? Más aún… ¿Por qué tendría que ayudar a una animal que no era nada suyo? Tal vez el cocinero tuvo una impresión equivocada de él, pues no era, exactamente, una persona muy caritativa. Todo tiene un precio en el mar. —Si quieres que te ayude ten…

Una bolsa con monedas tintineando en su interior fue suficiente para callar, nuevamente, la boca del pelirrosa quien, ahora, miró con interés al recién llegado e incluso le dedicó una sonrisa que, para cualquiera que no lo conociera, diría que es una sonrisa sincera y amable, como la de alguien que, genuinamente, desea prestar sus servicios.

—Y yo curaré al perro, no hay ningún problema, pero… ¿Qué hay de ti? —En esta ocasión de verdad esperaba una respuesta, no porque le preocupara alguien de quien se olvidaría al día siguiente, si no porque, si le pasaba algo en su barco, es él quien podría llegar a meterse en problemas y eso era algo que prefería evitar a toda costa. —Te ves terrible…Como dije, puedo tratar al perro, pero también puedo hacer algo por ti. No me hace gracia que el piso del barco se manche de sangre…cuesta limpiarla ¿Sabes?

En ese instante escuchó pasos desde la cocina, el humo había disminuido considerablemente y el cocinero volvía a escena, haciendo que el médico regresara su atención a él al escuchar que se dirigía, específicamente, a su persona.

—Puedo tratarlo, sí…justo eso acordaba con… ¿eh? ¿Ares? ¿Ese era su nombre? Bueno, no importa…puedo curar al perro —. Se agachó para tener una mejor vista del pequeño animalito que, a todas luces, se veía asustado y pudo entender que, por la naturaleza de sus heridas, no era para menos. Alguien debió ensañarse con este para que estuviera tan malherido. —Pero como le decía a tu nuevo amigo, no soy veterinario, aunque tal vez no sea tan distinto que sellar heridas humanas…solo hay que hacer que deje de sangrar, limpiar y luego veremos.

Estuvo a punto de cargar al perrito en una de sus manos para llevarlo a la habitación improvisada que le servía de enfermería, pero el ruido seco del muchacho peliazul cayendo sentado sobre la madera del barco lo tensó lo suficiente para que la atención fuera del animal, que ahora se movía hacia su ¿dueño?, al humano.

—¡Oye! ¡No te desmayes en mi barco! ¡Agh! —Se pasó una mano por su cara y suspiró con pesadez mientras decidía por donde empezar, algo que le quedó claro después de haber escuchado las últimas palabras que el pelinegro le dedicaba al animalito.

—¿En serio quieres que cure primero al perro? Él se ve mal —. Se acercó un poco al hombre solo para notar como, para su sorpresa, las heridas que tenía se estaban curando a una velocidad demasiado acelerada. Algo que lo hizo parpadear como si intentara aclarar su visión, por un momento creyó que estaba viendo mal, pero no…el paso de los segundos le demostró que no era así. —¡Increíble! ¿Cómo lo hace? No me molestaría estudiarlo…

Fueron las palabras de Uker, seguido del rugido en su estómago, los encargados de devolverlo a la realidad ¡Cierto! Debía encargarse primero del perro. Suspiró de nuevo. Esta mañana resultaba demasiado agitada para su gusto.

—Trato, con las monedas de tu amigo y un desayuno de tu parte estaré satisfecho. En la despensa debe haber algo que reemplace lo que se quemó, cualquier cosa estará bien mientras sea algo rápido y ligero —. Ahora sí que se acercó al perrito, primero intentó acariciarlo, intentando demostrarle que no le hacía daño y, cuando el animal, finalmente, lamió su mano, el pelirrosa se decidió a cargarlo para llevarlo a un sitio más adecuado para tratarlo, aunque, no sería el único que iría a la “enfermería”.

Acomodó bien el perrito en su mano izquierda y, usando la derecha, levantó al otro hombre quien, para su suerte, era bastante liviano…demasiado… ¿Estaba desnutrido acaso? Aun con su estatura no debería ser tan ligero, pero, bien…no era algo de lo que debiera ocuparse.

—No puedo dejar aquí a Ares, así que me lo llevaré también a otra habitación para que descanse apropiadamente —dijo luego de acomodarlo sobre su hombro, cual saco de papas. —Puedes alcanzarme allá cuando termines de hacer el desayuno. La cocina es toda tuya, haz lo que quieras —. Habría movido la mano con un gesto de desinterés luego de esa frase, pero con dos heridos en estas se le complicó lo suficiente para que solo se diera la vuelta y caminara hacia el interior del barco.

***

Terminó dando más vueltas de las necesarias para llegar a su enfermería improvisada, algo que habría tomado menos de un minuto, le tomó al menos tres. Aún no reconocía cual habitación era la “suya”.

Cuando llegó al sitio lo primero que hizo fue dejar al hombre sobre una camilla. Si se seguía recuperando tan rápido como hasta ahora, quizá no tendría que atenderlo. Luego de eso, se movió con el perrito, quien apenas movía la cola y, de vez en cuando, se quejaba, algo que lo hizo depositarlo sobre una mesita de madera en la que había varios instrumentos agrupados en una esquina.

—¿Qué se supone que haré contigo? —Miró al animal mientras se mordía con fuerza el labio, pensativo, en verdad no estaba acostumbrado a tratar con animales, ni salvajes ni domésticos, a menos, que fuera para venderlos o experimentar con ellos, pero este era un caso muy contrario a su usual.

De uno de sus bolsillos sacó una botellita con esencia de menta y, según él, para ayudarse a pensar aún mejor, inhaló el penetrante olor un par de veces antes de sentir que sus pulmones se llenaban por completo con aquella sustancia…Lo que, sorprendentemente, funcionó, pues lo ayudó a concluir que trataría al perrito como si fuera un humano.

Buscó paños para limpiar sus heridas, aunque tuvo que alejar sus dedos con velocidad, en varias ocasiones, para que el animal no lo mordiera. Quería renunciar a su “trabajo”, pero luego de un rato, el animalito pareció acostumbrarse y eso le permitió ir con el próximo paso, buscó una medicina que funcionaba para desinfectar y luego otra para desinflamar y, por último, vendo las patitas heridas y le puso gasas en los sitios afectados.

—Eso debería ser suficiente…creo —habló con el animal o quizá para si mismo, mientras se movía por la habitación para buscar un potecito al que le echó agua y acercó al perro, quien no dudó en beber del líquido.

—Ahora espero que tu amo despierte pronto y vea que estas mejor, así sabrá que invirtió bien su dinero —. Acarició al animal. Extrañamente, se había relajado con el perrito y entendió que curarlo no fue tan malo después de todo.
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